sudores del P. Zea, que con tantos trabajos había empezado á plantar
aquella viña, y para su fecundidad le llovía del cielo copiosas
bendiciones.
Trató luego con aquel cacique y con todos los demás principales, del fin
de su ida á aquellos pueblos, que era el fundar Reducción en sus tierras
y quedarse con ellos; á cuyo fin les pidió le diesen paso franco y guías
para todos los demás pueblos, para escoger en ellos el que fuese más
acomodado para la fundación, y en particular hacia los que estaban al
Poniente cercanos á las salinas, donde habían informado al Padre había
parajes muy buenos para pueblos, aguadas, montañas y palmeras para
estancias de ganados, interesándose en esto también el irse acercando á
los demás pueblos de los Chiquitos, con camino más derecho y más breve.
«Oyéndome el cacique (son palabras del Padre Miguel, en la carta para el
P. Juan Patricio Fernández). Oyéndome el cacique éstas y otras
conveniencias, dió un grito y suspiró, diciendo:
»--Me tuviera por ingrato y vil, después de tantas finezas y estimación
que habéis hecho de mí, si en alguna cosa os mintiera y engañara, y
negando lo que me pedís os desazonara; y aunque no me queráis creer, os
desengaño, Padre, de que en todas nuestras tierras no hallaréis parajes,
ni las comodidades que decís para fundar, pues lo mismo que véis y
reconocéis en este mi pueblo, sucede en todos los demás; y aunque en
tiempo de lluvias, por causa de las avenidas, corren algunas cañadas con
abundancia de agua, mas pasados algunos meses no quedan más que las
madres secas, y sin agua, por lo cual luego nos desparramamos con
nuestras chusmas á buscar qué comer y qué beber.
»No obstante esta respuesta, le volví á instar con otras razones más
eficaces que Nuestro Señor me inspiró, que me dejase pasar siquiera á
visitar al cacique de los pueblos del Poniente, dándome guías y quien me
abriese alguna senda para poder pasar á la ligera.
»Respondióme á esta petición el cacique:
»--Te aseguro, Padre, por el amor que te tengo, que si vas, tú y todos
tus compañeros, pereceréis de sed.»
Hasta aquí el P. Miguel, que oyendo esto se retiró aparte para
encomendar á Nuestro Señor aquel negocio.
Entonces el cacique juntó á todo el pueblo en la plaza y le reprendió
con palabras muy sentidas el que hubiese alguno de ellos mentido y
engañado al P. Misionero con decirle que había en sus tierras los
parajes y comodidades ya dichas para fundación; y les añadió que quedaba
muy avergonzado de que hubiesen dado ocasión para que el Padre juzgase
que él le engañaba, negándole lo que ellos mismos tanto deseaban; y por
fin mandó á todos que obedeciesen en todo á la voluntad del P. Miguel.
Estaba éste retirado en su Rancho, rogando á Nuestro Señor que no se
frustrase esta fundación y Reducción de todo el gentío cercano y
encomendando á Su Majestad la resolución que tomaría en este caso.
Luego supo por medio del intérprete, que había estado oyendo de secreto
al cacique, todo el razonamiento que éste había hecho á los suyos en la
plaza.
«Con lo cual (prosigue el Padre en su relación) me determiné á
proponerles si gustarían de fundar y juntarse para este efecto fuera de
sus montañas y al remate de las campañas de las Japeras de los
Cucarates, por ser tierras muy cabales para una fundación, aunque sólo
de paso vistas y registradas con ánimo (si viniesen en ello) de
registrarlo mejor á la vuelta, trayendo alguno de ellos conmigo para ver
los parajes.
»Llamé de allí á un rato al cacique y le propuse todo esto; á que sin
dejarme pasar adelante, con grande algazara respondió que era grande
elección, y que ya había estado y visto todas aquellas campañas, y que
le parecieron muy buenas y á propósito para el fin, y que me siguiera
luego con toda su gente y todos los demás pueblos vecinos, á no tener
todos sus zapallares ya en flor y muchos que ya comenzaban á dar, y que
no sembrarían otra cosa, sino que en acabando los juntaría y convocaría
toda aquella gente, y se vendría luego al sitio que yo dejase señalado
para el pueblo, y enviaría conmigo alguno de los principales para que
registrasen y viesen el puesto para dicho pueblo; y en volviendo á
darles cuenta de lo visto, tomaría luego el camino para aquel paraje.
»Con esto resolví volverme después de dos días, porque no había agua que
beber; y en estos dos días que estuve allí, fué forzoso beber de unos
charquitos que se habían juntado en una cañada, una legua del pueblo, de
un aguacero que cayó, que más era barro que agua; y de una poca que
ellos tenían recogida, llovediza, en unos calabazos, nos dieron uno, por
gran fineza, y vendido por un poco de maíz.
»Poco después que se sosegaron los del pueblo, cerrada ya la noche, vino
el cacique, acompañado con algunos viejos, á pedirme audiencia junto á
mi toldo; y dándoles asiento por señal de alegría y albricias, me dijo
el cacique:
»--Padre, no te aflijas, que después del año en que se haya poblado el
sitio que nos señalares, iré con la gente de este mi pueblo hacia el
Sur, en tres días de camino de montaña, á traer y convidar á otra
provincia de Zamucos (con quienes antiguamente estábamos amigos y
quebramos con ellos) que son diez pueblos de tanto número como nosotros;
y de ahí á un día de camino, en que remata la montaña y comienzan las
campañas, está innumerable gentío que llega hasta á los pueblos que
llamamos nosotros de los españoles. Estos guerrean siempre con esta otra
provincia de Zamucos, que se llaman Ugaroñós (de los cuales hay uno en
este pueblo de San Juan, que antiguamente vino con sus padres á esta
otra provincia, y de ahí á los Morotocos; y cuando andaba con los
Padres, llegó á ver todo ese gentío, que es el Chaco, y á un lado
algunos pueblos de Guarayos.) Agradecíle sumamente las noticias al
cacique, quien volvió á añadir estaban contentísimos con el paraje que
les había insinuado, muy á propósito para poder desde ahí con más
facilidad y brevedad penetrar hasta las naciones dichas, pues desde más
lejos había venido yo á sus tierras y pueblos; y dándome otras noticias
de otros gentíos por diversos rumbos, se despidió para irse á
descansar.»
Así el P. Miguel; el cual, queriendo al otro día despedirse de ellos, se
levantó una gritería y llanto de toda la gente, á quien el deseo del
santo bautismo no daba aliento para ver partir al Padre Misionero; mas
dándoles palabra de que cuanto antes los volvería á ver, se quietaron; y
levantadas al cielo las manos, pedían á Dios les diese feliz viaje y que
volviese presto.
Partióse, finalmente, echando mil bendiciones á aquel pueblo, tan
deseoso de recibir la santa fe, trayéndose en su compañía aquellos
Zamucos enviados de su cacique; y reconocido el país de los Cucarates,
pasó á San Juan Bautista, donde los neófitos recibieron y acogieron á
los dos cathecúmenos con extraordinario afecto, tratándolos con aquellas
cortesías que el celo del bien de sus almas y el amor á Dios dictan á
los que son nuevos en la santa fe.
Llegó, pues, de vuelta de los Zamucos al pueblo de San Juan á 26 de
Octubre de aquel mismo año de 1718 y luego participó las noticias de
todo lo referido en este capítulo al Padre Visitador de aquellas
Misiones, Juan Patricio Fernández, quien atribuyendo á singular
misericordia de Dios y á los méritos y sudores del apostólico P. Zea que
aquellos bárbaros estuviesen tan deseosos del santo bautismo y tan
contentos y prontos á dejar sus tierras hizo luego despachar los dos
Zamucos que trajo el P. Miguel de Yegros, con aviso al cacique de que se
fuese con todos sus vasallos á las tierras de los Cucarates, porque en
breve se partiría allá el P. Miguel con el hermano Alberto Romero.
¡Quién creyera que una obra, encaminada con tantos trabajos y sudores y
con tanta felicidad, de donde resultaría á Dios grande gloria y á la
iglesia mucho número de fieles, se destruyese en un momento, y de tal
manera, que hasta ahora no se les ha podido reducir, bien que siempre se
intenta!
La causa de esta novedad la atribuyen todos á la natural inconstancia é
inestabilidad de los indios; mas si yo á este común sentir pudiese
añadir el mío particular, diría que ha tenido más alta causa este
infeliz suceso; porque siendo la conversión de las almas obra
principalmente de Dios, deja Su Majestad muchas veces que las industrias
humanas, y la virtud de los medios que ponemos, no surtan efecto, para
que desconfiados nosotros de ellos, atribuyamos á sola la virtud de su
gracia aquellos sucesos que efectuándose prósperamente, sería fácil cosa
nos los atribuyésemos á nosotros mismos.
Mas sea lo que fuere de esto, salieron por Agosto de 1719 el P. Miguel
de Yegros y el hermano Alberto, llevando todo recado para celebrar la
Misa y lo demás necesario para fundar la iglesia de la nueva Reducción
de San Ignacio Nuestro padre, llegando á la campaña que los Zamucos
habían escogido para fundarla, no hallaron persona alguna; y enviando
algunos por todas partes para tomar noticia de esta gente, hallaron su
pueblo quemado, y supieron que se había retirado algunas jornadas lejos
de allí, junto á una laguna abundante de pesca, cerrando los pasos por
donde se les podía seguir.
Resolvió ir en persona el hermano Alberto en su seguimiento á buscarlos,
como lo hizo, y habiéndolos encontrado, los reconvino con la palabra que
habían dado á Dios y á los Padres de querer ser cristianos y vivir
juntos en un pueblo, en el lugar que ellos mismos habían escogido y
señalado.
Hiciéronle al principio buen semblante los bárbaros y con muestras de
alegría fingieron querer estar á lo prometido; y en señal de eso, se
encaminaron con él hacia el sitio señalado, encubriendo entre tanto en
el corazón su premeditada alevosía, y por muchos días fueron
entreteniendo con buenas palabras al hermano que procuraba, con todas
las finezas de su gran caridad, ganarles las voluntades con beneficios.
Al fin se quitaron la máscara el día 1.º de Octubre, y muertos á
traición doce cristianos, un infame cacique asió de la garganta al santo
hermano y con el filo de una pesada macana le partió la cabeza,
despojóle después bárbaramente, y de miedo de que no viniesen sobre
ellos á vengar aquella muerte los Chiquitos, se huyeron todos juntos,
sin saberse dónde.
El P. Miguel, avisado de este suceso por dos cristianos que por gran
ventura se pudieron escapar del estrago, se volvió con increíble dolor
de su corazón por no poder hacer más; y divulgada por todos los pueblos
la nueva de la muerte del santo hermano, le lloraron inconsolablemente
los indios, los cuales, en recompensa de las buenas obras que de él
habían recibido, le celebraron solemnes exequias en todos sus pueblos,
cuanto cupo, y fué posible en su pobreza; y yo, para acabar este
capítulo, daré aquí una breve noticia de su vida y virtudes, por serle
muy debida esta memoria.
Fué el hermano Alberto Romero de nación español y natural de Segovia,
hijo de padres honrados y de profesión mercader, bien acomodado; mas
deseoso de ver tierras y hacer mayor fortuna, pasó con otros mercaderes
Perú, esperando hallar aquí fortuna igual á sus deseos.
No le salieron fallidas sus esperanzas, porque adquirió buen caudal y
fué de todos muy estimado; y así la Real Audiencia como el arzobispo de
Chuquisaca, le cometieron negocios de mucha monta para bien público; mas
como sea tan ordinario en las cosas humanas el hacerse y deshacerse en
un punto, mudando semblante á cada paso la fortuna, sin durar mucho en
un estado, ya sea próspera, ya adversa, siendo sólo semejante á sí
misma, en ser siempre inconstante, habiendo estado siempre para nuestro
Alberto risueña y propicia, experimentó en sí estas mudanzas; porque de
repente, no sé por qué causa, si ya no fuese para que levantase sus
deseos á las cosas del cielo, cayó desplomada á tierra la gran máquina
de su prosperidad.
En poco tiempo perdió todo lo que en muchos años, y á costa de grandes
fatigas había adquirido, con que quedó reducido á mucha pobreza, mas no
sin ganancia, porque con este golpe volvió en sí, y viéndose ya anciano,
sin tener en la tierra riquezas ni méritos para el cielo, se dolió mucho
de lo mal que había empleado su corazón en ganar y adquirir bienes
caducos, sin quedarle de tanto tiempo perdido más que un perpetuo
remordimiento del mal logro de sus años.
Por tanto, resolvió darse todo á Dios, al cuidado de su alma y á las
cosas de la eternidad, gastando, como más próvido mercader, el resto de
su vida en el tráfico de bienes no sujetos á mudanzas y reveses de la
fortuna, en lo cual tuvo mejor logro que cuando en el mundo navegaba su
prosperidad viento en popa.
Y Dios, que muchas veces se agrada más de los que vienen á trabajar en
su viña á la última hora, que los que desde la primera hora del día
echan mano á la labor, se agradó sobremanera de su determinación, y le
dió luego de contado una plenitud de consuelo en su servicio, por prenda
de galardón que sobre todos sus méritos le tenía preparado aquí en la
tierra, y después eternamente en el cielo.
Por aquel tiempo, algunos piadosos españoles, recogiendo de los vecinos
de Tarija algunas limosnas, enviaban todos los años un copioso socorro á
la cristiandad de los Chiquitos y á los Misioneros lo necesario para
celebrar el santo sacrificio de la misa, y hacer con toda la devoción
posible las funciones sagradas.
Con esta provisión le enviaron una vez nuestros Padres del colegio de
Tarija, con quienes él trataba familiarmente, y luego le pagó Dios
aquella caridad muy largamente.
Porque considerando el fervor y santa vida de los nuevos cristianos y
las apostólicas fatigas de los obreros evangélicos, que con vivir en
semejantes trabajos, á los que de sí escribe el Apóstol San Pablo,
estaban siempre alegres y con una boca de risa, se mudó en otro hombre y
se le inflamó el corazón en vivísimos deseos de unirse más estrechamente
con Dios, y gastar su vida en servicio de aquella nueva cristiandad, y
de hecho dió luego muestras de cuán de veras lo decía.
Púsose luego á enseñar á los indios todos los oficios mecánicos, á
desmontar los bosques, á labrar la tierra y á manejar los arados para
cultivarla; con los enfermos, viejos y estropeados, tenía entrañas y
ternura de madre; no había cosa que por ellos no hiciese; con los
bárbaros que se convertían de nuevo, se deshacía en afectos de caridad,
no sabía apartarse de su lado, parecía que se los quería meter dentro
del corazón; y por bárbaros que fuesen, no dejaba de hacer con ellos
semejantes demostraciones, no mirando en ellos lo que parecían en el
exterior, sino el valor de sus almas, compradas por el Redentor con el
precio de toda su sangre.
Ni por trabajar tanto por las almas de sus prójimos se descuidaba de la
suya propia; recogíase muchas veces á tener oración, en el cual tiempo
las copiosas lágrimas que derramaba, eran indicios de los consuelos con
que Dios confortaba su espíritu.
Y á la verdad era bien necesario este consorte celestial para darle
ánimo y aliento en la dura y continuada batalla con el enemigo infernal,
que dolorido fuertemente de que un viejo idiota y sin letras corriese
por el camino de la más alta perfección y se burlase de él quitándole
tantas almas de sus manos, no le dejaba de perseguir de día ni de noche,
ya apareciéndole en forma de feísimos animales, ya espantándosele con
otras visiones abominables.
Duró esta terrible persecución más de tres años; mas nuestro Alberto,
asistido siempre de Dios y del ángel de su guarda, que si no estaba á su
lado en forma visible, á lo menos lo estaba con la invisible operación
en su corazón, jamás se dió por vencido, ni omitió las acostumbradas
obras de caridad, ni dió un paso atrás en el modo de vivir que había
emprendido.
Y por ventura, en premio de esta generosa constancia, se le encendió el
corazón en vivos deseos de entrar en la Compañía, que amaba
tiernísimamente; mas atendida su mucha edad, era necesaria la licencia
de nuestro Padre General, la que no se podía tan presto alcanzar; por lo
cual, para consolar en parte sus plegarias y sus lágrimas, el P. Vice
Provincial Luis de la Roca, cuando visitó aquellas Misiones, le admitió
por Donado hasta que viniese de Roma la licencia de recibirle por
hermano Coadjutor de la Compañía; pero el cielo le firmó más presto esta
licencia, y la Compañía triunfante le contó en el número de aquellos
campeones que bordaron la librea de Cristo con su propia sangre, antes
que acá en la tierra le contase la militante en el número de aquéllos,
que con los ministerios humildes de su estado la ayudan á la conversión
de las almas.
CAPÍTULO XX
_Progresos y aumentos de otras_
REDUCCIONES _en los años de 1717 y 1718_.
Aunque lo que he escrito en estos dos capítulos últimos, ha sucedido en
muchos años y en este tiempo se han convertido á la fe y ganado para el
cielo muchos centenares de infieles, todavía, por no confundir los
sucesos y Misiones de las Reducciones, los quise separar con ánimo de
referir ahora y dar noticia del fervor y mérito de los neófitos de las
otras tierras, dignándose Dios Nuestro Señor de premiar sus sudores con
abundante cosecha de infieles para animarlos á trabajar con mayor
aliento y fervor en servicio de la iglesia.
Los cristianos, pues, de la Reducción de San Francisco Xavier, hicieron
Misión por dos partes diversas.
Algunos Zamalos salieron en busca de unos infieles, que habían hallado
los años pasados y los habían dejado de recoger por falta Guarayos,
donde fueron bien recibidos; y aunque no se entendían, les hablaron por
señas y movieron á algunos á seguirlos y á recibir el santo bautismo.
Otros, de nación Piñocas, quisieron ir á los Puyzocas, que mataron al P.
Lucas Caballero mas apenas lo pudieron conseguir, porque en el camino
entraron en una Ranchería de los Cozocas, tan de improviso, que sentidos
de los paisanos, que estaban trabajando en sus sementeras, y creyendo
ser gente enemiga, se dieron á huir á toda furia por librar la vida; los
nuestros alcanzaron á algunos, y entrando en la Ranchería la hallaron
desierta, sin persona viviente.
Vieron en los Ranchos muchos escudos, tejidos de plumas de bellísimos
colores con mucho arte é industria; con éstos estaban adornadas las
cámaras donde estaban amontonados muchos huesos de difuntos y pedazos de
carne fresca, indicios de que eran comedores de carne humana.
Andan todos bien vestidos y tienen las mismas costumbres que los Baures
y Cosiricas, bien que usan de diferente lengua. Entre grandes y pequeños
recogieron 36.
Los cristianos del pueblo de la Concepción fueron á predicar la ley de
Cristo á los Cosiricas, mas no sacaron más logro que los trabajos.
Dos años antes habían ido á su Ranchería y habían traído cuatro para que
viesen las Reducciones, en donde fueron recibidos con grande amor y
cortesía.
Estos dos fueron con los neófitos para llevarlos á sus paisanos, de
quienes no fueron admitidos con mucho afecto, porque el demonio les puso
en sospecha de que eran Mamalucos ú otros enemigos que habían venido á
hacerlos esclavos. No obstante, los sentaron á la mesa y les presentaron
algunos regalos del país; mas concurriendo allí indios de otras tierras,
los cercaron en forma de media luna, disparándoles una tempestad de
flechas para hacerlos huir; los neófitos, sin hacer más que reparar los
golpes, se retiraron con buen orden, y en medio de que muchos hacían
instancia á los capitanes para responderles con las armas, venció la
parte de los mejores, que, á imitación del Redentor, no quisieron
volverles mal por mal; tres quedaron muertos; los otros, maltratados, se
volvieron á la Reducción.
De San Rafael salieron por dos partes en busca de almas; una tropa de
Taus ganó á la fe cuatrocientos y ochenta infieles, de nación Bacusones.
La otra, de Tabicas, fué á las riberas del río Paraguay en busca de
Curucanes.
Apenas llegaron á orillas del río, cuando un Chiquito con algunos otros,
se adelantó, y descubriendo una canoa que venía hacia ellos, se
escondieron detrás de algunos matorrales, creyendo ser los infieles que
buscaban; mas observando que era un negro con dos indios, que andaban
pescando, gritaron los compañeros del Chiquito: _¡Mamalucos!
¡Mamalucos!_ y se pusieron en fuga precipitada.
Apenas el negro vió sólo al Chiquito, cuando le apuntó con el arcabuz;
mas se detuvo en dispararle, porque el indio le gritó en voz alta: No me
mates, que soy cristiano como tú y no te hago daño; y para que lo
conociese más claramente, le mostró una imagen de Nuestra Señora con el
Niño en los brazos, la cual, el negro, dejando el arcabuz, adoró de
rodillas.
Juntáronse luego allí nuestros neófitos en número de ciento y cincuenta,
extendidos en buen orden sobre la ribera.
En este ínterin vino el Capitán de los Mamalucos, y llamando á un
Chiquito que entendía la lengua Guaraní, le preguntó quiénes eran y á
qué fin andaban por aquellas costas.
Respondió que eran hijos de nuestros Misioneros (esta es la frase que
usan ellos con los que les han reducido á la fe) y cristianos del pueblo
de San Rafael, que andaban en busca de infieles para conducirlos al
gremio de la santa madre iglesia.
--Para el mismo fin los buscamos nosotros,--respondió el capitán
Mamaluco; y añadió en ademán de enojado:
--¿Y por qué venís aquí si nosotros hemos llevado ya todos los infieles?
Preguntóle después qué Padre le instruía y enseñaba la fe y quién venía
con ellos.
Dijo que el P. Felipe Suárez, era cura de su pueblo, mas que ellos iban
solos.
--Y, pues,--replicó el Mamaluco--¿qué capitanes y conductores os
gobiernan?
Aquellos, con astucia más que de indios, les respondieron que sus
capitanes eran sesenta. Entonces, vuelto á los suyos, les dijo el
Mamaluco:
--Mucha gente tienen éstos alistada; y sin hablar más, haciendo tocar á
retirada, se embarcó con todos los suyos en las canoas, huyendo á todo
vogar, por no venir á las manos con tanta gente; y quiera el cielo que
así como los cristianos Guaranís, de mucho tiempo á esta parte son el
terror de estos crueles enemigos, así lo sean también los Chiquitos
reducidos á la fe y al gobierno civil. Los neófitos, alegres con el buen
logro de su astucia, anduvieron mucho trecho por aquella ribera, hasta
que finalmente dieron con la Ranchería de los Curucanes, donde siendo
bien recibidos, se pusieron todos en la plaza, de rodillas, á rezar el
Rosario de Nuestra Señora para que Su Majestad diese á aquellos gentiles
juicio (frase con que se explican cuando hacen oración por sí ó por
otros á Nuestro Señor y á la Santísima Virgen) para que todos abrazasen
la santa ley de Dios.
Mientras que los cristianos rezaban el Rosario, estaban los Curucanes
llenos de estupor, refugiados en sus Ranchos, sospechando que aquella
era alguna trama inventada en daño de ellos.
Acabaron los cristianos su santo ejercicio, y viéndose solos, fueron
siguiendo los pasos de los fugitivos y cogieron diez, los cuales
vinieron de buena gana á hacerse cristianos. Y éstos, habiendo vuelto el
año siguiente á aquella tierra, redujeron á la santa fe doscientos y
once, los cuales dieron noticia de otros muchos pueblos que eran
confinantes con ellos, como son Merojones, Guijones, Bacusones,
Betaminis, Aripayres, Zipes, Tades, Guarayos, Subarecas, Paricis y otros
muchos.
También se debe reputar entre los aumentos de esta Reducción un funesto
suceso, que para ejemplo de otros sucedió en ella.
Habíase bautizado en San Rafael una doncella de 18 años y se llamaba
Isabela, la cual, poco después, se había casado; mas el común enemigo,
pesaroso de que se le escapase de sus manos la que antes había sido toda
suya, resolvió tentarla cuanto pudo, trayéndola á la memoria su antigua
brutal vida.
Ella, pues, ya por estar en la flor de su edad y en lo mejor de la
juventud, ya por las sugestiones del demonio, se rindió, finalmente, á
sus apetitos, viviendo peor que antes: porque es ordinario que sea más
malo quien abandona la fe que quien jamás la ha profesado. Perdida,
pues, la vergüenza y el temor de Dios, se amistó mal con algunos de sus
iguales; y para que no llegase á oídos del Padre Cura de aquella
Reducción, se llegaba á los Santos Sacramentos frecuentemente, con
muestras de tierna devoción y algunas lágrimas en los ojos.
Mas Dios Nuestro Señor que ama tanto á aquella nueva iglesia, no tardó
mucho en castigar su hipocresía y lascivia, de suerte que quien supiese
el castigo escarmentase, y juntamente tuviese tiempo la miserable é
infeliz de pedir á Dios misericordia.