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Portada de
C. SANROMA
Primera edición: Enero, 1978
Editado por PLAZA & JANES, S. A., Editores
Virgen de Guadalupe, 21-33. Esplugas de Llobregat (Barcelona)
Printed in Spain-Impreso en España
ISBN: 84-01-480124
GRÁFICAS GUADA, S, A.-Virgen de Guadalupe, 33
Esplugas de Llobregat (Barcelona)
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I
A las tres de la tarde entró doña Manuela en la plaza del Mercado,
envuelto el airoso busto en un abrigo cuyos faldones casi llegaban al
borde de la falda, cuidadosamente enguantada, con el limosnero al puño y
velado el rostro por la tenue blonda de la mantilla.
Tras ella, formando una pareja silenciosa, marchaban el cochero y la
criada: un mocetón de rostro carrilludo y afeitado que respiraba brutal
jocosidad, luciendo con tanta satisfacción como embarazo los pesados
borceguíes, el terno azul con vivos rojos y botones dorados y la gorra
de hule de ancho plato, y a su lado una muchacha morena y guapota, con
peinado de rodete y agujas de perlas, completando este tocado de la
huerta su traje mixto, en el que se mezclaban los adornos de la ciudad
con los del campo.
El cochero, con una enorme cesta en la mano y una espuerta no menor a la
espalda, tenía la expresión resignada y pacienzuda de la bestia que
presiente la carga. La muchacha también llevaba una cesta de blanco
mimbre, cuyas tapas movíanse al compás de la marcha, haciendo que el
interior sonase a hueco; pero no se preocupaba de ella, atenta
únicamente a mirar con ceño a los transeúntes demasiado curiosos o a
pasear ojeadas hurañas de la señora al cochero o viceversa. Cuando,
doblando la esquina, entraron los tres en la plaza del Mercado, doña
Manuela se detuvo como desorientada.
¡Gran Dios...! ¡cuánta gente! Valencia entera estaba allí. Todos los
años ocurría lo mismo en el día de Nochebuena. Aquel mercado
extraordinario, que se prolongaba hasta bien entrada la noche, resultaba
una festividad ruidosa, la explosión de alegría y bullicio de un pueblo
que entre montones de alimentos y aspirando el tufillo de las mil cosas
que satisfacen la voracidad humana, regocijábase al pensar en los
atracones del día siguiente. En aquella plaza larga, ligeramente
arqueada y estrecha en sus extremos, como un intestino hinchado,
amontonábanse las nubes de alimentos que habían de desparramarse como
nutritiva lluvia sobre las mesas, satisfaciendo la gigantesca gula de la
Navidad, fiesta gastronómica, que es como el estómago del año.
Doña Manuela permaneció inmóvil algunos minutos en la bocacalle. Parecía
mareada y confusa por el ruidoso oleaje de la multitud; pero en
realidad, lo que más la turbaba eran los pensamientos que acudían a su
memoria. Conocía bien la plaza; había pasado en ella una parte de su
juventud, y cuando de tarde en tarde iba al Mercado por ser víspera de
festividad en que se encendían todos los hornillos de su cocina,
experimentaba la impresión del que tras un largo viaje por países
extraños vuelve a su verdadera patria.
¡Cómo estaba grabado en su memoria el aspecto de la plaza! La veía
cerrando los ojos y podía ir describiéndola sin olvidar un solo detalle.
Desde el lugar que ocupaba veía al frente la iglesia de los Santos
Juanes, con su terraza de oxidadas barandillas, teniendo abajo, casi en
los cimientos, las lóbregas y húmedas covachuelas donde los hojalateros
establecen sus tiendas desde fecha remota. Arriba, la fachada de piedra
lisa, amarillenta, carcomida, con un retablo de gastada es cultura, dos
portadas vulgares, una fila de ventanas bajo el alero, santos
berroqueños al nivel de los tejados, y como final, el campanil
triangular con sus tres balconcillos, su reloj descolorido y
descompuesto, rematado todo por la fina pirámide, a cuyo extremo, a
guisa de veleta y posado sobre una esfera, gira pesadamente el pájaro
fabuloso, el popular _pardalòt_ con su cola de abanico.
En el lado opuesto la Lonja de la Seda, acariciada por el sol de
invierno y luciendo sobre el fondo azul del cielo todas las
esplendideces de su fachada ojival. La torre del reloj, cuadrada,
desnuda, monótona, partiendo el edificio en dos cuerpos, y éstos
exhibiendo los ventanales con sus bordados pétreos; las portadas que
rasgan el robusto paredón, con sus entradas de embudo, compuestas de
atrevidos arcos ojivales, entre los que corretean en interminable
procesión grotescas figurillas de hombres y animales en todas las
posiciones estrambóticas que pudo discurrir la extraviada imaginación de
los artistas medievales; en las esquinas, ángeles de pesada y luenga
vestidura, diadema bizantina y alas de menudo plumaje, sustentando con
visible esfuerzo los escudos de las barras de Aragón y las enroscadas
cintas con apretados caracteres góticos de borrosas inscripciones;
arriba, en el friso, bajo las gárgolas de espantosa fealdad que se
tienden audazmente en el espacio con la muda risa del aquelarre, todos
los reyes aragoneses en laureados medallones, con el casco de aletas
sobre el perfil enérgico, feroz y barbudo; y rematando la robusta
fábrica, en la que alternan los bloques ásperos con los escarolados y
encajes del cincel, la apretada rúa de almenas cubiertas con la antigua
corona real.
Frente a la Lonja, el Principal, pobrísimo edificio, mezquino cuerpo de
guardia, por cuya puerta pasea el centinela arma al brazo, con aire
aburrido, rozando con su bayoneta a los soldados libres de servicio, que
digieren el insípido rancho contemplando el oleaje de alimentos que se
extiende por la plaza. Más allá, sobre el revoltijo de toldos, el
tejado de cinc del mercadillo de las flores; a la derecha, las dos
entradas de los pórticos del Mercado Nuevo, con las chatas columnas
pintadas de amarillo rabioso; en el lado opuesto, la calle de las
Mantas, como un portalón de galera antigua, empavesada con telas
ondeantes y multicolores que las tiendas de ropas cuelgan como muestra
de los altos balcones; en torno de la plaza, cortados por las
bocacalles, grupos de estrechas fachadas, balcones aglomerados, paredes
con rótulos, y en todos los pisos bajos, tiendas de comestibles, ropas,
drogas y bebidas, luciendo en las puertas, como título del
establecimiento, cuantos santos tiene la corte celestial y cuantos
animales vulgares guarda la escala zoológica.
En este ancho espacio, que es para Valencia vientre y pulmón a un
tiempo, el día de Nochebuena reinaba una agitación que hacía subir hasta
más arriba de los tejados un sordo rumor de colosal avispero.
La plaza, con sus puestos de venta al aire libre, sus toldos viejos,
temblones al menor soplo del viento, y bañados por el rojo sol con una
transparencia acaramelada, sus vendedores vociferantes, su cielo azul
sin nube alguna, su exceso de luz que lo doraba todo a fuego, desde los
muros de la Lonja a los cestones de caña de las verduleras, y su vaho de
hortalizas pisoteadas y frutas maduras prematuramente por una
temperatura siempre cálida, hacía recordar las ferias africanas, un
mercado marroquí con su multitud inquieta, sus ensordecedores gritos y
el nervioso oleaje de los compradores.
Doña Manuela contemplaba con fruición este espectáculo. Tachábase en su
interior de poco distinguida; pero... ¡qué remedio! por más que ella
tomase a empeño el transformarse, y obedeciendo a las niñas revistiera
un empaque de altiva señoría, siempre conservaba amortiguados y prontos
a manifestarse los gustos y aficiones de la antigua tendera que había
pasado lo mejor de su juventud en la plaza del Mercado. ¡Qué tiempos tan
dichosos los transcurridos siendo ella dueña de la tienda de _Las Tres
Rosas_! Si el dinero es la felicidad, nunca había tenido tanta como en
los últimos años que pasó entre mantas e indianas, sedas y percalinas,
arrullada a todas horas por el estrépito del Mercado y viendo por las
mañanas, al levantarse, el _pardalót_ de San Juan.
Y obsesionada por estos recuerdos, doña Manuela permanecía inmóvil en la
esquina, como asustada por el gentío, sin fijarse en las miradas poco
respetuosas que alguno que otro transeúnte le dirigía.
Estaba próxima a los cincuenta años, según confesión que varias veces
hizo a sus hijas; pero era tan arrogante y bien plantada, unía a su
elevada estatura tal opulencia de formas, que todavía causaba cierta
ilusión, especialmente a los adolescentes, que con la extravagancia del
deseo hambriento sienten ante los desbordamientos e hinchazones de la
hermosura en decadencia la admiración que niegan a la frescura esbelta y
juvenil.
La mitad de los polvos y menjurjes que sus niñas tenían en el tocador
los consumía la mamá, que en la madurez de su vida comenzó a saber como
se agrandan los ojos por medio de las rayas negras, cómo se da color a
las mejillas cuando éstas adquieren un fúnebre tinte de membrillo, y
cómo se combate el vello traidor que alevosamente asoma en el labio y en
la barba cual película de melocotón, convirtiéndose después en
espantosas cerdas. Acicalábase como una niña, guardando con su cuerpo
atenciones que no había tenido en su juventud. ¿Para quién se arreglaba?
Ni ella misma lo sabía. Era puro deseo de retardar en apariencia la
llegada de la vejez; precauciones, según propia afirmación, para no
parecer la abuela de sus hijas y para sentir una indefinible
satisfacción cuando en la calle echaban una flor descarriada a su garbo
de buena moza.
En cambio, su criada era poco sensible a la galantería callejera.
Acogíala con un gesto de rústico desprecio, un fruncimiento de labios
desdeñoso: algo que mostrase la indignación de una castidad hasta la
rudeza, la insolencia de una virtud salvaje.
Doña Manuela pareció decidida por fin a lanzarse en el viviente oleaje
de la plaza.
--Vamos, Visanteta, no perdamos tiempo.... Tú, Nelet, marcha delante y
abre paso.
Y el cazurro Nelet, siempre con aire de fastidio, comenzó a andar
hendiendo la muchedumbre al través, contestando dignamente con sus
brazos de carretero a los codazos y empujones y cubriendo con su
corpachón a la señora y la criada.
La multitud, chocando cestas y capazos, arremolinábase en el arroyo
central; dábanse tremendos encontrones los compradores; algunos, al
mirar atrás, tropezaban rudamente con los mástiles de los toldos, y más
de una vez, los que con el cesto de la compra a los pies regateaban
tenazmente eran sorprendidos por el embate brutal y arrollador del
agitado mar de cabezas. Algunos carros cargados de hortalizas avanzaban
lentamente rompiendo la corriente humana, y al sonar el pito del tranvía
que pasaba por el centro de la plaza, la gente apartábase lentamente,
abriendo paso al jamelgo que tiraba del charolado coche, atestado de
pasajeros hasta las plataformas. Sobre el zumbido confuso y monótono que
producían los miles de conversaciones sostenidas a la vez en toda la
plaza, destacábanse los gritos de los vendedores sin puesto fijo, agudos
y rechinantes unos, como chillido de pájaro pedigüeño, graves y foscos
otros, como si ofreciesen la mercancía con mal humor.
En medio de este continuo pregonar, entre la descarga de ofertas a grito
pelado, destacábanse algunas voces melancólicas y tímidas ofreciendo
«¡medias y calcetines!». Eran los sencillos aragoneses, golondrinas de
invierno que, al caer las primeras nieves que dejan el campo muerto y el
hogar sin pan, levantan el vuelo con su cargamento de lana, y desde el
fondo de la provincia de Teruel llegan, a Valencia, ofreciendo lo que la
familia fabrica durante el año. Eran los seres pacienzudos, honradotes
y laboriosos a quienes la insolencia valenciana designa con el apodo de
_churros_, título entre compasivo e infamante. Robustos, cargados de
espalda, con la cabeza inclinada como signo de perpetua esclavitud y
miseria, vélaseles pasar lentamente con su traje de paño burdo, estrecho
pañizuelo arrollado a las sienes, y entre éste y el abierto cuello de la
camisa el rostro rojizo, agrietado y lustroso, con espesas cejas y
ojillos de inocente malicia. Colgando de los brazos o en el fondo de dos
bolsones de lienzo, llevaban las medias de lana burda y asfixiante, los
calcetines ásperos que un puñal no podría atravesar. Es el capital de su
familia; lo que la mujer y las hijas han hecho unas veces al sol,
guardando las ovejas, y otras de noche, junto a los sarmientos humeantes
de la cocina. En la venta del burdo género están las patatas y el pan
para todo el año; y soñando con la inmensa felicidad de volver a casa
con una docena de duros, zapatos para las hijas y un refajo para la
mujer, pasean tristes y resignados por entre el gentío, lanzando a cada
minuto su grito melancólico como una queja: «¡Medias y calcetines...!
¡el mediero!»
Doña Manuela iba mal por el arroyo. Causábanle náuseas los carros
repletos del estiércol recogido en los puntos de venta: hortalizas
pisoteadas, frutas podridas, todo el fermento de un mercado en el que
siempre hay sol.
--Vamos a la acera--dijo a sus criados--. Compraremos primero las
verduras.
Y subieron a la acera de la Lonja, pasando por entre los grupos de gente
menuda que, con un dedo en la boca o hurgándose las narices, contemplaba
respetuosamente los pastorcillos de Belén y los Reyes Magos hechos de
barro y colorines, estrellas de latón con rabo, pesebres con el Niño
Jesús, todo lo necesario, en fin, para arreglar un Nacimiento.
Doña Manuela marchaba por el estrecho callejón que formaban las
huertanas, sentadas en silletas de esparto, teniendo en el regazo la
mugrienta balanza, y sobre los cestos, colocados boca abajo, las
frescas verduras. Allí, los obscuros manojos de espinacas; las grandes
coles, como rosas de blanca y rizada blonda encerradas en estuches de
hojas; la escarola con tonos de marfil; los humildes nabos de color de
tierra, erizados todavía de sutiles raíces semejantes a canas; los
apios, cabelleras vegetales, guardando en sus frescas bucles el viento
de los campos, y los rábanos, encendidos, destacándose como gotas de
sangre sobre el mullido lecho de hortalizas. Más allá, filas de sacos
mostrando por sus abiertas bocas las patatas de Aragón, de barnizada
piel, y tras ellos los _churros_, cohibidos y humildes, esperando quien
les compre la cosecha, arrancada a una tierra ingrata en fuerza de
arañar todo un año sus entrañas sin jugo.
Doña Manuela comenzó sus compras, emprendiendo con las vendedoras una
serie de feroces regateos, más por costumbre que por economía. Nelet,
levantando las tapas de la cesta, iba arreglando en el interior los
manojos de frescas hortalizas, mientras la señora no dejaba tranquilo un
solo instante su limosnero, pagando en piezas de plata y recibiendo con
repugnancia calderilla verdosa y mugrienta.
Ya estaba agotado el artículo de verduras; ahora a otra cosa. Y
atravesando el arroyo, pasaron a la acera de enfrente, a la del
Principal, donde estaban los vendedores del casquijo, ¡Vaya un estrépito
de mil diablos! Bien se conocía la proximidad de las escalerillas de San
Juan, con sus lóbregas cuevas, abrigo de los ruidosos hojalateros. Un
martilleo estridente, un incesante trac-trac del latón aporreado salía
de cada una de las covachuelas, cuyas entradas lóbregas, empavesadas con
candiles y farolillos, alcuzas y coberteras, todo nuevo, limpio y
brillante, recordaban las lorigas de aceradas escamas de los legionarios
romanos.
Doña Manuela huyó de este estrépito, que la ponía nerviosa; pero antes
de llegar al Principal hubo de detenerse entre sorprendida y medrosa. En
el arroyo, la gente se arremolinaba gritando; algunos reían y otros
lanzaban exclamaciones indecentes, chasqueando la lengua como si se
tratara de una riña de perros. Asustada en el primer momento por las
ondulaciones violentas de la muchedumbre que llegaban hasta ella, no
sabía si huir u obedecer a su curiosidad, que la retenía inmóvil. ¿Qué
era aquello...? ¿Se pegaban? La multitud abrió paso, y veloces, con
ciego impulso, como espoleadas por el terror, pasaron una docena de
muchachas despeinadas, greñudas, en chancleta, con la sucia faldilla
casi suelta y llevando en sus manos, extendidas instintivamente para
abatir obstáculos, un par de medias de algodón, tres limones, unos
manojos de perejil, peines de cuerno, los artículos, en fin, que pueden
comprarse con pocos céntimos en cualquier encrucijada. Aquel rebaño
sucio, miserable y asustado, con la palidez del hambre en las carnes y
la locura del terror en los ojos, era la piratería del Mercado, los
parias que estaban fuera de la ley, los que no podían pagar al Municipio
la licencia para la venta, y al distinguir a lo lejos la levita azul y
la gorra dorada del alguacil, avisábanse con gritos instintivos, como
los rebaños al presentir el peligro, y emprendían furiosa carrera,
empujando a los transeúntes, deslizándose entre sus piernas, cayendo
para levantarse inmediatamente, abriendo agujeros en la masa humana que
obstruía la plaza. La gente reía ante esta desbandada al galope,
celebrando la persecución del alguacil. Nadie comprendía lo que era para
aquellas infelices la pérdida de su mísera mercancía, la desesperada
vuelta al tugurio paterno, donde aguardaba la madre dispuesta a
incautarse del par de reales de ganancia o a administrar una paliza.
Doña Manuela también rió un poco, siguiendo con la vista la ruidosa
persecución que se alejaba, y entró después en el mercado de casquijo,
buscando las golosinas silvestres que la gente rumia con fruición en
Navidad, olvidándolas durante el resto del año. Los puestos de venta
llegaban hasta las mismas puertas del Principal; los compradores
codeábanse con el centinela, y los dos oficiales de la guardia, con las
manos metidas en el capote y las piernas golpeadas por el inquieto
sable, paseaban por entre el gentío buscando caras bonitas.
Andábase con dificultad, temiendo meter el pie en las esteras de esparto
redondas y de altos bordes, en las cuales amontonábanse, formando
pirámide, las lustrosas castañas de color de chocolate y las avellanas,
que exhalaban el acre perfume de los bosques. Las nueces lanzaban en sus
sacos un alegre cloc-cloc cada vez que la mano del comprador las removía
para apreciar su calidad; y un poco más adentro, como un tesoro difícil
de guardar, estaba en pequeños sacos la aristocracia del casquijo, las
bellotas dulzonas, atrayendo las miradas de los golosos.
Acababa de hacer su compra doña Manuela, cuando hubo de volver la cabeza
sintiendo en la espalda una amistosa palmada.
Era un señor entrado en años, con un sombrero de cuadrada copa, de forma
tan rara, que debía pertenecer a una moda remota, si es que tal moda
había existido. Iba embozado en una capa vieja, por bajo de la cual
asomaba una esportilla de compras, y por encima del embozo de raído
terciopelo mostrábase su rostro lleno y colorado, en el que los detalles
más salientes, aparte de las arrugas, eran un bigote de cepillo y unas
cejas canosas, tan oblicuas, que hacían recordar los chinos de los
abanicos.
--¡Juan!--exclamó doña Manuela.
Visanteta dio con un codo al cochero y le habló al oído. Era don Juan,
el hermano de la señora, aquel de quien todos hablaban mal en casa,
aunque con cierto respeto, llamándole por antonomasia «el tío».
Los ojillos de don Juan, inquietos e investigadores, revolvíanse en sus
profundas cuencas rodeadas de grietas. Mientras su mirada se perdía en
el fondo del capazo que Nelet tenía abierto a sus pies, decía con la
risita burlona que a doña Manuela, según confesión propia, le
«requemaba la sangre»:
--De compras, ¿eh...? Yo también voy danzando por el Mercado hace más de
una hora. ¡Válgame Dios, cómo está todo! Comprendo que los pobres no
puedan comer.... Chica, si empiezas así vas a llevar a casa medio
Mercado.... Eso son bellotas, ¿verdad? Comida de ricos; quien puede
gasta. Eso sólo lo compra la gente de dinero.
--¿Que tú no compras?--dijo doña Manuela sonriendo, a pesar de que no
ocultaba el efecto que le producían las palabras de su hermano.
--¿Quién...? ¿yo...? ¡Bueno va! A mí nadie me estafa.
Y al decir esto miró al vendedor con tanta indignación como si fuese un
enemigo del sosiego público; pero el palurdo, inmóvil y con las manos
metidas en la faja, no se dignó reparar en la ferocidad agresiva del
avaro.
--Además--continuó don Juan--, ¿para qué quiero yo eso? Los que no
tenemos dientes hemos de abstenernos de muchas cosas; muchas gracias si
uno puede comer sopas de ajos y tiene con qué pagarlas.... Algo he
comprado: unas pocas castañas y nueces; pero no para mí, son para
Vicenta, que aunque ya es vieja tiene una dentadura envidiable. Poquita
cosa. Ya ves tú... para mí y la criada poco necesitarnos. Además, todo
va por las nubes, y dinero hay poco.... ¡Je, je...!
Y el viejo reía como si gozase interiormente de repetir a su hermana en
todos los tonos que era muy pobre.
--Vamos, cállate--dijo doña Manuela con voz temblorosa, sin ocultar ya
su irritación--. Me disgusto cada vez que te oigo hablar de pobreza;
sólo falta que me pidas una limosna.
--Mujer, no te irrites.... No quiero hacer creer que necesito limosnas;
soy pobre, pero aún tengo para no morirme de hambre, y sobre todo, con
orden y economía, sin querer aparentar más de lo que realmente se tiene,
lo pasa cualquiera tan ricamente.
Y estas palabras las subrayó el viejo con el acento y la mirada burlona
que fijaba en su hermana.
--Juan, toda la vida serás un miserable. ¿De qué te sirve guardar tanto
dinero...? ¿Vas a llevarlo al otro mundo?
--¿Yo...? Pienso retardar todo lo posible ese viaje, y tiempo me queda
para malgastar antes los cuatro cuartos que guardo.... No quiero que
nadie se ría de mí después de muerto.
Doña Manuela púsose seria, más que por lo que decía su hermano, por lo
que adivinaba en su mirada. Tal vez por esto don Juan cambió de
conversación.
--Di, Manuela, ¿y Juanito?
--En la tienda. Si tengo tiempo entraré a verle.
--Dile que venga mañana. Aunque sea un grandullón, no quiero privarme
del gusto de darle el aguinaldo como cuando era un chicuelo.
El viejo, al decir esto, ya no mostraba la sonrisa irónica y parecía
hablar con sinceridad.
--También irán a verte las niñas y Rafael.
--Que vengan--contestó don Juan, en quien reapareció la mortificante
sonrisa--. Les daré una peseta de aguinaldos; lo único que se puede
permitir un tío pobre.
--¡Calla, avaro...! Me avergüenzas. Eres capaz de morirte de hambre por
no gastar un céntimo.... ¿Por qué no vienes a comer con nosotros mañana?
El tono festivo y cariñoso con que ella dijo estas palabras alarmó más a
don Juan que la seriedad irritada de momentos antes.
--¿Quién...? ¿yo...? Tengo hechos mis preparativos; no quiero ofender a
mi vieja Vicenta, que se propone lucirse como cocinera. Mira, también yo
gasto, aunque soy un pobre.
Y al decir esto, señalaba a un pillete mandadero, inmóvil a corta
distancia, con un capón gordo y lustroso en los brazos.
Doña Manuela avanzó el labio superior en señal de desprecio.
--¡Valiente compra! ¿Y eso es para todas las Pascuas? No te
arruinarás... ni llenarás mucho el estómago.
--No todos son tan ricos como tú, marquesa, ni pueden ir a la compra con
un par de criados. Únicamente los que tienen millones pueden ser
rumbosos.
Y tras estas palabras, que debían encerrar mortificante intención, don
Juan se despidió, como si deseara que su hermana quedase furiosa contra
él.
--Adiós, Manuela; que compres mucho y bien.
--Adiós, avaro....
Y los dos hermanos se separaron sonriendo, como si cambiaran frases
cariñosas y en su interior rebosase el afecto.
La señora siguió adelante, pasando por entre los puestos de la miel,
donde aleteaban las avispas, apelotonándose sobre el barniz de las
pequeñas tinajas.
Doña Manuela iba siguiendo los callejones tortuosos formados por las
mesas cercanas al mercadillo de las flores. Allí estaba toda la
aristocracia del Mercado, la sangre azul de la reventa, las mozas guapas
y las matronas de tez tostada y espléndidas carnes, con su aderezo de
perlas y pañuelo de seda de vivos colores. Doña Manuela continuaba
haciendo sus compras, deteniéndose ante los productos raros y extraños
para la estación que puede ofrecer una huerta fecunda, cuyas entrañas
jamás descansan y que el clima convierte en invernadero. En lechos de
hojas estaban alineados y colocados con cierto arte los pimientos y
tomates, con sus rubicundeces falsas de productos casi artificiales; los
guisantes en sus verdes fundas; todo apetitoso y exótico, pero tan caro,
que al oír sus precios retrocedían con asombro los buenos burgueses que
por espíritu de economía iban al Mercado con la espuerta bajo la raída
capa.
Los dos criados encontraban cada vez más pesadas sus cestas, y seguían
con dificultad a la señora al través del gentío compacto e inquieto que
se agitaba a la entrada del Mercado Nuevo, cuyos pórticos, en plena
tarde de sol, tenían la lobreguez y humedad de una boca de cueva.
Allí era donde resultaba más insufrible el monótono zumbido del Mercado.
El techo bajo de los pórticos repercutía y agrandaba las voces de los
compradores. Un hedor repugnante de carne cruda impregnaba el ambiente,
y sobre la línea de mostradores ostentábanse los rojos costillares
pendientes de garfios, las piernas de toro con sus encarnados músculos
asomando entre la amarillenta grasa con una armonía de tonos que
recordaba la bandera nacional, y los cabritos desollados, con las orejas
tiesas, los ojos llorosos y el vientre abierto, como si acabase de pasar
un Herodes exterminando la inocencia.
Mientras tanto, las cestas de Nelet y Visanteta se llenaban hasta los
bordes, y en el rostro de los dos criados iba marcándose el gesto de mal
humor. ¡Vaya una compra! El bolso de doña Manuela parecía un cántaro sin
fondo que iba regando de pesetas todo el Mercado.
Abandonaron las carnicerías para entrar en el mercado de la fruta, entre
los dos pórticos. La gente arremolinábase en las entradas, y allí fue
donde doña Manuela se dio cuenta por primera vez de la molesta
persecución que sufría. Había sentido varias veces una tímida mano
deslizándose más abajo de su talle; pero ahora era más: era un pellizco
desvergonzado lo que venía a atormentarla audazmente en sus redondeces
de buena moza.
Volvió rápidamente la cabeza... y ¡mire usted que estaba bien...! ¡Un
señor venerable, con cara de santito, entretenerse en tales porquerías!
Doña Manuela lanzó una mirada tan severa al vejete de rostro bondadoso,
que el sátiro retrocedió, levantando el embozo de la capa con sus
audaces manos.
Siguió adelante la ofendida señora, pero a los pocos pasos la detuvo el
escándalo que estalló a su espalda. Sonó una bofetada y la voz de
Visanteta gritando a todo pulmón: «¡_Tío morra_!», repitiendo la frase
un sinnúmero de veces con la furia de una virtud salvaje que quiere
enterar a todo el mundo de su ruda castidad. La gente parábase entre
asombrada y curiosa, el cochero reía abriendo sus quijadas de a palmo, y
el vejete, cabizbajo, como si todo aquello no rezase con él, escurríase
discretamente entre el gentío. Era que la amazona de la huerta, al
sentir el primer pellizco del viejo pirata, había contestado con una
bofetada, contenta en el fondo de que alguien pusiera a prueba su
virtud.
La señora la hizo callar, muy contrariada por el escándalo, y siguieron
la marcha, mientras Nelet, alegre por este incidente que rompía lo
monótono de las compras, preguntaba como un testarudo a la muchacha en
qué sitio la habían pellizcado, y sentía un escalofrío de gusto cada vez
que ella, ruborizándose, le llamaba «animal» y «descarado ».
La peregrinación prosiguió a lo largo de unas mesas en las cuales, bajo
toldos de madera, estaban apiladas las frutas del tiempo: las manzanas
amarillas con la transparencia lustrosa de la cera; las peras
cenicientas y rugosas atadas en racimos y colgantes de los clavos; las
naranjas doradas formando pirámides sobre un trozo de arpillera, y los
melones mustios por una larga conservación, estrangulados por el cordel
que los sostenía días antes de los costillares de la barraca, con la
corteza blanducha, pero guardando en su interior la frescura de la nieve
y la empalagosa dulzura de la miel. A un extremo del mercadillo, cerca
del Repeso, los panaderos con sus mesas atestadas de libretas blancas y
morenas, prolongadas unas, como barcos, y redondas y con festones otras,
como bonetes de paje; y un poco más allá, los «tíos» de Elche mostrando
sus enormes sombreros tras la celosía formada por los racimos de dátiles
de un amarillo rabioso.
Cuando la señora y sus criados volvieron a la gran plaza, detuviéronse
en la entrada del mercadillo de las flores. Un intenso perfume de
heliotropo y violeta salía de allí, perdiéndose en la pesada atmósfera
de la plaza.
Doña Manuela estaba inmóvil, repasando mentalmente sus compras para
saber lo que faltaba. La muchedumbre se agitó con nervioso oleaje,
despidiendo gritos y carcajadas. Ahora, las chicuelas que vendían sin
licencia corrían perseguidas hacia la calle de San Fernando, y otra vez
el rebaño de la miseria, greñudo, sucio, con las ropas caídas, pasó
azorado y veloz con triste chancleteo, arrollándolo todo, mostrando la
palidez del hambre a la muchedumbre glotona y feliz.
Doña Manuela dio sus órdenes. Podían regresar los dos a casa y volver
Nelet con la espuerta vacía. Quedaba por comprar el pavo, los turrones y
otras cosas que tenía en memoria. Ella aguardaría en la «tienda».
Y esta palabra bastó para que la entendieran, pues en casa de doña
Manuela, la «tienda» era por antonomasia el establecimiento de _Las Tres
Rosas_, y fuera de ella no se reconocía otra tienda en Valencia.
Colocada entre la calle de San Fernando y la de las Mantas, en el punto
más concurrido del Mercado, participaba del carácter de estas dos vías
comerciales de la ciudad. Era rústica y urbana a un tiempo; ofrecía a
los huertanos un variado surtido de mantas, fajas y pañuelos de seda, y
a las gentes de la ciudad las indianas más baratas, las muselinas más
vistosas. Ante su mostrador desfilaban la bizarra labradora y la modesta
señorita, atraída por la abundancia de géneros de aquel comercio a la
pata la llana que odiaba los reclamos, ostentando satisfecho su título
de _Casa fundada en 1832_, y cifraba su orgullo en afirmar que todos los
géneros eran del país, sin mezcla de tejidos ingleses o franceses.
Doña Manuela detúvose al llegar frente a la tienda y abarcó su exterior
con una ojeada. Del primer piso, y cubriendo el rótulo ajado de la casa,
_Antonio Cuadros_, _sucesor de García y Peña_, colgaban largas cortinas
formadas de mantas que parecían mosaicos, orladas con complicados
borlajes y apretadas filas de madroños; fajas obscuras, matizadas a
trechos con gorros rojos y azules prendidos con alfileres; pañuelos de
seda con piezas de docena, ondulados como nacarado oleaje, y percales
estampados, mostrando pájaros fantásticos y ramajes quiméricos con
rabiosos colorines que conmovían placenteramente a las bellezas de la
huerta.
En el escaparate central estaba la muestra de la casa, lo que había
hecho famoso al establecimiento: un maniquí vestido de labradora, con
tres rosas en la mano, que al través del vidrio, mirando a los
transeúntes con ojos cristalinos, les enviaba la sonrisa de su rostro de
cera, punteado por las huellas de cien generaciones de moscas.
Doña Manuela entró en la tienda. El mismo aspecto de otros tiempos,
aunque con cierto aire de restaurada frescura. La anaquelería, de madera
vieja, atestada de cajas; sobre el mostrador telas y más telas
extendidas sin compasión hasta barrer el suelo; dependientes con el pelo
aceitoso y las brillantes tijeras asomando por la abertura del bolsillo,
y mujeres discutiendo con ellos, como si estuvieran en el centro del
Mercado, abrumándolos con irritantes exigencias.
--Voy al momento, Manuela. Siéntese usted.
El que así hablaba era un hombre fornido, de áspero bigote, estrecha
frente, pelo hirsuto y fuerte, rebelde a peines y cepillos, con las
puntas hacia adelante, y quijada brutal, que se disimulaba un tanto bajo
una sonrisa bondadosa. Estaba ocupado en vender un tapabocas a dos
mujeres que llevaban de las manos a un chiquillo barrigudo, y era de
admirar la paciencia con que aquel hombre, siempre sonriendo, sufría a
las feroces compradoras, que por seis reales regateaban durante ¿media
hora.
Doña Manuela atendía con interés las palabras de los compradores y no
volvió la cabeza para ver quién abría la puertecilla de la garita--a la
que pomposamente llamaban despacho--y saltaba velozmente el mostrador.
--Siéntese usted, mamá.
Era Juanito quien la hablaba, su hijo mayor, un muchacho nacido en la
misma tienda, que seguía agarrado a ella «sin servir para nada», como
decía su madre, y sin querer ser otra cosa que comerciante.
Estaba próximo a los treinta años. Era alto, enjuto, desgarbadote y algo
cargado de espaldas; la barba espesa y crespa se le comía gran parte del
rostro, dándole un aspecto terrorífico de bandido de melodrama; pero no
era más que un antifaz, pues examinándolo bien, bajo la máscara de pelo
veíase la cara sonrosada e inocente de un ruño, la mirada tímida y la
sonrisa bondadosa de esos seres detenidos en la mitad de su crecimiento
moral, que aunque mueran viejos son débiles y blandos, faltos de
voluntad, incapaces de vivir sin el calor que presta el cariño.
--¡Ah! ¿Eres tú, Juanito...?--dijo doña Manuela--. ¿Qué hacías?
--Lo de siempre. Estaba trabajando en los libros de la casa, ordenando
el trabajo para el próximo inventario de fin de año.
Y Juanito, que hablaba con cierto entusiasmo de sus tareas, y en menos
de veinte palabras mezcló varias veces el _debe_ y el _haber_, viose
interrumpido por su principal, don Antonio Cuadros, que tras media hora
de regateo acababa de vender el tapabocas para el chicuelo panzudo.
--Pero siéntese usted, Manuela... a menos que quiera usted molestarse
subiendo al entresuelo. Teresa se alegrará de verla.
--No, Antonio; otro día vendré con menos prisa: he entrado para esperar
a Nelet y continuar las compras.
--Pues entonces bajará ella.... ¡Muchacho, avisa a la señora que está
aquí doña Manuela! Un aprendiz lanzóse a la carrera por una puertecilla
obscura que se abría en la anaquelería: una de esas gargantas de lobo
que dan entrada a pasillos y escaleras estrechas, infectas como
intestinos, que sólo se encuentran en las casas donde las necesidades
del comercio y la aglomeración de mercancías disputan a las personas el
terreno palmo a palmo.
Sentáronse los tres en sillas de lustrosa madera, y doña Manuela, por
costumbre, habló de los negocios y de lo malos que estaban los tiempos;
eterno tema alrededor del cual giran todas las conversaciones de una
tienda. Don Antonio sacaba a luz todo un arsenal de afirmaciones que, a
fuerza de repetidas, habían pasado a ser lugares comunes. Mal iba todo,
y la culpa la tenía el gobierno, un puñado de ladrones que no se
preocupaban de la suerte del país. En otros tiempos se vendía bien el
vino, tenían dinero los del arroz, y el comercio daba gusto.... ¡Santo
cielo! ¡Pensar el paño negro y fino que él había vendido a la gente de
la Ribera, las mantas que despachaba, los mantones y pañuelos que se
habían empaquetado sobre aquel mostrador...! ¡Y todos pagaban en oro...!
Pero ahora, ¡las cosechas no tenían salida, no había dinero, el comercio
iba de mal en peor y las quiebras eran frecuentes! Él aún iba tirando;
pero sí la «cosa» continuaba de tal modo, acabaría por cerrar la tienda
y morir en el Hospital.
--¡Qué tiempos aquéllos, ¿eh, Manuela? cuando vivía el padre de
éste--señalando a Juan--y yo era sólo primer dependiente! Entonces,
aunque me esté mal el decirlo, todos los años, al hacer el inventario,
quedaban dos o tres mil duritos para guardar. ¡Oh! Aunque me esté mal el
decirlo... usted pilló los buenos tiempos.... ¿No es eso, Manuela?
Pero Manuela se limitaba a callar y a sonreír. Todo aquello, aunque a
don Antonio «le estaba mal el decirlo», lo había dicho y repetido
cuantas veces hablaba con la viuda de su antiguo principal. Y en cuanto
a su muletilla «aunque le estaba mal el decirlo», gozaba el privilegio
de poner nerviosa a doña Manuela, que tenía por tonto rematado a su
antiguo dependiente.
Abrióse una portezuela del mostrador y entró en la tienda la esposa de
don Antonio, una mujer voluminosa, con la obesidad blanducha y el cutis
lustroso que produce una vida de encierro e inercia y que le ciaban
cierto aire monjil. La bondad extremada hasta la estupidez retratábase
en su eterna sonrisa y en la mirada de sus ojos claruchos. Lo más
característico en su persona eran los relucientes rizos aplastados por
la bandolina, que cubrían su ancha frente como una cortinilla
festoneada, y la costumbre de cruzar las manos sobre el vientre,
luciendo en los dedos un surtidor de sortijas falsas.
Hubo besos y abrazos sonoros, pero notábase en las dos mujeres cierta
desigualdad en el trato, como si entre ambas se interpusiera la ley de
castas. La esposa del comerciante era sólo Teresa, mientras que ésta
llamaba siempre doña Manuela a la madre de Juanito, y en sus palabras
notábase un acento lejano de humilde subordinación. Los años y el
frecuente trato no habían podido borrar el recuerdo de la época en que
Teresa era criada en aquella tienda y el escándalo de los señores al
verla casada con el dependiente principal. Además, Teresa no había
ascendido un solo peldaño en la escala de la vanidad; en presencia de
doña Manuela revelábase siempre la antigua criada, y aceptaba como una
confianza inaudita que la señora la tratase con las mismas
consideraciones que a un igual.
--Sí, doña Manuela; Antonio y yo hace tiempo que pensarnos visitarla a
usted y a las niñas; ¡pero estamos siempre tan ocupados...! ¡Vaya,
vaya...! ¡Qué sorpresa...! ¡Cuánto me alegro de verla!
Y con esto se agotó el repertorio de frases de la buena mujer, que se
sentía cohibida en presencia de la señora, hablando poco por temor a
decir disparates y atraerse el enojo del esposo, a quien admiraba como
modelo de finura y bien decir.
--Y ¿cómo van las compras?--apuntó don Antonio al notar el mutismo de su
compañera--. Ésta ha salido por la mañana a hacer la provisión de
Pascuas y ha encontrado los precios por las nubes.
--¡Calle usted, Antonio! Diez duros me he dejado en esa plaza, y aún me
falta lo más importante. A propósito: cambíenme ustedes este billete de
cincuenta pesetas.
Y Juanito, que hasta entonces había permanecido silencioso, contemplando
a su madre con la misma expresión de arrobamiento que si fuese un
amante, se apresuró a cumplir su deseo, y casi la arrebató el ajado
billete que había sacado del limosnero, corriendo después al mostrador.
--¡Cómo la quiere a usted ese chico, Manuela!--dijo el comerciante.
--No puedo quejarme de los hijos. Juanito es muy bueno.... Pero ¿y
Rafael? Cada vez estoy más orgullosa de él.... ¡Qué guapo!
--Es el vivo retrato de su padre, el segundo marido de usted.
Estas palabras de Teresa debieron halagar mucho a la señora, pues
correspondió a ellas con una sonrisa.
--Pero oiga usted, Manuela: tengo entendido que Rafael le da muchos
disgustos.
--Algo hay de eso; pero... ¿qué quiere usted, Antonio? Cosas de la edad.
A la juventud hay que dejarla divertirse. Por eso es tan elegante y
tiene buenas relaciones.
--Pero no estudia ni hace nada de provecho--dijo el comerciante, con la
inflexibilidad de un hombre dedicado al trabajo.
--Ya estudiará; talento le sobra para ser sabio. Su padre fue un tronera
y vea usted adonde llegó.
Y doña Manuela dijo esto con el mismo énfasis que si fuese la viuda de
un hombre eminentísimo.
Juan había vuelto con el cambio del billete en monedas de plata, y su
presencia hizo variar la conversación. Doña Manuela habló de la cena que
aquella noche daba en su casa. Las niñas, Rafael y Juanito, unos amigos
de aquél... en fin, un buen golpe de gente joven y alegre, que bailaría,
cantaría y sabría divertirse sin faltar a la decencia, hasta llegar la
hora de la misa del Gallo. También esperaba que fuese Andresito, el hijo
de don Antonio, un muchacho paliducho y mimado, vástago único, que
cursaba el segundo año de Derecho, hacía versos, y en compañía de
Juanito iba muchas veces a casa de doña Manuela, con fines no tan
ocultos que ésta no torciese el gesto manifestando disgusto.
Y después de haber nombrado al hijo de la casa, volvía a insistir sobre
los amigos de su Rafael, todos gente distinguida, chicos de grandes
familias, que asistían a sus reuniones y organizaban fiestas con las que
se pasaba alegremente el tiempo.
--Esta época, amigo Antonio, es muy diferente de la nuestra. Ahora, a
los veinte años se sabe mucho más y se conoce la vida. Hay que dar a la
juventud lo que le pertenece, aunque rabien los rancios como mi hermano
o el bueno de don Eugenio. Y a propósito: ¿qué es de don Eugenio?
El hombre por quien preguntaba doña Manuela era el fundador de la tienda
de _Las Tres Rosas_, don Eugenio García, el decano de los comerciantes
del Mercado, un viejo que arrastraba cuarenta años en cada pierna, como
él decía, y mostrábase orgulloso de no haber usado jamás sombrero,
contentándose con la gorrilla de seda, que, según él, era el símbolo de
la honradez, la economía y la seriedad del antiguo comercio, rutinario y
cachazudo.
La tienda había pasado de sus manos a las del primer marido de doña
Manuela, y de éste a su actual dueño; pero don Eugenio no había dejado
de vivir un solo día en aquella casa, fuera de la cual no comprendía la
existencia.
Como un censo redimible sólo por la muerte, se habían impuesto los
dueños de la tienda la obligación de mantener y dar albergue a don
Eugenio, el cual, siguiendo sus costumbres independientes de solterón
áspero y malhumorado, entraba y salía sin decir una palabra; comía lo
que le daban; en los días que hacía buen tiempo paseaba por la Alameda
con un par de curas tan viejos como él, y cuando llovía o el viento era
fuerte, no salía de la plaza del Mercado e iba de tienda en tienda con
su gorra de seda, su capita azul y su bastón muleta, para echar un
párrafo con los veteranos del comercio reposado y a la antigua, cuyas
excelencias eran el tema obligado de la conversación. Don Antonio sonrió
al hacer doña Manuela la pregunta.
--¿Don Eugenio...? No sé dónde estará, pero de seguro que no ha salido
del Mercado. En días como éste le gusta presenciar las compras, y pasa
horas enteras embobado ante las vendedoras, aunque lo empujen y lo
golpeen. Sigue fiel a sus manías; nunca dice adonde va, y eso que,
aunque me esté mal el decirlo, aquí se le traía con las mayores
consideraciones.
Doña Manuela se levantó al ver en una de las puertas a Nelet, que volvía
de casa con la espuerta vacía.
--Buenas tardes. Aún tengo que hacer muchas compras. Adiós, Antonio; un
beso, Teresa; y no olviden ustedes que esperamos a Andresito esta noche.
Adiós, Juan.
La esposa de Cuadros recibió con satisfacción infantil los dos sonoros
besos de doña Manuela, y ella, lo mismo que Juanito, siguieron con
amorosa mirada a la gallarda señora en su marcha entre el gentío del
Mercado.
Otra vez las compras; pero ahora fuera de la plaza, en la calle del
Trench. Allí estaban las gallineras en sus mesas empavesadas de aves
muertas colgando del pico, con la cresta desmayada, y cayéndoles como
faldones de dorada casaca las rubias mantecas. Las salchicherías
exhalaban por sus puertas acre olor de especias, con cortinajes de seca
longaniza en los escaparates y filas de jamones tapizando las paredes;
las tocinerías tenían el frontis adornado con pabellones de morcilla y
la blanca manteca en palanganas de loza, formando puntiagudas pirámides
de sorbetes, y los despachos de los atuneros exhibían los aplastados
bacalaos que rezuman sal; las tortugas, que colgantes de un garfio
patalean furiosas en el espacio, estirando fuera de la concha su cabeza
de serpiente; las pintarrajeadas magras del atún fresco, y las ristras
de colmillos de pez, amarillentos y puntiagudos, que las madres compran
para la dentición de los niños.
Doña Manuela estaba poseída de una embriaguez de compras, e iba de un
punto a otro sin cansarse de derramar la plata ni de Henar la espuerta
de Nelet, a cuyo fondo iban a parar el fresco solomillo, las ricas
morcillas para la pantagruélica olla de Navidad, los legítimos garbanzos
del Saúco comprados al choricero extremeño, y otros mil artículos para
cuya adquisición era necesario sufrir los empellones y groserías de una
muchedumbre famélica que parecía prepararse para las carestías de un
largo sitio.
Todavía faltaba lo más importante: el pavo, protagonista de la
gastronómica fiesta; y la señora y su cochero, empujados rudamente por
la corriente humana, atravesaron una profunda portada semejante a un
túnel, viéndose en el _Clòt_, en la plaza Redonda, que parecía un circo
con su doble fila de balcones.
Sobre el rumor del gentío, que encerrado y oprimido en tan estrecho
espacio tenía bramidos de amor tempestuoso, destacábase el agudo
chillido de la aterrada gallina, el arrullo del palomo, el trompeteo
insolente del gallo, matón de roja montera, agresivo y jactancioso, y el
monótono y discordante quejido del triste pato, que, vulgar hasta en su
muerte, sólo conseguía atraerse la atención de los compradores pobres.
Sobre el suelo, con las patas atadas, recordando tal vez en aquella
atmósfera de sofocación y estruendo las tranquilas llanuras de la Mancha
o las polvorientas carreteras por donde vinieron siguiendo la caña del
conductor, estaban los pavos, con sus pardas túnicas y rojas caperuzas,
graves, melancólicos, reflexivos, formando coro como conclave de sesudos
cardenales y moviendo filosóficamente su moco inflamado, para lanzar
siempre el mismo cloc-cloc-cloc prolongado hasta lo infinito.
Doña Manuela buscó lo más raro y costoso del Mercado: tres pares de
perdices, que bailoteaban con descoco dentro de una jaula, mostrando sus
polonesas encarnadas. Visanteta las arreglaría para la cena de la noche.
Después compró el pavo, un animal enorme que Nelet cogió con cariño casi
fraternal, después de tentarle varias veces los muslos con una
admiración que estallaba en brutales carcajadas.
¡Fuera de allí! La señora deseaba salir del _Clòt_, donde la gente se
codeaba con la mayor grosería y por dos veces había estado su velo
próximo a rasgarse. Ella y Nelet, que marchaban con cuidado para librar
al pavo de tropezones, entraron otra vez en el Trench, buscando los
postres, la tiendecilla del turronero establecido en un portal.
Allí estaba el de Jijona, con sombrerón de terciopelo, traje de paño
negro y el ancho cuello de la camisa sujeto por un broche de plata. Al
lado la mujer, con su rostro redondo y sonrosado de manzana y el pelo
estirado cruelmente hacia la nuca, cayendo en gruesa trenza por la
espalda sobre la pañoleta de vistosos colores. La mesa blanca, de
inmaculada pureza, sustentaba, formando columna, las cajitas de áspera
película conteniendo el harinoso turrón, los cajones de peladillas y las
uvas puntiagudas, hábilmente conservadas, lustrosas y transparentes,
como de cera, y con un delicado color de ámbar.
Cuando doña Manuela volvió a entrar en el mercado comenzaba a anochecer
y la concurrencia aumentaba por momentos. Todas las bocacalles vomitaban
gentío dentro de la plaza, en la que el crepúsculo sembraba a miles los
puntos luminosos. Brillaba el gas en las tiendas; las vendedoras
importantes encendían sus grandes reverberos de latón, y las pobres
huertanas contentábanse con una vela de sebo resguardada por un
cucurucho de papel.
--¡Qué bonito...! ¡Mira, Nelet! Y la señora permaneció algunos instantes
contemplando el aspecto fantástico de la plaza con tan original
iluminación. Una lluvia de estrellas había caído sobre el Mercado. Los
empujones de la multitud la volvieron a la realidad.
Fue a salir de la plaza, cuando otra vez la detuvo el escuadrón
perseguido de chicuelas vendedoras.
Ahora no corrían. Marchaban al paso, tímidas, anonadadas, haciendo
comentarios en voz baja, siguiendo de lejos a una compañera infeliz que,
retorciéndose y gritando como una fierecilla en el cepo, era arrastrada
por un alguacil.
El mísero rebaño pasó ante doña Manuela con triste chancleteo, y la
señora no pudo reprimir un movimiento de repulsión ante aquellas
cabelleras greñudas y encrespadas que servían de marco a rostros
escuálidos y sucios, en los que la piel tomaba aspecto de corteza.
¡Gran Dios, qué gente! Y doña Manuela, viendo tales fachas, por una
extraña relación de pensamientos, sujetó su bolso con las dos manos,
como si alguien fuese a robarla.
Después se tentó los bolsillos del gabán, y... ¡justo! ¡No eran falsas
sus sospechas! Le habían robado el pañuelo.
Indudablemente habría sido mucho antes, entre la agitación y los
empujones del gentío; pero esto no impidió que la señora siguiese con la
mirada iracunda el grupo sucio, maloliente y miserable que se alejaba,
anonadado por el hambre y la pena, entre el oleaje de alimentos y de
general alegría.
Doña Manuela avanzó sus labios en señal de desprecio.
¡Cómo estaba el mundo! No había religión, orden ni autoridad, y...
¡claro! era imposible que una persona decente saliese a la calle sin que
la pillería le diera que sentir.