VI

Había abandonado la mesa la familia y aún duraban los elogios a

Visanteta por el mérito de la _paella_ que les había servido, cuando

comenzaron a llegar los amigos.

--Mamá--gritaba Amparito desde la puerta de la calle--, las de López,

que vienen en su faetón. ¡Calle! El tranvía ha parado en la esquina....

¡Si son «las magistradas»! ¡Ay, y también el papá de Andresito, guiando

su _charrette_...! ¡Si parece que se han dado cita! ¡Todos a un

tiempo...! ¡Venid, Conchita, mamá! ¡Mirad qué guapo está el señor

Cuadros guiando su cochecito! ¡Parece que en toda su vida no haya hecho

otra cosa...!

Y los convidados de doña Manuela entraron en la casa, confundiéndose

unas familias con otras, saludándose las mujeres con un tiroteo de besos

y elogiando todas las cualidades de la «posesión» que la viuda de

Pajares tenía en Burjasot. Era un _chalet_ que parecía escapado de una

caja de juguetes; un edificio construido por contrata, tan bonito como

frágil, con sus tejados rojos y escalinatas con jarrones de yeso,

situado en el centro de un jardincillo excavado en las rocas, con dos

docenas de árboles tísicos que gemían melancólicamente, martirizadas

sus raíces por la capa de dura piedra que encontraban a pocos palmos del

suelo. A pesar de su aspecto de decoración de ópera, que tanto

entusiasmaba a doña Manuela, el tal _chalet_ no pasaba de ser una casa

de vecindad, enclavado como estaba entre otras construcciones de la

misma clase, todas frágiles y pretenciosas, con sus jardincillos como

sábanas, y sobre la verja, en letras doradas, los campanudos títulos de

Villa-Teresa, Villa-María, etcétera, según fuese el nombre de la

propietaria.

La viuda había empeñado y perdido para siempre un centenar de hanegadas

de tierra de arroz que le producían muy buenos cuartos, para adquirir

aquella ratonera brillante y frágil, a la que puso el título de

Villa-Conchita, no sin protestas ni rabietas de Amparo. Creía que una

«villa» para el verano es el complemento de una familia distinguida que

tiene coche; y en las tertulias, al dirigirse a sus amigas, llenábase la

boca hablando de su «lindo hotelito» de Burjasot y de las innumerables

comodidades que encerraba.

La casa era mala, pero el paisaje magnífico. Los hotelitos--había que

llamarlos así, para no disgustar a doña Manuela--, ocupando la suave

pendiente de una colina yerma, eran un magnífico mirador, desde el cual

se abarcaba la vega con todas sus esplendideces.

Al frente, Burjasot, prolongada línea de tejados con su campanario

puntiagudo como una lanza; más allá, sobre la obscura masa de pinos,

Valencia achicada, liliputiense, cual una ciudad de muñecas, toda

erizada de finas torres y campanarios airosos como minaretes moriscos; y

en último término, en el límite del horizonte, entre el verde de la vega

y el azul del cielo, el puerto, como un bosque de invierno, marcando en

la atmósfera pura y diáfana la aglomeración de los mástiles de sus

buques.

El día era hermoso; un verdadero domingo de Pascua. La primavera

enardecía la sangre, y la ciudad entera, solemnizando la vuelta del buen

tiempo, lanzábase al campo, levantando en él un rumor de avispero.

Los convidados de doña Manuela veían a poca distancia los famosos Silos

de Burjasot, gigantesca plataforma de piedra, cuadrada meseta agujereada

a trechos por la boca de los profundos depósitos y en la cual

hormigueaba un enjambre alegre y ruidoso: corros en que sonaban

guitarras, acordeones y castañuelas acompañando alborozados bailes;

grupos de gente formal entregada sin rubor a los juegos de la infancia;

docenas de muchachos ocupados en dar vuelo a sus cometas con grotescos

figurones pintados, que al remontarse moviendo los inquietos rabos

hacían el efecto de parches aplicados al azul cutis del infinito y daban

al paisaje un aspecto chinesco de abanico o de pañolón de Manila.

En casa de doña Manuela, las señoras, despojadas de sus sombreros y

mantillas, y los hombres fumando con la confianza del que está en su

propio domicilio, contemplaban desde los balcones la alegría popular.

Bastábales volver un poco la cabeza, y su vista caía sobre la inmensa

vega, silenciosa y esplendente, con sus tonos verdes de infinitos

matices, que deslumhraban, abrillantados por el sol de la primavera. Los

pueblos y caseríos, compactos y apiñados hasta el punto de parecer de

lejos una sola población, matizaban de blanco y amarillo aquel

gigantesco tablero de damas, cuyos cuadros geométricos, siendo todos

verdes, destacábanse unos de otros por sus diversas tonalidades; a lo

lejos, el mar, como una cenefa azul, corríase por todo el horizonte con

su lomo erizado de velas puntiagudas como blancas aletas; y volviendo la

vista más a la izquierda, los pueblos cercanos: Godella con su obscuro

pinar, que avanza como promontorio sombrío en el oleaje verde de la

huerta; y por encima de esta barrera, en último término, la sierra de

Espadan, irregular, gigantesca, dentellada, mostrando a las horas de sol

un suave color de caramelo, surcada por las sombras de hondanadas y

barrancos, decreciendo rápidamente antes de llegar al mar, y ostentando

en la última de sus protuberancias, en el postrer escalón, el castillo

de Sagunto, con sus bastiones irregulares, semejantes a las ondulaciones

de una culebra inmóvil y dormida bajo el sol.

La esplendidez del paisaje tenía como embobados a los convidados de doña

Manuela, a pesar de ser todos ellos gente poco susceptible de

entusiasmarse ante cosas que no fuesen útiles.

--¡Muy hermoso!--exclamaba «la magistrada »--. Yo he vivido en Granada

cuando mi difunto estuvo en aquella Audiencia, y su vega no tiene

comparación con ésta.

--¡Qué ha de tener!--dijo el señor López el bolsista con expresión

doctoral--. Cuando a Fernando VII lo trajeron a los Silos, declaró que

esto era el balcón de España.

--Pues figúrese usted--añadió doña Manuela, que enrojecía de

satisfacción con estos elogios que alcanzaban a su casa--. Si los Silos

son el balcón de España, ¿qué será Villa-Conchita, que está más alta que

ellos?

--El balcón de Europa, Manuela, no lo dude usted.

El señor Cuadros, después de soltar esta barbaridad, miró a su mujer,

que, como siempre, le admiraba.

Mientras tanto, las niñas de la casa, las de López y «las magistradas»

paseaban por el jardincillo con Rafael, que hablaba de su amigo Roberto,

a quien estaba esperando.

Andresito, cariacontecido y triste, seguía en un extremo del gran

balcón, alejado de las personas graves. Sabía de buena tinta que la

traviesa Amparito había tronado con el artillero; consideraba además

como de muy buen signo que doña Manuela hubiese invitado a su familia,

desechando la anterior frialdad; pero a pesar de esto, el bebé le había

recibido con una sonrisa maligna, burlona, y antes de que hablara, se

agarró del brazo de sus amigas, dejándole con la palabra en la boca. Y

allí estaba él, plantado en el balcón, paciente y resignado, como si su

destino fuese aguantar desdenes de aquella a quien había maldecido e

insultado en toda clase de metros. Para ocultar su despecho, fingía

contemplar atentamente el risueño panorama con sus ojos turbios. Poco le

faltaba para llorar, y queriendo ocultar su emoción, murmuraba con

expresión pedantesca:

--¡Qué espectáculo! Esto es una sinfonía de colores, una verdadera

sinfonía.

¡Sinfonía de colores! Una fraséenla que había pescado en una de esas

críticas que hablan del «colorido» y el «dibujo» de la música y la

«armonía » y los «acordes» de la pintura.

El joven repetía con obstinación su frase, como el que, acostado,

masculla sin cesar la misma oración para aturdirse y coger el sueño; y

poco a poco, como hipnotizado por la brillantez del paisaje, fue

sumiéndose en un limbo de quietud contemplativa.

Y ahora ¡vive Dios! iba adquiriendo realidad la dichosa sinfonía de

colores; ya no era una frase huera y sin sentido, porque todo parecía

cantar, la vega y el Mediterráneo, los montes y el cielo. ¡Qué delicioso

era el anonadamiento del poetilla, apoyado en la balaustrada, sintiendo

en su rostro el fresco viento que tantas cabriolas hacía dar a las

cometas de papel...! Allí estaba la sinfonía, una verdadera pieza

clásica con su tema fundamental... y él percibía con los ojos el

misterioso canto, como si la mirada y el oído hubiesen trocado sus

maravillosas funciones.

Primero, las notas aisladas e incoherentes de la introducción eran las

manchas verdes de los cercanos jardincillos, las rojas aglomeraciones de

tejados, las blancas paredes, todas las pinceladas de color sueltas y

sin armonizar por hallarse próximas. Y tras esta fugaz introducción,

comenzaba la sinfonía, brillante, atronadora.

El cabrilleo de las temblonas aguas de las acequias, heridas por la luz,

era el trino dulce y tímido de los violines melancólicos; los campos de

verde apagado, sonaban para el visionario joven como tiernos suspiros

de los clarinetes, «las mujeres amadas», como les llamaba Berlioz; los

inquietos cañares con su entonación amarillenta y los frescos campos de

hortalizas, claros y brillantes como lagos de esmeralda líquida,

resaltaban sobre el conjunto como apasionados quejidos de la viola de

amor o románticas frases del violoncelo; y en el fondo, la inmensa faja

de mar, con su tono azul esfumado, semejaba la nota prolongada del metal

que, a la sordina, lanzaba un lamento interminable.

Andresito se afirmaba cada vez más en la realidad de su visión. No eran

ilusiones. El paisaje entonaba una sinfonía clásica, en la que el tema

se repetía hasta lo infinito. Y este tema era la eterna nota verde, que

tan pronto se abría y ensanchaba, tomando un tinte blanquecino, como se

condensaba y obscurecía hasta convertirse en azul violáceo. Como en la

orquesta salta el pasaje fundamental de atril en atril para ser repetido

por todos los instrumentos en los más diversos tonos, aquel verde eterno

jugueteaba en la sinfonía del paisaje, subía o bajaba con diversa

intensidad, se hundía en las aguas tembloroso y vago como los gemidos de

los instrumentos de cuerda, tendíase sobre los campos voluptuoso y

dulzón como los arrullos de los instrumentos de madera, se extendía

azulándose sobre el mar con la prolongación indefinida de un acorde

arrastrado del metal, y así como el vibrante ronquido de los timbales

matiza los pasajes más interesantes de una obra, el sol, arrojando a

puñados su luz, matizaba el panorama, haciendo resaltar unas partes con

la brillantez del oro y envolviendo otras en dulce penumbra.

Y Andresito, con la imaginación perturbada, iba siguiendo el curso de la

sinfonía extraña que sólo sonaba para sus ojos. Los caminos, con su

serpenteante blancura, eran los intervalos del silencio. El tema, el

color verde, crecía en intensidad al alejarse hacia las orillas del mar;

allí llegaba al período brillante, a la cúspide de la sinfonía; y

lanzándose en pleno cielo, aclarándose en un azul blanquecino, marchaba

velozmente hacia el final, se extinguía en el horizonte pálido y vago

como el último quejido de los violines, que se prolonga mientras queda

una pulgada de arco, y adelgazándose hasta ser un hilillo tenue, una

imperceptible vibración, no puede adivinarse en qué instante deja

realmente de sonar.

Era una locura; pero el visionario muchacho «veía» cantar los campos y

gozaba en la muda sinfonía de los colores, en aquella obra silenciosa y

extraña que se parecía a algo... a algo que Andresito no podía recordar.

Por fin, un nombre surgió en su memoria. Aquello era Wagner puro; la

sinfonía del _Tannhauser_, que él había oído varias veces. Sí; allí unas

tonalidades de color enérgicas y rabiosas sofocaban a otras apagadas y

tristes, como el canto de las sirenas, imperioso, enervante,

desordenado, intenta sofocar el himno místico de los peregrinos. Y

aquella luz que derramaba polvo de oro por todas partes, aquel cielo

empapado de sol, aquella diafanidad vibrante en el espacio, ¿no era el

propio himno a Venus, la canción impúdica y sublime del trovador de

Turingia ensalzando la gloria del placer y de la terrena vida? Sí;

aquello mismo era. Y el muchacho, sonámbulo, embriagado por la

Naturaleza, hipnotizado por la extraña contemplación, movía la cabeza

ridiculamente, y al par que pensaba que todo aquello era magnífico para

puesto en verso, tarareaba la célebre obertura con tanta fe como si

fuera el propio _Tannhauser_ escandalizando con su himno a la corte del

landgrave.

--Andresito... oye; oiga usted.

¿Quién le hablaba...? ¿Si sería Elissabetta, la cándida amada del

cantor? No; era Amparito, el malicioso bebé, que le sonreía, algo

confusa y tímida, como si no supiera qué decirle, y un poco más allá,

doña Manuela envolviéndolos en la más tierna de sus miradas maternales.

Bien sabía hacer las cosas aquella señora. Al ver al pobre muchacho solo

y gesticulando como un imbécil, había llamado a la niña para que lo

llevara abajo con la gente joven, lo mismo que dos meses antes le había

mandado que rompiese con él toda clase de relaciones. Era asombroso este

cambio de conducta; pero también lo era que el señor Cuadros, que antes

medía telas en su tienda sin ambición alguna, tuviera ahora carruaje y

todo el empaque pretencioso de un aspirante a millonario.

--Ven conmigo, Andresito. Vamos a dar un paseo.

--Sí--añadió la mamá--, acompaña a Amparito. Reúnete con la gente

joven.... ¡Qué diablo! A tu edad....

El muchacho siguió a su antigua novia. Estaba como si acabase de

despertar y todavía no hubiera ahuyentado la modorra del sueño. Aún le

zumbaba en los oídos el eco lejano de la extraña sinfonía.

En el jardín estaban las jóvenes, muy alborozadas, en torno de Rafael y

su amigo Roberto, que acababa de llegar. Juanito habíase metido en el

piso bajo, donde reinaba gran algazara por estar reunidas las criadas de

la casa con las de las familias invitadas.

Amparito llevaba a remolque a su antiguo novio.

--Vamos a ver; ¿qué hacemos...? Podemos dar un paseo por la montaña.

Y el alegre enjambre transpuso la verja del jardincillo, dirigiéndose a

lo que llamaban «la montaña», árida colina, suave hinchazón del terreno,

cariada como una muela vieja, rajada y perforada por las excavaciones de

las canteras y las minas de greda.

El bullicioso escuadrón encaminábase lentamente a un horno de cal que

había en la cumbre. Otros grupos de paseantes destacábanse a lo lejos

como hormigas trepadoras.

Andresito y el bebé quedábanse rezagados, andaban lentamente y se

detenían para recalcar sus palabras con gestos vehementes.

--Ea, que no te creo. Me la pegaste con el artillero, te burlaste de

mí... «destrozaste mi alma», ¿y ahora quieres que yo me trague esa bola

de que me querías entonces y sigues queriéndome?

--¡Pero tonto, si todo fue por probarte...! El artillero, ¡valiente

mico! Yo sólo te he querido a ti; pero a mamá no le parecía bien nuestro

noviazgo, lo tenía por cosa de poca formalidad, y hube de obedecerla.

--¿Y ahora?

--Ahora es otra cosa. No sé qué mosca le ha picado a mamá. Antes eras un

títere, y ahora parece que te considera mejor. En esto debe bailar tu

papá.

--¡Mi papá!--exclamó Andresito con terror infantil, como si temiese una

mano de azotes por la travesura.

--Calla, memo, no te asustes. Yo «distingo» más que tú, y creo que

nuestro noviazgo es ya pan comido para la mamá y tu padre.

--¡Entonces...!

--Entonces, señor mío, podemos querernos como antes y sin miedo alguno;

pero te advierto que nuestro noviazgo no ha de ser cosa de tapujo. ¿Para

qué el novio, si no puede una lucirlo...? ¡Ah! Queda prohibido que me

endilgues más versitos como los que me enviaste después del rompimiento.

Señores, tiene gracia el modo como se desahoga este caballerito. Con esa

cara de pascua, y tiene más ponzoña que una víbora. «¡Pérfida!,

¡desleal!, ¡traidora!...» Por eso tuve tanto gusto en hacerte rabiar con

el teniente; para vengarme. Se acabaron los versos; y si me disparas

algún soneto, te frotaré los hocicos con él, ¿sabes, niño? como a los

gatitos cuando son cochinos.

Y Andresito sonreía, embelesado por la gracia con que el bebé le

hablaba, ahuecando la voz para imitar grotescamente el tono de sus

poesías y acompañando sus palabras con gestos de píllete. ¡Oh, qué

criatura! Había que creerla y él se lo tragaba todo a ojos cerrados,

incluso la afirmación de que sus relaciones con el teniente sólo fueron

para aumentar sus rabietas.

--Pero ¿no vienen ustedes?

Eran las de López las que llamaban; unas «perchas », según Amparito, a

las que caían rematadamente mal los vestidos lujosos y recargados con

que las obsequiaba el papá a cada operación afortunada en la Bolsa.

--¿Ya se han arreglado ustedes?--añadió una de ellas, sonriendo de un

modo que picó la susceptibilidad de Amparito.

¡Ya les ajustaría las cuentas a aquellas pavas...! Y abandonando a

Andresito, se unió al grupo de jóvenes que, en fila y cogidas del talle,

corrían como unas locas por la suave pendiente. La alegría del campo, al

verse libres de la mirada interrogante y severa de las mamas,

convertíalas en niñas revoltosas, y a pesar de sus altos peinados, de

sus faldas largas y ajustadas, correteaban, enseñando sus lindos pies y

aleteando con sus enaguas como una bandada de pájaros. Las mejillas se

enrojecían, expeliendo en su dilatación la capa de polvos de arroz; los

ojos brillaban, los empellones y las corridas impetuosas parecían

enardecerlas, como muchachas que se embriagan con la violencia de sus

juegos, y en las expansiones a que se entregaban, acariciándose los

inflamados rostros, besándose ruidosamente, parecía notarse algo de

desprecio por los hombres que iban detrás. Rafael, su amigo y Andresito

caminaban lentamente, con cachaza filosófica, mirando el hermoso grupo,

sin intentar mezclarse en él.

Mientras tanto, Juanito pasaba la tarde en la cocina. Era una tendencia

que avergonzaba a doña Manuela la que demostraba su hijo mayor. Apenas

se formaba en la cocina una tertulia de criadas, allí estaba él, como

arrastrado por irresistible seducción. Aquello debía ser hereditario: la

afición de sus antecesores los montañeses de Aragón a las hembras

fornidas, duras, oliendo a bestia bravía y con las manazas agrietadas

por el esparto y la tierra de fregar. Su padre, sin duda, revivía en él,

y por esto no podía aspirar el vaho de una cocina sin estremecimientos

voluptuosos, ni ver a una muchachota de tez morena, brazo musculoso y

robustas posaderas sin sentir que la sangre afluía rápida a su corazón,

como si se viera ante el ideal realizado. Adoraba a Tónica, criatura

endeble y graciosa, tal vez por la fuerza del contraste; pero cuando

estaba en su casa no podía librarse de la «querencia» a la cocina, como

decía Rafael, y allá iba a echar su párrafo, sin pasar nunca de ahí,

pues Juanito era casto. Adoraba como un idealista las zafias beldades

con su olor a limón y tierra, gozaba oyendo sus conversaciones,

prestábalas con el mayor gusto pequeños servicios, aguantaba sus

groserías e impertinencias, todo a cambio de poder estarse en un rincón,

tímido y sonriente, contemplando los brazos hercúleos, los ojazos

insolentes y las piernas como columnas, marcadas por el discreto

zagalejo.

Al caer la tarde, comenzó a sonar un piano viejo en el piso alto del

_chalet_, éste se conmovió con el taconeo de una agitada mazurca. Los

señoritos habían vuelto de su excursión por «la montaña», y bailaban, no

sabiendo sin duda cómo pasar el tiempo.

La señora había dado orden para que la merienda estuviera lista, y

Visanteta se afanaba, yendo de un lado a otro y enviando sus amigas al

jardín para que la dejasen en libertad.

Cuando Juanito subió al piso alto, el baile estaba en su apogeo. Rafael

y Roberto sacaban a bailar, una tras otra, a todas las señoritas, y el

señor Cuadros, ¡oh asombro! entró de refuerzo. Entre aplausos y risas

bailó con Amparito, mientras su hijo los contemplaba enternecido,

renegando tal vez en su interior de su condición de poeta soñoliento y

enemigo de superfluidades, que no le permitía aprender cómo se mueven

las zancas en el vals, ¡El mismo demonio era el señor Cuadros, a pesar

de sus años y del enorme bigote! Así lo declaraban doña Manuela y

Teresa, sonrientes, reconciliadas y puestas ambas al mismo nivel. Sus

miradas hablaban. Había que hacer algo por los chicos, ya que se querían

tanto sus familias.

Terminaba la tarde. Por los balcones entraba el resplandor rojizo de la

puesta del sol, que se ensanchaba en el horizonte como un lago de

sangre.

Calló el piano, guardándose su ronca y temblona voz de viejo, y el

enjambre joven, atropellándose, corrió al comedor. ¡Vive Dios, que se

estaba bien allí, sentados ante el blanco mantel, con los balcones

abiertos y en los ojos el extenso paisaje, que, con la luz anaranjada de

la caída de la tarde, iba velando sus tonos brillantes y parecía

adormecerse!

Todos tenían excitado el apetito por el paseo y el baile, y miraban con

el rabillo del ojo la puerta por donde entraban las criadas.

--Señores, tendrán ustedes que perdonar--decía doña Manuela con aire de

castellana hospitalaria--. Estamos en el campo y hay que conformarse con

lo que traigan. Aquí no se pueden hacer milagros. En fin, harán ustedes

penitencia. Todos contestaban con un «¡oh!» de protesta, mientras se

acomodaban la servilleta en el pescuezo. Ya sabían que la dueña de la

casa arreglaba bien las cosas. Y empuñaban el tenedor, como diciendo:

«¡Venga de ahí, que estamos a todo!»

No fue malo el desfile de platos organizado por Visanteta. Era la cocina

indígena, con todo su esplendor de las fiestas tradicionales. El lomo de

cerdo, con las primeras habas de la cosecha, tiernas y jugosas, formando

un puré, cuyo olorcillo causaba en el estómago una sensación voluptuosa;

los lagostinos, con casaquillas de escarlata y la puntiaguda caperuza,

doblándose como _clowns_ rojos sobre un lecho de excitante salsa; los

pollos, despedazados, hundidos en el rosado caldo del tomate, y después

las rodajas de salchichón a centenares, un jamón entero cortado en

gruesas lonjas, y una enorme pirámide de huevos cocidos, con la cáscara

teñida de rojo o amarillo; todo con una abundancia capaz de anonadar al

estómago más animoso.

Pero los convidados de doña Manuela eran personas de buen diente. Sólo

«las magistraditas» y «las perchas» de López comían con cierto dengue y

lanzaban miradas escandalizadas cuando veían en sus copas dos dedos de

vino; pero los demás tragaban de buena fe, y el ruido de sus mandíbulas

parecía gritar en el silencioso comedor: «Aquí se come y se goza... y

ruede la bola.»

Además, Rafael y Roberto se encargaban de dar a la merienda el tono de

distinción que tanto agradaba a doña Manuela. ¡Vaya unos chicos atentos!

¡Cómo sabían obsequiar a las muchachas...! «No me desprecie usted esta

aceituna...» «Lolita, ¡por Dios! acepte usted esta rodajita de

salchichón...» «Vamos, un pedacito más: ¡no me deje usted feo!»

Y procediendo como niñas buenas y bien educadas, incapaces de desear la

fealdad del prójimo, aceptaban los obsequios ruborizadas, pero mirando

con superioridad satisfecha a las amigas.

Doña Manuela estaba contenta. ¿No era un placer reunir en la mesa tan

buenos amigos? ¿No se gozaba contemplando sus expansiones? Allí quisiera

ver ella a su hermano, el maldito tacaño, incapaz de convidar a sus

amigos a una ensalada. ¡Cómo ensanchaba el alma ver a la familia con sus

amigos celebrando la Pascua tradicional! Era verdad que la fiesta

resultaba costosa; que llena de trampas como estaba no debía permitirse

tales despilfarres; pero ¡qué diablo! hay que saber vivir, y aquella

fiesta, pensando egoístamente, bien podía resultar un medio seguro de

proporcionarse auxilios en el porvenir. En el señor López no había que

confiar mucho; tenía el alma atravesada, y si gastaba algo adornando a

su familia, era para sostener su prestigio de bolsista de fuerza. Pero

allí estaba Cuadros, infatuado por la buena suerte, orgulloso, tanto él

como su esposa, de que la señora del antiguo principal accediese a

admitir a Andresito en su familia; estos dos amigos, seguramente que al

verla en un apuro eran capaces de darla la sangre de sus venas.

Y doña Manuela, animada por estas ilusiones que garantizaban su futura

tranquilidad, envolvía la mesa y sus comensales en una mirada infinita

de benevolencia y cariño. Todo marchaba bien. Andresito y Amparo se

pellizcaban por debajo de la mesa; Roberto se acercaba de un modo

inconveniente a Conchita; la mamá lo veía todo, pero sonreía con dulce

tolerancia. Un día es un día; hay que dar a la juventud lo suyo, y ella

¡ay! recordaba enternecida cuando el doctor Pajares era estudiante y se

sentaba a su lado en la mesa.

La merienda se animaba. Nelet había encendido la lámpara del comedor, y

los moscardones y mariposas del vecino jardín, atraídos por la luz,

aleteaban nerviosamente, chocando con la pantalla de porcelana. Sobre la

mesa aparecían las doradas naranjas de terso cutis, el _panquemado_ de

Alberique, con miga porosa, la corteza obscura y barnizada y el vértice

nevado, y las bandejas de dulce seco, confitería indígena, sólida y

empalagosa: peras verdosas con la dureza del azúcar petrificado,

limoncillos de las monjas de Sagunto, trozos de melón, yemas envueltas

en rizados moñetes de papel, todo destilando azúcar y atrayendo a los

insectos que revoloteaban en torno de la luz.

La concurrencia se atracaba de huevos cocidos. Partíanlos en la frente

del vecino, a pesar de las muchas precauciones que se adoptaban para

evitar esta broma tradicional; y eran de ver las señoritas tapándose la

cara con las manos, chillando como gallinas asustadas, por miedo a que

les golpeasen encima de las cejas, y los aplausos y vivas con que se

acogía la travesura de alguna joven cuando era ella la que agredía a los

audaces pollos. Cuando se hacía momentáneamente el silencio en el

comedor, oíase cómo se regocijaba fuera la plebe; el rasgueo de la

guitarra, el estallido de los cohetes, el cacareo de las mujeres; y

algunas veces el estruendo venía de abajo, de la cocina, donde sonaban

el vozarrón de Nelet y las corridas medrosas de las criadas, con

chillidos de protesta débil. También allí partían huevos.

Las personas mayores la emprendieron con el dulce, y el señor Cuadros

descorchó frascos de licor de colores vivos e infernales, que hacían

retorcer el estómago. Las copitas de color rosa besaban las bocas,

dejando en los rojos labios de las jóvenes adorables gotitas de azúcar

líquido.

La sobremesa, alborozada y ruidosa, duró mucho rato. Nadie miraba el

reloj del comedor, que seguía indiferente marcando el curso del tiempo.

Cuando sonaron las nueve, todos se sobresaltaron. Fuera del _hotel_ la

algazara iba disminuyendo.

Doña Manuela hizo prometer a sus amigos que la honrarían con su visita

en los dos restantes días de la Pascua, y comenzaron los preparativos de

marcha. Las criadas comparecieron rojas y sudorosas. Bien habían

bromeado con Nelet y el cochero del señor López.

Comenzó la confusión de la despedida. Buscaban los abrigos abandonados

sobre los muebles; olvidaban dónde habían dejado el sombrero; recogían

los velillos rotos en el revuelto montón de prendas, y transcurrió más

de media hora antes de que todos estuvieran listos.

El señor López ofreció su faetón a «las magistradas ». Irían todos

apretados, pero esto entraba en la fiesta. En cuanto al señor Cuadros,

sacó de la cuadra del _hotel_ su carruajillo, del que estaba orgulloso,

y amontonó en él la esposa, el hijo y las dos criadas.

--¡Buenas noches...! ¡Hasta mañana...! ¡Descansar...! ¡Arre, valiente!

Y los dos carruajes, esparciendo en la sombra la roja luz de sus dobles

faroles, partieron al trote, conmoviendo el silencio de la noche tibia,

estrellada y serena. La familia de Pajares los vio alejarse desde la

puerta del _hotel_.

Frente a los Silos, la multitud arremolinábase en la obscuridad,

asaltando a brazo partido las plataformas de los tranvías o regateando

con los cazurros tartaneros. Sonaban los pitos; el vocerío era grande en

torno de los ojos inflamados de los coches, y el público esperaba

impacientemente el momento de emprender el viaje, entonando canciones a

coro, en las cuales, sobre las voces aguardentosas, destacábanse otras

jóvenes, claras, argentinas. De vez en cuando, griterío y corridas;

brazos en alto, bastones enarbolados, una guitarra estrellándose

quejumbrosamente en una cabeza, y cuando la calma se restablecía,

saludábase con sonrisas y aplausos irónicos a la ristra de valientes

que, sin paciencia para esperar, emprendían la marcha carretera abajo,

cogidos del brazo, moviéndose con torpe balanceo, como si estuvieran

sobre la cubierta de un buque en día de gran marejada, charlando

incoherentemente o soltando sus vozarrones para entonar los

estrambóticos y lánguidos corales que inspira la musa amílica.

Los tres días de Pascua fueron de felicidad para la familia de Pajares.

El noviazgo de Amparito se consolidó, desapareciendo los escrúpulos del

poetilla, temeroso de que el recuerdo del teniente viviese todavía en la

memoria de la joven. Era cosa decidida, y el bebé siempre contestaba con

el mismo tono burlón a sus recriminaciones:

--Pero ¡tonto...! ¡si nunca le quise...! ¡si aquello fue una broma, un

caprichito para hacerte rabiar...! ¡Yo sólo te quiero a ti,

insultador...!

Y Andresito, cerrando los ojos, despreciando los punzantes recuerdos del

pasado, se sentía feliz, tanto casi como Conchita, que en los días de

Pascua, en la agitación de las alegres meriendas, había conseguido

turbar a Roberto hasta el punto de arrancarle la deseada declaración.

Por fin era su novio «oficial»; ya podía hablar con él a todas horas,

sin miedo al ridículo de una intimidad falta de garantía.

Juanito fue el único que sufrió en aquellos tres días. La mamá

mostrábase con él amable y cariñosa como jamás la había visto; tenía

arranques de lirismo casero, se enternecía reuniendo toda la familia en

la mesa, y él, por no contrariarla, permanecía en Burjasot, víctima de

las contradicciones de su carácter, tan pronto atraído por la

«querencia» a la cocina, como pensando en Tónica con la dulce nostalgia

del enamorado.

Por esto, cuando regresó a Valencia, volviendo a encargarse de _Las Tres

Rosas_, experimentó la alegría del que sale del destierro. Quiso

resarcirse del breve paréntisis en su vida de amante, y esperó a Tónica

en las calles, sosteniendo con ella largas pláticas que la hacían llegar

tarde a casa de las parroquianas, enterándose con minuciosidad de las

tardes que había pasado en melancólica calma leyendo novelas

sentimentales, mientras Micaela, la fiel amiga, cocinaba, preparando la

modesta merienda.

Sus pláticas con aquella muchacha tranquila y juiciosa le daban nuevos

ánimos para trabajar; y él, que hasta entonces había vivido tranquilo e

indiferente, amarrado a la noria de la dependencia, sin pensar en el

porvenir, sentíase ambicioso, soñaba con una gran posición comercial,

que compartiría con Tónica, y miraba la tienda de _Las Tres Rosas_ con

el mismo cariño del heredero ante una cosa que espera ha de ser suya. Su

plan estaba formado. Esperaría hasta fines de año, vendería el huerto de

Alcira, y don Antonio le haría traspaso de la tienda por unos cuantos

miles de duros.

El afortunado bolsista seguía abominando de la tienda y del mezquino

comercio al por menor; no era difícil alcanzar la cesión de _Las Tres

Rosas_ por lo que el joven quisiera darle. ¡Valiente cosa le importaba a

él mil duros más o menos! La suerte le había hecho audaz; realizaba

jugadas con éxito sorprendente, y así como aumentaba su fortuna,

transformábase en persona. Permanecía en la tienda lo menos posible;

cuando no estaba en la Bolsa, pasaba las horas en el café, mediando en

las riñas de «alcistas» y «bajistas», con expresión de superioridad;

enganchaba la _charrette_ e iba con Teresa, muy emperejilada, a pasear

su nuevo lujo por la Alameda, entre los brillantes trenes, para que

supieran más de cuatro que él también, «aunque le estuviera mal el

decirlo», era de la aristocracia, de la del dinero, que es la que más

vale en estos tiempos; y hasta en su misma casa introducía reformas

radicales, pasando la familia con violento salto de la comodidad

mediocre a la ostentación aparatosa. Seducido por los guisos de fonda

que saboreaba en los banquetes conmemorativos de grandes jugadas, no

podía avenirse con el talento culinario de su Teresa, y había tomado una

cocinera procedente de una gran casa. La riqueza improvisada daba al

señor Cuadros un airecillo petulante y fanfarrón. En competencia con su

mujer, pocos dedos conservaba en sus manos libres de sortijas; sólo que

las suyas no eran baratas, sino de oro macizo, gruesas, pesadas y con

cada pedrusco que quitaba la luz de los ojos. Rompía los ojales del

chaleco con la enorme cadena cargada de dijes, y él, que antes cuidaba

de salir con poca calderilla en el bolsillo, por miedo a los compromisos

o a la tentación de entrar en algún café, sacaba ahora, a tuertas y a

derechas, su gran cartera de hombre de negocios repleta de billetes del

Banco, y muchas veces escandalizaba a los camareros presentando para

pagar un refresco un papelote de mil pesetas.

_Las Tres Rosas_ estaba patas arriba, según murmuraba el asombrado

Juanito. La fortuna del amo los enloquecía a todos. Los dependientes,

libres de vigilancia, hacían lo que les daba la gana; el género

desaparecía, sin dejar como recuerdo de su paso dinero en el cajón; las

criadas robaban arriba, en las mismas narices de doña Teresa, aturdida

por tan radicales cambios; pero allí estaba el amo para remediarlo todo,

y por mucho que se despilfarrase, los cobros de diferencias a fin de mes

eran tan exorbitantes, que empujaban vertiginosamente aquel barco falto

de dirección y haciendo agua por todas partes.

El único que protestaba en la casa, revolviéndose furioso contra las

desatinadas innovaciones, era don Eugenio. El veterano del comercio

escandalizábase, y había que oírle las pocas veces que conseguía

entablar conversación con el dueño de la tienda, siempre atareado,

viviendo en su casa como en una fonda.

Don Eugenio parecía una sibila, que, en nombre de la honradez y la

mesura comercial, profetizaba las mayores desgracias. Aquella borrachera

de dinero no podía acabar bien. No era legal ni justo ganar ocho o nueve

mil duros en un mes, jugando, ni más ni menos que los perdidos que van a

los garitos; además, ese lucro resultaba criminal, ya que lo que él

ganaba otros lo perdían.

Pero don Antonio contestaba con risitas irónicas que desesperaban al

pobre viejo. ¡Vaya unas ideas rancias! ¿De dónde salía para atreverse a

hablar contra un negocio tan legal y admitido por todos? Los tiempos

cambian, amigo don Eugenio, y con ellos los negocios. Es verdad que los

afortunados arruinaban a los infelices, pero ¡qué remedio...! Había que

amoldarse a las exigencias del mundo, tomar parte en la «lucha por la

existencia»; la sociedad estaba constituida así. Para que vivan unos hay

que devorar a otros. Y el señor Cuadros repetía con expresión pedantesca

estos y otros lugares comunes que había oído en la Bolsa de boca de

ciertos pillos de levita, que con la dichosa «lucha por la existencia»

justifican rapiñas legales que merecen un grillete. Y para desesperación

del pobre viejo, hacía la apología de la Bolsa. Sólo un rancio podía

tronar contra ella. Para censurarla había que ser consecuente y hablar

mal también del ferrocarril, del teléfono y de todas las conquistas del

progreso. Podía esperar sentado a que todas las personas honradas se

coligasen, según él decía, para acabar con los negocios bursátiles.

Cada día eran más respetados; se popularizaban, y ya no eran

comerciantes y rentistas los que jugaban en la Bolsa; los pobres, los

humildes, buscaban tomar parte en el negocio. Y para probarlo, no había

más que fijarse en don Ramón Morte, un filántropo, que hacía el bien

encaminando a la ganancia los pequeños capitales que yacían muertos y

dedicando las ganancias propias a obras de beneficencia.

Don Eugenio escuchaba con frialdad el nombre del célebre banquero, que

todos los días repetían los periódicos, pero Juanito se estremeció.

Aquél sí que era un hombre. Husmeaba la ganancia a cien leguas; colocaba

los capitales ajenos con la mayor seguridad; tenía esclavizada la

fortuna, y a pesar de esto, ¡qué sencillo! ¡Con qué modesta afabilidad

trataba a los pequeños! Era un señor pequeñín, enfermizo por el exceso

de trabajo, con gafas de oro y esa sonrisa atractiva y cándida cuyo

secreto sólo poseen los grandes hombres de negocio o los Padres de la

Compañía. Dos veces había estado en la tienda buscando al principal, y

se dignó hablar con Juanito afectuosamente, como si fuese uno de la

clase, enterándose con benevolencia paternal de sus proyectos para el

porvenir. ¡Oh, qué hombre! ¡Qué confianza inspiraba! Aconsejado por él,

realizaba el señor Cuadros sus magníficos negocios; y Juanito, a no ser

por su deseo de verse dueño de _Las Tres Rosas_, hubiese vendido el

huerto, poniendo toda su fortuna en manos de don Ramón.

La loca fortuna del principal contagiaba al dependiente, y éste, a pesar

de su carácter frío, se sentía animado por el deseo de correr el azar

ganando una fortuna en unos cuantos meses o arruinándose para siempre.

Cuando estaba solo y entregado a sus reflexiones, asustábase de las

audacias de su pensamiento; pero oyendo al principal enardecíase, y

entre las cenizas de su carácter tímido y apático asomaba el fuego del

aventurero.

Las contiendas entre don Eugenio y su antiguo dependiente los separaban,

y a pesar de hacer la vida bajo el mismo techo, pasaban semanas sin

hablarse. El pobre viejo se sentía solo en aquella casa. Teresa no le

comprendía; Andresito, entusiasmado por la fortuna del papá, tenía sus

ambiciones; mostrábase meticuloso y exigiendo en materias de vestir, y

hablaba de la posibilidad de poseer una yegua alazana y pasear por la

Alameda, siguiendo el carruaje de su novia, para lo cual se estaba

preparando todas las tardes en el picadero.

Don Eugenio sólo se consolaba yendo en busca del tío de Juanito, ante el

cual mostraba su indignación por los negocios de Cuadros. ¡Cómo se reía

don Juan de las fortunas de los bolsistas! Buen provecho. Muchos le

habían propuesto aquel negocio; pero él era gato viejo y gustaba de

guardar seguro su dinero. Eso de arrojar la fortuna al viento, con la

esperanza de una ganancia loca, quedaba para los tontos que se creen

poseedores de infalibles secretos. Él opinaba como don Eugenio. Aquello

sólo era una racha de fortuna, la terrible benevolencia de la fatalidad

con los jugadores novatos: primero, la seducción de las pequeñas

ganancias, y después, cuando ya están metidos de cabeza en los caprichos

del azar, la ruina instantánea, completa, fulminante.

El día de San Vicente supo Juanito hasta dónde llegaba la indignación

del venerable don Eugenio.

La fiesta del santo popular verificábase con el aparato de costumbre. En

los puntos más céntricos de la ciudad habíanse levantado los «altares»,

enormes fábricas de madera y cartompiedra que llegaban a los tejados,

con decoración gótica o corintia, erizados de mecheros de gas, y en su

parte media la repisa, en la que se ostentaba el diplomático de Caspe

con su hábito de dominico y un dedo en alto entre cirios y flores.

Abajo, la plataforma del escenario, donde se representaban los

_milacres_, piezas dramáticas, cándidas y sencillas como sus versos

lemosines, cuyo argumento, girando en torno del mismo punto, trata

siempre de las querellas feudales entre Centelles y Vilaraguts, de la

conversión de los moros de Granada o de alguna treta de los impíos

contra el elocuente apóstol, todo sazonado al final con el necesario

milagro del santo y el correspondiente sermón en endecasílabos. La

multitud agolpábase ante los altares para oír mejor a los actores,

granujillas del barrio, roncos de tanto vocear los versos, orondos en

sus trajes de ropería; orgullosos de lucir el bonete con pluma y tirar

de la espada cuando lo requería el _milacre_; y era de ver la atención

con que escuchaba la predicación de San Vicente, representado siempre

por un muchacho paliducho, pedante y melancólico, y las carcajadas con

que celebraba las majaderías del motilón, personaje bufo que pasaba el

tiempo tragando pan, sorbiendo rapé, sonándose las narices en un pañuelo

como una sábana y agujereado como una criba, y diciendo estupideces

subidas de color, todo para mayor edificación de los devotos del santo.

Un mar de cabezas agitábase ante aquellas plataformas que recordaban el

teatro primitivo, lo mismo el tablado de Esquilo que la carreta de Lope

de Rueda.

Entre una y otra representación tocaban las músicas alegres polcas, y la

granujería de siempre, agarrada de un modo repugnante, improvisaba

academias de baile en las aceras, chocando muchas veces contra las mesas

donde las buenas mozas de vestido almidonado, pañuelo de seda y cara

bravia vendían garbanzos tostados, orejones y ciruelas pasas.

Juanito, a las tres de la tarde, había ido a ponerse en acecho cerca de

la casa de Tónica, esperando que ésta saliese con Micaela para ver los

altares. Una vecina le avisó que ya habían salido, y el joven lanzóse en

su persecución, corriendo de uno a otro altar, sin conseguir

encontrarlas.

En la plaza de la Constitución vio a don Eugenio, que miraba de lejos el

_milacre_, apoyado en el viejo bastón y mostrando su carita de pascua

por el embozo de su capa azul, que no abandonaba hasta bien entrado el

verano.

El pobre señor acogió a Juanito con una sonrisa de gozo.

--¡Hombre, cuánto me alegro de verte...! Tú no tendrás quehacer,

¿verdad?

Juanito contestó negativamente, arrepintiéndose en seguida.

--Me alegro. Pasearemos juntos. Mis amigos han salido con sus familias,

y yo no tengo a nadie en este mundo; estoy solo... completamente solo.

El viejo recalcaba estas palabras, como si quisiera hacer responsable a

alguien de su abandono.

Emprendieron los dos la marcha hacia las Alameditas de Serranos, paseo

habitual de don Eugenio. Por el camino hablaba el viejo de su situación

con tono melancólico; pero sus quejas eran vagas. Llegaron al paseo: una

ancha faja de jardín en la orilla del río, exuberante de vegetación,

pero tan sombría, que justificaba su título vulgar de «paseo de los

desesperados». La concurrencia era la de siempre. Algunas madres de la

vecindad, con su tropel de muñecos voceadores, y grupos de curas y

aficionados a la clase sacerdotal, destacando sobre el verde la mancha

negra de sus trajes, hablando con misterio de lo malos que están los

tiempos, del prisionero del Vaticano y del verdadero rey que vive en

Venecia.

Don Eugenio, saludaba al paso aquellas caras que veía todas las tardes,

sin interrumpir por esto la conversación.

Juanito le oía con la deferencia y el respeto que inspiran ochenta años.

--En una palabra, muchacho: que yo no puedo sufrir esta clase de vida.

Serán para algunos escrúpulos necios, pero ¿qué quieres? Después de

tantísimos años de probidad comercial, de prosperidad lenta pero segura,

no puedo conformarme con esta vida de agitación y sobresalto que noto en

torno mío, ni menos ver con tranquilidad una ganancia inmoral y

estrepitosa.

--Pero ¿por qué se ha de molestar usted tanto?--dijo el joven con tono

conciliador--. Lo mejor es que deje correr las cosas. Don Antonio gana

demasiado dinero para que puedan hacerle mella sus palabras. Además,

cada época trae sus costumbres, y no es justo que usted se queje porque

las cosas no estén lo mismo que en su juventud.

--Tienes razón, hijo mío. Éstos son otros tiempos. Soy un verdadero

cadáver; pero me resisto a meterme en la fosa, a pesar de que ésta me

reclama, y tengo que sufrir las consecuencias. ¡Qué tiempos. Señor, qué

tiempos!

Y el vejete miraba al cielo, mientras su mano arrancaba al paso las

hojas de los rosales.

--Tú también--continuó--estás algo tocado de ese afán de hacerte rico,

aunque sea arruinando al mundo entero. No te culpo por esto; es la

fiebre de la época, y la juventud es la que con más calor apadrina las

ideas nuevas. Tienes razón; yo no puedo, yo no debo meterme en los

negocios de Antonio; carezco de derecho. ¿Qué soy en aquella casa? Un

trasto inútil, un mueble incómodo que se empeña en permanecer intacto y

todos desean verlo hecho astillas para arrojarlo al montón.

--No; eso no es verdad, don Eugenio. En aquella casa le quieren a usted

todos. Me consta.

--Y yo también--dijo el viejo con gran calor--, yo también los quiero

con toda mi alma. ¿Tengo otra familia acaso? Lo que hay, muchacho, es

que, por lo mismo que les quiero tanto, me preocupa su suerte y no puedo

ver con tranquilidad cómo Antonio se mete de cabeza en tan peligrosas

aventuras. ¡Ay, mi pobre tienda! Tiemblo al pensar que puede ser

deshonrada para siempre. He oído decir que los marinos viejos sienten

una pasión loca por el barco en que han pasado su vida. Lo mismo soy yo

con _Las Tres Rosas_. Yo la fundé; tu pobre padre mantuvo la reputación

del establecimiento honrado, y ahora... tiemblo al pensar lo que

ocurriría si Antonio se arruinase en la Bolsa como otros tantos.... Todo

perdido, la tienda embargada, deshonrada para siempre.... ¡Gran Dios! No

quiero pensarlo.

--¡Bah!--objetó Juanito con juvenil confianza--. No es eso fácil; en la

Bolsa sólo se arruinan los tontos, y mi principal tiene buen guía. Don

Ramón... ¿sabe usted? don Ramón Morte, el hombre mimado de la fortuna,

el gran filántropo.

--No seas tonto, muchacho. ¿Crees que tu tío es listo? Pues pregúntale

qué piensa del tal don Ramón. Un pillo, hijo, un pillo redomado que

emplea la pamplina de la caridad y se da bombos en los periódicos para

engañar incautos. ¡Y qué bien sabe hacerlo el muy ladrón! Se confiesa a

menudo, entrega cantidades en las sacristías, diciendo que las ha

cobrado de más por un error y quiere sean para los pobres, y hasta se

murmura si es él ese ramoso sujeto que, con el incógnito de Un

cualquiera, envía dinero a la Junta de Instrucción Obrera cuando ésta

sufre apuros. Esa modestia, ese incógnito a medio velo, es un medio para

llamar la atención como cualquier otro reclamo, y un negociante que

desea tanto la popularidad no lleva idea buena. Algo prepara. Para mí,

lo que hace es arreglarse el vendaje antes que exista la herida.

Juanito sentía inquietud y molestia ante la rudeza con que el viejo

destrozaba el ídolo de su admiración, pero calló por respeto.

--Si ese hombre es--continuó don Eugenio--quien tiene que evitar la

ruina de Antonio, bien estamos. Yo veo claro, y por eso chillo hasta ser

impertinente. No entiendo de esos negocios infernales, estoy

acostumbrado a los tratos sencillos del comercio a la antigua, pero no

desconozco lo fácil que es quedarse los bolsistas en medio de la calle

de la noche a la mañana. ¿Y puedo yo estar tranquilo...? Al principio,

Antonio era prudente y no exponía gran cosa; pero la ganancia le ciega,

y ahora... ¿sabes? me he enterado de que se mete tan hondo, que si la

fortuna le volviese la espalda, en veinticuatro horas quedaba limpio,

sin cubrir sus compromisos, y por tanto, deshonrado. Figúrate lo que

esto representa muchacho. Si tu padre viviera, me comprendería mejor. Se

me abren las carites sólo al pensar en la posibilidad de que el dueño de

_Las Tres Rosas_ aparezca como un insolvente, como un tramposo, casi

como un estafador. Di, muchacho, ¿puedo yo consentir esto? ¿Te parece

tolerable?

Y el viejo se animaba, se erguía, apoyándose en su bastoncillo, y al

hablar de su querida tienda, una oleada de sangre daba color a su cara

fresca de anciano bien conservado.

--No; yo no puedo callar; esto apresurará mi muerte. Necesito

tranquilidad, y no me acuesto ninguna noche sin llevar en el cuerpo un

berrinche más que regular. Lo que yo digo: pero Señor, ¿por qué se

meterá ese hombre en libros de caballerías? ¿No podía vivir tranquilo

como yo, trabajando para la vejez y sin exponerse a peligro alguno...? Y

es la maldita ambición que hoy todo lo invade. En mis tiempos, antes de

gastar un ochavo le dábamos cien vueltas, pero nos contentábamos con lo

nuestro y vivíamos felices. Ahora todo el mundo no piensa en otra cosa

que en el modo de quitar legalmente la bolsa al vecino. La ambición los

devora; a los cuarenta años son más viejos que yo; viven pendientes de

un hilo con el afán de acaparar dinero; y todo para derrocharlo, para

satisfacer esa locura de engrandecimiento que a todos domina. Esto está

perdido. Los mocosos ya no se conforman con ser aprendices y quieren

pasar a amos; y... ¿qué más? Antonio se avergüenza de ser comerciante, y

va por las tardes a la Alameda en un cochecillo ridículo, guiando como

si fuese un cochero. Antes soñaba con que su hijo fuese abogado, y ahora

mira impasible cómo abandona los estudios y se entera con gusto de sus

progresos en la equitación. Dice que con la herencia que él le dejará,

para nada necesita la carrera; quiere hacer de él un hombre a la moda, y

quién sabe si tendrá pensado casarle por lo menos con la princesa de

Asturias....

Y reía al decir esto con una risa misericordiosa, como si se sintiera

elevado por encima de todas las miserias.

--En fin, hijo mío, tal vez te fastidie con mis quejas, pero a los

viejos hay que tolerarles. Yo necesito hablar, expansionarme, echar

fuera de mí esta inquietud que me devora, como si fuese yo mismo quien

se mete en aventuras. Y te repito que esto acabará mal, muy mal. Tu tío

es de la misma opinión. ¿Ves a tu principal? Pues es como tu mamá. Yo no

le conocía, pero hay que tratar mucho a los hombres. Depende de las

circunstancias que se muestren tales como son. Ahora no me cabe duda de

quién es Antonio. Hubiese hecho con tu madre una excelente pareja. Los

dos son iguales. Unos «fachendas», hambrientos de figurar, deseosos de

meterse en una esfera superior a la suya, aunque se pongan en ridículo.

Tu madre arruinándose y Antonio subiendo locamente camino de la suerte,

son exactamente lo mismo. Capaces de derrochar una fortuna; la una por

mantener lo que llama su «rango», y el otro por meterse entre gentes que

de seguro se burlan de él.... Esto no puede seguir así.... Vamos a ver

grandes cosas, y... ¡ay! me dice el corazón que mi tienda, mi pobrecita

tienda, naufraga en esta borrasca, y yo me muero.

El viejo hablaba melancólicamente, como si viese ya la ruina del brazo

con la muerte rondando en torno de él.

Juanito se fastidiaba.... ¡Bah! Aprensiones de viejo.

Arroz y tartana · 第 8 / 15 题