Igual fué también la alegría del P. Miguel que veía ya logrados los

sudores del P. Zea, que con tantos trabajos había empezado á plantar

aquella viña, y para su fecundidad le llovía del cielo copiosas

bendiciones.

Trató luego con aquel cacique y con todos los demás principales, del fin

de su ida á aquellos pueblos, que era el fundar Reducción en sus tierras

y quedarse con ellos; á cuyo fin les pidió le diesen paso franco y guías

para todos los demás pueblos, para escoger en ellos el que fuese más

acomodado para la fundación, y en particular hacia los que estaban al

Poniente cercanos á las salinas, donde habían informado al Padre había

parajes muy buenos para pueblos, aguadas, montañas y palmeras para

estancias de ganados, interesándose en esto también el irse acercando á

los demás pueblos de los Chiquitos, con camino más derecho y más breve.

«Oyéndome el cacique (son palabras del Padre Miguel, en la carta para el

P. Juan Patricio Fernández). Oyéndome el cacique éstas y otras

conveniencias, dió un grito y suspiró, diciendo:

»--Me tuviera por ingrato y vil, después de tantas finezas y estimación

que habéis hecho de mí, si en alguna cosa os mintiera y engañara, y

negando lo que me pedís os desazonara; y aunque no me queráis creer, os

desengaño, Padre, de que en todas nuestras tierras no hallaréis parajes,

ni las comodidades que decís para fundar, pues lo mismo que véis y

reconocéis en este mi pueblo, sucede en todos los demás; y aunque en

tiempo de lluvias, por causa de las avenidas, corren algunas cañadas con

abundancia de agua, mas pasados algunos meses no quedan más que las

madres secas, y sin agua, por lo cual luego nos desparramamos con

nuestras chusmas á buscar qué comer y qué beber.

»No obstante esta respuesta, le volví á instar con otras razones más

eficaces que Nuestro Señor me inspiró, que me dejase pasar siquiera á

visitar al cacique de los pueblos del Poniente, dándome guías y quien me

abriese alguna senda para poder pasar á la ligera.

»Respondióme á esta petición el cacique:

»--Te aseguro, Padre, por el amor que te tengo, que si vas, tú y todos

tus compañeros, pereceréis de sed.»

Hasta aquí el P. Miguel, que oyendo esto se retiró aparte para

encomendar á Nuestro Señor aquel negocio.

Entonces el cacique juntó á todo el pueblo en la plaza y le reprendió

con palabras muy sentidas el que hubiese alguno de ellos mentido y

engañado al P. Misionero con decirle que había en sus tierras los

parajes y comodidades ya dichas para fundación; y les añadió que quedaba

muy avergonzado de que hubiesen dado ocasión para que el Padre juzgase

que él le engañaba, negándole lo que ellos mismos tanto deseaban; y por

fin mandó á todos que obedeciesen en todo á la voluntad del P. Miguel.

Estaba éste retirado en su Rancho, rogando á Nuestro Señor que no se

frustrase esta fundación y Reducción de todo el gentío cercano y

encomendando á Su Majestad la resolución que tomaría en este caso.

Luego supo por medio del intérprete, que había estado oyendo de secreto

al cacique, todo el razonamiento que éste había hecho á los suyos en la

plaza.

«Con lo cual (prosigue el Padre en su relación) me determiné á

proponerles si gustarían de fundar y juntarse para este efecto fuera de

sus montañas y al remate de las campañas de las Japeras de los

Cucarates, por ser tierras muy cabales para una fundación, aunque sólo

de paso vistas y registradas con ánimo (si viniesen en ello) de

registrarlo mejor á la vuelta, trayendo alguno de ellos conmigo para ver

los parajes.

»Llamé de allí á un rato al cacique y le propuse todo esto; á que sin

dejarme pasar adelante, con grande algazara respondió que era grande

elección, y que ya había estado y visto todas aquellas campañas, y que

le parecieron muy buenas y á propósito para el fin, y que me siguiera

luego con toda su gente y todos los demás pueblos vecinos, á no tener

todos sus zapallares ya en flor y muchos que ya comenzaban á dar, y que

no sembrarían otra cosa, sino que en acabando los juntaría y convocaría

toda aquella gente, y se vendría luego al sitio que yo dejase señalado

para el pueblo, y enviaría conmigo alguno de los principales para que

registrasen y viesen el puesto para dicho pueblo; y en volviendo á

darles cuenta de lo visto, tomaría luego el camino para aquel paraje.

»Con esto resolví volverme después de dos días, porque no había agua que

beber; y en estos dos días que estuve allí, fué forzoso beber de unos

charquitos que se habían juntado en una cañada, una legua del pueblo, de

un aguacero que cayó, que más era barro que agua; y de una poca que

ellos tenían recogida, llovediza, en unos calabazos, nos dieron uno, por

gran fineza, y vendido por un poco de maíz.

»Poco después que se sosegaron los del pueblo, cerrada ya la noche, vino

el cacique, acompañado con algunos viejos, á pedirme audiencia junto á

mi toldo; y dándoles asiento por señal de alegría y albricias, me dijo

el cacique:

»--Padre, no te aflijas, que después del año en que se haya poblado el

sitio que nos señalares, iré con la gente de este mi pueblo hacia el

Sur, en tres días de camino de montaña, á traer y convidar á otra

provincia de Zamucos (con quienes antiguamente estábamos amigos y

quebramos con ellos) que son diez pueblos de tanto número como nosotros;

y de ahí á un día de camino, en que remata la montaña y comienzan las

campañas, está innumerable gentío que llega hasta á los pueblos que

llamamos nosotros de los españoles. Estos guerrean siempre con esta otra

provincia de Zamucos, que se llaman Ugaroñós (de los cuales hay uno en

este pueblo de San Juan, que antiguamente vino con sus padres á esta

otra provincia, y de ahí á los Morotocos; y cuando andaba con los

Padres, llegó á ver todo ese gentío, que es el Chaco, y á un lado

algunos pueblos de Guarayos.) Agradecíle sumamente las noticias al

cacique, quien volvió á añadir estaban contentísimos con el paraje que

les había insinuado, muy á propósito para poder desde ahí con más

facilidad y brevedad penetrar hasta las naciones dichas, pues desde más

lejos había venido yo á sus tierras y pueblos; y dándome otras noticias

de otros gentíos por diversos rumbos, se despidió para irse á

descansar.»

Así el P. Miguel; el cual, queriendo al otro día despedirse de ellos, se

levantó una gritería y llanto de toda la gente, á quien el deseo del

santo bautismo no daba aliento para ver partir al Padre Misionero; mas

dándoles palabra de que cuanto antes los volvería á ver, se quietaron; y

levantadas al cielo las manos, pedían á Dios les diese feliz viaje y que

volviese presto.

Partióse, finalmente, echando mil bendiciones á aquel pueblo, tan

deseoso de recibir la santa fe, trayéndose en su compañía aquellos

Zamucos enviados de su cacique; y reconocido el país de los Cucarates,

pasó á San Juan Bautista, donde los neófitos recibieron y acogieron á

los dos cathecúmenos con extraordinario afecto, tratándolos con aquellas

cortesías que el celo del bien de sus almas y el amor á Dios dictan á

los que son nuevos en la santa fe.

Llegó, pues, de vuelta de los Zamucos al pueblo de San Juan á 26 de

Octubre de aquel mismo año de 1718 y luego participó las noticias de

todo lo referido en este capítulo al Padre Visitador de aquellas

Misiones, Juan Patricio Fernández, quien atribuyendo á singular

misericordia de Dios y á los méritos y sudores del apostólico P. Zea que

aquellos bárbaros estuviesen tan deseosos del santo bautismo y tan

contentos y prontos á dejar sus tierras hizo luego despachar los dos

Zamucos que trajo el P. Miguel de Yegros, con aviso al cacique de que se

fuese con todos sus vasallos á las tierras de los Cucarates, porque en

breve se partiría allá el P. Miguel con el hermano Alberto Romero.

¡Quién creyera que una obra, encaminada con tantos trabajos y sudores y

con tanta felicidad, de donde resultaría á Dios grande gloria y á la

iglesia mucho número de fieles, se destruyese en un momento, y de tal

manera, que hasta ahora no se les ha podido reducir, bien que siempre se

intenta!

La causa de esta novedad la atribuyen todos á la natural inconstancia é

inestabilidad de los indios; mas si yo á este común sentir pudiese

añadir el mío particular, diría que ha tenido más alta causa este

infeliz suceso; porque siendo la conversión de las almas obra

principalmente de Dios, deja Su Majestad muchas veces que las industrias

humanas, y la virtud de los medios que ponemos, no surtan efecto, para

que desconfiados nosotros de ellos, atribuyamos á sola la virtud de su

gracia aquellos sucesos que efectuándose prósperamente, sería fácil cosa

nos los atribuyésemos á nosotros mismos.

Mas sea lo que fuere de esto, salieron por Agosto de 1719 el P. Miguel

de Yegros y el hermano Alberto, llevando todo recado para celebrar la

Misa y lo demás necesario para fundar la iglesia de la nueva Reducción

de San Ignacio Nuestro padre, llegando á la campaña que los Zamucos

habían escogido para fundarla, no hallaron persona alguna; y enviando

algunos por todas partes para tomar noticia de esta gente, hallaron su

pueblo quemado, y supieron que se había retirado algunas jornadas lejos

de allí, junto á una laguna abundante de pesca, cerrando los pasos por

donde se les podía seguir.

Resolvió ir en persona el hermano Alberto en su seguimiento á buscarlos,

como lo hizo, y habiéndolos encontrado, los reconvino con la palabra que

habían dado á Dios y á los Padres de querer ser cristianos y vivir

juntos en un pueblo, en el lugar que ellos mismos habían escogido y

señalado.

Hiciéronle al principio buen semblante los bárbaros y con muestras de

alegría fingieron querer estar á lo prometido; y en señal de eso, se

encaminaron con él hacia el sitio señalado, encubriendo entre tanto en

el corazón su premeditada alevosía, y por muchos días fueron

entreteniendo con buenas palabras al hermano que procuraba, con todas

las finezas de su gran caridad, ganarles las voluntades con beneficios.

Al fin se quitaron la máscara el día 1.º de Octubre, y muertos á

traición doce cristianos, un infame cacique asió de la garganta al santo

hermano y con el filo de una pesada macana le partió la cabeza,

despojóle después bárbaramente, y de miedo de que no viniesen sobre

ellos á vengar aquella muerte los Chiquitos, se huyeron todos juntos,

sin saberse dónde.

El P. Miguel, avisado de este suceso por dos cristianos que por gran

ventura se pudieron escapar del estrago, se volvió con increíble dolor

de su corazón por no poder hacer más; y divulgada por todos los pueblos

la nueva de la muerte del santo hermano, le lloraron inconsolablemente

los indios, los cuales, en recompensa de las buenas obras que de él

habían recibido, le celebraron solemnes exequias en todos sus pueblos,

cuanto cupo, y fué posible en su pobreza; y yo, para acabar este

capítulo, daré aquí una breve noticia de su vida y virtudes, por serle

muy debida esta memoria.

Fué el hermano Alberto Romero de nación español y natural de Segovia,

hijo de padres honrados y de profesión mercader, bien acomodado; mas

deseoso de ver tierras y hacer mayor fortuna, pasó con otros mercaderes

Perú, esperando hallar aquí fortuna igual á sus deseos.

No le salieron fallidas sus esperanzas, porque adquirió buen caudal y

fué de todos muy estimado; y así la Real Audiencia como el arzobispo de

Chuquisaca, le cometieron negocios de mucha monta para bien público; mas

como sea tan ordinario en las cosas humanas el hacerse y deshacerse en

un punto, mudando semblante á cada paso la fortuna, sin durar mucho en

un estado, ya sea próspera, ya adversa, siendo sólo semejante á sí

misma, en ser siempre inconstante, habiendo estado siempre para nuestro

Alberto risueña y propicia, experimentó en sí estas mudanzas; porque de

repente, no sé por qué causa, si ya no fuese para que levantase sus

deseos á las cosas del cielo, cayó desplomada á tierra la gran máquina

de su prosperidad.

En poco tiempo perdió todo lo que en muchos años, y á costa de grandes

fatigas había adquirido, con que quedó reducido á mucha pobreza, mas no

sin ganancia, porque con este golpe volvió en sí, y viéndose ya anciano,

sin tener en la tierra riquezas ni méritos para el cielo, se dolió mucho

de lo mal que había empleado su corazón en ganar y adquirir bienes

caducos, sin quedarle de tanto tiempo perdido más que un perpetuo

remordimiento del mal logro de sus años.

Por tanto, resolvió darse todo á Dios, al cuidado de su alma y á las

cosas de la eternidad, gastando, como más próvido mercader, el resto de

su vida en el tráfico de bienes no sujetos á mudanzas y reveses de la

fortuna, en lo cual tuvo mejor logro que cuando en el mundo navegaba su

prosperidad viento en popa.

Y Dios, que muchas veces se agrada más de los que vienen á trabajar en

su viña á la última hora, que los que desde la primera hora del día

echan mano á la labor, se agradó sobremanera de su determinación, y le

dió luego de contado una plenitud de consuelo en su servicio, por prenda

de galardón que sobre todos sus méritos le tenía preparado aquí en la

tierra, y después eternamente en el cielo.

Por aquel tiempo, algunos piadosos españoles, recogiendo de los vecinos

de Tarija algunas limosnas, enviaban todos los años un copioso socorro á

la cristiandad de los Chiquitos y á los Misioneros lo necesario para

celebrar el santo sacrificio de la misa, y hacer con toda la devoción

posible las funciones sagradas.

Con esta provisión le enviaron una vez nuestros Padres del colegio de

Tarija, con quienes él trataba familiarmente, y luego le pagó Dios

aquella caridad muy largamente.

Porque considerando el fervor y santa vida de los nuevos cristianos y

las apostólicas fatigas de los obreros evangélicos, que con vivir en

semejantes trabajos, á los que de sí escribe el Apóstol San Pablo,

estaban siempre alegres y con una boca de risa, se mudó en otro hombre y

se le inflamó el corazón en vivísimos deseos de unirse más estrechamente

con Dios, y gastar su vida en servicio de aquella nueva cristiandad, y

de hecho dió luego muestras de cuán de veras lo decía.

Púsose luego á enseñar á los indios todos los oficios mecánicos, á

desmontar los bosques, á labrar la tierra y á manejar los arados para

cultivarla; con los enfermos, viejos y estropeados, tenía entrañas y

ternura de madre; no había cosa que por ellos no hiciese; con los

bárbaros que se convertían de nuevo, se deshacía en afectos de caridad,

no sabía apartarse de su lado, parecía que se los quería meter dentro

del corazón; y por bárbaros que fuesen, no dejaba de hacer con ellos

semejantes demostraciones, no mirando en ellos lo que parecían en el

exterior, sino el valor de sus almas, compradas por el Redentor con el

precio de toda su sangre.

Ni por trabajar tanto por las almas de sus prójimos se descuidaba de la

suya propia; recogíase muchas veces á tener oración, en el cual tiempo

las copiosas lágrimas que derramaba, eran indicios de los consuelos con

que Dios confortaba su espíritu.

Y á la verdad era bien necesario este consorte celestial para darle

ánimo y aliento en la dura y continuada batalla con el enemigo infernal,

que dolorido fuertemente de que un viejo idiota y sin letras corriese

por el camino de la más alta perfección y se burlase de él quitándole

tantas almas de sus manos, no le dejaba de perseguir de día ni de noche,

ya apareciéndole en forma de feísimos animales, ya espantándosele con

otras visiones abominables.

Duró esta terrible persecución más de tres años; mas nuestro Alberto,

asistido siempre de Dios y del ángel de su guarda, que si no estaba á su

lado en forma visible, á lo menos lo estaba con la invisible operación

en su corazón, jamás se dió por vencido, ni omitió las acostumbradas

obras de caridad, ni dió un paso atrás en el modo de vivir que había

emprendido.

Y por ventura, en premio de esta generosa constancia, se le encendió el

corazón en vivos deseos de entrar en la Compañía, que amaba

tiernísimamente; mas atendida su mucha edad, era necesaria la licencia

de nuestro Padre General, la que no se podía tan presto alcanzar; por lo

cual, para consolar en parte sus plegarias y sus lágrimas, el P. Vice

Provincial Luis de la Roca, cuando visitó aquellas Misiones, le admitió

por Donado hasta que viniese de Roma la licencia de recibirle por

hermano Coadjutor de la Compañía; pero el cielo le firmó más presto esta

licencia, y la Compañía triunfante le contó en el número de aquellos

campeones que bordaron la librea de Cristo con su propia sangre, antes

que acá en la tierra le contase la militante en el número de aquéllos,

que con los ministerios humildes de su estado la ayudan á la conversión

de las almas.

CAPÍTULO XX

_Progresos y aumentos de otras_

REDUCCIONES _en los años de 1717 y 1718_.

Aunque lo que he escrito en estos dos capítulos últimos, ha sucedido en

muchos años y en este tiempo se han convertido á la fe y ganado para el

cielo muchos centenares de infieles, todavía, por no confundir los

sucesos y Misiones de las Reducciones, los quise separar con ánimo de

referir ahora y dar noticia del fervor y mérito de los neófitos de las

otras tierras, dignándose Dios Nuestro Señor de premiar sus sudores con

abundante cosecha de infieles para animarlos á trabajar con mayor

aliento y fervor en servicio de la iglesia.

Los cristianos, pues, de la Reducción de San Francisco Xavier, hicieron

Misión por dos partes diversas.

Algunos Zamalos salieron en busca de unos infieles, que habían hallado

los años pasados y los habían dejado de recoger por falta Guarayos,

donde fueron bien recibidos; y aunque no se entendían, les hablaron por

señas y movieron á algunos á seguirlos y á recibir el santo bautismo.

Otros, de nación Piñocas, quisieron ir á los Puyzocas, que mataron al P.

Lucas Caballero mas apenas lo pudieron conseguir, porque en el camino

entraron en una Ranchería de los Cozocas, tan de improviso, que sentidos

de los paisanos, que estaban trabajando en sus sementeras, y creyendo

ser gente enemiga, se dieron á huir á toda furia por librar la vida; los

nuestros alcanzaron á algunos, y entrando en la Ranchería la hallaron

desierta, sin persona viviente.

Vieron en los Ranchos muchos escudos, tejidos de plumas de bellísimos

colores con mucho arte é industria; con éstos estaban adornadas las

cámaras donde estaban amontonados muchos huesos de difuntos y pedazos de

carne fresca, indicios de que eran comedores de carne humana.

Andan todos bien vestidos y tienen las mismas costumbres que los Baures

y Cosiricas, bien que usan de diferente lengua. Entre grandes y pequeños

recogieron 36.

Los cristianos del pueblo de la Concepción fueron á predicar la ley de

Cristo á los Cosiricas, mas no sacaron más logro que los trabajos.

Dos años antes habían ido á su Ranchería y habían traído cuatro para que

viesen las Reducciones, en donde fueron recibidos con grande amor y

cortesía.

Estos dos fueron con los neófitos para llevarlos á sus paisanos, de

quienes no fueron admitidos con mucho afecto, porque el demonio les puso

en sospecha de que eran Mamalucos ú otros enemigos que habían venido á

hacerlos esclavos. No obstante, los sentaron á la mesa y les presentaron

algunos regalos del país; mas concurriendo allí indios de otras tierras,

los cercaron en forma de media luna, disparándoles una tempestad de

flechas para hacerlos huir; los neófitos, sin hacer más que reparar los

golpes, se retiraron con buen orden, y en medio de que muchos hacían

instancia á los capitanes para responderles con las armas, venció la

parte de los mejores, que, á imitación del Redentor, no quisieron

volverles mal por mal; tres quedaron muertos; los otros, maltratados, se

volvieron á la Reducción.

De San Rafael salieron por dos partes en busca de almas; una tropa de

Taus ganó á la fe cuatrocientos y ochenta infieles, de nación Bacusones.

La otra, de Tabicas, fué á las riberas del río Paraguay en busca de

Curucanes.

Apenas llegaron á orillas del río, cuando un Chiquito con algunos otros,

se adelantó, y descubriendo una canoa que venía hacia ellos, se

escondieron detrás de algunos matorrales, creyendo ser los infieles que

buscaban; mas observando que era un negro con dos indios, que andaban

pescando, gritaron los compañeros del Chiquito: _¡Mamalucos!

¡Mamalucos!_ y se pusieron en fuga precipitada.

Apenas el negro vió sólo al Chiquito, cuando le apuntó con el arcabuz;

mas se detuvo en dispararle, porque el indio le gritó en voz alta: No me

mates, que soy cristiano como tú y no te hago daño; y para que lo

conociese más claramente, le mostró una imagen de Nuestra Señora con el

Niño en los brazos, la cual, el negro, dejando el arcabuz, adoró de

rodillas.

Juntáronse luego allí nuestros neófitos en número de ciento y cincuenta,

extendidos en buen orden sobre la ribera.

En este ínterin vino el Capitán de los Mamalucos, y llamando á un

Chiquito que entendía la lengua Guaraní, le preguntó quiénes eran y á

qué fin andaban por aquellas costas.

Respondió que eran hijos de nuestros Misioneros (esta es la frase que

usan ellos con los que les han reducido á la fe) y cristianos del pueblo

de San Rafael, que andaban en busca de infieles para conducirlos al

gremio de la santa madre iglesia.

--Para el mismo fin los buscamos nosotros,--respondió el capitán

Mamaluco; y añadió en ademán de enojado:

--¿Y por qué venís aquí si nosotros hemos llevado ya todos los infieles?

Preguntóle después qué Padre le instruía y enseñaba la fe y quién venía

con ellos.

Dijo que el P. Felipe Suárez, era cura de su pueblo, mas que ellos iban

solos.

--Y, pues,--replicó el Mamaluco--¿qué capitanes y conductores os

gobiernan?

Aquellos, con astucia más que de indios, les respondieron que sus

capitanes eran sesenta. Entonces, vuelto á los suyos, les dijo el

Mamaluco:

--Mucha gente tienen éstos alistada; y sin hablar más, haciendo tocar á

retirada, se embarcó con todos los suyos en las canoas, huyendo á todo

vogar, por no venir á las manos con tanta gente; y quiera el cielo que

así como los cristianos Guaranís, de mucho tiempo á esta parte son el

terror de estos crueles enemigos, así lo sean también los Chiquitos

reducidos á la fe y al gobierno civil. Los neófitos, alegres con el buen

logro de su astucia, anduvieron mucho trecho por aquella ribera, hasta

que finalmente dieron con la Ranchería de los Curucanes, donde siendo

bien recibidos, se pusieron todos en la plaza, de rodillas, á rezar el

Rosario de Nuestra Señora para que Su Majestad diese á aquellos gentiles

juicio (frase con que se explican cuando hacen oración por sí ó por

otros á Nuestro Señor y á la Santísima Virgen) para que todos abrazasen

la santa ley de Dios.

Mientras que los cristianos rezaban el Rosario, estaban los Curucanes

llenos de estupor, refugiados en sus Ranchos, sospechando que aquella

era alguna trama inventada en daño de ellos.

Acabaron los cristianos su santo ejercicio, y viéndose solos, fueron

siguiendo los pasos de los fugitivos y cogieron diez, los cuales

vinieron de buena gana á hacerse cristianos. Y éstos, habiendo vuelto el

año siguiente á aquella tierra, redujeron á la santa fe doscientos y

once, los cuales dieron noticia de otros muchos pueblos que eran

confinantes con ellos, como son Merojones, Guijones, Bacusones,

Betaminis, Aripayres, Zipes, Tades, Guarayos, Subarecas, Paricis y otros

muchos.

También se debe reputar entre los aumentos de esta Reducción un funesto

suceso, que para ejemplo de otros sucedió en ella.

Habíase bautizado en San Rafael una doncella de 18 años y se llamaba

Isabela, la cual, poco después, se había casado; mas el común enemigo,

pesaroso de que se le escapase de sus manos la que antes había sido toda

suya, resolvió tentarla cuanto pudo, trayéndola á la memoria su antigua

brutal vida.

Ella, pues, ya por estar en la flor de su edad y en lo mejor de la

juventud, ya por las sugestiones del demonio, se rindió, finalmente, á

sus apetitos, viviendo peor que antes: porque es ordinario que sea más

malo quien abandona la fe que quien jamás la ha profesado. Perdida,

pues, la vergüenza y el temor de Dios, se amistó mal con algunos de sus

iguales; y para que no llegase á oídos del Padre Cura de aquella

Reducción, se llegaba á los Santos Sacramentos frecuentemente, con

muestras de tierna devoción y algunas lágrimas en los ojos.

Mas Dios Nuestro Señor que ama tanto á aquella nueva iglesia, no tardó

mucho en castigar su hipocresía y lascivia, de suerte que quien supiese

el castigo escarmentase, y juntamente tuviese tiempo la miserable é

infeliz de pedir á Dios misericordia.

Relacion historial de las misiones de indios chiquitos que en el Paraguay tienen los padres de la Compañía de Jesús · 第 22 / 27 段