sucedido sea un sueño, ó quita de delante de mis ojos esta terrible
vision que me atormenta.
Y como si aquella voz solo hubiese resonado para despertar los
remordimientos en el alma de Ased-el-Schevaní, quedó la cisterna muda y
oscura; desaparecieron los fantasmas, y Ased-el-Schevaní se atrevió á
adelantar buscando la salida.
Entre las sombrías penumbras, encontró una puerta y entró en una cámara
tan rica y tan bella como las del Palacio-de-Rubíes, alumbrada por una
lámpara, á cuya luz se veia dormida sobre un lecho una muger.
Era Yémina.
Al verla el viejo y feroz walí tembló.
Creyó ver ante sí á Florinda, pero radiante de hermosura, sonriente de
felicidad; la jóven despertó y fijó de una manera intensa la mirada de
sus grandes ojos celestes en el walí.
--Tú eres Ased-el-Schevaní, dijo la jóven sin levantar la cabeza del
almohadon donde la tenia reclinada.
El árabe tembló, pero no de terror.
Un amor inmenso, un amor de los cielos, inundaba su alma; porque Yémina,
como lo decia su nombre, era la felicidad.
Sus ojos azules, límpidos como el cielo, lucientes como él, como él
hermosos, le sonreian y le acariciaban.
Sintió Ased-el-Schevaní dentro de sí una vida nueva; encontróse jóven,
ardiente, feliz.
Sus lábios murmuraron armónicos versos exhalados de su alma como el mas
escelente poeta pudiera haberlos exhalado delante de la hermosísima
vírgen de sus amores.
--Yo te amo hurí, esclamó; te amo y por tí me siento capaz de todo.
Eres para mí mas preciada que la clara y fresca fuentecilla que brota
entre flores á la sombra del oasis del desierto para el cansado y
sediento caminante.
Tú eres la luz y la vida, el sueño de paz y la esperanza de ventura.
Por tí seria yo capaz de conquistar los cielos, aunque defendiese su
puerta el arcángel de fuego.
--No quiero tanto, dijo Yémina: si me concedes lo que voy á pedirte,
creeré que me amas y te amaré.
--¿Y qué puedes pedirme que yo no te conceda, luz esplendorosa de mi
alma?
--¿Te acuerdas de una muger á quien amaste?
--¡Ah! ¡Florinda! ¡Florinda! esclamó el Schevaní; ¿por qué me recuerdas
mi crímen? Era una noche triste y sombría: la luna estaba velada por
vapores de sangre: tú estabas delante de mí, pálida, loca aunque
hermosa, manchada de lodo la túnica: no estabas tan hermosa como ahora,
sultana de las huríes: no, yo... me irrité... yo no habia amado...
escitaste mi furor... pero yo no te he olvidado... yo he llorado tu
muerte... porque no creí que volveria á encontrarte tan resplandeciente,
tan hermosa como la mayor de las hermosuras. ¿Por qué me recuerdas mi
crímen y me despedazas el alma?
--Yo no soy Florinda, dijo Yémina: si á tus ojos la represento, es
porque Dios quiere en castigo de tu crueldad que tú veas siempre á
Florinda en la muger que ames. Tú ves mis cabellos dorados y mis ojos
azules. Pues bien, mira por un momento.
Se transformó Yémina y se presentó á Ased-el-Schevaní con sus cabellos
negros y brillantes, sus ojos negros y deslumbradores, su frente cándida
y purísima y su boca purpúrea, exhalando ambrosía.
Aquella vision duró un momento.
Deslumbró á Ased-el-Schevaní como si en sus ojos hubiera brillado el
sol.
Y pasó como un relámpago y volvió á ver en Yémina á Florinda.
Ased-el-Schevaní empezó á enloquecer, y soltó una insensata carcajada.
--¡Oh! ¡yo te amo! ¡yo te amo! esclamó: ámame y seremos los dos seres
mas felices de la tierra. ¿Por qué no me amas tú tambien? ¿Acaso me
conservas rencor?
--Yo te amaré si me das lo que te pida, repuso Yémina.
--Y bien, ¿qué quieres? respondió anhelante Ased-el-Schevaní.
--Acuérdate: cuando mataste á Florinda la quitaste un collar de perlas
que llevaba sobre su seno.
--¡Ah! ¡ah! ¡el rico collar de perlas! esclamó Ased-el-Schevaní lanzando
una larga carcajada.
Y luego tomando una guzla de marfil con cuerdas de oro, que se veia
junto á Yémina, se sentó á sus piés y cantó, con la voz fresca y pura
como un jóven, él, que nunca habia hecho versos ni habia cantado, el
romance siguiente:
«Hermosa de las hermosas,--flor preciada, luz del cielo:
¿Para qué quieres las joyas,--si sus pálidos reflejos
han de amenguar lo brillante--de tus dorados cabellos?
envidia tendrán las perlas--si las posas en tu seno,
porque es nacar animado--que de amores guarda incendios.
No hay zafir como tus ojos,--ni diamantes de alto precio
que se atrevan á igualarse--en lo luciente con ellos.
Eres búcaro de flores--que para el amor nacieron,
y de Hiram en los jardines--de Dios las meció el aliento.
Eres joya de su mano--pura, como allá en los cielos,
la nubecilla que pasa--al leve impulso del viento,
ante el sol que la colora, en lumbre de amor traspuesto.
Que Allah, hermosa, te bendiga,--pues eres cerrado huerto,
que para tu amante guardas--de tu pureza el misterio.
Ased-el-Schevaní dejó la guzla y lanzó otra insensata carcajada.
Su locura crecia.
--Quiero el collar de Florinda, dijo Yémina con voz dulce acariciando
con sus rosados dedos la larga barba blanca del Schevaní.
--¡El collar de Florinda! esclamó el árabe: ¡un collar que vale muchos
cuentos de doblas!
La locura y el amor no habian logrado dominar la codicia del Schevaní.
--No te amaré, dijo Yémina.
--¡Que no me amarás! esclamó con fiereza el árabe.
--No, repuso reposadamente Yémina.
--¡Acuérdate! dijo á su vez el árabe.
--¡Tú heriste á Florinda! esclamó con desprecio la jóven.
Ciego de cólera ante aquel desprecio el feroz siro, un pensamiento de
sangre pasó por su alma y desnudó fuera de sí su puñal.
Pero cuando descargó el golpe sintió un agudo dolor en la mano y se
encontró...
En su lecho en la alcazaba del Albaicin.
--Ha sido un sueño, dijo; he creido que heria á aquella muger y he dado
con el puño en el muro; ¡pero que sueño tan horrible y tan hermoso!
Ased-el-Schevaní no logró volver á dormirse.
Veia delante de sí, radiante de hermosura, á Yémina.
A la noche siguiente volvió á subir á la plataforma de la torre mas alta
de su castillo, y como la noche anterior se apoyó en las almenas.
Entonces volvió á ver sobre la cumbre de la Colina Roja el esplendoroso
alcázar, y los caballeros que giraban á su al rededor en los aires y en
la tierra y oyó la distante y armoniosa música de la zambra que se
exhalaba por los calados ajimeces del alcázar.
--No, pues ahora no sueño, poderoso Allah: esclamó Ased-el-Schevaní; yo
afirmo los piés en mi castillo y mis manos en sus almenas: yo veo la
luna triste y pálida que sigue lentamente su curso; el viento de la
noche refresca mi frente, y allí, allí, sobre la Colina Roja, se levanta
ese alcázar maravilloso y se agitan aquellos caballeros sobrenaturales,
y se escucha esa armonía incomparable. ¡No, no es un sueño, poderoso
Señor!
Y como la noche antes salió de su alcazaba por un postigo y se trasladó
á la Colina Roja.
Y como la noche antes vió el Palacio-de-Rubíes, y escuchó la voz de sus
remordimientos en el fondo de la cisterna, y vió á Yémina, y la enamoró;
y Yémina le volvió á pedir el amuleto de Salomon que habia robado á
Florinda, y como la noche anterior se irritó y quiso herir á Yémina como
á Florinda habia herido, y volvió á sentir su mano lastimada y á
encontrarse en su lecho en la alcazaba del Albaicin.
Durante siete noches se repitió este prodijio, y durante estos siete
dias Ased-el-Schevaní, se presentaba á sus vasallos mas loco y mas
feroz.
Al fin á la octava noche, el árabe no subió á la plataforma de la torre,
sino que bajó á un profundo subterráneo de su castillo donde tenia su
tesoro.
Abrió un enorme cofre de hierro, y de entre otras muchas joyas, tomó el
collar de perlas de Florinda, y se encaminó á la Colina Roja.
El amor y el deseo habian dominado en él á la codicia.
Cuando entró en el Palacio-de-Rubíes, no resonó en sus oidos la voz de
su remordimiento, ni descendió á la oscura cisterna.
Le protegia el talisman.
Yémina salió á su encuentro y le sonrió.
--¿Me traes el hermoso collar? dijo.
--Sí, contestó todo trémulo Ased-el-Schevaní sacándole de su seno: vale
un tesoro, pero mi vida vale mas, y sino me amas moriré. ¿Me amarás tú,
si te doy esta inestimable joya?
--¡Oh! ¡sí! ¡te amaré siempre! dijo la jóven.
E inclinó su hermosa cabeza delante de Ased-el-Schevaní.
El árabe puso el talisman alredor del cuello de Yémina, y cuando se le
hubo puesto quiso abrazarla.
Pero le rechazó una fuerza incontrastable.
--Sí, sí, dijo Yémina, te amaré siempre como ama el remordimiento al
crímen. Yo apareceré á cada momento mas hermosa ante tí; seré tu eterna
desesperacion, tu infierno.
Y al decir Yémina estas palabras, Ased-el-Schevaní se encontró entre las
tinieblas y el ambiente húmedo de la cisterna, y vió delante de sí como
un cuerpo lúcido, y cada vez mas hermosa á Yémina.
Si queria acercarse á ella, parecia que un muro invisible le contenia.
Si pretendia herirla, su puñal encontraba un cuerpo duro é impenetrable
como el diamante; si desesperado, no pudiendo resistir el martirio de la
vista de tanta hermosura, pretendia huir, el terrible fantasma se le
ponia siempre delante, cada vez mas hermoso, cada vez mas incitador.
Yémina se habia convertido en el infierno de Ased-el-Schevaní.
Porque Ased-el-Schevaní habia muerto.
Sus wazires habian encontrado su cadáver en su lecho, y le habian
enterrado con gran pompa en el panteon de la alcazaba.
Lo que quedaba sufriendo penas eternas en la cisterna era el alma de
Ased-el-Schevaní.
De Ased-el-Schevaní, el alma condenada de la cisterna de la Alhambra.
Algunas noches oscuras, frias, tempestuosas, salen por los brocales de
la cisterna gritos débiles, perdidos, desesperados.
Son los gemidos de desesperacion de Ased-el-Schevaní.
Del verdugo del rey don Rodrigo.
Del infame asesino, del torpe profanador de Florinda.
Otras serenas y tranquilas noches de luna, cuando todos duermen, hasta
los guardas de los adarves, se percibe un canto dulcísimo y perdido.
Es la voz de Yémina que escita la desesperacion de Ased-el-Schevaní.
Pero ya sea la noche oscura ó apacible; ya la alumbre la verde luz del
relámpago ó el pálido reflejo de la luna, si pasais junto á los brocales
de la cisterna y escuchais ya un gemido, ya un canto, no os asomeis al
oscuro brocal, porque puede tragaros el abismo y haceros probar el mismo
infierno que prueba hace centenares de años Ased-el-Schevaní.
Esta es la historia maravillosa del alma de la cisterna.
Sed, pues, justos, buenos y caritativos, porque Dios, Altísimo y Unico,
condena al pecador con lo mismo con que pecó.
* * * * *
He aquí la tradicion referente á los algibes de la Alhambra.
¿Dónde pudo tener origen?
¿Escuchó algun poeta moro, durante una noche melancólica el derrumbe del
agua en los algibes, ó algun gemido del viento en sus altas bóvedas
romanas y de ello tomó asunto para escribir una bella leyenda árabe?
No lo sabemos.
Pero sabemos sí, que muchas noches oscuras y tempestuosas nos hemos
asomado á uno de los brocales de la cisterna y hemos escuchado
atentamente.
Solo hemos oido el crugir de las gotas de la lluvia sobre el agua allí
depositada, pero nunca nos hemos podido hacer la ilusion de que aquel
ruido procediese del gemido de un alma condenada, ni del canto de un ser
sobrenatural.
Esto acaso consiste en que nuestra imaginacion es menos impresionable
que la del poeta moro autor de la leyenda _El alma de la cisterna_.
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