EL ALMA DE LA CISTERNA.

Nos hemos propuesto relatar á nuestros lectores todas las maravillosas

leyendas de las tradiciones árabes de la Alhambra.

Revolviendo un dia unos antiguos papeles encontrados en un desvan en una

casa del Albaicin, hallamos uno que se decia traslado del arábigo al

romance, de una historia árabe en que se esplicaba la causa por qué de

tiempo en tiempo durante la noche, solia oirse un tristísimo suspiro

saliendo por los brocales de los algibes de la Alhambra y muy semejante

al gemido de un espíritu condenado.

La traduccion, aunque pesada y hecha bajo el mal gusto literario de la

mayor parte de los prosistas españoles del siglo XVII, es tan bella en

el fondo, tiene tal sabor oriental, que no hemos podido resistir al

deseo de intercalarla entre las leyendas tradicionales é históricas

referentes á la Alhambra.

Es un asunto fantástico; en él figuran hadas, conjuros y encantamentos,

y aunque es un tanto embrollado y oscuro nosotros hemos procurado darle

claridad.

Este cuento ha sido inspirado sin duda á algun poeta moro por la

Alhambra, porque los árabes siempre buscan á las cosas que les

impresionan por bellas ó por terribles un orígen maravilloso.

Antes de empezar á trascribir el cuento que llamaremos _El alma de la

cisterna_, debemos describir esta cisterna que aun existe hoy con el

nombre de los Algibes de la Alhambra.

Son estensísimos, como que ocupan todo el terreno comprendido entre la

Alcazaba, y el lugar donde empezaban los muros de la fachada del

alcázar, en un espacio como de cien pasos de anchura y trescientos poco

mas ó menos de longitud.

Se componen de dos arcadas sostenidas en el centro por dos hileras de

pilares, y se baja á ellos por dos escaleras situadas á sus dos

estremos.

Junto á la escalera del estremo que mira al Albaicin están los dos

anchos brocales por donde se saca el agua.

El techo es muy elevado y el muro interior por la continuacion del

contacto del agua durante centenares de años, está cubierto de un fuerte

revestimento de risco.

Conocidos los algibes, veamos la tradicion árabe fantástica que los

supone habitados por un espíritu maldito.

* * * * *

En los primeros tiempos de la Hegira, cuando Mahoma estendió el

conocimiento del Dios Altísimo y Unico entre su pueblo, el cielo de

Granada no era tan resplandeciente, ni su tierra tan fértil como ahora;

su cielo era de color de plomo, cargado continuamente de oscuros

nublados; en sus vastos eriales solo crecia el espino y el cardo

silvestre, y en las altas y peladas crestas de sus sierras, jamás se vió

blanco manto de nieve, ni corrió por sus vertientes raudal fecundador:

era una tierra muerta, azotada por furiosos huracanes y el fuego de Dios

brotaba por entre las anchas grietas de sus montañas volcánicas.

Pasaban sobre ella, forzando su vuelo, las viajeras golondrinas que

huyendo del invierno se lanzaban de Gecira-Alandalus[42] á las costas de

Africa, y nadie la habitaba, sino los moradores de Gebel-Elveira[43],

que sufrian la esterilidad de la tierra y la tiranía de los godos, y

habitábanla solo acaso porque el poderoso Allah ha dispuesto que no haya

tierra sobre la que no fije el hombre la huella de su planta.

Tierra de muerte era para las razas dominadoras de Gecira-Alandalus, y

la sangre de las batallas habia enrogecido muchas veces sus secos campos

y sus peladas crestas.

Y nunca el caliente aire del estío habia oreado en ella las espigas de

las mieses, ni las auras de la primavera habian volado entre la blanca y

aromática flor de sus almendros.

Por aquellos tiempos existia ya la vieja torre, que se levanta hoy en el

estremo occidental de la Colina Roja[44] y delante de ella una profunda

cisterna construida por los romanos.

Es tradicion que salian de la cisterna profundos gemidos, que bramaba en

su seno haciendo retemblar la tierra un viento impetuoso, y que todas

las noches salian de las oscuras bocas de aquel infierno, sombras

medrosas que vagaban sobre la colina, y danzaban y flotaban en los aires

bajo el rayo sombrío de una luna sangrienta, dejando oir tristes cantos

de amor desesperado, y largos y profundos gemidos.

Nunca tornó á su tienda ó á su hogar cazador imprudente ni errante

peregrino, que durante las sombras se atreviese á poner su planta sobre

la Colina Roja, ni nadie, durante las horas mas claras del dia, asomó la

frente á cualquiera de los profundos brocales de la cisterna sin que

fuese tragado por él.

Y desaparecieron ginetes y guerreros, y damas y doncellas, y poderosos

señores y ruines esclavos, y llegó á inspirar tal horror la cisterna

maldita, que ningun mortal, ave ó fiera, se aventuró á pasar junto á

ella sino á la distancia de una legua á la redonda.

Cuentan antiguas historias, que por los tiempos en que los romanos

dominaban á Gecira-Alandalus, esta tierra era tan rica de fuentes y de

verdor como ahora, sombrios bosques cubrian su tierra, y las amantes

palomas anidaban en las grietas de las rocas sobre los frescos

manantiales.

Y la ciudad, tendida hoy allá á lo lejos en ruinas sobre la peñascosa

Gebel-Elveira, era rica y floreciente y venian á ella gentes de todas

las naciones y la enriquecian dejándola su oro á trueque de sus

mercaderías.

Y entre los estranjeros vino un hombre mago, y corrió la tierra, y

fundó la torre que aun hoy existe en la parte occidental de la Colina

Roja, y la cisterna para proveerla de agua, valiéndose de la alquimia

para pagar á los alarifes romanos que construyeron la cisterna y la

torre; y en lo mas alto de la torre labró un aposento hecho con tal

virtud, que á través de una abertura de su bóveda, se veian de dia claro

las estrellas.

Desde entonces empezó á decaer el comercio de Elveira, y sus mugeres,

antes puras y honestas, se entregaron á la licencia y al desenfreno, y

los hombres faltaron á sus pactos y volvieron unos contra otros sus

armas, y la miseria y el hambre les afligieron como un azote de Dios.

El mago causador con sus conjuros de tantos males era un réprobo vendido

á Satanás y la tierra sobre la cual habia puesto sus plantas, habia

sufrido un terrible castigo.

Y este hombre á quien Satanás habia dado su poder, quiso en su soberbia

ser como Dios, y vivir con los tiempos y gozar de cuanto alumbra el sol

en la tierra y en los aires, y pensó edificar un palacio mágico, cuya

hermosura atrajese á todas las gentes, comparable solo al jardin de

Hiram, y en el cual hubiese un pozo de aguas tan milagrosas como las del

pozo Zemzem.

--Yo fundaré, dijo, un palacio maravilla de las maravillas, y le

enriqueceré con todas las hermosas flores que Dios crió, y regaré estas

flores con aguas olorosas; y arderán en el palacio dia y noche aceites

aromáticos en lámparas de oro, y sobre sus pavimentos de pórfido pondré

alfombras de resplandores, y envolveré sus muros y sus cúpulas en un

blanco velo de suaves perfumes, y arrancaré para que le habiten, sus

hadas al quinto cielo, y á él vendrán las mugeres mas hermosas del

mundo, y sus mesas se cubrirán con los manjares mas esquisitos, y me

alhagarán los mas hermosos sueños, y tal será el paraiso que yo haga

para mí sobre esta tierra, que me mirarán con envidia los arcángeles del

sétimo cielo.

Y el mago encendió sus hornillos, y sacó del jugo de yerbas estrañas

filtros poderosos y escribió con ellos sobre pieles de serpiente signos

cabalísticos formando terribles conjuros, y evocó á las hadas del quinto

cielo, y cuando las vió ante sí, adoró su propio poder, sin alcanzar en

su ciencia, ciego por su soberbia, que no hay poder que no venga de

Dios, ni obra que no sea obra de su voluntad.

Cuando el mago vió en torno de sí á las hadas, repitió sus conjuros, y

el palacio mágico se levantó sobre la Colina Roja, y las hadas fueron á

esconderse en sus retretes, en sus jardines, en sus cúpulas y en sus

estanques.

Entonces el mago fué á la cisterna que estaba á las puertas del palacio

y la conjuró tambien.

Sus aguas se hicieron mágicas, é infiltraban en quien las bebia

pensamientos impuros; les hacia olvidarse de su alma por los placeres de

su cuerpo, y el mago llegó á ser un ídolo adorado por cuantos atraidos

por la fama del palacio maravilloso, venian á la Colina Roja, y

abrasados por la sed bebian el agua de la cisterna maldita.

Y así pasaron muchos años hasta la venida de Mohamet-ebn-Abd-Allah[45] á

difundir la luz de la verdad y el conocimiento de la ley alcoránica

entre el pueblo de Ismael.

Moraba en aquel tiempo en las llanuras del Yemen un Ismaelita, hombre de

gran ciencia y virtud.

Bajo su tienda de pelo de camello, encontraba hospitalidad el peregrino,

pan el pobre, remedio á sus dolencias el enfermo; la bendicion de Dios

era sobre su raza, y sus innumerables rebaños, jamás eran acometidos por

las panteras, ni robados por los errantes árabes del Hedjaz.

Nadab, que este era el nombre del justo, no dejaba ningun dia de

bendecir á Dios por sus beneficios, y nunca dejó de prosternarse y de

adorar su omnipotencia, cuando el sol aparecia tras la alborada, ó

cuando se dejaba ver el lucero de la tarde precediendo á la noche.

Y era muger de Nadab, Sarah, y de ella habia tenido una hija única que

habia consagrado á Dios, llamándola Yémina[46].

Y Yémina creció y con los años su hermosura llegó á ser maravillosa y á

medida que su edad avanzaba era mas y mas lozana su juventud, mas tersa

su frente, mas radiantes sus ojos, mas frescas sus megillas y mas

húmedos y sonrosados sus lábios.

Nadab, que adoraba á su hija, y empezaba á olvidarse por ella de su

adoracion á Dios, dejó de ser pastor nómada, vendió sus rebaños,

abandonó las llanuras del Yemen y subió á las montañas del Hedjaz, sobre

una de las cuales fabricó un bello palacio, adoptó la religion del Islam

para poder ser rey de los pueblos comarcanos y lo fué, vertiendo su oro

entre los xeques[47] de las kabilas[48] cercanas.

Hacia esto por Yémina; por ella se habia olvidado de Dios; por ella

habia querido ser rey, y lo era para que Yémina fuese princesa.

Y corrió la fama de la hermosura de Yémina, y poderosos reyes de paises

lejanos fueron al palacio de su padre á ofrecerla ricos presentes y á

demandarla por esposa; pero ella no sentia el amor y rechazaba los

presentes y se negaba á las pretensiones.

Y se tornaban los mensageros con los ricos regalos, y Yémina se mostraba

cada dia mas jóven, mas hermosa y mas agena al amor.

Nadab llegó, al fin, por el amor de su hija á la idolatría, olvidándose

de la ley de Dios, y lo que era peor, despreciándola; adoró á su hija, y

levantó en su reino su estátua de oro, ante la cual hizo sacrificar

víctimas segun el uso hebreo.

Y su impiedad trajo sobre él la justicia de Dios.

Ofendidos los reyes que habian sufrido la repulsa de Yémina, vinieron

con poderosas huestes sobre el reino de aquel hombre, hecho rey por su

soberbia y por sus tesoros, le acometieron, le vencieron y solo por

permision de Allah, que le tenia reservado para otros fines, pudo

salvarse con alguno de los suyos, pobre, disfrazado de pastor, llevando

consigo á Yémina sobre un camello.

Y así, curando él enfermedades malignas y diciendo el horóscopo,

viviendo de limosna y perseguido siempre do quiera que ponia la planta,

atravesó el Africa y llegó al estrecho de Gebal-Tarik donde se vió

detenido por el mar, sin medios para embarcarse y espuesto á los rigores

de su destino.

En tanto el mago de la Colina Roja, que por sus conjuros, al evocar ante

sí á la muger mas hermosa del mundo, habia visto la imágen de Yémina,

supo su llegada al otro lado del estrecho y consultó las estrellas.

--Esa muger que es tan pura, tan jóven y tan hermosa, guarda tu destino,

le contestaron las estrellas.

El mago las contestó con una impía carcajada.

--¿Acaso tengo yo destino? dijo: el porvenir es mio y será mi voluntad.

--Esa muger, repusieron las estrellas, causará tu destino sino te ama y

traerá la esterilidad sobre esta tierra, porque así está escrito. Pero

si logras sus amores serás inmortal y será tambien inmortal ella y

eterno con vosotros el palacio mágico que has construido.

El mago avivó el fuego de sus hornillos, arrojó en ellos unos polvos

mágicos, pronunció un conjuro, y en aquel momento Nadab y su hija fueron

trasladados por un poder oculto, mientras dormian, á la Colina Roja.

Al despertar Nadab y su hija se miraron con asombro.

--¿Qué tierra es esta tan fértil y tan hermosa, dijo Nadab: y qué

palacio de maravillas el que tenemos ante los ojos?

--Tierra de bendicion es ciertamente, padre mío, dijo Yémina.

--Siento sed y una sed devoradora, dijo Nadab.

--Yo tengo los labios áridos y secos, dijo Yémina.

En aquel momento vieron el agua límpida y trasparente que brotaba por

encima de los brocales de la cisterna maldita.

Hija y padre se precipitaron á los brocales y apagaron su sed bebiendo

largamente de aquel agua envenenada.

Nadab sintió como todos los que antes que él habian bebido, abrasarse su

corazon en un fuego impuro, arder su sangre y dilatarse su ser.

Yémina que no se habia contaminado con el insensato orgullo de su padre,

que habia conservado su piedad, su fé en el Dios Altísimo y Unico, y la

inmaculada pureza de su alma, bebió tambien, pero protegida por la mano

de Dios, aquella agua terrible que hacia olvidarse de sus mas sagrados

deberes á los justos y temerosos de Allah, solo sirvió para acrecentar

en ella la pureza y la virtud, y para realzar su hermosura harto

resplandeciente como la de una hurí.

Cuando el mago la vió ante sus ojos, sintió abrasarse su alma en el

fuego eterno, quiso tocar la túnica de Yémina, y sus manos se secaron,

quiso hablarla y quedó mudo, quiso anegar sus ojos en su hermosura y

cegó.

El mago habia levantado altares á su hermosura y moría esterminado por

su mismo deseo.

La sentencia de las estrellas de que se habia burlado el mago, se habia

cumplido.

Y á la presencia de Yémina, huyeron las impuras rameras que poblaban el

palacio mágico, y desaparecieron los viles esclavos, y las hadas

libertadas del encanto volvieron al quinto cielo.

Y el ángel Azrael, tendió sus negras alas sobre el palacio, agitó su

espada de fuego, y el palacio se hundió reduciéndose á polvo.

Y las antes claras y engañosas aguas de la cisterna maldita se cambiaron

en turbias y cenagosas.

Y el ángel dijo:

--¡Maldito mago, que tu espíritu condenado more desde ahora en la

cisterna de las aguas maravillosas, y que solo puedas salir de su

infierno durante las tinieblas de la noche!

El espíritu condenado del mago fué á morar en la cisterna, escondido en

un oscuro ángulo, y el cielo antes tan diáfano se convirtió en un cielo

de color de plomo, y la tierra antes tan fértil en un erial infecundo

donde solo brotaban abrojos.

Nadab y Yémina quedaron solos, errantes en medio de una tierra desierta

y maldecida por Dios.

Nadab llevando de la mano á su hija atravesó la pedregosa llanura, antes

risueña vega, y en vano quiso salir de aquel pais donde sufria el

castigo de su impiedad y de su soberbia: llegaba á los distantes valles,

á las peladas montañas, pero montañas y valles presentaban para él y

para su hija abismos insuperables que detenian su marcha, y les

obligaban á tornar al punto de donde habian partido.

Desesperado Nadab y no encontrando otro albergue que la torre situada en

la Colina Roja junto á la cisterna maldita, hizo en ella para Yémina una

pequeña habitacion, y se dedicó á estudiar en el cielo y en la tierra

las virtudes de las yerbas y de los reptiles ponzoñosos.

Y llegó á ser astrólogo estudiando en los libros cabalísticos del mago

que habia encontrado en la torre, y conoció las virtudes de todas las

yerbas y alcanzó á hacer filtros para matar, para enamorar y para

enloquecer.

Si alguna vez un viajero errante ó un cazador estraviado penetraban en

aquella tierra, cuya entrada y salida solo eran inaccesibles para Nadab

y su hija; si este viajero ó este cazador entraban por acaso en la

modesta vivienda de Yémina y veian su hermosura durante la ausencia de

Nadab, este, sabedor de ello por sus conjuros, evocaba al desventurado,

que enloquecia ó desaparecia tragado por la cisterna maldita.

Y crecia en encantos y en fuerza de juventud Yémina á pesar de que

habian pasado muchos años desde el dia de su nacimiento.

Llegó el año 92 de la Hegira.

Reinaba en Damasco sobre las tierras de oriente el califa

Walid-ebn-Abd-el-Melik, y era emir de Africa Muzay-ebn-Nosir, caudillo

de gran fama, conquistador de Magreb[49] desde las regiones del poniente

hasta los desiertos del mediodía, que pasó el estrecho de Al-Zacab ó de

las Angosturas[50] realizando el ensueño de Ocba, gran guerrero que

veinte y cinco años antes, no teniendo mas tierras que conquistar

allende el mar, llegando á su orilla se metió en él con su caballo hasta

las cinchas, y dijo:

--¡Oh! ¡Señor Allah! ¡si estas profundas aguas no me detuvieran, yo

seguiría para llevar mas adelante el conocimiento de tu ley y santo

nombre!

Muza pasó en cien galeotas el estrecho, y su caudillo Tarik taló la

Bética, y siguió hollando á los duques godos, arrasando sus castillos e

incendiando sus ciudades.

Y no iba solo, como capitan de la hueste, Tarik.

Acompañábale un godo traidor, un conde miserable, que por vengar á una

hija deshonrada, vendia la libertad de su patria, abriendo á los árabes

la puerta de Gecira-Alandalus.

Aquel conde traidor se llamaba don Julian.

Su hija Florinda.

El hombre que habia deshonrado á su hija, don Rodrigo.

Don Rodrigo era rey de los godos.

Su último rey.

Esperad, esperad: vamos á contaros una leyenda maravillosa.

Despues volveremos á la cisterna maldita.

El destino nos llevará á ella.

* * * * *

Era don Rodrigo de noble sangre goda.

Antes que don Rodrigo habia reinado Witiza.

Witiza el maldito.

El que hacia sus concubinas á las mugeres y á las hijas de sus vasallos.

El que martirizaba á los sacerdotes que le reprendian por sus vicios; el

que desangraba con tributos á sus pueblos para labrar alcázares de oro

para sus mancebas.

Pero los nobles se avergonzaron de servir á tal rey y se sublevaron

contra él.

Con los nobles se sublevó todo el reino.

Witiza fué vencido y muerto y elegido rey don Rodrigo.

* * * * *

Pero una vez rey don Rodrigo, dió el torpe ejemplo de los mismos ó

mayores vicios que Witiza.

Sórdido y avaro acreció los tributos y no respetó nada.

Se entregó á los placeres, pasó la vida en las orgías sin apercibirse

del poder árabe que desde la cercana ribera del Africa amenazaba á su

reino ansioso de su conquista, y lo olvidó todo entre los festines y las

monterías, sin tener en cuenta que habia subido al trono por la

destitucion de Witiza, cuyos vicios y desórdenes continuaba,

aumentándolos.

Era ya don Rodrigo hombre anciano, y á pesar de su avanzada edad, habia

tomado por esposa á Aylat (Egila) noble doncella, hermosa y prudente;

admirábanla sus vasallos, amábanla los mancebos y dolíanse todos, aun

los mas adictos al rey, de que aquella hermosa flor, entonces en todo el

brillo de su pureza, partiese su alhamí y su divan, con aquel hombre ya

caduco, gastado por los escesos de su juventud, en los cuales no habia

cesado, y con un pié ya al borde del sepulcro.

Don Oppas, arzobispo de Sevilla, que fué grande amigo del rey Witiza en

los tiempos de su prosperidad, era uno de aquellos que creian una gran

desdicha para Aylat, su union con don Rodrigo, hombre que por su

carácter y por sus ideas no podia menos de hacerla desdichada. Creyó por

lo mismo que la noble señora sería sensible al alhago de otros amores, y

ansioso de envenenar el corazon de don Rodrigo, rodeó de asechanzas á

Aylat, la puso delante hermosos mancebos y tentaciones infernales, y

procuró, en fin, por todos los medios herir en el corazon á don Rodrigo.

Pero Aylat, pura y virtuosa, comprendió que su deber era sacrificarse al

lado de aquel árbol viejo y corroido sin herirle por el pié, y

desesperado don Oppas de vencer la virtud de Aylat, tomó otro camino

para herir al rey.

Moraba por entonces en Tanja (Tanger) una raza de árabes hebraizantes

venida del Yemen, que desde muchos años atrás moraban en el Magreb;

aquella raza sujeta á la dominacion goda en la Mauritania Tingitana,

habia sufrido grandes persecuciones desde el tiempo del rey Egica, se

habia visto injuriada, despojada de sus haciendas, vendida por esclava,

insultada en sus hijas y en sus esposas, y á trocar sus creencias

musulmanas por la religion de Cristo.

Era una raza cautiva, llena de ódio, ansiosa de venganza y pronta á

tomarla de los godos á la primera ocasion.

Dominando á esta raza estaba de gobernador de los godos en Tanger un

hombre nobilísimo.

Llamaban á este hombre el conde don Julian.

Era costumbre entonces, que los que iban á gobernar por el rey tierras

distantes y mal seguras, dejasen en la córte sus hijos como en rehenes.

Segun esta costumbre, el conde don Julian tenia en la córte del rey don

Rodrigo, en rehenes, pero como doncella de la reina Aylat, á la única

hija del conde don Julian.

Esta doncella se llamaba Florinda.

Nacida y criada en Tanger, Florinda tenia en su trage y en sus

costumbres, por mas que fuese de pura sangre goda, mucho de las

costumbres de los árabes.

Florinda no entraba en Toledo mas que cuando sus obligaciones la

llamaban al lado de la reina; lo demás del tiempo vivia en un estrecho

valle poco distante de la ciudad situado entre dos montañas bajo un

cielo triste y sombrío; por medio de este valle pasaba el Tajo, lamiendo

los cimientos de una altísima torre sombría y solitaria; su gran puerta

de hierro estaba cubierta de signos estraños y en sus muros renegridos

por los vientos y por las lluvias, no se veian ni un ajimez, ni una

ventana; en torno de ella crecia la maleza tupida y enmarañada, sin

señales que demostrasen que pié humano habia llegado á la puerta de la

torre en centenares de años.

Contábanse acerca de esta torre terribles consejas: creíanla construida

por Satanás, durante una tormenta, á la aparicion de las razas del norte

sobre las tierras del mediodía, y que guardaba, por un poderoso ensalmo,

el destino del pueblo godo: habia quien aseguraba que el dia que se

abriese aquella puerta, unas gentes guerreras venidas de la parte del

mundo por donde aparece el sol, acometerian la Europa por el estrecho de

Hércules y se harian dueños de España.

Fuese por horror ó abandono, ningun rey se habia atrevido á abrir

aquella puerta, y la terrible torre era aun en el año 92 de la Hegira,

un objeto de terror.

* * * * *

Frente á ella, bañando sus muros en las aguas del Tajo, se alzaba un

recinto almenado, defendido por cuatro torrecillas: la construccion de

aquel castillejo era estraña: sus almenas puntiagudas, sus puertas

ojivas, sus ajimeces calados y sus agudas agujas la hacian parecer tanto

goda como árabe.

Aquel castillejo que pertenecia al conde don Julian, habia sido en

efecto construido por árabes hebraizantes, enviados por el conde á

Toledo con el solo objeto de esta construccion.

En aquel castillejo vivia Florinda, acompañada de un viejo servidor de

su padre, y servida por algunas doncellas y esclavos.

A pesar de ser doncella noble de su esposa Aylat, el rey don Rodrigo no

conocia á Florinda.

Pero conocíala por su desgracia don Oppas, que la habia elegido para ser

el instrumento de perdicion del rey.

* * * * *

--¿Por qué está triste el noble señor, gloria de los godos? decia una

tarde de verano al trasponer el sol, el obispo don Oppas á don Rodrigo,

mientras paseaba con él por las frondosas huertas de Toledo.

--Mi espíritu está triste, dijo el rey; en vano busco el agua que ha de

calmar la sed de mi alma; en los festines, en las mugeres mas hermosas,

solo encuentro un tósigo abrasador que aumenta mi sed y devora mis

entrañas.

A tal punto habia llegado la corrupcion de aquellos tiempos, que un rey

que debia representar la justicia de Dios sobre la tierra, y un hombre

que debia ser todo virtud y santidad, hablaban sin avergonzarse de tales

asuntos.

--Tal vez encontraremos, señor, algo que consuele tu tristeza, dijo don

Oppas: algun raudal fresco y puro que temple tu sed sin abrasar tus

entrañas.

--¿Y dónde está ese manantial milagroso? dijo con ánsia el rey.

--¿Conoces á las doncellas nobles de tu esposa? dijo don Oppas.

--Conozco á la hermana del conde Arnoldo, á la hija del duque de

Cantábria, á la sobrina del marqués Euríco...

--¿Pero no conoces á la hija del conde don Julian?

--No; respondió con ánsia el rey, y dicen que es muy hermosa.

--¡Ah! es un sol de Africa: sus miradas queman, su sonrisa embriaga,

cuando canta adormece el alma, cuando danza arrebata los sentidos: no es

rubia, ni tiene los ojos azules como nuestras mugeres hijas del norte:

sus cabellos y sus ojos son negros como la desesperacion de un

enamorado, y su frente blanca y cándida como el primer sueño de amor de

una virgen. ¿Pero para qué me esfuerzo? tú mismo puedes verla dentro de

un momento.

--¡Yo!

--Sí, tú, poderoso señor, y verla como no la ha visto hombre alguno.

--¡Cómo!

--Allá abajo entre aquellas espesuras se baña con sus doncellas en un

remanso del Tajo.

--¿Y cómo sabes tú eso? ¿la has visto tú? dijo con acento celoso don

Rodrigo.

--No, no me he atrevido ni aun á poner mis ojos en la que ha de ser la

alegría y la ventura de mi señor, contestó servilmente don Oppas: pero

he comprado á una de sus doncellas y sé el lugar donde se baña: para que

puedas mirarla sin que turbes el sol de su hermosura te hé inclinado á

que vengas á estos lugares, señor.

--¿Y dónde? ¿dónde dices que se baña esa hermosura?

--Toma por aquel sendero entre los árboles, señor, y pronto darás con el

lugar oculto que ha elegido para sus baños Florinda.

El rey tomó á gran paso por el sendero que don Oppas le habia señalado,

y este quedó sonriendo de una manera horrible porque veia el principio

de la realizacion de sus proyectos, que tenian por objeto vengar á

Witiza y poner sobre el trono de los godos á sus hijos.

* * * * *

A poco que anduvo don Rodrigo por el sendero, llegaron á sus oidos risas

y cánticos femeniles.

[imagen no disponible: El rey permaneció inmóvil y fascinado.

La alhambra; leyendas árabes · 第 69 / 311 题