Hacia el Norte, especialmente, es el gentío innumerable; bien que está

algo lejos: son tierras trabajosísimas y se descubren animales fieros y

extraordinarios.

Por tanto, es preciso ir con tiento, trayendo la gente en corto número

para poderla cuidar, porque con la mudanza de tierras, siempre mueren

muchos, causa de que en estas Reducciones no sea mucha más la gente y

aun en las Misiones de los Moxos es peor, por ser las tierras más

trabajosas, y cada día van á menos, si continuamente no reclutan los

pueblos con nuevos infieles, como lo procuran hacer aquellos fervorosos

Misioneros; bien que en las de los Chiquitos sabemos se ha logrado esta

diligencia, pues generalmente se reconoce haber ido en aumento, pues el

año de 1723 entraron ochenta familias de infieles en el pueblo de San

Rafael, y en el de San Juan noventa y dos almas, valiéndose Dios de un

medio bien especial para traer á los infieles que entraron en San

Rafael.

Fué el caso que habiendo habido una pestecilla en dicho pueblo el año de

1722, se huyeron de miedo por Agosto de aquel año dos parcialidades de

gente nueva, no de los Chiquitos, la una no había vuelto tan presto, la

otra se encontró con una nación de infieles, á quienes persuadieron se

hiciesen cristianos, lo que lograron felizmente, pues luego se redujeron

muchos, y volvieron con los fugitivos al pueblo las ochenta familias ya

dichas, en que había trescientas almas, y entre ellas un indio, que

hecho cautivo por unos Mamalucos que capitaneaba Hernando de Armenta,

portugués, se escapó de entre ellos, después de quince años de

cautiverio, y vino muy contento.

Ni paró aquí el fruto que sacó Dios de esta fuga, sino que dejaron

apalabrada toda la nación para venir luego en seguimiento de los demás.

Los pueblos que al presente hay, son seis.

Están todos por este orden:

Comenzando del Sur, San Juan está de San Joseph como nueve leguas; de

San Joseph á San Rafael son treinta; de aquí á San Miguel ocho; de San

Miguel á San Francisco Xavier cuarenta y dos, y de éste á la Concepción,

hay veinticuatro; de suerte que San Juan, que es el cabo hacia el Sur,

está en dieciocho grados y medio; y la Concepción, que es el otro cabo,

está en quince.

Ahora hay esperanzas de fundar otro, con nombre de Nuestro Padre San

Ignacio, hacia el Sur, en los Zamucos, que son más de mil doscientas

almas, é inmediatamente los Ugaranós, que tienen la misma gente.

Dichos Zamucos, ya vimos en el capítulo XIX cómo se alzaron y huyeron

dando muerte al hermano Alberto Romero y á sus compañeros Chiquitos.

No por eso perdieron nuestros Misioneros las esperanzas de reducirlos;

antes mientras más oposición hacía el demonio, se azoraban más á quitar

de sus garras infernales estas almas.

Procuraron luego de dar forma, cómo volver á reducirlos.

Entraron para este efecto los PP. Felipe Suárez y Agustín Castañares y

habiendo caminado noventa leguas, llegaron á un pueblo de Zamucos, y por

entonces no se consiguió reducirlos.

El año siguiente entraron los PP. Jaime de Aguilar y Agustín Castañares,

y habiendo salido á 29 de Abril, caminaron las noventa leguas que los

del año antecedente y hallaron desierto el pueblo en que estaban antes.

Pasaron veinte leguas más adelante á otro pueblo á donde dirigían la

derrota. Hallaron en él á sus moradores, que los recibieron de paz.

Sería dicho pueblo, llamado _Cucutades_, de cincuenta familias,

gobernado por tres principales caciques; uno de los cuales estaba

ausente. Después de mucha vocinglería de los infieles les propusieron

los Padres el fin de su ida á aquellas tierras, que era quedarse entre

ellos y ayudarles como á los Chiquitos.

Agradecieron los infieles la visita, y uno detrás de otro respondieron

los dos principales que no querían Padres en sus tierras; que aquella

sola noche durmiesen allí y al otro día se volviesen; porque si se

querían quedar mudarían ellos á otra parte.

Mucho sintieron los Padres esta no esperada respuesta; mas con todo eso

esperaban que aquella tarde mudarían de resolución; y á la verdad, ellos

así lo fingieron, diciendo entonces gustaban ya de que se quedasen entre

ellos; bien que siempre se remitían al parecer del principal que

faltaba, y decían venía ya de buen ánimo.

Esperáronle desde el día 27 de Mayo; y en esta demora, para ganar la

voluntad del pueblo, se les repartieron treinta cuñas á los indios, que

es lo que más aprecian, y á las indias muchos abalorios, con que todos

quedaron contentos, así infieles como los Padres y los cristianos

Chiquitos, bien que entre ellos no faltó quien alcanzase el fingimiento

de los bárbaros.

Esperaron hasta el sábado, víspera de la Santísima Trinidad, en que vino

el principal que faltaba, y era chupador y hechicero. Entró dando gritos

en su pueblo y plaza, diciendo que él era dios de aquellas tierras y

pueblo y que fuesen los Padres donde él estaba.

Los Padres, viendo que era necesario por entonces usar de gravedad para

abatir la soberbia de aquel ministro del demonio, le respondieron que no

habían de ir, sino que él había de venir donde ellos estaban. Al fin se

hizo así. Vino él donde estaban los Padres; éstos le recibieron

sentados. Dijo lo que los otros dos principales habían dicho al

principio, que no quería Padres en sus tierras, porque con los Padres se

les morirían los hijos y otros disparates semejantes, que aprobó todo el

pueblo, armándose y tiznándose todos menos uno de los principales que

habían estado antes y ora quedó medio en duda.

A este tiempo llegó de otro pueblo distante el matador del hermano

Alberto con otros doce ó trece de los suyos, que con sus persuasiones

confirmó al pueblo en su resolución.

Viendo los Padres su dureza, se vieron precisados á dar la vuelta, como

lo hicieron, y llegaron al pueblo de donde habían salido el día 16 de

Junio, llevando solas diez almas que quisieron de suyo irse con ellos á

la Reducción para hacerse cristianos, bien que no quedaron los Padres

sin esperanzas de que después les seguirían los demás, como de hecho

sucedió, así con estos como con otros. Porque dando en ellos los

infieles Ugaranós y habiendo habido muertes de una y otra parte, se

vinieron á San Juan dos parcialidades que hacían veinte familias y

llegaron á aquel pueblo á 25 de febrero de 1723.

Eran de dos pueblos de Zamucos; del uno llamado _Quiripecodes_, venía el

cacique _Sofiáde_ con dos hermanos suyos, matadores del hermano Alberto

y diez familias en que había cincuenta almas.

Del otro, llamado _Cucutades_, vino su capitán _Omate_, que fué el que

el año pasado había echado á los Padres de todas sus tierras, y traía

nueve familias de sus vasallos, que eran cuarenta y dos almas.

Los noventa y dos, pues, sin ser llamados ni convidados ahora se

vinieron huyendo de los Ugaranós que les hacían guerra y dijeron que

tras ellos vendrían los demás. Pero habiendo enfermado de peste todos,

se atemorizaron y dijeron que querían Padres en sus tierras, lo cual

concedido, se volvieron á ellas.

Por esta causa, el día 30 de Junio salió el P. Superior de aquellas

Misiones Francisco Hervás con el P. Castañares á fundar Reducción entre

ellos.

Llegaron después de cuarenta días de camino á los pueblos de Zamucos,

que hallaron totalmente desiertos; en busca de ellos fué solo con los

indios el P. Castañares, y hasta ahora no se sabe en qué ha parado.

El P. Superior Francisco Hervás llegó á los dichos pueblos tan postrado

de fuerzas por el cansancio y por sus continuos achaques, que habiendo

de quedar allí en un sumo desamparo, se vió precisado á volverse; y

habiendo llegado quince leguas de San Juan, le fué á confesar el P. Juan

Bautista de Xandra, aplicóle algún remedio, con que se alentó el P.

Hervás y pudo llegar en hombros de indios á San Juan, donde se le

administraron los demás Sacramentos y aplicaron algunos otros remedios,

pero sin efecto, por hallarse muy debilitado y con ardientes fiebres, y

al fin murió dos días después, á 24 de Agosto de 1723, teniendo 61 años

de edad, 44 de Compañía y 27 de profesión de cuatro votos. Y aunque sus

heroicas virtudes y grandes trabajos pedían de justicia se hiciese aquí

relación de su vida; mas la falta de noticias por la distancia nos

privan por ahora de este ejemplo y consuelo hasta mejor ocasión. Y esto

es lo que hasta ahora se ha obrado para reducir á los Zamucos, que

esperamos se conseguirá felizmente por el celo de los fervorosos

Misioneros. LAUS DEO.

MEMORIAL DEL PROVINCIAL

P. JOSEPH BARREDA

AL MARQUÉS DE VALDELIRIOS

MEMORIAL

QUE EL P. PROVINCIAL DE LA PROVINCIA

DEL

PARAGUAY

PRESENTÓ AL SEÑOR

MARQUÉS DE VALDELIRIOS

EN QUE LE SUPLICA

SUSPENDA LAS DISPOSICIONES DE GUERRA

CONTRA LOS INDIOS DE LAS MISIONES.

_Córdoba de Tucuman_

_1753._

PUBLÍCASE AHORA POR PRIMERA VEZ

1895

_Memorial que el P. Provincial de la provincia del Paraguay presentó al

Señor Marqués de Valdelirios, en que le suplica suspenda las

disposiciones de guerra contra los indios de las Misiones._

Señor Comisario Real, Marqués de Valdelirios:

Joseph de Barreda, de la Compañía de Jesús, Prepósito Provincial del

Paraguay, parece ante V. S. para que en fuerza de su Real Comisión con

que está entendiendo en los tratados de la línea divisoria de las dos

Coronas de España y Portugal, se sirva de oir en justicia los clamores

con que esta provincia desea manifestar la fidelísima lealtad con que

hasta hora presente ha obedecido á ciegas y con pronto rendimiento las

cédulas reales y todas las órdenes conducentes á la evacuación de los

siete pueblos de Misiones que están entre el río Abiquy y las márgenes

del río Uruguay para que, según el consabido tratado, se entreguen á los

dominios de Portugal, y saliendo los indios que hoy los habitan á otros

territorios pertenecientes á la Corona de España, trasladen á ellos sus

bienes muebles y semovientes y fabricando nuevos pueblos é iglesias,

labren tierras para mantenerse de sus frutos.

A este fin, ya le consta á V. S. que antes que llegase á Buenos Aires y

á esta provincia, tenía actuadas todas las diligencias que me permitió

el tiempo en cumplimiento de los eficaces preceptos que nuestro M. R. P.

General, quien con igual empeño nos previno que si fuese posible

tuviésemos evacuados los citados pueblos antes que llegase V. S. y por

su mano recibiésemos las cédulas en que el Rey nuestro señor nos mandaba

lo mismo; y con efecto, cuando las recibimos, ya se habían empezado á

conquistar las voluntades de los indios con las eficaces persuasiones de

los Padres Misioneros y del que yo había señalado en mi lugar mientras

pasaba en persona á la ejecución de las Reales órdenes, y habiendo

convenido en dejar sus pueblos, empezaron á salir de ellos algunos

exploradores en busca de sitios y tierras competentes para su

transmigración, lo que consta á V. S. y al P. Luis Altamirano por las

cartas de las Misiones que en respuesta de las órdenes recibí en aquella

ciudad, donde también me enviaron Mapa de algunas tierras algo menos

proporcionadas, bien que todas son apartadas de los siete pueblos, que

algunas no distaban menos que 200 leguas de ellos para la mudanza el

cual Mapa mostré y entregué á V. S. en prueba de la pronta obediencia

con que desde la primera noticia y orden del M. R. P. General se

empezaron á actuar y se estaban actuando las diligencias más oportunas

para el deseado intento.

Pero entre las graves dificultades que se ofrecían en tan arduo empeño,

siempre hice presente á V. S. que la mayor y aún insuperable estaba en

el limitado tiempo que se concedía para tan vasta transmigración, lo

que, al juicio de los Padres más experimentados de aquellos países, era

físicamente imposible en el estrecho espacio de seis meses, razón que

movió y aún convenció al P. Comisario Luis Altamirano para pedir á V. S.

concediese á lo menos tres años de término, lo que también representé

al Rey nuestro señor, haciéndole demostración de que en menos tiempo era

intentar un imposible y consiguientemente compeler á sus rendidos

vasallos á que no ejecutasen según fuerzas naturales lo mismo que

deseaban obedecer.

Mas no habiéndose determinado por V. S. tiempo fijo, sino sólo prevenido

que fuese con toda brevedad y sí que con título de piedad se disimulase

alguna culpable omisión, hubo de pasar el P. Comisario Luis de

Altamirano en persona á dichas Misiones, y puesto en ellas comenzó con

imponderable empeño, celo y eficacia á actuar su comisión, con tan vivas

ansias de que se ejecutase luego todo lo prevenido, que no perdonó

diligencia alguna ni omitió instante en la actuación de sus prudentes

órdenes y arbitrios á que estuvieron tan prontos los PP. Misioneros para

obedecer sus mandatos, que en fuerzas de ellos aun los PP. más ancianos

y enfermos se esforzaron para alentar á los indios, unas veces con

ruegos y otras con amenazas, haciéndoles presente la obligación que

tenían de obedecer á su soberano y cuán bien les estaría exponerse á las

fatigas y aún perder sus bienes para acreditar su antigua lealtad.

Mas como al natural lento y espacioso de los indios cualquiera

movimiento acelerado era violencia, y en su tarda y escasa inteligencia

era novedad tan extraña é inteligible la que se les proponía por

concebirla muy contraria á la pacífica posesión de sus casas, sementeras

y bienes que tienen muy pegado su corazón, á pocos días de lo que habían

prometido á los PP., empezaron á llamarse engaño y excusarse, ya con el

poco tiempo que se les concedía, ya con los muchos trabajos que se les

prevenían en los caminos en el transporte de sus ganados, bienes y

familias, y el más arduo de volver á fabricar nuevas iglesias y casas, y

declarándose resistentes, apelaron: unos, á que sería menos malo

quedarse bajo el dominio de los portugueses; pero otros, que eran los

más, decían claramente no podían creer que el Rey nuestro señor, que por

tantas cédulas les había prometido ampararlos en sus tierras y

defenderlos de sus enemigos, podía faltar á lo prometido y pasar á

quitarles lo que con derecho natural habían adquirido y poseído por más

de 130 años, pues para tan riguroso castigo no hallaban haber cometido

ninguna culpa contra el Rey, antes, sí, estaban muy satisfechos de los

repetidos servicios con que habían procurado acreditar su obediencia,

exponiendo su sangre y sus vidas por defender los dominios de su

soberano.

Estas y otras razones, que ellos tienen fijas en sus memorias,

procuraron los PP. desvanecerlas con todas cuantas expresiones les

dictaba su deseo, y de que los indios podían ser capaces; pero no

teniendo qué responder á las vivas y eficaces exhortaciones de los

Padres, hubieran de cerrar del todo los oídos á sus voces; y rompiendo

el freno de la obediencia, que por tantos años los había sugetado,

empezaron á quebrantar su respeto, diciendo en voz alta no querían

mudarse porque esto no podía ser voluntad de su Rey y señor, sino

invención de los PP. que, secretamente, habían convenido con los

portugueses por medio del P. Comisario, á quien tienen por tal, y aún

aseguraban algunos lo habían conocido seglar en el Río Janeiro; pero no

desistiendo los Padres de su empeño, antes sí, conviniéndose para no

sólo persuadirlos con razones privadas, sino convertirlos con pública y

fervorosa predicación, los convocaron á las iglesias, y con un crucifijo

en las manos, y algunos puestos de rodillas y derramando muchas

lágrimas, les intimaron los castigos que debían esperar de la mano de

Dios y de su soberano Rey si no obedecían prontamente su mandato; en

fuerza de este eficaz asalto se compungieron los indios y, pidiendo

perdón de su desobediencia, prometieron de nuevo enmendarse, empezando

los PP. luego, y antes que se enfriase el fervor, á disponer

cabalgaduras, carros y demás aparatos para emprender el camino, al que

en la realidad salieron algunos guiados de los PP., que van como

caudillos para esforzar su lentitud é interior desconsuelo; pero á pocas

jornadas, con el hastío del camino y amor que les arrastraba á sus

casas, se fueron volviendo á sus pueblos, dejando á los PP. solos y

burlados en las campiñas; mas ni por esto desistieron los PP. desta

empresa, antes, sí, disimulando prudentes su desacato é inconstancia,

volvieron á buscarlos, reconviniéndolos con lo prometido; pero ellos, ya

del todo arrepentidos y aun despechados, tomaron por medio, para

librarse de las instancias de los PP., el amenazarlos con la muerte, la

que verdaderamente intentaron dar al Padre Cura de San Miguel, y ahora

Padre compañero suyo que estaba en las estancias, los que sin duda

hubieran perdido la vida si por orden del P. Comisario, que se informó

de su peligro, no se hubiesen retirado fugitivos; pues su depravado

ánimo lo manifestaron en un mozo que acompañó al P. Cura, y volviendo

poco después al pueblo á sacar unos caballos, lo hicieron pedazos á

lanzadas.

Este mismo desacato intentaron hacer con el P. Comisario, previniendo

600 hombres para irlo á buscar en el pueblo donde residía, y habiendo

sido avisado por cinco voces del eminentísimo peligro de su vida, hubo

de retirarse prudentemente, entendiendo que su presencia irritaba su

furor y que con su retiro podría serenarse aquella ciega pasión.

Después que salió el P. Comisario han continuado los PP. Misioneros

obedeciendo al que quedó en su lugar, sin desmayar un punto en su

empeño; pero sin más fruto que el de enfurecerse los indios cada día

más, continuando sus amenazas y desahogando su enojo en los

corregidores, como ministros de los Padres, de quienes se han valido

para que, persuadiéndolos á su modo, los alienten con su ejemplo; mas

también á éstos han intentado matar, y á uno de ellos sólo con la

aflicción de su peligro, murió á pocos días después que lo acometieron,

y otros cuatro estaban al presente mal heridos, ya sin valor ni

esperanza de resistir á los indios que fielmente están persuadidos á

que es ficción de los PP. y no voluntad de su Rey el quitarles las

tierras que han poseído por espacio de 130 años, cuyo derecho lo tienen

confirmado sus soberanos por repetidas cédulas y que en esta buena fe

han fabricado unos pueblos que no son como se dice aldeas, sino que

exceden en sus fábricas á las más de las ciudades, etc.

Estas provincias, en sus casas cubiertas de teja y resguardadas de

corredores de piedra para poder andar por ellos en tiempo de lluvias sin

mojarse y que sus iglesias son tan magníficas, que la que menos tiene de

costo con sus alhajas, llegarán á 100.000 pesos fuertes, fuera de la de

San Miguel en que trabajaron por diez años diariamente ya los 80, ya los

100 hombres, cuya fábrica toda es de piedra, cuando menos la valuaron en

200.000 pesos; á esto añaden el tierno recuerdo de sus hierbales

hortenses, que han criado y gastado en su prolijo trabajo y cultivo más

de treinta años por ser su fruto la continuada bebida de mañana y tarde,

y cuyo valor en los 7 pueblos será de 100.000 pesos; también vuelven los

ojos á sus sementeras de algodón, fruto de que hacen sus hilados y de

ellos sus tejidos para la ropa interior y exterior de que se visten

grandes y pequeños, viudas y huérfanas, y cuyo valor en los 7 pueblos no

es inferior al de los hierbales, y últimamente hacen presente que

saliendo de sus pueblos dejan en sus estancias más de 100.000 cabezas de

ganados de ovejas, vacas, caballos y mulas de que se sirven y con que

mantienen sus vidas y las de sus familias y de casi todos los pueblos de

Uruguay, y Paraná que de aquí surtían y reemplazaban el ganado de sus

estancias para que no se les acabasen del todo por no ser éstas por su

pequeñez y calidad capaces de multiplico, de que necesitan para su

sustento y servicio, y ven que haber de trasladar este ganado á otras

tierras es para ellos empresa imposible, así por no encontrarlas propias

para ellos, como porque aunque las hubiese como se imagina en distancia

de más de cien leguas, su conducción es para su imaginación otro más

arduo imposible, y caso que cerrando los ojos á su dificultad la

quisiesen vencer, esta es función que pide, no tiempo de pocos meses,

sino de años, con muy dobladas fatigas.

A estos tenaces pensamientos se han opuesto los PP. previniéndoles que

los ganados que no pudiesen sacar, se los pagaría el Rey nuestro señor

como lo tenía prevenido; á que responden que ellos no se han de mantener

ni con las promesas ni con los dineros, sino con las cabezas de sus

ganados, y que así, aunque se los paguen en doblones de oro, no tendrán

dónde comprar con ello lo necesario para su sustento y entre tanto

perecerán de hambre en los desiertos donde los Padres los quieren sacar

desterrados, y que últimamente claman unas veces con tristes gemidos y

otras con rabioso furor preguntan á los Padres qué delito han cometido

contra su Rey y señor para un castigo digno de los más traidores

vasallos. A este fin hacen muy tierna memoria de la cédula de 28 de

Diciembre de 1743 en que se dignó el señor Felipe V, de gloriosa

memoria, darse por grato de sus servicios (como de otras que mandó el

señor gobernador de Buenos Aires D. Bruno Zavala se las hiciese saber

por público pregón) y de las que tienen presente las palabras del último

párrafo, que son las siguientes:

«Y finalmente, reconociéndose de lo que queda referido en los puntos

expresados y de los demás papeles antiguos y modernos, vistos en mi

consejo con la reflexión que pide negocio de circunstancias tan graves,

que con hechos verídicos se justifica no haber en parte alguna de las

Indias mayor rendimiento á mi dominio y vasallaje y el de estos pueblos,

ni al Real Patronato y jurisdicción eclesiástica y Real, tan rendidos

como se verifica por las continuas visitas de Prelados eclesiásticos y

gobernadores y la ciega obediencia con que están á sus órdenes, en

especial cuando son llamados para la defensa de las tierras ú otra

cualquiera empresa; aprontándose 4.000 ó 6.000 hombres armados para

acudir donde se les manda, etc.»

Ahora, pues, dicen los indios á los Padres, si así hemos obedecido á

nuestro soberano, como él mismo lo declara, y ha sugetado el rebelión

del Paraguay con 12.000 hombres armados ya despojando por dos veces á

los portugueses de la colonia del Sacramento; ya estando la tercera vez

en el cerco de ella con 6.000 hombres por espacio de cuatro meses, la

que también hubiéramos ganado si no lo embarazaran los españoles y ya

últimamente renunciando al Rey nuestro señor más de un millón de pesos

fuertes que se habían de gastar en estas expediciones en que nos hemos

mantenido á nuestra costa y la de nuestro sudor y trabajo; volvemos á

preguntar, Padres, ¿estos son delitos para que nos castigue nuestro Rey

con perpetuo destierro de nuestros pueblos y casas y universal despojo

de todos nuestros bienes raíces y muebles? Esto no puede ser sino ardid

engañoso de los portugueses, y colisión de vosotros con ellos y traición

que nos estais armando desde el principio de nuestra conversión, como no

sin fundamento se lo recelaron nuestros antepasados, y en fin, la

traición que no excusasteis con ellos, porque no pudisteis la queréis

ejecutar ahora con nosotros ó nuestros pobres hijos.

Relacion historial de las misiones de indios chiquitos que en el Paraguay tienen los padres de la Compañía de Jesús · 第 25 / 27 段