VII

Los domingos, a las siete de la mañana, salía Juanito de su casa con el

alegre desembarazo del colegial que en día de fiesta todo lo ve de color

de rosa.

Iba estirado, satisfecho dentro de su traje de lanilla inglesa, algo

incómodo por el cuello de la camisa almidonado y de bordes punzantes;

pero le bastaba lanzar una mirada a sus botas de charol y a la corbata,

siempre de colores vivos, para darse por satisfecho de todas las

molestias que le causaba su transformación. La mamá y las hermanitas le

contemplaban con asombro. ¿Qué creían ellas? El Juanito de ahora estaba

muy lejos del de los tres meses antes. Ya era hora de dedicar a rodillas

de cocina las levitas viejas de su padrastro el doctor Pajares, prendas

que la mamá le había hecho usar para mayor economía.

El amor había transformado a Juanito. Su alma vestía también nuevos

trajes, y desde que era novio de Tónica, parecía como que despertaban

sus sentimientos por primera vez y adquiría otros completamente nuevos.

Hasta entonces había carecido de olfato. Estaba segurísimo de ello; y si

no, ¿cómo era que todas las primaveras las había pasado sin percibir

siquiera aquel perfume de azahar que exhalaban los paseos y ahora le

enloquecía, enardeciendo su sangre y arrojando su pensamiento en la

vaguedad de un oleaje de perfumes? No era menos cierto que hasta

entonces había estado sordo. Ya no escuchaba el piano de sus hermanas

como quien oye llover; ahora la música le arañaba en lo más hondo del

pecho, y algunas veces hasta le saltaban las lágrimas cuando Amparito se

arrancaba con alguna romanza italiana de esas que meten el corazón, en

un puño.

El muchacho, antes tan sólido y bien equilibrado, mostrábase inquieto y

nervioso, lloraba a solas por cualquier cosa o se entregaba a

expansiones infantiles; pero a pesar de esto, era más feliz que nunca.

Su antigua vida parecíale la existencia soñolienta de una bestia

amarrada a la estaca, rumiando la comida o durmiendo, sin noción alguna

de un más allá.

Ahora, el amor por un lado y por otro la primavera, parecían incubar en

él un nuevo ser, y de la ruda cáscara del antiguo dependiente, con la

inteligencia muerta y la voluntad atrofiada, surgía un hombre nuevo, en

el cual despertábase el mismo romanticismo de su padre cuando era joven.

El Mercado le atraía los domingos en las primeras horas de la mañana, e

iba a lucir sus arreos entre los puestos de las floristas. Allí

permanecía confundido en el grupo de curiosos que atisbaban las caras

hermosas, y lo mismo abrían paso a las señoritas que volvían de misa con

el devocionario en la mano, que echaban piropos a las criadas

emperejiladas, que, doblándose al peso de las cestas, metíanse entre la

varonil barrera para comprar un mazo de flores.

¡Qué bien se estaba allí! El sol comenzaba a caldear la plaza;

esparcíase por el ambiente el tufillo de las verduras recalentadas; pero

bajo la techumbre de cinc que resguardaba los puestos de flores, entre

las cortinas rayadas que tapaban los lados del mercadillo, notábase una

frescura de subterráneo, el vaho húmedo de las baldosas regadas con

exceso. Y luego, ¡qué orgía para el olfato en esta atmósfera fresca!

Experimentábase la misma impresión que en una tienda de perfumería,

donde, al entrar, toda una avalancha de esencias distintas sale de

cuantos huecos tiene la anaquelería, asaltando el olfato.

Sobre las mesas pintadas de verde amontonábanse las flores como si

fuesen comestibles, o agrupadas en pirámides, sobre una base de papel

calado, erguíanse formando ramos monumentales con los colores en

caprichosos arabescos. Allí estaban las jardineras: hermosas unas, con

la esplendidez de las vírgenes morenas; viejas y arrugadas otras, con

esa fealdad de bruja que es final rápido e inesperado de la belleza de

las razas meridionales. Acostumbradas todas ellas a la vida común con

las flores, tratábanlas con confianza ruda y desdeñosa. Recortaban

cruelmente sus tiernos rabos mientras hablaban con los compradores, o

aprisionaban sus finos tallos con el hilo, sin que les enterneciera el

perfume que en son de protesta les arrojaban al rostro.

Un mosaico deslumbrador se extendía sobre las mesas. Las azucenas, con

su túnica de blanco raso, erguíanse encogidas, medrosas, emocionadas,

como muchachas que van a entrar en el mundo y estrenan su primer traje

de baile; las camelias, de color de carne desnuda, hacían pensar en el

tibio misterio del harén, en las sultanas de pechos descubiertos,

voluptuosamente tendidas, mostrando lo más recóndito de la fina y rosada

piel; los pensamientos, gnomos de los jardines, asomaban entre el

follaje su barbuda carita burlona cubierta con la hueca boina de morado

terciopelo; las violetas coqueteaban ocultándose para que las denunciase

su olorcillo que parecía decir: «¡Estoy aquí!»; y la democrática masa de

flores rojas y vulgares extendíase por todas partes, asaltaba las mesas,

como un pueblo en revolución, tumultuoso y desbordado, cubierto de

encarnados gorros.

Allí esperaba Juanito la aparición de Tónica, que todos los domingos,

por hallarse libre del trabajo, se encargaba de la compra, evitando esta

operación a su compañera, cada vez más falta de vista. Formaban una

original pareja el hortera endomingado y aquella muchacha, que por estar

cerca su casa iba de trapillo, sin perder por esto el aire de distinción

adquirido en la niñez y llevando su cesta con la desenvoltura de una

colegiala que comete una travesura.

Hablaron un buen rato en la entrada del mercadillo, sin fijarse en

miradas maliciosas ni darse cuenta de los rudos encontronazos de la

multitud; él la cargaba con el ramo más hermoso que veía, seguíala en su

correteo por el Mercado, de puesto en puesto, y después la acompañaba

hasta su casa, lentamente, saludando a los vecinos de los pisos bajos,

que consideraban a Juanito como un conocido y se hacían lenguas,

especialmente las mujeres, del «gancho» de la costurerilla, una mosquita

muerta que había sabido «pescar» un novio rico, según aseguraban los

mejor informados de la calle.

Juanito, poco a poco, había logrado estrechar sus relaciones con Tónica.

No subía a la casa, eso no; ¿qué dirían los vecinos? pero si le estaba

vedado entrar en aquella escalerilla, que se le antojaba camino de

misterioso santuario, podía acompañar a Tónica y su amiga los domingos

por la tarde.

El dependiente había entablado amistad con Micaela, una criatura

insignificante que pasaba por el mundo como un fantasma, anulada la

voluntad, lamentándose de no vivir, como en su juventud, en la

servidumbre doméstica. Sentía una tierna simpatía por aquella mujer casi

ciega, con sus ojazos claros siempre inmóviles, como si experimentara

eterno asombro. Entre el dependiente y ella establecíase el lazo de la

igualdad de caracteres. Los dos eran seres débiles, pacientes, sin

voluntad: acostumbrada ella a la obediencia de la servidumbre,

supeditado él por la adoración a su madre.

Micaela encontraba aceptables las relaciones entre Juanito y su amiga.

El dependiente era para ella un ser de casta superior; causábala respeto

la posición social de su familia; y mientras Tónica le llamaba por su

nombre, ella, con sus costumbres de criada antigua, nombrábale siempre

«señor de Peña», ceremoniosamente, a estilo de comedia.

¡Qué tardes tan hermosas las de aquella primavera! Salían de casa a la

hora en que correteaban por las calles los grupos de criadas, con sus

faldas almidonadas y al cuello el ondeante pañuelito de seda, seguidas

por los soldados de caballería, de escandalosas espuelas, torpe paso y

embarazados por el sable, como si fuese un pesado garrote.

Sus diversiones eran siempre las mismas. Iban donde va la gente que no

quiere gastar dinero, y se les veía por el pretil del río, camino de

Monte-Olivete, los dos jóvenes delante, hablando tranquilamente,

mientras se acariciaban con la mirada, y detrás Micaela, con aire de

inconsciente, abismada en el crepúsculo eterno que la envolvía y

levantando la cabeza, sin sentir la menor molestia por los rayos del sol

que se quebraban en sus ojazos hermosos y muertos.

Deteníanse a contemplar los incidentes del tiro de palomo establecido en

el cauce del río, pedregoso, inmenso, surcado por unas cuantas venillas

de agua, que se cruzaban caprichosamente, formando verdes archipiélagos.

La afición meridional al estruendo, el instinto de raza, ansioso de

correr la pólvora, revelábase en el inmenso corro, donde se contaban las

escopetas a centenares y el tirador de chaqué disparaba junto al

aficionado de blusa. En el centro del corro los enormes jaulones, donde

aleteaban inquietos los pajarracos de la Albufera o los pardos palomos,

estremeciéndose a cada descarga, temiendo que les tocase el turno de

volar por entre la lluvia de plomo; y junto a ellos el héroe de la

fiesta, el _colombaire_, un mocetón despechugado, al aire los bíceps de

hércules, limpiándose el sudor, girando como una peonza, haciendo toda

clase de muecas y voceando la frase sacramental «¡_a pacte_!» antes de

soltar las alas que oprimía entre sus manos ¡Allá va...! Y aquello era

una batalla. Primero el disparo aislado del preferido que paga mejor;

después tiroteo graneado; y al fin descargas cerradas, mientras el

_colombaire_ se agitaba como un energúmeno, con la fiebre de la

destrucción, y rugía «¡_a ell_, _a ell_!» como si su voz fuese el

ladrido de toda una jauría. El rojizo humo envolvía al corro; y arriba,

en el espacio azul, puro, ideal, deshonrado por un crimen, veíase caer

al palomo inerte, apelotonado, atravesado por veinte tiros, como un

miserable puñado de plumas. Los curiosos, enardecidos por el tiroteo,

seguían con mirada ansiosa al pájaro que lograba escapar; interesábanse

en las terribles disputas de los cazadores, reclamando todos la misma

pieza; no se fijaban en la lluvia de perdigones fríos que caían en torno

de ellos; y si «por casualidad» se perdía un ojo o se sentía escozor en

el cuerpo... ¿qué iban a hacer? esto entraba en la diversión.

La enamorada pareja seguía su paseo, sintiendo a sus espaldas el paso

leve de la resignada Micaela. En Monte-Olivete sentábanse en el banco de

piedra que circunda la ovalada plaza; henchíase el moquero de Tónica de

cacahuetes y altramuces, y volvían a emprender la marcha, siempre por la

orilla del río, más agreste ahora, con filas de seculares álamos y

verdes cañares, que se estremecían rumorosos al viento con un quejido

triste.

Andaban, devoraban distraídamente el contenido del pañuelo. Juanito

llevaba en su bigote cortezas de cacahuet; y a pesar de esto, los dos se

sentían en un ambiente ideal y caminaban como si no pusiesen los pies en

el suelo. En el fondo de los ojos de Tónica veía él la reducción del

paisaje, las verdes charcas del río, los cañares, la arboleda, el

azulado cielo; y las nubecillas que resbalaban veloces antojábansele,

vistas en tal espejo, el alma de su amada, que pasaba y repasaba tras

las pupilas envuelta en vaporosas vestiduras. ¡Oh, qué bien se sentía

caminando junto a la mujer amada, rozándola el codo a la menor

disigualdad del terreno, aspirando el perfume indefinible de Tónica,

distinto de todas las esencias de este mundo! Olvidábase de todo, de su

familia, de su porvenir, de la pobre Micaela, que iba a sus espaldas

rumiando altramuces, y su atención reconcentrábase en los ojos negros,

que a cada momento reproducían un rincón del paisaje; en la blanca y

sana dentadura, tan hermosa, tan brillante, que al reír parecía iluminar

la morena cara de la joven.

Y sin embargo, su conversación no podía ser más vulgar. Tónica era un

espíritu práctico, que, en medio de sus escapes de pasión, no olvidaba

el porvenir con todas sus miserias y monotonías. Insensible a los

encantos del paisaje, a la soledad rumorosa que los rodeaba, trazaba

planes para lo futuro, para cuando fuesen dueños de una tienda en el

Mercado y ella tuviese que desarrollar las facultades de ama de casa. Ya

vería él de lo que era capaz su mujercita. Y la linda costurera, con su

aire grave de mujer formal, con la misma expresión vaga y soñolienta que

si hablase de amor, marcaba punto por punto el programa de su vida

futura. Se levantaría a la misma hora que él, y mientras Juan vigilase

la limpieza de la tienda, ella ayudaría a la criada en «lo de arriba»;

trabajar mucho y ahorrar más, pues esto es lo que da salud; y después, a

la hora de comer... ¡qué felicidad hablar de los negocios devorando el

clásico puchero con el buen apetito que da la actividad! Dependientes

pocos y buenos, tratados como de la familia, comiendo todos en la misma

mesa, a estilo patriarcal. Y la casa adelante, siempre adelante,

Queriéndose ellos mucho y amasando ochavo tras ochavo la fortuna para la

vejez, en aquel nido estrecho atestado de fardos y piezas de tela. Esto

al principio, cuando aún no hubiesen novedades y la casa permaneciese

tranquila y en reposo; pero después... ¡figúrate tú! vendrá lo que es

natural... uno, dos o más, ¿quién sabe? Y entonces tendrá que ver que al

digno comerciante don Juan Peña, cuando suba a almorzar, se le cuelguen

de los brazos unos cuantos angelitos cabezudos, de hinchados mofletes, y

no le dejen tragar bocado con tranquilidad.

Pero Tónica se detenía, ruborizándose como si sintiera haber dicho

demasiado, y miraba a su no vio confusa y avergonzada, mientras éste

buscaba la linda manecita de ella para besarla repetidas veces, sin

importarle la presencia de Micaela.

La costurera consentía estas caricias. Conocía bien a Juanito. No había

cuidado que pasase de ellas. Besábale las manos, sin que sus labios

dejasen la ardorosa huella del deseo contenido, y todo el exceso de

Juanito consistía en morder las duricias de la epidermis producidas por

el contacto de las tijeras o las rozaduras y pinchazos de la aguja.

Estas marcas del diario trabajo las adoraba Juanito como cuarteles de

nobleza, y las yemas de los rosados dedos, ligeramente encallecidas,

chupábalas con tanta delicia como si fuesen caramelos.

Tónica, con dulce coquetería, extendía sus manos, dejándoselas besar. Si

alguna vez, al saltar un ribazo, quedaba al descubierto algo de su

blanca media, veía cómo Juanito volvía a otro lado su mirada con cierta

expresión de sorpresa y disgusto. La quería bien: estaba en el período

de la adoración extática. Tónica era para él como esas vírgenes de

cabeza hermosísima, que bajo la deslumbrante vestidura sólo tienen para

sostenerse tres feos palitroques. Él, que en la cocina de su casa

estremecíase hasta la raíz de los cabellos al menor roce con las

fornidas fregonas, nunca había llegado a pensar que Tónica tenía algo

más que su gracioso rostro.

Mientras los novios, sentados en los pendientes ribazos, con los cañares

a la espalda, hablaban del porvenir, acariciándose castamente, y en

pleno idilio daban fin al puñado de altramuces, Micaela permanecía

inmóvil, con la mirada mate fija en el sol, que, como una bola candente,

resbalaba por la inmensa seda del cielo sin quemarla, y al acercarse en

su descenso majestuoso al límite del horizonte, se sumergía en un lago

de sangre.

Algunas veces, la pobre mujer sonreía, como si ante sus ojos moribundos

pasasen seductoras visiones.

--¿Qué piensa usted, Micaela?--preguntaba Tónica--. ¿Ve usted algo?

--Nada, hija mía; veo el sol, que es lo único que puedo ver.

Pero mentía. Veía con los oídos. Las palabras de los jóvenes, aquellos

desahogos de un amor tranquilo, le alegraban, y su fantasía poblaba de

imágenes las muertas retinas. Veía a la _siñá_ Antonia, la madre de la

costurera, tal como era quince años antes, cuando Micaela iba de visita

a su portería para charlar como antiguas amigas. Pero ahora ya no hacía

calceta, ni aparecía dentro de sus ojos patiabierta ante el brasero,

echando firmas en la lumbre; la veía en el cielo, justamente ganado con

sufrimientos y miserias, vestida de blanco, como van los

bienaventurados, y desde allí, asomándose a una ventana de nubes,

lanzaba una sonrisa como una bendición sobre los dos jóvenes, que

parecía decir: «Gracias, Micaela; cuídamela, sacrifícate un poco más, no

la abandones hasta verla esposa de Juanito, que es un buen muchacho. Yo,

en agradecimiento, te guardaré un rinconcito para cuando subas.»

Y la pobre mujer conmovíase tanto al soñar despierta, que las lágrimas

titilaban en sus ojos, haciendo brillar las pupilas sin vida.

--¿Ahora Hora usted...?--preguntaba Tónica--. Pero ¿qué le pasa?

Nada, absolutamente nada. Se sentía feliz y lloraba de alegría, de

agradecimiento, satisfecha de sí misma, de la bondad con que la trataba

Dios.

Juanito miraba con asombro no exento de envidia a la pobre mujer casi

ciega, que saldría del mundo tan inocente como había entrado, después de

arrastrar la más monótona y abrumadora de las existencias, siempre

amarrada a la argolla de la domesticidad, sumisa y automática, y que

todavía sentíase dominada por el agradecimiento, como si la vida de

descanso puramente animal que ahora gozaba fuese una felicidad de que no

se consideraba digna.

Aquella primavera fue el período más feliz de la existencia de Juanito.

Amaba, era amado, tenía fe en el porvenir, sentíase a cien leguas de las

miserias de su familia, y para mayor felicidad, el tío don Juan,

enterado de su noviazgo, lo toleraba, reservándose dar su aprobación

definitiva cuando conociese a Tónica.

Un domingo, por exigencias de los arrendatarios, tuvo que ir a su huerto

de Alcira, y pasó el día como un desterrado, mirando melancólicamente

hacia Valencia y sintiendo un inocente enfurruñamiento contra el sol

porque marchaba despacio, retrasando la hora del regreso. Por la noche,

¡con qué placer saltó al andén de la estación, hendiendo a codazos la

muchedumbre que obstruía la salida! Con los zapatos llenos de polvo,

llevando en las manos dos ramas de naranjo cargadas de bolas de oro que

esparcían fresco perfume, pasó como un hombre satisfecho de la vida ante

los revisores y dependientes de Consumos que vigilaban la puerta, y

corrió a la calle de Gracia, metiéndose en la escalerilla con un

arranque de audacia que a él mismo le causaba asombro. Micaela perdonó

al «señor de Peña» esta transgresión de lo pactado, en gracia a su viaje

y al regalo del ramo de naranjas; y desde aquel día, el enamorado, sin

abusar de la tolerancia, continuó sus visitas.

Juanito ya no sentía miedo al pensar lo que diría la mamá cuando

conociese sus amores. Tenía el convencimiento de que ella lo sabía todo.

El día de la Virgen fue con Tónica y su amiga a la primera misa en la

capilla de los Desamparados. Dentro del templo sonaba la música; la

multitud, oprimida en la mezquina rotonda, esparcíase por la plaza hasta

la fuente, adornada con un ridículo templete que parecía de confitería.

Todos estaban en actitud reverente, sin ver otra cosa de la misa que las

obscuras puertas, en cuyo fondo brillaban como chispas de oro las luces

de los altares, sintiendo en sus descubiertas cabezas el vientecillo de

primavera, semejante al halago de una mano invisible, tibia y olorosa.

En esta confusión, cuando Juanito, sacando los codos, guardaba de

empujones a las dos mujeres, vio a corta distancia a su familia y la

del señor Cuadros.

Desde las Pascuas que era grande la intimidad entre las dos familias;

Juanito había oído hablar la noche anterior de cierto plan de

esparcimiento matutino, como principio de fiesta, por ser los días de

Amparito. Oirían la primera misa en la capilla de los Desamparados,

porque a doña Manuela, como buena valenciana, le parecía que ninguna

misa del resto del año valía tanto como aquélla y después tomarían

chocolate en un huerto de fresas, bajo un toldo de plantas trepadoras,

recreándose el olfato con el olor de los campos de flores y el humillo

del espeso soconusco.

Doña Manuela vio a su hijo, Juanito la sorprendió fijando los ojos en

Tónica con expresión curiosa e interrogante. La altiva señora aparentó

después no haber visto a su hijo; pero al volver a casa, Juanito

sentíase trémulo e inquieto pensando en lo que diría su mamá, tan amante

del prestigio de la familia.

Pasó aquel día y pasaron muchos sin que doña Manuela dijese una palabra

sobre el noviazgo de su hijo. Este silencio entristecía a Juanito en

ciertos momentos. Veía una vez más hasta dónde llegaba el afecto de

aquella madre a la que idolatraba. Era un paria, un advenedizo de

procedencia inferior que el azar había introducido en la familia. Para

Rafaelito y las hermanas, todas las alianzas eran medianas; pero

tratándose del hijo de Melchor Peña, el tendero del Mercado, todo

resultaba bien. Podía casarse con una criada de la casa, sin que doña

Manuela sintiera un leve roce en aquella susceptibilidad tan despierta

para los otros hijos.

La buena señora llegó por fin a darle a entender con palabras sueltas lo

que él se recelaba. Conocía sus amores; se había informado de quién era

Tónica, y no le parecía gran cosa; pero si Juanito se mostraba conforme,

todos contentos. Esta indiferencia anonadaba a Juan; y a pesar de que

nadie en la casa se preocupaba de sus amoríos--pues cuando más, merecían

alguna burla de Amparito--, siguió recatándose, como si temiera las

maternales censuras.

Desde la noche que subió a casa de Tónica, fue estrechando su intimidad

con las dos mujeres. Ya se atrevía algunas noches a hacerles tertulia

hasta las diez, y como la presencia de Micaela daba a la conversación un

tinte de seriedad, Juanito hablaba del comercio, de los triunfos de la

Bolsa, de la buena fortuna de su principal, y sobre todo, de don Ramón

Morte, su grande hombre, al que cada vez tributaba una adoración más

vehemente.

Si él se sintiera con fuerzas bastantes, sería de ellos; ingresaría en

el batallón audaz que, guiado por Morte, marchaba de jugada en jugada a

la conquista de los millones; y decía esto con la fiebre de explotación

adquirida en la tienda oyendo a los bolsistas, fiebre que comunicaba a

las dos mujeres, que le escuchaban como un oráculo.

La falta de valor era lo que le retenía en su posición mediocre; en

cuanto al éxito, no era posible dudar. El que ahora no se hacía rico,

era porque no quería serlo. Bastaba un poco de dinero y la sabia

dirección de Morte para despertar un día millonario.

Y Tónica le escuchaba con la mirada fija, el entrecejo fruncido, los

labios apretados, como si dentro de su cabecita se agitase una idea

tenaz, mientras Micaela abría sus muertos ojazos con la expresión de una

niña que oye un cuento de hadas.

Aquellos millones fantásticos, saliendo de la boca de Juanito, rodaban

sobre el pobre tapete de la mesa, parecían infundir por la mísera

habitación un ambiente de aplastante opulencia, algo semejante a la

sonora vibración de montones de oro. Y esta conversación fue repetida un

día y otro, hasta que Juanito quedó desconcertado e indeciso ante una

proposición de las dos mujeres.

Aunque era partidario de las audacias financieras, siempre que pensaba

en la posibilidad de poner en práctica sus entusiasmos surgían en él la

prudencia y la desconfianza, los escrúpulos de la rutina comercial, como

una herencia de raza. Por esto sintió cierta inquietud al oír a Micaela

que deseaba dedicar sus ahorros a un negocio tan afortunado. Eran ocho

mil reales, amasados trabajosamente entre las dos mujeres, arañados al

jornal de Tónica y a la pobre pensión de Micaela, adquiridos a fuerza de

alimentarse con arroces insípidos los más días de la semana, remendar

los trajes hasta que se deshilachaban de puros viejos y pasar las

veladas a obscuras para evitar el gasto de luz.

Juanito dudó. No le parecía mal el propósito. Ya que tenía dinero, mejor

que guardarlo en el fondo del arca era emplearlo como cebo, para que la

suerte mordiese en él. Y repitió varias veces esta frase oída a su

principal.

--Pero...--añadió con marcada indecisión--no sé hasta qué punto

convendrá a ustedes exponer un dinero que tanto les cuesta. Don Ramón es

infalible, pero ¿quién sabe lo que reserva la suerte...? ¿Quieren

ustedes creerme? Nada de jugadas. Esto queda para mi principal y sus

amigos, que tienen mucho corazón. Lo mejor es llevarle el dinero al

señor Morte y rogarle que lo invierta en papel del. Estado. Es un tío

muy largo. Adivina el papel que puede subir y el que va a bajar. Sí él

quiere, el capitalito de ustedes quedará bien colocado; cobrarán ustedes

su renta todos los trimestres, y es fácil que lo que adquieran por cinco

valga diez dentro de poco. Quedamos, pues, en que iremos a ver a don

Ramón.

¡Afortunado mortal! Desde entonces, su nombre pareció llenar la

habitación, y las dos mujeres le aposentaron en su memoria, imaginándolo

como un ser poderoso, todo bondad, que peloteaba los millones y se

divertía haciendo ricos a los pobres.

--¿Cuándo vamos a ver a don Ramón?--era la pregunta que hacían las dos

mujeres apenas entraba Juanito en la casa.

Y la visita la hicieron una mañana que Tónica no tenía trabajo y su

novio pudo abandonar _Las Tres Rosas_. ¡Qué emoción! En la plaza de la

Reina ya le temblaban las piernas a Micaela, pensando en el arrugado

papel de estraza que contenía los billetes mugrientos, y más aún en que

iba a verse ante aquel señor de quien todos se nacían lenguas. Entraron

en un patio suntuoso, embellecido por la industria más que por el arte

arquitectónico, en el que el escayolado imitaba al mármol y el yeso

moldeado a máquina fingía un artesonado antiguo. En el primer tramo de

la escalera estaba el despacho de don Ramón.

La antesala parecía de ministerio, y apenas si en los bancos forrados de

terciopelo quedaba espacio libre para los que iban llegando. Los

clientes aguardaban con resignación el turno. Eran curas en su mayoría,

pues don Ramón, persona piadosa y amiga de hacer limosnas por mano de la

Iglesia, figuraba como el banquero del clero, y en las sacristías su

nombre alcanzaba gran prestigio. Los hábitos negros, la discreta media

luz que filtraba al través de los cortinajes de los balcones, esfumando

los adornos de la antesala en una dulce penumbra, y la calma discreta

que reinaba en toda la casa, daban a ésta un ambiente conventual de

profunda paz, dulce y atractivo.

Juanito y las dos mujeres, después de una hora de espera viendo las

entradas y salidas de los clientes, que andaban con aire discreto, como

influidos por aquel ambiente de seráfica calma, fueron admitidos a la

presencia del gran hombre. Atravesaron la oficina, donde media docena de

pobres diablos plumeaban encorvados, levantando la cabeza para lanzar a

Tónica una mirada rápida. Abriendo una mampara negra, entraron en el

despacho, pieza empapelada de obscuro, con estantes de carpetas verdes y

grandes cromos franceses de santos y santas, que parecían acicalados y

perfumados para asistir a un baile.

Allí, tras la mesa-ministro, sobre la cual todo estaba arreglado con

nimia pulcritud, mostrábase el famoso banquero. Tónica experimentó una

decepción. Habíalo imaginado majestuoso, imponente, y veía un hombre

raquítico, amarillento, cargado de espaldas, con la cabeza cana y un

bigote recortado, que parecía despegarse de su rostro clerical. Hablaba

golpeando cadenciosamente con una mano el dorso de la otra, y sus ojos

pardos, brillando tras las gafas de oro, eran lo más notable del rostro,

por su expresión extremadamente bondadosa y atenta. Su facilidad de

fisonomista le hizo reconocer inmediatamente a Juanito.

--Siéntense ustedes... siéntense--dijo con su voz reposada, que marcaba

grandes pausas entre sílaba y sílaba--. ¿Qué hay, pollo? ¿Qué le trae a

usted por aquí?

El dependiente estaba ruborizado y se expresaba con dificultad,

impresionado por la mirada del grande hombre.

Don Ramón acogió con noble modestia las expresiones de confianza de su

admirador, y pareció enternecerse con las pocas palabras de Tónica y su

amiga rogándole se dignase aceptar su dinero.

--Estoy muy atareado para poder encargarme de los asuntos de los

demás.... Sin embargo, basta que vengan con este joven, al que aprecio,

para que me decida a hacer algo por ustedes.... ¿Dice usted, niña, que

son ocho mil reales? Bueno; pues compraremos Cubas: es el mejor papel.

Ahora están a noventa y ocho, pero no tardarán en subir, se lo aseguro a

ustedes. Compraremos Cubas.... Yo no afirmo nada, soy como todos y puedo

equivocarme; pero tal vez... tal vez dentro de un año doblaremos el

capitalito. Sí señor; puede que lo doblemos.

Y hablaba sonriendo maliciosamente, golpeándose las manos con expresión

satisfecha, como si le bastara un simple guiño para que las dos mil

pesetas se multiplicaran en millones.

Una corriente de entusiasmo parecía envolver a los tres visitantes. La

fiebre de ganancia que les dominaba por las noches al hablar de negocios

volvía a reaparecer. Ahora, Tónica ya no encontraba tan insignificante a

don Ramón y hasta creía ver en él cierta aureola de hombre de genio.

El papel de estraza que contenía las privaciones y esperanzas de las dos

mujeres quedó sobre la mesa. Allí estaban los ocho mil reales. Podía

hacer don Ramón lo que quisiera. Ellas confiaban en él como si fuese su

padre.

--Bueno; compraré Cubas. El pollo pasará por aquí cuando guste, para que

le entere de la marcha del capitalito.

Y don Ramón les acompañó hasta la mampara, cobijando con mirada amorosa

de padre a sus tres clientes. El dinero quedaba a su espalda, sin

recibo, sin garantía alguna, resguardado por el espíritu de confianza

inquebrantable que circuía la respetable personalidad del banquero

caritativo.

Al salir los tres, asomaba un nuevo cliente, un hombre de chaqueta y

gorra, industrial, que había abandonado un instante su taller para

alcanzar una palabra del ídolo.

--Vamos para arriba--dijo el banquero alegremente, sin dejarle terminar

su saludo--. Su capitalito ha aumentado en un cincuenta por ciento.

Tiene usted ya treinta mil pesetas.

El hombre, pálido de emoción, se contenía para no arrojarse al cuello de

don Ramón y comérselo a besos.

--¡Gracias, muchas gracias! Es usted mi padre. Y para no estorbar al

grande hombre, huyó, trémulo por la noticia, pensando en sus hijos y en

lo que diría su mujer.

Los nuevos clientes de don Ramón atravesaron la oficina tan conmovidos

como el otro. ¡Aquel hombre era un santo! Lo mismo decían los que

estaban en la antesala, gente menuda, con blusa unos y chaqués raídos

otros, todos hombres de fe, que llevaban sus ahorros al santuario de la

honradez, y mientras aguardaban el turno cuchicheaban, haciéndose

lenguas de sus virtudes. Dos días antes, don Ramón, al hacer el balance

del mes, notando que resultaban en su favor quinientas pesetas,

procedentes sin duda de un error en la cobranza, había ido a confesar la

involuntaria falta, entregando la cantidad al cura para que la

repartiese entre los pobres.

Y la noticia circulando de boca en boca, agrandábase, llegando a

arrancar lágrimas de enternecimiento. ¡Qué hombre aquél! No ya el

dinero, sino la propia sangre se le podía dar con entera confianza.

Micaela y Tónica, al estar en la calle, lanzaron un suspiro de

satisfacción. ¡Dios mío! ¡Qué peso se quitaban de encima!

Habían dudado un poco antes de entregar sus ahorros, pero ahora sentían

una dulce confianza pensando que quedaban arriba, en manos de un hombre

a quien todos los días nombraban los periódicos con los títulos de

«acaudalado y filantrópico banquero».

Arroz y tartana · 第 9 / 15 题