en gritos y ahullidos, que parecía de mentada, y echando los ojos hacia
el techo, con grande espanto, decía á su padre:
--Mira, mira, que vienen los diablos á llevarme consigo al infierno y
saltando de la cama, quería huir, mas su padre la detuvo.
Quedó con aquella vista tan consumida de fuerzas y desmayada, que
parecía habérsele descuadernado todos los miembros. Estando de esta
manera medio fuera de sí, pero siempre obstinada en sus pecados, fué
avisado el P. Misionero del grave peligro de la enferma, mas no de la
causa, y mucho menos de su mal vivir; la primera diligencia del Padre
fué ajustar las cosas del alma de aquella infeliz; y viendo que estaba
ya cercana su muerte, le administró los Últimos Sacramentos; y
llegándose para decirla alguna palabra de Dios, se hacía sorda; y
fijando los ojos en un lugar, se procuraba descubrir, llamando y
convidando á los amigos con quienes había vivido mal, y haciendo los
mismos ademanes y feos movimientos que cuando estaba sana.
Sospechó el Padre que el demonio en forma visible hacía de las suyas con
la enferma; por lo cual, procuró confesarla con mayor diligencia, mas la
infeliz nunca quiso vomitar aquellos pecados feos, porque padecía tanto
en el alma y en el cuerpo.
Pareciéndole al Padre que el mal empezaba á dar algunas treguas, y que
los demonios, por la intercesión de Nuestro Padre San Ignacio, cuya
reliquia la aplicó, se habían ausentado de la cámara de la enferma,
precisado de otra ocupación, se partió de allí, con intento de volver
cuanto antes.
Apenas se había apartado algunos pasos, cuando la doliente, quitándose
del cuello la Santa Reliquia, empezó á llamar con palabras amorosas á
sus galanes y en ademán de quien se abrazaba con alguno, acabó la vida,
dejando á sus parientes afligidos y desconsolados por muerte tan
desgraciada.
Hízosele por la tarde su entierro, y luego aquella noche vino á llamar á
la puerta de la casa de su padre, y llamó á su marido, diciéndole:
--Ábreme, ¿no me conoces? Yo soy Isabel.
Levantóse despavorido y asustado el marido, y abriendo la puerta la vió
tan monstruosa que se quedó pasmado de asombro y espanto.
Después, yendo á nuestra casa, se manifestó al P. Misionero, el cual,
con el horror de verla, se desmayó y cayó en tierra medio muerto, y por
muchos días no pudo recobrarse.
Andúvose luego paseando por el corredor de casa, y dió muchos golpes en
la campana de la iglesia, mas nadie osó salir fuera, sospechando lo que
era.
De aquí salió y anduvo todas las calles de la Reducción, y con ahullidos
y bramidos como de fiera, aterrorizó sobremanera á toda la gente.
El día siguiente se apareció á una hermana suya y á otros, con semblante
horroroso, queriendo Dios que hubiese muchos testigos del caso, porque
quien necesitase del temor para vivir bien, no pudiese negar el hecho
para no temer.
Habiendo fallecido este año un fervorosísimo Misionero en estas
Reducciones, es razón que le demos aquí lugar á sus méritos, refiriendo
brevemente sus virtudes y sus apostólicas fatigas en servicio de Dios y
bien de las almas.
Este fué el P. Joseph Tolú, que á los setenta y cinco años de su edad
pasó de estos trabajos al eterno descanso en el pueblo de San Rafael, á
10 de Mayo de 1717.
Nació este santo varón á 22 de Noviembre de 1643 en Potago, lugar de la
isla Cerdeña; fué en aquella provincia recibido en la Compañía, teniendo
21 años de edad, á 2 de Mayo de 64 y el año de 74 pasó á esta provincia,
donde concluídos los estudios que le faltaban y recibidos los sagrados
órdenes, pasó á las Misiones de los Guaranís, donde vivió algún tiempo
con mucho fruto de los indios.
Aquí le quiso Dios dar á entender los muchos trabajos que le tenía
preparados para labrarle la corona de sus merecimientos, y fué de esta
manera:
Había acabado un día de decir misa, y mientras se retiraba á su
aposento á dar gracias á Nuestro Señor, se vió como en éxtasis, cercado
de una tropa de gente desconocida y se vió también á sí mismo cultivando
la tierra con un azadón en la mano, lleno todo de sudor, sin que alguno
de los presentes, movido á piedad, se determinase á quitarle de las
manos aquel rústico instrumento y á ayudarle en aquel oficio.
Quedó el P. Joseph extrañamente maravillado y pensativo, por no entender
qué se le quería significar con aquella visión, hasta que pasando poco
después por orden de los Superiores á la conversión de los Chiriguanás
lo conoció en la Reducción de San Ignacio, donde aunque había gran
multitud de gente, con todo eso el hablarles de su conversión era
predicar á las piedras, ó como dicen, en desierto, sin poder reducir ni
aun uno sólo de aquellos obstinados, ni tener aún un sirviente que le
asistiese en el altar, por lo cual se vió obligado á cultivar con sus
manos una huertecilla, y con el sudor de su rostro recoger alguna cosa
con qué pasar la vida; iba en persona al bosque á traer un haz de leña y
al río por un cántaro de agua, mirándole entre tanto aquellos bárbaros
sin moverse á ayudarle.
Acordóse entonces de lo que tanto antes Nuestro Señor le había mostrado,
y así sufrió con grande valor estas y otras gravísimas molestias de
aquellos bárbaros tan crueles, que le echaron los caballos á pacer en su
huerta, para quitarle en un momento el sudor de su rostro y el trabajo
de sus manos. Y en medio de ser aquella tierra tan difícil de cultivar y
tan dura á recibir la semilla de la palabra divina, pues aunque
trabajaba mucho recogía muy poco fruto, con todo eso no levantó las
manos de la labor hasta que le llamaron los Superiores para ser operario
en el Colegio de Tarija, donde tuvo campo en qué ejercitar su celo, con
menos trabajos, pero con más fruto. Aquí le sucedió un caso digno de
saberse:
Ofreciósele un día hacer una trompetilla por si acaso venía á confesarse
algún sordo, cuando poco después de venir á su aposento, entró en él un
hombre doliéndose mucho de que no se podía confesar á gusto por falta de
oído; consolóle el Padre, diciéndole que tenía un instrumento para oir
con facilidad.
Confesóse el buen hombre con gran júbilo de su corazón, y dando al Padre
mil agradecimientos, se despidió diciendo:
--Quédese V. R. con Dios, que yo me voy á comulgar y de allí á morir; y
sucedió así puntualmente.
Lo mismo sucedió con otro que tenía la misma pena, el cual estando sano
y robusto se confesó con el Padre y murió de allí á dos días, dejando
ambos prendas seguras de su eterna bienaventuranza, con la misericordia
que Dios había usado con ellos.
No pudo conseguir semejantes esperanzas de otro, que exhortado del P.
Tolú á que ajustase las cuentas de su conciencia con Dios por medio de
los ejercicios espirituales, luciese confesión general antes de
emprender un largo viaje le protestó con varios colores aparentes, que
no podía; mas apenas había caminado pocas leguas, cuando sorprendido de
una furiosa enfermedad, en pocos días se puso en camino para la otra
vida, con poco ó ningún aparejo.
Vivió en Tarija el P. Tolú hasta el año de 98 en que pasó con oficio de
Superior á las Misiones de los Chiquitos con gran júbilo de su corazón,
por ver puestos en ejecución los ardientes deseos de emplear sus fatigas
en la conversión de los infieles; y aunque las grandes y frecuentes
enfermedades le estimulaban á proponer su ningún talento para aquel
empleo, todavía, después que en una grave enfermedad, el dolor más
agudo que le traspasaba el corazón en aquellos extremos, fué el haberse
excusado una vez en ejecutar un orden de sus superiores, arrojándose en
manos de Dios, vino con aquel oficio á estas Reducciones en que por no
estar aún las cosas puestas en forma, tuvo ocasión de merecer mucho.
Lo más insufrible para su caridad eran las grandes necesidades y
trabajos de sus súbditos sin tener con qué socorrerlos y aliviarlos.
Procuró, no obstante esto, con todo el esfuerzo posible, por espacio de
cuatro años que fué Superior, adelantar aquella recién fundada
cristiandad, así con la conversión de nuevos infieles como en
desarraigar las bárbaras costumbres de los catecúmenos, exponiéndose por
eso muchas veces, con invencible constancia, á riesgos y peligros de la
vida.
Una de las muchas veces que se vió en estos aprietos fué en cierta
ocasión, que habiendo visto que un neófito se había teñido el rostro de
feísimos colores, al uso de su gentilidad, le dijo, llevado de su celo:
--Lindo estás por cierto, pareces un demonio (y así es en la realidad
cuando se tiñen el rostro).
Oyó el indio con disgusto estas palabras, y flechando su arco, le
asestó al pecho con una saeta.
Entonces el generoso Padre, desabrochando la sotana y jubón, le dijo:
--Apunta aquí para que no yerres el golpe, y quítame esta vida que tanto
deseo sacrificar á Dios por amor tuyo.
Quiso, empero, el cielo recibir la oferta y no la ejecución del
sacrificio, porque aquel bárbaro, atónito y lleno de confusión, al ver
tanto aliento, no osó pasar más adelante.
Su empleo más continuo é infatigable, fué instruir á algunos mozos más
despiertos, no sólo en las cosas de nuestra santa fe, más aún en el
servicio de la iglesia y de las funciones sagradas, enseñándoles el
canto eclesiástico y las otras sagradas ceremonias, ministerio de
trabajo y tedio increíble y sólo tolerable de una grande caridad y celo
ardiente, porque era necesario poco menos que hacerles mudar naturaleza,
domesticándolos y desvastándolos poco á poco, corrigiéndolos sin
exasperarlos, y tolerándolos algún tiempo mal acostumbrados y viciosos,
para hacerlos totalmente otros diversos de los que eran al principio.
Y en este ejercicio duró, sin interrumpirle, hasta lo último de su vida;
porque la esperanza del bien y frutos que veía se lograban en aquella
su infatigable tarea, se la hacía no sólo tolerable, sino suave.
En tales obras de apostólica caridad con los prójimos, no se olvidaba de
sí mismo, pues en medio de ser todas ejercicio de virtudes y aumento de
méritos, era, no obstante, muy delicado en la observancia regular,
portándose de suerte en las funciones de operario evangélico, que no se
descuidaba un punto en la guarda de las santas leyes y constituciones de
la vida religiosa, antes se retiraba muchas horas del día á vivir más
perfectamente para sí, para después obrar con más fervor con los
prójimos.
Era devotísimo de las santas almas del Purgatorio, á quien no solamente
había hecho en vida liberal donación de todas sus buenas obras sino
también después de su muerte, de todos los sufragios que por su alma se
dijesen, reservando sus grandes culpas, como él decía, para pagarlas con
las penas del Purgatorio.
Mas quiso Dios, por premio de ésta su heroica caridad, darle el
Purgatorio en esta vida, para que así fuese mayor su corona en la eterna
bienaventuranza, cargándole de tantas y tan graves enfermedades que le
inhabilitaron del todo á ejercitar del todo nuestros ministerios con
los neófitos, único conorte en sus tribulaciones, de suerte que solía él
decir que de este mundo no tenía sino _labor y dolor_.
Llamóle, finalmente, Nuestro Señor, á darle el galardón de tantos
trabajos y sudores, con una muerte propia de los santos, después de
haber estado más de dieciocho años en estas Misiones, á los setenta y
cuatro de su edad y cincuenta y tres de Compañía, en que había hecho la
profesión de cuatro votos á 15 de Agosto de 682.
CAPÍTULO XXI
_Breve descripción de la provincia del Chaco;
costumbres y cualidades naturales de
sus moradores, y fundación de una
nueva Reducción en ella._
La provincia del Chaco es un vastísimo espacio de tierra de trescientas
leguas de largo y ciento de ancho, situado entre las provincias del
Tucumán, de los Charcas, del Río de la Plata, del Paraguay y de Santa
Cruz de la Sierra, cercado por todas partes de una larguísima cadena de
montes, que empezando á levantarse desde la ciudad de Córdoba del
Tucumán, llegan hasta las opulentísimas minas de Lipes y Potosí; luego
tirando á Santa Cruz de la Sierra, rematan en la gran laguna Mamoré.
Es el terruño en partes maravillosamente abundante y fértil, por causa
de muchos arroyos ó riachuelos y dos grandes ríos que la bañan, los
cuales, naciendo de las montañas, atraviesan y riegan el país: y después
de muchas vueltas y rodeos desembocan en el gran río de la Plata y
forman en gran parte su desmedida grandeza.
Sus moradores, en tiempos pasados, eran muchísimos en número, de suerte
que en sólo el contorno de la ciudad de Guadalcazar, que hoy está
destruída, se contaban más de cuatrocientas Rancherías de diferentes
naciones y lenguas.
Las naciones más célebres son los Colchaquies, Tonocotes, Belelas,
Mocobies, Tobas, Malbalaes, Mataguayos, Aguilotes, Chumipies, Amulalaes,
Callagaes, Abipones, Payaguás, Guaycurús, Churamates, Ayoyas y Lules.
Es el temperamento de estas naciones ígneo y vivaz, la estatura más que
mediana, las facciones del rostro algo desemejantes de las nuestras, de
donde fácilmente se distinguen de los españoles y demás europeos; y
cuando se tiñen de colores, que es muy de ordinario, están sobre manera
feos, que parecen unos demonios; y sucedió, no mucho ha, en la ciudad
de Santa Fe, que saliendo á pelear con unos Abipones un capitán que
había militado en Europa, al verlos tan horribles, se quedó desmayado y
sin fuerzas.
Cuanto al vestir, los hombres se ciñen por la cintura una faja de que
cuelgan muchas plumas pendientes alrededor y en el resto desnudos: otros
se ponen sobre todo eso una corona de plumas en la cabeza; y algunas
naciones traen una como capa larga de cueros de venado, que llaman
Queyapi, para defenderse de las inclemencias, y desde el cuello hasta
abajo cuelgan una cinta emplumada sobre dicha capa.
Las mujeres se cubren algún tanto, lo que basta para no estar del todo
desnudas.
No tienen gobierno ni guardan vida política.
Sólo en cada tierra hay un cacique á quien ordinariamente tienen algún
respeto y reverencia.
Viven pocos juntos, porque como carecen de gobierno, y no tienen
cabezas, por cualquiera ligero disgusto se separan.
Sus casas no son más que un Rancho de paja dentro de los bosques, unos
en una parte y otros en otra, sin orden ni distinción; y ni aun eso
tienen los Payaguás, los cuales nunca están fijos en un lugar, y cada
noche hacen alto en diverso paraje; por lo cual no usan de otra casa que
una pequeña estera, para repararse del viento, y en lo demás duermen al
descubierto.
La mayor parte del tiempo gastan en buscar miel por las selvas, para
hacer su vino con que se embriagan muy frecuentemente. Y luego que se
les calienta la cabeza, y pierden aquel poco juicio que antes tenían, á
lo mejor de la embriaguez paran todas sus fiestas en peleas, heridas y
muertes; porque los rencores y los odios sepultados largo tiempo en sus
pechos alevosos, por cobardía y temor, salen á fuera en tales ocasiones
y se procuran vengar con furor increíble; y lo que causa más admiración
es que los parientes de los muertos no se sienten nada de la injuria
recibida, cuando vuelven en sí, por más estrecho que sea el parentesco.
En reducir estas naciones á vida racional y á la ley de Cristo emplearon
desde los primeros años del siglo pasado todo el fervor de su espíritu,
los Padres Juan Darío, italiano, y Gaspar Osorio Valderrábano, español,
por orden del P. Nicolás Mastrilli Durán, Provincial de esta provincia,
y tío del santo mártir Marcelo Mastrilli, pero no correspondiendo á la
labor la dureza de estos pueblos, con fruto digno de sus fatigas y
sudores emplearon en otra parte su celo.
La obstinación de estas naciones fué en gran parte originada de los
españoles, cosa que no se puede traer á la memoria sin dolor y lágrimas,
y por eso más quiero callarlo que escribirlo; y quien tuviere ánimo para
leerlo, lo podrá ver en otros historiadores.
Sólo diré que apenas se introdujo allí el conocimiento de la ley
cristiana, cuando en breve tiempo se hizo maravilloso fruto; y en tanto
que hubo allí hombres de virtud, fué en aumento la piedad y religión;
pero después que la codicia de los españoles oprimió con exceso á los
pobres inocentes indios, se dieron á la desesperación para librarse de
aquel cautiverio en que los tenían los españoles que los gobernaban, á
que se oponían los Jesuitas con todo esfuerzo, por ser contra lo que
repetidas veces tienen ordenado nuestros católicos monarcas.
Llevados, digo, los indios de la desesperación, procuraron buscar un
cruel remedio para redimir la opresión, y fué disponer secretamente una
conjuración y matar á los gobernadores como lo hicieron; y ha quedado en
ellos tal horror á todos los españoles, debajo del cual nombre
entienden á todos los demás europeos, que el común vocablo con que los
llaman es _enemigos_.
No obstante, el santo mártir P. Pedro Romero, español, y el infatigable
Misionero P. Joseph Orighi, hermano del eminentísimo señor Agustín
Orighi, y tío del eminentísimo Orighi, que vive al presente, quisieron
volver á promulgar el Evangelio entre los Guaycurús, y sin tener cuenta
de sus propias vidas, intentaron, con increíbles trabajos y fatigas,
domesticar su innata fiereza; pero sin hacer más fruto que bautizar
algunos párvulos, se vieron obligados á retirarse.
El año de 637 entraron por el Tucumán á convertir algunas naciones el P.
Gaspar Osorio, de quien poco ha hice mención, y el P. Antonio Ripario,
italiano, los cuales, el mayor fruto que sacaron de su empresa, fué
perder la vida por Cristo con glorioso martirio, de que tuvo antes bien
clara noticia el P. Osorio como lo declara en carta escrita á Roma á su
antiguo confesor nuestro cardenal Juan de Lugo.
Ambos, después de su muerte, se aparecieron vestidos de los ornamentos
sagrados y cercados de mucha luz á sus bárbaros matadores
reprendiéndolos su maldad y exhortándoles á que trajesen á su tierra
nuevos Jesuitas que los instruyesen en la fe de Cristo.
Lo que ellos, obstinados en sus vicios y errores no ejecutaron,
emprendieron los PP. Ignacio de Medina y Andrés de Luján el año de 1653
entrando á reducir á la fe aquellas naciones; pero aunque aplicaron su
fervor más intenso, no lograron sino las almas de algunos niños y
adultos moribundos, y armándose contra ellos secreta conjuración de los
bárbaros, hubieron de retirarse.
El año de 1673 entraron con el gobernador D. Ángelo de Peredo los PP.
Diego Francisco de Altamirano y Bartolomé Díaz, y pudieron fundar una
reducción de Mocovíes, con nombre de San Francisco Xavier, cuatro leguas
de la ciudad de Esteco, en que llegó á haber mil y ochocientas almas;
pero por juzgar el gobernador y sus consejeros convenir se encomendasen
á los españoles dichos indios repartidos en Encomiendas se deshizo aquel
pueblo; bien que en aquella entrada lograron los Padres bautizar más de
mil almas entre adultos y párvulos.
Prosiguióse esta empresa el año 1683 en el gobierno de D. Fernando de
Mendoza Mate de Luna, para la cual fueron señalados los Padres Juan
Antonio Solinas, natural de Olinis, en Cerdeña, y Diego Ruiz,
valenciano; habían ya agregado algunos indios Ojotades y Taños á una
nueva Reducción, con nombre de San Rafael; pero envidioso el común
enemigo, y temiendo de aquellos principios nuevos progresos, incitó por
medio de sus hechiceros á ciento cincuenta Tobas y á cinco tropas de
Mocovíes que quitasen la vida á los Misioneros: vinieron al lugar donde
estaban, y hallando sólo al Padre Solinas, por haber ido á Salta por
bastimentos el P. Ruiz, le dieron la muerte, y también á otro venerable
sacerdote llamado don Pedro Ortiz de Zárate, á 27 de Octubre de aquel
mismo año.
Con esta novedad se retiraron los Ojotades y Taños, catecúmenos, y ni
con la muerte de estos dos mártires, ni de los PP. Osorio y Ripario
quedaron esperanzas de que su sangre fuese semilla de cristianos en
aquella provincia, por la proterva obstinación de las más de sus
naciones, que con las repetidas hostilidades que hicieron á la provincia
del Tucumán, por su innato odio á la nación española, cerraron las
puertas á la esperanza de su conversión, hasta que siendo gobernador de
la provincia de Tucumán el piadoso caballero don Esteban de Urizar y
Arizpacochaga, brigadier de los reales ejércitos de S. M., reprimido
primero el orgullo de los Tobas y Mocovíes, quiso se sentase de nuevo la
empresa y se predicase la ley divina á la nación de los Lules; por lo
cual el P. Antonio Garriga, que á la sazón era Visitador de esta
provincia, señaló para esta conversión el año de 1710 al P. Antonio
Machoni, natural de la villa de Iglesias, en Cerdeña, el cual, habiendo
pasado de aquella provincia á ésta el año de 1698 y leído Filosofía en
esta Real Universidad de Córdoba, alcanzó emplearse en la conversión de
estos bárbaros.
Dió éste principio á la nueva cristiandad fundando una Reducción, á
quien puso debajo del patrocinio de San Esteban, compuesta de gente de
cuatro naciones, Lules, Toquistinés, Ixistinés y Oristinés, cuyos
ascendientes fueron antiguamente cristianos.
Son éstos de color de aceituna, de estatura ordinariamente grande, de
genio despierto y alegre, ni se entristecen fácilmente, sino es acaso en
sus desgracias domésticas; son prontos de entendimiento y aprenden
maravillosamente los oficios mecánicos: pero torpes y duros en creer lo
que no alcanzan los sentidos materiales.
Conservan por largo tiempo en su pecho la memoria de las injurias
recibidas, y aunque sientan partírseles el corazón de dolor y rabia, lo
esconden y encubren disimuladamente con un semblante enteramente alegre,
esperando coger al enemigo desprevenido para hacer con más seguridad el
tiro.
En lo que toca á religión, son finísimos ateistas, no dando culto ni
veneración á deidad alguna, si no es que digamos que su Dios es su
vientre, porque no entienden de otra cosa, procurando gozar en esta vida
todo el buen tiempo que pueden, viviendo como animales.
Parece, empero, esto menos tolerable, á causa de no reconocer ni aun las
leyes naturales, que cualquier hombre, por bárbaro y salvaje que sea,
con sólo ser hombre, venera y aprecia.
Los hijos, por la mayor parte, no tienen ningún respeto á sus padres;
antes tienen sobre ellos dominio, haciéndose obedecer de ellos con
grande descaro; y si les da gusto, osan poner en los padres las manos.
En sus enfermedades no se mueven á compasión, antes los abandonan con
increíble ingratitud y los dejan en manos de la hambre y enfermedad;
cosa que ni aun con las bestias usan; y fuera muchas veces entre ellos
mejor ser perro que hombre, porque de ellos se compadecen y quitan la
comida de la boca para sustentar una tropa de galgos.
Encontróse acaso el P. Machoni en una ocasión con algunos de estos
bárbaros que llevaban á enterrar á la madre de uno de ellos difunta, que
poco antes se había convertido á nuestra santa fe, y con ella querían
enterrar á un hijito suyo de pocos meses, porque ninguna india, aun sus
parientas, quería tomar el trabajo de criarle: quitósele luego de las
manos el Padre y por más que con la paga por delante se lo pidió y
suplicó, ninguna se movió á compasión; por lo cual se vió obligado
mientras vivió el niño á mantenerle con leche de cabra ú oveja, no sin
increíble dolor, viendo entre tanto á muchas madres tener pendientes de
sus pechos gran número de perritos para que no se muriesen de hambre.
Sus casamientos los celebran de mucha edad (si es que entre ellos
merecen el nombre de casamientos, pues cansada la mujer del marido, y
éste de ella, tienen franqueza y libertad de tomar otra ú otro á su
antojo) no casándose sino cuando ya están cansados de torpezas, no
experimentando ellos en sí ni el temor ni la vergüenza que la naturaleza
mezcló sabiamente en los placeres vedados para contener en la raya de lo
debido el genio de la concupiscencia desenfrenada.
No es fácil de explicar cuanto trabajase el buen P. Misionero con otro
compañero Jesuita, en instruir en los principios de la ley divina á
gente que parecía no tener ni aun el primer instinto de la naturaleza,
ni de qué medios de caridad y de celo se valieron para hacerlos, de
bestias, racionales, y de racionales, cristianos.
Eran los primeros con el azadón en la mano á romper la tierra, á manejar
los arados y á hacer todo lo demás que es necesario en la labor de los
campos para adiestrarlos á hacer lo mismo.