Estando durmiendo una noche en casa de su padre, prorrumpió de repente

en gritos y ahullidos, que parecía de mentada, y echando los ojos hacia

el techo, con grande espanto, decía á su padre:

--Mira, mira, que vienen los diablos á llevarme consigo al infierno y

saltando de la cama, quería huir, mas su padre la detuvo.

Quedó con aquella vista tan consumida de fuerzas y desmayada, que

parecía habérsele descuadernado todos los miembros. Estando de esta

manera medio fuera de sí, pero siempre obstinada en sus pecados, fué

avisado el P. Misionero del grave peligro de la enferma, mas no de la

causa, y mucho menos de su mal vivir; la primera diligencia del Padre

fué ajustar las cosas del alma de aquella infeliz; y viendo que estaba

ya cercana su muerte, le administró los Últimos Sacramentos; y

llegándose para decirla alguna palabra de Dios, se hacía sorda; y

fijando los ojos en un lugar, se procuraba descubrir, llamando y

convidando á los amigos con quienes había vivido mal, y haciendo los

mismos ademanes y feos movimientos que cuando estaba sana.

Sospechó el Padre que el demonio en forma visible hacía de las suyas con

la enferma; por lo cual, procuró confesarla con mayor diligencia, mas la

infeliz nunca quiso vomitar aquellos pecados feos, porque padecía tanto

en el alma y en el cuerpo.

Pareciéndole al Padre que el mal empezaba á dar algunas treguas, y que

los demonios, por la intercesión de Nuestro Padre San Ignacio, cuya

reliquia la aplicó, se habían ausentado de la cámara de la enferma,

precisado de otra ocupación, se partió de allí, con intento de volver

cuanto antes.

Apenas se había apartado algunos pasos, cuando la doliente, quitándose

del cuello la Santa Reliquia, empezó á llamar con palabras amorosas á

sus galanes y en ademán de quien se abrazaba con alguno, acabó la vida,

dejando á sus parientes afligidos y desconsolados por muerte tan

desgraciada.

Hízosele por la tarde su entierro, y luego aquella noche vino á llamar á

la puerta de la casa de su padre, y llamó á su marido, diciéndole:

--Ábreme, ¿no me conoces? Yo soy Isabel.

Levantóse despavorido y asustado el marido, y abriendo la puerta la vió

tan monstruosa que se quedó pasmado de asombro y espanto.

Después, yendo á nuestra casa, se manifestó al P. Misionero, el cual,

con el horror de verla, se desmayó y cayó en tierra medio muerto, y por

muchos días no pudo recobrarse.

Andúvose luego paseando por el corredor de casa, y dió muchos golpes en

la campana de la iglesia, mas nadie osó salir fuera, sospechando lo que

era.

De aquí salió y anduvo todas las calles de la Reducción, y con ahullidos

y bramidos como de fiera, aterrorizó sobremanera á toda la gente.

El día siguiente se apareció á una hermana suya y á otros, con semblante

horroroso, queriendo Dios que hubiese muchos testigos del caso, porque

quien necesitase del temor para vivir bien, no pudiese negar el hecho

para no temer.

Habiendo fallecido este año un fervorosísimo Misionero en estas

Reducciones, es razón que le demos aquí lugar á sus méritos, refiriendo

brevemente sus virtudes y sus apostólicas fatigas en servicio de Dios y

bien de las almas.

Este fué el P. Joseph Tolú, que á los setenta y cinco años de su edad

pasó de estos trabajos al eterno descanso en el pueblo de San Rafael, á

10 de Mayo de 1717.

Nació este santo varón á 22 de Noviembre de 1643 en Potago, lugar de la

isla Cerdeña; fué en aquella provincia recibido en la Compañía, teniendo

21 años de edad, á 2 de Mayo de 64 y el año de 74 pasó á esta provincia,

donde concluídos los estudios que le faltaban y recibidos los sagrados

órdenes, pasó á las Misiones de los Guaranís, donde vivió algún tiempo

con mucho fruto de los indios.

Aquí le quiso Dios dar á entender los muchos trabajos que le tenía

preparados para labrarle la corona de sus merecimientos, y fué de esta

manera:

Había acabado un día de decir misa, y mientras se retiraba á su

aposento á dar gracias á Nuestro Señor, se vió como en éxtasis, cercado

de una tropa de gente desconocida y se vió también á sí mismo cultivando

la tierra con un azadón en la mano, lleno todo de sudor, sin que alguno

de los presentes, movido á piedad, se determinase á quitarle de las

manos aquel rústico instrumento y á ayudarle en aquel oficio.

Quedó el P. Joseph extrañamente maravillado y pensativo, por no entender

qué se le quería significar con aquella visión, hasta que pasando poco

después por orden de los Superiores á la conversión de los Chiriguanás

lo conoció en la Reducción de San Ignacio, donde aunque había gran

multitud de gente, con todo eso el hablarles de su conversión era

predicar á las piedras, ó como dicen, en desierto, sin poder reducir ni

aun uno sólo de aquellos obstinados, ni tener aún un sirviente que le

asistiese en el altar, por lo cual se vió obligado á cultivar con sus

manos una huertecilla, y con el sudor de su rostro recoger alguna cosa

con qué pasar la vida; iba en persona al bosque á traer un haz de leña y

al río por un cántaro de agua, mirándole entre tanto aquellos bárbaros

sin moverse á ayudarle.

Acordóse entonces de lo que tanto antes Nuestro Señor le había mostrado,

y así sufrió con grande valor estas y otras gravísimas molestias de

aquellos bárbaros tan crueles, que le echaron los caballos á pacer en su

huerta, para quitarle en un momento el sudor de su rostro y el trabajo

de sus manos. Y en medio de ser aquella tierra tan difícil de cultivar y

tan dura á recibir la semilla de la palabra divina, pues aunque

trabajaba mucho recogía muy poco fruto, con todo eso no levantó las

manos de la labor hasta que le llamaron los Superiores para ser operario

en el Colegio de Tarija, donde tuvo campo en qué ejercitar su celo, con

menos trabajos, pero con más fruto. Aquí le sucedió un caso digno de

saberse:

Ofreciósele un día hacer una trompetilla por si acaso venía á confesarse

algún sordo, cuando poco después de venir á su aposento, entró en él un

hombre doliéndose mucho de que no se podía confesar á gusto por falta de

oído; consolóle el Padre, diciéndole que tenía un instrumento para oir

con facilidad.

Confesóse el buen hombre con gran júbilo de su corazón, y dando al Padre

mil agradecimientos, se despidió diciendo:

--Quédese V. R. con Dios, que yo me voy á comulgar y de allí á morir; y

sucedió así puntualmente.

Lo mismo sucedió con otro que tenía la misma pena, el cual estando sano

y robusto se confesó con el Padre y murió de allí á dos días, dejando

ambos prendas seguras de su eterna bienaventuranza, con la misericordia

que Dios había usado con ellos.

No pudo conseguir semejantes esperanzas de otro, que exhortado del P.

Tolú á que ajustase las cuentas de su conciencia con Dios por medio de

los ejercicios espirituales, luciese confesión general antes de

emprender un largo viaje le protestó con varios colores aparentes, que

no podía; mas apenas había caminado pocas leguas, cuando sorprendido de

una furiosa enfermedad, en pocos días se puso en camino para la otra

vida, con poco ó ningún aparejo.

Vivió en Tarija el P. Tolú hasta el año de 98 en que pasó con oficio de

Superior á las Misiones de los Chiquitos con gran júbilo de su corazón,

por ver puestos en ejecución los ardientes deseos de emplear sus fatigas

en la conversión de los infieles; y aunque las grandes y frecuentes

enfermedades le estimulaban á proponer su ningún talento para aquel

empleo, todavía, después que en una grave enfermedad, el dolor más

agudo que le traspasaba el corazón en aquellos extremos, fué el haberse

excusado una vez en ejecutar un orden de sus superiores, arrojándose en

manos de Dios, vino con aquel oficio á estas Reducciones en que por no

estar aún las cosas puestas en forma, tuvo ocasión de merecer mucho.

Lo más insufrible para su caridad eran las grandes necesidades y

trabajos de sus súbditos sin tener con qué socorrerlos y aliviarlos.

Procuró, no obstante esto, con todo el esfuerzo posible, por espacio de

cuatro años que fué Superior, adelantar aquella recién fundada

cristiandad, así con la conversión de nuevos infieles como en

desarraigar las bárbaras costumbres de los catecúmenos, exponiéndose por

eso muchas veces, con invencible constancia, á riesgos y peligros de la

vida.

Una de las muchas veces que se vió en estos aprietos fué en cierta

ocasión, que habiendo visto que un neófito se había teñido el rostro de

feísimos colores, al uso de su gentilidad, le dijo, llevado de su celo:

--Lindo estás por cierto, pareces un demonio (y así es en la realidad

cuando se tiñen el rostro).

Oyó el indio con disgusto estas palabras, y flechando su arco, le

asestó al pecho con una saeta.

Entonces el generoso Padre, desabrochando la sotana y jubón, le dijo:

--Apunta aquí para que no yerres el golpe, y quítame esta vida que tanto

deseo sacrificar á Dios por amor tuyo.

Quiso, empero, el cielo recibir la oferta y no la ejecución del

sacrificio, porque aquel bárbaro, atónito y lleno de confusión, al ver

tanto aliento, no osó pasar más adelante.

Su empleo más continuo é infatigable, fué instruir á algunos mozos más

despiertos, no sólo en las cosas de nuestra santa fe, más aún en el

servicio de la iglesia y de las funciones sagradas, enseñándoles el

canto eclesiástico y las otras sagradas ceremonias, ministerio de

trabajo y tedio increíble y sólo tolerable de una grande caridad y celo

ardiente, porque era necesario poco menos que hacerles mudar naturaleza,

domesticándolos y desvastándolos poco á poco, corrigiéndolos sin

exasperarlos, y tolerándolos algún tiempo mal acostumbrados y viciosos,

para hacerlos totalmente otros diversos de los que eran al principio.

Y en este ejercicio duró, sin interrumpirle, hasta lo último de su vida;

porque la esperanza del bien y frutos que veía se lograban en aquella

su infatigable tarea, se la hacía no sólo tolerable, sino suave.

En tales obras de apostólica caridad con los prójimos, no se olvidaba de

sí mismo, pues en medio de ser todas ejercicio de virtudes y aumento de

méritos, era, no obstante, muy delicado en la observancia regular,

portándose de suerte en las funciones de operario evangélico, que no se

descuidaba un punto en la guarda de las santas leyes y constituciones de

la vida religiosa, antes se retiraba muchas horas del día á vivir más

perfectamente para sí, para después obrar con más fervor con los

prójimos.

Era devotísimo de las santas almas del Purgatorio, á quien no solamente

había hecho en vida liberal donación de todas sus buenas obras sino

también después de su muerte, de todos los sufragios que por su alma se

dijesen, reservando sus grandes culpas, como él decía, para pagarlas con

las penas del Purgatorio.

Mas quiso Dios, por premio de ésta su heroica caridad, darle el

Purgatorio en esta vida, para que así fuese mayor su corona en la eterna

bienaventuranza, cargándole de tantas y tan graves enfermedades que le

inhabilitaron del todo á ejercitar del todo nuestros ministerios con

los neófitos, único conorte en sus tribulaciones, de suerte que solía él

decir que de este mundo no tenía sino _labor y dolor_.

Llamóle, finalmente, Nuestro Señor, á darle el galardón de tantos

trabajos y sudores, con una muerte propia de los santos, después de

haber estado más de dieciocho años en estas Misiones, á los setenta y

cuatro de su edad y cincuenta y tres de Compañía, en que había hecho la

profesión de cuatro votos á 15 de Agosto de 682.

CAPÍTULO XXI

_Breve descripción de la provincia del Chaco;

costumbres y cualidades naturales de

sus moradores, y fundación de una

nueva Reducción en ella._

La provincia del Chaco es un vastísimo espacio de tierra de trescientas

leguas de largo y ciento de ancho, situado entre las provincias del

Tucumán, de los Charcas, del Río de la Plata, del Paraguay y de Santa

Cruz de la Sierra, cercado por todas partes de una larguísima cadena de

montes, que empezando á levantarse desde la ciudad de Córdoba del

Tucumán, llegan hasta las opulentísimas minas de Lipes y Potosí; luego

tirando á Santa Cruz de la Sierra, rematan en la gran laguna Mamoré.

Es el terruño en partes maravillosamente abundante y fértil, por causa

de muchos arroyos ó riachuelos y dos grandes ríos que la bañan, los

cuales, naciendo de las montañas, atraviesan y riegan el país: y después

de muchas vueltas y rodeos desembocan en el gran río de la Plata y

forman en gran parte su desmedida grandeza.

Sus moradores, en tiempos pasados, eran muchísimos en número, de suerte

que en sólo el contorno de la ciudad de Guadalcazar, que hoy está

destruída, se contaban más de cuatrocientas Rancherías de diferentes

naciones y lenguas.

Las naciones más célebres son los Colchaquies, Tonocotes, Belelas,

Mocobies, Tobas, Malbalaes, Mataguayos, Aguilotes, Chumipies, Amulalaes,

Callagaes, Abipones, Payaguás, Guaycurús, Churamates, Ayoyas y Lules.

Es el temperamento de estas naciones ígneo y vivaz, la estatura más que

mediana, las facciones del rostro algo desemejantes de las nuestras, de

donde fácilmente se distinguen de los españoles y demás europeos; y

cuando se tiñen de colores, que es muy de ordinario, están sobre manera

feos, que parecen unos demonios; y sucedió, no mucho ha, en la ciudad

de Santa Fe, que saliendo á pelear con unos Abipones un capitán que

había militado en Europa, al verlos tan horribles, se quedó desmayado y

sin fuerzas.

Cuanto al vestir, los hombres se ciñen por la cintura una faja de que

cuelgan muchas plumas pendientes alrededor y en el resto desnudos: otros

se ponen sobre todo eso una corona de plumas en la cabeza; y algunas

naciones traen una como capa larga de cueros de venado, que llaman

Queyapi, para defenderse de las inclemencias, y desde el cuello hasta

abajo cuelgan una cinta emplumada sobre dicha capa.

Las mujeres se cubren algún tanto, lo que basta para no estar del todo

desnudas.

No tienen gobierno ni guardan vida política.

Sólo en cada tierra hay un cacique á quien ordinariamente tienen algún

respeto y reverencia.

Viven pocos juntos, porque como carecen de gobierno, y no tienen

cabezas, por cualquiera ligero disgusto se separan.

Sus casas no son más que un Rancho de paja dentro de los bosques, unos

en una parte y otros en otra, sin orden ni distinción; y ni aun eso

tienen los Payaguás, los cuales nunca están fijos en un lugar, y cada

noche hacen alto en diverso paraje; por lo cual no usan de otra casa que

una pequeña estera, para repararse del viento, y en lo demás duermen al

descubierto.

La mayor parte del tiempo gastan en buscar miel por las selvas, para

hacer su vino con que se embriagan muy frecuentemente. Y luego que se

les calienta la cabeza, y pierden aquel poco juicio que antes tenían, á

lo mejor de la embriaguez paran todas sus fiestas en peleas, heridas y

muertes; porque los rencores y los odios sepultados largo tiempo en sus

pechos alevosos, por cobardía y temor, salen á fuera en tales ocasiones

y se procuran vengar con furor increíble; y lo que causa más admiración

es que los parientes de los muertos no se sienten nada de la injuria

recibida, cuando vuelven en sí, por más estrecho que sea el parentesco.

En reducir estas naciones á vida racional y á la ley de Cristo emplearon

desde los primeros años del siglo pasado todo el fervor de su espíritu,

los Padres Juan Darío, italiano, y Gaspar Osorio Valderrábano, español,

por orden del P. Nicolás Mastrilli Durán, Provincial de esta provincia,

y tío del santo mártir Marcelo Mastrilli, pero no correspondiendo á la

labor la dureza de estos pueblos, con fruto digno de sus fatigas y

sudores emplearon en otra parte su celo.

La obstinación de estas naciones fué en gran parte originada de los

españoles, cosa que no se puede traer á la memoria sin dolor y lágrimas,

y por eso más quiero callarlo que escribirlo; y quien tuviere ánimo para

leerlo, lo podrá ver en otros historiadores.

Sólo diré que apenas se introdujo allí el conocimiento de la ley

cristiana, cuando en breve tiempo se hizo maravilloso fruto; y en tanto

que hubo allí hombres de virtud, fué en aumento la piedad y religión;

pero después que la codicia de los españoles oprimió con exceso á los

pobres inocentes indios, se dieron á la desesperación para librarse de

aquel cautiverio en que los tenían los españoles que los gobernaban, á

que se oponían los Jesuitas con todo esfuerzo, por ser contra lo que

repetidas veces tienen ordenado nuestros católicos monarcas.

Llevados, digo, los indios de la desesperación, procuraron buscar un

cruel remedio para redimir la opresión, y fué disponer secretamente una

conjuración y matar á los gobernadores como lo hicieron; y ha quedado en

ellos tal horror á todos los españoles, debajo del cual nombre

entienden á todos los demás europeos, que el común vocablo con que los

llaman es _enemigos_.

No obstante, el santo mártir P. Pedro Romero, español, y el infatigable

Misionero P. Joseph Orighi, hermano del eminentísimo señor Agustín

Orighi, y tío del eminentísimo Orighi, que vive al presente, quisieron

volver á promulgar el Evangelio entre los Guaycurús, y sin tener cuenta

de sus propias vidas, intentaron, con increíbles trabajos y fatigas,

domesticar su innata fiereza; pero sin hacer más fruto que bautizar

algunos párvulos, se vieron obligados á retirarse.

El año de 637 entraron por el Tucumán á convertir algunas naciones el P.

Gaspar Osorio, de quien poco ha hice mención, y el P. Antonio Ripario,

italiano, los cuales, el mayor fruto que sacaron de su empresa, fué

perder la vida por Cristo con glorioso martirio, de que tuvo antes bien

clara noticia el P. Osorio como lo declara en carta escrita á Roma á su

antiguo confesor nuestro cardenal Juan de Lugo.

Ambos, después de su muerte, se aparecieron vestidos de los ornamentos

sagrados y cercados de mucha luz á sus bárbaros matadores

reprendiéndolos su maldad y exhortándoles á que trajesen á su tierra

nuevos Jesuitas que los instruyesen en la fe de Cristo.

Lo que ellos, obstinados en sus vicios y errores no ejecutaron,

emprendieron los PP. Ignacio de Medina y Andrés de Luján el año de 1653

entrando á reducir á la fe aquellas naciones; pero aunque aplicaron su

fervor más intenso, no lograron sino las almas de algunos niños y

adultos moribundos, y armándose contra ellos secreta conjuración de los

bárbaros, hubieron de retirarse.

El año de 1673 entraron con el gobernador D. Ángelo de Peredo los PP.

Diego Francisco de Altamirano y Bartolomé Díaz, y pudieron fundar una

reducción de Mocovíes, con nombre de San Francisco Xavier, cuatro leguas

de la ciudad de Esteco, en que llegó á haber mil y ochocientas almas;

pero por juzgar el gobernador y sus consejeros convenir se encomendasen

á los españoles dichos indios repartidos en Encomiendas se deshizo aquel

pueblo; bien que en aquella entrada lograron los Padres bautizar más de

mil almas entre adultos y párvulos.

Prosiguióse esta empresa el año 1683 en el gobierno de D. Fernando de

Mendoza Mate de Luna, para la cual fueron señalados los Padres Juan

Antonio Solinas, natural de Olinis, en Cerdeña, y Diego Ruiz,

valenciano; habían ya agregado algunos indios Ojotades y Taños á una

nueva Reducción, con nombre de San Rafael; pero envidioso el común

enemigo, y temiendo de aquellos principios nuevos progresos, incitó por

medio de sus hechiceros á ciento cincuenta Tobas y á cinco tropas de

Mocovíes que quitasen la vida á los Misioneros: vinieron al lugar donde

estaban, y hallando sólo al Padre Solinas, por haber ido á Salta por

bastimentos el P. Ruiz, le dieron la muerte, y también á otro venerable

sacerdote llamado don Pedro Ortiz de Zárate, á 27 de Octubre de aquel

mismo año.

Con esta novedad se retiraron los Ojotades y Taños, catecúmenos, y ni

con la muerte de estos dos mártires, ni de los PP. Osorio y Ripario

quedaron esperanzas de que su sangre fuese semilla de cristianos en

aquella provincia, por la proterva obstinación de las más de sus

naciones, que con las repetidas hostilidades que hicieron á la provincia

del Tucumán, por su innato odio á la nación española, cerraron las

puertas á la esperanza de su conversión, hasta que siendo gobernador de

la provincia de Tucumán el piadoso caballero don Esteban de Urizar y

Arizpacochaga, brigadier de los reales ejércitos de S. M., reprimido

primero el orgullo de los Tobas y Mocovíes, quiso se sentase de nuevo la

empresa y se predicase la ley divina á la nación de los Lules; por lo

cual el P. Antonio Garriga, que á la sazón era Visitador de esta

provincia, señaló para esta conversión el año de 1710 al P. Antonio

Machoni, natural de la villa de Iglesias, en Cerdeña, el cual, habiendo

pasado de aquella provincia á ésta el año de 1698 y leído Filosofía en

esta Real Universidad de Córdoba, alcanzó emplearse en la conversión de

estos bárbaros.

Dió éste principio á la nueva cristiandad fundando una Reducción, á

quien puso debajo del patrocinio de San Esteban, compuesta de gente de

cuatro naciones, Lules, Toquistinés, Ixistinés y Oristinés, cuyos

ascendientes fueron antiguamente cristianos.

Son éstos de color de aceituna, de estatura ordinariamente grande, de

genio despierto y alegre, ni se entristecen fácilmente, sino es acaso en

sus desgracias domésticas; son prontos de entendimiento y aprenden

maravillosamente los oficios mecánicos: pero torpes y duros en creer lo

que no alcanzan los sentidos materiales.

Conservan por largo tiempo en su pecho la memoria de las injurias

recibidas, y aunque sientan partírseles el corazón de dolor y rabia, lo

esconden y encubren disimuladamente con un semblante enteramente alegre,

esperando coger al enemigo desprevenido para hacer con más seguridad el

tiro.

En lo que toca á religión, son finísimos ateistas, no dando culto ni

veneración á deidad alguna, si no es que digamos que su Dios es su

vientre, porque no entienden de otra cosa, procurando gozar en esta vida

todo el buen tiempo que pueden, viviendo como animales.

Parece, empero, esto menos tolerable, á causa de no reconocer ni aun las

leyes naturales, que cualquier hombre, por bárbaro y salvaje que sea,

con sólo ser hombre, venera y aprecia.

Los hijos, por la mayor parte, no tienen ningún respeto á sus padres;

antes tienen sobre ellos dominio, haciéndose obedecer de ellos con

grande descaro; y si les da gusto, osan poner en los padres las manos.

En sus enfermedades no se mueven á compasión, antes los abandonan con

increíble ingratitud y los dejan en manos de la hambre y enfermedad;

cosa que ni aun con las bestias usan; y fuera muchas veces entre ellos

mejor ser perro que hombre, porque de ellos se compadecen y quitan la

comida de la boca para sustentar una tropa de galgos.

Encontróse acaso el P. Machoni en una ocasión con algunos de estos

bárbaros que llevaban á enterrar á la madre de uno de ellos difunta, que

poco antes se había convertido á nuestra santa fe, y con ella querían

enterrar á un hijito suyo de pocos meses, porque ninguna india, aun sus

parientas, quería tomar el trabajo de criarle: quitósele luego de las

manos el Padre y por más que con la paga por delante se lo pidió y

suplicó, ninguna se movió á compasión; por lo cual se vió obligado

mientras vivió el niño á mantenerle con leche de cabra ú oveja, no sin

increíble dolor, viendo entre tanto á muchas madres tener pendientes de

sus pechos gran número de perritos para que no se muriesen de hambre.

Sus casamientos los celebran de mucha edad (si es que entre ellos

merecen el nombre de casamientos, pues cansada la mujer del marido, y

éste de ella, tienen franqueza y libertad de tomar otra ú otro á su

antojo) no casándose sino cuando ya están cansados de torpezas, no

experimentando ellos en sí ni el temor ni la vergüenza que la naturaleza

mezcló sabiamente en los placeres vedados para contener en la raya de lo

debido el genio de la concupiscencia desenfrenada.

No es fácil de explicar cuanto trabajase el buen P. Misionero con otro

compañero Jesuita, en instruir en los principios de la ley divina á

gente que parecía no tener ni aun el primer instinto de la naturaleza,

ni de qué medios de caridad y de celo se valieron para hacerlos, de

bestias, racionales, y de racionales, cristianos.

Eran los primeros con el azadón en la mano á romper la tierra, á manejar

los arados y á hacer todo lo demás que es necesario en la labor de los

campos para adiestrarlos á hacer lo mismo.

Relacion historial de las misiones de indios chiquitos que en el Paraguay tienen los padres de la Compañía de Jesús · 第 23 / 27 段