LETRE dibº y litº Lit de J.J. MARTINEZ, MADRID.]

Don Oppas se acercó temblando.

--A Toledo, dijo el rey con acento sombrío.

Poco despues la brillante cabalgata aterrada, triste y silenciosa volvió

á entrar en la ciudad.

Antes del amanecer salió de ella á pie, por la puerta de los Leones un

hombre envuelto en una clámide roja, y en silencio y á gran paso se

encaminó al valle del Tajo.

* * * * *

Desde que salió el rey del castillo del conde don Julian, Florinda

pálida, pintada en el semblante una espresion de despecho y de

desesperacion horrible, habia permanecido en su mirador, dejando brillar

las lágrimas, que corrian silenciosamente por sus megillas, á los rayos

de la luna.

Recordaba de una manera confusa una cosa horrible; se sentia lacerada en

el cuerpo y en el alma, y su pensamiento pasaba tan pronto del rey don

Rodrigo, su infame burlador, á Belay, el amado de su alma.

Florinda no comprendia la razon de su momentáneo delirio entre los

brazos del rey: la desdichada no sabia que habia sido embriagada por un

filtro terrible.

Conocia sin embargo su vergüenza y anhelaba venganza, una venganza

cruda.

Hubo un momento en que una horrible decision se pintó en su semblante,

se apartó bruscamente del mirador; corrió á su cámara, tomó un pergamino

y escribió en él apresuradamente algunas líneas.

Despues llamó á Kaib.

Este apareció de improviso como si hubiese estado detrás de la puerta.

--Ha llegado la hora de la tribulacion, Florinda, y me has llamado, héme

aquí: ¿qué quieres?

--Es necesario que lleves esta carta á mi padre á Tanja.

--Iré, dijo Kaib.

--Pues bien, vete y que el nuevo sol te vea cabalgando hácia el oriente.

--Antes de partir es necesario que yo te deje segura y libre del infame.

--¡Ah! esclamó Florinda cubriéndose de rubor: ¿sabes?...

--Lo sé todo: yo soy mago.

--¿Y habias previsto la horrible desgracia que me iba á acontecer?

--Sí.

--¿Y por qué no me salvaste? esclamó con desesperacion Florinda.

--Estaba escrito que tú fueses sacrificada, para que el pueblo godo

fuese destruido.

--¡Ah!

--Pero yo no puedo dejarte abandonada. El infame don Rodrigo arde en tus

amores, su delirio por tí crece, siempre tendrá para enloquecerte un

filtro, un ensalmo. La ciencia se vende al oro. Pero ven: yo te daré un

amuleto que te libre de las asechanzas del rey. Ven hija de don Julian:

ven.

Arrastrada por el acento solemne del esclavo, Florinda le siguió:

salieron del castillo por un postigo, atravesaron el Tajo en una barca y

llegaron á la torre maravillosa, apenas se habian alejado de ella el rey

y sus gentes.

Kaib desnudó su puñal y tocó con el pomo en la gran puerta de hierro.

El eco despertó, como de las profundidades de un abismo, el ruido

causado por la mano del hombre.

Una voz pujante como á la llegada del rey, gritó desde adentro.

--¿Quiénes sois y qué quereis?

--Somos Florinda y Kaib, contestó el esclavo.

Entonces la puerta se abrió en silencio y por sí misma.

Una claridad lívida iluminaba el interior.

--No tiembles, Florinda, dijo con voz segura Kaib, porque si tiemblas,

esa puerta se cerrará y no volverá á abrirse mas para nosotros.

Florinda procuró dominarse y lo consiguió, á pesar de que vagaban con

paso lento, en torno suyo, sombras envueltas en sudarios blancos,

pálidas y sombrías, como cadáveres insepultos; cada una de ellas fijaba

sus hundidos ojos en la jóven de una manera horrible y cruel.

--Todos estos han llamado como nosotros á esta puerta, dijo Kaib: todos

ellos han sucumbido al pavor y velan encantados aquí: mira, hay

valientes guerreros y hermosas damas; todos han venido en busca del

tesoro que encierra esta torre y ese tesoro está guardado para tí.

Florinda sentia dentro de su espíritu un poder superior; su corazon

dominaba todos aquellos terrores; su vista se estendia sin vacilar por

los ámbitos de la torre, abarcándolos con su mirada serena y poderosa.

Y era porque Florinda estaba desesperada, y no podia aterrarse porque

tenia sed de venganza, y aquella ansiosa rabia la daba valor.

Kaib, llevando de la mano á Florinda, avanzó hasta el pié de la pilastra

que sostenia la bóveda de la torre y puso la mano sobre la cabeza de un

horrible jorobado de piedra, que estaba como incrustado al pié de la

pilastra.

--Yo he leido en los astros, dijo: yo soy mago: los astros me han

revelado que tú guardas un amuleto que defiende á las mugeres de la

impureza de los hombres y de su propia impureza.

El enano rugió sordamente, levantó la cabeza y volteó en sus órbitas,

mirando á Kaib y á Florinda, sus torbos ojos de piedra, que por un

momento parecieron de fuego.

Ninguno de los dos tembló.

Entonces el jorobado se arrancó de la pilastra y caminó delante de los

dos, haciendo resonar sobre el pavimento las secas pisadas de sus

enormes piés de mármol.

--Hé aquí la piedra de los siete sellos, dijo deteniéndose en la parte

oriental de la pilastra; si esa muger es la sentenciada por el destino á

causar la ruina del pueblo godo, su mano romperá el encanto, y el

precioso talisman será suyo.

Sobre la losa que servia de puerta á un arco, habia á cada lado tres

signos, y otro en el centro: aquellos siete signos eran enteramente

iguales entre sí, y parecian láminas de oro sobrepuestas al mármol;

consistian estos sellos en dos triángulos cruzados, dentro de los cuales

se leia en caracteres caldeos: ¡DIOS!

Florinda tocó con su dedo el signo del centro, que desapareció absorvido

por el mármol, como una gota de agua que cae sobre una plancha de hierro

caldeado.

Tocó el segundo, el tercero, hasta el sétimo y todos desaparecieron de

igual modo.

--Hé aquí la Kaba de los árabes, dijo el enano: lo que estaba escrito se

ha cumplido.

Y asiendo la piedra por uno de los bordes, la separó, á pesar de su

enorme peso, con la misma facilidad que si hubiera levantado la hoja

seca de un árbol.

Entonces quedó descubierto un precioso arco árabe de oro, calado,

esmaltado y cincelado, que daba entrada á un pequeño retrete

resplandeciente.

Una luz brillantísima emanaba de una caja de esmeralda, colocada sobre

almohadones de púrpura, oro y piedras preciosas.

--En esa caja está el amuleto; dijo el enano: la muger que le tenga

pendiente de su cuello, estará libre de la impureza, pero no de las

desgracias, de las injurias, ni de la muerte.

Muger consagrada á Dios será y la muerte y la condenacion caerán sobre

el hombre que ponga en ella su mano, mientras tenga sobre su seno el

amuleto.

--Escrito está, murmuró Kaib: ¡cúmplase la voluntad del Dios grande y

justo!

Florinda abrió la caja.

Dentro habia un collar de gruesas perlas y de inestimable precio y en

el centro de él, pendiente de la perla mas gruesa, habia una manecita

negra de ébano, sobre la cual y de una manera imperceptible, estaba

grabado el sello de Salomon, en cuyo centro en caracteres caldeos, se

leia la palabra ¡DIOS!

Nada teneis que hacer ya aquí, dijo el enano: el decreto del destino se

ha cumplido: la Florinda de los godos, la Kaba de los árabes, ha roto

los siete sellos que guardaban la ruina de un pueblo. Idos.

El jorobado fué á enclavarse de nuevo en el lugar que habia abandonado,

tornando á su marmórea inmovilidad.

Florinda fué á ceñirse el amuleto.

--Espera, dijo Kaib: yo te amo.

Florinda miró con los ojos arrasados de lágrimas al esclavo.

--Yo te amo, continuó Kaib, como ama el hermano á la hermana, la madre á

la hija, el dia al sol; pero Kaib no ha encontrado gracia en tus ojos,

hija de don Julian; amas á un hombre que no puede ser tu esposo, y tu

pureza ha sido arrebatada por un infame á quien no podias amar. Nos

vemos por la última vez, Florinda.

--¡Por la última vez!

--Sí; yo moriré pronto, moriré junto á tu padre que vendrá á vengarte.

--¡Y mi padre!

--Morirá tambien.

--¡Oh! ¡Dios mio! ¿y mi pueblo?

--Será esclavo.

--¡Y todo por mí!

--¡Estaba escrito!

--Pero el destino es injusto.

--Dios te ha elegido por víctima.

--Pues bien, que se cumpla la voluntad de Dios.

Y Florinda levantó la frente radiante de magestad y de valor.

--No volveremos á vernos mas, dijo Kaib: abrázame, hija de don Julian.

Florinda se arrojó entre los brazos del nubio, como pudiera haberse

arrojado entre los brazos de su padre, y lloró sobre su robusto pecho.

Kaib la besó en la cabeza sobre los cabellos y la separó de sí.

Florinda rodeó á su cuello el amuleto.

Entonces pareció que su hermosura crecia: sus ojos brillaban con un

resplandor sobrenatural: la blancura de su tez se habia hecho

deslumbrante: el amor volaba en torno suyo, irresistible, impregnado de

ambrosía y de pureza.

Kaib sintió abrasarse su corazon en un fuego infinito y voraz: Florinda

no era entonces una muger: era mas que una hurí; era un arcángel.

A su vista se agitaron los millares de mónstruos enclavados en los

muros y en la pilastra, y en la bóveda de la torre, sobre sus alveolos

de piedra, chocaron sus duras cabezas, y un grito de guerra retumbó

inmenso en las concavidades.

Pero lentamente volvió el silencio á dominar la torre, se apagó el

crepúsculo frio y nebuloso que la iluminaba, y solo quedó el reflejo de

la luz de la luna que penetraba blanca y débil por la ancha arcada de la

puerta, por la que salieron los jóvenes.

La puerta se cerró inmediatamente.

--He cumplido con lo que me prescribian el destino y el amor, dijo Kaib.

¡Hija de don Julian! ¡un poder superior te protege, y en vano quiere

envolverte en sus alas el negro espíritu de los amores impuros!

Florinda callaba; sus ojos, fijos en la luna, estaban llenos de

lágrimas.

Parecia que su vista alcanzaba á leer en la inmensidad el porvenir.

--A Dios, dijo Kaib.

--¿Cómo? ¿me abandonas aquí, sola, junto á esta terrible torre?

--Siento los pasos de un hombre que se acerca, y ese hombre te

acompañará: ese hombre es Belay.

--¡Belay! esclamó Florinda alentando apenas.

Y aprovechando su sorpresa y su conmocion, Kaib se alejó.

* * * * *

Poco despues apareció á los rayos de la luna un hombre.

Florinda habia quedado inmóvil junto á la puerta de la torre.

Por un secreto instinto, al acercarse aquel hombre, le reconoció.

--¡Ah! ¡Belay! ¡Belay! ¿á dónde vas? le dijo.

--¡Florinda! esclamó el jóven príncipe alentando apenas al escuchar la

voz de su amada.

--Sí, yo soy.

--¿Qué haces aquí?

--¿A qué vienes tú?

--Vengo á penetrar en esta terrible torre; vengo á evocar al espíritu

maldito que la habita: á preguntarle lo que debemos temer ó lo que

podemos esperar. ¿Y cuando vengo aquí anhelando la salvacion de mi

patria, te encuentro, Florinda, sola, junto á esta tremenda torre?...

--Yo no soy ya Florinda... tu Florinda, la que debia ser tu esposa...

soy la manceba del rey don Rodrigo.

--¡Tú! gritó Belay exhalando su corazon hecho pedazos en su grito: ¡tú,

la manceba del rey!

--¡Dios lo quiere!

--¡Que Dios quiere que tú mancilles la honra de tus abuelos! esclamó

Belay: ¡esa es una horrible blasfemia! ¡tú estás loca, Florinda!

Florinda aceptaba su destino de una manera heróica: amaba á Belay, y por

lo mismo queria apartarle de ella: aborrecia de muerte al rey, y por lo

mismo queria unirse á él.

¿No la habia dicho aquel terrible jorobado de piedra, que el hombre que

pusiese sobre ella sus manos impuras, mientras tuviese pendiente de su

cuello el amuleto de Salomon, perderia su cuerpo y su alma?

Florinda, por vengarse, queria buscar al rey; embriagarle con sus

amores; ser su manceba; ser, en fin, para él un doble tósigo para su

cuerpo y para su alma: el cuerpo ensangrentado: el alma condenada.

--Yo amo al rey, dijo con voz lánguida Florinda.

--¿Y así olvidas tus promesas, mi amor, mi vida?

--Ama á otra hermosura.

--¡Ah Florinda! ¡Florinda! ¡tú estás loca!

--¡No, no! ¡recuerda bien! ¡esta noche!...

--¡Ah! ¡esta noche!...

--El rey vino á mi castillo.

--Es verdad.

--El rey pretendió que yo le sirviese la copa.

--Es verdad.

--Tú quisiste oponerte á que yo quedase sola con el rey.

--Sí, sí, es verdad.

--Pues bien; yo habia llamado al rey.

--¡Tú!

--Sí, yo. Yo que le serví la copa de mis amores.

--¡Oh! ¡maldita seas tú, muger, que has herido de un solo golpe la honra

del padre y el corazon del amante!

Y fuera de sí se volvió á la puerta de la torre, se arrojó contra ella y

la golpeó con las manos.

La puerta se abrió y Belay se precipitó dentro.

* * * * *

Cuando salió empezaba á amanecer.

La frente de Belay se mostraba radiante de valor.

--¡Que la causa de su pérdida es Florinda! esclamó con acento profundo:

¡que su padre el conde don Julian será traidor, que los árabes vencerán

á los godos, y que yo, yo, Belay, duque de Cantábria seré el primer rey

de otro árbol de reyes! ¡Oh! ¡hagamos callar nuestro corazon; ahoguemos

en él la voz de nuestro amor y de nuestros celos; la patria necesita

nuestro brazo, y nuestro amor es todo entero de la patria!

El generoso mancebo se encaminó á Toledo.

En aquellos momentos, Florinda engalanada como una reina, y sonriendo de

amor, entraba en la cámara de don Rodrigo, y se arrojaba entre sus

brazos.

Kaib galopaba sobre un potro negro, atravesando la España para ir á

llevar al gobernador de Tanja, al conde don Julian, la carta en que

Florinda le avisaba de su deshonra.

* * * * *

El sol habia descendido y aparecido ocho veces desde que Kaib habia

partido con la carta.

Habia llegado al monte Calpe, á la ribera del estrecho de Alzacac, y

habia entrado en una nave de mercaderes para trasladarse á Tanja.

Muy pronto la nave se acercó á las riberas de Africa.

Al lejos, Kaib inmóvil y de pié sobre la proa, vió en el horizonte de un

mar abrillantado por los rayos del sol, una ciudad agarena, cuyos altos

minaretes parecian desafiar á las tempestades.

Aquella ciudad era Tanja.

Fuera de los muros, junto á la espuma de las aguas, se veian levantadas

algunas tiendas: multitud de árabes á caballo armados de lanzas,

caracoleaban al rededor de las tiendas, ejercitándose en sus armas, como

soldados que se disponen á una empresa cercana.

Mas próxima al mar que las otras, habia una tienda, sobre la cual

ondeaba un pendon de seda roja y verde; á la puerta de esta tienda dos

hombres paseaban amigablemente y miraban al mar, en cuyo lejano

horizonte aparecia un punto negro.

Aquel punto negro era la nave que conducia á Kaib.

La edad de los hombres que paseaban delante de la tienda, parecia ser la

de cincuenta años. Los dos mostraban en su semblante el sello de dominio

que la costumbre del mando imprime en los caudillos.

El uno llevaba el capacete de oro y la clámide de púrpura de los nobles

godos; su semblante pálido y triste parecia reflejar el presentimiento

de una gran desgracia, y su paso era lento, grave y magestuoso.

El otro hombre que con él paseaba, era un árabe hijo de Damasco, cuya

frente atezada, estaba cubierta por una toca roja y verde: causaba

terror la mirada incontrastable, salvaje, cruel, de sus ojos negros como

el ébano; vestia un alquicel blanco, un caftan rojo, y una lóriga de

guerra; en su ancha faja de Persia escondia un corvo puñal, y sujetaba

una larga espada con empuñadura de hierro.

Este árabe era Muza-ebn-Nosir, vasallo del califa Walid y conquistador

del Magreb, hasta la Mauritania Tingitana.

Muza y el conde don Julian hablaban de gravísimos asuntos.

--Inútil es cuanto te esfuerzes, emir, en convencerme á que haga

traicion á mi rey, decia el conde. Por él tengo el gobierno de la

Mauritania Tingitana, y la defenderé á todo poder contra tí y contra

todos los que enviare el califa tu señor. No me pidas que te abra las

puertas de mi patria, que no vengo de raza de traidores, ni hay oro

bastante en el mundo para obligarme á ser traidor.

--Nobles y leales son tus palabras, conde, y leal y noble eres, y es por

cierto grande lástima que tan buen caballero sirva á un rey tan tirano

como don Rodrigo.

--El reino le castigará como á Witiza y pondrá otro rey en su lugar,

dijo el conde, si necesario fuese: por lo mismo, si yo te he recibido de

paz, es porque de paz has venido, y porque yo siempre tenderé mi mano á

los prudentes y á los esforzados.

Muza no insistió al ver la firmeza del conde, pero no dejó de mirar con

anhelo, y sin saber por qué causa, á la nave que conducia á Kaib.

Durante algun tiempo el godo y el árabe continuaron paseando y hablando

de sus respectivas patrias, señalando y ponderando cada uno las

escelencias de la suya, como si hubieran sido los amigos mas grandes del

mundo.

Entre tanto la nave habia llegado á la ribera y de ella habia saltado en

tierra Kaib, que al ver á su señor corrió hácia él.

Una palidez sombría cubrió las megillas de don Julian al ver la

precipitacion con que se acercaba á él uno de sus esclavos que habia

reconocido.

Kaib no tardó en arrojarse á los pies de su señor.

--¿Qué nuevas me traes? dijo alentando apenas el conde don Julian.

--Esta carta de tu hija te las revelará, señor, dijo Kaib sacando del

seno el pergamino que le habia encomendado Florinda y entregándolo al

conde don Julian.

Este rompió los sellos y leyó.

--¡Oh! ¿que es esto, Dios, poderoso Dios? dijo el conde dejando caer el

pergamino apenas le hubo leido, y llevándose las manos á la cabeza como

si hubiese temido que se le escapase.

Muza recogió el pergamino, pasó la vista por la escritura, y luego,

sonriendo con un gozo cruel, leyó en voz alta el contenido.

Decia así:

«Padre: la cólera de Dios ha caido sobre nuestras cabezas.

»El destino se cumple y la muerte acecha.

»Nuestro hogar ha sido profanado.

»El infame rey don Rodrigo ha mancillado, valiéndose de malas artes, la

pureza de tu hija.

»Tu Florinda está deshonrada y morirá de vergüenza.

»Padre: desnuda tu espada, desnúdala y venga á tu hija.»

Mientras el árabe leia, los ojos de Kaib se inyectaban de sangre.

Al fin esclamó con una voz semejante á un rugido y como si hubiese

ignorado lo que contenia la carta.

--Mientes tú, perro infiel; es imposible que esa carta diga lo que tú

supones que dice.

Al verse insultado el soberbio Muza de tal modo por un esclavo, una

palidez de muerte cubrió su semblante y desnudó trasportado de cólera su

puñal.

Kaib no tuvo tiempo de huir ni de defenderse; el árabe le habia herido

de una puñalada.

Kaib cayó murmurando:

--Estaba escrito.

Y espiró.

--¡Oh! ¿que es esto? dijo don Julian volviendo en sí.

--Esto es, dijo Muza mostrándole la carta, tu hija deshonrada y tu

esclavo muerto.

El conde don Julian arrebató el pergamino á Muza y se alejó frenético.

El emir entró en su tienda murmurando.

--Lo que no han hecho la ambicion ni el oro, lo hace la venganza,

Gecira-Alandalus será esclava del Islam.

* * * * *

Pocos dias despues el conde don Julian decia á Muza en un aposento de su

palacio de Tanja:

--¡Emir de Africa! ¡caudillo del poderoso Walid, reune tus soldados! yo

te abro las puertas de Tanja; yo te doy los galeones de los godos!

¡emir del poderoso Walid! ¡pisa las playas de España! ¡adelante, al

galope de los caballos de tus feroces árabes! ¡yo voy contigo! ¡yo que

voy por la cabeza de don Rodrigo!

Muza sonrió de una manera horrible y esclamó:

--¡Estaba escrito! ¡lo que no pudo hacer la ambicion lo hace la

venganza!

* * * * *

Algunos dias despues un ejército árabe pasaba en cien galeones el

estrecho y pisaba las playas de la Bética.

Antes el walí Tarik-ebn-Zyad, con una caballería escogida, habia pasado

en cuatro grandes barcos de Tanja á Sebta y de Sebta á Andalucía con

éxito venturoso.

Tarik habia devastado algunas comarcas de la Bética y habia avisado á

Muza de que podia pasar con su ejército.

Cuando el príncipe godo Tadmir[54] supo esta invasion: escribió á don

Rodrigo la carta siguiente:

«Señor: aquí han llegado gentes enemigas de la parte de Africa, yo no sé

si del cielo ó de la tierra; yo me hallé acometido de ellos de

improviso, resistí con todas mis fuerzas para defender la entrada, pero

me fué forzoso ceder á la muchedumbre y al ímpetu suyo: ahora, á mi

pesar, acampan en nuestra tierra. Ruégote, señor, pues tanto te cumple,

que vengas á socorrernos con la mayor diligencia y con cuanta gente se

pueda allegar; ven tú, señor, en persona, que será lo mejor.»

* * * * *

El espanto cundió entre los godos, y el rey don Rodrigo se levantó

aterrado de entre los brazos de Florinda, donde le sorprendió la

noticia.

El sangriento vaticinio de la horrible torre empezaba á cumplirse.

La corona de los godos y la cabeza de don Rodrigo estaban amenazadas.

Don Oppas veia con placer acercarse el dia en que fuese derrocado el

enemigo de Witiza.

Los hijos de aquel rey gozaban ya con su venganza.

Florinda miraba ya próximo el momento en que el infame tirano caeria

ensangrentado á los pies del conde don Julian.

Don Rodrigo, reuniendo cuantas gentes pudo, partió para la Bética y

llegó con un innumerable ejército á Sidonia.

Tarik, la valiente espada del Islam, le salió al encuentro.

El trono de los godos cayó por tierra en la batalla de Wad-al-Lette[55].

Don Rodrigo cayó muerto á manos de Tarik.

El traidor don Julian cayó tambien horrorizado de haber vendido á su

patria por lavar su honor.

Pero Florinda estaba vengada.

Los árabes, por haber sido ella la causa de la pérdida de un reino, la

llamaron la Kaba[56].

Los árabes siguieron adelante en su triunfo, y la bandera del Islam

tremoló sobre Toledo.

Solo quedaron algunos godos reunidos por Belay en las montañas de

Asturias, sin rendir homenaje á los vencedores.

* * * * *

Las gentes de Damasco vinieron á buscar la tierra fértil de

Gecira-Alandalus, y se dirigieron á la Bética, y en ella buscaron á

Iliberis.

Porque así estaba escrito.

Y quiso Dios que cuando asomaron, viniendo de la parte de las marinas

por la cumbre de un monte, á cuyo pie tiempo adelante se levantó la

villa de Al-Padul, voló el arcángel de la vida y de la alegría con sus

alas de oro y su flotante túnica celeste recamada de estrellas, sobre la

tierra árida y seca de Iliberis y disipó los vapores que la cubrian, y

dijo con una voz dulce y sonora como el murmurio de las auras entre las

flores.

«Vuelve á ser lo que eras, tierra maldita, antes de la impiedad de tus

antiguos moradores.

»Cúbrete de praderas y de fuentes, de bosques y de sotos.

Alégrate animal viviente y ave voladora.

Y cúbranse tus sierras de nieve.

Y tus montes de verdura.

Y muéstrate riente y engalanada bajo tu cielo azul.

Porque Dios te bendice para que seas el paraiso de su pueblo.

Pero quede en tí la señal de su maldicion, como recuerdo de una historia

pasada.

Y que la parda sierra donde es Iliberis, no produzca ni yerba ni fruto.

Ni de asilo sirva á ave ni á fiera, sino á inmundo reptil y á vívora

ponzoñosa.»

Y dicho esto, el ángel batió su ligera y dorada pluma.

Y se deshizo en lluvia de flores y aromas.

Y se alegró el cielo y regocijóse la tierra.

Brotaron las fuentes de las alturas y corrieron los rios.

Y columpiáronse las auras en las verdes frondas de las arboledas.

Y cantaron los pájaros.

Y balaron las ovejas en los altozanos.

Pero allá en el confin opuesto á Geb-el-Solair quedó la sierra de

Iliberis infecunda y triste, despoblada de gentes y de animales y

desnudas de verdor sus ásperas crestas, entre cuyas grietas asomaba su

amarillenta luz el fuego de los volcanes.

Y cuando los de Damasco llegaron á la cumbre del alto del Padul, se

creyeron trasladados á un jardin de delicias.

Y fijaron sus ojos asombrados en el monte de la Alcazaba, y en la Colina

Roja y en la villa de los judíos.

Y al ver los castillos sobre los montes, al pié de otros montes mas

altos.

Y la corona de nieve de la sierra.

Y la estendida alfombra de verdura de la vega, esclamaron:

--¡Allah Kuakbar[57] este es el Jardin-de-Delicias.

Y la ciudad de los castillos sobre los montes Al-Garb-Nat[58].

Y llamaron desde entonces á la Alcazaba, y á la Colina, y á la villa,

Garbnat.

Y las ocuparon y edificaron en ellas sobre las ruinas romanas torres y

muros y una aljama á Dios dentro de los muros y defendida por las

torres.

Y llamaron al monte de Iliberis Gebel-Elveira,[59] á causa de su

esterilidad.

Y llamaron al castillo antiguo que encontraron Hins-al-Roman[60].

Y construyeron frente á él, al otro lado de la fortaleza, otro que se

llama hoy alcazaba Cadima.

Y labraron esta alcazaba el año 148 de la Egira, en tiempos de

Ased-ebn-Abd-el-Rajman-el-Schevaní, primer walí de Granada.

Nadab, á la llegada de aquellas gentes estrangeras, escondió mas á

Yémina, trasladándola á una escabacion abierta en la cisterna de la

Colina Roja, receloso de aquellas tribus de oriente que con las lanzas

teñidas aun en la sangre de los godos, avanzaban á la carrera de sus

caballos de Africa, en direccion á las montañas.

Y Ased-el-Schevaní era un sirio feroz, que, mancebo aun, habia venido

con el caudillo Ocba-ebn-Nafe-el-Farih, sobre las tierras del Magreb, y

habia ensangrentado su caballo hasta las cinchas en sangre berberisca

treinta y cinco años antes de la conquista de España por los árabes.

Y así es que, al tiempo en que los de Damasco allegaron á las tierras de

Granada, las nieblas del invierno y el sol del estío habian pasado

ochenta veces sobre su cabeza.

Y era su barba blanca y su tez roja.

Y mostraba gran cuerpo y fuerza á pesar de sus muchos años.

Y era respetado por sabio y por valiente entre los mas doctos y

esforzados de su tribu.

Nunca habia tenido mugeres, ni habia amado.

Ased-el-Schevaní decia que el amor era una enfermedad del espíritu, y la

muger el demonio tentador que Allah ha arrojado sobre el camino del

hombre para hacerle débil y apartarle de toda fuerza y merecimiento.

Pero como el amor es ley invencible, yugo inevitable, luz del cielo sin

la cual el hombre seria una fiera, y la muger la antorcha de oro y

perlas donde ha puesto Dios el resplandor de su hermosura, estaba

escrito que Ased-el-Schevaní habia de arder alguna vez en su fuego.

Y ardió; pero de una manera voraz, insensata.

Hasta el punto de consumir en aquel fuego su corazon, y bajar á la tumba

débil, desesperado y loco.

Y sucedió así.

Sobre la cumbre del monte fronterizo á la Colina Roja, los de Damasco,

huyendo de la esterilidad de Elvira, buscando aires puros y aguas

saludables, tierra fértil y pabellones de verdura; habian levantado la

torre que hoy se vé ruinosa cerca de la plaza de Bib-al-Bonut, mirando

al cerro donde mas tarde se levantó la torre del Aceituno[61].

En aquella torre, labrada por cautivos cristianos, moraba el walí de

Granada, y desde ella veia, durante el dia, levantarse lentamente las

fuertes murallas de la Alcazaba Cadima y vigilaba las Torres-Bermejas, y

se dejaba caer desde ella sobre los enemigos de su tierra, que en medio

de las disensiones que habian empezado á arder entre los hijos del

Islam, apenas conquistada España, corrian sus fronteras en algaras

devastadoras, y pretendian encender la guerra civil, que mas tarde debia

arrancar la España del dominio de los califas de oriente.

Velaba una noche Ased-el-Schevaní.

Apoyado en las almenas de su fuerte morada, contemplaba al lejos la

altísima sierra ostentando su cándido velo de nieve á los rayos de la

luna, y la Vega, dormida bajo el dulce reflejo, y silencioso todo en

torno como si el genio del sueño hubiera batido sus blancas alas sobre

Granada.

Recordaba Ased-el-Schevaní el apacible cielo de la Siria, sus fértiles

campos; la luna, alumbrando blandamente las cúpulas y los almenares de

la soberbia Jerusalem, su patria; suspiraba en su orgullo de guerrero

porque no veia ante sí otras torres y otros muros semejantes en que la

luna quebrase sus rayos, y el viento sus alas, y la sombra su manto de

oscuridad.

Y parecióle cuando esto pensaba que en la cumbre de la Colina Roja se

levantaba tromba de niebla, y que la niebla se condensaba y tomaba

formas de muros y torres, que mostraban tras sus ajimeces luces y

sombras, regocijo de zambra y ecos de armonía.

Creyó ver ginetear al rededor de aquel castillo, sobre la pelada

vertiente de la colina hasta el lecho del rio, multitud de caballeros

que parecian vagar en los aires como sombras, y esconderse en oscuras

grietas como reptiles; parecióle que una aureola de luz coronaba aquel

alcázar de los sueños, y de las hadas, y de los encantados, y llamó á su

katib[62], que dormia en su aposento sobre una piel de camello.

--¿No ves Aruhm, le dijo, una corona de perlas y rubíes sobre la cabeza

de aquel monte? parece que un manto de oro y resplandores se ha

estendido sobre él, y que las hadas del quinto cielo han descendido á la

tierra en una fiesta del Edem.

El viejo Aruhm se frotó los ojos y nada vió.

Porque estaba escrito que solo los señores de Granada alcanzarian á ver

con sus ojos de hombre el Palacio-de-Rubíes.

--Yo nada veo, señor, contestó el katib; sino las ruinas del templo

romano y una opaca luz que brilla entre sus pórticos destrozados.

Y así era la verdad: velando entre las ruinas, el sabio Nadab

pronunciaba el conjuro que hacia ver á Ased-el-Schevaní aquellas

maravillas.

Porque Nadab necesitaba atraer á la Colina Roja y á la cisterna donde

estaba escondida Yémina á Ased-el-Schevaní.

Este comprendió al fin que en la vision perenne ante sus ojos se

encerraba un misterio; despidió ágriamente á Aruhm, y tomando su

alquicel, su arco y su aljaba, salió con recato de la torre, bajó el

repecho de la Alcazaba, atravesó el rio sobre un puente romano, y empezó

á trepar por la vertiente de la Colina Roja.

Cuando salió del bosque que la rodeaba y miró á su cumbre, nada vió: la

Colina solitaria solo mostraba las ruinas, la torre y los anchos

brocales de la cisterna.

Pero Ased-el-Schevaní andaba impulsado por el destino, y avanzó hasta la

cumbre; parecióle escuchar un dulce y perdido canto de muger en las

profundidades de la cisterna, y cuando puso el pié sobre el brocal mas

inmediato, sintió sobre su cabeza un ruido sordo y ténue, semejante al

que produce una tienda de seda que se despliega; brilló en sus ojos un

resplandor vivísimo; alhagó sus oidos una música armoniosa sobre todas

las armonías, aspiró un ambiente saturado de perfumes, y lánguidas y

frescas brisas agitaron su barba y el flotante estremo de su toca.

El invisible Palacio-de-Rubíes se habia levantado en torno suyo con todo

su esplendor oriental, pero mas bello, mas delicado, mas rico, que

cuantos alcázares habia visto hasta entonces el Schevaní.

Aquel maravilloso palacio parecia ser una profecía de lo que con el

tiempo serian los alcázares de la Alhambra, y el walí contemplaba

absorto sus jardines, sus galerías, sus retretes, con todas sus galas,

sus labores de oro, sus leyendas de amor y su voluptuosidad, y escuchaba

con delicia sus blandos é incitantes rumores, que parecian emanar de

huríes invisibles.

Ased-el-Schevaní, absorto de admiracion, avanzó por aquellos encantados

ámbitos precedido de hermosas mugeres que bailaban la zambra al son de

guzlas de marfil, y rodeado de silenciosos esclavos y seguido de feroces

guerreros.

--¡Oh señor Allah! esclamó Ased-el-Schevaní: ¿qué alcázar de luz es este

que guarda tantas maravillas, sino es el jardin de Hiram que ve en

sueños el justo cuando atraviesa el desierto en su peregrinacion á la

santa ciudad?[63] Yo le he visto una vez, señor, y no era tan fresco, ni

tan sonoro como este, ni eran sus flores tan bellas, ni sus aguas tan

claras, ni sus retretes tan magníficos. ¡Oh, señor Allah! ¿Qué quieres

de tu siervo el Schevaní?

Calló el anciano porque cerca de él, á través de un arco primorosamente

calado, escuchó unas voces juveniles que le nombraban departiendo

alegremente.

--Sí, hermanas mias, decia una de ellas, Ased-el-Schevaní es un leopardo

de Africa que siempre ha resistido á los alhagos del amor.

--Pero no resistirá á los encantos de la hermosura de Yémina, repuso

otra de ellas.

--Ni á los filtros de su padre Nadab, añadió una tercera.

--Ni á las locuras de su ambicion, dijo otra.

--Os engañais, repuso la primera que habia hablado, escuchándonos está y

no llega, porque aborrece á la muger.

--Por la muger enloquecerá.

--No.

--Sí.

Y aquellas mugeres, que con voz tan incitante hablaban, aparecieron de

repente ante el Schevaní.

Plegó el árabe su poblado y cano entrecejo al ver ante sí una turba de

muchachas de ojos negros, vestidas de blanco y coronadas de flores, que

le sonreian y le provocaban bailando voluptuosamente en torno suyo, y

envolviéndole en deleites que nunca habia sentido.

Pero en vano quiso luchar; dominóle tanta fascinacion, y cayó

desvanecido sobre un divan.

--¡Guala![64] dijo vencido enteramente estendiéndose con molicie sobre

el divan: ¡guala! he sido un necio en dejar correr mi vida sin buscar el

amor.

Y cayó en un sueño dulce, ardiente y lleno de encantos, de alegría y de

felicidad.

Cuando despertó, miró en torno suyo y se creyó encerrado en una prision;

era el ambiente húmedo, los muros tristes, profundas las grietas donde

arraigaban plantas parásitas, y sobre altos pilares romanos, en la

cóncava y oscura bóveda, á través de la cual, contínuas infiltraciones

dejaban caer sobre el pavimento, anchas gotas de agua, que producian un

ruido monótono y solemne sobre los turbios charcos corrompidos, en cuyo

fondo se revolvian reptiles acuáticos; en la oscura bóveda, repetimos,

parecian vagar fantasmas sombríos.

Sintió por la primera vez el feroz Ased-el-Schevaní pavor en el corazon;

sus dientes se entrechocaron de frio, y sintió comprimida su alma por

una angustia desconocida para él.

--¡Por Allah, dijo estremeciéndose, que mis enemigos se han valido de

malas artes para encantarme y estoy en poder de Eblís!

--No, dijo una voz dulcísima resonando en la oscuridad: no; sino en

poder del amor.

--¡Amor! esclamó el wali con desden, y ¿qué es el amor para mí, espada

del Islam, que hé vencido al desierto su espalda de arenales y hecho mis

abluciones con sangre de enemigos?

--¡Recuerda! dijo otra voz.

El árabe tembló: por primera vez sentia el remordimiento delante de un

recuerdo terrible.

--Aun brota sangre la tumba de la desdichada hija del conde don Julian,

repitió la voz.

El árabe irguió la cabeza.

--¡Era una vil ramera! gritó.

Entonces, y contestando al Schevaní, la voz cantó:

»Tres veces el sol ha trasmontado los horizontes de Gecira-Alandalus

entre nubes rojas.

Tres veces vapor de sangre ha enrojecido mas a aquellas nubes.

Y el sol ha dorado tres veces las bravías frentes del árabe y del godo,

cuyos brazos no han cesado de herir.

¿Qué ginete es aquel que se envuelve en la pelea?

Su caftan está ensangrentado y rompe entre los enemigos hiriendo en

ellos con el asta de una bandera del Islam.

¡Avanza, Ased-el-Schevaní! ¡tus feroces siros te siguen!

¡Aprieta el hierro en tu mano, y desgarra los hijares de tu corcel!

¡Los árabes cejan, y la victoria empieza á batir sus alas sobre los

godos!

¡Aprieta el hierro en tu mano, Schevaní!

¡Que los godos de vencedores se conviertan en vencidos!

¡Que no quede uno!

¡He allí á Tarik! ¡á Tarik el valiente, el del caballo negro y la

sangrienta espada!

¡Tarik, el genio del combate!

¡Adelante, muslimes! ¡adelante!

Tarik ha enrojecido su espada en la sangre de don Rodrigo.

Del último rey de los godos.

El valiente Orelia ha huido asombrado con la muerte de su real ginete.

¡Un esfuerzo mas!

¡Los godos huyen!

El implacable Wad-al-Lette les cierra el paso ó los ahoga en sus ondas.

¡Un esfuerzo mas! ¡Gecira-Alandalus, es esclava del Islam!

Tarik el invencible, ha hollado la púrpura de los godos.

A sus pies, sobre una alfombra de cadáveres, revuelve tos ojos

espirantes el infortunado don Rodrigo.

¡Enviad su cabeza al califa!

Una cabeza de rey es el mejor presente que puede enviarle un muslim.

¡Cortadla!

¿Por qué tú, Tarik, tan valiente y tan fiero, no cercenas la cabeza de

tu enemigo?

Tú no eres verdugo.

Pero hé allí á Ased-el-Schevaní.

Ased-el-Schevaní; el leopardo de oriente insaciable de sangre.

El hombre cuya amada es la muerte y cuyo mejor alcázar es el campo de la

pelea.

¡Hélo que llega!

¡Oh! el yatagan de Ased-el-Schevaní, se ha teñido en la sangre del

moribundo don Rodrigo, y su siniestra mano muestra entre un círculo de

guerreros horrorizados, la cabeza de un rey sin fortuna.

¡Paso al verdugo!

¡Paso á Ased-el-Schevaní!»

Y la voz que así cantaba, lanzó una estridente carcajada.

Y á impulsos del terror, la carne del walí se despegó de sus huesos.

Y la voz siguió su canto.

--«La luna brilla.

La tienda del árabe se eleva en la llanura.

Allá en los altos duerme una ciudad.

¡Corona de un imperio poderoso! ¡córte de cien reyes! ¡Tolaitola![65].

¡Cómo alzas tus robustas torres en medio de las brumas de las sombras y

de las nieblas del Tajo!

Pero tu puerta de Zocodover se abre.

Una muger sale por ella, desciende al llano y llega á la tienda del

árabe.

Es hermosa, pero está pálida y triste como una flor cortada de su tallo.

Con ella va su desventura.

Es Florinda, la infeliz hija del conde don Julian.

La Kaba de los árabes.

Su túnica está rasgada y cubierta de lodo.

Sus rubios cabellos destrenzados, flotan en torno de su semblante, en

que aparece la terrible espresion de su locura.

Muchos dolores han pasado por ella.

Ha visto morir á su padre y á los suyos.

Está sola, sola en el mundo.

Sola con su deshonra y su desventura.

Y las mugeres árabes la siguen, arrojándola lodo y gritando:

¡Esa es la Kaba!

Una mano amiga ha abierto para ella las puertas de la ciudad.

Y la desventurada corre por el campo.

Corre y la luna alumbra su pálido semblante y los ecos nocturnos repiten

sus insensatas carcajadas.

¡Ay de la gacela que huye!

El leopardo acecha.

Acecha sediento de sangre, y se estremece de placer al sentir los pasos

de una nueva víctima que se acerca.

El tapiz de la tienda se abre.

Y Ased-el-Schevaní fija su sombría mirada en Florinda.

Y el hombre de hierro se estremece.

Porque aquella muger es muy hermosa, y su túnica descuidada, muestra su

incitante desnudez.

¡Acuérdate, Ased-el-Schevaní!»

Cesó por un momento la voz que cantaba, como para dar tiempo á

Ased-el-Schevaní de recoger sus recuerdos, y acreció su temblor y un

sudor frio corrió á lo largo de su cuerpo, y fantasmas vengadoras

tomaron formas para él en el oscuro fondo de la cisterna.

Recordó una noche de luna, en que, volviendo de Damasco con la cabeza

del rey don Rodrigo canforada, dentro de una caja de sándalo, se detuvo

á poca distancia de Toledo, para entrar en él ostentando clavado en el

hierro de su lanza, el hediendo y miserable despojo.

La luna brillaba.

Los árabes que acompañaban al Schevaní dormian junto á sus caballos.

Y él velaba.

Medió la noche y una sombra blanca y vaga adelantó entre las brumas, se

acercó vacilante, y entró en la tienda del walí.

A la luz de la lámpara que la alumbraba, Ased-el-Schevaní vió una muger

hermosísima, pálida é inmóvil delante de él.

Sus hombros y su seno, deslumbrantes de blancura, estaban desnudos,

suelto el cabello de oro, y al rededor de su cuello se veia un collar de

diamantes del cual pendia un amuleto.

Aquel amuleto era una manecita de ébano engastada en oro.

Era la mano mágica, símbolo del Islam, que pendia de la esmeralda

cabalística de Salomon.

--Yo soy Florinda, dijo la hermosa acercándose al walí y mirándole con

los ojos vagos y estraviados, yo soy un arcángel del sétimo cielo,

castigado por Allah y convertido en muger.

La infeliz estaba en uno de sus momentos de locura.

--Mira: yo soy muy hermosa, dijo al Schevaní: por mí un pueblo ha venido

sobre otro pueblo, y han corrido rios de sangre; por mí el pueblo de

Ismael es señor de los godos de occidente, y ese pueblo me insulta

porque dice que soy ramera.

--Y mienten, añadió Florinda, asiéndose estremecida á los hombros del

Schevaní, mienten: yo soy vírgen, y mis hermanos los arcángeles vienen á

acompañarme en mis sueños; pero mis piés están heridos por los abrojos y

mi túnica desgarrada, y tengo hambre y frio.

Y la infeliz temblaba: una palidez mortal cubria con un velo terrible su

semblante.

Y Ased-el-Schevaní no tuvo compasion de ella.

--¡Ah! la dijo: ¡tú eres Florinda! ¡la manceba de don Rodrigo!

Su horrible boca dejó ver en una feroz sonrisa sus blancos y agudos

dientes de tigre.

--En verdad que es muy hermosa esta muchacha, murmuró sintiendo por

primera vez un deseo amoroso. ¡Está loca! ¡la noche es solitaria! ¡mis

guerreros duermen! ¡nadie podrá arrojarme á la cara una debilidad! ¡y

luego!...

El Schevaní lanzó una sombría mirada á Florinda poniendo la mano en el

pomo de su puñal.

Florinda le contemplaba con la curiosidad fria y vaga de los insensatos.

--Mira, le dijo: yo amo á un hombre y ese hombre es generoso, noble y

valiente.

Yo guardo su nombre y su recuerdo en mi corazon, y temo que se me escape

y quedar sola; sola, porque ese recuerdo me acompaña y duerme conmigo.

Déjame reclinarme en tu divan y guárdame, porque me persiguen.

Si mi amado estuviera aquí, él velaria mi sueño, porque me ama.

Los celos y la envidia irritaron al Schevaní al ver el amor que hácia

otro hombre resplandecia en la mirada de la pobre loca.

--Tu amante es un cobarde, dijo, un perro traidor que te abandona en tu

miseria.

--No, no es cobarde, dijo con voz dulce Florinda: ¡Si tú supieras su

nombre!...

Y la desdichada miró en torno suyo con espanto, como el avaro que teme

que le roben su tesoro.

Pero su mirada se tranquilizó: nadie habia que la escuchase, mas que

Ased-el-Schevaní.

Florinda llevó al wali á un ángulo de la tienda.

--Mi amado es príncipe, le dijo: mi amado es hermoso como los arreboles

de la tarde; mi amado conquistará palmo á palmo las tierras que ha

conquistado en Gezira-Alandalus el Islam, y me vengará de los que me

insultan llamándome ramera. ¡Ay del Islam ante la espada de Belay! el

vendrá de Asturias como un vendabal y aportillará los muros de Tolaitola

y pondrá los pendones de la cruz sobre sus almenas: entonces yo seré

reina, pero no moriré como Aylat[66]. ¡Ay! ¡la mataron sin compasion

estas gentes feroces! ¡la mataron sobre mi seno, y aun las negras

manchas de su sangre están sobre mi túnica! ¡Defiéndeme tú, hasta que

venga Belay, porque me van á matar como á Aylat!

Ased-el-Schevaní, palideció de cólera, irritóse su ojo voraz y un

caliente hálito de sangre le embriagó: la crueldad rebosaba de su

corazon, y tomó la caja de sándalo que guardaba la cabeza de don

Rodrigo.

--Mira, la dijo: abriendo la caja y mostrándola la cabeza del rey: hé

ahí la suerte que espera á tu Belay.

Florinda dió un grito: habia reconocido al rey en aquel sangriento

despojo, y la habian horrorizado sus cabellos blancos manchados de negra

sangre coagulada.

Por un momento desapareció su locura y miró á Ased-el-Schevaní á la luz

de la razon.

--¡Ah! ¡Eres tú, tú el verdugo!... ¡tú, el que yo ví en Tolaitola

llevando en tu lanza la cabeza del rey! ¡tú, á quien desde aquel dia no

he podido olvidar!... ¡Déjame huir de tí! ¡tu mano no se cansa de herir,

ni tus ojos de mirar la muerte! ¡apártate de mi camino, porque tu mirada

me hiela, y me das horror! ¡Mas horror que los árabes que me insultan y

me llaman la Kaba!

--Florinda, amante de Belay, dijo Ased-el-Schevaní, dejando á un lado la

caja que contenia la cabeza del rey don Rodrigo, y mirando con el gozo

de la crueldad á la jóven: ¡oh! yo mancharé tu pureza y te enviaré

deshonrada al hombre de tu amor. ¡Oh! ¡Belay! ¡el insensato que levanta

aun una bandera cristiana delante del Koram y se atreve á llamarse rey

de Gecira-Alandalus! ¡Oh! ¡y te tengo en mi poder! ¡y él te ama! pues

bien; serás la esclava de mis esclavos, y dormirás en mis caballerizas

entre los pies de mis corceles, junto á la jaula de mi pantera de

Africa.

Y Ased-el-Schevaní, midió con una feroz ojeada á Florinda y se lanzó

sobre ella.

Pero Florinda no retrocedió: un poder superior la protegia.

En vano el Schevaní pretendia llegar hasta ella.

Entonces sus ojos se inyectaron de sangre como los de un lobo rabioso,

tomó una azagaya y la lanzó á la desdichada: la terrible arma se abrió

paso á través de su seno, brotó de la herida un ancho surtidor de

sangre, los ojos de Florinda se empañaron, y cayó murmurando entre su

suspiro de agonía el nombre de Belay.

Una vez dado el primer paso de crueldad, el Schevaní no se contuvo;

Florinda se revolvia sobre un lecho de sangre y el talisman se

desprendió de su cuello.

El génio del horror y de la impureza se posó sobre la tienda del

Schevaní, y Dios arrojó sobre ella su maldicion.

La Nat de los hebraizantes, la Florinda de los godos, la Kaba de los

árabes, habia caido bajo su funesto horóscopo: sus miembros desgarrados

fueron abandonados en el lugar que ocupaba la tienda, y el poderoso

talisman recogido por Ased-el-Schevaní, habia aumentado el valor de su

tesoro.

Ased-el-Schevaní no conocia la virtud de aquel poderoso talisman: le

creia solo una alhaja de gran valor.

El Schevaní, despues de aquella noche, olvidó aquella historia de

horror, y pidió al califa le concediese una tierra en Gecira-Alandalus

para sus gentes de Damasco.

El califa le concedió la tierra de Iliberis.

Pero estaba escrito que seria castigado, y su crueldad con Florinda y su

codicia en conservar como un rico despojo el amuleto que llevaba al

cuello la jóven, fué la causa de su castigo.

Nadab, el padre de Yémina, sabia que el amuleto estaba en el tesoro de

Ased-el-Schevaní; sabia que aquel amuleto tenia la virtud de defender de

la impureza agena á la muger que lo llevase sobre sí, y quiso apoderarse

de aquel talisman valiéndose para ello de la misma Yémina.

Para atraerle le habia hecho ver, valiéndose de sus conjuros, el

encantado Palacio-de-Rubíes.

Ased-el-Schevaní estaba transido de horror.

Veia la macilenta cabeza del rey don Rodrigo y á Florinda, fria,

impasible, pálida, ensangrentada, atormentándole con el recuerdo de su

ser.

--Y ¡acuérdate! repetia la voz dulcísima que parecia venir de la bóveda

de la cisterna, y en la cual creia recordar el árabe la dulce voz de

Florinda.

--¡Ah! ¡sí! ¡yo te amo Florinda! esclamó arrojándose por tierra el feroz

walí.

--¿Por qué dijiste, pues, contestó con sarcasmo la voz, que no conocias

el amor?

-¡Oh! ¡piedad! ¡piedad, Florinda! esclamó el walí: ó haz que lo que ha

[imagen no disponible: Mira, la dijo, mostrandola la cabeza del rey.

La alhambra; leyendas árabes · 第 71 / 311 题