El primer día del año, a las ocho de la mañana, Concha y Amparo ya
habían abandonado el lecho, extraña diligencia en ellas, que por lo
común no se levantaban hasta las diez.
Ligeritas de ropa a pesar de la estación, revoloteaban alegremente por
su cuarto, que ofrecía el desorden del despertar, en torno de las dos
camitas de inmaculada blancura, que en sus arrugadas sábanas guardaban
el calor de los cuerpos jóvenes y ese perfume de salud y de vida que
exhalan las carnes sanas y virginales.
Gorjeaban alegremente, como pájaros que despiertan, pero sus trinos no
podían ser más vulgares.
--¿Dónde estarán mis botinas?
--Mis medias... me falta una.... ¿La has escondido tú?
--¡Ay, Dios...! ¡Tengo una liga rota!
Y así continuaba el diálogo de exclamaciones sueltas, lamentos y
protestas, mientras las dos jóvenes, en chambra y enaguas, mostrando a
cada abandono rosadas desnudeces, iban de un lado a otro, como aturdidas
por el ambiente cálido y pesado de la habitación cerrada.
Luego pasaron al tocador, un cuartito en el que la luz de la ventana,
después de resbalar sobre la luna biselada de un gran espejo, quebrábase
en el cristal azulado o rosa de las polveras y los frasquitos de
esencia. La pieza no era un modelo de curiosidad y delataba el desorden
de una casa donde falta dirección. Los peines de concha guardaban
enredadas en sus púas marañas de cabellos; muchos frascos estaban
desportillados, y el blanco mármol tenía pegotes formados por el amasijo
de gotas de esencia con los residuos de polvos.
Las dos muchachas soltaron sus cabellos, largos y ondeantes como
banderas; sacudiéronlos, haciendo caer sobre el mármol las horquillas
como una lluvia metálica, y después, cual buenas hermanas, ayudáronse
mutuamente en la difícil tarea del peinado de un día de ceremonia.
La clara luna retrataba en su fondo ligeramente azulado las cabezas de
las dos hermanas, con la cabellera suelta y vestidas de blanco, como
tiples de ópera en el momento de volverse locas y cantar el aria final.
Sus rostros no eran gran cosa; hubieran resultado insignificantes a no
ser por los ojos, unos verdaderos ojos valencianos que les comía gran
parte de la cara, rasgados, luminosos, sin fondo, con curiosidad
insolente algunas veces, lánguidos otras, y cercados por la ojera tenue
y azul, aureola de pasión.
La mayor, Conchita, veintitrés años, era la más parecida a su madre.
Tenía su mismo aire majestuoso, y comenzaba a iniciarse en ella un
principió de gordura, lo que la hacía parecer de más edad. En la casa
gozaba fama de genio violento, y hasta doña Manuela la trataba con
ciertas reservas para evitar sus explosiones iracundas; pero fuera de
esto era seductora, con su frescura de carnes a lo Rubens y las
arqueadas líneas que a cada movimiento delatábanse bajo la blanca tela.
La menor, Amparito, dieciocho años; linda cabeza de bebé, boca graciosa,
hoyuelos en la barba y las mejillas, un puñado de rizos sobre la frente
y ojos que en vez de mirar parecían sonreír a todo, revelando el inmenso
contento de ser joven y que la llamasen bonita. Era la toquilla de la
casa, la señorita aturdida que aprende de todo sin saber hacer nada; la
que por la calle no podía ver una figura ridícula sin estallar en
ruidosa carcajada; la que tenía en sus gustos algo de muchacho y
aseguraba muy formal que sentía placer en hacer rabiar a los hombres; la
que se escapaba a cada instante del salón, para ir a la cocina a charlar
con las criadas, gozando en ser su amanuense, sólo por intercalar en
las cartas al novio soldado terribles barbaridades, con las que estaba
riéndose toda una semana.
Profesábanse gran cariño las dos hermanas; pero esto no impedía que
algunas veces Amparo esgrimiese su carácter burlón contra Concha y ésta
sacase a luz su impetuosidad iracunda; conflictos que terminaban siempre
yendo la pequeña en busca de la mamá, llorando, con la mejilla roja de
un bofetón o un par de pellizcos en los brazos. Otras veces armábase la
guerra por si la una se había puesto la ropa blanca de la otra o por si
se habían robado objetos de su exclusiva pertenencia; pero una ráfaga de
autoridad pasaba por la madre: había bofetadas, llantos y pataleos; las
criadas reían en la cocina, y a la media hora todos tan contentos:
Concha en el balcón, Amparo corría por la casa cantando como una
alondra, y doña Manuela arrellanábase en su butaca con aire de soberana
que acaba de administrar recta justicia.
Las dos ofrecían un seductor grupo mirándose en el espejo del tocador,
despechugadas, con los brazos al aire y oliendo a carne refrescada por
una valiente ablución de agua fría. Sus cabelleras, fuertemente
retorcidas, apelotonábanse sobre la testa con la forma del peinado
frigio, y quedaba al descubierto, sobre el extremo de la espalda
nacarada, cubierta de una película tenue y fina de melocotón sazonado,
la nuca morena, de un delicioso color de ámbar, erizada de pelillos
rebeldes y rizados que parecían estar puestos allí para estremecerse
nerviosamente con los suspiros de amor.
Al terminar el peinado comenzó el arreglo del rostro. ¡Oh estupideces de
la moda! A las dos incomodábalas su color pálido de arroz, aquel color
puramente valenciano que hace recordar las delicadas tintas de la
camelia.
«Tenemos caras de muertas», se decían todas las mañanas al mirarse al
espejo, y martirizaban su fresca y jugosa piel con los polvos cargados
de plomo, el bermellón que teñía levemente las mejillas y los lóbulos
de las orejas; y como si sus ojos no fueran bastante grandes todavía
enmendaban la plana a la Naturaleza, trazando leves líneas al extremo de
los párpados. La frescura juvenil, la hermosura natural, era cursi; la
elegancia exigía careta.
Y mientras llevaban a cabo este retoque criminal, eran las exploraciones
sin término, las rebuscas furiosas sobre el mármol del tocador, al
través del bosque de frascos y cajas, persiguiendo objetos que
aturdidamente tocaban sin reconocerlos. ¿Dónde estaba el polvo rosa? ¿Y
el paño de Venus? ¡Adiós! ¡ya no quedaba una gota de «piel de España»!
La mamá, con la manía de embellecerse que la había acometido a última
hora, era una calamidad para las niñas. Ella sola se llevaba medio
tocador, y después, para hacerla entrar en la perfumería, había que
importunarla toda una semana.
La _toilette_ acabó con poca alegría. Las deficiencias del tocador
habían malhumorado a las dos hermanas. Lanzábanse miradas de sorda
hostilidad. Amparo pensaba que, por ser la más pequeña y la más débil,
tenía que contentarse con el sobrante de la otra, y Concha retocaba su
moño nerviosamente, murmuraba y daba furiosas pataditas, mirando de
soslayo, sin poder copiar el perfil gracioso del peinado de aquella
muñeca.
Por fin llegó el momento en que volvieron a su cuarto para ponerse los
vestidos más bonitos. Eran los días de la mamá; iban a tener visitas y
había que estar presentables, para que las amigas, en vez de sonreírse
compasivamente, se mordieran los labios.
Cuando volvieron al tocador y se miraron en la clara luna, su alegría
reapareció. Vamos, no estaban del todo mal; y con un retoque al peinado
y a la cara, un _bouquet_ en el pecho y dos tirones al talle para que no
hiciese arrugas, se dieron por satisfechas y se lanzaron al público.
Eran ya cerca de las diez. La mamá estaba en el salón hablando con doña
Clara, una señora antipática y ordinaria que la visitaba con frecuencia,
y las niñas, huyendo de tal visita, pasaron al comedor.
Hasta allí llegaban los preparativos de la fiesta. Sobre la mesa
veíanse, formando círculo, varias bandejas con pasteles de espuma,
blancos en su base, destilando almíbar, dorados suavemente en sus
dentelladas crestas, y entre los cuales asomaba la tarjeta del que
enviaba el dulce recuerdo; dos grandes tortadas ostentando en su
superficie de azúcar pulido como un espejo frutas confitadas en
caprichosos grupos; y en el centro de la mesa el ramillete de casa
Burriel, arquitectura de turrón, y merengue que afectaba la forma de un
castillo surgiendo de un montón de flores y rematado por una bailarina
que, montada sobre un alambre, danzaba temblorosa sobre la obra maestra
de confitería.
En torno de la mesa, husmeando con aire goloso, estaba una diminuta
perra inglesa, que, con su piel de porcelana, sus ojillos de cristal y
las patas de alambre, parecía escapada de una tienda de juguetes.
Al ver a sus amas, el liliputiense animal sacó la roja lengua, lanzando
un ladrido que parecía un estornudo.
--¡_Miss_...! ¡mi querida _Miss_!--gritó Amparito, queriendo tomarla en
brazos. Pero ya Concha se había adelantado a tal deseo, apoderándose de
ella, y desde lo alto de sus brazos enseñábale la mesa cubierta de
pasteles, al mismo tiempo que la besaba en el hocico.
Hubo brega entre las dos hermanas sobre el mejor derecho a la posesión
de _Miss_, y Concha la dejó caer, con tan mala fortuna, que chocando
sobre la mesa aplastó un par de pasteles, y manchada con la espuma del
merengue emprendió una furiosa carrera hacia el salón.
--¡Mi pobre perrita! ¡Animal...! ¡la has muerto!--gritó Amparito, como
si hubiese ocurrido una desgracia. Y levantó su puño amenazante contra
su hermana.
Pero al ver la extraña figura que presentaba _Miss_ con sus pegotes de
merengue y corriendo medrosa, una carcajada de atolondramiento hinchó su
lindo cuello, y como si nada hubiese sucedido, se agarró del talle de
Concha, dándola un sonoro beso.
--¡Qué gracioso...! ¿eh? ¡Qué cara va a poner mamá cuando la vea entrar
en el salón con esa facha...!
Pero la intensa risa que esto la producía desvanecióse al oír un cacareo
angustioso, un estertor de muerte que salía de la cocina.
Allá fueron ellas, y al entrar vieron a Nelet el cochero en mangas de
camisa, con un cuchillo en la mano, ocupado, con la gravedad de un
sacrificador, en abrirle el gañote a un robusto capón que sostenía
Visanteta por las patas. La otra criada de la casa, que la echaba de
sensible y ejercía cerca de las señoritas las funciones de doncella,
volvía la espalda al sacrificio y vigilaba las marmitas y cazuelas que
hervían sobre los fogones del banco.
Las dos hermanas, inclinadas y recogiéndose las faldas entre las
piernas--para evitar rozamientos con el suelo grasoso--, contemplaban
atentamente el degüello, contaban las convulsiones de la agonía y
seguían las últimas gotas de sangre desde que asomaban a la herida,
erizada de pelos coagulados, hasta que caían en una cazuela.
Este trabajo ponía alegre a Nelet y excitaba su jocosidad brutal.
--Qué gordito, ¿eh?--decía palpando la pechuga del cadáver--. Cuando lo
pelen parecerá un canónigo.... Si yo fuera rico, todas las mañanas haría
una muerte así. Vale más esto que limpiar el caballo.
Y para completar sus gracias agitaba el capón en el aire como si
incensase el rostro de las dos criadas, lo que las hacía correr
asustadas por toda la cocina, con gran algazara de las señoritas.
La broma cesó al aparecer doña Manuela, vestida con una bata de seda
negra, amplia, con larga cola y mangas perdidas que completaba su
apostura de reina de teatro. Se había librado de doña Clara, aquella
posma que nunca terminaba relato alguno, saltando de una conversación a
otra, lo que hacía sus visitas interminables.
La mamá y las niñas volvieron al comedor y dieron vuelta a la mesa,
leyendo las tarjetas que acompañaban a los regalos.
Allí estaba la del tío don Juan. Siempre el mismo. El muy tacaño, a
pesar de sus millones, se había contentado con media docena de pasteles:
total, tres pesetas. No se arruinaría. El lindo ramillete era de don
Antonio Cuadros y su señora, los propietarios de la tienda de _Las Tres
Rosas_.
--Ahí tenéis unas personas sin educación, pero que saben hacer bien las
cosas.
Y doña Manuela, después de esta reflexión hija del agradecimiento,
siguió enseñando las tarjetas. Don Eugenio García, una tortada... no
estaba mal; la otra era de «las magistradas»; y los demás pasteles no
llevaban señales de procedencia; pero doña Manuela adivinaba que eran de
Juanito, aquel hijo que la obsequiaba con tanto cariño como sí fuese su
novia.
--¿Y Juanito, dónde está mamaíta?
--En la tienda; pero vendrá antes de las doce. Rafael también ha salido.
En la puerta de la escalera sonó un campanillazo, que denotaba el tirón
brutal de una mano burda.
Nelet salió rápido de la cocina, y haciéndolo retemblar todo con sus
zapatos, corrió a abrir. Hubo en la antesala exclamaciones como
berridos y caricias que parecían golpes, cual si alguien riñese a brazo
partido.
--¿Qué es eso?--dijo doña Manuela, avanzando hacia la puerta.
Pero se detuvo al oír la voz cascada y chillona que sonó en la antesala.
--¡Es el ama...! ¡el ama!--gritó Amparito con ingenua alegría.
Pero inmediatamente se contuvo, ruborizada, como si hubiese cometido una
terrible inconveniencia.
Precedida de Nelet, entró en el comedor, balanceándose y atronándolo
todo con sus chillones «¡buenos días!», una labradora gruesa y hombruna.
Era la nodriza de Amparito, una huérfana de las inmediaciones de
Alboraya, madre del cochero, y que había criado en su barraca a la
señorita. Nelet era un retoño digno de tal árbol, pues en el rostro
pecoso, mofletudo y de tirante piel que mostraba la tía Quica bajo su
pañuelo de hierbas notábase la misma brutalidad jocosa y resuelta de su
rústico vástago. Abultaban su volumen una docena de zagalejos bajo la
rameada falda, y cuando se sentaba abría las piernas de tal modo, que,
combándose las ropas, formábase entre sus muslos de yegua rolliza un
abismo insondable. Iba siempre a todas partes con la cesta al brazo; una
enorme cesta, siempre blanca, que no soltaba ni al tomar asiento, y por
lo íntimamente unida a su persona, parecía un nuevo miembro de su
cuerpo.
Abrumó a Amparito con abrazos asfixiantes y besos y lagrimones, que la
arrebataron una parte del colorete; y después de esta molesta expansión,
que dejó aturdida a la niña e hizo torcer el gesto a doña Manuela,
dejóse caer de golpe en una silla, que crujió tristemente bajo las
gigantescas posaderas.
Dio dos o tres bufidos de cansancio--sin soltar la cesta--, y rompió a
hablar en un castellano fantástico, ya que en casa de doña Manuela no
era permitido otro lenguaje.
¡Cómo se cansaba una en Valencia...! Parecía imposible que las gentes
quisieran vivir en semejante pudridero. Allá, en la huerta, se estaba
bien, y por esto a ella le costaba mucho decidirse a entrar en Valencia.
Había venido únicamente por felicitar a la señora en sus días, y eso
haciendo un esfuerzo, pues su deber era no apartarse de su hermana
menor, que vivía en una barraca inmediata a la suya.
--¡Calle, siñora! ¡Cuan apurada está la pobre! Su marido nos ha salido
un borrachín, un bufao, que todos los domingos vuelve de la taberna de
_Copa_ a cuatro patas, como un burro, y lo han de meter en la cama para
que duerma la mona un par de días. ¡Y qué pausas, Virgen santa! Mi pobre
Pepeta pasa la vida de Santa Catalina de Sena, y la muy bestia, erre que
erre, sin aborreser a ese pillo de _Pimentó_, que no vale ni un papel de
fumar.
Y en este tono seguía la tía Quica la relación de todas sus desdichas de
familia; pero a lo mejor deteníase, y al ver a Amparito, que la
contemplaba silenciosa, prorrumpía en un «¡_jilla meua_!» estruendoso; y
sin soltar la cesta--eso jamás--, volvía a abrazarla y besuquearla,
llevándose en los labios los blancos polvos.
¡Cuan guapa estaba! Miradla; parecía una reina. ¡Quién podría figurarse,
al verla con aquellos trajes, que la había tenido en su barraca, y en
las tardes de sol jugaba en la cuadra con Nelet y otros chicos, entre el
macho, el novillo y los dos cerdos!
Aún se acordaban todos de ella y eran muchos los que le preguntaban por
su salud. No; de aquel año no pasaba. Aunque se opusiera la mamá, ella
se la llevaría a la fiesta mayor de Alboraya, para que todos vieran cómo
estaba su Amparito y qué aire de señorío gastaba. Y... a propósito; el
hijo del tío _Pallús_--¿te acuerdas, Amparito...? aquel chico que andaba
a cuatro patas y hacía el burro para que tú le montases--, pues bien,
ése venía ahora a Valencia con el carro a recoger el estiércol de las
casas, y quería que Nelet le dejase limpiar la cuadra. Cuando viniese
por el estiércol ya subiría a ver a Amparito, y de paso, si no les
servía de molestia, podían darle cualquier cosilla: unos pantalones
viejos de los señoritos, algo de ropa blanca, pues a los pobres todo les
sirve.
La tía Quica se dio cuenta del mal efecto que su conversación causaba en
doña Manuela, y se apresuró a manifestar el objeto de su embajada,
echando mano a la inseparable cesta. En ella llevaba algunas cosas para
obsequiar a la señora en sus días; regalos de pobre, pero que ofrecía
con la mejor voluntad del mundo. Rosquillas de una pasta con cierto dejo
amargo, cubiertas con una capa tersa de azúcar; tortas que parecían de
cartón, pegadas a un papel grasiento, y confites agridulces, que se
deshacían en la boca y llevaban en la huerta el extraño nombre de
_suspiros_. La señora dio las gracias, con una risita de conejo. Bien
sabía lo que costaban esos productos de la confitería rústica. Ya lo
decía su astuto padre: «El bollo del labrador cuesta cahizada de trigo.»
Después que la tía Quica depositó majestuosamente sobre la mesa sus
regalos, la señora, como compensación, metió en su cesta la media docena
de pasteles que _Miss_ había aplastado en su caída, y además le dio un
duro, no sin antes luchar con la labradora, que juraba y perjuraba que
nada quería, mientras en sus ojos brillaba la codicia.
Cuando tuvo en su poder los regalos, entonó un interminable himno de
gracias, desbordándose en elogios, que, en forma de consejos, dirigía a
su hijo.
--Mira, Nelet; bien puedes servir a las siñoras. A ver si te portas
bien; tu padre, el tío Sentó, tendrá un disgusto si faltas a la
obligasión. Bien puedes trabajar. Estando en casa, tendrías que ir en el
carro a llevar vino, durmiendo mal y trabajando como los machos. ¿Y aquí
qué te hase falta? Tienes papusa buena y segura, trabajas poco, vas
vestido como un siñor... Nelet, no seas bruto y a ver si das gusto a las
siñoras....
Y así hubiese seguido desarrollando este capítulo de consejos, a no ser
porque un campanillazo le cortó la palabra.
Una visita. Doña Manuela y las niñas pasaron al salón, donde estaba don
Eugenio García, el fundador de _Las Tres Rosas_.
Por él no pasaban los años. Era el mismo viejecillo de siempre,
regordete y sonriente, con el rostro colorado, la mirada viva y la
cabecita blanca y sonrosada. Aseguraba que tenía gran semejanza
fisionómica con Pío IX, y algo había en él que recordaba al difunto
Papa, a pesar de su capita azul sin esclavina y del bastoncillo muleta,
que no soltaba ni aun en las visitas.
Besó a las niñas como sí fuese su abuelo, y a doña Manuela diole algunas
palmadas en la espalda con una alegría de viejo campechano, asegurando
que cada vez estaba más gorda y hermosota. Venía de oír misa de San
Juan, su querida parroquia; y cumpliendo la obligación de todos los
años, quería saludar a Manuela y a las niñas, y desearles mil
felicidades en el día del santo. Él no pensaba salir del próximo año; en
él caería, estaba seguro de ello, a pesar de que todos los años había
dicho lo mismo. Y hablaba de la muerte con la serenidad de una vejez
tranquila y honrada, bromeando, riéndose y dejando escapar agudos
chillidos por entre sus encías desdentadas.
Amparito escuchábale complacida, riéndose malignamente del ceceo del
viejo y de sus preguntas.
¿Que si tenían novio? No, señor; aún eran jóvenes y podían esperar.
Concha sí que tenía algo, pero ella nada.... Nadie la quería... ¡era tan
fea...! Y el travieso bebé experimentaba satisfacción al oírse llamar
hermosa por aquella boca de ochenta años.
--Pero quédese usted a comer, don Eugenio--dijo la señora--. Desde que
salimos de la tienda, ningún año ha querido usted honrar nuestra mesa.
--No puedo, Manolita. Soy ya muy viejo, y quien me saca de mis sopitas
me mata. Además, vaya un regalo: un convidado de mi clase. Masco como
una cabra, y 110 divierte ver un viejo entre la gente joven. A cada
cual lo suyo.
La visita se prolongó una media hora, y por fin, el viejo, con ayuda de
su bastón, púsose en pie.
--Me voy, hijas mías--dijo con expresión melancólica, a pesar de su
carita siempre alegre--. El año que viene os acordaréis de mí al veros
sin mi visita. Ya tendré entonces lo que me falta: el reposo eterno....
No digáis que no.... ¿Creéis que no tengo ganas de descansar...? Pero
mientras llega la hora, don Eugenio siempre firme en su tienda del
Mercado. ¡Comerciante hasta la muerte!
Y después de repetir estas palabras golpeándose el pecho, salió del
salón escoltado por las señoras.
La nodriza se había ido, y Nelet continuaba en la cocina ayudando a las
muchachas. Era día de gran banquete. Don Juan, el tío de las señoritas,
aquel erizo intratable, había accedido a comer en casa de su hermana, y
eran de ver los preparativos. Juanito iría a las doce por el tío; y
Rafael, antes de salir, había sufrido un sermón de su madre
recomendándole que estuviera en casa a la una en punto, hora de la
comida. A los postres vendría Andresito Cuadros y algún amigo de Rafael.
La campanilla de la escalera sonaba cada cinco minutos. Eran tarjetas de
felicitación, que se amontonaban en el velador de la antesala, y sobre
las cuales se abalanzaban las dos hermanas, ávidas de curiosidad.
A las once, otra visita, Don Antonio Cuadros y su mujer, con la ropa de
las grandes solemnidades. Teresa, con vestido negro de seda, grueso y
crujiente, sólido aderezo con más oro que piedras, mantilla de blonda y
los dedos cargados, como siempre, de sortijería barata. Él, de levita
atrasada de tres modas, guantes negros, sombrero de copa con alas
microscópicas y en el chaleco una verdadera maroma de oro. Los dos,
tiesos, majestuosos, dentro de estos trajes que, al través de
innumerables reformas, venían subsistiendo desde su boda y sólo salían a
luz en visitas de días o entierros.
El matrimonio tomó asiento en el sofá, lugar preferente del salón, honra
que hizo enrojecer de orgullo a la antigua criada.
--Pues sí, Manuela--dijo el marido--; en un día como éste, nosotros no
podíamos prescindir de hacer a ustedes la consabida visita. Gozamos de
la felicidad de ustedes, porque, aunque me esté mal el decirlo, nosotros
les apreciamos mucho.
Y así seguía el tendero del Mercado, ensartando sus frases rebuscadas
ante la admiración ingenua de su esposa, que veía en él un ser superior.
Y mientras seguía su curso la conversación, sonaba a cada instante la
campanilla de la puerta. Eran tarjetas de felicitación, que la señora
miraba satisfecha, dejándolas sobre el velador de modo que pudiesen
leerlas sus visitantes.
La familia dio las gracias al señor Cuadros por el obsequio que había
enviado.
--Quédense ustedes a comer con nosotros. Hoy tenemos a la mesa a mi
hermano Juan.
Estas palabras hicieron que la conversación recayese sobre el hermano de
la señora. El comerciante era irresistible cuando se lanzaba a hablar
del prójimo. ¡Vaya un señor raro el tal don Juan! Para él no existían
teatros ni diversiones. Se le calculaba una fortuna de más de cien mil
duros, y sin embargo vivía como un hurón en la gran casa heredada de su
padre, sin otra compañía que una vieja criada, y arrastrando su fastidio
por los talleres abandonados, que parecían cementerios. Tenía manías, y
la más principal era combatir la debilidad de la vejez con un régimen de
continua actividad. Todas las tardes pasaba horas enteras visitando las
obras del Ensanche, las reformas que el Municipio emprendía en los
caminos vecinales. Los peones le conocían, como si fuese un contratista
o maestro de obras; y cuando le faltaban estas distracciones emprendía
atroces caminatas: iba a pueblos distantes, andando siempre con una
regularidad mecánica; el cuadrado sombrero sobre las cejas, flotante el
paleto, que no abandonaba ni aun en el verano, y bajo el brazo el bastón
de su juventud, una caña vieja y resquebrajada, con puño redondo de
marfil que casi era una bola de billar.
Hablábase con misterio e interés de las preciosidades que amontonaba en
sus polvorientos salones. Figuraba en todas las almonedas como comprador
de fuerza, y si algún corredor le proponía la adquisición de alhajas
antiguas o muebles raros--siempre, se entiende, con considerable
ventaja--, aceptaba sin vacilación, pues no era dinero lo que faltaba en
el enorme _secrétaire_ del siglo pasado, que ocupaba todo un paño de su
alcoba, mostrando el menudo mosaico de sus tres filas de cajoncitos. De
este mueble también se hablaba con respeto en casa de doña Manuela.
¿Quién podía saber todo lo que contenía? De allí salían largos
pendientes en forma de uva, cuajados de diamantes antiguos; sortijones
con brillantes como lentejas; piedras sin montar, de valor considerable;
cincelados de gran mérito artístico; todo adquirido a fuerza de calma y
de regateos en el naufragio de las grandes fortunas.
--Dice usted bien, Antonio. Mi hermano es un ente raro, un extravagante,
que pudiendo estar bien con los suyos, prefiere vivir casi solo en
aquella casa, contando sus miles de duros y adorándolos como si los
hubiera de llevar a la fosa. Yo no viviría con tranquilidad.... Dicen
que por la noche, al menor ruido, se levanta y recorre la casa con unas
pistolas viejas; pero aun así, es extraño que no le roben. Su tacañería
me disgusta. Pero entre hermanos hay que vivir en paz, ¿no es verdad? y
por esto sufro que a espaldas mías hable mal de mis costumbres.
Afortunadamente, una tiene lo que necesita para pasarlo bien, y no se ve
obligada a buscar los auxilios de ese avaro.
Una nueva visita entró en el salón. Eran «las magistradas», una mamá y
tres hijas, íntimas de las niñas de la casa. El papá había muerto siendo
magistrado, y esto bastaba para que en casa de doña Manuela, con el afán
de grandezas que todos sentían, no designasen a la familia por su
apellido, sino por el título del difunto.
Los señores de Cuadros sentían una oculta satisfacción al rozarse con
las amistades de doña Manuela, que para ellos eran gente de la clase más
elevada. Teresa miraba con su respeto de antigua criada a aquellas
señoras, y sonreía con bondad estúpida cada vez que alguna de ellas se
dignaba mirarla.
Las dos viudas hablaban afectuosamente, y doña Manuela, a pesar de que
estaba bastante bien de salud, expresábase con cierta languidez que a
ella le parecía la última palabra del buen tono.
--Salgo poco, querida; el frío y la lluvia me matan. Aún no he visto
este año la feria de Navidad. Y eso que teniendo carruaje se puede salir
de casa sin miedo al tiempo.
Y lo de tener carruaje acentuábalo doña Manuela como si fuese la
ejecutoria de la distinción, el signo único que marcaba la diferencia de
castas.
Las niñas hablaban entre sí, haciéndose preguntas sobre sus trajes o lo
que habían hecho durante el día anterior, y nadie se acordaba del
matrimonio Cuadros, que permanecía en el sofá como clavado, mirándose
los pies y sin saber cómo salir de allí, por no molestar a los que
hablaban. Amparo era la única que de vez en cuando volvía la cabeza para
sonreírles. Por fin, se fueron.
--Son unos antiguos amigos--dijo doña Manuela a «la magistrada»--.
Buenas gentes, pero ordinarias. Nos están agradecidos: a él le protegió
mucho mi primer marido.
Cuando la familia dio por terminada su visita, doña Manuela y las niñas
fueron hasta el rellano de la escalera, para cambiar allí los últimos
besos.
--Crea que me dan un disgusto no quedándose a comer.
Desaparecía en los últimos peldaños el extremo de las elegantes faldas,
cuando sonó una tos que todos conocían en la casa. Era el tío que
llegaba, anunciándose, como siempre, con un carraspeo que le cortaba las
palabras, y que, según doña Manuela, sólo tenía por objeto el darse
tiempo para pensar las contestaciones.
El cuadrado sombrero y el flotante paleto, que parecía una sotana,
fueron remontando lentamente la escalera, con acompañamientos de golpes
de bastón en cada peldaño.
--¡Buenos días, tío...!
Viose por fin desde el rellano la cara de don Juan, animada por su falsa
risita, que recordaba la de los conejos. Iba de gran gala. Traje, el de
siempre; pero su chaleco escotado dejaba al descubierto una botonadura
maciza, enorme, con diamantes antiguos de gran valía, y en los dedos
sortijas pesadas, de complicada labor, que evocaban el recuerdo de los
suntuosos marqueses del pasado siglo.
--¿Me aguardabais, hijas mías...? ¡Ejem, ejem...! Pues he sido puntual.
Son las doce.
Y mostraba su reloj, una joya rococó, que con sus esmaltes mitológicos
hacía pensar en las fiestas pastoriles de Versalles. Tras él subía la
escalera Juanito, el hijo mayor, con un enorme ramo de flores.
--¡Este chico... este chico!--murmuró la señora, sin conmoverse gran
cosa por el cariño extremado que Juanito le demostraba en todas
ocasiones.
Y se dejó besar por su hijo, que después corrió al comedor con el ramo,
y no encontrando un jarrón capaz de sostener aquella pirámide de flores
lo colocó entre dos sillas.
Don Juan fue casi llevado en triunfo al salón por sus sobrinas. Tío por
aquí, tío por allá; la una le quitaba el sombrero, la otra tomaba su
bastón, y las dos tiraban a un tiempo de su paleto, sonriendo
ligeramente al ver el chaqué, que quedaba al descubierto, y que con sus
cortos faldones dábale el aspecto de un pájaro desplumado.
Las pobrecillas ya sabían vivir. Aquel tío era la esperanza de la
familia; representaba el cebo capaz de atraer novios con la tentación de
una herencia, y aunque lo encontraban poco simpático, por su carácter y
la ruindad de sus regalos, sonreíanle y le adulaban, con gran contento
de la mamá.
A pesar de esto, doña Manuela no se hacía ilusiones. Al único que quería
él era a Juanito; con los hijos de Pajares mostraba siempre cierta
ironía, sin duda para darse el gusto de mortificar a su hermana.
--Juan, quédate en el salón mientras yo voy a la cocina a vigilar los
preparativos. Vosotras, niñas, entretened al tío. Ahora verás cuánto ha
adelantado Conchita en el piano.
La hija mayor levantó la tapa del instrumento, quedando al descubierto
el blanco teclado, semejante a la dentadura de un monstruo. Sus dedos,
larguiruchos y extremadamente abiertos por un continuo ejercicio,
corrieron sobre las teclas, produciendo complicadas escalas.
--¿Y tú, no tocas?--preguntó don Juan a Amparo.
--Nada, tío. El profesor dice que soy demasiado aturdida, y me ha
declarado incapaz. La verdad es que yo quisiera tocarlo todo en seguida,
y al ver que no puedo y que he de fastidiarme mucho con ejercicios y
escalas, me enfurezco y me entran ganas de dar puñetazos al piano.
Y el travieso bebé decía esto con tonillo irritado, levantando el puño.
--Pero ahora--continuó en tono más dulce--, ya que no puedo ser
pianista, me dedico al canto. Mamá dice que hay que hacer algo, para no
estar en sociedad parada como una tonta. Ya canté el otro día en una
reunión de «las magistradas».... Ahora me oirá usted.
Mientras tanto, doña Manuela expulsaba del comedor a Juanito. Aquel
chico no desmentía su sangre; era ordinario, y su mayor placer consistía
en charlar con las criadas.
--Juanito, hijo mío, deja a Visanteta que ponga la mesa. Marcha al
salón. El tío se incomodará, porque te olvides de él.
¿Olvidarse de su tío? Ante tal suposición, le faltó el tiempo para
correr en busca de don Juan. Visanteta acababa de tender el mantel
adamascado, brillante de blancura, sobre la mesa del comedor, pieza de
ebanistería moderna, tallada a máquina, que con su color obscuro imitaba
al roble de un modo discreto.
--¿Está todo bien preparado, Visanteta?
--Todo, señora. Nelet se ha encargado de que el capón no se queme; sólo
faltan unas cuantas vueltas. Adela cuida del puchero. La sopa la
pondremos cuando avise la señora.
Y continuó la conversación entre el ama y la sirvienta, mientras ésta,
con delantal blanco y haciendo crujir los bajos almidonados y tiesos de
su saya, iba del aparador a la mesa, colocando el centro de plata
Meneses con sus grupos de flores, las pilas de platos de charolada
blancura, las botellas talladas del agua y el vino, y las copas
esbeltas, casi aéreas, con su pie azul, y tan frágiles, que sobre el
mantel no trazaban sombra alguna.
Aquella Visanteta, con su peinado de la huerta, su perpetuo ceño y sus
contestaciones secas y desabridas, era una gran criada, que se ganaba a
conciencia el salario. Lo mismo preparaba en la cocina una gran comida,
que arreglaba una mesa «a estilo de fonda», arte que había aprendido
sirviendo a una familia inglesa.
Al comedor llegaba la música que hacían en el salón las niñas de doña
Manuela para entretener al tío. Amparo cantaba, y su vocecita fina,
tenue y quebradiza como un hilo de araña soltaba una lamentación
melancólica, en italiano, para mayor claridad:
/*
_Quando le rondinelle il nido fanno_,
_quando di nuova flor s'orna il terreno_.
*/
El tío se divertía, como hay Dios, oyendo a la sobrina cantar con su
carita de Pascua estas atrocidades de la melancolía. «_Vorrei moriré_!»,
repetía la muchacha con acento de desesperación, saltando su voz sobre
los trémolos del piano. ¡Vaya un aperitivo para antes de la comida!
Doña Manuela hablaba a la criada distraídamente, oyendo aquella música
que nunca podía comprender.
--Hoy trabajarás mucho, Visanteta. Mi gusto hubiese sido encomendar,
como de costumbre, un par de platos a la fonda. Pero tengo convidado a
mi hermano, que es un rancio y me requema la sangre como si fuese una
despilfarradora. Por esto he querido que la comida fuese casera. A ver
si aun así encuentra motivo para murmurar.
La mirada de doña Manuela iba tras las manos de la criada. ¡Vaya una
gracia la de aquella chica! Cogía las servilletas adamascadas, rígidas
por el planchado, y las doblaba caprichosamente con una rapidez de
prestidigitador. Quedaban sobre las pilas de platos en forma de mitra,
barco, bonete o flor, y en el centro, como toque maestro, colocaba un
pequeño _bouquet_.
La señora estaba orgullosa. Sólo en una casa como la suya había una
criada capaz de arreglar la mesa con tanto arte.
Visanteta, insensible a las miradas agradecidas del ama y contestando a
sus palabras con gruñidos, seguía trabajando. Abrió el armario del
aparador y puso sobre la mesa los entremeses: pepinillos destilando
vinagre, aceitunas grises mezcladas con salitrosas alcaparras, sardinas
de Nantes con su casaquilla plateada, rodajas de salchichón finas y
transparentes, y frescos rábanos de encendido ropaje y tiesos moñetes de
hojas, todo en verdes pámpanos de porcelana.
Buen golpe de vista presentaba la mesa. Demasiado bueno, si se tenía en
cuenta el carácter raro del que estaba allá dentro. Por esto doña
Manuela dijo con expresión dolorosa:
--Mira, Visanteta, no te extremes mucho. Mi hermano es capaz de comer de
mala gana si ve aquí lo que él llama lujos. Con lo puesto hay bastante.
Ahora saca del cajón los cubiertos de plata. Los antiguos, ¿sabes...? no
te equivoques. Cuando sirvan el pescado puedes sacar la pala de plata,
pero no pases de ahí. Sería capaz de darnos un escándalo si viera lo
demás que reservamos para los convidados de otra clase.
Los cubiertos de plata antigua, piezas soberbias labradas a martillo y
heredadas del _Fraile_, fueron colocados junto a los platos.
Todo estaba bien. Visanteta a la cocina, a dar a la comida el último
punto, y ella al salón, a mimar al hombre temible y preparar el golpe
para después de la sobremesa.
El piano seguía sonando; pero ahora, de la romanza sentimental se había
saltado a la ópera.
/*
_Come una damicella_
_mi trovare più bella_....
*/
Al entrar en el salón vio a Juanito contemplando al tío, y éste con la
vista fija en el techo, contando sin duda las flores doradas que tenía
el papel, como hombre que se aburre y busca desesperadamente la
distracción.
--Vaya, niñas, basta de cosas tristes. Cantadle al tío algo alegre.
Don Juan hizo un gesto como indicando que le era igual y no valía la
pena molestarse.
--Pero mamá--dijo Amparo--, si esto que cantaba es el _Aria de las
joyas_. Muy bonita....
--Pues fuera el aria. Canta algo más alegre. Eso de _El dúo de la
Africana_, que gustó tanto en casa de «las magistradas».
--Bueno--exclamó Concha con rudeza--. Ahora _El dúo_. Una cosa que están
cansados de tocar todos los organillos.
--Pues sí señora, eso. Tu tío no va al teatro, y tendrá gusto en oírlo.
Don Juan hizo el mismo gesto de antes. Para él, cualquier cosa estaba
bien. Y volvió a mirar al techo, bostezando de vez en cuando y moviendo
un pie con nervioso temblorcillo.
/*
_Yo nací muy chiquitita_
_y nací muy avispa_.
*/
Bueno; pues a pesar de estas declaraciones que sobre su nacimiento
hacía Amparito con su hilillo de voz y su expresión picaresca, el tío
don Juan, aquel monstruo de aburrimiento y rudeza, no se conmovía, tal
vez por estar mejor enterado de cómo había nacido que la propia
interesada. E igual indiferencia mostró al oírla cantar que el puente
tenía seis ojos, y ella dos «solamente».
Otra cosa le preocupaba y le hacía removerse en su sillón. Sacó su
reloj, la hermosa pieza cincelada del siglo anterior, e interrumpiendo a
la cantante dijo a doña Manuela:
--Bien está todo; pero ¿a qué hora se come aquí?
--Cuando venga Rafaelito. A la una.
--Ya es; mira mi reloj. Te advierto que yo como siempre a las doce, y
bastante sacrificio es esperar una hora. Con tales desarreglos se pierde
el estómago, y eso en la vejez es llamar a la muerte.
--¡Jesús, hombre! No te incomodes por eso.... Niñas, basta de música.
A comer.
La graciosa sevillana paró en seco, y las dos niñas abandonaron el salón
seguidas del tío, que se detuvo en la puerta del comedor sonriendo al
ver el aspecto de la mesa.
--Manuela, por lo que se ve, esto promete. Siempre has sido notable en
estas cosas.
Pero la señora estaba preocupada por la tardanza de su hijo menor y no
podía contestar.
--¡Este Rafaelito...! La una y cuarto y no viene. ¡Habrá que empezar sin
él...! Visanteta, la sopa.
Todos se sentaron. Don Juan en la cabecera, con las dos niñas, y en el
extremo opuesto doña Manuela, teniendo a la derecha a Juanito y a la
izquierda la silla destinada a Rafael.
La humeante sopera descansó en el centro de la mesa, con el cucharón de
plata metido en las entrañas, y rápidamente se llenaron los platos.
¡Soberbia sopa! Flotaban en su superficie las lunas de grasa, y entre
las rebanaditas de pan impregnadas de suculento líquido, los menudillos
de la gallina, las tiernas yemas de color de ámbar y los negruzcos
hígados, que se deshacían al entrar en la boca. Todos comían con
apetito, especialmente don Juan, que, a pesar de su sobriedad de avaro,
era un tragón terrible al entrar en mesa ajena.
Finalizaba la sopa cuando entró Rafaelito, sudoroso, sofocado, como si
hubiese corrido mucho para llegar a tiempo.
--¡Vaya una hora de venir!--dijo la mamá, frunciendo el ceño.
Era un ser insignificante y de aspecto pretencioso. El cuerpo flacucho y
pobre; la cabeza charolada a fuerza de cosmético, partida por una raya
que con rectitud geométrica iba desde la frente a la nuca; en la cara
enorme nariz, bigotillo afilado y patillas de chuleta, y bajo la barba,
asomando por entre las dos alas de un cuello «a la pajarita », esa
protuberancia horrible llamada nuez, que parece la condecoración de la
juventud raquítica. Afectaba en sus gestos y palabras la indolencia de
un hombre cansado de la vida, para el cual el mundo nada nuevo puede
ofrecer a los veintidós años; miraba con insolente fijeza, y cuando
escuchaba a alguien, lo hacía con aire protector y desdeñoso. Era el
tiranuelo de la casa, y a este privilegio unía el de excitarle la bilis
a su tío don Juan siempre que se ponía en su presencia.
Hacía tres años que estaba abonado al segundo curso de la Facultad de
Medicina, consecuencia heroica de la que no estaba arrepentido; y tan
amante era del trabajo y de la actividad, que por no estarse en los
cafés charlando como un necio, pasaba los días y gran parte de las
noches en los círculos recreativos, unas veces peinando barajas y otras
sacrificando pesetas, para que no se dijera que en España todo decae,
hasta el respetable gremio de los «puntos».
Fuera de esto, era un muchacho encantador; y en caso de duda, bastaba
con preguntarlo a su mamá. ¿Quién llevaba con más garbo que él el gabán
sin costuras, ancho y deforme como un saco? ¿Quién, en verano, iba más
mono con el trajecito de franela y la marinera de paja? ¿Quién daba
mejor sombrerazo rígido, moviendo al mismo tiempo la cabeza y levantando
un pie? Rafaelito, y nadie más que Rafaelito; y para atestiguarlo
estaban también las amigas de la manía, que se hacían lenguas en su
presencia de lo elegante que era el chico.
¡Estudiar...! Ya lo haría más adelante. Por ahora, era un muchacho
distinguido, con buenas relaciones; y en cuanto a saber, algo sabía,
pues apenas se iniciaba una discusión sobre toreros o pelotaris, dejaba
a todo el mundo con la boca abierta. Bajo su frente calva, adornada con
las dos puntitas lustrosas del peinado, había algo, así como bajo los
hombros de su americana había algo también: mucho pelote para suavizar
lo puntiagudo de sus clavículas, que agujereaban la pobre piel.
Al entrar saludó al tío con cierto desparpajo, sin querer fijarse en la
sonrisita del viejo, y después se excusó con la mamá. Quería venir
antes, pero en la feria le habían entretenido. El paseo estaba muy bien;
trajes magníficos, sobre todo abrigos. Y hacía una relación de periódico
de modas ante sus hermanas, que prestaban oído sin dejar de engullir, y
la mamá, que admiraba el talento de observación de su hijo y la gracia
con que se burlaba de los defectos. Era el fiel retrato de su padre.
Rafael, en cuatro cucharadas, se tragó su ración, poniéndose al nivel de
los demás cuando salió el cocido, dos fuentes magníficas, que exhalaban
un vaho consolador, un tufillo alimenticio que se colaba hasta el fondo
del estómago. En la una, las patatas amarillentas, los reventones
garbanzos sacando fuera del estuche de piel su carne rojiza, la col, que
se deshacía como manteca vegetal, los nabos blancos y tiernos, con su
olorcillo amargo; y en la otra fuente las grandes tajadas de ternera,
con su complicada filamenta y su brillante jugo; el tocino temblón como
gelatina nacarada; la negra morcilla reventando, para asomar sus
entrañas al través de la envoltura de tripa; y el escandaloso chorizo,
demagogo del cocido, que todo lo pinta de rojo, comunicando al caldo el
ardor de un discurso de club.
Nadie hablaba aún. Oíase únicamente el sordo ruido de las mandíbulas;
todos masticaban y engullían; los tenedores verificaban correrías
devastadoras sobre la mesa. Destrozábanse los panecillos, iban
vaciándose los platos de los entremeses, y las copas de vino llenábanse,
reflejando sobre el blanco mantel purpúreas e inquietantes manchas.
Don Juan rumiaba, moviendo sus desdentadas encías a derecha e izquierda
como una cabra vieja, y sus ojillos alegrábanse al ver comer a la
familia, y especialmente a Juanito.
Podían decir lo que quisieran ciertas gentes; pero él, don Juan Fora,
propietario y paseante perpetuo, sostenía que nada hay como la cocina
casera y el comer en familia. ¡Vaya un modo de tragar, hijos míos! En
una fonda estarían ya siendo objeto de críticas, y el dueño pondría mala
cara al ver cómo ganaban el precio del cubierto; las niñas se harían las
interesantes, comiendo poco para no parecer feas, y él mismo tragaría a
disgusto creyendo que se burlaban de su modo de mascar. Pero allí
estaban en su casa, podían atracarse hasta el gañote con todo lo que
iría viniendo, y nadie podría ir a contarle al vecino cómo se las
arreglaban para hacer por la vida. Esto era la verdad; lo demás
pamplinas, modas estúpidas y sufrir..... ¡Hola! Ya se presentaba la
gallina del puchero. ¿Que quién la parte? Juanito mismo.
Y el buen muchacho, obediente a la voz de su tío, púsose en pie, y
empuñando un enorme tenedor y el afilado trinchante, hizo una carnicería
que elevó protestas. Doña Manuela le miró severamente. Pero ¡cuán
desmañado era!
Don Juan intervino, viendo que su sobrino se conmovía:
--Vaya, otra vez lo hará mejor el chico, ahora... a lo que estamos.
Y pasaron a los platos los trozos de la gallina: la jugosa pechuga, el
cuello cartilaginoso, los melosos muslos y el armazón chorreando grasa,
que chupaba doña Manuela con un regodeo de gata golosa.
La animación iba surgiendo en la mesa. Todos hablaban. Don Juan
comenzaba a mostrarse más alegre; y como si olvidase las antiguas
preocupaciones, miraba con igual cariño a todos los que estaban en la
mesa, sin pensar si eran hijos del antipático Pajares y si su hermana
era una derrochadora.
Ahora, ¡voto a Dios! venían bien dos deditos de vino, para acompañar
dignamente a la gallina en su bajada al estómago. Y se apuraron las
copas, y circuló de nuevo la ventruda botella llena de vino de la bodega
de los Escolapios, un caldillo rojo del llano de Cuarte, que pasaba
dulcemente por el paladar, y una vez dentro, el muy traidor causaba un
trastorno de mil demonios. Las dos niñas bebían haciendo remilgos, pero
el tío las excitaba aplaudiéndolas; y ellas, que no estaban
acostumbradas a ver tan alegre al viejo, volvían a gustar el vinillo
para no enojarle.
Nelet, con la gravedad de un _maître d'hôtel_, muy circunspecto desde
que veía en la mesa al tío millonario, sacó de la cocina el plato del
día, la obra maestra de Visanteta, un pescado a la bayonesa que arrancó
a todos un grito de admiración.
--¡Caballeros...! ¡Ni en la mejor fonda!--dijo Rafael--. ¡Ole por la
cocinera!
Don Juan encontró de mal gusto la felicitación, pero admiró la obra.
Era una merluza de más de tres libras, que parecía de plomo brillante,
con el escamoso vientre hundido en la salsa, un fresco cogollo de
lechuga en la boca, y en torno de la cola unos cuantos rabanillos
cortados en forma de rosas. La fuente tenía una orla de rodajas de huevo
cocido, y sobre la capa amarillenta que cubría el apetitoso animal, tres
filas de aceitunas y alcaparras marcaban el contorno del lomo y la
espina. Don Juan miraba, con la pala de plata en la mano. ¡Vive Dios,
que le remordía la conciencia destrozar aquella obra de arte! Pero la
cosa se había hecho para comer; y al poco rato, la blanca carne de la
merluza, revuelta con los sabrosos adornos, estaba en todos los platos.
--Y ya que dimos fin con la pobre, ahora otro traguito.
Decididamente, el tío se ponía alegre. Las niñas recordaban como un
sueño la cara irónica y glacial de otras ocasiones. Ahora sonreía con
bondad, tenía las mejillas muy coloradas, y cautelosamente se aflojaba
el talle, como para dejar un huequecito a lo que viniese después.
Otro plato ligero, pero éste era francamente indígena: lomo de cerdo y
longanizas con pimiento y tomate, un guiso al que daba siempre Visanteta
una gracia especial, que hacía a todos mojar el pan en la roja salsa.
Don Juan y su sobrino predilecto se entendieron con él, pues doña
Manuela apenas lo probó. Rafaelito fumaba, costumbre detestable que
irritó al tío, pues no podía comprender tales interrupciones en la
digestión.
Las dos niñas habían ido un momento a su cuarto: cuestión de aflojarse
los corsés. Las ballenas se doblaban y parecían próximas a estallar con
la presión de sus vientrecillos cada vez más redondeados. Al pasar junto
a un balcón, hiriólas el frío que entraba por las rendijas. Llovía, y la
gente pasaba chapoteando en el fango, con el paraguas calado. ¡Qué bien
se estaba allí dentro, en el caliente comedor, ante una mesa tan
abundante! Había que reconocer que Dios es bueno y proporciona ratos muy
agradables a los que tienen casa y cocinera.
Cuando volvieron al comedor, Nelet sacaba el héroe de la fiesta: un
soberbio capón, panza arriba, con los robustos muslos recogidos sobre el
pecho y la piel dorada, crujiente, impregnada de manteca.
Don Juan contemplábalo con miradas de amor. No; una pieza tan hermosa
no la destrozaría el desmañado Juanito. A ver, Rafael, que, como aprendí
de médico, entendería de estas cosas.
Las niñas protestaron, recordando las espeluznantes relaciones que su
hermano las había hecho varias veces, para asustarlas, describiendo sus
hazañas en el anfiteatro anatómico.
--No, Rafael no--gritó Amparito--. Si él toca el capón no comemos.
¡Vaya un asco! ¡Como si aquel estudiante honorario hubiese asistido al
curso de anatomía media docena de veces...! Al fin, el tío, en vista de
las protestas, se decidió a destrozar la pieza, pues en su calidad de
solterón sabía un poco de todo.... ¡Brava manera de masticar! Confesaban
que la comida les subía ya a la garganta; pero a pesar de esto, era tan
excelente la carne tierna y jugosa, con su corteza tostada crujiendo
entre los dientes, que todos despacharon su ración, masticando con
lentitud y emprendiéndola después con los huesos. El tío se mostraba
como un valiente.
--Juan, come ese pedazo--le decía su hermana--. Es lo mejor del plato.
--Bebe más, Juan. Hoy son mis días, y hay que alegrarse.
Las niñas imitaban la solicitud de la mamá; todo era: «Tío tome usted
esto; tío, coma usted lo otro»; y el tío, cada vez más encarnado y
alegróte, engullía cuanto le ponían en el plato, y como le llenaban el
vaso así como lo dejaba vacío, el resultado era que empinaba
continuamente el codo.
Aparecieron los postres. Cubrióse la mesa de tajadas de melón, peras y
manzanas, avellanas y nueces; pero esto pasó sin gran éxito,
atreviéndose el tío sólo con algunos pedazos de fruta que le mandó
Juanito.
Después, la clásica _sopada_, sin la cual don Juan no comprendía los
banquetes: una gran fuente de crema, en la que se empapaban apretadas
filas de pequeños bizcochos. Esto era lo mejor para los que, como él,
carecían de dentadura. Sabía a gloria; pero a pesar de tantos elogios,
recibió como en triunfo el turrón de Jijona y los pasteles de espuma.
También era esto del género de don Juan, adorador de las cosas blandas,
que se escurren dulcemente sin roce alguno hasta el fondo del estómago.
Con la boca llena de merengue contestaba a sus sobrinas, que estaban
cada vez más alegres, y aprobaba bondadosamente los cuidados de su
hermana por tenerle contento. Ahora había que retirar el vino de los
Escolapios: «no estaba en carácter»; y por esto el viejo saludó
alegremente la aparición en la mesa de las botellas de licor de
diferentes formas y clases.
Las cepitas talladas de color rosa, que parecían flores, iban y venían
sobre la mesa, tan pronto llenas como vacías. La temperatura subía en el
comedor. El vaho ardoroso de la comida, el calor de los cuerpos, en los
que empezaba la digestión, y lo agitado de las respiraciones, parecían
caldear el ambiente. Los rostros se enrojecían, y a pesar de que llovía
en la calle y los transeúntes soplábanse las manos para ahuyentar el
frío, se sudaba en el comedor. Doña Manuela, con la majestuosa nariz
inflamada, como si fuese un pavo, hubo de pasarse la servilleta por la
húmeda frente.
--¡Al salón!--dijo la señora--. Allí nos servirán el café.
El tío prefería quedarse en la mesa. El café entraba también en la
comida; ¿por qué habían de moverse? Pero para su hermana era un detalle
de suprema elegancia tomar el café en el salón, y don Juan tuvo que
acceder y abandonar el comedor, jugando con sus sobrinas como si fuese
un niño.
¡Vive Dios, que él no estaba borracho, pero a nadie podría negar que se
encontraba un poco alegre por culpa de aquellas picaras, de su hermana y
de los dos sobrinos! Todos estaban bien. Sentados en los mullidos
sillones del salón, encontrábanse como en la gloria, sacando hacia fuera
los rellenos vientres, que hervían como calderas al fuego de la
digestión, y sintiendo subir al cerebro un humillo tenue que al pasar
por los ojos tomaba un delicioso tinte rosa.
Don Juan dábase cariñosas palmaditas en el vientre. Tal vez aquella
calaverada le costase después crueles desarreglos de estómago y una
semana de purgas; pero ¡vayanse al diablo los escrúpulos! un día es un
día, y a ver quién le quitaba lo gozado.... Nada, que aquel día era un
calavera; se burlaba de todo; y en prueba de ello, encendió el puro que
le ofrecía Rafael, a pesar de que el fumar aumentaba su los crónica.
Ya estaba el café. Servíalo Adela, una muchacha remilgada y no mal
parecida, que imitaba a sus señoritas en el peinado, afectando un aire
de aristócrata caída en la desgracia.
Don Juan, a fuer de mirar el servicio, que era de porcelana antigua, y
compararlo con otro más rico arrinconado en su casa, acabó por fijarse
en la criadita. Decididamente, no tenía la cabeza bien. ¡Mire usted que
pensar un hombre de su carácter y sus años que estaría mejor servido con
una chica así que con su vieja Vicenta...! Vaya; el _Chartreuse_, con su
calor de falsa juventud, hace pensar locuras.... «¡A tomarte el café,
viejo verde...!» Y se bebió la taza de un trago.
Sonaba la campanilla de la puerta.
--Será Roberto--dijo Concha.
--Tal vez sea Andresito--exclamó Amparo--. Le prometió a Juan venir a la
hora del café.
Eran los dos, que se habían encontrado en la escalera.
Roberto del Campo, el amigo íntimo de Rafael, su mentor, que le guiaba
en el camino de la distinción y el buen gusto; un chico elegante, hijo
de una gran familia arruinada, uno de esos vástagos inútiles y
perniciosos que nacen inesperadamente en la tranquila burguesía a las
dos o tres generaciones de bienestar y riqueza, para castigar con sus
locuras y despilfarres el egoísmo y la rapacidad de sus antecesores. Era
un muchacho guapo, moreno, con nariz aguileña, barba negra y lustrosa;
una de esas cabezas gallardas, audaces y de enérgica belleza varonil que
se ven con frecuencia en las tribus bohemias. En su porte y en su traje
notábase la tendencia «flamenca» amalgamada con la fría corrección
burguesa. La educación del hogar confundíase con las costumbres de una
vida de estúpidas aventuras. Vestido de señorito, tenía algo de gitano;
cuando se disfrazaba de chulo, todos reconocían en él al señorito. Era
un ser doble, que flotaba entre la decencia y el encanallamiento.
Según decían sus amigos, causaba sensación entre las mujeres. La
gitanería femenina le adoraba como un ídolo, pensando en sus conquistas
de señoritas; y éstas mirábanle como un ser extraordinario, como un Don
Juan irresistible, recordando ciertas historias de cantadoras flamencas
que, por sus desdenes, se habían tragado cajas de fósforos, y de
hermosas carniceras que abandonaban al marido para seguir a un mozo tan
adorable.
En casa de doña Manuela, Roberto era muy bien acogido, especialmente por
Conchita. Era un chico que tenía muy buenas relaciones; es verdad que su
fortuna era poca, pues gran parte de la herencia de sus padres estaba ya
enterrada en los garitos o entre las uñas de los usureros, pero esto no
impedía que fuese un partido aceptable para las jóvenes de la clase
media, que, colgadas de su brazo, podían entrar en un reducido círculo
que ellas se imaginaban como el paraíso de la aristocracia.
Junto a este hermoso ejemplar de la burguesía próximo a la decadencia,
Andresito Cuadros, el hijo del dueño de _Las Tres Rosas_, aparecía
empequeñecido y aplastado, con la delgadez amarillenta de un crecimiento
rápido y ese aire aviejado de todos los hijos únicos, a quienes las
atenciones exageradas de sus padres no dejan robustecerse. Era el hijo
del comerciante emancipado del mostrador y dedicado al estudio por la
ambición del papá. Docto y pedantuelo, algo engreído con los
sobresalientes de su carrera y acostumbrado a hacerse oír en casa como
un oráculo, asombrábase de que fuera de ella no le rindieran tributos de
admiración, y esto le producía tal cortedad, que muchos le tenían por
tonto.
Los recién llegados, después de saludar a la mamá, deseándola
felicidades y ensartando los lugares comunes propios del caso,
sentáronse cerca de las dos niñas, que se mostraban complacidas y
ruborosas.
Rafael voceaba en la puerta del salón para que trajeran pronto el café a
sus dos amigos, y Juanito, a falta de mejor ocupación, jugueteaba con la
traviesa _Miss_, cuyos movimientos iban acompañados por el repicante
cascabeleo de su pequeño collar.
Don Juan, hundido en su butaca, con la nariz cada vez más roja y el
cigarro apagado entre los labios, seguía sonriendo beatíficamente. Su
hermana no le abandonaba. Acosábalo con atenciones, y hasta había
logrado hacerle tragar una copa de coñac.
Visanteta acababa de servir el café a los dos señoritos recién llegados,
cuando la llamó su ama.
--Di a Adela y a Nelet que entren.
Toda la servidumbre de la casa se plantó a estilo de coro de zarzuela
ante el sillón de la señora. Entre los tres cruzábanse alegres miradas,
sonrisas de satisfacción.
Era la ceremonia anual, el acto de dar los aguinaldos a los criados, por
ser el día de la señora. Con majestad teatral, doña Manuela dio un duro
a cada uno, más un pañuelo de seda a Visanteta, por lo satisfecha que
estaba de su mérito como cocinera. El ceño de la habilidosa muchacha se
dilató por primera vez en todo el día, y los tres salieron
apresuradamente con la alegría del regalo, oyéndose el ruido de sus
empellones y correteos.
Esto obscureció un poco la sonrisa de don Juan. Decididamente, su
hermana era una loca, que odiaba el dinero. ¡Mire usted que tirar tres
duros tan en tonto! ¿No hubiera quedado lo mismo con tres pesetas?
Pero su digestión de esquimal harto no le permitía indignarse, y escuchó
con expresión amable a su hermana, que, inclinada sobre él, apoyándose
en su misma butaca, le hablaba mimosamente, como si fuese una niña.
--Hay que seguir las costumbres, Juan; si no, los criados, en vez de
respetarla a una, se encargan de desacreditarla. A ti de seguro que no
le parece bien dar un duro a cada criado; a mí tampoco, pero hijo mío,
la costumbre es la costumbre, y si una hace ciertas economías, la gente
cree que va de capa caída, suposición que a nadie gusta. ¿No crees tú lo
mismo?
Él lo creía todo, con tal que le dejasen tranquilo en su digestión. Y
movió varias veces la cabeza en señal afirmativa.
Doña Manuela se animaba y seguía hablando, No es que ella fuese
derrochadora; había tenido su época de apuros, como él sabía muy bien, y
conocía el valor de un duro. Pero había que quedar con dignidad,
sostener la honra de la casa, ahora que las niñas iban siendo casaderas,
y esto, ¡ay, Juanito mío! esto exigía grandes apuros y no menores
sacrificios. ¿Qué le pasaba a don Juan? ¿Había parado en seco su
digestión? La gozosa sonrisa desaparecía; sus ojos, entornados
voluptuosamente, volvían a entreabrirse para lanzar punzantes miradas, y
se agitó varias veces en la butaca, como huyendo de ocultos alfileres.
¡Todo sea por Dios! Él también tenía apuros y hacía sacrificios. El
mundo es así. Y probó dormirse, como hombre a quien no interesa la
conversación.
Pero la hermana no calló. Ella economizaba, privándose de todo para
sostener la apariencia de la casa, hasta que las niñas encontrasen «un
buen partido»; pero a veces se tropieza con escollos insuperables y no
sabe una cómo salir a flote.
--Pero... ¿duermes, Juan? ¿No me escuchas? Un gruñido dio a entender a
doña Manuela que su hermano la oía con los ojos cerrados. Esto bastó
para que continuase.
Ahora mismo se hallaba en una de esas situaciones difíciles; algunas
deudas antiguas las había satisfecho con la paga de Navidad de sus
arrendatarios de la huerta, pero necesitaba con urgencia ocho mil
reales, pues el invierno exige grandes gastos. Ya que en la familia se
habían suavizado antiguas asperezas, a ella tenía que acudir en sus
apuros. ¿Y quién era su familia? Su hermano, y nadie más que su hermano.
Su Juan, a quien ella siempre había querido tanto, respetando sus sabios
consejos.
--Tú no me abandonarás en este apuro, ¿verdad, Juan? Tú me prestarás esa
cantidad, y yo te la devolveré a San Juan, cuando cobre los otros
arriendos. ¿Quedamos en eso...?
¡Qué habían de quedar! No había más que ver el mal humor con que don
Juan salió de su turbada digestión.
--Pero, desgraciada, ¿de dónde quieres que saque yo ocho mil reales? Tú
te figuras, por lo menos, que yo apaleo las onzas.
Doña Manuela protestó. Vamos, que ocho mil reales no son una cantidad
para arruinar a nadie. Además, ella prometía devolverlos a San Juan; y
al ver que su hermano sonreía irónicamente, lo juró con la mano puesta
en el exuberante pecho.
--Y si no tienes los ocho mil reales (cosa que dudo), eso no importa,
Juanito mío. Con que firmes por mí, salgo de apuros. ¡Adiós digestión!
Ahora sí que don Juan salía de la placentera calma, despertando de su
amodorramiento.
--Ya has enseñado la oreja. ¡Firmar...! ¡firmar...! ¿Tú crees que una
persona como Dios manda pone la firma, porque sí, al primer judío que se
presenta? Eso sólo lo hacen las locas como tú, que has firmado más papel
que un escribano, y miras con la mayor tranquilidad cómo tu nombre anda
por el mundo en pagarés siempre renovados, con condiciones que sólo
admiten las personas tramposas y sin crédito.
Y además, ¿qué era aquello de la paga de los arriendos y de devolver los
ocho mil reales el día de San Juan? Mentiras y nada más que mentiras.
--Yo lo sé todo, Manuela. No conservas un campo de los que heredaste de
papá que no tenga la correspondiente hipoteca. El dinero de tus
arrendatarios se va todo en intereses. Si se juntan todos tus acreedores
y exigen que les pagues las deudas, más los intereses disparatados que
les has reconocido, te verás en medio de la calle, perdiendo hasta la
camisa que llevas puesta. ¡Eh...! ¿qué tal? ¿Creías que yo no estaba
enterado de tus cosas?
Doña Manuela estaba pálida e inquieta. Era una imprudencia expresarse
así a pocos pasos de aquel grupo donde estaban Roberto y Andresito, dos
extraños que no podían imaginarse la verdadera situación de la casa. Por
fortuna, Concha y Amparo atraían la atención de los dos; además, las
niñas, a ruegos de los pollos, iban a hacer un poco de música y canto.
Tal vez el piano amansase a don Juan; pero... ¡quia! éste formaba parte
de las fieras, a quienes domina la música, y con gran pesar de su
hermana no salía de su indignación.
--¿Para esto me has convidado...? Tú has dicho: «Le daremos bien a
comer, procuraremos emborracharlo, y después, cuando esté tierno... ¡el
sablazo!» Pues hija, te equivocas. Ni ahora ni nunca conocerás el color
de mi dinero. No pienso hacer nada por ti. Cuando murió tu segundo
marido me prometiste ser un modelo de economía y prudencia; y yo fui tan
tonto, que perdí el tiempo y hasta algún dinero para poner a flote tu
fortuna, que hacía agua por todas partes como un barco viejo.... Déjame
acabar, Manuela; no me interrumpas. ¿Quieres hacerme creer que aún lo
conservas todo libre de trampas, tal como yo te lo entregué? ¡Quia, hija
mía! En este siglo no hay milagros, y con quince mil duros de capital no
se sostiene un carruaje ni el boato que tú gastas. Lo sé todo; y si no,
escucha.
Y don Juan, con gran abundancia de detalles, como hombre versado en los
negocios, fue describiendo a su hermana el estado de su fortuna. No
tenía un pedazo de tierra libre del peso de una hipoteca; las rentas
apenas si daban para los réditos, y hasta la misma casa en que ella
vivía era una finca que producía poco, por culpa de su vanidad.
--Cuando al quedar viuda te pusiste en mis manos, vivías en una de las
dos habitaciones del piso segundo y tenías alquilado este principal. Un
duro diario es una gran cosa, y más en tu situación. Pero tú no podías
acostumbrarte a ser señora de muchos escalones, como dices en tu jerga;
querías tu salón y tu carruaje, como en los tiempos de loco despilfarro,
y con el pretexto de que las niñas crecían y era preciso pollear y
mentir, bajaste a este piso, y bajó la renta también aumentando los
gastos. Ya que no podías tener un tronco, carretela y berlina, como en
otra época, vendiste un campo para comprar la galerita y el caballo y
mantener a ese bigardón, hijo de la tía Quica, que os roba la cebada y
las algarrobas.... Sé que te fastidia oír todo esto, pero te lo digo
para que sepas que no me chupo el dedo ni se me engaña fácilmente....
Nunca me he forjado la ilusión de convertirte. Tú serás siempre la misma
Manuela, la loca, la pretenciosa, y morirás cuando gastes el último
céntimo. Cada uno nace con su carácter, y tú eres de aquellos a quienes
el pobre papá cantaba la antigua copla:
/*
_Arròs y tartana_,
_casaca a la moda_,
¡_y ròde la bola_
_a la valensiana_!
*/
Y como si la cancioncilla del tío fuese la señal para que comenzase la
música de las niñas, éstas atronaron el salón con el tecleo del piano y
los gorjeos esforzados.
Don Juan cobró ánimos con este estrépito. Al ver que los muchachos sólo
atendían al piano, siguió hablando, pero levantó más la voz, con gran
alarma de su hermana.
--Marchas a tu perdición, Manuela. Cuando estés en la miseria, siempre
me acordaré de que soy tu hermano, y tendrás donde comer tú y los
tuyos.... Pero dinero, ¡ni un céntimo!
Doña Manuela levantó la cabeza con altivez, mostrando la mirada ardiente
y las mejillas rubicundas.
--Gracias por la limosna--dijo con ironía--. Pero aún no he llegado ahí.
--Llegarás, llegarás--repuso don Juan sin perder la calina--. Estás en
el camino. Hoy todavía puedes sostenerte, y al ver que te niego los ocho
mil reales, buscarás a doña Clara, esa bruja prestamista, o a otra
persona de la clase, y firmarás un pagaré por doce o catorce mil. Estás
metida en el barro y no saldrás nunca de él; por más esfuerzos que hagas
te hundirás. Si no te conociera tanto, te daría la mano; pero no: «una y
no más, Santo Tomás»; me acuerdo mucho de la atención con que seguiste
mis consejos.
La señora estaba indignada por el lenguaje rudo de su hermano. Era muy
dueño de no darle aquella miseria; al fin, resultaba lo que ella había
creído siempre: un avaro sin corazón. Pero su demanda no le autorizaba
para aburrirla con tanto sermoneo.
--Cállate, Juan; me pones nerviosa con tus groserías.
--Callaré, hija; no quiero molestarte en un día como éste. Pero sólo me
resta hacerte una advertencia. Los que están tan ahogados como tú, se
agarran a un clavo ardiendo. Juanito posee una finca que vale algo: el
huerto de Alcira, que has tenido que respetar en calidad de bienes
reservables. Como ahora el chico es mayor de edad y te quiere tanto, te
advierto que si para hacer dinero lo mezclas en tus líos tendrás que
vértelas conmigo. Yo soy su tutor, por encargo de su pobre padre, y
aunque mi misión ha terminado legalmente, me creo en el deber de
defenderlo, pues es un bonachón al que engaña cualquiera.... Y no te
digo más.
Los dos hermanos callaron. Se hundió él en su sillón, mirando a los
chicos, y ella quedó con los ojos fijos en el suelo, el ceño fruncido y
las mejillas de un rojo violáceo, como si la rabia le produjese
erisipela.
Rafael había salido del salón, Juanito jugueteaba con _Miss_, cada vez
más inquieta y ladradora, y Roberto, apoyado en el piano, hablaba con
Concha, que sonreía, tecleando nerviosamente, haciendo escalas que
parecían cabriolas e iniciando temas conocidos, que se confundían
fantásticamente.
--¿Dónde diablos están los otros?--pensaba el tío, paseando su vista por
el salón.
Y los otros, o sea Amparo y Andresito, estaban en un balcón, mirando a
la calle con la nariz pegada al vidrio y protegidos por los cortinajes.
El bebé, con sus ingenuidades de loquilla, tenía una habilidad diabólica
para salirse siempre con la suya. Había maniobrado hábilmente para
llevarse al hijo de Cuadros hacia aquel balcón, donde estaba la niña
como en su casa, lejos de miradas indiscretas y oídos curiosos.
Primero, habían hablado del tiempo, riéndose de los arabescos
caprichosos que trazaban las gotas de lluvia escurriéndose por el
cristal; pero el joven, pálido y tembloroso, como si le atormentase
algún pensamiento oculto, guiaba la conversación insensiblemente, y
Amparito se dejaba arrastrar, segura de que por cualquier camino
llegaría siempre adonde ella deseaba.
El tío miraba atentamente el cortinaje del balcón y las piernas de
Andresito, que era lo único visible de la pareja. En un momento que
Concha cesó de teclear, oyó la voz de Amparo, que sonaba lejana, como
amortiguada por las cortinas.
--Pero Andresito... ¡si somos tan jóvenes!
¡Jóvenes! ¿Y qué importaba eso? Para el amor no hay edades, así como
tampoco existían clases. Lo aseguraba él, que era persona competente en
tal materia, por ser poeta y no inédito, pues sus triunfos había
alcanzado en la Juventud Católica. Además, él no era ningún niño; dentro
de cuatro años sería abogado, y después, ¿quién sabe...? Su imaginación
veía confusamente en lontananza ese algo que acarician todos los
aprendices de legistas. Un sillón de magistrado, una poltrona de
ministro o un taburete de escribiente... cualquier cosa; lo importante
era sentarse en algún sitio.
No, no eran jóvenes para amarse. Ya lo había dicho él en un soneto y
media docena de quintillas escritas con el pensamiento puesto en
Amparito. El amor no tiene edad. Él la adoraba con la inmensa pasión de
los grandes poetas; y hablaba de Dante y Beatriz, de Petrarca y Laura,
de Ausias March y Teresa. Amparito escuchaba sonriente, complacida por
esta letanía de poetas. Todos muy señores míos, pero que los oía mentar
por vez primera, a excepción de Ausias March, por ser su nombre el de la
calle donde ella tenía su modista.
A él le era imposible vivir si Amparito se negaba a amarle; necesitaba,
para no aborrecer la vida, que ella se decidiese a ser su musa, su
inspiración. Y el lindo bebé, aunque por costumbre seguía riendo,
sentíase muy satisfecha en su interior de ser musa de alguien, honor que
jamás alcanzaría su hermana Concha. La consideración de hacerse superior
a su hermana era lo que más la empujaba a decir que sí. Además, un novio
no se presenta a cada instante, y aunque existe el inconveniente de que
ella era hija de un doctor famoso--según afirmaba la mamá--, y los
padres de Andresito eran unos ordinarios--también según doña Manuela--,
confiaba que, con el tiempo, la brillante posición que se proponía
conquistar el chico lo allanaría todo.
Y cuando con más calor hablaba Andresito de sus tormentos amorosos, la
niña le interrumpió, diciéndole con su tonillo bromista, como quien
accede a tomar parte en un juego:
--Bueno; seremos novios... pero ¡por Dios! que nada sepa la mamá.