IV

El Carnaval de aquel año fue muy alegre para la familia de doña Manuela.

Las niñas se divirtieron. Rafaelito era socio de todos los círculos

distinguidos y decentes donde se baila, mientras arriba, en una

habitación con luces verdes, guardada y vigilada como antro de

conspiradores, rueda la ruleta con sus vivos colorines o se agrupan los

aficionados en torno de las cuatro cartas del _monte_.

¡Qué noches aquéllas de emociones, de nerviosas alegrías, de mareos

voluptuosos, y después de aplastamiento, de brutal cansancio...! Juanito

era el encargado de abrir la puerta cuando la familia volvía del baile.

En la madrugada, cerca de las cuatro, oía chirriar los pesados portones,

entraba el carruaje en el patio, con gran estrépito, y él saltaba de la

cama metiéndose los pantalones. La entrada de la familia le deslumbraba,

sintiendo el infeliz una impresión de vanidad. Las hermanitas, vestidas

unas veces con trajes de sociedad, obra de una modista francesa, y que

todavía estaban por pagar; graciosamente disfrazadas otras de

labradoras, de _pierrots_ o de calabresas; Rafael, de etiqueta, embutido

en un gabán claro, tan corto de faldones que parecía una americana; y

la mamá satisfecha del éxito alcanzado por sus niñas, y a pesar del

cansancio, sonriente y majestuosa con su vestido de seda, que crujía a

cada paso, y encima el amplio abrigo de terciopelo, Juanito contemplaba

con el cariño de un padre este desfile desmayado que iba en busca de la

cama, arrojando al paso en las sillas los adornos exteriores. La mamá

era siempre para él un ídolo, un ser superior, y los hermanos, al verlos

tan elegantes, le hacían recordar la época en que él, pequeño, pero

avispado por el desvío maternal, les servía de niñera cuidadosa,

llevándolos en sus brazos y sufriendo con sublime abnegación sus

infantiles caprichos.

Levantábase mal arropado, tosiendo y tembloroso, a abrir la puerta, pues

era preciso dejar, dormir a las criadas, para que al día siguiente el

cansancio no las entorpeciera en sus trabajos. Además, la vista de su

familia parecía traerle algo de los esplendores de la fiesta, el perfume

de las mujeres, los ecos de la orquesta, el voluptuoso desmayo de las

amarteladas parejas, el ambiente del salón, caldeado por mil luces, y el

apasionamiento de los diálogos. Y después de aspirar ese perfume

fantástico de un mundo desconocido que su familia parecía traerle entre

los pliegues de sus ropas, el pobre muchacho volvía a la cama, para

dormir tres horas más y emprender después el camino de la tienda,

mientras la mamá y los hermanos roncaban su primer sueño con la fatiga

propia de las noches de baile.

Después, a la hora de la comida, eran los comentarios, los recuerdos

agradables, los berrinches por supuestas ofensas que en el primer

instante habían pasado inadvertidas, y que, agrandándose ahora en la

imaginación, pedían venganza. Las dos niñas recordaban la ligera sonrisa

de las de López al examinar sus disfraces de calabresas. ¡Reírse de

ellas! ¡Las muy cursis! Mejor harían en darse una vueltecita alrededor

de ellas mismas, pues no es muy chic ir siempre a los bailes con el

mismo dominó blanco, de modo que al entrar con la careta puesta, toda

la pollería gritaba: «¡Ya están ahí las de López!»

Aparte de estos disgustos colectivos, las dos niñas los sufrían también

particularmente. Conchita estaba furiosa contra Roberto del Campo, «el

pollo bonito», como le llamaban algunas. Mucha palabrería, requiebros a

granel; pero de declaración seria y formalmente... ¡ni esto! Bailaba con

ella, y a lo mejor abandonaba a su pareja y salía del salón, para no

reaparecer hasta la hora del _galop_ final. Su excusa era siempre la

misma: tenía algo que arreglar con Rafaelito.

--¿Dónde os metéis, condenados?--preguntaba la hermana al día

siguiente--. ¿Qué diversión es esa que os hace tan groseros?

--Mujer, son cosas de hombres. Mientras vosotras bailáis, nosotros nos

dedicamos a ocupaciones más serias.

Serias, sí; tan serias eran, que Rafaelito tenía frita a la mamá--según

propia expresión--, pidiéndola cinco duros al día siguiente de los

bailes. El Carnaval tenía para él mala pata, y al susurro de la orquesta

que sonaba abajo, salía bailoteando siempre la carta contraria y se

llevaba al montecillo del banquero las pesetas de mamá.

Amparo también tenía sus disgustos. Lo que a ella le pasaba no podía

ocurrirle a nadie. Aquello no era tener novio ni tener nada. Vamos a

ver: ¿para qué tiene novio una muchacha? Para lucirlo, para que lo vean

las amigas y rabien un poco... ¿no es verdad? Pues ella no podía darse

tal placer. Andresito no tenía un cuarto y no era socio de los círculos

donde iba ella. Sus papas lo llevaban bastante elegantito, eso sí, pero

limitábanse a darle los domingos tres pesetas y un sermón encargándole

que no fuese derrochador ni calavera, que mirase en qué gastaba su

dinero... y mucho cuidadito con meterse en sitios malos. Mendigaba

alguna invitación en las redacciones de los periódicos, y si la

conseguía, iba al baile, pero sólo hasta la una. ¿Ha visto usted? Hasta

la una, la hora en que iban llegando las amigas y el baile comenzaba a

animarse. Sólo una vez consiguió que Andresito se esperase hasta las

dos, pero al día siguiente sospechó con fundamento que en _Las Tres

Rosas_ habían estado a la espera, tras la puerta, unos ásperos bigotes y

una vara de medir, para dar las «¡buenas noches!» en las costillas al

bailarín rezagado.... ¿Era esto un novio serio? Y luego, aunque se quede

usted sólita en el baile, mucho cuidado con aceptar invitación de tantos

pollos amables, porque si el señor sabe que se ha bailado, pone un

hocico inaguantable y habla de un tal Otelo, y dispara un soneto en que

le pone a una de pérfida, perjura e infiel, que no hay por dónde

cogerla.... No señor; la cosa no puede seguir así. Ella se tenía la

culpa, por no hacer caso de mamá, que decía que los de _Las Tres Rosas_

eran unos ordinarios. Andresito era un buen chico, pero ella no podía

estar en ridículo y que las amigas le preguntasen irónicamente por su

novio. Como se decidiera otro que estaba a la vista, era cosa hecha:

plantaba a Andresito.

Llegaron los tres días de Carnaval. Por las mañanas, entre las

estudiantinas y comparsas que corrían las calles, pasaban las familias

ostentando a algún niño infeliz enfundado en la malla de Lohengrin, el

justillo de Quevedo o los rojos gregüescos de Mefistófeles. Los ciegos y

ciegas que el resto del año pregonan el papelito en el que está todo lo

que se canta iban en cuadrilla, guitarra al pecho, vestidos de

pescadores u odaliscas, mal pergeñados, con mugrientos trajes de

ropería.

Muchachos con pliegos de colores voceaban las _décimas y cuartetas_,

_alegres y divertidas_, _para las máscaras_, colecciones de disparates

métricos y porquerías rimadas, que por la tarde habían de provocar

alaridos de alegre escándalo en la Alameda. En la puerta del Mercado

vendíanse narices de cartón, bigotes de crin, ligas multicolores con

sonoros cascabeles, y caretas pintadas, capaces de oscurecer la

imaginación de los escultores de la Edad Media, unas con los músculos

contraídos por el dolor, un ojo saltado y arroyos de bermellón cayendo

por la mejilla; otras con una frente inmensa, espantosa; caras de

esqueletos con las fosas nasales hundidas y repugnantes; narices que son

higos aplastados, o que se prolongan como serpenteante trompa con un

cascabel en la punta; sonrisas contagiosas que provocan la carcajada y

carrillos rubicundos a los que se agarra un repugnante lagarto verde.

Los estudiantes, con el manteo terciado, tricornio en mano y ondeante en

la manga el lazo de la Facultad, corrían las calles como un rebaño loco,

asediando a los transeúntes para sacarles el dinero en nombre de la

caridad. Por la plazuela de las de Pajares desfilaron los de Medicina y

Derecho, y en torno de la enhiesta bandera amarilla o roja, las músicas

rompieron a tocar alegres valses, que rápidamente poblaban los balcones.

La expansión ruidosa de la juventud libre y sin cuidados invadía la

plaza como una atronadora borrachera. Volaban los tricornios a los

balcones; cada cara bonita provocaba floreos interminables, en los que

la hipérbole dilatábase hasta lo desconocido; y había muchacho que,

impulsado por alguna copita traidora, despreciaba la vulgar invitación

de las escaleras y se encaramaba por la fachada, agarrándose a las

rejas, para entregar un ramo de flores a la niña y pedirle un duro a la

mamá. Concha y Amparo recibían una ovación y doña Manuela, roja de

orgullo, repartía sonrisas y pesetas a todo el enjambre de diablos

negros, voceadores y gesticuladores que se agolpaba bajo el balcón. A

espaldas de ellas estaba Andresito Cuadros, que acababa de entrar en el

salón con el manteo terciado, una bayeta infame que tiznaba de negro la

camisa y la cara. Llevaba ramos para la mamá y las niñas, y estuvo

locuaz, atrevido, aunque, con gran desencanto de Amparito, no intentó

como los otros, subir por la fachada, sistema que a ella le parecía muy

interesante.

Por la tarde, Nelet enganchaba la galerita, y a la Alameda, donde la

fiesta tomaba el carácter de una saturnal de esclavos ebrios.

El disfraz de labrador era un pretexto para toda clase de expansiones

brutales; y acompañados por el retintín de los cascabeles de las ligas,

trotaban los grupos de zaragüelles planchados, chalecos de flores,

mantas ondeantes y tiesos pañuelos de seda. Un berrido ensordecedor, un

«¡_che_... _e_..._e_!» estridente, prolongado hasta lo infinito, como el

grito de guerra de los pieles rojas, conmovía las calles. Las criadas,

endomingadas, huían despavoridas al escuchar el vocerío; y pasaba la

tribu al galope, dando furiosos saltos, con sus caretas horriblemente

grotescas y esgrimiendo por encima de sus cabezas enormes navajas de

madera pintada con manchas de bermellón en la corva hoja. Revueltos con

ellos, iban los disfraces de siempre: mamarrachos con arrugadas

chisteras y levitas adornadas con arabescos de naipes; bebés que

asomaban la poblada barba bajo la careta y al compás del sonajero decían

cínicas enormidades; diablos verdes silbando con furia y azotando con el

rabo a los papanatas; gitanos con un burro moribundo y sarnoso tintado a

fajas como una cebra; payasos ágiles, viejas haraposas con una

repugnante escoba al hombro, y los tíos de «¡al higuí!» golpeando la

caña y haciendo saltar el cebo ante el escuadrón goloso de muchachos con

la boca abierta.

Toda esta invasión de figurones que trotaba por la ciudad, voceando como

un manicomio suelto, dirigíase a la Alameda, pasaba el puente del Real

envuelta con el gentío, y así que estaban en el paseo, iban unos hacia

el Plantío para dar bromas insufribles, sonando las bofetadas con la

mayor facilidad. La galerita de las de Pajares, a pesar de su cubierta

charolada, de los arneses brillantes y de sus ruedas amarillas, tan

finas y ligeras que parecían las de un juguete, aparecía empequeñecida y

deslustrada en el gigantesco rosario de berlinas y carretelas, faetones

y dog-carts que, como arcaduces de noria, estaban toda la tarde dando

vueltas y más vueltas por la avenida central del paseo.

Rafaelito habíase disfrazado de _clown_, y con otros de su calaña

ocupaba un carro de mudanzas, sobre cuya cubierta hacían diabluras y

saludaban con palabras groseras a todas las muchachas que estaban a tiro

de sus voces aflautadas. ¡Vaya unos chicos graciosos!

El carruaje de doña Manuela llevaba escolta. Un buen mozo con negro

dominó, montando un caballo de alquiler, marchó toda la tarde como

pegado a la portezuela, hablando con Concha, mientras la mamá y Amparo

miraban las máscaras. Era Roberto del Campo, el cual, a pesar de su

gallardía, iba resultando un posma, que sólo sabía decir floreos, sin

llegar nunca a declararse. La mamá comenzaba a no encontrar tan seductor

a aquel espantanovios. Dios sabe cuántas proposiciones habría perdido la

niña por culpa de aquel hombre, que gozaba todas las intimidades de un

novio, sin decidirse nunca a serlo. Pero Conchita se mostraba sorda a

los consejos de mamá. Ella lo pescaría; los hombres que las echan de

listos caen cuando menos lo esperan: todo era cuestión de tiempo y de

presentar buena cara.

Pasó el Carnaval y doña Manuela se vio en plena Cuaresma. Era la hora de

purgar los derroches y las alegrías de la temporada anterior. La modista

francesa presentaba la cuenta de los trajes de las niñas, y además hacía

falta dinero para los gastos de la casa. Total, que doña Manuela

necesitaba tres mil pesetas.

Su amiga doña Clara, la corredora de los prestamistas, de la que don

Juan hablaba pestes, no encontraba dinero para la viuda de Pajares.

--Francamente, doña Manuela: ¡tiene usted por ese mundo tantos pagarés

renovados y con intereses que no siempre se cobran...! Mis amigos se

niegan a dar un céntimo. ¡Si usted encontrase una persona con garantías

que quisiera avalar su firma...!

¡Persona con garantías...! No era tan fácil encontrar esto, que los

prestamistas pedían con tanta sencillez. Allí estaba su hermano, que

solamente con una palabra podía sacarla del apuro; pero no había que

pensar en semejante miserable, capaz de dejar perecer a toda su familia

antes que desprenderse de una peseta. ¡Qué angustiosa situación! ¡Y que

una persona distinguida como ella tuviera que verse en tal aprieto por

unas cuantas pesetas, cuando tantos miles había arrojado por la ventana

en otros tiempos...!

Había que pagar a la modista; la idea de que ésta podía decir la verdad

a sus parroquianas, todas señoras distinguidas, horrorizaba a la viuda,

a pesar de que no tenía la menor amistad con ellas. Y a fuerza de

cabildeos, acabó por encontrar la solución. La tenía al alcance de su

mano. Juanito, propietario y mayor de edad, era la firma con garantías

que ella necesitaba. En cuanto a las amenazas de don Juan, que había

previsto el caso, se burlaba de ellas. ¿No era Juanito su hijo?

Nunca vio el pobre muchacho tan dulce y complaciente a su mamá. La

escuchó, como siempre, embelesado, deleitándose con el eco de su voz, y

la madre tuvo necesidad de repetir sus peticiones para que Juanito se

diese cuenta de lo que decía. A pesar de su fanática adoración, el

muchacho experimentó cierto sobresalto al enterarse de que se le pedía

una firma por valor de tres mil pesetas. No lo podía remediar. Estaba

amasado con pasta de comerciante, y en cuestiones de dinero reaparecía

en él lo que tenía del padre y del abuelo.

--Pero mamá, ¿tan mal estamos de fortuna?

Doña Manuela estuvo elocuente. La vida cada vez más cara, las exigencias

del rango social muy costosas, y sobre todo, los hijos, ¡ay, los

hijos...! ¿Tú sabes, Juanito, lo que me costáis?

Y Juanito callaba, a pesar de que tenía razones de sobra para responder.

Desde la muerte de su padre se había comido la viuda la renta de su

huerto; lo llevó vestido hasta los veinte años con los desechos de su

padrastro; había ahorrado a su madre el gasto de una criada, cuidando

fervorosamente a sus hermanitos, aguantando sus rabietas de criaturas

nerviosas, y hacía ya diez años que ganaba su salario en _Las Tres

Rosas_, entregándolo íntegro a la mamá. ¿Qué gastos hacía él, vamos a

ver? En cambio, los otros.... Pero a los otros había que dejarlos en

paz. Él los quería lo mismo que a mamá, y su pena era no poder darles

más. Y el pobre muchacho callaba, sufriendo pacientemente las irritantes

mentiras de doña Manuela, que seguía hablando de los sacrificios por los

hijos. En fin, que necesitaba tres mil pesetas, y esperaba que Juanito,

su niño querido, salvaría la casa.

--Pero mamá, podíamos hablarle al tío. Él nos dejaría esa cantidad sin

intereses.

¿Al tío...? ¡Horror! Ni una palabra. Era un egoísta, un grosero, un

hombre sin educación.

--Cuidado, Juan, con decirle una palabra. Darías un disgusto a tu mamá.

--Pues entonces, puedo pedirlas a mi principal. Aunque don Antonio anda

ahora muy ocupado en eso de la Bolsa, siempre tendrá tres mil pesetas

para favorecer a unos buenos amigos.

Tampoco. A ése, menos. No quería adquirir compromisos con unas personas

así... tan ordinarias. Justamente había sabido el día anterior que

Amparito tenía relaciones con el hijo de Cuadros, y había experimentado

un verdadero disgusto. Unas relaciones sin «sentido común». ¡Casar a

Amparito, a la hija del doctor Pajares, con el hijo de Teresa, que había

sido criada de doña Manuela! No; la familia no había llegado aún tan

bajo, y aunque apurada, no estaba para emparentar con una fregona. Ya se

sabía que Antonio Cuadros se había lanzado en plena Bolsa, y aunque con

timidez, hacía sus operaciones; pero cuando tuviera muchos miles de

duros, ¡muchos! entonces podía volver Andresito... y veríamos.

Decididamente, no quería pedir préstamos a una gente inferior, que la

trataría con desdeñosa confianza al conocer sus apuros.

Y descartados don Juan y el comerciante, doña Manuela volvió a la carga;

el hijo intentó resistirse, pero al fin le aturdieron las caricias

maternales y firmó cuanto quiso la mamá.

La consideración de que parte de aquel dinero era para pagar el abono de

las tres butacas que la familia tenía en el Principal a turno impar le

hizo decidirse. Sin teatro, ¿qué iban a hacer sus hermanitas? ¿Para qué

aquellos trajes que tan caros costaban? Allí podían encontrar buenas

proposiciones que asegurasen su porvenir, y sería una crueldad que él

cortase la carrera a las dos muchachas.

Y Juanito sintióse feliz, en aquella temporada de Cuaresma, cada noche

que cenaba con la familia, puesta de veinticinco alfileres, comiendo

incómoda con la _toilette_ de teatro y estremeciéndose de impaciencia,

mientras abajo sonaban las coces del caballo contra los guijarros del

patio y los tirones que daba a la galerita.

Cantaba un tenor «eminencia», uno de esos tiranuelos de la escena que

cobran por noche cinco mil francos para entonar una romanza o un dúo y

estar de cuerpo presente en el resto de la obra. Era signo de distinción

y de buen gusto dejarse robar por la eminencia; se congregaba para

cruzar sonrisas y saludos lo mejorcito de Valencia, y las dos niñas

pasaban el día siguiente hablando con entusiasmo del _do_ de pecho del

tenor y de los vestidos escotados de las del palco 7; de los diamantes

de la tiple y de la facha ridícula del director de orquesta, un tío

melenudo, con gafas de oro, que en los momentos difíciles braceaba como

un loco, se levantaba del sillón y parecía querer pegarles a los

músicos, a los artistas y hasta al público.

El gran tenor y sus triunfos figuraban en todas las conversaciones, y al

fin, el pobre muchacho cayó en la tentación, no de oír el _Otello_ de

Verdi, sino de ver el bicho raro que abriendo la boca se tragaba cinco

mil francos de una sentada. Él, que sin remordimiento había firmado por

tres mil pesetas, tuvo que reflexionar y hacer un esfuerzo supremo para

gastarse cuatro. ¡Alguna vez había de ser calavera! Y empujado por la

muchedumbre, asaltó las alturas, el «paraíso» de fuego, donde,

acoplándose cada espectador entre las rodillas del vecino inmediato,

formaba el público un mosaico apretado y sólido. Allí permaneció toda la

noche, confundido con la demagogia lírica, sin entender una palabra,

fastidiándose horriblemente, diciendo en su interior que aquella música

era como la de las iglesias, pero sin valor para estornudar ni mover pie

ni mano, por miedo a aquellos señores que oían con la boca entreabierta,

los ojos puestos en el techo, inertes y extasiados como fakires en el

_nirvana_, y que, al menor ruido, ponían el mismo gesto que si un ratero

les hurtase el bolsillo. Al terminar el acto, armaban una algarabía de

mil diablos, discutiendo e insultándose en un _caló_ ininteligible, y

sacando a colación la madera, el metal y la cuerda, como si tratasen de

construir un navio.

Juanito, contagiado por el ardor de pelea que reinaba en las alturas,

sentía tentaciones de gritar que aquello era fastidioso y lo de los

cinco mil francos un robo; pero callaba, por miedo a los energúmenos

artísticos, y consolábase mirando abajo las rojas filas de butacas,

donde se destacaban los lindos sombreros de sus hermanas y la majestuosa

capota de mamá. Un sentimiento de orgullo le invadía al contemplar a su

familia tan esplenderosa en aquel ambiente cargado de luz y de perfume,

y hasta ciertos instantes le faltó poco para llamar a Amparito y hacerle

un cariñoso saludo.

¡Y pensar que en casa se pasaban tantos apuros para sostener aquel lujo!

¡Quién lo diría viéndolas tan elegantes y risueñas, especialmente la

mamá, que lucía brillantes en pecho, orejas y manos, y que antes quería

pasar hambre que deshacerse de ellos...! Y el pobre muchacho, siguiendo

la corriente de la lógica, pensaba con horror si todas las señoras que

allí estaban cargadas de flores y joyas, exhibiendo sus sonrisas de

mujer feliz, habrían tenido que pedir prestado como su madre.... El

recuerdo de esta noche quedó en la memoria de Juanito con una impresión

de calor asfixiante y aburrimiento inmenso. Al avalar el pagaré de su

madre, había pensado revelar a su tío esta debilidad, pues incapaz de

hacer nada por cuenta propia, se lo consultaba todo a don Juan. Pero

esta vez fue perezoso; transcurrió el tiempo sin encontrar ocasión para

ir a casa de su tío, y al fin nada le dijo.

Además, su posición en _Las Tres Rosas_ tenía a Juanito pensativo y

preocupado. Desde que su principal se dedicaba en cuerpo y alma a la

Bolsa, animado por ciertas jugadas de fortuna, Juanito era de hecho el

dueño de la tienda. La mañana pasábala don Antonio conferenciando con

los corredores en la trastienda, leyendo los despachos bursátiles de los

periódicos, haciendo comentarios y sosteniendo disputas con ciertos

amigos nuevos que formaban corro a la puerta del establecimiento y

hablaban con calor de la alza y la baja, los enteros y los céntimos. Por

la tarde íbase a la Bolsa, de donde volvía al anochecer, sudoroso,

enardecido, llevando en su mirada la fiebre de los conquistadores.

Aquel hombre parsimonioso, de costumbres morigeradas, estaba en plena

revolución. Vivía inquieto, nervioso, y en sus palabras y ademanes

notábase cierto tono de grandeza, sin duda por la costumbre adquirida de

hablar de millones y más millones con tanto desprecio como si fuesen

pañuelos de dos pesetas docena. Las cosas de la tienda tratábalas ahora

con indiferencia, como asuntos sin importancia, dignos sólo de una

capacidad vulgar. Encargó a Juanito de la dirección de la casa, y cada

vez que éste le consultaba, respondía con displicencia:

--Haz lo que quieras, hijo mío. Allá tú. Aunque salga mal algún negocio,

no me arruinaré. Yo estoy ahora en mi verdadero terreno; he encontrado

el filón.

Y pasando por él una ráfaga de confianza, desarrollaba un panorama tan

encantador a los ojos de su dependiente, que los instintos de

comerciante rapaz despertaban en éste y se estremecía de pies a cabeza

con el escalofrío de la ambición. ¡Vaya un negocio ruin el de la tienda!

Trabajar rudamente, exponerse a pérdidas, sufrir la mala educación de

los compradores, todo para juntar, céntimo tras céntimo, unos cuantos

miles de reales a fin de año. Para negocios, los suyos. Daba sus órdenes

a los corredores, se acostaba tranquilo y al día siguiente levantábase

con la noticia de haber ganado mil duros sin trabajo alguno. Era verdad

que se corría el peligro de perder mucho, muchísimo; pero cuando se

tenía una cabeza como la suya, buenos amigos, excelente información y un

acertado golpe de vista, no había cuidado.

Y el infeliz mortal poseedor de tantas cualidades paseaba por la tienda

ante su asombrado dependiente, con toda la prosopopeya de un hombre que

tiene agarrada la fortuna por los pelos y no piensa soltarla.... Y todo

porque con unas cuantas operaciones tímidas, yendo a la zaga de otros

más expertos, había ganado mil duros.

Todo quiere empezar; y él, puesto ya en el camino de la suerte,

aseguraba a su dependiente que antes de un año tendría millones, sí

señor, millones no nominales ni de mentirijillas como los que compraba y

vendía en la Bolsa, sino reales y efectivos, prontos a convertirse en

fincas o en acciones. ¿Dónde estaban ahora esos ignorantes capaces de

asegurar que en la Bolsa se encuentra la ruina? Buenos ejemplos tenía a

la vista para convencerse de su error. Todo el mundo jugaba. Gentes que

un año antes no tenían sobre qué caerse muertas gastaban ahora carruaje

propio; comerciantes que no podían pagar una letra de veinticinco

pesetas jugaban millones, dándose una vida de príncipes; y la Bolsa,

«aunque a él le estuviera mal el decirlo», era una gran institución,

porque gracias a ella corría el dinero y había prosperidad, y un hombre

podía emanciparse de la esclavitud del mostrador, haciéndose rico en

cuatro días. Y si lo dudaba Juanito, que mirase a López, ése cuya señora

era amiga de la mamá. Pues el tal López no tenía un céntimo, pero metió

la cabeza en la Bolsa, y ahora no se dejaría ahorcar por ochenta mil

duros, ni por cien mil. En resumen: que a él le importaba un bledo la

tienda, y se burlaba de aquel comercio a la antigua, que sólo servía

para que los hombres de capacidad financiera se matasen trabajando como

unos burros, para comer sopas a la vejez.

Justamente, en la época que don Antonio abandonaba su tienda, cada vez

más atraído por los negocios, fue cuando Juanito comenzó a sentirse

dominado por una preocupación.

Entre las parroquianas de la casa había una joven que los dependientes

designaban con el apodo de «la beatita». Era una criatura tímida, dulce,

encogida, que hablaba con los ojos bajos y sonreía a cada palabra, como

pidiendo perdón. Evitaba entenderse con los dependientes, sin duda por

molestarla sus exagerados cumplimientos, ese afán de decir a toda

parroquiana, con voz automática, que es muy bonita, para despachar mejor

la mercancía; y apenas entraba en la tienda, buscaba con los ojos a

Juanito, muchacho juicioso, tan tímido como ella y que no se permitía el

menor atrevimiento.

Los dos se entendían perfectamente. Discutían con gravedad el precio y

la clase de las telas; y tan grande era la simpatía, que si aquel

grandullón de enormes barbas osaba decir una palabra un poco alegre, «la

beatita» sonreía con toda su alma, mostrando una dentadura igual y

brillante.

Iba con frecuencia a _Las Tres Rosas_, por ser los géneros baratos, y

Juanito, insensiblemente, recogiendo hoy una palabra y uniéndola con

otra tres días después, se enteró de quién era.

Llamábase Antonia. Trabajaba de costurera a domicilio, y tenía tan

buenas manos, que se la disputaban las parroquianas, señoritas de escasa

fortuna, que acogían como una felicidad el confeccionar en sus casas

vestidos iguales a los de las modistas. Era huérfana. Su padre había

sido cochero en una casa grande; su madre, portera. La difunta señora,

una condesa anciana, había sido su madrina, costeando su educación en

un colegio modesto, y todavía Antonia iba a visitar algunas veces a «las

señoritas», las hijas de su protectora, que se habían casado. Vivía con

una amiga de su madre, vieja y casi ciega, antigua criada durante veinte

años de un señor enfermo y malhumorado, que al morir le legó una renta

de dos pesetas, lo suficiente para no morirse de hambre. Tónica--así la

llamaban sus parroquianas--comía en casa de éstas, cosía once horas,

cuando no tenía que salir para comprar tela, hilo o botones, y por la

noche regresaba a su habitación de la calle de Gracia, un piso tercero

de una casa vieja y pequeña, que las dos mujeres tenían como «taza de

plata», según expresión de las vecinas.

Juanito miraba a la joven con tierna simpatía. ¡Era tan buena

muchacha...! Para convencerse, bastaba verla por la calle con el velo

caído sobre los ojos bajos, andando con paso menudo y gracioso, arrimada

siempre a la pared, como si quisiera evitar la atención de los

transeúntes.

Su belleza no era gran cosa. La cara redondita y pálida, la nariz algo

corta, pero con unos ojos hermosos, cobijados por las grandes cejas,

que, pobladas de sobra, tendían a juntarse, formando una sola línea.

Pero lo que a Juanito le encantaba más en su parroquiana era la sonrisa

y aquella dentadura que en el fondo carmesí de la boca brillaba nítida,

igual, sin una picadura, sin una pieza saliente, como esas muestras

perfectas que los dentistas colocan en sus escaparates.

Esta amistad, que se estrechaba por encima del mostrador, iba siendo una

necesidad para los dos. Tónica, al entrar, no hacía caso de las palabras

de los dependientes, e iba recta en busca de aquel barbudo tan tímido

como ella, que muchas veces le enseñaba las muestras con manos

temblorosas; y Juanito experimentaba un verdadero disgusto cuando se

ausentaba de la tienda y al volver le decían que había estado «la

beatita».

Examinaba el menor detalle de su persona, alabando la delicadeza de sus

gustos. Era una pobre costurera y llevaba siempre guantes. Aseguraba que

no podía prescindir de ellos, así como de otras costumbres superiores a

su clase, adquiridas cuando niña en casa de su madrina. Rendida del

trabajo, dedicaba las horas de la noche y los domingos enteros a la

lectura de novelas, devorándolas, sin predilección, pues bastaba para su

gusto que la hiciesen llorar mucho, pero mucho. Ganando siete reales por

once horas de trabajo, era una sedienta de ideal; y acostumbrada al

lenguaje de las madres sin ventura, de las mártires del amor, de todas

aquellas señoras pálidas, ojerosas y vestidas de blanco que saludaba en

las obras favoritas, hablaba en la intimidad con cierto sabor

sentimental de novela por entregas.

En casa de doña Manuela notaron que algo extraño ocurría a Juanito, y

eso que no se fijaban en él gran cosa. Ciertas mañanas, llegaba muy

contento a la hora de comer; sus hermanas le oían cantar paseando por

las habitaciones, y ¡caso raro! él, tan despreocupado en materias de

adorno, enfadóse dos veces porque le planchaban mal las camisas, y pidió

seriamente a la mamá que le comprase una corbata, pues la que llevaba

era un asco, de deshilachada y mugrienta.

Amparito reíase en las narices de su hermano. Ahora que era un viejo, le

daba por presumir.... ¿Tenía, acaso, novia? Pues hijo, debía creerla a

ella, que, aunque joven, tenía experiencia. Eso de los noviazgos sólo

servía para disgustos y lloros. Bastante requemada la tenían a ella los

amores. Por un lado, la mamá con sus sofoquinas y pellizcos, ordenándole

que rompiese las relaciones con el hijo de Cuadros, por ser una

proporción desventajosa y denigrante para la familia; y por otro, el tal

señorito acosándola, enviando carta tras carta, unas veces en prosa y

otras en verso, pero siempre repitiendo lo del corazón de hielo,

pérfida, cruel, etc., etc.

--Ya ves, Juanito mío, que esto no es vivir. Dile a ese chico que no sea

machacón. Al fin, dos meses de relaciones no dan derecho para tanto. La

mamá le dijo con muy buenas palabras que no volviese por aquí, que no

pensase más en mi persona; pero ¡que si quieres...! Me asomo al balcón,

y ¡cataplum! allí está en la esquina mi hombre, con una cara tan

desmayada, que da risa; salgo a paseo, y siempre que vuelvo la cabeza

veo tras de mí al moscardón, con un aspecto que no parece sino que

cualquier día va a subir al Miguelete para tirarse de cabeza, ¡Pero,

hombre, tú que tienes amistad con él y te hace caso, dile que no sea tan

pesado! Dile que yo le querré siempre como un buen amigo, pero que no me

importune más, pues su testarudez la pago yo. A mí no me incomoda, pero

mamá se pone furiosa al verle; cree que yo aliento esa constancia, que

nos entendemos sin que ella lo sepa, y la otra tarde, al volver de

paseo, me dio un par de bofetones. Ya ves, Juanito... pegarme a mí... y

por culpa de ese mico. Que no vuelva: dile que no vuelva, o le

aborreceré.

Pero lo que la traviesa muñeca no decía era que le importaban muy poco

las cóleras de mamá y que deseaba la desaparición de Andresito por

propio interés. En los bailes de Carnaval había conocido a Fernando, un

teniente de artillería, esbelto, con cintura de señorita, que en el

teatro, durante los entreactos, rondaba por cerca de sus butacas

buscando ocasión de saludarla con gracia marcial que encantaba a

Amparito.

Era amigo de Rafael; pensaba llevarlo a casa lo mismo que a Roberto del

Campo, y la niña se temía que la tenacidad del antiguo novio detuviera

una declaración que tanto esperaba.

Llegó la fiesta de San José, que aquel año tuvo para la familia

excepcional importancia. Desde una semana antes, la granujería corría

las calles arrastrando sillas rotas y esteras agujereadas, pidiendo a

gritos, con monótona canturía, «¡_Una estoreta velleta_...!»

La plazuela de las de Pajares tenía un vecindario bullicioso y alegre:

gente de pura sangre valenciana, que vivía estrechamente con el producto

de sus pequeñas industrias, pero a la que nunca faltaba humor para

inventar fiestas. La paternidad de la idea fue del dueño del cafetín

establecido frente a la casa de doña Manuela, un sujeto panzudo y

flemático, que gozaba en el barrio fama de chistoso y había heredado el

apodo de _Espantagosos_, sin duda porque alguno de sus antecesores no

estaba en buenas relaciones con la raza canina. Era una vergüenza para

los vecinos de la plaza no levantar en ella una _falla_ que compitiese

con las muchas que se estaban arreglando en varios puntos de la ciudad,

y la proposición del cafetinero fue acogida con entusiasmo por toda la

gente de los pisos bajos.

El iniciador asocióse a dos zapateros y un carpintero, que, por tratarse

de San José, se creía con derecho propio, y todos juntos formaron algo

que bien podía llamarse Comité de Vecinos, teniendo por principal objeto

dar sablazos en todo el barrio para el arreglo de la _falla_. Como doña

Manuela era la vecina más encopetada y su casa la mejor de la plazuela,

los pedigüeños pusiéronse bajo su protección, y elogiaron rastreramente

su riqueza, la belleza de las niñas y hasta la suya propia: todo para

sacarla cinco duros.

La proyectada hoguera entusiasmaba a los vecinos, siendo el eterno tema

de conversación en las porterías y establecimientos de la plazuela.

Todos se animaban, con ese entusiasmo valenciano que se inflama al

pensar en fiestas y bullicios. La _falla_ es la fiesta popular por

excelencia: una costumbre árabe, transformada y mejorada a través de los

siglos hasta convertirse en caricatura audaz, en protesta de la plebe.

Primero, los moros, en los ruidosos _alalíes_ con que solemnizaban sus

festividades, gozaban en hacer grandes hogueras; los cristianos

adoptaron después esta costumbre, como muchas otras; lentamente, el

número de _fallas_ fue limitándose en el año, hasta quedar las de San

José, que hacían los carpinteros para solemnizar la fiesta de su patrón

y la llegada del buen tiempo, en el que ya no se trabaja de noche; hasta

que por fin, el espíritu innovador del siglo hermoseó la _falla_,

dándole un aspecto artístico, encerrando el montón de esteras y trastos

viejos entre cuatro bastidores pintados y colocando encima monigotes

ridículos para regocijo de la multitud. Al principio, las figuras

groseras y mal pergeñadas representaron escenas de la vida privada,

murmuraraciones de vecinos; pero después la sátira se remontó,

metiéndose de rondón en la política, y las _fallas_ se convirtieron en

burlas al gobierno y caricaturas de la autoridad.

Las niñas de doña: Manuela despreciaban la fiesta que se preparaba. Era

una cursilería, como organizada por la gente ordinaria de la plazuela,

buena únicamente para divertir a los de escaleras abajo. Pero la víspera

de San José, impulsadas por la curiosidad, se asomaron al balcón muy

temprano y experimentaron una agradable sorpresa, pese a su anterior

indiferencia de muchachas distinguidas.

En el centro de la plazuela, sobre una gruesa capa de arena, elevábase

todo un edificio de lienzo, con pintura que imitaba a la piedra: un

gigantesco dado, en cuya cara superior elevábanse ocho figuras de tamaño

natural.

Los balcones y puertas estaban adornados con centenares de banderitas

rojas y amarillas, que daban a la plazuela el aspecto de un buque

empavesado; y este derroche de ondeante percalia extendíase por las

calles adyacentes. A trechos, en las paredes, mostrábanse, clavados,

grandes carteles con versos valencianos en letras de colores, ante los

cuales el público de las primeras horas--obreros que iban al trabajo,

criadas, barrenderos, etc.--, después de deletrear trabajosamente,

soltaba ruidosa carcajada.

Pero lo que a las dos hermanas les llamaba la atención era la _falla_.

No estaba mal aquello, para ser obra de gente tan ordinaria como el

cafetinero y sus cofrades.

Los monigotes eran siete bebés colosales, que componían una orquesta

abigarrada, y en el centro, un caballero de frac y batuta en mano. ¿Qué

intención oculta tenía aquello? Pero Amparito soltó la carcajada

inmediatamente. El tupé descomunal y grotesco del director de orquesta

se lo explicó todo. Aquél era Sagasta, y los otros los ministros. Estaba

segura de ello. En los periódicos satíricos que compraba Rafael había

visto aquellas caras convencionales, destrozadas por él lápiz de los

caricaturistas; y partiendo del descubrimiento del famoso tupé, fue

señalando a su hermana cada bebé por su nombre, riéndose como una loca

al ver que el ministro de Hacienda tocaba el violón.

Pero cuando su alegría subió de punto fue al ver que algunos chicuelos,

escondidos entre los biombos, tiraban de cuerdas, poniendo en movimiento

a los monigotes. ¡Qué gracioso era aquello...! Las dos hermanas reían

contemplando las contorsiones del señor del tupé, que a cada movimiento

de batuta parecía próximo a partirse por el talle, la rigidez automática

y grotesca con que los bebés tocaban en sus instrumentos una muda

sinfonía, que causaba gran algazara en el gentío.

Amparito se sintió tan entusiasmada, que hasta envió una sonrisa amable

al cafetín de enfrente, donde el padre de tal obra despachaba cepitas

tras el mostrador, mientras su mujer, lavada y peinada como en días de

gran fiesta, con los robustos brazos arremangados y delantal blanco,

estaba en la puerta sentada ante un fogón, con el barreño de la masa al

lado, arrojando en la laguna de aceite hirviente las agujereadas pellas,

que se doraban al instante, entre infernal chisporroteo. Eran los

buñuelos de San José, el manjar de la fiesta; como frutos de oro,

colgaban muchos de ellos de un colosal laurel, que recordaba el Jardín

de las Hespérides.

Bien entendía sus negocios el cafetinero. La tal _falla_ iba a acabar

con todo el aguardiente de sus barrilillos, mientras su mujer fabricaba

los buñuelos por arrobas.

Toda la familia de doña Manuela se entusiasmó con el aspecto de la

_falla_. Había que avisar a las amigas. Por la tarde tendrían música en

la plaza; y la rumbosa viuda pensaba ya con placer en el «brillante»

aspecto que presentaría su salón, bailando las niñas y sus amiguitas,

mientras las mamas pasarían al comedor a tomar un chocolate digno del

esplendor de la familia.

La casa de doña Manuela llamó la atención por la tarde casi tanto como

la _falla_. Entre las banderolas nacionales de los balcones asomaban una

docena de airosos cuerpos y graciosas cabezas, elegante escuadrón de

muchachas, que, cogiéndose de la cintura, jugueteando o riendo, miraban

al gentío que rebullía abajo.

Detrás de las niñas de doña Manuela y sus amigas asomaban algunas veces

cabezas de hombres: Rafaelito, su amigo Roberto y Fernando, el teniente

de artillería, que por fin había sido presentado en la casa por el

hermano de Amparito. La brillante pollada del balcón agitábase con gran

algazara, sin importarle las miradas curiosas de los de abajo; dominaba

en ella esa nerviosa alegría de las jóvenes cuando, libres

momentáneamente del sermoneo de las mamas, sienten una oculta comezón,

un vehemente deseo de cometer diabluras. Con el anhelo de su libertad,

iban de una parte a otra sin saber por qué. Asomábanse al balcón; de

repente, una, por hacer algo, corría a la sala, y todas la seguían con

alegre taconeo, riendo, formando parejas, hasta que al poco rato

iniciábase la fuga en sentido opuesto, y el gracioso trotecillo las

devolvía otra vez al espectáculo de la plaza.

Un olor punzante de aceite frito impregnaba el ambiente. El fogón de la

buñolería era un pebetero de la peor especie, que perfumaba de grasa

toda la plazuela, irritando pegajosamente los olfatos y las gargantas.

En la puerta del cafetín amontonábase la granujería, siguiendo con

mirada ávida el voltear de los trozos de pasta entre las burbujas del

aceite, y dentro del establecimiento, los hombres, formando corrillos

ante el mostrador, hablaban a gritos o se impacientaban al ver que el

cafetinero, según propia afirmación, no tenía bastantes manos para

servir a todos.

En un ángulo de la plaza estaba la tribuna de la música, un tablado

bajo, cuyas barandillas acababan de cubrirse con telas de colorines

manchadas de cera, como recuerdo de las muchas fiestas de iglesia en que

se habían ostentado.

--¡Música...! ¡músicaaaa!--gritaba la gente.

Y los músicos, azorados por el vocerío, iban hacia el tablado abriéndose

paso en la muchedumbre. Era la banda de un pueblo de las cercanías;

rústicos gañanes que, enfundados en un uniforme mal cortado, faja de

general y ros vistoso con pompón de rabo de gallo, andaban con cierta

dificultad--como si los pies, acostumbrados a alpargatas en el resto de

la semana, protestasen al verse oprimidos en botitos de gomas--,

mientras el sudor de su cuerpo sano y vigoroso rezumaba por todas las

costuras de la guerrera.

La primera mazurca de la ruidosa banda puso en conmoción a toda la

plazuela. Algunos granujas con tufos y blusa blanca bailaban íntimamente

agarrados con femenil contoneo, empujando a la muchedumbre curiosa,

chocando muchas veces contra el tablado de la música. Las alegres notas

de los cornetines parecían esparcir por toda la plaza un ambiente de

alegría. ¡Adiós el invierno! La primavera se acercaba con sus tibias

caricias, y en los balcones sonreían las muchachas, mirando de soslayo a

los que se detenían para contemplarlas.

Amparito era la única que estaba seria. ¡Pero cuán desgraciada era!

¡Para ella toda fiesta había de traer el consiguiente disgusto! ¡Allí

estaba él...! ¡_él_! el «posma», aquel Andresito, que de novio era un

estúpido, y de amante despreciado y terco una insufrible calamidad.

Le veía apoyado en la pared de enfrente, cerca del cafetín, de puntillas

algunas veces para dominar mejor el agitado río de cabezas que en

corriente interminable atravesaba la plazuela, y lanzando al balcón de

Amparito miradas de inmensa desesperación, que ella... ¡la ingrata!

decía que eran de cordero degollado.

Ame usted; pase las noches de claro en claro, estrujando la inspiración

para fabricar sonetos amorosos; expóngase usted a los arrebatos de un

papá indignado que quiere que la familia se retire pronto... ¿y todo

para qué? para que ahora, despedido y olvidado sin justificación alguna,

_ella_, la mujer de los ensueños e inspiraciones, la décima musa, le

mirase con cara de pocos amigos, diciéndole con sus ojos desdeñosos:

«¡Largo de aquí, trasto...! ¡No me importunes más!»

Y sí Amparito no pensaba esto mismo que suponía el antiguo novio, era

algo parecido lo que expresaban sus miradas fieras y sus gestos

desdeñosos para espantar a aquel moscardón molesto, que no la dejaba «ni

a sol ni a sombra».

¿Y aún seguía allí, tieso como un poste, importunándola con sus

miraditas? ¿No tenía bastante con tantos desdenes? Pues ahora verás. Y

se puso a coquetear con el teniente, con el gallardo Fernando, que

estaba en el balcón, de uniforme, al aire la rapada y morena cabeza,

asediando a la niña con la media docena de palabritas galantes que tenía

en su repertorio para los casos de conquista.

Amparo y el teniente, en un extremo del balcón, volviendo casi la

espalda a la plaza y aislados del grupo juvenil que hablaba y reía junto

a ellos, tenían el aspecto de verdaderos novios; él, serio, solemne,

llevándose la mano al tercer botón de la guerrera, que es donde suponía

estaba el corazón, mirando algunas veces al cielo, todo para dar más

fuerza y sinceridad a lo que decía; y ella, con cierta sonrisilla

irónica, negando con graciosos movimientos de cabeza y volviendo algunas

veces la mirada para ver si el «posma» seguía allí. Nada le importaba

Andresito; pero a pesar de esto, sentía cierta satisfacción pensando que

estaba a sus espaldas viéndolo todo. ¡Proporciona tanto gusto hacer

sufrir...!

El poeta sufría como uno de los condenados de aquel poema de Dante, cuya

lectura nunca había podido terminar. Gracias a que era un «vate

aplaudido» en la Juventud Católica y tenía ideas muy cristianas; que si

no, a la vista de tamaña traición hubiera sido capaz de ahogar su dolor

cometiendo la más atroz barrabasada, por ejemplo, dando un adiós

patético a la ingrata, y arrojándose después de cabeza en aquel caldero

de aceite hirviendo donde volteaban los buñuelos.

Pero no se mataría; ante todo, las creencias y el ser poeta. La muerte

frita no figura entre los suicidios de los hombres de genio. Pero si no

se mataba, sabría vengarse; él era un hombre, y cuando bajase aquel

teniente ya le exigiría cuentas. Le mataría, sí señor, le mataría; y

después, ¡qué escena tan trágica! el teniente a sus pies, atravesado de

una estocada; Amparito, desmelenada, sollozante, increpando al cielo; y

él erguido como gigantesco fantasma, el ensangrentado acero en la mano,

y en el rostro una sonrisa desesperada, infernal, loca; algo que

recordase el último acto del _Don Álvaro_. Y el pobre muchacho apretaba

con mano crispada su junquillo, que para su imaginación era «toledano

acero», y pensaba desordenadamente en Lope de Vega, Quevedo, Cervantes y

Lord Byron; en todos los grandes hombres que, según frase de Andresito,

habían tenido malas pulgas, y lo mismo escribían que daban una estocada.

¡Bailad tranquilos, granujas alegres e insolentes; mirad la _falla_,

burgueses bondadosos; reíd como gallinas cacareadoras, mujercillas que

celebráis las contorsiones de los monigotes! Todos ignoráis que el

volcán ruge a pocos pasos de vosotros; no sabéis que hay un hombre que

prepara la más horrible de las tragedias; y mañana, cuando salga en los

periódicos la extensa relación de lo ocurrido, no podréis imaginaros que

la fiera en figura humana que mató al rival, a la novia y hasta a la

mamá, si es que se decide a bajar, era el joven «dulce y simpático» que,

pálido como un muerto, estaba hecho un poste cerca del cafetín.

Sí; mataría y moriría después; estaba decidido. Y miró al balcón,

procurando dar a sus ojos la más insolente expresión de reto; pero se

fijó con insistencia en el teniente. Tenía buenas espaldas, su cabeza

morena no era de víctima, le colgaba del talle un espadín y además,

según informes de Andresito, tenía entre sus amigotes fama de bruto.

Él no tenía miedo, ¡vive Dios! ¿qué había de tener? Pero bien mirado,

era una vulgaridad, un detalle de mal gusto, el enredarse a golpes en

medio de la calle con un majadero sin otra sociedad que la de las muías

de su batería. No señor; su belicoso plan quedaba desechado. ¿Qué dirían

en la Juventud Católica? Un autor que había provocado delirios de

entusiasmo con aquella oda dulcísima a la Virgen:

/*

_Señora_, _tú que sabes_

_el secreto del canto de las aves_....

*/

Un hombre que tantas lindezas sabía fabricar, no se peleaba con aquel

mozo de cordel. Los poetas se vengan de otro modo. Les basta encerrarse

en su inmenso dolor, lanzarlo en tristes estrofas al rostro de la

ingrata, para que ésta desfallezca bajo el más terrible de los

castigos.... Estaba decidido: abominaría del mundo y sus «vanas pompas»;

se retiraría a un desierto, sería fraile, pero no como aquellos

barbudos, malolientes y zarrapastrosos que iban por las calles, alforjas

al cuello, sino con arreglo a figurín: frailecillo blanco y melancólico,

vestido con franela fina, la cruz roja al pecho y los ojos en alto, como

si _filase_ el lamento tierno, interminable, de las almas heridas: una

fiel imitación de Gayarre en el último acto de _La Favorita_.

Y Andresito, como si se viera ya vestido de blanco, errante por poética

selva, con el pelo cortado en flequillo y los brazos cruzados sobre el

pecho, canturreaba con voz dulce y lacrimosa: «_Spirito gentil_...»

Algunos se detenían sonriendo al oír el canto tristón y apagado, que

parecía salirle de los talones; pero ¡valiente caso hacía él de los

curiosos! ¡Como si una alma grande no estuviera, en sus dolores, por

encima de la vulgaridad!

Y miró al balcón. Ya no estaban allí. Los infames se habían metido en el

salón, y estarían en aquel instante arrullándose, con la primera delicia

del amor naciente, vacilando en usar el confianzudo tuteo. Y él...

abajo, solo con su desesperación; pero sabría vengarse. Sus ilusiones de

venganza le conmovían tanto, que se sentía próximo a estallar en

sollozos. Y lloraba, sí señor; habíase llevado un dedo a los ojos y lo

retiraba mojado de lágrimas. ¡Llorar un hombre como él! ¡Ah, la

ingrata...! Pero un golpe de tos seca, espasmódica, asfixiante, le

volvió a la realidad.

Estaba envuelto en el humo azulado, sutil y picante que se escapaba del

fogón de los buñuelos; un vaho grasoso, inaguantable, capaz de hacer

llorar y toser a los monigotes de la _falla_ Y lo primero que vio al

volver de sus ensueños fue un par de viejos que, asomados a la puerta

del cafetín, le miraban con sonrisa burlona. Eran dos buenos

parroquianos, con la gorrilla caída sobre la frente, los ojos vidriosos

y lagrimeantes, y la nariz violácea y húmeda; una yunta alegre, unida

por el yugo fraternal del alcohol, que, mientras hubiese cafetines

abiertos, declaraban, como el doctor Pangloss, que este mundo es el

mejor de los mundos posibles.

Con el sucio pañuelo de hierbas en la mano, accionaban dando gritos ante

el mostrador de _Espantagosos_; pero las rarezas de aquel señorito que

hablaba solo y miraba al balcón de enfrente llamaron su atención, y con

la cariñosa insolencia de los borrachos alegres, pusiéronse a

contemplarle, riendo de sus gestos dolorosos.

Al ver que Andresito les miraba, hiciéronle amistosas señas como si le

conociesen de toda su vida. ¡Vaya una gente francota...! ¿Que si

aceptaba una copita? No señor, muchas gracias; no tenía la costumbre de

beber.... Bueno; pues eso se perdía; conste que ellos la ofrecían de

buena voluntad, al verle tan triste. ¡Buena suerte y que saliese pronto

de cuidado! Y los dos viejos, que sólo necesitaban unas cuantas copas

para ser dueños de la _falla_, de la plaza y del mundo entero,

metiéronse en el cafetín a continuar la obra.

Andresito seguía tieso en su puesto, sin mover los pies, con las piernas

entumecidas y el cuello dolorido de mirar a lo alto. ¡Y la ingrata no

reaparecía! Las amigas, en el balcón; Concha, la hermana, coqueteando

con Roberto; y ellos dentro, buscando la soledad y la discreta

penumbra.... ¡Dios mío! ¡Qué cosas le diría aquel bruto de las dos

estrellas, para tenerla tan embobada lejos del balcón, a pesar de la

música y de lo animada que estaba la plaza...!

Para mayor tormento del pobre muchacho, los dos viejos cínicos del

cafetín hablaban a gritos, y por más esfuerzos que hacía, sus palabras

le obsesionaban, le hacían olvidar su papel de poeta desesperado e

infeliz, del que en el fondo se hallaba satisfecho. Estaban en la misma

puerta del cafetín, jugueteando como dos chavales, dándose golpecitos en

el abdomen y obsequiándose mutuamente con buñuelos, que acompañaban de

latines y signos en el aire, como si se administrasen la comunión. ¡Vaya

un par de «puntos» alegres! Todos los parroquianos se reían, y hasta el

mismo cafetinero desarrugaba el ceño, a pesar de que conocía el final de

tales bromas y lo mucho que costaba ponerlos en la calle.

Pero al beber otra vez, tornáronse melancólicos. Miraban al trasluz el

aguardiente, y con los vasitos en alto y los ojos elevados, como si les

hipnotizase el blanco líquido, hacíanse mutuas confidencias, arrastrando

las sílabas trabajosamente. El más viejo estaba desengañado; le habían

«lacerado » el corazón; lo juraba y perjuraba, dándose terribles

puñetazos sobre el pecho, que sonaba como un tambor. Su compadre debía

creerle a él, que era hombre de experiencia y había visto mucho. ¿La

política...? una farsa; un oficio de volatineros. ¿El Ayuntamiento...?

una cueva de ladrones; todos los que entraban en la «casa grande » era

para robar. El otro le interrumpió.... ¡El Ayuntamiento...! Ahí estaba

el toque. ¡Que le fueran a él con Ayuntamientos! Había trabajado como un

perro por la candidatura del partido repartiendo papeletas a las puertas

de los colegios, tuvo una disputa con un municipal que le quería llevar

atado, y lo sufrió todo... todo por el partido y el candidato... y ahora

le ofrecían como recompensa un puesto de peón en el adoquinado, nueve

horas de trabajo al sol y siete reales. Muchas gracias; él quería ser

empleado de los que están a la fresca y fuman. Antes que partirse el

espinazo en el adoquinado, prefería vivir sin trabajar. El hambre no le

importaba.... Mientras hubiese «petróleo refinado» como el de casa

_Espantagosos_, el estómago iría bien.... Ahora, tras el chasco, se

había «retirado a la vida privada», y podía decir muy alto, como su

compañero, que todos los de la casa del pueblo eran unos ladrones.

Y para que quedase bien sentada esta afirmación, se tragaron el

aguardiente de un sorbo.

--¡_Espantagosos_... _mesura_!

¿Quién...? ¿él? ¡Estaban frescos! Allí no se daban más copas. Le

desacreditaban el establecimiento con sus feas palabras; los guardias le

tomarían ojeriza por consentir en su casa tales blasfemias contra la

excelentísima corporación, y además--esto era lo principal--, conocía

de antiguo a aquellos parroquianos, que, cuando se alumbraban de veras,

costaba un disgusto sacarles el dinero. Ya tenían bastante; si querían

algo más debían pagarlo por adelantado.

¡Qué falta de respeto! ¡Tratar así a personas que han hecho concejales,

retirándose después a la vida privada...! Y miraban fieramente al

cafetinero, mientras rebuscaban con furia en sus andrajos, con la

indignación de una ofensa irreparable y mortal.

Del bolsillo de la blusa salía una moneda mohosa; del sudador de la

gorra otra de dos céntimos, y por las ventanas de los rotos zapatos

sacábanse alguna pieza de cobre mugrienta y sudada. Era la rebusca

furiosa de los céntimos escamoteados antes de salir de casa, a espaldas

de sus mujeres, rabiosas de hambre y enemigas de que dos hombres de bien

se diviertan en la taberna.

Con altivez de grandes señores, arrojaron su puñado de cobre sobre el

mostrador, como abofeteando al dueño. Si quería más podía ponerse a

cuatro patas, que a ellos aún les quedaba dinero para taparle, si era

preciso. Y decían esto con desdén olímpico, como si tuviesen a mano

todos los millones del Banco de España en calderilla.

Andresito percibía a medias esta escena, coreada por las risas de los

parroquianos. La ingrata no reaparecía, y él estaba extenuado por el

dolor y por un plantón de tantas horas. No le vendría mal sentarse,

aunque fuese en el cafetín; pero no; ¡firme allí! aunque muriese de pie,

como los antiguos romanos.

Obscurecía. La plaza estaba llena; las calles adyacentes seguían

vomitando nuevas muchedumbres, y iodos cabían a fuerza de codazos y

empujones, como si fuesen elásticas las paredes de las casas. En torno

de la _falla_ agitábase un oleaje de relamidos peinados, de gorras con

visera amarilla y de blusas blancas. Las señoras refugiábanse en los

portales, empinándose sobre las puntas de los pies para ver mejor; los

maridos cogían a sus pequeñuelos por los sobacos y los sostenían a pulso

para que contemplasen las últimas contorsiones de los monigotes.

Aún era de día y ya se impacientaba la muchedumbre.

--¡Fueeego...! ¡fueeego...!--gritaban a coro los de la blusa blanca.

Y los dos borrachos, agarrados fraternalmente de los hombros, con las

húmedas nances casi juntas, asomábanse a la puerta del cafetín con

risita maligna al pensar que molestaban al dueño.

--¡Fuego...! ¡fuego...!

Y después de gritar se metían apresuradamente en la taberna, fingiendo

susto, como chicuelos que acaban de hacer una travesura.

Los organizadores de la _falla_ se resistían. Había que esperar a que

cerrase la noche. Pero la muchedumbre estaba dominada por esa

impaciencia que, entre la gente levantina, basta que sea manifestada por

uno para que los demás se sientan contagiados.

--¡Fueeego..! ¡fueeego...!--seguían aullando de los cuatro lados de la

plazoleta. Y de la desembocadura de un callejón sin adoquinar salió una

pedrada certera, que dejó trémulo al monigote del centro, llevándosele

medio tupé. Aplausos y carcajadas, y a los pocos minutos servían de

blanco todos los bebés de la orquesta. Había que comenzar en, seguida.

El cafetinero lo ordenaba a gritos desde su puerta, y los cofrades

braceaban y se desgañitaban en torno de la _falla_ pidiendo un poco de

calma, mientras un compañero se introducía en el cuadrado de lienzo con

dos botellas de petróleo. Cuando los biombos transparentaron una mancha

roja que rápidamente se agrandaba entre incesante chisporroteo, la

muchedumbre lanzó un «¡oh!» de satisfacción. Comenzaban a arder las

esteras viejas, las sillas cojas y demás muebles recogidos en los

desvanes del barrio y amontonados en el interior de la _falla_. El rojo

resplandor iluminaba la parte baja de los figurones.

--¡Que toquen la _Marsellesa_!--gritó un vozarrón anónimo con acento

imperioso.

Un estremecimiento pareció correr por la muchedumbre, saltando después

de balcón en balcón.

--¡Sí, la _Marsellesa_... venga la_Marsellesa_!--repitieron miles de

voces con expresión amenazante, como si alguien se negase por anticipado

a sus exigencias.

Los músicos, que enfundaban sus instrumentos, miraron asustados al

amenazador gentío. Intentaban negarse; pero el pensamiento de que

quedaban piedras en el callejón desvaneció sus propósitos de

resistencia. La música rompió a tocar, chillaron los cornetines, sonaron

el bombo y los platillos como una tempestad lejana, y por toda la plaza

se esparció un ambiente de bienestar, reflejándose en los rostros.

La _Marsellesa_... ¡y el gobierno en la hoguera! ¿Qué más podían pedir?

Y el entusiasmo meridional, caldeando los cerebros, hacía pasar ante los

ojos risueños espejismos. Todos se sentían dominados por un optimismo

meridional.

Las lenguas de fuego comenzaban a salir del interior de la _falla_,

lamiendo la ropa de los monigotes.

--¡Bravooo...! ¡Vítooor!

Nadie pensaba que aquello era madera y cartón. El entusiasmo les hacía

feroces; creían que era el mismo gobierno lo que quemaban al son de la

_Marsellesa_, y los industriales soñaban despiertos en la rebaja de la

contribución; los de las blusas blancas en la supresión de los Consumos

y el impuesto sobre el vino, y las mujeres, enternecidas y casi

llorosas, en que acabarían para siempre las quintas.

La música seguía rugiendo la _Marsellesa_, y en la multitud, alguno de

los ardorosos, trastornado por la ilusión y por el himno, creyendo que

la cosa ya estaba en casa, gritaba a todo pulmón: «¡Viva la República!»,

lo que azoraba a los pobres municipales y les hacía mirar en derredor,

buscando un hueco en el gentío por donde escapar.

La hoguera crecía rápidamente. Las inquietas llamas, moviéndose de un

lado para otro, agitaban como abanicos los faldones del frac, los bajos

de blanca muselina y las cintas de raso de los bebés. El fuego

jugueteaba como una fiera con sus víctimas antes de devorarlas. De

repente, hizo presa en aquellos adornos, y en un segundo los devoró,

escupiéndolos después como negras pavesas, que revoloteaban sobre las

cabezas de la muchedumbre. Los monigotes, firmes y en pie, ardían como

grandes antorchas con un inquieto plumaje de llamas. Andresito recordaba

los cristianos embreados que iluminaban con sus cuerpos el camino de

Nerón.

Había llegado la hora de destruir, de ayudar al incendio, y los

organizadores de la _falla_ con pesados puntales, golpeaban el armazón

de los bastidores o daban tremendos palos a los ardientes monigotes para

que cayeran en el rojo cráter.

La muchedumbre, legítima descendiente del pueblo que dos siglos antes

presenciaba los autos de fe, aplaudía con gozosa ferocidad la caída de

los monigotes en la hoguera. Cada vez que, volteando en el aire sus

piernas y sus brazos chamuscados, se zambullía uno en las llamas, oíanse

risas y berridos.

La _falla_ se derrumbó con todo su armazón medio carbonizado, y un

torbellino de chispas y pavesas se elevó hasta más arriba de los

tejados. El enorme brasero daba a la plaza una temperatura de horno,

tiñéndolo todo de color de sangre. La gente, tostada, con las ropas

humeantes, retirábase a las inmediatas calles; los de los pisos bajos

cerraban las puertas, huyendo de aquella atmósfera ardiente que abrasaba

los ojos y esparcía por la piel intolerable picazón, y en los balcones

las vidrieras se cerraban, y los cristales flojos, caldeados por el

ambiente abrasador, saltaban con estrépito.

Más de media hora ardió con toda su fuerza el informe montón de leños

ennegrecidos, que al carbonizarse se cubrían de rojas escamas. Algunos

maderos estaban erizados de innumerables y pequeñas llamas, como si

fuesen cañerías de gas.

La muchedumbre se alejaba, con la esperanza de ver algo en las otras

_fallas_. La temperatura bajaba, el incendio iba achicándose, la

frescura de la noche penetraba en la plazuela, y balcones y puertas

volvían a abrirse.

En casa de doña Manuela, terminado el espectáculo público, había su

poquito de fiesta, sin duda para amenizar el chocolate «suntuoso» que la

rumbosa viuda daba a sus amigos. La gran lámpara del salón, reservada

para las solemnidades, había sido encendida; y Andresito, desde la

plaza, veía los trajes claros y los _bouquets_ de las amigas pasar por

el iluminado balcón, moviéndose con el ritmo del baile.

El pobre muchacho estaba firme en su puesto. El fuego le había empujado

a un extremo de la plaza; pero apenas se refrescó el ambiente, volvió a

la puerta del cafetín, cerca del laurel cargado de buñuelos, cuyas ramas

se habían tostado. La _falla_ seguía ardiendo, con sus estallidos de

leña vieja, que sonaban como tiros.

La plaza quedaba en poder de la gente menuda, chiquillos desarrapados,

que, tomando carrera, saltaban la hoguera con agilidad de monos, cayendo

al lado opuesto envueltos en las chispas. Los municipales intentaban

oponerse a tan peligroso ejercicio; pero la pareja de pobres hombres era

impotente ante tales diablillos, y al fin adoptó la sabia determinación

de sonreír con tolerancia y retirarse a un portal.

Andresito seguía con mirada triste las evoluciones de aquellas

bulliciosas salamandras con blusa, que saltaban por entre las llamas

como si tal cosa, sacudiéndose las chispas como los perros.

La plazuela estaba solitaria y el rojo ambiente del incendio hacía más

lóbregas las calles inmediatas. Algunos chuscos arrojaban en la hoguera

manojos de cohetes, que salían como rayos, culebreando su rabo de

chispas, arrastrándose de una pared a otra y remontándose en caprichosas

curvas hasta la altura de los balcones, para estallar con estampido de

trabucazo. Los municipales no veían los cohetes, pues al fijarse en el

aire matón de la chavalería que los disparaba, permanecían metidos en el

portal, sordos y ciegos. Andresito pensaba que si alguno de aquellos

rayos baratos le pillaba en su sitio, no le dejaría ganas en una

temporada de ser frailecito blanco y llorar los desdenes de su hermosa;

pero permaneció inmóvil. Irse de allí era renunciar a su venganza. Él

esperaba algo, sin saber qué; y allí permanecía mirando el balcón, a

pesar de que sus piernas apenas podían sostenerle, y en la cabeza y el

estómago sentía un vacío anonadador.

Ahora cantaban arriba. Era Amparito, que acometía con su vocecita de

seda una romanza de Tosti, coreada por el estallido de los cohetes y los

berridos burlones de la pillería, a quien le hacían gracia los lamentos

musicales, verdaderos chillidos de ratita asustada.

Las llamas iban extinguiéndose, la plaza estaba cada vez más obscura y

los chiquillos desertaban en grupos, bucando otras _fallas_ que no

hubiesen llegado al período de la agonía.

Dos hombres salieron del cafetín agarrados del brazo, con paso lento y

vacilante. Eran los viejos borrachos, con la gorrilla en la nuca y el

eterno pañuelo de hierbas en la mano. Volvieron el rostro al cafetín, y

como personajes de tragedia, lanzaron una eterna maldición sobre la

cabeza de _Espantagosos_, un ladrón que, al quedarse sin dinero dos

hombres honrados, les echaba a la calle sin más miramientos.

El humo de la _falla_, denso y pegajoso, les hizo toser; pero se

detuvieron ante el rescoldo enorme como un brasero de gigantes.

Soltáronse del brazo y saltaron la _falla_, uno tras otro, con una

agilidad inesperada y ademanes tan grotescos, que los municipales reían

y hasta el desconsolado poeta dejó de mirar al balcón. El cafetinero y

sus vecinos estaban en las puertas, celebrando aquel espectáculo

grotesco e inesperado.

Las carcajadas del público enardecían a los borrachos, les hacían

sonreír con orgullo, y los dos redoblaban sus saltos y contorsiones.

Corrían en torno del gran montón de brasas, saltaban por todos los

lados, y en el furor del movimiento que les dominaba, ninguno de los dos

se acordaba del otro.

¡Ahora iba lo bueno! Y saltando al mismo tiempo los dos, cada uno por

lado distinto, encontráronse en lo más alto de su salto; chocaron los

cuerpos como proyectiles y cayeron en el rescoldo, hundiéndose entre

las brasas la parte más carnosa del individuo.

La plazuela pareció animarse, lanzando interminables carcajadas. A

patadas y puñetazos los sacaron los municipales, y una vez libres del

rescoldo, empujáronlos fuera de la plaza. ¡A sus casas o al Asilo...!

¡Lo que quisieran!

Andresito vio cómo se alejaban los dos viejos, mostrando una nueva cara

por el revés chamuscado de su pantalón, riendo su postrera hazaña,

dándose besos y abrazos para afirmar la fraternidad del cafetín y

hablando a gritos para que quedase bien sentado que la «casa grande» era

una cueva de ladrones, y ellos, desengañados, se retiraban a la vida

privada.

Y el poeta, envidiando su alegría, seguía en su puesto, iluminado por la

última crepitación de la hoguera, desfallecido de hambre y de dolor,

llorando de veras ahora que comenzaba a verse en la obscuridad,

esperando algo vago e indeterminado, sin fuerzas para hacer nada y

estremeciéndose al oír aquella voz tenue como un hilillo de seda, que se

quebraba al llegar a lo más alto de la romanza, ahogándola con sus

aplausos los complacientes convidados de la mamá.

V

Juanito era feliz. Próximo al ocaso de su juventud, a los malditos

treinta años de que hablaba Espronceda, en vez de tristes desengaños

experimentaba la alegría de saber que en el mundo hay algo más grato que

adorar a la mamá como un ídolo y plegarse a todos los caprichos de los

hermanitos.

El entusiasmo de la juventud, el ansia de vivir, manifestábanse en él

con extraordinaria fuerza, como frutos tardíos del árbol de su vida, que

había pasado invierno tras invierno sin conocer hasta ahora la

primavera.

Al reunir y ordenar sus recuerdos, no se daba cuenta de cómo había

ocurrido su transformación. Sin duda, el amor era más fuerte que su

característica timidez. En la soledad, al recordar a Tónica,

avergonzábase como el que ha cometido una acción punible; las palabras

intencionadas que había deslizado en la conversación martilleábanle

después los oídos, y tan pronto las consideraba ridículas como

exageradamente audaces.

--¡Dios mío...! ¡Qué dirá de mí esa chica!

Pero cuando estaba cerca de ella, el rubor desaparecía y sentía en su

interior audacias que le asombraban.

Ya no se conformaba con esperar que Tónica fuese a la tienda de _Las

Tres Rosas_. Enterábase de dónde trabajaba, y con una astucia de las más

torpes, salíale al paso por la mañana al ir al trabajo y por la noche al

regresar a su casa; hacíase el encontradizo y le desesperaba la

dificultad de su lengua tímida, que parecía rebelarse, no queriendo ser

conductora de sus pensamientos.

Pasó más de una semana para Juanito sin adelantar gran cosa en su

propósito. Tónica le hablaba como un amigo y le hacía confidente de

todos sus pensamientos: las exigencias de sus parroquianas, los consejos

de «las señoritas», que eran las hijas de su difunta protectora, y hasta

las dolencias de aquella mujer casi ciega que vivía con ella,

sirviéndola de madre. Con estas confidencias, Juanito iba penetrando

lentamente en la vida de la joven y la consideraba ya como algo propio,

a pesar de que todavía la picara lengua seguía negándose a obedecerle.

Tónica tenía en ciertos momentos rasgos de ingenuidad, que turbaban al

joven, sin dejar por esto de experimentar alegría.

Llegó a relatarle las aficiones de su infancia, el placer indefinible

que experimentaba pasando horas enteras arrodillada ante un Cristo,

rezando rosarios tras rosarios. En aquella época, llevarla a la capilla

de la Virgen de los Desamparados era para ella la mayor de las

diversiones, y rezaba con tal devoción, que las viejas beatas se la

comían a besos, asegurando que iba para santa.

--¡Qué época aquélla!--decía la joven con ligera sonrisa--. Ahora la

recuerdo con cierta extrañeza y no menos envidia. Las estampitas de mi

devocionario me hablaban; y por la noche, una Virgen que tenía en mi

cuarto bajaba de su cuadro para arrullarme hasta que me dormía. Usted,

Juanito, se burlará seguramente de que yo fuese tan tonta.... En fin,

cosas de niñas. Pero mi madrina la condesa, en vista de tan ardiente

devoción, quería hacerme monja; y el otro día, «las señoritas»,

recordando los deseos de su mamá, todavía me ofrecieron costearme el

dote para que entrase en un convento.

--¿Y usted acepta?--preguntó el joven con visible ansiedad.

--¡Yo...! No pienso en ello por ahora. Aquella santidad voló, creo que

para siempre. Ahora soy mala, muy mala. Rezo cuando estoy triste, oigo

misa los domingos, tengo mucho miedo al diablo, pero me gusta bastante

el mundo y voy siendo algo impía, pues algunas veces me digo que no es

tan pésimo como lo pintan los predicadores.... Además, ¿quién cuidaría

de mi pobre Micaela, sola y casi ciega? Sería cometer un horrible pecado

de ingratitud por salvar mi alma. No señor, no pienso hacerme monja;

prefiero ser pecadora y cuidar de mi pobre amiga.

Juanito tenía en los labios una pregunta audaz. ¿Qué hacía? ¿La

soltaba...? Tembló; pero vacilando, diola curso, al fin, con voz de

agonizante.

--¿Y no piensa usted casarse?

Tónica contestó con una carcajada.

--¡Casarme yo...! ¿Y quién ha de ser el valiente? Se necesita mucho

corazón para cargar con una mujer sin otra renta que la aguja y que

lleva tras sí el bagaje de una amiga vieja y enferma.

Juanito estuvo a punto de gritar que ese valiente era él; pero, por su

desgracia, se detuvo. Tónica estaba seria y decía con triste ingenuidad:

--Reconozco que si encontrase un hombre honrado, trabajador y humilde

como yo, que quisiera admitir a mi desgraciada amiga, me tendría por muy

feliz.... Pero en fin, hoy por hoy no hay que pensar en tonterías.

Y cambió con tal arte el curso de la conversación, que a Juanito se le

quedó en el cuerpo lo que quería decir, y antes llegaron a la pobre

escalerilla de la calle de Gracia, que pudo manifestar su valor para ser

esposo de Tónica y encargarse de la pobre ciega.

Aquella noche fue cruel para Juanito. La pasó en vela, revolviéndose

inquieto en su cama, y declarando en voz alta que era el más cobarde de

los hombres. Parecía imposible que un mocetón con unas barbas que

causaban espanto fuese tímido como un seminarista. ¡Y pensar que todos

tenían valor en tales casos, todos, hasta Andresito, aquel pazguato que

se declaró a Amparo con la mayor facilidad...! ¡Cristo! ¡Cómo se reirían

de él sus hermanas si conocieran sus timideces! Sólo esto faltaba para

que todos los de casa le creyesen un imbécil.... Pero pronto se sabría

quién era él. Y animado por una resolución hija del amor propio, pasó

todo el día siguiente en la tienda distraído, sin atender a las ventas,

ansiando que llegase la hora de acompañar a su casa a Tónica.

Caía una lluvia fina cuando fue a apostarse en la calle de Serranos,

cerca de la casa donde trabajaba la joven. A las ocho la vio salir,

andando con su paso ligero y gracioso, rozando la pared y casi oculta en

la penumbra de un alumbrado macilento, que en vez de luz parecía

esparcir tinieblas.

Bien comenzaba la entrevista. Tónica se resistió a aceptar el paraguas

de Juanito; no podía consentir que el joven se mojase por complacerla a

ella; y en cuanto a ir los dos juntos bajo aquella cúpula de seda...

sólo en pensarlo la producía rubor y hacía que echase su cuerpo atrás,

como para huir de un peligro.

Pero la expresión de angustioso ruego de Juanito pareció convencerla.

Bueno; aceptaba su invitación porque le creía un joven formal y honrado.

Pero ¡Dios mío! ¡qué diría la gente...! Y comenzó a andar con timidez al

lado del joven, que no se sentía menos conmovido. Nunca había estado tan

próximo a Tónica. Rozaba al andar un lado de su busto, se sentía

envuelto en el ambiente embriagador que exhalaba su cuerpo sano, y veía

cerca de sus ojos el rostro de Tónica, su boca fresca, mostrando la

brillante dentadura con graciosas sonrisas.

Juanito, entusiasmado por su buena fortuna, no pensaba ya en la

resolución que tan inquieto le había tenido durante todo el día.

Bastábale para ser feliz y considerarse dueño de Tónica oír su voz,

trémula por la emoción que le causaba un paseo tan íntimo.

De pronto, Juanito pareció despertar. ¡Qué diablo! Ya estaban casi en la

mitad del camino, cerca del Mercado, y él callaba, sin atreverse a decir

lo que tan pensado tenía.

Pero la maldita timidez retardaba con ridículos pretextos su

declaración.

Bueno; aguardaría a llegar a aquella esquina, y una vez en ella, ¡zas!

soltaba su demanda, aunque cortase a Tónica en lo mejor de sus

confidencias.

Ya estaban en la esquina. ¡Allá va...! Pero no; no hablaba. Iba tras

ellos un señor por la acera, resguardándose de la lluvia; podía oír su

declaración... ¡y quién sabe de lo que son capaces esas gentes burlonas,

que miran el amor como cosa de risa!

Esperaría a que el molesto transeúnte se fuese por otra calle. Y

mientras tanto, escuchaba a Tónica, cuidando de ladear el paraguas para

que la cubriera bien, y mirando al suelo, como encantado por el trozo de

enagua blanca al descubierto y las pequeñas botinas que saltaban los

charcos con una graciosa ligereza de pájaro.

Ella hablaba mientras tanto, desahogando el enfado que le causaban sus

parroquianas. Sólo una pobre como ella podía sufrir tantas exigencias.

Era costurera, y querían que trabajase como una modista famosa. Por dos

pesetas diarias la explotaban las parroquianas de un modo irritante;

mostraban un ansia furiosa para exprimir todas sus habilidades; la

hacían cortar y probar como una maestra y coser o zurcir como una

oficiala; obligábanla, con falsos mimos, a no levantar la cabeza del

trabajo ni un solo instante; se mordían los labios con rabia y dudaban

de su laboriosidad cuando no podía convertir en vestido flamante un

guiñapo viejo; y después de todo, cuando la costurera terminaba,

despedíanla sin cariño alguno, como un mueble inútil, y no se acordaban

de ella al darse tono en paseos y teatros, asegurando que era de una

modista francesa el vestido cuya confección les costaba unas cuantas

pesetas.

--¿No es verdad, señor Peña, que eso es una ingratitud?--preguntaba

Tónica muy animada, olvidando los escrúpulos que había manifestado antes

de admitir el paraguas.

Juanito contestaba con vehemencia, pero su pensamiento se hallaba a cien

leguas de lo que decía. Sí señor, era una infamia; personas tan ingratas

nada merecían. Y al mismo tiempo miraba atrás, viendo con gozo que el

transeúnte importuno había desaparecido.

Ahora sí que se lanzaba; esperaría a pasar la plaza del Mercado, y así

que entrase en la calle de Gracia, soltaría su declaración. Tónica vivía

en esta calle, poco tiempo le quedaba para espontanearse, pero cuando se

lleva una cosa bien pensada, basta con pocas palabras. Y mientras

atravesaban el Mercado con pasos tímidos, resbalando en el barro

pegajoso que cubría las losas, el joven oía a Tónica con la falsa

atención del cómico en la escena, que finge escuchar mientras piensa en

lo que va a decir.

Juanito se indignaba sin saber por qué. ¡Qué manera de explotar aquellas

señoras a la pobre Tónica! ¡Era insufrible! Y mientras matizaba con sus

exclamaciones la relación de la joven, pensaba con alarma que ya estaban

en la calle de Gracia y él todavía guardaba en el cuerpo, completamente

inédita, la declaración que tanto le inquietaba.

En cuanto llegasen a la próxima esquina, interrumpía a la joven, aun a

riesgo de ser descortés. Bueno, ya estaban en la esquina, pero por un

poco más nada se perdía; prolongaría el plazo hasta un farol que estaba

tan próximo. Pero en llegando allí no había excusa. Hablaba, o era capaz

de arrancarse la lengua.

Y así pasaba la pareja por todas las etapas que la maldita timidez de

Juanito iba marcando, sin llegar a decidirse. En la imaginación del

joven, aquella calle había sido mutilada de un modo horroroso; le

parecía extremadamente corta, y la pequeña puerta por donde desaparecía

Tónica todas las noches estaba ya a la vista.

Para mayor desgracia, la joven seguía hablando; pero Juanito tembló,

pensando que podía quedarse solo y desesperado dentro de pocos minutos

por culpa de su timidez, y al fin se sintió hombre.

--¡Tónica!

Dijo esto con acento tan ahogado y angustioso que la joven calló,

mirando en derredor, como si les amenazase un peligro.

--¿Qué ocurre?

--Que la quiero a usted mucho; que....

--¡Ah! ¡era eso...!--exclamó Tónica sonriendo--. Yo también le quiero a

usted como un buen amigo, como un joven formal; sobre todo como formal.

No siendo así, no consentiría que me acompañase con tanta frecuencia, lo

que puede dar lugar a suposiciones. Mire usted, el otro día decían las

vecinas....

--No, no es eso. Yo no la quiero a usted sólo como amigo: yo la amo...

¿sabe usted? la amo, y soy ese hombre valiente de que usted hablaba

anoche, capaz de hacerla mi esposa sin dejar abandonada a la pobre

Micaela.

Tónica mostrábase aturdida por la declaración. La presentía desde mucho

tiempo antes, pero habla llegado a dudar de ella en vista de la timidez

de aquel niño grande. Intentaba sonreír como sí tomase a broma las

palabras de Juanito, pero estaba ruborizada; se había detenido mirando

al suelo, y tan turbados estaban los dos en medio de la calle, que el

paraguas los dejaba al descubierto y la lluvia caía sobre sus hombros.

El silencio era penoso. Juanito estaba asustado por la seriedad de

Tónica. La costurera reflexionaba, y al fin habló.

Ella agradecía el ofrecimiento del señor Peña, pero no podía aceptar.

Era el hombre honrado y modesto que deseaba; si no fuese más que un

dependiente de comercio, tal vez aceptase... ¿pero es que ella ignoraba

quién era su familia? Estaba enterada por una parroquiana amiga de su

mamá y de sus hermanitas. Eran unas señoras de las que viven con

verdadero lujo, sin apelar a costureras ni a adornos caseros; tenían

carruaje... en fin, _una gran familia_--esto subrayado por una expresión

entre admirativa y respetuosa--, y no era justo ni legal que ella, una

pobre jornalera, aspirase a tanto.

Juanito sentía alegría y compasión a un tiempo. Regocijábale el saber

que no era indiferente a Tónica y que en la posición de su familia

estaba el único obstáculo. ¡Valiente posición! Compadeció la ignorancia

de la joven y estuvo próximo a decirle que todo aquel lujo era imbécil

fatuidad, pura bambolla; pero sintióse dominado por sus temores de niño

sumiso y obediente, y hasta en el vacilante resplandor del inmediato

farol creyó ver el rostro de mamá contraído por un gesto de indignación

majestuosa.

No negaba que su familia estuviera en «buena posición»; pero ¿qué

importaba esto? Él la quería, y no era necesario más. No pensaba dejar

de ser comerciante; su porvenir consistía en ser dueño de una tienda; ¿y

qué mejor que casarse con una mujer hacendosa, aleccionada en la escuela

del trabajo y la economía, y que supiera ser ama de su casa? El pobre

muchacho, roto el freno de su timidez, hablaba con vehemencia, meneaba

los brazos para afirmar sus palabras, sin ver que hacía danzar locamente

el paraguas, que conservaba abierto, y que varias veces estuvo próximo a

meter una varilla por los ojos de la joven.

Pero Tónica no se convencía. Impresionábale el acento de verdad del

dependiente; pero no podía dominar el temor respetuoso que le inspiraba

una familia rodeada de los prestigios de la riqueza y de la elegancia.

Por esto a todos los argumentos de Juanito contestaba moviendo la cabeza

negativamente.

Así pasaron más de un cuarto de hora en medio de la calle, bajo la

lluvia, llamando la atención de los escasos transeúntes, que ante una

pareja tan olvidada de sí misma hacían comentarios maliciosos.

Por fin, la costurera pareció ablandarse. Lo pensaría; tal vez al día

siguiente pudiera contestarle. Y tras esta promesa, que para Juanito fue

una felicidad. Tónica dio seis golpes en la aldaba de su casa y

desapareció, cerrando la puerta de la escalerilla.

El joven estaba deslumbrado. La última sonrisa de Tónica revoloteaba

delante de él con sus alas de oro, alumbrándole el camino. Sentíase

impregnado del indefinible perfume de la joven, y andaba con timidez,

como si se hubiese adherido a su exterior algo precioso y frágil que

podía desprenderse al acelerar su marcha.

La dulce borrachera del amor correspondido trastornaba a Juanito. En

concreto, nada le había dicho Tónica; pero a pesar de esto, el joven,

con instintiva confianza, creía en su felicidad, y aquella noche fue la

primera de satisfacción y calma, después de las rabietas e inquietudes

que le había producido la timidez de su carácter apocado. Ahora... ¡oh!

ahora era todo un hombre, y así lo reconocía satisfecho y un tantico

orgulloso de su audacia.

La costurera no fue más explícita al día siguiente. La «posición

brillante» de la familia de Juanito era una idea que se le había

atravesado en el cerebro. Ella no era nadie: una pobre costurera que,

acostumbrada a sufrir las impertinencias de las señoras, no podía

permitirse el lujo de mostrar susceptibilidad ni amor propio... pero eso

de casarse para ser la víctima resignada y humilde sobre la cual cayeran

los desprecios de la familia, estaba fuera del límite de su paciencia.

--No diga usted que no. Adivino lo que sucedería; como si lo viese. Las

hermanas de usted, unas señoritas, se avergonzarían de tener por cuñada

a la que remendaba los vestidos de sus amigas; su mamá, toda una señora,

me consideraría un poquito más que a sus criadas. Y yo, aunque sea

pobre, no tengo fuerzas para tanto. Para salir de esta vida, quiero

vivir en paz con la familia de mi marido y que me respeten. ¿Qué menos

puedo pedir? ¿No es verdad...?

No; no era verdad que ella corriese tantos peligros casándose con él. Lo

juraba a fe de Juanito Peña. ¡Su familia...! ¿Pero es que hacía gran

caso de él? Podría casarse con quien quisiera, sin miedo a disgustos ni

protestas. Él formaba aparte, se sentía aislado en medio de los suyos. Y

el pobre muchacho, como si de pronto apreciase toda la verdad de su

situación, decía esto con tal amargura, casi con lágrimas en los ojos,

que Tónica se conmovió, mostrándose más blanda.

Ella le apreciaba; se creía muy honrada con merecer su atención; no

entendía de amoríos, pues sólo los había visto en las novelas; pero le

permitía seguir hablando con ella, como amigos más que como novios, y si

el tiempo demostraba que sus caracteres se comprendían y compenetraban,

entonces....

El rubor de la joven completó sus palabras. Juanito no necesitó más para

soltar el chorro de su verbosidad comprimida; y atropelladamente, habló

de su porvenir, trazando con furiosos brochazos el cuadro de su

felicidad. Tenía dinero... venderían el huerto de Alcira... compraría

una tienda. _Las Tres Rosas_ por ejemplo... se casarían... tendrían

niños, muchos niños, porque él, con sus gustos de joven tímido, adoraba

los muñecos... él sería un modelo de maridos.... Pero paró en seco al

ver que Tónica se ruborizaba, dirigiéndole miradas de reproche por la

libertad con que formulaba sus ilusiones. En fin, ya vería lo que era

bueno, y qué vida tan rica iban a darse cuando vivieran casados y fuera

del círculo de estúpidas pretensiones de su familia.

Por de pronto, no era mala la vida que hacía Juanito. Pasaba el día

pensando en su Tónica; abandonaba la tienda a las horas en que aquélla

tenía que salir por algún encargo de sus parroquianas, y por la calle

iba al lado de ella, orgulloso como un triunfador, temiendo que le

viera la mamá y deseando al mismo tiempo encontrarse con sus hermanas,

para que éstas aprendiesen «a distinguir» y no le tuvieran por un

pazguato incapaz de tener novia. Por ella, por Tónica, reñía con la

planchadora, él, que era antes tan descuidado, deseando ostentar unos

cuellos duros y lustrosos como el mármol; y con gran asombro de las

hermanitas, se emancipaba de la dirección de la mamá, siempre tacaña con

él, y se hacía un traje igual a los de su hermano Rafael.

Todo iba bien: Juanito se encontraba más joven y fuerte. Le parecía que

algo nuevo circulaba por su venas; era vino caliente y espumoso que

arrollaba y barría la antigua horchata. Ya había conseguido que Tónica

le llamase Juanito, y no señor Peña, con aquel acento ceremonioso que

hacía reír; pero aún no se había decidido a corresponder a su tuteo, y

le plantaba siempre un «usted» como una casa, asegurando que le causaba

rubor hablarle de otro modo.... ¡Qué inocente! ¡Como si él no fuese hijo

de un antiguo tendero del Mercado! En fin, todo se andaría.

Lo que inquietaba algo a Juanito, en medio de su felicidad, eran las

atenciones que con él tenía su mamá, las miradas cariñosas, los «¡hijo

mío!» dichos en un tono halagador, con la suavidad mimosa de una

caricia. ¡Malo, malo! Juanito temblaba viendo aproximarse la afligida

demanda, el «sablazo» maternal, acompañado con lágrimas y conmovedoras

lamentaciones sobre lo mucho que cuesta la educación de los hijos. Y la

petición fue formulada, por fin, a principios de Semana Santa, una tarde

en que Juanito, después de comer de prisa, iba a salir para avistarse

con Tónica antes de entrar en la tienda.

El pobre muchacho quedó anonadado por las maternales confidencias....

¡Diablo! La situación era más grave que él imaginaba. Ya no eran diez o

doce mil reales los que ponían a su mamá con agua al cuello; ahora se

trataba de miles de pesetas, de miles de duros, y era preciso pagar o

resignarse a que la situación de la familia se hiciese pública, pues los

acreedores, gente grosera y sin entrañas, sin otra pasión que la del

dinero, eran capaces de desacreditar por dos cuartos a una señora

decente.

--Yo me muero de ésta, Juanito mío; estas cosas no son para mí. ¡Ay,

Dios! ¡Cuánto cuesta criar a los hijos y sostener el rango de una

familia! Tú, hijo mío, sólo tú puedes sacar a tu madre de apuros....

¡Tres mil duros...! ¿Sabes lo que es eso? Pues los tres mil duros he de

tener a punto para el día siguiente de las Pascuas. Me han amenazado; me

han llamado tramposa porque no puedo pagar... ¡tramposa! ¡a una señora

como yo...! No puedo sufrir tanta vergüenza. Y si mis hijos me

abandonan, me moriré, sí señor... presiento que estos disgustos me van a

quitar la vida.

Juanito, a pesar de que estaba en guardia para librarse de los halagos

de su mamá, y se proponía no adquirir compromisos, sintió en su interior

algo que se sublevaba, subiendo hasta su rostro como una ola

caliente.... ¡Tramposa su madre! No estaba mal aplicado el calificativo;

pero el cariño ciego, que le hacía adorar a su madre, rebelábase ante

tal ofensa; le conmovía hasta el punto de que sus ojazos tranquilos y

bondadosos se velasen con lagrimones de ira.

Con movimientos de cabeza asentía a todas las afirmaciones de su madre.

Sí; era preciso arreglar aquello; el honor de la familia no podía quedar

a voluntad de cuatro usureros, que, merced a ciertos papelotes firmados

por doña Manuela con tanta irreflexión como frescura, exigían quince mil

pesetas por un préstamo de once mil. Había que pagar; pero... ¿y el

dinero? ¿dónde encontrar el dinero?

Y la viuda, al llegar a esta conclusión, le miraba fijamente, dándole a

entender que en él estaba la solución.

--Hay que buscar el dinero, mamá. Podía usted hablar coa doña Clara, esa

amiga que, según dice el tío, es la arregladora de todos estos enredos.

--¡Doña Clara...! ¡valiente apunte! Hijo mío, tú, como eres tan buenazo,

no conoces a las personas. Esa doña Clara es una tal, que sólo va donde

puede sacar, y vuelve las espaldas a una persona decente al verla en un

apuro. Nuestra situación es muy mala, rematadamente mala.

Y en los oídos del joven agolpáronse en tropel las vergonzosas

confidencias, hechas en voz baja, temblorosa, no por el remordimiento,

sino por la humillación que suponía confesar la situación de la casa,

aun a su propio hijo. Las fincas todas hipotecadas, y si las vendía, no

llegaría su importe a la mitad de las deudas. Su firma en un sinnúmero

de pagarés, y tan desacreditada, que a su mismo portero le prestarían un

duro los usureros mejor que a ella. Vencimientos ineludibles que había

que satisfacer, so pena que la familia se desacreditara... y nada con

que pagar, absolutamente nada; la carencia más completa de medios para

salvar la situación.

Las necesidades de la casa lo arrebataban todo. Ella había acudido ya a

los procedimientos más penosos para su dignidad. Si ahora fuese la

temporada de ópera, ni ella ni sus hijas podrían lucir las joyas que

enorgullecían y admiraban al pobre Juanito. Estaban en una casa de

préstamos. Y la vajilla de plata, que daba al comedor un aire tan

señorial, los grandes candelabros del salón, no habían salido de casa

para blanquearlos el platero; donde estaban era naciendo compañía a las

joyas. Todo por unos cuantos miles de reales, que se habían escurrido

como agua en aquella criba de deudas y gastos, de infinitos agujeros.

--Esto te lo digo, Juanito, porque eres el más formal de la casa y

necesito tus consejos. Pero ¡por Dios! ni una palabra a las niñas; que

no sepan las pobrecitas la situación. Se sentirían humilladas, y no

quiero que mis hijas se consideren inferiores a sus amigas.

Lo que menos preocupaba a Juanito era lo que pudiesen pensar sus

hermanas. Sus instintos de comerciante honrado, amigo de la regularidad,

sublevábanse al pensar en un medio tan vergonzoso de adquirir dinero.

Para él, las casas de préstamos eran antros horribles, guaridas de

latrocinio; acudir a ellas era contaminarse, perder la propia dignidad.

--¿Y usted ha ido allí?--preguntó con expresión dolorosa--. ¿Ha entrado

en esas casas?

Doña Manuela contestó con altivez. ¡Quién! ¿Ella...? ¿Por quién la

tomaba su hijo? Aunque arruinada, no por esto había perdido su dignidad.

Para tales comisiones se valía de doña Clara, que tenía amigos entre los

prestamistas, y hacía las «operaciones» diciendo que los objetos eran de

una señora distinguida cuyo nombre no podía revelar. Lo que doña Manuela

callaba eran las sospechas vehementes de que su amiga explotaba sus

apuros, guardándose los «picos» de las cantidades facilitadas por los

prestamistas. La viuda tenía la altivez de los grandes señores que creen

de buen tono dejarse robar descaradamente por sus criados.

Cuando terminaron las revelaciones sobre la situación de la casa, la

viuda aguardó la respuesta de su hijo. Él era su única esperanza. Su

hermano la detestaba; ¿a quién podía confiar sus penas? A Juanito

únicamente, a su querido Juanito; pues Rafael, el pobre muchacho, metido

en el mundo elegante, nada sabía de las «materialidades » de la vida, ni

tenía bienes propios como su hermano mayor. Pero el bondadoso hortera se

mostró más duro que su madre esperaba. El amor le había transformado;

mas en vez de hacerlo soñador excitaba sus instintos de economía,

predominando en él las aficiones de su padre, lo que su tío y don

Eugenio llamaban «sangre comercial».

Que nadie le tocase su huerto de Alcira. Y no es que amase gran cosa una

finca que sólo veía una o dos veces por año. Deseaba convertirla pronto

en dinero; pero los ocho mil duros limpios que pensaba sacar de ella

eran la base de su porvenir, la realización de sus ilusiones, el medio

de establecerse y convertir a Tónica en dueña de una gran tienda de

telas.

Doña Manuela experimentó gran extrañeza al tropezar con una tenacidad

que nunca había supuesto en su hijo. Se negaba resueltamente a firmar

otro pagaré garantizando el crédito de su madre, y menos consentía aún

en hipotecar su huerto para adquirir los tres mil duros.

--No, mamá--decía tímidamente, pero con firmeza--; no puedo. Ya sabrá

usted más adelante que eso no es posible. Necesito mi dinero; y además,

a mí me repugna eso de hipotecas, pagarés y préstamos de los usureros.

Como dice el tío, eso queda para las gentes perdidas.

Pero deseaba salvar a su madre del compromiso; encogíasele el corazón al

verla tan hermosa, tan «señora», con los ojos llorosos y la frente

surcada por dolorosas arrugas, y buscaba mentalmente un medio para

sacarla de la situación.

Era posible que don Antonio Cuadros, que tan rápidamente se

enriquecía.... Pero no. El enérgico gesto de su madre le dio a entender

que no consentía auxilios que lastimasen su amor propio. Tal vez más

adelante ella no diría que no, cuando se reanudasen las amistades;

ahora, desde la despedida de Andresito, eran bastante frías.

Y Juan, no atreviéndose a nombrar a su tío, dejó de proponer soluciones.

--Lo del huerto no lo consiento.... Pero no llore usted, mamá.... No

llore.... ¡Qué demonio! Para todo hay remedio en este mundo. ¡Si no se

gastase tanto en esta casa...! No se enfade usted, mamá. Sí; ya sé todo

lo que va a decirme; el decoro de la familia, la necesidad de sostener

el buen nombre, la conveniencia de colocar bien a las niñas.... La

verdad es que se necesitan tres mil duros, y que no se adquieren en unos

cuantos días economizando. Lo del huerto no lo consiento, lo vuelvo a

repetir.... Pero en fin, para que usted no esté triste, le prometo

encargarme del asunto. Yo lo arreglaré, y poco he de poder o la próxima

semana tendremos ese dinero.

Pero Juanito, como enamorado, tardó en cumplir sus promesas. Sus amores

con Tónica, aquella luna de miel ideal, el afán de acompañarla a todas

partes, hablando de su porvenir, le tenían tan distraído, que si no

olvidó sus promesas, fue difiriendo su cumplimiento siempre para el día

siguiente.

Su madre le lanzaba en la mesa miradas interrogantes; le llamaba aparte

para saber cómo iba «aquello»; y cuando él se excusaba con sus

ocupaciones en la tienda, estremecíase ante el gesto de dolor de doña

Manuela.

Fue el Jueves Santo por la mañana cuando Juanito se decidió a emprender

el asunto. La tienda estaba cerrada. Tónica saldría de casa con su vieja

amiga; y él, no sabiendo qué hacer, decidióse a ir en busca de su tío.

A las once salió a la calle. La mamá y las hermanitas estaban dando la

última mano al tocado de circunstancias: el crujiente vestido de seda,

el velo de blonda, y al puño el rosario de oro y nácar. Iban a una de

las principales iglesias a sentarse tras la mesa petitoria de una

comunidad de origen extranjero, a la hora en que la gente elegante reza

las estaciones.

Juanito, a pesar de la ¡anual costumbre, sintióse impresionado por el

aspecto de la ciudad. Las tiendas cerradas, el adoquinado silencioso,

sin que una rueda lo conmoviese; las gentes vestidas de negro, con aire

solemne. Parecía que por la ciudad pasaba una epidemia, despoblando las

casas y ahuyentando el ruido de las calles. El profundo silencio

turbábanlo de vez en cuando los tercetos de ciegos que, agarrados del

brazo y golpeando el suelo con sus garrotes para orientarse, iban por el

arroyo sin miedo a ser atropellados, prorrumpiendo en lamentaciones

poéticas que, en tono quejumbroso, relataban la pasión y muerte del

Redentor. Los pasos de los transeúntes sonaban en las aceras como un

áspero y ruidoso frotamiento, y aglomerábase la gente en las puertas de

los templos, negras y profundas bocas que lanzaban a la fría calle el

denso vaho de su interior.

Los soldados, con uniforme de gala y las manos yertas dentro de los

guantes de algodón, iban a visitar las estaciones, turbando el general

silencio con el arrastre acompasado de sus pies e impregnando el

ambiente de ese olor de salud, mezcla de carne sudada, cuero y lana

burda. Los caballeros maestrantes lucían sus uniformes obscuros, los

sanjuanistas su cruz roja, y hasta los oficiales de reemplazo y los del

batallón de Veteranos se adosaban los arreos militares para acompañar a

la señora en la visita a los templos y lucir de paso sobre el pecho las

recién frotadas cruces. Era un desfile brillante de autoridades y

uniformes, que admiraba a los papanatas; grupos de chicuelos y mujeres

se agolpaban ante los Eccehomos que se exhibían en las calles sobre un

pedestal: imágenes manchadas con brochazos de sangriento bermellón, la

corona de espinas sobre las lacias y polvorientas melenas que agitaba el

viento, una caña entre las manos y a los pies una bandeja con céntimos y

un viejo pedigüeño.

Al llegar Juanito al barrio de las Escuelas Pías entró en una calle

estrecha donde estaba el caserón de sus abuelos, una interminable

fachada pintada de azul claro, en la cual, corrió por compasión,

rasgaban el grueso muro algunos balcones y ventanas, a gran distancia

unos de otros.

Juanito recordaba su niñez. Se veía muchacho pelón jugando con los

chicos de la vecindad--los días en que su tío lo convidaba a comer--en

aquel portal inmenso, obscuro, rezumando humedad por entre su empedrado

de guijarros. Los recuerdos de la niñez seguían despertándose en él a la

vista de la vieja escalera con su pasamano de caoba, rematado por un

leoncito borroso y gastado, y de sus peldaños de azulejos del siglo

anterior, en los cuales veíanse navios sobre un mar morado, con banderas

más grandes que el casco, embozados de gruesas pantorrillas blancas con

sombrero de picos y huertanas con cestos de frutas, todo en colores

tostados y chillones.

Vicenta, la vieja criada del tío, fue quien abrió la reja que obstruía

la escalera. Juanito era el único pariente del señor a quien toleraba la

vieja sirvienta. Le saludó con una sonrisa de su boca obscura y

desdentada, y como de costumbre, no preguntó por su mamá ni sus

hermanas. Aborrecía a aquellos parientes del amo, sabiendo la poca

estima en que éste los tenía. Don Juan estaba arriba, en los porches,

dando de comer a los palomos y a las gallinas.

La criada y el sobrino hablaban en un rellano de la escalera, desde el

cual se veían algunas habitaciones. Él las conocía perfectamente, y

subsistían en su memoria con todos sus detalles estrambóticos. Desde

allí percibía el tufillo de las habitaciones cerradas años enteros;

aquel ambiente rancio, húmedo, cargado de polvo, que con la diaria

limpieza mudaba de sitio sin salir de la casa, y expulsado por la escoba

de los rincones iba a caer un poco más allá.

La afición de don Juan a visitar almonedas, comprándolo todo con tal que

fuese barato, había convertido su casa en una prendería. Las salas eran

grandes como plazas, las alcobas podían servir de salones de baile; y a

pesar de esto, no había un palmo de pared libre de muebles o adornos.

Los armarios colosales se contaban a docenas, todos de roble viejo, con

tallas tan complicadas como sus enormes cerraduras; los cuadros, buenos

o malos, llegaban hasta el techo; las sillerías incompletas y de

distintos colores, no encontrando espacio junto a las paredes,

esparcíanse por el centro; todo estaba ocupado, como si la casa fuese un

almacén, un depósito de rapiñas verificadas al azar; y aunque todas las

piezas estaban abarrotadas, la casa sonaba a hueco, y la soledad

despertaba esos ecos misteriosos de las grandes viviendas abandonadas.

Mirando los salones interminables que parecían iglesias, pensábase

involuntariamente en la noche, cuando las sombras ahogaban la macilenta

luz de la candileja del avaro y los pasos del viejo y su criada sonaban

como en el ulterior de una cripta, en un medroso silencio interrumpido

por los crujidos de la madera vieja y las veloces carreras de las ratas.

La manía de adquirir todo lo barato daba a la casa un tono grotesco.

Sobre la puerta de la escalera destacábase una testa de toro disecada,

con unas astas que daban frío. Juanito tenía presente los enormes monos

trepando por un tronco, con el lomo apelillado y calvo, y los pájaros

vistosos, a quienes no se podía quitar el polvo sin que cayesen las

plumas; adquisiciones de almoneda, que convertían en un arca de Noé el

gran salón, con su techo al fresco, donde jugueteaban amorcillos

descoloridos y macilentos por la pátina de un siglo entero, y con sus

enormes consolas doradas sobre las cuales se ostentaban grupos de frutas

contrahechas, uvas y melocotones, cuya cera perdía los vivos colores

bajo la capa de los años.

--¿Conque el tío está arriba?

--En los porches lo encontrarás, Juanito.... Sube, que yo voy a la

cocina. Creo que se quema el potaje.

Y el muchacho siguió subiendo la escalera, que ya no era de azulejos

vistosos, sino de tostados baldosines. Aquellos peldaños habían sido

cincuenta años antes el camino de una gran industria. Centenares de

obreros los pisaban todas las mañanas, y por allí descendían, recién

salidos del telar, los floreados damascos, los brillantes rasos, la seda

listada, todas las magnificencias de una industria oriental que daba a

Valencia fama y prosperidad. Ahora era la escalera de un panteón, y se

sentía malestar oyendo cómo el eco repetía y agrandaba los pasos.

Los porches eran inmensos. Un taller que se perdía de vista, ocupando

todo el último piso del caserón; un bosque de maderos y cuerdas,

invadidos por las telarañas; una confusión de telares que, inactivos y

muertos, parecían siniestras guillotinas, complicadas máquinas de

tormento.

Juanito tardó en ver a su tío, agachado entre dos telares, en mangas de

camisa, ocupado en armar una ratonera. A pocos pasos de él, una docena

de gallinas picoteaban en un barreño, y por encima de los travesaños y

redes de los telares aleteaban los palomos, lanzando su arrullo

adormecedor.

--¿Eres tú, Juanito?--exclamó el tío al levantar la cabeza--. No te

esperaba. ¿Vienes para que hagamos juntos las estaciones? Pues no pienso

salir hasta la tarde.

Y don Juan, abandonando la ratonera, rué hacia su sobrino con la sonrisa

paternal, bondadosa, que reservaba para Juanito aquel hombre duro y

malhumorado con todos.

La mirada curiosa e interrogante del sobrino llamó su atención.

--¿Desde cuándo no has estado aquí...? Creo que desde que eras un

chicuelo y subías a enredar con tus compinches. Lo menos hace veinte

años.... Está bien arreglado, ¿verdad? Las ventanas cerradas, los

postigos de arriba alambrados, para que entre el sol y el aire.... Me he

gastado una barbaridad de dinero: lo menos doce duros; pero tengo un

palomar en el que se criarían perfectamente todos los animales de pluma

que entran en la plaza Redonda durante medio año. El único inconveniente

son las malditas ratas. No hay ratonera ni polvos que puedan con ellas.

Parece que los telares paran las ratas a montones. ¡Y qué atrevidas!

¡Degüellan a los polluelos, se comen las crías, y cualquier día creo que

bajarán para devorarnos a Vicenta y a mí! ¿Y lo desvergonzadas que

son...? ¡Mira... mira!

Y al mismo tiempo que señalaba a un extremo del vasto taller, cogió un

pedazo de madera y lo arrojó con fuerza al lugar donde se agitaba el

terrible roedor. El proyectil, pasando por entre los telares, rebotó

sobre un poste, cayendo casi a los pies del tío.

--¡Se escapó...! ¡Figúrate lo que harán esas malditas cuando estén

solas! Se comen más palomas y gallinas que yo, rompen los huevos, y

resulta que hago gastos para mantenerlas regaladamente. El día menos

pensado mato todos los animalitos, y se acabó la diversión.

Y mientras decía esto, por no estar inactivo, cogía de un telar la

cazuela llena de granos, lanzando con voz de falsete un ¡_pul_!

¡_pul_...! interminable, y arrojaba puñados al suelo, arremolinándose en

torno de él las gallinas y palomos, escandalosas, agresivas,

disputándose aquel maná con furiosos picotazos.

Juanito seguía contemplando el aspecto desolado del porche: el techo, de

cuyas viguetas pendían largos pabellones de telarañas; los telares, que

en sus superficies planas tenían capas de polvo cuya formación suponía

docenas de años; las ventanas, con sus cerraduras enmohecidas y arriba

unos enrejados por los que lanzaba el sol barras de luz en cuyo interior

danzaba un mundo de moléculas.

El joven recordaba confusamente las grandezas que había oído de boca de

don Eugenio: los recuerdos gloriosos del arte de la seda, los brillantes

trabajos de los _velluters_ que cincuenta años antes hacían danzar las

lanzaderas allí mismo, del amanecer hasta la noche; y sentía cierta

pena, un malestar extraño, como si se encontrara ante las ruinas de una

ciudad muerta y todavía vibrasen en el espacio los últimos estallidos de

la catástrofe. Aquello era un panteón al que no se había quitado el

andamiaje; la ruina y el silencio habían pasado por allí, petrificando

el taller, antes ruidoso y ensordecedor.

La melancolía del joven parecía comunicarse a don Juan, que ya no

arrojaba granos a sus aves.

--¡Cómo está esto! ¿No es verdad que entristece...? Y menos mal para ti,

que no has conocido los buenos tiempos, cuando desde el amanecer reinaba

aquí un estrépito de dos mil demonios, y abajo, tu abuelo y yo sentíamos

temblar el techo al empuje de los telares, mientras arreglábamos cuentas

o sacábamos de los armarios las ricas piezas para enseñarlas a los

compradores.... ¡Ah, qué tiempos aquéllos...!

Y el viejo se conmovía, coloreábase su tez, gesticulaba con entusiasmo,

y sus ojos brillaban como si viese en movimiento aquel centenar de

telares y una turba activa y laboriosa en torno de ellos.

--Aquí, en estos talleres, estaban la riqueza y la honra de Valencia;

aquí trabajaban los _velluters_, aquella gente que por su tonillo docto

era el prototipo de la pedantería, pero que resultaba respetable por ser

la fiel guardadora de las costumbres tradicionales, la sostenedora de

ese carácter valenciano, sobrio, alegre y dicharachero, que casi ha

desaparecido. ¡Qué hombres aquéllos! Tenían sus defectos, Juanito; pero

así y todo, no los cambiaría yo por los hombres de hoy. Su carácter era

sutil como la seda; acostumbrados a las labores difíciles, menudas y

complicadas, eran meticulosos, y tan amantes de la equidad, que hasta se

cuenta como chiste que uno de los del gremio hizo parar una vez la

procesión para recoger del palio una pasita que se le había caído

comiendo en la ventana. Esto sería ridículo, pero a mí me entusiasma.

Con hombres así no había miedo a ser robado, y la confianza entre amos y

obreros era completa. El tejedor entraba de aprendiz en un taller, y

sólo lo abandonaba para irse al cementerio. Todos los trabajadores de la

casa me vieron nacer. Eran como de la familia.... ¡Oh, qué tiempos

aquéllos...!

Y don Juan, animado por sus rancios entusiasmos, entornaba los ojos,

como para ver mejor el hermoso cuadro del pasado.

--Ahora--continuó, apoyando sus palabras con pataditas nerviosas--,

ahora, todo muerto por culpa del maldito Lyón, de esos gabachos que con

sus máquinas endiabladas nos han arruinado.... Ya no hay moreras en la

huerta; en las barracas se ha perdido la memoria de las cosechas de

capullo, y ha muerto una industria... industria no; un arte que

nosotros, aunque cristianos viejos, heredamos directa y legítimamente de

nuestros abuelos los moros.... ¿Y en esto consiste el progreso? ¿En que

unos pueblos roben a otros sus medios de vida...? Pues me _futro_ en él

y en los que le defienden.

Y el viejo, siempre circunspecto y bien portado, animándose con la

imaginación, hacía ademanes tan enérgicos como incorrectos para

manifestar el desprecio que le merecía el progreso condenado.

--Y no es que yo maldiga los adelantos--dijo después, como si se

arrepintiese--; sobre todo me gusta que vayan a Madrid en menos de un

día, cuando en mis tiempos se necesitaba nueve de galera y hacer

testamento. Pero me enfurece que lo que estaba bien, y muy en su punto,

venga el señor Progreso y lo eche a perder con su afán de revolucionarlo

todo. Callaría si el arte de la seda hubiese ganado algo con nuestra

ruina; pero me sublevo al ver que lo de allá, que es lo que priva, ni es

arte ni nada. Industrialismo vil: estafa y nada más. ¿Dónde están los

tejidos de pura seda que un puñal no podía atravesar? ¿Dónde los

terciopelos que pasaban de abuelos a nietos, como si acabasen de salir

de la tienda? Aquello acabó, y ahora sólo queda la sedería de Lyón,

«mírame y no me toques», algodón malo, géneros que no duran un año,

porquerías con las que van tan orgullosas estas señoritas del día....

¿No es esto, Juanito? ¿No lo ves tú así?

Y el sobrino contestaba a todo con afirmativas cabezadas, muy preocupado

en su interior por el modo como expondría la pretensión que le llevaba

allí. La aprobación de Juanito templó las iras del viejo.

--No creas por eso que me forjo ilusiones. Esto está muerto y bien

muerto. No es culpa de los de allá, sino de la gente de aquí. Se acabó

el buen gusto. Hoy se tiene horror a lo que es rico y vistoso; los

señores visten como los criados; todos van de obscuro, como sacristanes;

el chaleco, que es la prenda que da majestad a la persona y pregona su

clase, es de la misma tela que los pantalones; ya no se ostenta sobre el

vientre el terciopelo floreado, aquellas rayas de cien colores que tanto

golpe daban en mi juventud, y hasta los labradores se encajan la blusa

y el hongo, como asistentes, y se ríen cuando sacan del fondo del arca

el chupetín de raso de sus abuelos, la faja de seda y el pañuelo de

flores, que tanto lucían en los bailes de la huerta.... ¿Y las mujeres?

No me hables de ellas.... ¡Valientes imbéciles! Ni en las aleluyas del

mundo al revés.... Se visten como los hombres, con lanilla inglesa; van

feas como demonios con esos colores de enterrador, apagados, sombríos; y

en el verano gastan, cuanto más, percal de tres reales, con lo que creen

ir tan elegantes. ¡Oh, aquellos tiempos míos! Se estrenaba menos, era

menor la variedad, pero se lucían cosas buenas y sólidas, que pasaban

docenas de años en los roperos sin que hubiera polilla con valor para

hincarlas el diente. ¡Todo se ha perdido! ¡Adiós, cortinajes de damasco!

¡Abur, seda chinesca! Ahora adornan los salones con unas telas ásperas,

de tejido burdo y borroso; y cuando no, para que la cosa tenga

«carácter» (¡vaya una palabra!), echan mano de las mantas jerezanas y

arman una decoración de taberna.

Y el viejo, con el bigote un tanto erizado y los mongólicos ojos echando

chispas, se movía y braceaba furioso, como si arrojara su indignación a

la cara de un ser invisible. Su voz despertaba ecos en el inmenso

porche, más silencioso que de costumbre por la calma en que estaban las

calles; y a pesar de que las gallinas y las palomas picoteaban en torno

de él, quitando grandeza a la escena, don Juan parecía un personaje

bíblico, un profeta desesperado gimiendo lamentaciones ante las ruinas

de la ciudad amada.

Pero no era el avaro hombre capaz de entregarse por mucho tiempo a esta

indignación con arranques líricos.

--Pero vamos a ver, muchacho... ¿a qué has venido...? Algo te trae aquí.

Lo adivino en tu preocupación.

-Juanito balbuceó, sorprendido por esta pregunta inesperada. Sí.... Algo

tenía que decirle a su tío; pero le turbaban tanto los ojos

interrogantes de éste, la calma con que esperaba su respuesta, que se

le embrollaban sus pensamientos y no sabía cómo empezar.

--Es cuestión de la mamá.... ¡Si usted supiera, tío...! Está en

situación muy apurada.

Y rápidamente, sin tomar aliento, como si arrojara lejos de sí un peso

asfixiante, disparó las pretensiones de doña Manuela, aquella demanda de

quince mil pesetas, cantidad necesaria para salvar la honra de la

familia.

--Y bien, muchacho: ¿qué es lo que quieres decirme con todo esto?

--Que usted... como hermano... como tío mío que es, podía....

--Nada puedo, ¿lo entiendes...? Nada, absolutamente nada; y más

tratándose de tu madre. El viejo dijo esto con un acento que no daba

lugar a dudas. No había que esperar que retrocediese en su negativa.

--¿Es que aún no conoces a tu madre? ¿No te he dicho muchas veces quién

es...? ¿Que debe...? Pues que pague; y si no tiene con qué hacerlo, que

sufra las consecuencias. He jurado no tenderle la mano aunque la vea con

agua al cuello. Si fuese como Dios manda, una persona arregladita y

económica, la sangre de mis venas le daría; pero a una derrochadora, que

sólo se acuerda de su hermano en los apuros, y cuando tiene cuatro

cuartos desprecia sus consejos, a ésa no le doy ni esto.

Y metiéndose la uña del pulgar entre los dientes, tiraba con fuerza,

produciendo un chasquido.

--De seguro que ella es la que te envía aquí.

--No, tío; puede usted creerme. Vengo por mi propia voluntad.

--Pues entonces--dijo sonriendo el ladino viejo--es que ella te ha

pedido a ti el dinero, y vienes a ver si lo saco yo.

Enrojecióse el rostro de Juanito al ver que su tío adivinaba en parte la

verdad.

--No niegues, muchacho; la cara te hace traición.... Óyeme bien: si eres

tan imbécil que te dejas explotar por tu madre, no cuentes con el

cariño de tu tío. Lo que te dejó tu padre para ti es, y no para que se

lo coman tus hermanitos los cachorros de Pajares. Vamos a ver; di la

verdad: ¿No te ha metido Manuela en sus trampas? ¿No te ha hecho firmar

algún pagaré? La verdad, y nada más que la verdad.

La mirada del viejo era fija, inquisitorial, escudriñadora; pero Juanito

tuvo serenidad para mentir.

--No, señor; nada he firmado.

--Te creo, y lo celebro. ¡Mucho ojo, muchacho! Tu madre tiene hambre de

dinero, y de seguro que no pierde de vista tu fortunita. No quiero que

te roben. Cuando yo muera, tendrás más, algo más que ese huerto de

Alcira; no quedarás en medio de la calle, como tu mamá, tus hermanas y

el _perdis_ de Rafaelito.... Pero vuelvo a repetirlo: no quiero que te

roben. Además, no tomes tan a pecho eso de la ruina de tu madre. Ella

vive en la trampa como en su propio elemento, y ya sabrá salir de este

apuro como de otro. Aún le queda algo para ir tirando; y cuando no tenga

ni camisa, reventará, tenlo por seguro. Es de esas gentes que no mueren

hasta gastar el último ochavo.

A Juanito le molestaba este lenguaje rudo que hería tan en lo vivo a su

madre, a su ídolo; pero al tío le había profesado siempre tanto cariño

como respeto, y fluctuando su carácter entre los dos afectos, limitábase

a callar. Más de media hora estuvo oyendo los agravios que don Juan

tenía con su hermana, el odio nacido al casarse ésta con el doctor

Pajares, que sobrevivía a pesar del tiempo transcurrido.

--Adiós, Juanito, y no hagas caso de tu madre--dijo al despedirle en la

escalera--. Lo que debes hacer es preocuparte menos de tu familia, que

nunca ha pensado en ti, y preparar tu porvenir. Ve pensando en

establecerte, y si encuentras una muchacha buena, hacendosa y modesta,

lo que no es fácil, tampoco será de más que te cases. Para ser

comerciante necesitas familia. Adiós, muchacho. Ven a la tarde y

haremos juntos las estaciones.

El muchacho salió de la casa, llevando sobre sus hombros una verdadera

olla de grillos. Era verdad lo que decía el tío: le querían explotar.

Los lujos y prodigalidades de la familia tenía que pagarlos él, ¡él, que

en su casa había ocupado un lugar intermedio entre los criados y sus

hermanos! No daría un céntimo; que se arreglase su madre como pudiera.

Nada le debía, pues le entregaba íntegro el salario de la tienda,

satisfaciendo con creces sus gastos.

Pero todos sus propósitos de energía desvaneciéronse ante las miradas

suplicantes de su madre. ¡Qué hermosa estaba! Con sus ojazos

lagrimeantes y tiernos, parecía la Virgen que tiene el corazón erizado

de espadas. Él no la abandonaba; sería un mal hijo si correspondía con

el desdén al cariñazo maternal que le mostraba la buena señora tan

pronto como se veía en apuros de dinero.

--Bueno, mamá; no llore usted. No encuentro quién nos preste; pero estoy

dispuesto a firmar lo que usted quiera, dando en garantía el huerto.

Crea usted que me cuesta mucho desprenderme de ese dinero.

--Yo te lo devolveré, hijo mío; te lo devolveré pronto--dijo la

arrogante señora abrazando a Juanito y mojándole el rostro con sus

lágrimas.

Y lo decía con toda su alma, con la buena fe de los tramposos cuando se

ven salvados, que confían ciegamente en el porvenir y creen mejorar su

fortuna en lo futuro.

--Está bien, mamá--dijo Juanito, que en medio de su enternecimiento no

se cegaba--. Firmaré, pero sólo por quince mil pesetas.

Larga pausa.

Doña Manuela, pensativa:

--Mira, hijo mío, quince mil pesetas justas no han de ser. Puedes firmar

por dieciséis mil. No digas que no, rico mío. Completa tu sacrificio.

Necesito algún dinerillo para pagar ciertas cuentas, y además, las

Pascuas vamos a pasarlas en nuestra casa de Burjasot; vendrán amigos, y

hay que quedar bien. Ante todo, el decoro de la familia y no caer en el

ridículo. Conque no tuerzas el gesto, niñito mío; quedamos en que serán

dieciséis mil.... ¡Ay, qué peso me has quitado de encima...!

Arroz y tartana · 第 7 / 15 题