Tenia además el rey Abul-Walid otra razon para estar triste y apenado.
Esta razon era un sueño.
Un sueño tenaz de amores.
Durante siete noches consecutivas, y despues de un letargo profundo,
habia visto brillar un punto rojo en medio de las tinieblas de su
letargo, ensancharse aquel punto, estenderse como un velo de sangre, y
luego aquel velo ir cambiando de color hasta volverse de color de rosa,
y trocarse al fin en un espacio diáfano circundado de una luz blanca,
radiante y dulce.
En medio de aquel espacio habia visto cada una de las siete noches
aparecer una figura muy pequeñita, y apenas perceptible, acercarse,
crecer, mostrar al fin las formas de una doncella jóven y hermosa que se
acercaba con la túnica flotante como una nube impelida por el viento, al
divan donde reposaba el rey.
A medida que la doncella se acercaba, el rey sentia ir creciendo un
delicado y fresco perfume que parecia emanado de ella, y luego veia
claramente sus ojos negros amorosamente fijos en los suyos y sus
flotantes cabellos que semejaban ebras de oro, y su frente blanca como
el marfil, y cándida y pura como la mirada de la jóven tortolilla que
aun no ha amado: veia sus hombros y su garganta desnudos, nacarados,
palpitantes, sus manos y sus brazos cruzados en una actitud de pudor
sobre su seno, y sus pequeños pies que cubria y descubria
caprichosamente la flotante halda de la túnica.
Luego el semblante de la doncella, con los ojos nublados de amor y la
fresca y fragante boca entreabierta en un leve suspiro, se acercaba al
semblante del rey; pero cuando el rey iba á besarla, la virgen
desaparecia y solo quedaba ante el rey, brillando entre las mas densas
tinieblas, una cruz de sangre y fuego.