caridad que haría una amorosa madre, quitándose de la boca la comida y
el sustento que les tenía señalado la piedad de los españoles por
remediar sus necesidades.
Sufrían con increíble paciencia sus contínuas impertinencias y
necedades, con la esperanza del bien que podían sacar de ellos. Pero
esto era lo menos respecto de lo que trabajaban en provecho de sus
almas; porque la deshonestidad, la venganza, la embriaguez la barbaridad
y otros mil vicios heredados con la sangre, crecidos con los años, y con
la costumbre convertidos en naturaleza, era poco menos que imposible
desarraigarlos de sus corazones; mas pudo tanto la incontrastable virtud
del Altísimo y la fineza de un celo apostólico, que poco á poco se
empezó á ablandar la dureza de corazones tan obstinados y á domesticarse
la barbaridad de ánimos tan salvajes.
El primer fruto que se sazonó con los sudores y fatigas de estos
fervorosísimos operarios, fueron muchas almas de niños que apenas
lavadas en las aguas saludables del santo bautismo, volaron con la
cándida estola de la inocencia á la eterna bienaventuranza, á tomar
posesión de aquella gloria, que en adelante gozarían los fieles de su
nación; después lograron las almas de muchos adultos que asaltados de
una peste que se encendió entre ellos, cambiaron gustosos la vida con la
esperanza del eterno descanso en el cielo, por medio del santo bautismo.
Uno, entre los demás, joven de pocos años, que no menos en las llagas de
su cuerpo, que en la paciencia del ánimo, parecía otro Job, se alistó
en el número de los hijos de Dios con suma alegría y júbilo de su
espíritu, y haciendo fervorosísimos actos de fe, esperanza y caridad,
pasó de esta peregrinación á la patria celestial.
Llevaba muy mal el común enemigo los progresos de la fe en nación tan
bárbara é inculta; por eso aplicó luego todo su esfuerzo para atajarlos
y sofocar la semilla del Evangelio, antes que se arraigase en los
corazones de los bárbaros.
El primer medio de que se valió fué procurar la muerte de los Misioneros
que le hacían tan cruda guerra, incitando á los infieles á que se la
diesen.
Intentáronlo ellos muchas veces; y una, entre otras, estuvieron ya
conjurados á matar al P. Machoni.
Habían estado algo lejos del pueblo haciendo un baile con grande bulla y
algazara, y poniendo en medio de la rueda un calabazo, que por arte del
demonio danzaba también con ellos, se convinieron todos en darle aquella
noche la muerte, para verse libres de una vez de su celo y reprensiones.
Oyóles acaso el Padre, y saliendo de su Rancho á saber la causa de
aquella novedad intempestiva, encontróse con una india que venía del
baile, bien que no tan fuera de sí como ellos, que estaban totalmente
embriagados; preguntóla el Padre por qué sus parientes metían tanto
ruido y daban tantas voces.
Ella, que sabía muy bien lo que trataban, procuró encubrirlo con una
falsa risa, respondiendo no sabía la causa.
Temióse el Misionero no fuese alguna borrachera; y para certificarse y
atajarla, instó á la india descubriese la verdad.
Ella, recelando por esta instancia que ya el P. lo supiese, le descubrió
toda la conjuración que contra su vida tenían tramada.
Recogióse en su Rancho ofreciendo á Dios su vida en sacrificio por el
bien de aquellas almas, y estuvo toda aquella noche esperando le
viniesen á matar; mas Nuestro Señor le libró para otras cosas de su
servicio, porque avisados los infieles por la dicha india de que el
Padre Misionero sabía ya sus intentos, no se atrevieron á darle la
muerte, recelando también no viniesen luego los españoles á vengarla.
Viendo el demonio que se le había desvanecido esta traza, se valió de
otra, y fué introducir en el pueblo el pernicioso error de que lo mismo
era echarles á los niños el agua del bautismo en la cabeza que
despedirse del cuerpo sus almas; y se imprimió tan altamente este engaño
en sus fantasías, que convirtiéndose el amor á los Padres en odio y
aversión, los miraban con mal corazón y huían de ellos como enemigos
jurados de su bien.
Y daba á eso calor el creerse ellos neciamente eternos; y aunque veían
todos los días quedárseles muertos en sus brazos sus amigos y parientes,
con todo eso, á la evidencia de los ojos prevalecía el error del
entendimiento.
Procuraban los nuestros con todas las fuerzas de su celo desvanecer
aquel engaño y errada persuasión, fomentada del demonio para daño de
aquella reciente cristiandad, y Dios Nuestro Señor, que suele mirar á
los nuevos fieles con ojos de mayor piedad, quiso remediar bien presto
este daño y consolar y animar juntamente la virtud de sus siervos.
Pasó el caso de esta manera:
Iba un día el P. Machoni llevando de Rancho en Rancho una holla de
comida para darla á los enfermos; encontróse con una india que traía al
pecho un niño que estaba ya para espirar; no pudo ella huir y esconder
tan presto su criatura de suerte que el Padre no la viese.
Procuró éste con dulcísimas palabras y mucha afabilidad mitigar el odio
de la madre y ganarla el ánimo, á fin de poder bautizar al niño; mas
todo fué en vano, porque el demonio hablando por boca de una mujer en
todo suya, no menos por la infidelidad que por la lascivia, y vomitando
contra el Misionero y contra aquel Santo Sacramento tantas injurias y
blasfemias cuantas diría un dementado en lo más ardiente de sus furias,
exhortaba á la madre no permitiese lavar á su hijo en las santas aguas
del bautismo; porque le sucedería lo que á otra madre mal aconsejada,
que ofreciendo su hijo para ser bautizado, lo mismo fué caer sobre el
niño el agua santa, que salir de esta vida.
Era la india de buen natural y no se dejaba fácilmente trabucar el
juicio con las necedades locas de los suyos, y mucho menos de la falsa
aprensión de que el santo bautismo era tósigo para quitar la vida,
conociendo á tantos españoles viejos, con canas, que habían sido
bautizados; por eso de buena gana ofreció el niño al Padre; el cual,
lleno de una generosa y humilde confianza en Dios, rogó á Su Majestad y
le suplicó quitase aquel embarazo á la santa fé, pues no le costaría más
que una insinuación de su voluntad; luego se volvió á San Francisco
Xavier, pidiéndole que mirase con ojos de misericordia á aquella ciega
gentilidad; y pues tanto procuraba la honra de Dios alcanzase de Su
Majestad que aquel santo Sacramento no sólo sirviese para librar el alma
de aquel inocente de la esclavitud del demonio, sino también para
librarle de la enfermedad corporal; y ofreció en agradecimiento de aquel
beneficio, que esperaba recibir, le llamaría Francisco Xavier.
Oyó el cielo los fervorosos ruegos de su siervo, pues luego que fué el
niño bautizado, quedó sano de su enfermedad.
Lo mismo sucedió á una muchacha, ya casadera, á quien por estar toda
helada y yerta, la lloraban sus parientes por muerta; mas luego que fué
bautizada, por las grandes instancias con que lo había pedido, como si
volviese de un profundo sueño, volvió en sí y á la vida. Con lo cual,
poco á poco cesó en el pueblo aquel falso temor, y las madres á porfía
daban sus hijos para que fuesen lavados en las santas y saludables aguas
del bautismo.
Bramaba de rabia el demonio viendo desvanecidos sus enredos; por eso
puso todo su esfuerzo en empañar el terso esplendor de los procederes de
uno de los Misioneros, infamándole con mil calumnias por medio de unos
apóstatas que estaban muy sentidos de que les impedía poder saciar el
apetito de la carne, con todos los más torpes y sucios placeres del
sentido; mas, á pesar suyo, salió triunfante la inocencia de costumbres
y fervor de vida apostólica de aquel buen Padre y fué obligado el
demonio por entonces á dejar franco el paso al Santo Evangelio en las
provincias amplísimas del Chaco, donde no sólo procuran los Jesuitas la
conversión de los infieles, sino la reforma de los españoles é indios,
acudiendo á confesar y á predicar los fuertes de españoles que por allí
hay como San Joseph y Valbuena; y acompañando á los soldados cuando van
de las ciudades á sujetar á los bárbaros que continuamente invaden
aquella provincia, los sirven de capellanes, exponiéndose á los mayores
riesgos y peligros de perder la vida, sin tener cuenta con las suyas; y
al mismo tiempo procuran reducir á los que apresan los españoles y
bautizar á los párvulos.
En estas empresas había trabajado gloriosamente nueve años el P.
Machoni, cuando en el nuevo gobierno de 1719 vino señalado por
secretario del P. Provincial Joseph de Aguirre, por cuya causa fué
preciso encargar el cuidado de aquella Reducción al P. Joaquín de
Yegros, con otros dos compañeros Jesuitas.
El nuevo Provincial y Secretario procuraron fomentar con todo esfuerzo
la conversión de nuevos infieles, á que cooperó como siempre el señor
gobernador de la provincia D. Esteban de Urizar.
El año, pues, de 1719, en una entrada que á los infieles hicieron los
vecinos de la ciudad de San Miguel de Tucumán, descubrieron un nuevo río
que se juzgó entonces ser el Pilcomayo; á la ribera de este río supieron
vivía mucha gente blanca, que tuvieron por españoles.
Con esta noticia determinó el señor gobernador que el año siguiente
fuesen á descubrir totalmente este río los tercios de la provincia de
Tucumán, pidiendo para capellán á uno de los Padres que estaban en la
Reducción de San Esteban.
Concediólo luego el P. Provincial, y esperanzado de que de este
descubrimiento se seguiría á Dios mucha gloria, determinó que por la
parte del río Paraguay entrasen por el Pilcomayo, que desemboca en aquel
río, algunos Misioneros de los Guaranís, con orden preciso de que sin
detenerse á reducir nación ninguna y sólo ganando la voluntad de los
naturales, penetrasen hasta encontrar con los soldados españoles que
entraban por la provincia de Tucumán, ó llegasen al paraje de los
Chiriguanás.
Todo esto era prevención para dos fines: el primero, que descubierta la
tierra y el río, se pudiese entrar por el Tucumán, Paraguay y Frontera
de Santa Fé, dándose la mano toda la gente de estas provincias, para
conquistar todo el Chaco, en que se lograría la conversión de muchas
almas.
El segundo, abrir por aquí camino más breve para las Misiones de los
Chiquitos, cosa que siempre sumamente se ha deseado, por evitar la suma
distancia que hay por el camino de Tarija, porque se presumía que los
Zamucos se acercaban mucho al Chaco y al Pilcomayo, y por allí también
entró en esta ocasión un Jesuita para venirse á encontrar con los demás.
Señaló, pues, el P. Provincial para entrar por lo boca del río Pilcomayo
á los PP. Gabriel Patiño y Lucas Rodríguez, ambos nacidos en la ciudad
de la Asunción, y á la sazón Misioneros de los Guaranís; y del colegio
del Paraguay despachó al hermano Bartolomé de Niebla, andaluz, y á un
donado portugués llamado Faustino Correa, con algunos indios Guaranís,
para que si fuese necesario defendiesen á los Padres de las invasiones
de los infieles.
Por los Zamucos entraron con algunos indios Chiquitos los PP. Felipe
Suárez y Agustín Castañares.
Los de la provincia de Tucumán no pudieron encontrar con Pilcomayo y
hallaron por fin que el descubierto por los Tucumaneses el año de 1719
no podía ser aquel río por ser éste pequeño y el Pilcomayo muy grande.
Los Chiquitos, habiendo caminado por los Zamucos, hacia donde se juzga
caer este río, nunca pudieron dar con él.
Los que entraron por la boca del Pilcomayo iban en un barco y algunos
botes: caminaron por dicho río, siempre á diversos rumbos, por las
repetidas vueltas con que corre: al principio hallaron algunos rastros
de indios, pero no los vieron.
Caminaron así cosa de ochenta leguas, parte por el río, parte por
lagunas, porque hay muchas á la orilla de este río, las cuales, cuando
baja el río, quedan divididas de él y hechas lagunas; mas cuando crece,
queda toda la campaña hecha un mar de agua, porque se incorporan con él.
A estas ochenta leguas reconocieron que la madre del río no era tan
honda que pudiese navegar por él el barco sin peligro manifiesto de
encallar; por lo cual determinó el P. Patiño pasar en los botes con el
hermano Niebla tres españoles y treinta y cuatro indios á registrar lo
restante hasta conseguir el fin de su empresa, dejando en el ínterin en
el barco al Padre Lucas Rodríguez, al donado y á la demás gente para que
aguardasen.
Fueron, pues, navegando los dos botes y caminaron otras trescientas
leguas, en que en diversas partes vieron indios de varias naciones, que
ya confinaban con los Chiriguanás.
Llegaron por fin á una nación no conocida, cuyos indios parecían de
buenos naturales, y eran de hermosos rostros y de buena estatura; las
indias tan blancas, que parecían españolas; tenían crías de yeguas y
muchas ovejas, de cuya lana hacen muy buenos tejidos; los caballos eran
sin número. La tierra fertilísima, en que tienen labranzas de los frutos
del país.
Saltaron en tierra y dieron á los naturales muchos donecillos que ellos
aprecian y por esto les mostraron mucho afecto, en que concibieron
esperanzas de reducirlos después fácilmente.
Mas algunos Tobas y Mocovíes que había entre ellos malograron estas
esperanzas, porque hablando á aquellos indios, les incitaron contra los
nuestros, maquinando una alevosa traición contra sus vidas.
Estaban allí de paz unos y otros, tratándose con muchas caricias todo el
tiempo que fué preciso para descansar, cuando habiendo ido tres de
nuestros indios á cortar leña, les acometieron los alevosos Tobas y
Mocovíes con los indios de aquella nación; mataron á los dos á flechazos
y al otro hirieron malamente, de suerte que murió de allí á algunos
días.
Los demás se retiraron á los botes que mandó el Padre cubrir de algunos
cueros de vaca para resistir.
Vinieron siguiendo á los nuestros más de 600 infieles, hasta los bateles
disparándoles una tempestad tan espesa de saetas, que parecía una manga
de langostas, pero ninguna les hizo daño, porque hallaban resistencia en
los cueros, que despedían las flechas; y aun siendo preciso que el P.
Patiño estuviese por dos veces en la proa descubierto á los tiros,
aunque por todas partes le caían las flechas, ninguna le tocó. Visto
esto procuraron retirarse de las furias de aquellos bárbaros, que con su
traición deshicieron por ahora y frustraron las esperanzas de poder
penetrar el Chaco, donde se esperaba, como dije, reducir muchas
naciones.
Volviéronse, pues, sin otro fruto, desandando con mucho trabajo el
camino de cuatrocientas leguas que hasta allí habían navegado.
Mas volviendo á la Reducción de San Esteban, este mismo año de 1721, se
contaban en ella muchas familias.
Encendióse por este tiempo una pestecilla de viruelas, de que murieron
luego dos.
Los demás cobraron tanto miedo á la muerte, que les amenazaban las
viruelas, que el mismo día que aquellos dos murieron, dejaron descuidar
á los nuestros y todos se huyeron menos dieciocho adultos y veinte
muchachos.
Luego que lo advirtieron los PP. Joaquín de Yegros y Lorenzo Fanlo
montaron á caballo en su seguimiento, y fueron á alcanzarlos por unos
cerros hacia Salta; mas siendo mucha la espesura de los bosques, y
fragosidad de las sierras, se desmontaron, y á pie los siguieron, con
increíble fatiga, porque no huían por vía recta, sino oblícua siempre,
porque decían que así no les podría seguir la peste, cansada de los
matorrales y revueltas. Tanta es su barbaridad.
Quedaron los Padres sin fuerzas antes de poderles dar alcance; y
volviéndose á su pueblo á cuidar de los que habían quedado enfermos,
despacharon tras los fugitivos á dos indios que llevaban consigo para
detenerlos, porque de los dieciocho adultos se les murieron los catorce,
á quienes asistieron con grande caridad, sin recelo del contagio, y
todos los demás enfermaron.
Los dos indios encontraron de allí á algunas leguas á los huídos, y por
más que hicieron, sólo les pudieron reducir á que bajasen donde estaban
los Padres.
Procuraron éstos que volviesen á la Reducción; mas sólo consiguieron por
entonces esperanzas de que se volverían acabada la peste. Por tanto,
dejándolos allí se volvieron los Padres al pueblo á cuidar de los que
habían quedado, enfermos los más, de los cuales murieron presto catorce
adultos, á quienes asistieron con grande celo y caridad, hasta darles
sepultura por sus propias manos.
Los fugitivos volvieron después de algún tiempo á su pueblo, por las
diligencias de los nuestros, que siempre tienen que trabajar aquí
gloriosamente, por la innata barbarie de todas estas naciones, como se
conocerá por lo referido.
Al presente se halla este pueblo en sumo peligro de su destrucción,
porque los Mocovíes y Tovas, que hasta ahora han estado enfrenados por
el valor del gobernador de la provincia de Tucumán, principal promotor
de esta Reducción, ahora vuelven á alzar cabeza; y habiendo muerto á los
soldados del fuerte de San Joseph y tenido atrevimiento para sitiar el
de Valbuena, se teme que den en este pueblo de San Esteban y le
destruyan por estar indefenso; bien que no por esto pierden los Jesuitas
las esperanzas de hacer mucho fruto en el Chaco, cumpliéndose la
profecía de su primer apóstol San Francisco Solano, que predicó el
Evangelio á los Lules, y de quien hay tradición en aquella tierra, que
habiendo profetizado la ruina de la ciudad de Eteco, que ha más de
treinta años que sucedió, predijo también que se convertirían estos
indios del Chaco.
Quiera Nuestro Señor se cumpla cuanto antes esta profecía.
CAPÍTULO XXII
_Últimas noticias de las Misiones de Chiquitos y
Chiriguanás._
Habiendo referido la destrucción de los dos pueblos que había entre los
Chiriguanás, será bien dar ahora razón de cómo volvieron los Jesuitas
años después á aquella nación.
Hallábase el P. Vice Provincial Luis de la Roca el año de 1715 visitando
el Colegio de Tarija, de paso para las Misiones de los Chiquitos, cuando
llegaron á aquella villa mensajeros de algunos pueblos de los
Chiriguanás pidiendo fuesen Padres á sus tierras á predicarles nuestra
santa fé y ministrarles el santo bautismo.
Extrañóse esta repentina mudanza, cuando se tenía tan experimentada la
obstinación de estos indios, y cuán dados estaban siempre á sus
antiguos vicios, causa por la cual se había alzado más de dieciséis años
había de su conversión, por no esperar hacer en ellos el menor fruto.
Mas luego se supo la causa de esta nueva resolución.
Fué, pues, el caso, que un cristiano de la misma nación, habiendo
apostatado de la fé y religión cristiana, murió, por justos juicios de
Dios, pertinaz en su apostasía.
Este, por permisión divina, se apareció, á pesar del infierno, á muchos
Chiriguanás, diciéndoles cómo por haber desamparado la religión
cristiana, estaba condenado á arder en llamas eternas.
Hizo notable conmoción en los bárbaros esta visión y les movió á que
fuesen ahora á pedir á Tarija predicadores del Evangelio.
El P. Vice-Provincial, por las repetidas experiencias de la inconstancia
de estos bárbaros dudaba mucho concedérselos; pero al fin se movió á
enviarles dos Jesuitas, así por hacer la última prueba de su
obstinación, como por condescender con la piadosa voluntad del señor
marqués del Valle de Tojo, que lo pedía encarecidamente.
Señaló, pues, para aquella conversión al P. Pablo Restivo, que á la
sazón era rector del colegio de Salta, y muy perito en la lengua Guaraní
que habla aquella nación, y por su compañero al P. Francisco Guevara que
se hallaba en el colegio de Tarija.
Fueron allá los dos Padres, y á costa de grandes trabajos procuraron
fundar una Reducción que llamaron de la Inmaculada Concepción, para que
con el favor y patrocinio de esta poderosa señora, renunciando los
Chiriguanás al demonio, se alistasen en las banderas de Cristo.
Lográronse algunos párvulos, á quien bautizaron, pero se opuso el
demonio á estos felices principios con todas sus máquinas y esfuerzo.
Apareciéronseles los ministros infernales en formas horrendas y
espantosas, á cuya vista caían desmayados en tierra los indios.
Acudieron por remedio á los Padres. Estos, animándoles á la confianza en
Dios, les mandaron que luego hiciesen muchas cruces de madera, las
cuales hicieron poner en sus casas, en las plazas, en las calles y en
los collados, adorándolas humildemente los bárbaros.
Al ver el infierno señal tan saludable desistió de perseguirlos, y en
adelante depusieron los indios todo miedo sin experimentar al menor
peligro.
Viéndose vencido de esta manera el demonio, se valió de otras trazas
diabólicas para perturbar la obra comenzada, incitando y conmoviendo
para ese fin á muchos de sus secuaces; pero Dios desvaneció sus intentos
haciendo de los mismos diabólicos ministros fieles coadjutores de los
Padres en aquella conversión.
Y para mayor abatimiento del demonio y promover la fe en esta Reducción,
se dignó Su Majestad de favorecerles con algunos sucesos, al parecer,
milagrosos. Entre otros, contaré sólo dos.
Estaba una india tan gravemente enferma, que ya sus parientes la
lloraban por muerta; llegó la enfermedad á término que ya estaba para
espirar.
En tal aprieto se volvieron á implorar el patrocinio de María Santísima,
pidiéndola con muchas lágrimas restituyese su salud á la enferma.
Tuvieron buen despacho sus súplicas, porque el mismo día que habían
hecho aquella oración á Nuestra Señora, al ponerse el sol cesó la
fiebre, que sobre manera la afligía y al día siguiente se halló
enteramente sana con admiración y asombro de todo el pueblo.
En otra ocasión padecía toda la comarca de mucha falta de lluvias, por
lo cual se perdían por instantes las sementeras: imploraron el favor de
la Virgen, y luego al punto el cielo, que estaba sereno, se entoldó de
nubes y descargó una copiosa lluvia, que fué el total remedio de su
necesidad.
Con estos y otros favores del cielo, se espera que al fin se rendirá y
ablandará del todo la dureza obstinada de los Chiriguanás, entre quienes
al presente trabajan los Padres, para lograr á lo menos las almas de los
párvulos, y con esperanzas de que los que nacieren y se criaren con la
leche de la religión cristiana mantendrán la fe y se podrán lograr en
toda la nación los sudores y fatigas pasadas de tanto apostólico
Misionero que en diferentes ocasiones han atendido á la labor de este
campo.
Ahora, para concluir esta relación, será bien dar breve noticia, así del
último estado de las Misiones en los Chiquitos, como de algunas
expediciones, en especial la de los Zamucos, según lo que hasta ahora se
ha podido saber por la distancia de los lugares.
Habíase tenido noticia en el pueblo de San Francisco Xavier de que
había algo lejos de allí una parcialidad de Guarayos que hablan la
lengua Guaraní, y se esperaba hacer en ellos mucho fruto, por lo cual el
año de 1719 fueron de aquel pueblo indios Chiquitos á hablarles sobre su
conversión, pero se volvieron sin fruto, porque llegando al paraje de
dicha nación, donde tenía sus pueblecillos, ya se habían huído, sin
quedar uno sólo; y aunque les siguieron los rastros por algunos días,
los perdieron en un río muy caudaloso, en que se embarcaron sin saber
para dónde.
Este mismo año, á 4 de Mayo, sucedió en San Rafael la fatalidad de
haberse quemado el pueblo, por lo cual estaban medio alzados los
gentiles que había en él, y se temían no se volviesen á los bosques,
porque también se habían quemado los frutos de que se mantenían; pero al
fin, con el favor de Dios se compuso todo, de suerte que este pueblo se
pudo empezar á dividir el año de 1721, saliendo de él una colonia, que
es la Reducción de San Miguel.
Pero en medio de estas desgracias se logró este año el buen suceso de
abrir nuevo camino, que mucho tiempo se había deseado, por las
cordilleras de los Chiriguanás, dejando el antiguo de Santa Cruz de la
Sierra, cuyo descubrimiento feliz se debió al celo incansable del santo
P. Francisco Hervás, que le abrió como se podía desear, y de suerte que
el año siguiente pudieron entrar por él dos nuevos Misioneros, que
fueron el P. Jaime Aguilar, aragonés, que pasaba también á visitar en
nombre del P. Provincial aquellas doctrinas, y el P. Juan Bautista
Speth, bávaro, que poco antes había venido de Europa. Y ahora es éste el
camino común por donde se tragina, abreviando por él muchas leguas.
En todos los pueblos, en los años siguientes, se han hecho sus correrías
á diversas naciones, pues estando todos ellos deseosos de convertir á
los muchos gentiles que se descubren cada día se aplican con celo á la
conversión.