II

En época pasada, aunque no remota, el Mercado de Valencia tenía una

leyenda, que corría como válida en todos sus establecimientos, donde

jamás faltaban testigos dispuestos a dar fe de ella.

Al llegar el invierno, aparecía siempre en la plaza algún aragonés viejo

llevando a la zaga un muchacho, como bestezuela asustada. Le habían

arrancado a la monótona ocupación de cuidar las reses en el monte, y lo

conducían a Valencia para «hacer suerte», o más bien, por librar a la

familia de una boca insaciable, nunca ahíta de patatas y pan duro.

El flaco macho que los había conducido quedaba en la posada de _Las Tres

Coronas_, esperando tomar la vuelta a las áridas montañas de Teruel; y

el padre y el hijo, con los trajes de pana deslustrados en costuras y

rodilleras y el pañuelo anudado a las sienes como una estrecha cinta,

iban por las tiendas, de puerta en puerta, vergonzosos y encogidos, como

si pidiesen limosna, preguntando si necesitaban un _criadico_.

Cuando el muchacho encontraba acomodo, el padre se despedía de él con un

par de besos y cuatro lagrimones, y en seguida iba a por el macho para

volver a casa, prometiendo escribir pasados unos meses; pero si en

todas las tiendas recibían una negativa y era desechada la oferta del

_criadico_, entonces se realizaba la leyenda inhumana, de cuya veracidad

dudaban muchos.

Vagaban padre e hijo, aturdidos por el ruido de la venta, estrujados por

los codazos de la muchedumbre, e insensiblemente, atraídos por una

fuerza misteriosa, iban a detenerse en la escalinata de la Lonja, frente

a la famosa fachada de los Santos Juanes. La original veleta, el famoso

_pardalòt_, giraba majestuosamente.

--¡Mia, chiquio, qué pájaro...! ¡Cómo se menea...!--decía el padre.

Y cuando el cerril retoño estaba más encantado en la contemplación de

una maravilla nunca vista en el lugar, el autor de sus días se escurría

entre el gentío, y al volver el muchacho en sí, ya el padre salía

montado en el macho por la Puerta de Serranos, con la conciencia

satisfecha de haber puesto al chico en el camino de la fortuna.

El muchacho berreaba y corría de un lado a otro llamando a su padre.

«¡Otro a quien han engañado!», decían los dependientes desde sus

mostradores, adivinando lo ocurrido; y nunca faltaba un comerciante

generoso que, por ser de la tierra y recordando los principios de su

carrera, tomase bajo su protección al abandonado y lo metiese en su

casa, aunque no le faltase _criadico_.

La miseria del hogar, la abundancia de hijos, y sobre todo la cándida

creencia de que en Valencia estaba la fortuna, justificaban en parte el

cruel abandono de los hijos. Ir a Valencia era seguir el camino de la

riqueza, y el nombre de la ciudad figuraba en todas las conversaciones

de los pobres matrimonios aragoneses durante las noches de nieve, junto

a los humeantes leños, sonando en sus oídos como el de un paraíso donde

las onzas y los duros rodaban por las calles, bastando agacharse para

cogerlos.

El que iba allá abajo, se hacía rico; si alguien lo dudaba, allí estaban

para atestiguarlo los principales comerciantes de Valencia, con grandes

almacenes, buques de vela y casas suntuosas, que habían pasado la niñez

en los míseros lugarejos de la provincia de Teruel guardando reses y

comiéndose los codos de hambre. Los que habían emprendido el viaje para

morir en un hospital, vegetar toda la vida como dependientes de corto

sueldo o sentar plaza en el ejército de Cuba, ésos no eran tenidos en

cuenta.

Al hacer la estadística de los abandonados ante la veleta de San Juan,

don Eugenio García, fundador de la tienda de _Las Tres Rosas_, figuraba

en primera línea.

Otros mostrábanse malhumorados y negaban rotundamente cuando se les

suponía tal origen; pero él lo ostentaba con cierta satisfacción, como

queriendo hacer de ello un título de gloria.

--Nada debo a nadie--exclamaba al regañar a sus dependientes--. A mí

nadie me ha protegido. Los míos me dejaron como un perro en medio de esa

plaza. Y sin embargo, soy lo que soy. ¡Hubiera querido veros como yo,

para que supierais lo que es sufrir!

Y siempre que podía asegurar una docena de veces que nada debía a nadie

y comparar su abandono con el de un perro, quedaba tranquilo y

satisfecho. Los principios de su carrera habían sido penosos. Aprendiz

siempre hambriento, dependiente después en una época en que los mayores

sueldos eran de cincuenta «pesos» anuales, a fuerza de economías

miserables consiguió emanciparse, y con ayuda de sus antiguos amos, que

veían en él un legítimo aragonés capaz de convertir las piedras en

dinero, fundó _Las Tres Rosas_, tiendecilla exigua que en diez años se

agrandó hasta ser el establecimiento de ropas más popular de la plaza

del Mercado.

Don Eugenio era, sin darse cuenta, el cronista de cuantas modificaciones

y adelantos había experimentado aquella plaza, en la que nació a la vida

del comercio y debía desarrollarse toda su existencia. Vio cómo una

revolución echaba abajo los conventos de la Magdalena y la Merced; cómo

un motín quemaba el Mercado Nuevo, que era de madera, y cómo las

tiendas, agrandando cada vez más sus puertas, saneando sus interiores,

atraían al público con grandes escaparates, y en materia de alumbrado

pasaban del aceite al petróleo y de éste al gas.

Al poco tiempo de fundar su establecimiento, cuando aún la primera

guerra carlista tenía en suspenso la suerte de la nación, don Eugenio se

formó insensiblemente una tertulia junto a su mostrador, sobre el cual,

como una antorcha simbólica de la rutina comercial, lucía un enorme

velón de cuatro mecheros, fabricado con más de arroba y media de bronce.

Todas las tardes, al anochecer, reuníanse allí los amigos de don

Eugenio, la mitad de los cuales vestían sotana y pertenecían al clero de

San Juan. A pesar de esto, la tal reunión era casi un club, que en

épocas como aquélla tenía su carácter peligroso. Don Eugenio pertenecía

a la Milicia Nacional, y aunque tomaba sus bélicas ocupaciones con tibio

entusiasmo, no por esto dejaba de preocuparse del honor de la «tercera

de Ligeros». Cuando era preciso se calaba el chacó, martirizaba el pecho

con el asfixiante correaje, y servía a la nación y a la libertad, yendo

a pasar la noche en el Principal, donde comía melones en verano, se

calentaba al brasero en invierno, en la santa y pacífica compañía de

algunos otros comerciantes del Mercado, que, olvidándose de la

marcialidad de su uniforme, pasaban las horas de la guardia hablando de

las fábricas de Alcoy o del precio del azúcar y de la seda; todo esto

sin perjuicio de faltar a la ordenanza, abandonando el puesto con

frecuencia para dar un vistazo a sus casas.

En la tertulia de don Eugenio se hablaba de Martínez de la Rosa y de su

malogrado Estatuto; había quien audazmente elogiaba a Mendizábal y pedía

el restablecimiento de la Constitución del 12; se gastaban bromitas

contra los «serviles», sin faltar a la decencia; se comenzaba a decir

con expresión respetuosa «don Baldomero» cada vez que se nombraba al

general Espartero, y todos callaban para escuchar religiosamente a don

Lucas, el beneficiado de San Juan, un cura que el 23 había emigrado a

Londres por liberal, y que pronunciaba conmovedores discursos hablando

del pobre Riego, a quien comparaba con Bravo, Padilla y Maldonado.

Era, en fin, la tertulia una reunión donde se desahogaba el liberalismo

inocente de unos revolucionarios que, en costumbres y preocupaciones,

imitaban a sus enemigos, y a pesar de haber sufrido de la dinastía

reinante toda clase de desdenes y persecuciones, mostrábanla una

fidelidad canina, y siempre era para ellos Fernando VII el rey mal

aconsejado, Cristina la augusta señora, e Isabel la inocente niña.

En esta reunión estaban todos los afectos y alegrías de don Eugenio. Al

encender por las noches el velón y ver entrar las sotanas y las gorras

de sus colegas, experimentaba la misma impresión que si se encontrara

rodeado de una cariñosa familia.

De los de allá, de aquellos que le habían abandonado sin lágrimas ni

desconsuelo, nunca se acordaba. Sus padres habían muerto, pero ya se

encargaron de recordarle la patria y todas sus miserias el enjambre de

primos, hermanos y sobrinos que cayeron sobre él tan pronto como circuló

por el lugar la nueva de que hacía fortuna y tenía una tienda en el

Mercado. Llegaban en grupos, escalonando sus viajes por meses, cual

hordas hambrientas que con la mirada querían devorarlo todo. El pariente

rico era para ellos una vaca robusta, cuyas ubres inagotables les

pertenecían de derecho. No tenía mujer ni hijos; ¿para quién, pues, las

fabulosas riquezas que aquellos miserables se imaginaban en poder de

don Eugenio? Las demandas eran interminables, no desmayando los

pedigüeños ante la aspereza del comerciante, poco inclinado a la

generosidad. El invierno había sido duro, las patatas pocas y malas, el

macho estaba enfermo, los muchachos descalzos, un pedrisco lo había

arrasado iodo; y tras estos preámbulos entraban en materia con la

petición de veinte duros para pasar el mal tiempo, de una pieza de sarga

para vestir a la familia, y otras demandas menos aceptables. Si don

Eugenio ponía cara de perro a las peticiones, surgía la protesta en la

rapaz parentela que tanto le quería.

--¡Id allá, granujas!--gritaba el comerciante--. ¿Qué os debo yo para

que vengáis a saquearme? Nada tengo que agradeceros, como no sea haberme

abandonado en medio de esa plaza.

Entonces era de ver la indignación con que tíos y hermanos acogían lo

del abandono. ¡Otra que Dios...! ¿Y aún se quejaba? ¿_Pus_ si no le

hubiesen abandonado sería él ahora comerciante con tienda abierta?

Cuanto más, estaría guardando el ganado de algún rico. A la familia,

pues, debía lo que era. Y si la turba de descarados pedigüeños no

llegaba a decir que todo cuanto tenía su pariente les pertenecía de

derecho, ya se encargaban sus exigencias insolentes y sus rapaces

miradas de manifestar que éste era su pensamiento.

Producto de una de estas invasiones de vándalos con pañizuelo y calzón

corto fue el entrar como aprendiz en la tienda de _Las Tres Rosas_ un

chicuelo, al que don Eugenio le fue tomando insensiblemente cierto

afecto, sin duda porque recordando su pasado se contemplaba en él como

en un espejo. Era de un pueblo inmediato al suyo; pasaba por pariente,

circunstancia poco extraña en un país donde las familias, residiendo

siglos y siglos pegadas al mismo terruño, acaban por confundirse, y

llamaba la atención por su aire avispado y la ligereza de sus

movimientos.

Entró en la tienda hecho una lástima, oliendo todavía a estiércol y a

requesón agrio, como si acabase de abandonar el corral de ganado. La

vieja criada que administraba el hogar de don Eugenio tuvo que valerse

de ungüentos para despoblar de bestias sanguíneas el bosque de cerdas

polvorientas que se empinaban sobre el cráneo del muchacho, y concluido

el exterminio, el amo lo entregó al brazo secular de los aprendices más

antiguos, los cuales, en lo más recóndito del almacén y sin pensar que

estaban en enero, con un barreño de agua fría y tres pases de estropajo

y jabón blando, dejaron al neófito limpio de mugre de arriba a abajo y

con una piel tan frotada que echaba chispas.

Con esto, el mísero zagalillo de las montañas de Teruel se convirtió en

un aprendiz listo, aseado y trabajador, que, según las profecías de los

dependientes viejos, llegaría a ser algo. A las dos semanas chapurreaba

el valenciano de un modo que hacía reír a las labradoras parroquianas de

la casa, y sin que la dureza del trabajo disminuyera para él, todos le

querían y no sabía a quién atender, pues Melchor por aquí, Melchorico

por allí, nunca le dejaban un instante quieto.

Con sus borceguíes lustrosos, una chaqueta vieja del amo arreglada

chapuceramente, la cabeza siempre descubierta, con pelos agudos como

clavos y las orejas llenas de sabañones en todo tiempo, era Melchorico

el aprendiz más gallardo de cuantos asomaban la cabeza a las puertas

para llamar a los compradores reacios. Aquel acólito del culto de

Mercurio, por su empaque desenfadado atraíase la mala voluntad de los

pilluelos de la plaza, enjambre de diablejos que pasaban horas enteras

ante la relamida figurilla llamándole ¡_churriquio_! con irritante tono

de mofa, hasta que algún dependiente les amenazaba con la vara de medir.

Pasaron los años sin que incidente alguno viniese a turbar la ascensión

lenta y monótona del muchacho en la carrera comercial. Perdió de cuenta

los cachetes y patadas que le largaron don Eugenio y los dependientes

viejos, unas veces por entretenerse bailando trompos en la trastienda,

otras por pillarle dando retales a cambio de altramuces o cacahuet.

Empleó los domingos en que le daban suelta yendo al tiro del palomo en

el cauce del río, o paseando gratis arrellanado como un príncipe en las

estriberas de las tartanas, con la epidermis a prueba de traidores

latigazos; fue ascendiendo lentamente cíe burro de carga a aprendiz

viejo; por fin, a dependiente; y al cumplir dieciocho años viose tan

transformado, que, violentando sus instintos económicos, fortalecidos

por las saludables enseñanzas del principal, se gastó cuatro pesetas en

dos retratos que envió a los de «allá arriba», a sus antiguos colegas de

pastoreo, para que viesen que estaba hecho todo un señor. Los tirones de

oreja y los palos con la vara de medir lo habían puesto erguido,

borrando en su cuerpo la tendencia a cargarse de espaldas y a ser

patiabierto, propio de todos los de su tierra; sus pelos, a fuerza de

peine y cosmético, habían llegado a domarse; los desabridos y no muy

abundantes guisos del ama de llaves daban cierta figura a su corpachón

huesoso. Y además, como tenía su soldada anual, aunque corta, ya no

vestía los desechos de don Eugenio y se hacía al año dos trajes,

operación que antes de ser emprendida era objeto de serías y profundas

meditaciones.

Melchor Peña, al salir de la adolescencia, experimentó una

transformación. Al mismo tiempo que en su labio apuntaba el bigote, en

su cerebro apuntó la tendencia a lo romántico, a lo desconocido, el

anhelo de cosas extraordinarias, de aventuras gigantescas, y fue un

rabioso lector de novelas. Cuantos tomos enormes, roídos por el corte y

forrados con papel grasiento, rodaban por los mostradores de las tiendas

del Mercado, eran atraídos por sus manos, como si éstas fuesen un imán,

y devorados rápidamente, unas veces por la noche, después de cerrar las

puertas y robando horas al descanso, otras por la tarde, aprovechando

ausencias de don Eugenio, en el fondo del almacén, a la dudosa claridad

que se cernía en aquel ambiente cálido, impregnado del vaho de los

tejidos y el tufo de la tintura química. Había leído más de veinte veces

_Los tres mosqueteros_, y el fruto que sacó de esta lectura fue que los

aprendices se burlasen de él viéndolo un día en el almacén, envuelto en

un guiñapo colorado, con un rabo de escoba en la cadera y contoneándose

como si fuese el mismo D'Artagnan con todas sus jactancias de

espadachín. Después se apasionó, como toda la juventud de su época, por

_María o la hija de un jornalero_; y a pesar de que don Eugenio le

enviaba a misa lodos los domingos y a comulgar por trimestre, hízose un

tanto irreligioso, y en su interior comenzó a mirar con desprecio a los

curas pacíficos y bromistas que visitaban por la noche el

establecimiento para jugar a la brisca con el principal; y cuando cayó

en sus manos _El conde de Montecristo_, paseábase por la trastienda,

mirando los fardos apilados con la misma expresión que si en vez de

paños, percales e indianas contuviesen un enorme tesoro, toneladas de

oro en barras, celemines de brillantes, lo suficiente, en fin, para

comprar el mundo.

¡Y cómo se reía don Eugenio de la manía novelesca de su Melchorico, como

cariñosamente le llamaba...! Él, que no había consultado otro libro en

su vida que un cuadernillo donde estaban comparados los pesos y medidas

de Cataluña, Aragón y Castilla, miraba al principio con cierto respeto

el afán de lectura del muchacho; pero después, al notar las

extravagancias de su torcida imaginación, le acribilló con burlas y le

colgó el apodo de Don Quijote, no porque el viejo comerciante hubiese

leído la inmortal obra de Cervantes, sino por tener arriba en su comedor

una litografía detestable, en la cual el hidalgo manchego, dormido y en

camisa, daba de cuchilladas a pellejos de vino.

Iguales bromas se permitía el Don Quijote que vegetaba en la obscuridad,

midiendo telas en _Las Tres Rosas_. Podían atestiguarlo los pescozones

con que don Eugenio había saludado a su querido dependiente un lunes en

el almacén, cuando vio a Melchor que, recordando el drama _El jorobado_,

se creía un Lagardére, y con una vara de medir ensayaba la gran estocada

de Nevers, acribillando los fardos de un modo que hacía temblar por la

integridad de los géneros.

--Como sigas así--gritaba el buen comerciante, escandalizado--, te

pongo en la puerta y... ¡buen viaje! Me has engañado. Tú sirves para

cómico, y a mí no me gustan farsas. Merchorico, por última vez lo digo.

El año que viene entras en quinta; o sientas esa cabeza o te abandono, y

el demonio que se encargue de tu suerte.

Junto a la imaginación exaltada del dependiente debía existir una enorme

cantidad de sentido práctico capaz de sofocar todas las fantasías y

caprichos, y a esto se debió, sin duda, que Melchor se reprimiera en sus

románticas extravagancias, y en adelante, aunque sin abandonar la

lectura de novelas, se dedicara con más asiduidad a sus quehaceres.

Tenía don Eugenio un amigo antiguo que todos los días visitaba la

tienda, y por profesar a Melchor algún afecto, unía sus exhortaciones de

hombre práctico a las del principal. De todos los individuos que

formaban la tertulia de _Las Tres Rosas_, don Manuel Fora era el más

considerado, a causa de su fortuna sólida y cuantiosa y de respeto que

gozaba en el comercio.

Vivía en un enorme caserón cercano a las Escuelas Pías; figuraba entre

los primeros fabricantes de seda, y más de doscientos telares trabajaban

para él, elaborando piezas de seda rayada, vistosa y sólida, y pañuelos

de brillantes colores, que eran enviados a las más apartadas provincias

de España y hasta la misma América, cosa que asombraba y producía cierto

temor respetuoso entre el comercio a la antigua. De joven había sido

novicio en una orden religiosa, pero ahorcó los hábitos el año 8 para

batirse contra el francés, sacrificio que no le libró de ser conocido

con el apodo de el _Fraile_ entre los comerciantes y las gentes de su

industria.

Le suponían poseedor de millones, y era el banquero de todos los

mercaderes menesterosos. Bastábale entrar en su alcoba para presentar en

cartuchos de onzas cuanto dinero se le pedía, y a pesar de esto, fuera

de los días de Corpus, en que sacaba del fondo del arca el frac de color

castaña y el sombrero de seda, nadie le había visto con otro traje que

un eterno pantalón de cuadros, chaqueta de fustán, chaleco de terciopelo

rameado y gorra de ancho plato.

Era el más fiel representante de la avaricia atribuida á los de su

gremio, y en el Mercado se contaban de él cosas graciosísimas. La mañana

pasábala en San Juan, pues el comercio no le había hecho olvidar sus

aficiones a las cosas de la Iglesia. Tenía su puesto fijo en el banco de

la Junta de Fábrica, y allí iban a buscarlo los que, necesitando con

urgencia su auxilio, no reparaban en que estaba oyendo la décima misa y

rezando el centésimo rosario.

--Don Manuel--murmuraba el pedigüeño con voz misteriosa y arrodillándose

cerca del Banco--, necesito al momento seis mil reales.

--¡Déjame en paz!--susurraba indignado el fabricante sin volver los

ojos--. Ni la casa del Señor sabéis respetar. Búscame a la noche.

--Don Manuel, ¡por Dios! que la letra vence hoy, y he de pagarla o se

deshonra mi tienda. Seis mil reales al quince por ciento; sálveme usted.

--¡Largo...! No estoy ahora para asuntos mundanos.

--Don Manuel... aunque sea al veinte--decía el infeliz con esfuerzo

supremo.

--He dicho que no. Déjame en paz el alma.

--Al veinticinco, don Manuel... al veinticinco. Me esperan en casa para

que pague.

--Márchate, o llamo al sacristán.

--Pues bien; al treinta... que sean al treinta por ciento, como la otra

vez.

--Todo sea por Dios--murmuraba suspirando dolorosamente--. No dejáis

tiempo ni para salvar el alma. Espérame en casa, yo iré así que termine

este rosario. Te cobraré el treinta por ser tú... que bien sabe Dios que

a mí no me gustan estos negocios.

Esto se contaba del célebre fabricante de sedas; pero aunque en ello

entrase en gran parte la exagerada malevolencia de sus enemigos, lo

cierto era que don Manuel, con el producto de sus doscientos telares

siempre en actividad y los caritativos auxilios que prestaba desde el

Banco de San Juan, iba formándose una fortuna, cuya cifra, por ser

desconocida, rodeaba a su poseedor de cierto prestigio misterioso.

El fabricante y el dueño de _Las Tres Rosas_ eran antiguos amigos, y

hasta se murmuraba que el primero había ayudado a éste con una

generosidad extraña en los primeros tiempos de su comercio. Cuantos

géneros de seda se despachaban en la tienda procedían de la fábrica de

don Manuel, y de esto resultaba una continua comunicación entre el

establecimiento de don Eugenio y el caserón del barrio de las Escuelas

Pías, relaciones en las que servía de intermediario Melchor Peña, como

dependiente de confianza.

Él era quien iba al despacho de don Manuel a escoger pañuelos y piezas

de seda, raso o terciopelo en aquellos armarios de roble con cerradura

complicada, que databan del siglo anterior, y él también quien subía a

los porches, donde con un tric-trac ensordecedor movíanse los telares y

volaban las lanzaderas, haciendo surgir los ricos tejidos entre polvo y

telarañas. Por efecto de las continuas visitas le trataron como amigo

íntimo los de la familia de don Manuel. Éste era viudo y tenía dos

hijos: Juan, un joven infatigable para el trabajo, meticuloso en los

negocios, capaz, como su padre, de darse de cachetes por un ochavo, y

Manolita, una muchacha hermosota, que a los diecisiete años tenía el

aspecto de una matrona romana, y a quien don Manuel no quería encargar

de la administración de la casa en vista del poco aprecio que mostraba

al dinero.

Otra persona formaba parte de la familia del _Fraile_; pero los lazos

que la unían a ella eran tan efímeros y débiles como los que atan una

estrella errante a un sistema planetario. Era un estudiante de Medicina,

famoso entre los de su Facultad como hábil tocador de guitarra, alegre

confeccionador de chistes y calavera de los más audaces. El _Fraile_,

avaro y sin entrañas hasta con sus hijos, sentía gran debilidad por el

estudiante, tal vez por el contraste entre su carácter austero y regañón

y la alegría desenfadada de aquel cabeza a pájaros. Era sobrino de don

Manuel en grado lejano; sus padres habían muerto, y el fabricante de

sedas, en vista de su ingenio despierto, encantado por sus agudezas y

recordando que lo sostuvo en la pila bautismal, hizo el inaudito

sacrificio de recogerlo y darle carrera.

Rafael Pajares venía a ser en la casa el punto vulnerable del huraño

_Fraile_. Parecía imposible que éste soportase las travesuras del

estudiante, que traía revuelta toda la casa, persiguiendo a las criadas,

entreteniendo con chistes a los tejedores e introduciendo algunas veces

en su cuarto ciertos compañeros de Facultad tan levantiscos como él, que

al menor descuido saqueaban la despensa, y cuando no, hacían temblar los

viejos pavimentos del caserón ensayándose a saltos en el manejo de la

pandereta. Don Manuel, el hombre de las economías inauditas y las

ruindades sin ejemplo, estremecíase de rabia al ver el uso que Rafael

hacía de sus liberalidades. Regalábale una sotana nueva, y al punto la

rasgaba en dos, quedándose con la parte del pecho y dando el espaldar a

algún compañero pobre, con cuyo reparto iban ambos tan gallardos

cubriendo con el manteo la desnuda trasera. Comprábale un tricornio

flamante, y no acababa el día sin que el travieso muchacho le recortase

los bordes caprichosamente hasta darle el aspecto de una fantástica

cresta. Gustábale ir roto y sucio como los sopistas, y cada una de estas

hazañas enfurecía al _Fraile_, haciéndole gritar que aquello era robarle

el dinero, y que el mejor día de un puntapié en tal parte iba a poner en

la calle al desvergonzado sobrino. Pero bastaba que el loco adorador de

la tuna sacara algunas habilidades, para que el viejo se diera por

vencido y asegurase que el muchacho tenía mucha gracia.

Igual influencia ejercía Rafael sobre los demás individuos de la

familia. El hijo del _Fraile_ le toleraba, lo que no era poco, atendido

su carácter, y en cuanto a Manolita, vivía pendiente de los labios de su

primo. Aquella muchacha sencillota, a quien las amigas de la casa tenían

casi por tonta y que no conocía más mundo que las tertulias de gente del

Arte de la Seda, a las que la llevaba su padre, miraba a Rafael como la

encarnación de lo extraordinario, de lo novelesco; como un Don Juan,

cuyo cariño le disputaban ocultas y poderosas rivales.

Se amaban desde niños, pero con un amor extraño, incomprensible y

preñado de incidentes. Él era informal, ligero, casquivano; tenía novias

en los cuatro distritos de la ciudad; salía de noche para dar serenatas

amorosas; y ella, bajo su exterior abobado de muchacha tímida y devota,

ocultaba un carácter varonil, un genio insufrible, el mismo estallido de

nerviosidad iracunda y atronadora que se manifestaba en el _Fraile_

cuando le salía mal un negocio o un deudor se negaba a pagarle. Las

peleas en voz baja y el estar de monos días enteros eran hechos

frecuentes en estos amores que el padre y el hermano no conocían; pero

bastaba para vencer el enojo de Manolita una palabra chistosa del

estudiante, una irónica protesta, algo que la desarmase, haciéndola

prorrumpir en carcajadas.

¡Con un pillo así era imposible estar seria mucho tiempo! Se necesitaba

tener corazón de piedra para no conmoverse cuando, cogiendo la guitarra

y poniendo los ojos en blanco, se arrancaba por el _Fandanguito de

Cádiz_, entonando después melancólicamente el ¡_Triste Chactas_...! que

hacía llorar a todas las muchachas de la época, o aquello otro punteado

y expresivo que comenzaba:

/*

_Inflamado mi pecho amoroso_,

_sólo en ti se cifraba mi anhelo_....

*/

No; ella le quería, y aunque le diese algún disgusto, consideraba a

Rafael, a pesar de su sotana mugrienta y su cara de granuja, como un

rendido trovador de los que en aquella época de romanticismo hacían el

gasto en todos los extravíos de imaginación femenil.

Melchor Peña, entrando con frecuencia en la casa, estaba al tanto de

cuanto ocurría en el seno de la familia y conocía el carácter de cada

uno de sus individuos. Don Manuel le apreciaba como muchacho laborioso y

económico, que tenía lo que él llamaba «sangre comercial». Juan,

primogénito del _Fraile_, simpatizaba con él como a cofrade en la orden

del continuo trabajo y la conquista del céntimo. Manolita decía de él

que era un chico simpático, aunque vulgarote, y Rafael, el famoso

adorador de la tuna, tratábale siempre con un aire de desdeñosa

protección, como si tuviese empeño en recordarle de continuo el abismo

existente entre una futura lumbrera de la ciencia y un «gozquecillo» de

mostrador.

Melchor correspondía a este desprecio con una antipatía profunda. Y no

es que le hiriesen honradamente las zumbas del estudiante; su odio

provenía del poco aprecio que éste mostraba a Manolita. Ser dueño de la

voluntad de aquella mujer y corresponder a su afecto con infidelidades

era un pecado imperdonable a los ojos del pobre Melchor, que amaba a

Manolita en silencio, siempre en perpetua batalla interna, tan pronto

dispuesto a declarar su pasión como arrepentido de su audacia.

Habíase enamorado de la hija del _Fraile_, no repentinamente y a la

primera mirada, como los protagonistas de aquellas novelas que con tanta

fruición leía, su pasión se había formado lentamente, por escalones que

poco a poco había ido subiendo. Un día se fijó en que Manolita tenía

unas hermosas mejillas de melocotón con ligera película, más fina que el

terciopelo de a cuatro duros vara; otro, hizo la observación de que sus

ojos eran «ardientes ascuas», imagen del dominio común de todos los

novelistas por él conocidos, una noche hasta llegó a pensar,

revolviéndose en su menguada cama de dependiente, que la hija de don

Manuel estaría admirablemente formada, a juzgar por su «exterior

escultural»--otra frase cien veces leída--, y el resultado de estas y

otras observaciones fue confesarse a sí mismo que era «esclavo» de

Manolita y la amaría «hasta la muerte».

¡Qué adoración tan constante la del pobre muchacho! Dos años estuvo

lanzando tiernas miradas a la joven cada vez que por asuntos del

comercio iba a casa del _Fraile_. Su imaginación novelesca soñaba un

rapto, después de matar en desafío al infame estudiantón, con otras mil

barbaridades por el estilo, y lo mejor del caso era que quien tales

barrabasadas se sentía capaz de ejecutar temblaba como un niño en

presencia del ídolo amado, y cien veces se le atragantó la declaración

que tenía pensada y aprendida, sin faltar punto ni coma.

Por fin, Manolita supo que Melchor la amaba gracias a una carta de éste,

en la cual, conforme al patrón de todas las declaraciones, comparaba su

corazón con el Vesubio, y comenzando con las consabidas frases:

«Señorita: desde el móntenlo que la vi a usted», etc., terminaba: «Salve

usted este corazón que está herido de muerte.» Manolita acogió

burlescamente la declaración del dependiente, mas no por esto dejó de

agradecerla, con esa satisfacción que causa en toda mujer el saber que

es amada, y nada dijo a su familia ni a Rafael.

Melchor esperó con paciencia inquebrantable, y un día fue Manolita la

que le recordó su declaración, aceptándola.

La hija del _Fraile_ se había dejado llevar de un arrebato del carácter

violento que mostraba en las grandes ocasiones. Su primo Rafael había

terminado la carrera, abandonando las locuras de estudiante para

revestirse de la gravedad del doctor, y cuando ella esperaba de un

momento a otro que formulase ante el padre sus pretensiones, una buena

alma la hizo saber que aquel calavera ya no limitaba sus infidelidades a

serenatas amorosas o pasiones del momento, sino que tenía cierto

«arreglo» en el barrio del Carmen con carácter permanente, y hasta se

susurraba si había una criatura de por medio.

El carácter enérgico de Manolita se sublevó al convencerse de la nueva

infidelidad de Rafael. No; ésta no la consentía, aunque el primo le

pidiese perdón de rodillas y estuviese todo un año cantando romanzas

sentimentales. Quiso vengarse, atormentar al infame, aunque para eso

tuviese ella que sufrir, y nada le pareció mejor que aceptar las

pretensiones de aquel tendero que la adoraba. El asunto se arregló con

prontitud.

Don Eugenio, que se sentía viejo y estaba dispuesto a traspasar _Las

Tres Rosas_ al dependiente predilecto, encargóse de hablar a su amigo el

_Fraile_; éste no tenía gran empeño en conservar en casa una hija que

ignoraba el valor del dinero y gastaba mucho en trajes, según él decía;

y como el novio la aceptaba sin un céntimo de dote, la boda se arregló,

y a los tres meses la señora de don Melchor Peña entró triunfalmente en

sus dominios de la plaza del Mercado.

Siete años duró el matrimonio, y su único fruto fue Juanito, a quien

pusieron tal nombre por apadrinarle el hermano de Manolita, o más bien,

doña Manuela, pues el estado de maternidad, ensanchando sus macizas

carnes de matrona, habíanla dado un aspecto respetable y majestuoso.

Aquel marido aceptado en un arrebato de ira, sí no llegó a inspirarla

amor mereció la tierna simpatía del agradecimiento. Levantábase Melchor

al amanecer, y después de arropar cuidadosamente a la señora, rogándola

que no abandonase la cama antes de las nueve, bajaba a la tienda para

vigilar a los dependientes en las primeras ocupaciones del día. Subía a

la hora de comer, para reír como un loco con las gracias de Juanito y

revolcarse muchas veces por el suelo, imitando a ciertos animales, para

satisfacer las tiránicas exigencias de aquel monigote que traía revuelta

toda la casa. Comía lo que le daban, acogía como indiscutibles todos los

actos de su mujer, y curado ya de las manías románticas, sólo pensaba en

los negocios y en conquistar una fortuna para que su esposa pudiese ver

realizadas sus altas aspiraciones.

Doña Manuela gozaba de una libertad absoluta, como jamás la había

soñado. Salía cuando quería, bajaba a la tienda algunas veces, como

quien va a un lugar de entretenimiento, a distraerse viendo gentes y

caras nuevas, y era dueña absoluta de todo el dinero de la casa, con

gran descontento de don Eugenio y del avaro _Fraile_.

--Tú no conoces a mi hija--decía el suegro a Melchor--. Si sigues tan

tolerante, poco adelantarás. Con Manolita hay que ser rígido y no

permitirla que toque un ochavo. Es como todas las mujeres, que en trapos

y cintajos derrocharían el Potosí si lo tuvieran en la mano. Créeme a

mí, que conozco bien ese ganado. A la mujer hay que tratarla con

entereza; en una mano el pan y en la otra el palo.

Pero Melchor se reía de las teorías brutales de su suegro. ¿No marchaban

bien sus negocios? ¿No cerraba con regulares ganancias el inventario del

año? Pues entonces nada debía negar a su mujer, de la que cada vez se

sentía más enamorado, sin duda porque ella correspondía a sus caricias

con una frialdad complaciente.

Cierto que, a pesar de ser buenos los tiempos, adelantaba poco a causa

de las prodigalidades de su mujer; pero... ¡pobrecilla! él la

disculpaba, recordando su juventud monótona y aburrida al lado del

tacaño padre, y además, decíase a sí mismo que alguna compensación había

de merecer el resignarse a ser tendera una joven que podía aspirar a una

posición más brillante.

Y ella, aprovechando la tolerancia cariñosa del marido, gastaba con

furor que escandalizaba a los buenos burgueses del Mercado. Seguía las

modas con escrupulosidad costosa, y muchas veces aumentaba sus gastos

hasta la locura, únicamente por el gusto de darles en las narices, como

ella decía, al regañón de don Eugenio y al tacaño de su padre.

Tenía en su vida motivos de sobra para ser feliz, pero a pesar de esto,

dos cosas la entristecían. El andar a pie por las calles, signo, según

ella, de pobreza y de degradación, y la vulgaridad de su marido, que se

revelaba en sus maneras, en su modo de vestir, en la facilidad con que

bromeaba con las criadas, como hombre acostumbrado a esos floreos de

mostrador con que se halaga a las parroquianas, no pudiendo ver unas

faldas lisas sin soltar cuatro requiebros inocentes y sin consecuencias.

A pesar del concepto que le merecía su marido, doña Manuela fue honrada.

Justamente el primo Rafael iba alcanzando algún renombre y los

periódicos hablaban de él elogiándolo como médico. Varias veces, con su

antigua audacia intentó aproximarse a Manolita para reanudar sus

relaciones de amistad, buscando un final más íntimo; pero la hija del

_Fraile_ era vengativa: no se borraba fácilmente de su memoria el

recuerdo de una infidelidad, y acogió siempre al médico con una frialdad

burlona. A pesar de esto, doña Manuela no quería consultar su voluntad

ni revolver los recuerdos del pasado, pues sospechaba que todavía sentía

algún afecto por aquel hombre.

Un día murió el _Fraile_ de apoplejía fulminante al convencerse de que

en la quiebra de uno de sus corresponsales había perdido más de veinte

mil duros.

Sus negocios no marchaban bien en los últimos años de su vida. La

industria de la seda iba arruinándose con la competencia que la hacían

los franceses; uno tras otro se cerraban los talleres montados a la

antigua que durante un siglo habían sostenido la supremacía industrial

de Valencia, y don Manuel, que a pesar de su buen sentido comercial

tenía empeño en mantener testarudamente la lucha con el exterior, sufrió

grandes pérdidas y murió de un berrinche antes que la ruina viniese a

coronar su desesperada resistencia.

Setenta mil duros aproximadamente heredaron en dinero, géneros e

inmuebles cada uno de los hijos del _Fraile_, y mientras el primogénito

se quedó con la casa solariega, contento con su posición y dispuesto a

aumentar lo heredado, doña Manuela, al verse rica, sólo pensó en salir

de su estado de tendera.

Para ella, la sociedad estaba dividida en dos castas: los que van a pie

y los que gastan carruaje; los que tienen en su casa gran patio con

ancho portalón y los que entran por estrecha escalerilla o por obscura

trastienda. Quería subir, saltar de la clase de los parias dedicados al

trabajo a la de las «personas decentes»; y con el imperio y la concisión

de la señora absoluta que no admite réplicas, expuso a su marido el

futuro plan de vida. Puesto que el dependiente mayor, Antonio Cuadros,

se había casado con Teresa, la criada, y por tener algunos ahorrillos

pensaba establecerse, que se quedara con la tienda y con don Eugenio,

que quería acabar su vida agarrado a ella como una lapa. El precio del

traspaso ya lo iría pagando Antonio poco a poco, y ellos levantarían el

vuelo inmediatamente para ir a formar un nido en una gran casa cerca del

Mercado, una finca soberbia, con ancho portal, gran patio, cuadras

profundas, y en el piso superior magníficas habitaciones; inmuebles que

el difunto _Fraile_ había adquirido por poco dinero, prestando

usurariamente a un conde tronado.

Todo se realizó tal como lo dispuso doña Manuela, y ésta, a los pocos

días, recordaba como un sueño la estancia de seis años en la tienda del

Mercado, y se consideraba feliz pudiendo pasear en berlina por la

Alameda y teniendo un lacayo a sus órdenes para enviar recaditos a las

nuevas amigas, esposas de magistrados y militares, señoras a las cuales,

por ser rica, trataba con aire protector.

Lo único que la entristecía era su grandeza en el carácter del marido.

¡Pobre don Melchor! La riqueza purgábala como un delito, y su vida de

rentista ocioso y de acompañante en paseos y ceremonias resultábale un

infierno.

Desde por la mañana tenía que endosarse el chaqué y el sombrero de copa,

para estar dispuesto a acompañar a la señora; oíase llamar torpe a todas

horas porque en las visitas cerraba la boca, o si la abría era para

soltar ingenuidades y franquezas que recordaban su origen; y... ¡oh

tormento insufrible! Su Manolita no le permitía jamás que se quitara los

guantes y hasta quería que comiese con ellos, para ir--según ella

decía--acostumbrándose a los usos de la gente elegante. ¡Y el diario

paseo por la Alameda...! ¡Dios, qué sonrojo! Tenía ella empeño en

entablar grandes amistades, y no pasaba cerca de su berlina autoridad o

persona conocida sin que Melchor le saludase solemnemente con un

sombrerazo hasta las rodillas, ruborizándose muchas veces al ver el

gesto de extrañeza con que aquellas personas contestaban a la reverencia

de un ente desconocido. Esto de que le mirasen como un pájaro raro no

estaba en su carácter, pero tenía miedo a Manolita y a los iracundos

pellizcos con que acogía sus desobediencias.

¡Pobre don Melchor! ¡Cuan caro le costaba ser esposo de una mujer

hermosa y rica! Aburríase con el trato de unas personas a las que no

podía entender, su esposa sólo le hablaba para proporcionarle nuevos

tormentos, y únicamente se sentía feliz cuando, puesto de veinticinco

alfileres, huía de casa, buscando en el Mercado a sus antiguos amigos.

Aparentaba gran conformidad con su nueva posición. Amaba a Manolita y no

quería decir la verdad sobre su carácter; pero con el astuto don Eugenio

no valían disimulos.

--Mira, muchacho, tú nos engañas. No, no eres feliz... aunque me lo

jures. Tú tienes, como yo, sangre de comerciante, y el que nos saque de

este mostrador y nuestras costumbres, nos mata. De seguro que ahora,

siendo rico, levantándote tarde y paseando en carruaje, te acuerdas con

envidia de los tiempos en que bajabas a barrer la tienda a las seis de

la mañana y echabas un párrafo con las criadas que van a la compra. Yo

sé bien lo que es eso.... ¡Ah! ¡Esa Manuela...! ¡Esa Manolita! El otro

día se lo decía yo a su hermano. Ella te ha de matar, y ya estás en

camino. Tú no puedes tirar con una vida así.... Jaula nueva, pájaro

muerto.

Y estas profecías fúnebres, que, dichas con franqueza, a lo aragonés,

espeluznaban al infeliz Melchor, se iban cumpliendo poco a poco.

Don Melchor languidecía visiblemente. Su buen humor había desaparecido

junio con los colores de su cara; una obesidad grasosa y amarillenta

hinchaba su cuerpo; y al fin, un año después de abandonar la tienda,

murió sin que los médicos supieran con certeza su enfermedad. Fue cosa

del hígado, del corazón o del estómago; sobre esto no se pusieron de

acuerdo los doctores; lo único indiscutible fue que cayó lánguidamente y

sin ruido, como esos pájaros a quienes el lazo traidor arranca del

espacio para encerrarlos en una jaula.

Fue un luto estrepitoso el de doña Manuela. Misas a centenares,

funerales a toda orquesta, limosnas a porrillo, y lágrimas y lamentos

que afortunadamente tenía el poder de evitar con sus frases chistosas el

doctor don Rafael Pajares, quien, como médico de alguna fama, había sido

llamado en los últimos días de la enfermedad del marido, lo que aumentó

la languidez de éste y su desesperado desaliento.

Ya sabía doña Manuela que no era muy correcta la presencia del antiguo

novio en los primeros días de su viudez. Pero al fin era su primo, y

trataba con tanto cariño al huérfano Juanito, con tales cosas sabía

alegrar al pequeñín, que éste no podía pasar sin el tío Rafael.

Quien más murmuraba contra tales visitas era don Juan, el hermano

austero, huraño y de pulcra rectitud; pero sus quejas fueron, recibidas

tan acremente, que acabó jurando no volver a poner los pies en aquella

casa.

Quedó el médico dueño del campo. Tan complaciente era, que para

entretener al sobrino no vacilaba en despojarse de su dignidad

profesional, y las criadas oían sonar en el salón una guitarra y la voz

de don Rafael cantando las cancioncillas de sus buenos tiempos de

estudiante. Primero sólo visitaba a la viuda por las tardes; después

prolongó las entrevistas, saliendo de la casa a media noche; y por fin,

llegó un día en que no salió.

Don Eugenio y don Juan estaban escandalizados, diciéndose que el buen

_Fraile_ conocía perfectamente a su hija; y aunque los dos tenían poco

afecto al médico, experimentaron cierta satisfacción al saber que la

viuda y el primo se casaban apenas transcurriera el plazo marcado por la

ley.

A los tres meses de casados tuvieron una niña, Conchita; un año después

un muchacho, al que pusieron por nombre Rafael, y por fin, la menor,

Amparito, último fruto de unos amores que se extinguieron tras rápidas e

intensas llamaradas.

El matrimonio fue al poco tiempo de realizado un motivo de satisfacción

para don Juan, que aunque no odiaba a su hermana se alegraba de sus

desgracias, hijas de la imprevisión.

El primo Rafael, amante rabioso de los placeres y obligado a reprimir

sus deseos en la atmósfera de sórdida avaricia en que se había educado,

lanzóse sin temor a saciar sus apetitos al verse dueño de la fortuna de

su esposa. La supeditación amorosa de doña Manuela le hacía ser dueño

absoluto de la casa, y no tardó en hacer sentir su tiranía.

Egoísta hasta la brutalidad, era derrochador para sus placeres y tacaño

feroz cuando se trataba de las necesidades de los demás. Encontró

ridículos los gustos aristocráticos de su esposa, y los suprimió

despóticamente. Vendió el carruaje y los caballos, y doña Manuela, que

tan exigente se mostraba en materia de ostentación con su primer esposo,

acató servil y gustosa las órdenes del segundo. Ignoraba que aquel

hombre tan avariento en los gastos de la casa arrojaba el dinero fuera

de ella, y cubriéndose con el velo de la hipocresía, llevaba una vida de

calavera, tal como la había soñado en su juventud.

La ceguera de la esposa duró algunos años. Cuando supo toda la verdad,

tuvo un momento de indignación y de protesta valiente, como al dar su

mano a Melchor; pero ya era tarde para remediar el mal.

El doctor había jugado fuerte, perdiendo miles de duros; mantenía

queridas costosas por pura ostentación y emprendía viajes divertidos por

toda España con audaces compañeros de bureo. La fortuna de doña Manuela

estaba casi destruida. Su marido, en momentos de expansión amorosa,

cuando ella se sentía más supeditada, habíala arrancado firmas

comprometedoras y tenía que pagar, so pena de ver sus bienes embargados.

Para dar en la cabeza a su marido--según ella decía--volvió a sus

antiguos gastos, a la ostentación falsa de una fortuna que no existía;

contrajo, por su parte, deudas y guiada por el engañoso pundonor de las

gentes que se arruinan, en vez de vender fincas y ponerse a flote,

prefirió gravar sus inmuebles con hipotecas y echarse en brazos de la

usura, buscando préstamos con intereses aplastantes.

Por fortuna, un sinnúmero de enfermedades provenientes de la vida

crapulosa del doctor surgieron en su gastado organismo, y murió cuando

ya su mujer, si no le odiaba, veíase separada para siempre de él por sus

infidelidades y desvíos.

La muerte del primo Rafael hizo que don Juan volviera a casa de su

hermana y se dignase ocuparse en sus asuntos. Con su buen instinto de

hombre práctico, puso orden en aquel maremágnum: vendió fincas, canceló

hipotecas, pagó a los usureros con harto pesar de éstos, que querían ver

correr los intereses hasta devorar al cliente, y al fin, un día pudo

decir a su hermana:

--Mira, chica, ya tienes libre y sano lo que te queda, pero te advierto

que no eres rica. Tienes, a lo sumo, veinte mil duros, más ocho mil que

pertenecen a Juanito, por ser la herencia de su padre. Se acabaron,

pues, las locuras. Ahora mucho orden y mucha economía, y así podrás ir

tirando. Sobre todo, no cuentes conmigo en los apuros. Si fueras pobre

te tendería la mano; pero tienes para comer, y a mí no me gusta amparar

a los derrochadores. Se acabaron las berlinitas y los demás gastos con

los que se aparenta lo que no se tiene. Una vida arreglada, gastando

conforme a la renta, es lo decente y lo digno. Esa fanfarronería, ese

afán de aparentar con cuatro cuartos lo que la gente llama «arroz y

tartana», es ridículo... ¿lo entiendes bien? soberanamente ridículo.

Doña Manuela sintióse impresionada por los consejos de su hermano, y por

mucho tiempo los siguió escrupulosamente.

Dedicóse a criar a sus hijos, es decir, a los hijos de su segundo

matrimonio, pues el pobre Juanito siempre había sido tratado con falso

cariño, con un desvío encubierto, como si doña Manuela quisiera vengar

en el pobre chico el haber sido poseída por su difunto padre.

Aquella mujer resultaba incomprensible. Al marido fiel y bondadoso

apenas lo nombraba, como si su matrimonio hubiese sido de algunos días;

y en cambio, de aquel calavera que tanto la hizo sufrir habíase forjado

después de muerto una figura ideal, y ya que no de sus virtudes, hablaba

a todos de su talento, pintándolo como un sabio ilustre, cuya ciencia no

había podido apreciar el mundo.

El pobre hijo de Melchor, con su carácter apocado y dulce y su afán de

cariño, era el paria de la casa. El doctor, viéndole siempre callado,

contemplando a su madre con estúpida adoración, había declarado que el

niño era tan bruto como su padre, y cuando más, podría servir para el

comercio. Y como el muchacho, por su parte, le tenía gran afecto a don

Eugenio y cierta querencia a _Las Tres Rosas_, que era donde habían

transcurrido los primeros años de su vida, de aquí que Juanito, a los

trece años, entrase en la tienda como aprendiz distinguido, con la

ventaja de comer y dormir en su casa.

En cambio, los hijos del doctor Pajares gozaron una niñez rodeada de

atenciones. Las dos hijas estuvieron hasta los catorce años en un

colegio y Rafaelito fue dedicado al estudio, pues doña Manuela v quería

hacer de él una lumbrera médica como su padre.

Estas predilecciones irritaban a don Juan, que había sentido un afecto

fraternal por su primer cuñado, trabajador infatigable como él y amigo

del ahorro. Además, Juanito era su ahijado. Pero callaba viendo que la

hermana seguía sus consejos económicos y--según sus palabras--no

estiraba el pie fuera de la sábana.

Pero llegó el momento en que las niñas se convirtieron en unas

señoritas, conservando sus relaciones amistosas con sus antiguas

compañeras de colegio, y doña Manuela sintió el afán de ostentación de

toda madre que tiene hijas casaderas. Renovó su mobiliario, abandonó las

modistas anónimas, y en su afán de no andar a pie, si no tuvo berlina y

tronco como en sus buenos tiempos, compró una galera elegante y ligerita

y tomó como cochero a Nelet, el hijo de la nodriza de Amparo, un bárbaro

de la, huerta, a quien puso por condición no tutear a la señorita menor

y olvidarse de que era su hermano de leche.

--¡Que rabie ese rancio!--decía doña Manuela, indignada al saber la

furia con que su hermano había acogido tales reformas--. ¿Cree que toda

la vida la hemos de pasar como unos miserables, con pan y cebolla y un

vestido viejo?

Don Juan también hablaba, y había que oírle.

--Tu madre está loca--decía algunas veces a Juanito en la puerta de _Las

Tres Rosas_--. Si esto sigue más tiempo, todos iréis a pedir limosna.

¡Ah, qué cabeza...! ¡Parece imposible que sea mi hermana! Para ella lo

principal es aparentar, y del mañana que se acuerde el diablo. Lo que yo

digo: «arroz y tartana...» y trampa adelante.

Arroz y tartana · 第 5 / 15 题