Guiado por ellos adelantó y llegó al fin á un lugar sombrío donde sin
ser visto vió un espectáculo encantador.
En un remanso tranquilo y trasparente del rio, vió á una muger, mejor
dicho, á una niña, en el momento de salir del baño.
Sus doncellas la esperaban con las ropas entendidas para cubrirla, pero
no la cubrieron tan pronto que don Rodrigo no sorprendiese un tesoro de
hermosura desnudo.
Por un momento el rey permaneció inmóvil y fascinado. Luego cuando
Florinda y sus doncellas se perdieron entre los árboles, se volvió
demudado, enloquecido, en busca de don Oppas.
--¿La has visto, señor? le preguntó sonriendo de una manera infame don
Oppas.
--¡Oh! pluguiera á Dios que no la hubiese visto, porque he cegado, dijo
el rey.
--Florinda te matará, murmuró de una manera ininteligible don Oppas y
luego añadió en voz alta: esta noche puedes ser huesped de esa
hermosura.
* * * * *
Era la hora del crepúsculo de aquella misma tarde.
El castillo del conde don Julian, la morada de su hija Florinda,
aparecia iluminada por una leve luz rojiza á las orillas del Tajo.
En una habitacion reducida del castillo habia en aquellos momentos un
hombre y una muger.
La muger era de gran hermosura y muy jóven; sus cabellos negrísimos
estaban entrelazados á una faja de oro que ceñia su cabeza; la blancura
de su frente se confundia con la de su velo, y sus cejas dilatadas,
negrísimas y suavemente arqueadas coronaban sus ojos negros, grandes,
brillantes, á que daban sombra y fuerza sus larguísimas pestañas; vestia
una túnica larga hasta cubrir sus pies; baja lo bastante para dejar
descubiertos en su parte superior un cuello deslumbrante de blancura,
sus redondos hombros y el nacimiento de su seno; sus brazos, sus
admirables brazos desnudos, estaban adornados con ajorcas de oro y
perlas; un cíngulo, de oro tambien, rodeaba á su reducida cintura su
túnica de lana blanca, y entre este cíngulo relucia el pomo de un puñal.
Esta jóven, que apenas contaria quince años, era Florinda, la hija
única del conde don Julian, la hermosura á quien habia sorprendido en
el baño el rey don Rodrigo.
El hombre dormia en un ángulo distante, ó fingia dormir, tendido sobre
unos almohadones; era un nubio, negro como el ébano, y estaba envuelto
en un ropon rojo; aquel hombre era sin duda un esclavo, á juzgar por la
argolla dorada que tenia al cuello.
Este esclavo se llamaba Kaib.
Florinda hilaba sentada junto á un mirador desde donde se veia el rio,
de tiempo en tiempo arrojaba una mirada distraida al lugar donde el
esclavo estaba reclinado, y al sentir la mirada de Florinda, de los
entreabiertos párpados del nubio salia un relámpago de amor desesperado,
que ó no notaba Florinda ó fingia no notar.
Empezaba á oscurecer; Florinda dejó su rueca, se levantó del sillon de
roble donde estaba sentada, fué á apoyarse en la balaustrada del mirador
y fijó su mirada distraida en la corriente del Tajo.
La luna llena empezaba á salir entre las quebraduras.
El nubio se levantó lentamente y fué á apoyarse en la balaustrada donde
se apoyaba Florinda.
--Hija de don Julian, la dijo señalándola el poniente teñido aun con las
últimas ráfagas del crepúsculo; el cielo está ensangrentado, la muerte y
el estrago adelantan por el oriente y el buitre olfatea ya los
cadáveres. ¡Vírgen de los godos, nacida bajo el sol del Africa!
¡menguado fué el dia en que abriste los ojos á la luz! ¡hora de
maldicion aquella en que mis ojos te vieron!
Florinda callaba aterrada por lo solemne de las palabras del esclavo,
porque no era aquella la primera vez que la hablaba de tal modo, y le
tenia por sábio y aun por hechicero:
--¡Oh! ¡cuánto arnés roto, y cuánto caballero muerto, hija de don
Julian! continuó Kaib: el oriente vendrá sobre el occidente y las gentes
del norte empaparán con su sangre las campiñas del mediodia. ¡Oh! ¡y
cuánto arnés roto! ¡cuánto caballero muerto!
Florinda siguió callando.
--¡Huye, hija de don Julian! ¡huye! continuó Kaib despues de un instante
de silencio: ¡huye! ¡yo te salvaré! ¡tú serás la reina allá en mi patria
distante, y yo seré el último de tus esclavos! ¡huye, huye conmigo, hija
de don Julian, porque el cielo mana sangre, y el buitre olfatea ya los
cadáveres!
--¿Qué me quieres anunciar Kaib? dijo Florinda volviéndose gravemente al
esclavo.
--El imperio de los godos se hunde, y tú serás la causa, contestó Kaib.
--¡La causa yo!
--Sí, un hombre funesto ha visto tu hermosura: ese hombre te hará su
manceba.
--¡Yo! ¡manceba yo de nadie, vil esclavo! esclamó con indignacion
Florinda: ¡y así te atreves á insultarme porque te trato con
misericordia!
--¡Mata al esclavo, señora! dijo Kaib fijando de una manera poderosa sus
resplandecientes ojos en Florinda: ¡mata al esclavo, pero escucha antes
al sabio!
Florinda tembló.
--¿Me amenaza algun peligro? dijo.
--Tú serás profanada por un hombre funesto, y tu profanacion producirá
torrentes de sangre vengadora.
--¡Tú me amas! dijo con altivez Florinda.
--Mi corazon y mi alma son tuyos, dijo Kaib: mis amores no tienen
esperanza: sé que amas á Belay[51], al noble Belay, y que él te ama: sé
que sino te salvas caeré contigo, y que tu Belay te perderá.
--¿Pero se salvará Belay?
--El será el único príncipe godo que se salve del estrago: él será rey
por la virtud de su espada: él será el primero de los salvadores del
pueblo español.
--¡Oh! ¡si Belay se salva me salvaré con él!
--¡Dudas de mi ciencia y la desprecias! dijo profundamente Kaib: pues
bien, cuando desesperada y loca me llames en la hora de la desgracia, me
tendrás á tu lado: esa hora se acerca: ¡hasta entonces, hija de don
Julian!
Y el esclavo se apartó de la balaustrada y se perdió en el interior de
la habitacion.
--¡Oh! murmuró Florinda: ¿qué puedo yo temer amándome Belay, mi valiente
Belay?
Y permaneció en el mirador, inundada por la luz de la luna, y
resplandeciente de hermosura.
* * * * *
Entretanto, viniendo de Toledo avanzaba una cabalgata hácia el castillo
de don Julian.
Al frente de aquella cabalgata venia el arzobispo don Oppas.
Florinda, que permanecia en el mirador, vió acercarse á aquellas gentes
con un espanto instintivo.
Muy pronto resonó la voz de una vocina bajo los muros del castillo.
Entonces, Lotario, el antiguo servidor del conde don Julian á quien este
habia confiado la guarda de su hija, se asomó á los adarves.
--¿Qué quereis? dijo á los que llamaban.
--Somos cazadores que nos hemos estraviado, contestó don Oppas, y
esperamos de tí hospitalidad por esta noche.
--La paz del Señor sea con vosotros, contestó Lotario en un acento que
por lo bravío desmentia lo amistoso de sus palabras: voy á ordenar que
se os abran las puertas.
Poco despues Kaib dejaba caer el puente sobre el foso, y entraban en el
castillo don Oppas y dos gallardos mancebos, con sus monteros: estos
últimos entraron en los aposentos bajos del castillo, y don Oppas y los
dos jóvenes entraron en los aposentos de Florinda, acompañados de
Lotario y seguidos del receloso Kaib: poco despues el esclavo cubria de
viandas una ancha mesa, alumbrada por lámparas de bronce.
Lotario como huesped y Kaib como esclavo, empezaron á servir á don Oppas
y á los dos jóvenes que se habian sentado en sillones de roble.
Era don Oppas un hombre como hasta de cincuenta años: vestia una túnica
y un manto pardos, y bajo ellos se veia el reluciente hierro de un
arnés, cuyo capacete cubria sus cabellos ya grises.
La espresion del semblante de este hombre era noble y benévola; dábale
autoridad su barba larguísima y entrecana, y dificil era comprender en
sus ojos una espresion de astucia y de doblez, que pasaba por ellos de
tiempo en tiempo como un relámpago: don Oppas observaba con astucia
desde que entró en el castillo, mientras sus compañeros observaban
tambien, aunque con reserva, cuanto pasaba en torno suyo.
Lotario observaba tambien con la misma reserva, á los mancebos: vestian
estos clámides de escarlata, sandalias de riquísimo cuero, capacetes,
armas y acicates de oro: los dos eran tan semejantes, que vistos cada
uno de por sí se les hubiera tomado al uno por el otro: como en sus
trages y sus armas, habia mucho de régio en los semblantes de los
mancebos: sus miradas eran fijas, severas, llenas de imperio y una nube
fatídica parecia cubrir sus frentes magestuosas y rodearlas de una
aureola.
Todos, los de adentro y los de afuera guardaban silencio: todos
observaban y eran observados.
--Muy rico eres, dijo al fin don Oppas como por decir algo á Lotario,
levantando una copa de oro llena de vino: oro es este mas acendrado que
el del tesoro de don Rodrigo, y tu vino es vino de las Galias.
--¡Don Rodrigo! dijo Lotario: es verdad: el oro de la copa en que bebes,
es mas acendrado que el de la copa del rey, como es mas acendrada la
lealtad del conde don Julian mi señor, cuya es la copa que tienes en la
mano, que la de los magnates que rodean al rey en la córte: bebed hijos
de Witiza: bebed el vino del conde don Julian y comed su pan; bebed y
reposad y preparaos, porque se acerca el dia en que cada cual pruebe su
lealtad.
Los dos jóvenes se levantaron, tomaron dos copas, las chocaron y las
apuraron de una sola vez.
Don Oppas bebió lentamente la mitad del contenido de la suya y ofreció
el resto á Lotario.
Este rehusó.
--He jurado al Señor, dijo, no beber mas que agua hasta que llegue el
dia del esterminio.
--¿Quién eres tú, le dijo el mayor de los hijos de Witiza, que conoces
nuestro nombre, y nos auguras el porvenir?
Lotario miró al esclavo nubio, como si esperase de él la inspiracion de
sus palabras; el esclavo le miraba de una manera fija y singular.
--Escuchad, dijo: yo aunque me llamo Lotario, no soy godo; aunque me
confieso cristiano, mis padres no lo fueron; yo he nacido en una tierra
muy distante de España, bajo un cielo ardiente, sobre un suelo siempre
bañado por los rayos de un sol rojo y brillante: me he criado allí, he
amado allí; mi único deseo ha sido reposar en aquella tierra bendita, en
la fosa de mis padres y de mis hermanos: los sectarios de Mahoma me han
arrojado de ella con mi raza hasta las regiones de occidente, y nos
hemos visto pobres, desnudos, sujetos á la religion y á las costumbres
de los godos en la Mauritania Tingitana; allí he conocido y he servido
al conde don Julian, y de allí he venido para guardar y proteger á
Florinda, la hija de mi señor.
--¡Florinda! dijo como si escuchase un nombre estraño don Oppas: no la
conozco.
--Pluguiera á Dios que no la hubieseis conocido, dijo con profundo
acento Kaib; ella será el pretesto de una guerra terrible; un pueblo
vendrá sobre otro pueblo y ella será la llave que abra al conquistador
las puertas del Tanja. La cabeza del tirano caerá, pero sobre ella se
levantarán otros tiranos, y el nombre de la Kaba zumbará en la
posteridad como un eco de traicion. La hija de don Julian ha nacido en
mal hora á la luz, porque su nombre será maldito y maldita la raza de
los suyos y maldita la generacion de ellos.
Era terrible y solemne el acento de Kaib; sus ojos radiantes parecian
tener fija su mirada en el porvenir, su negro rostro parecia dar una
fuerza sobrenatural á su discurso.
--¿Y acaso no pueden evitarse tantas desdichas? dijo don Oppas
dirigiendo la palabra á Lotario, como en desprecio de Kaib.
--Lo que está escrito en los astros se cumplirá, dijo Kaib, aunque las
palabras no se habian dirigido á él: has venido á ver á la hija de don
Julian: hé aquí que el destino te la trae: mira.
Florinda habia aparecido en la puerta de la cámara.
--Pronto el conde don Julian tendrá una injuria que vengar: pronto la
puerta de aquella torre se abrirá ante un rey, añadió dirigiéndose al
mirador y señalando la torre solitaria que se veia al otro lado del rio
iluminada fatídicamente por la luz de la luna: al abrirse aquella
funesta puerta respetada por los hombres y por los siglos, las tribus
del oriente caerán sobre el occidente; afilad vuestras espadas, hijos de
Witiza y vengad á vuestro padre asesinado por don Rodrigo, pero olvidad
su trono, porque está escrito que la raza de los godos sea esterminada:
y huid: habeis venido creyendo encontrar hombres que se vendieran á la
traicion: cuando tengamos que vengar una injuria la vengaremos ó la
vengarán los que nos sobrevivan, pero no será una venganza vendida la
que caiga sobre el causador de la injuria.
Kaib mas que un esclavo parecia el señor del castillo.
Florinda permanecia inmóvil en la puerta.
Don Oppas miraba con cólera al esclavo.
Los hijos de Witiza con asombro.
--Hemos venido, dijo don Oppas, á pediros hospitalidad, no insultos: la
voz del esclavo ha resonado insolente en nuestros oidos: sea en buena
hora: habeis llamado la tempestad sobre vuestras cabezas: vuestra será
la culpa si las hiere el rayo.
Kaib no contestó á don Oppas, arrojó una triste mirada sobre Florinda y
murmuró con voz ronca y conmovida:
--¡Hija de don Julian, en mal hora nacida á la luz, lo que está escrito
se cumplirá!
Despues añadió:
--Nada teneis ya que hacer aquí: el buitre ha visto á la paloma y afila
sus garras: ¡idos!
--¡Idos! repitió Lotario.
--¡A Dios! dijo don Oppas levantándose: nos has dado hospitalidad é
injurias; la hospitalidad y las injurias serán pagadas. A Dios.
Y salió con los hijos de Witiza.
Florinda permanecia inmóvil en la cámara.
--Hija del conde don Julian: cuando llegue la hora de la desgracia me
tendrás á tu lado, dijo Kaib.
Y salió lentamente de la cámara.
* * * * *
Don Oppas y los hijos de Witiza regresaron á Toledo.
Los dos mancebos se perdieron por las altas y estrechas callejuelas de
la ciudad, y el obispo, seguido de los monteros, llegó al palacio,
descabalgó delante de la puerta de los Leones, y á través de la guarda,
que se inclinó respetuosamente á su paso, se encaminó á la cámara del
rey don Rodrigo.
Ante su puerta, jóvenes godos con mantos de púrpura y oro y hermosas
mugeres con los cuellos y los brazos desnudos, departian de amores y
cacerías, de galantes aventuras, de ruidosos banquetes; los soldados se
apoyaban en sus lanzas, inmóviles como estátuas de hierro, á lo largo de
los muros de la gigantesca antecámara, y los esclavos se veian tras
ellos entregados á un silencio estúpido.
Poco tiempo antes de la llegada de don Oppas al palacio, se abrió la
puerta frontera á la de la cámara real, y apareció en ella un viejo,
alto, flaco, pálido, con escasos cabellos grises y barba blanca,
cubierto por una hopalanda parda.
Este hombre adelantó hasta el centro de la antecámara, y sin dirigirse á
persona alguna, dijo con acento grave y sonoro:
--Yo soy Gutz, el hebreo.
Agitóse el círculo de damas y caballeros, y de entre ellos adelantó
hasta el recien llegado un noble cubierto con un arnés de guerra,
caudillo al parecer, de la guarda del rey.
--¿Eres tú el joyero de la calle del Sol? preguntó á Gutz.
--Yo soy, contestó el viejo.
--¿El hechicero?
--Sí.
--¿Te espera el rey?
--Sí.
Tras estas breves palabras el noble adelantó hasta la puerta de la
cámara real, levantó su tapiz y dijo:
--¡Señor! ¡Gutz el hebreo, joyero y hechicero!
Una voz gutural y débil, aunque imperiosa, contestó desde adentro.
--Mi leal Singiberto, deja entrar á ese perro infiel.
Singiberto hizo una seña á Gutz, y este, pasando con desden é insolencia
entre los cortesanos, se perdió tras el tapiz que cubria la puerta de la
cámara real.
Era tan frecuente entonces la entrada de embaucadores y magos en el
palacio, que nadie tomó en aprecio la llegada de Gutz, y jóvenes y damas
siguieron las pláticas interrumpidas.
A punto dos escuderos, uno de los cuales llevaba una adarga blasonada, y
otro una espada, penetraron en la antecámara, precedidos por un faraute,
que con no menos insolencia que Gutz, se detuvo en el centro, y dijo en
alta voz:
--El noble y poderoso señor don Oppas, arzobispo de Sevilla.
Singiberto anunció de nuevo, é hizo seña al faraute de que don Oppas
podia entrar en la cámara real.
Una antorcha de oro, alimentada con aceite aromático, alumbraba la
cámara de don Rodrigo. Sus paredes estaban revestidas de riquísimos
tapices, en los que se veian pintadas mugeres hermosas desnudas en el
baño, mancebos reclinados en la sombra de verdes enramadas entre los
brazos de náyades, trofeos de amor é impudentes pinturas de deleite.
Sentado sobre una silla de marfil de preciosa labor, estaba don Rodrigo
envuelto en una clámide de púrpura, y ceñidos sus blanquísimos cabellos
por una corona de hierro.
Plegado sobre sus rodillas, envuelto en su ancha clámide, solo se podia
juzgar de su semblante pálido y de espresion noble, aunque degradada é
indolente: sus ojos azules conservaban aun el brillo de la juventud y
una de sus manos blanca y tersa como la de una dama, se ocupaba en
levantar hasta su nariz recta y afilada un pomo de oro lleno de esencias
aromáticas que aspiraba con deleite, y de las cuales dejaba caer de
tiempo en tiempo algunas gotas sobre su barba plateada y profusa, rizada
con mas esmero que la cabellera de una muger.
A un lado, junto á la silla en que reposaba don Rodrigo, habia una mesa
de la cual partian reflejos deslumbrantes arrancados por la luz de la
antorcha. Segun las crónicas de aquel tiempo, la tabla de esta mesa era
una sola esmeralda encontrada por Fatimah la santa[52] junto al pozo
Zemzem, y sus piés, fabricados por los genios, eran de oro macizo, de
una labor sorprendente, y cuajados de perlas y diamantes.
Esta joya de inestimable valor era la famosa mesa de Salomon: habia
pasado en herencia á la tribu de Heber y fué robada á sus descendientes
por el rey Egica, cuando sujetó á feudo y tributo á los árabes
hebraizantes, desterrados del Yemen y refugiados en el Magreb. Esta
misma mesa fué la que mas tarde, despues de la conquista de
Gezira-Alandalus por los árabes, produjo fatales desavenencias entre el
emir Muza-ebn-Noser, y su walí, el valiente sin par, Tarik-ebn-Ziad.
Sobre esta mesa estaba como un adorno la espada de don Rodrigo, y sobre
su empuñadura se posaba un azor[53] sujeto á la mesa por una sutil
cadena de oro.
Todo revelaba allí el hombre sensual, degradado y envilecido.
Aquella arma de caballero, arrojada como al acaso sobre aquella mesa,
era un contraste estraño, un mudo reproche á tanta degradacion, á tanto
abandono.
Cuando resonaron sobre la cámara real, al andar de don Oppas, las piezas
de su arnés, el rey que, á pesar de la presencia de Gutz, que estaba
prosternado á sus pies, no habia salido de su inmovilidad, se estremeció
al áspero rechinar del acero, y levantó la cabeza arrojando en torno
suyo una mirada inquieta que tornó á ser indolente cuando reconoció al
obispo.
--¡Ah! ¿eres tú, don Oppas? dijo: en verdad que te esperaba. ¿Qué perro
es ese que se tiende á mis pies? añadió reparando en Gutz.
--Lo ignoro, señor, contestó don Oppas.
--Es Gutz tu esclavo, poderoso rey, contestó el hebreo sin levantar la
frente de la alfombra.
--¡Ah! ¿eres tú? dijo don Rodrigo: levántate esclavo, te he mandado
llamar no me acuerdo para qué. ¿Eres hechicero?
--Tal dicen, señor; pero solo Dios sabe lo oculto.
--¿Y crees tú, don Oppas, dijo don Rodrigo dirigiéndose al arzobispo, en
el poder de la hechicería?
--Tanto creo, señor, contestó don Oppas, que, si saber mi destino
quisiera, me dirigiria sin vacilar á uno de esos sabios que, alejados
del mundo, han estudiado el lenguage de las estrellas.
--Pues hé aquí que á mi vez he tenido ese deseo, repuso el rey, y he
mandado buscar á uno de esos buhos que pasan la noche en vela mirando al
cielo.
Don Oppas cruzó una mirada de inteligencia con Gutz.
--Dime tú, sabio, dijo don Rodrigo con indolencia: ¿dónde está el límite
de mi vida? yo la siento fuerte y vigorosa dentro de mi cuerpo
envejecido, y mi alma se revuelve ardiente como en los dias de mi lejana
juventud: pero mis noches sombrías, mis sueños apenadores, mis deseos
insensatos: yo veo en lo recóndito de mi espíritu una muger hija de mi
fantasía á cuya hermosura no alcanzan las mas hermosas de mis
concubinas. Aun mas, yo he visto hoy, esta tarde á esa muger, viva,
desnuda delante de mis ojos, saliendo como Venus de la espuma de las
aguas. Yo la amo; mi corazon se quema por ella. ¿Qué puedo yo esperar de
esa muger?
Gutz inclinó profundamente su cabeza, dejó caer los brazos á lo largo de
su cuerpo y sus ojos se cerraron como dominados por un sueño profundo:
levantóse su pecho dilatado por una respiracion poderosa, contrajéronse
los músculos de su semblante, y se borraron las profundas arrugas de su
frente.
Don Rodrigo, replegado aun sobre su silla de marfil, miraba al hebreo
con la ávida atencion de un niño; estaba hastiado y la espectativa de un
acontecimiento cualquiera le divertia.
--Pronto, esclavo, dijo con impaciencia: dime lo que puedo esperar ó
temer de esa muger.
Gutz abrió los ojos, levantó con altivez la cabeza, miró frente á frente
á don Rodrigo y dijo con voz ronca y acentuada:
--Tu destino ¡oh rey! es incierto: una nube oscura colocada delante de
mis ojos, no me deja ver claramente tu horóscopo, pero esa nube tiene
ráfagas rojas; la sangre y el fuego habitan en ella.
Don Rodrigo se irguió: las palabras del hebreo le aterraban vagamente:
su mirada antes glacial se habia animado, y sus labios se agitaban en
una imperceptible convulsion.
--Lo que me has dicho es muy oscuro, esclamó el rey, con acento convulso
é irritado; yo quiero que tus ojos descifren mi porvenir: habla,
hechicero.
--Poderoso señor, dijo el hebreo: has que tus trompetas de guerra llamen
tus gentes al combate: despliega tu bandera de rey y desnuda tu espada,
por que yo veo estrañas gentes cabalgando en batalla contra tu pueblo, y
el lugar de tu sepultura espera ya tus restos ensangrentados.
Don Rodrigo se lanzó de su silla al lugar donde se encontraba el hebreo,
y asió furioso su túnica.
--Perro infiel, gritó: sino mientes, haz que yo vea mi horóscopo; rasga
delante de mí el velo que cubre el porvenir: vea yo esas gentes que
cabalgan contra mi pueblo, ó por el Dios de Moisés y de Abraham, que he
de poner tu cabeza sobre la aguja mas alta de la torre mayor de mi
castillo.
--¡Rey! continuó el hebreo sin inmutarse alentado por una segunda mirada
de don Oppas: lo que escribe la mano de Dios es siempre un misterio para
los ojos mortales: en el valle, cerca de tu palacio, sobre las riberas
del Tajo, hay una torre misteriosa cuya terrible puerta jamás ha sido
tocada por la mano de un rey; si tu mano toca esa puerta, ella se
abrirá, y dentro de la torre encontrarás tu destino.
--Pero esa torre, dijo el rey palideciendo, guarda una tradicion oscura:
segun esa tradicion, el rey que la abra ó morirá ó será tan rico, tan
sabio y tan poderoso como el rey Salomon; esa torre fué construida
durante una tempestad por los magos que acompañaban á Attila, y desde
aquel terrible rey hasta mí, ninguno ha osado penetrar en ella.
--Y tú mismo, rey, nada verás en la torre, añadió Gutz, obedeciendo á
una tercera mirada de don Oppas, sino llevas contigo el triunfo de la
pureza de una vírgen.
--¿Y qué vírgen es esa?
--Esa vírgen es Florinda, la hija del conde don Julian.
--¡Pues bien! esclamó don Rodrigo, Florinda será mia, y luego mi mano
tocará la puerta de la torre; buscaré en ella, en su recinto mas
tenebroso, el misterio de mi porvenir y arrostraré con valor mi destino.
¡Hola Singiberto!
El noble á quien el rey llamaba, apareció en la puerta de la cámara.
--Llévate á ese hebreo, le dijo, y guárdale en la torre mas fuerte del
palacio.
--Gutz adelantó hácia Singiberto y salió con él.
--Debo triunfar de la pureza de Florinda, antes de ir á la torre
misteriosa, esclamó el rey. Y bien, ¿has reconocido ya la vivienda de la
hija de don Julian? añadió dirigiéndose á don Oppas.
--Sí, si señor; y si tú quieres, esta misma noche Florinda será tuya.
--¡Oh! ¡esta noche! ¡esta noche! esclamó el rey.
--Para vencerla será necesario que apeles á malas artes.
--¡Cómo!
--Si Florinda se viese sujeta á un letargo...
--¡Ah!
--Toma, señor, dijo don Oppas sacando de entre sus ropas un pomo de oro.
--¿Y qué es esto?
--Aquí se guarda el zumo de una yerba que produce un sueño delicioso.
El rey guardó con ansia el pomo.
--Florinda será tuya, señor, y despues...
--Sí, despues entraremos en la terrible torre: pero quiero que para
entrar en ella me acompañen mis nobles, mis magnates: quiero entrar en
la torre con toda mi grandeza de rey. Haré que estén preparados mis
magnates, mis soldados y mis esclavos. Tú vendrás conmigo. Vete y vuelve
al punto.
Don Oppas salió de la cámara murmurando:
--Dentro de poco se verá obligado á vengar una injuria el conde don
Julian.
* * * * *
Poco tiempo despues, como lo habia ordenado don Rodrigo, multitud de
nobles godos á caballo y armados de guerra, penetraron en el átrio del
palacio.
Don Oppas con escuderos y esclavos de su casa llegó el primero, paró
bajo el pórtico y entró en el palacio.
Poco despues, sin acompañamiento, sin galas, con clámides oscuras sobre
los arneses, cubiertas las cabezas con bonetes de acero, anchas espadas
al cinto, y cabalgando en caballos de batalla, llegaron al átrio,
viniendo de distintos puntos tres mancebos.
Los soldados y las gentes del pueblo, que estaban agolpados á la puerta
del átrio, abrieron paso á los tres ginetes inclinándose respetuosamente
ante ellos, y los nombres de Belay, Teodomiro y Favila corrieron de boca
en boca mientras todos los ojos se fijaban en los tres príncipes que,
sin descabalgar, fueron á situarse en silencio en un oscuro ángulo del
átrio.
Multitud de pajes, ricamente vestidos, giraban en todas direcciones
enrojeciendo los muros con la luz de sus antorchas, y venciendo con
ellas la blanca y tranquila luz de la luna.
Un rumor confuso de voces contenidas por el temor, se levantaba mas allá
de los pórticos esteriores del palacio, donde la plebe, contenida por
los soldados del rey, se agolpaba curiosa y asombrada.
Habíase estendido, girado y penetrado en las plazas, en los barrios, y
en las callejas mas apartadas de Toledo, una noticia pavorosa. Decíase
que la misteriosa torre que todos los reyes antecesores de don Rodrigo
habian respetado: la terrible torre nunca abierta, tras cuyos muros se
guardaba el destino del pueblo godo, iba á ser profanada por la planta
del rey: un terror semejante al que causa el amago de una calamidad que
no se conoce, habia dominado todos los corazones, y cristianos y judios
abandonando sus casas, llenos de ansiedad, se agolpaban y se estrechaban
hacia algun tiempo ante los pórticos del palacio.
Los arcos, los miradores, las balaustradas de las calles circunvecinas,
estaban llenos de gentes que maldecian en voz baja y contenida por el
temor á don Rodrigo, al par que hablaban con el acento de la esperanza á
los tres príncipes Belay, Teodomiro y Favila, cuyas nobles frentes no se
habian manchado con los vicios de la córte.
El pueblo los habia visto armados de guerra en medio de los otros
príncipes y magnates cubiertos de galas, y en esto habian comprendido
una valiente promesa.
Al fin, tras una larga espera, se abrieron las puertas del palacio, y el
rey cubierto con un manto de púrpura, ceñida la cabeza con la corona de
hierro, pendiente de su costado la espada de oro, apareció sobre su
blanco caballo Orelia, al que llevaban de las riendas dos nobles con
túnicas y bonetes de escarlata; á su derecha cabalgaba don Oppas, á su
izquierda Singiberto; precedíanle pajes con antorchas y le rodeaban cien
esclavos negros de su guarda africana.
Los nobles que esperaban en el átrio, se unieron á la comitiva, á la
cual, tristes y silenciosos, siguieron al lento paso de sus caballos
Belay, Teodomiro y Favila.
La córte se abrió paso por medio del pueblo que se agitaba sombriamente,
sin que una aclamacion de amor ó de respeto llegase á los oidos de don
Rodrigo.
La cabalgata bajó del palacio, atravesó la ciudad, y penetró en el
valle, á cuyo fin, una frente á otro, teniendo en medio el Tajo, se
alzaban la torre misteriosa y el castillo de don Julian.
Cabalgaba delante el rey; su caballo galopaba con ardor como impulsado
por una fuerza mágica; los pajes y los peones seguian jadeando á la
carrera la rápida marcha de los ginetes; alguna vez un paje ó un esclavo
caian cansados, y el caballo del rey pasaba sobre ellos como hubiera
podido pasar por cima de un monton de hojas secas.
Florinda, en el mirador de su cámara, apoyada en su balaustrada, veia
impasible, pálida, inmóvil, descender aquellas antorchas por la
vertiente del valle, adelantar, llegar y parar al fin, ante el foso de
su castillo.
Sonaron las trompetas y la voz de Singiberto gritó:
--¡Vasallo! ¡abrid al rey!
Crugieron las cadenas del puente y don Rodrigo, don Oppas, Singiberto, y
los dos nobles que llevaban las riendas de Orelia entraron en el
castillo.
Poco despues arremetieron tambien por la poterna, Belay, Teodomiro y
Favila.
Las demás gentes del rey rodearon el castillo.
Florinda permanecia en el mirador, siempre pálida, siempre impasible.
Pasó algun tiempo, y al cabo una sombra oscura apareció en el mirador
junto á Florinda.
--Ha llegado la hora, dijo sombriamente Kaib.
Florinda se volvió á él y le contempló gravemente.
--¿La hora de qué? dijo.
--El rey don Rodrigo es tu huesped, señora.
--Y bien: que sirvan al rey; que mis manjares cubran su mesa; que el
vino llene los jarros de oro; que le sirvan mis esclavos.
--Segun antigua costumbre, el señor del castillo debe servir al rey.
--Mi padre le está sirviendo en Tanja.
--Por lo mismo; en ausencia de tu padre tú estas obligada á servir al
rey, repuso sombriamente Kaib.
Guardó por un momento silencio Florinda; una espresion singular pasó por
sus ojos; acreció su palidez, y al fin dijo:
--Ruega al rey me perdone si le hago esperar mientras me engalanan, para
servirle dignamente, mis esclavas.
Y volviendo las espaldas á Kaib, se encaminó lentamente á una puerta,
por la cual desapareció.
Kaib tuvo fija en ella, mientras pudo verla, una mirada profundamente
conmovida.
Luego esclamó con acento tembloroso:
--¡Que se cumpla lo que está escrito!
Y fué á llevar el mensage de Florinda al rey.
* * * * *
El rey se paseaba impaciente por una magnífica cámara.
Trofeos de guerra, arrancados á los enemigos en diferentes épocas,
ennoblecian los muros, atestiguando el valor de los ascendientes del
conde don Julian.
Una ancha mesa, cubierta con paños de púrpura, dejaba ver humeantes
viandas en platos de oro, y jarros del mismo metal, rodeados de anchas
copas, rebosaban el vino.
Cuatro candelabros de oro alumbraban la mesa.
Todo demostraba la gran riqueza del dueño del castillo.
Delante de la mesa solo habia un enorme sillon cubierto con un dosel: el
sillon del castellano cedido al rey.
Don Oppas, Belay, Teodomiro y Favila, estaban agrupados y en silencio á
cierta distancia del rey, medida por el respeto.
No tuvo que esperar mucho don Rodrigo.
Abrióse una puerta y apareció Florinda resplandeciente con su juventud,
su pureza, su hermosura, sus joyas y sus magníficas galas.
Adelantó lentamente, arrastrando su pesada y brillante túnica de seda y
oro, con la frente alta y ceñida con la diadema de las nobles godas.
A alguna distancia del rey se detuvo.
--Bien venido seas, señor, dijo con voz reposada y grave, al hogar del
conde don Julian.
Don Rodrigo, mudo de asombro ante tanta hermosura, no le contestó mas
que con la elocuente sorpresa de su semblante y la encendida mirada de
sus ojos.
Florinda silenciosa, inmóvil, imponente, fijaba en el rey una mirada
altiva y severa.
Parecia que no veia á las otras personas que habia en la cámara, aunque
entre ellas estaba Belay, el amado de su alma.
El rey temblaba; con la mirada fija en Florinda; la llama de un amor
infernal se habia apoderado de su alma, y lo habia olvidado todo; el
descontento de sus vasallos y los funestos amagos del porvenir que
guardaba para él la terrible torre que se levantaba escueta, solitaria y
muda al otro lado del Tajo.
Las primeras palabras que pronunció don Rodrigo representaban su deseo.
--Salid, dijo á don Oppas y á los tres príncipes, salid y esperad
afuera.
--¡Que salgamos! esclamó obedeciendo á la voz de sus celos Belay.
--¿Quién habla cuando el señor manda? gritó el rey.
--Esa doncella, esclamó adelantándose Belay, es mi esposa.
--¡Tu esposa, Florinda! esclamó palideciendo mortalmente el rey y
temblando de cólera.
--Me ha jurado la fé de su amor ante Dios.
--¡Ah! ¿y no es mas que eso? príncipe: yo creí que en efecto la hija de
don Julian era tu esposa... pero no lo es... ni lo será, porque yo que
soy tu señor no te la concederé.
--Dicen, rey don Rodrigo, observó con un marcado acento de amenaza
Belay, que para tí nada hay respetable mas que tu voluntad: que allí
donde tus ojos se fijan van la impureza y la deshonra.
--¿Y quién dice eso, mi leal Belay, mi buen pariente, mi hermoso
príncipe? dijo el rey dominando mal su cólera.
--Lo dicen las desdichadas que has deshonrado, los viejos cuyas canas
has escarnecido, las madres á quienes has arrojado cubiertas de
vergüenza las hijas de sus entrañas.
--¡Ah! ¿y no te han dicho que el rey castiga de muerte á los traidores
que se atreven á insultarle? dijo don Rodrigo adelantando furioso hacia
Belay, que puso la mano sobre la empuñadura de su espada.
Don Oppas cubria con una frialdad hipócrita la alegria de su alma; veia
al hasta entonces leal y respetuoso Belay, revelado contra don Rodrigo;
veia al rey decidido á todo; sabia que para que cayese la ira de un
vasallo poderoso, del conde don Julian, sobre don Rodrigo, bastaba con
que este tocase solamente á la orla de la túnica de Florinda; veia ya
rebosar de Tánger millares de combatientes salvages, los veia atravesar
el estrecho de Alzacac, poner las plantas en Calpe, devastar la Bética y
prestar una poderosa ayuda á los hijos de Witiza.
Veia acercarse el momento en que el conde don Julian seria injuriado por
don Rodrigo en Florinda.
Belay lo veia del mismo modo y esperaba al rey con la mano puesta en la
empuñadura de su espada.
Florinda se interpuso.
--El rey lo manda; dijo con acento dominador: salid príncipes, el rey
está en el hogar de un noble vasallo, y tiene derecho á ser obedecido en
él. Salid: la hija del conde don Julian cumplirá con lo que debe á su
sangre.
Belay vaciló, pero una mirada de Florinda le decidió á obedecer; salió,
y tras él salieron Teodomiro y Favila y, al fin, don Oppas que apenas
podia contener su feroz alegria.
Florinda y el rey quedaron solos.
--Sentaos, señor, sentaos, dijo la jóven; estais bajo un techo amigo:
honrad la copa de mi padre bebiendo en ella.
Y Florinda llenó de vino una ancha copa de oro.
El rey fijó una mirada codiciosa en la copa, mientras que revolvia en su
mano entre sus ropas, el pomo que le habia dado don Oppas.
¿Pero cómo verter el contenido del pomo en la copa sin que lo notase
Florinda?
Una idea surgió en el pensamiento del rey.
--Me han dicho, dijo, que cantas de una manera maravillosa.
--¿Y quién te ha dicho eso, señor?
--No recuerdo bien: ¡ah! sí, algunas noches he oido el son de una lira
en los aposentos de la reina: el sonido de aquella lira me ha
arrebatado, ha resonado dulcemente en mi corazon, y la voz que ha
cantado unida á aquella lira me ha parecido la voz de un arcángel; por
la mañana he preguntado: ¿quién era la muger que tan dulces armonías
exhalaba en los aposentos de la reina Aylat? y me han contestado.--Era
la hermosa hija del conde don Julian.
--Te han engañado, señor, contestó Florinda. Nunca he cantado en los
aposentos de mi señora.
Tembló el rey temiendo que Florinda no supiese tañer la lira.
--Pero si quieres, señor, dijo la jóven, cantaré para tí.
El alma del rey se dilató.
--Espera un momento, señor; voy á pedir á mis esclavas mi lira de
marfil.
Apenas hubo vuelto Florinda la espalda, cuando don Rodrigo trémulo,
dominado por una ardiente y próxima esperanza, vertió el contenido del
pomo que le habia dado don Oppas en la copa que habia llenado Florinda.
Poco despues la jóven volvió preludiando de una manera mágica en las
cuerdas de oro de una magnífica lira de marfil.
El semblante de Florinda estaba triste y apenado como si un funesto
presentimiento oprimiera su alma, y permaneció de pie preludiando en su
lira á poca distancia del rey.
--¿No bebes, señor? le dijo despues de un momento de silencio ¿recelas
acaso de la copa de tu vasallo?
--Es antigua costumbre que el vasallo beba primero cuando ofrece la copa
á su rey, dijo don Rodrigo.
Y presentó la copa á Florinda.
La jóven sostuvo con su brazo izquierdo su lira, tomó la copa y bebió un
sorbo.
--La libacion completa, dijo el rey sonriendo, esa es la costumbre.
Florinda apuró la copa.
--¡Ah! murmuró el rey: tu hermosura es mia.
--¿Qué dices, señor?
--Que me llenes otra vez la copa.
Llenóla Florinda y el rey la apuró.
Fuese que el pequeño resto que habia quedado en la copa inficionase el
vino nuevamente echado en ella por Florinda, fuese que le embriagase la
hermosura de la jóven, el rey sintió en su cabeza un vago y delicioso
delirio; parecióle que la hermosura de Florinda se aumentaba y crecia
hasta hacerse sobrenatural; que las luces se amortiguaban, y que solo
quedaba la luz de la hermosura de Florinda: luego vió como en un sueño
fijos en los suyos los ojos de la jóven que le decian amores: la vió
tomar un escabel, sentarse á sus pies, mirarle sonriendo, como solo mira
á un hombre la muger que le adora, y al cabo escuchó un canto dulcísimo.
Creyóse arrebatado al paraiso, y luego cesar la música, rodear su cuello
los frescos brazos de Florinda, y posarse en sus labios áridos unos
labios húmedos y ardientes.
Florinda resplandecia; Florinda le embriagaba, y en medio de su
embriaguez y de su delirio, no pudo escuchar el rey estas palabras,
pronunciadas con acento terrible por una voz ronca tras el tapiz de una
puerta de la cámara:
--¡Lo que estaba escrito se ha cumplido: el oriente avanza contra el
occidente, y el buitre se cierne ya sobre el campo de la matanza
esperando los cadáveres!
* * * * *
Entretanto el rey, que habia salido del castillo, seguido de don Oppas,
de Belay, de Teodomiro, de Favila y de sus cortesanos, atravesó el Tajo
en barcas que estaban preparadas, y llegó cerca de la torre situada en
la otra orilla, hasta la cual habian abierto paso algunos esclavos
rompiendo con sus espadas la maleza.
El rey descabalgó al fin delante de la puerta de la torre.
Todos temblaron en aquel momento solemne: el rey de impaciencia, don
Oppas de esperanza, los demás de la comitiva de terror.
Solo Belay y los dos príncipes sus nobles amigos no temblaron, pero
invocaron á Dios con las manos puestas en las empuñaduras de sus
espadas.
Porque á la llegada del rey, dentro de la torre, en torno de ella, cerca
y lejos, en los aires y en las entrañas de la tierra se habia oido un
rumor lejano y confuso de batalla; lentamente aquel rumor creció; oyóse
al fin de una manera distinta el choque del hierro contra el hierro, los
gritos de guerra, los clamores de los moribundos, el relinchar de los
caballos, el alarido de las trompetas, el silvo de las flechas, el
áspero rechinar de las ruedas de los carros y el doblar de los tambores
y atabales.
Sin que nadie tocase á la puerta, esta se abrió con estruendo, y una luz
pálida, sin oriente ni ocaso, alumbró el interior.
Al abrirse la puerta el estruendo creció; parecia que el valle lanzaba
guerreros en todas direcciones; mugió sordamente el Tajo, condensóse la
niebla, tembló la tierra bajo los cascos de millares de caballos, el
aire vibró herido por innumerables y salvajes gritos de guerra, y un
cálido y nauseabundo olor de sangre lo envolvió todo.
Y en medio de aquel estruendo pavoroso, dominándole como el bramido del
huracan domina al ruido del aguacero en la tormenta, una voz cavernosa
retumbó dentro de la torre, que vaciló al sonido de aquella voz sobre
sus fortísimos cimientos.
--¿Quiénes sois y qué quereis? dijo la voz.
--Soy don Rodrigo, rey de los godos, contestó el rey.
Al escuchar estas palabras, salió de la torre una esplosion de
carcajadas y un coro infinito gritó:
--¡Es el rey don Rodrigo! ¡el último rey! ¡el último rey de los godos!
Y al mismo tiempo avanzaron hácia la puerta, pero sin pasar de ella,
sombras envueltas en flotantes velos, pálidas y macilentas como
cadáveres insepultos, y los ojos de todas las sombras se fijaban en el
rey que estaba fascinado, y las bocas de todas las sombras le saludaban
con insolentes carcajadas, y los brazos de todas las sombras se
estendian hácia él.
Y sus calvas cabezas relucian, y sus monstruosos cuerpos se retorcian, y
sus infernales bocas chillaban, gritaban, ahullaban, rugian, y á la
vista de aquella espantosa vision la comitiva del rey huyó aterrada
hasta las márgenes del rio y hasta los remotos confines del valle.
Solo quedaron, delante de la puerta de la torre, el rey con los cabellos
herizados de espanto, detenido por un poder superior, y Belay, Teodomiro
y Favila, á pié, envueltos en sus clámides rojas, con las espadas
desnudas en las manos diestras, las siniestras sobre el corazon y el
nombre de Dios en los lábios.
El rey, aterrado, trémulo, fijaba la inmóvil mirada de sus ojos en la
tremenda vision; los tres príncipes sentian latir en sus venas su sangre
de valientes sin miedo y sin tacha.
--¡Adentro, señor! gritó Belay adelantando con la espada en alto:
¡adelante, hermanos mios! ¡ya que hemos llegado hasta aquí, es preciso
que las artes de Satanás no detengan á cuatro príncipes cristianos!
Y asió de don Rodrigo, y seguido de Teodomiro y Favila penetró en la
torre.
La vision desapareció, como por ensalmo, apenas el rey y los tres
príncipes pisaron el interior de la torre; apagóse la claridad lívida
que antes la habia alumbrado y solo quedó el ténue reflejo de la luna.
--¡Una antorcha! gritó Belay.
Desde la márgen del rio adelantó uno de los pajes mas atrevidos, y
entregó una antorcha al príncipe.
El noble godo adelantó aun mas, dentro de la torre, y la reconoció á la
luz de la antorcha.
Era la torre inmensa, tétrica, bastante á imponer terror por sí sola,
sin la ayuda de sus apariciones, al corazon mas valiente: formábala una
bóveda circular sustentada en el centro por un gigantesco pilar; la
altura de esta bóveda se perdia en la oscuridad, y sobre sus muros y en
torno de la pilastra, se veian, labrados en la roca, mónstruos informes,
reptiles horribles, esqueletos de gigantes; todo allí, como petrificado
por un conjuro ó por una maldicion; oscuras inscripciones orlaban los
muros en fajas de piedra, con letras de sangre, y sangre parecia brotar
el pavimento húmedo y resbaladizo.
Belay conduciendo al rey y seguido de Teodomiro y Favila, recorrió la
torre y solo se detuvo ante una especie de nicho en el cual habia un
arca de hierro mohoso.
Al verla don Rodrigo, ya mas sereno por la desaparicion de las sombras,
que, siempre incrédulo é impío habia juzgado un delirio de su razon, dió
un grito de alegria.
--¡Abrid! ¡abrid! dijo á los príncipes: ¡allí debe encerrarse un
riquísimo tesoro, ¡abrid!
Belay levantó la pesada tapa y alumbró el interior del arca.
Don Rodrigo lanzó dentro de ella una mirada codiciosa.
Pero en vez de joyas solo vió veinte y cinco coronas de hierro atadas en
una cadena; su blason real roto y manchado, su espada enmohecida y su
manto real hecho girones y ensangrentado.
Un libro escrito en caracteres árabes, el Korán, estaba puesto sobre la
Biblia abierta y deshojada, y el verde pendon del Profeta, envolvia en
sus pliegues otro objeto.
Belay sacudió la bandera y de ella, una cabeza humana cayó sobre el
pavimento.
Aquella cabeza separada de su tronco era tan semejante á la que aun
vivia sobre los hombros de don Rodrigo, que los príncipes se
estremecieron y el rey tembló, y sintió correr por sus venas el frio de
la muerte.
--¡A las armas, hermanos mios! gritó Belay: ¡corramos á nuestros
castillos! ¡que el pueblo godo se levante á tu voz, señor, porque la
tradicion se cumple y en esta torre fatal está encerrado tu destino!
--¡Los árabes! esclamó don Rodrigo levantando por primera vez su cabeza
en un movimiento de energía: ¡pues bien! ¡que vengan! ¡las canas no me
impedirán cubrir mi cabeza con mi capacete coronado, y bajo la púrpura
vestiré la lóriga! ¡la corona en la frente y la espada en la mano
cabalgaré delante de mi pueblo, y si está escrito que hayamos de
sucumbir, sucumbiremos como valientes! ¿no es verdad príncipes?
Los tres príncipes se miraron con estupor. Habian creido hasta entonces
que el rey habia muerto para el valor y que solo vivia para la molicie y
para la corrupcion.
--Venid, mis valientes caudillos; pronto mis huestes y las de mis
nobles, probarán si es incontrastable lo que está escrito por el
destino. Entre tanto, á Dios.
Y salió delante de ellos de la torre, cabalgó en su corcel y llamó en
voz alta á don Oppas.
[imagen no disponible: Sacudio la bandera, y cayo al suelo una cabeza humana.