Los fugitivos, en varias ocasiones, quisieron matar al P. Zea; mas Dios,

que le guardaba, le libró siempre, de varias maneras, de su furor y

crueldad.

Mientras sucedía lo referido con los Carerás, se estaba disponiendo el

infatigable Misionero para llevar al cabo y conseguir el fin glorioso de

tan trabajosa empresa; para la cual, escogiendo segunda vez algunos

cristianos de más valor y fuerzas, partió á fines de Mayo de 717, y

llegando al lugar de sus sudores, se puso luego con mayor brío á cortar

árboles y á allanar la tierra, facilitando este trabajo y fatiga la

esperanza de feliz suceso.

Parecía casi imposible quitar aquel embarazo; pero nada le es

inaccesible, nada duro de vencer, á quien ha ofrecido su espíritu á

Dios, y á los prójimos su vida en obsequio de la caridad.

Al cabo de veinte días se llegó á abrir del todo aquel impenetrable

bosque, y á los 12 de Julio llegó á la primera Ranchería de los Zamucos.

Estos, á quienes había llegado antes la fama de su venida, le festejaron

con demostraciones de extraordinaria alegría; cercáronle todos en rueda,

y los varones todos, uno por uno, le fueron besando la mano; querían

hacer lo mismo las mujeres; mas el santo varón que se deshacía todo en

lágrimas de consuelo, les dió á besar la imagen de la Virgen santísima,

que traía en la mano.

Cumplimentaron después á los neófitos, abrazándoles en señal de paz y de

amor, y les alojaron en sus casas, dándoles parte de la pobreza y

escasez del país.

El día siguiente juntó el pueblo en la plaza, les dió razón y juntamente

una breve noticia de Dios, de su santa ley, y los preguntó si querían

que los Misioneros viniesen á predicarles allí la fe de Jesucristo, y

enseñarles el camino del cielo.

Respondieron ellos que había mucho tiempo que lo deseaban, y el no ser

ya cristianos era porque no tenían quién les explicase los misterios de

la fe que habían de creer, ni los mandamientos que debían observar.

--Pues si es así--añadió el Padre, bañado en alegría--es necesario

levantar primero iglesia á vuestro criador y señor, y que os juntéis

todos en un pueblo.

A esta propuesta se levantaron dos caciques principales, diciendo que lo

harían de buena voluntad, mas no allí, sino en mejor sitio, y que

juntarían luego al punto toda la gente del contorno para fundar una

reducción numerosa.

Entre tanto hizo el P. Zea enarbolar una cruz en un alto, y puestos

todos de rodillas delante de ella, la adoraron; y entonadas las letanías

de la Virgen, puso aquel pueblo debajo del patrocinio y tutela de

nuestro Padre San Ignacio, cuya advocación le dió.

Hubiérase quedado allí de buena gana para dar calor á la buena voluntad

de los Zamucos si hubiera llevado consigo los ornamentos sagrados y el

altar portátil, aunque le fuese forzoso sufrir muchas incomodidades, y

no tener otra cosa para comer que agua y algunas raíces de yerbas

silvestres; por esta causa se hubo de despedir de ellos y volverse por

entonces con igual sentimiento y dolor del que se partía y de los que se

quedaban.

A la vuelta tuvo ocasión oportuna de ganar para Cristo á cien indios de

varias naciones Zinotecas, Japorotecas y Cucarates que se trajo consigo

á la Reducción de San Juan Bautista, en donde mientras se estaba

disponiendo de nuevo para volver á sus Zamucos, recibió orden de nuestro

Padre General Miguel Ángel Tamburini, de que tomase á su cargo el

gobierno de provincia; á que obedeció prontamente, no sin incomparable

dolor de su corazón.

Y porque con esta ocasión murió al bien público de estas misiones,

dejando después de dos años poco menos, la vida en el empleo de

Provincial, haremos aquí una breve relación de los méritos que

partiéndose de aquí llevó consigo al Paraguay, para ejemplo de los

súbditos, y después al cielo, para recibir la corona debida á los

operarios apostólicos.

Fué el P. Juan Bautista de Zea, natural de Goaze, lugar de Castilla la

Vieja, en donde nació á 18 de Marzo de 1654.

Aquí aprendió los primeros rudimentos de la gramática, aunque por la

calidad del lugar y de los maestros, aprovechó más en la devoción que en

las letras, creciendo no menos en la virtud que en los años.

Para estudiar las ciencias mayores pasó á la Universidad de Valladolid,

donde dió buenas muestras de ingenio en las ciencias especulativas, pero

mucho más en la de los santos.

Sobresalía en él una modestia virginal, una inocencia de costumbres tan

cristianas como amables, un desprecio grande de las cosas del mundo, y

un no gustar de otra cosa que de Dios y de su alma.

Poco era menester para que quien estaba tan despegado de los afectos de

la carne y sangre se rindiese á la voluntad divina que le llamaba á la

Compañía, en que á 13 de Agosto de 1671 le recibió el doctísimo P. Diego

de la Fuente Hurtado, el cual descubriendo con luz soberana, y

anteviendo los fines á que Dios tenía destinado al nuevo Jesuita,

pronosticó de él cosas grandes en el servicio de Dios y aumento de la

santa Iglesia, y de allí adelante le amó siempre y le veneró como á

santo.

Apenas el hermano Zea se vistió la sotana de la Compañía, cuando

haciéndose cargo de las nuevas obligaciones que con ella había

contraído, procuró dar á ellas entero cumplimiento; y como si empezara

de nuevo el camino de la virtud, se miraba en las virtudes de sus

connovicios, observando cuanto en ellos era digno de ser imitado para

copiar en sí mismo la perfección de todos.

Dándosele para leer y considerar nuestras reglas, se las puso delante

como modelo, á que se arregló perfectamente en lo interior y exterior.

Tuvo muy poco en qué vencerse para entregar del todo su corazón á Dios,

no queriendo ni amando, ni pensando en otro bien que en Su Majestad; y

testifica sujeto que le conoció estudiando la filosofía, que habiéndole

dado los Superiores el cuidado del reloj de casa, se estaba sólo en un

aposento bien incómodo sin salir de él sino obligado de las funciones

escolásticas ó domésticas.

Aquí todo el tiempo que le sobraba de las tareas del estudio lo daba á

Dios, y rarísima vez á los hombres, porque usaba muy poco de su

conversación, y esto solamente cuando lo pedía la obligación.

Pasó después á estudiar la teología á Salamanca, y á este tiempo corrió

la noticia por las provincias de España de haber llegado á Cádiz los

PP. Cristóbal de Grijalva y Tomás Dombidas, procuradores del Paraguay, y

poniéndose á considerar sobre la conversión de los idólatras y el

extremo desamparo en que están innumerables pueblos del Occidente,

dilatado campo en que ofrece copiosísima mies á muchos operarios

Evangélicos, si hubiese muchos que despreciando las comodidades propias

atendiesen á la eterna salvación de las almas; se le encendió el corazón

en deseos de ser uno de los escogidos á quien tocase la suerte de ser

señalado para la Misión de la dilatadísima provincia del Paraguay; por

tanto puso luego todo empeño en alcanzar licencia de sus Superiores, los

cuales sintieron mucho su petición, porque por una parte no querían

privarse de él, y por otra no querían oponerse á la voluntad de Dios,

conocida claramente en su vocación, prevaleció finalmente la América, y

la abandonada gentilidad del Paraguay: por lo cual, nuestro Zea,

contento y alegrísimo se partió de su provincia de Castilla, á quien

como hijo profesó siempre tiernísimo afecto; y sus condiscípulos le

siguieron con el corazón, conservando su dulcísima memoria;

singularmente se esmeró en esto su maestro en la filosofía el P.

Baltasar Rubio, confesor que fué de la serenísima reina de España doña

María Luisa de Saboya; éste le siguió con el afecto; con sus oraciones y

con sus cartas pues cuando se ofrecía ocasión siempre le escribía, por

tener del P. Zea subido concepto, como en ellas lo manifestaba.

Ordenóse de sacerdote antes de embarcarse para esta provincia, á que

pasó el año de 1681 y apenas se dieron á la vela en Cádiz, cuando se le

ofreció ocasión en qué dar muestras del espíritu y virtudes, de las

cuales iba abundantemente prevenido para aquel viaje.

Cayeron enfermos casi todos sus compañeros, que llegaban á sesenta,

porque se marearon con extraordinaria inapetencia y fastidio de la

comida; á que se siguieron otras enfermedades, de que murieron ocho de

los Jesuitas, como dije en la vida del P. Caballero, que pasó también á

Indias en esta ocasión.

El P. Zea era entonces todo para todos, sirviéndoles no solamente de

enfermero, sino de cocinero, aunque sin experiencia en tales oficios;

mas la caridad, que es maestra muy ingeniosa, le enseñó estos y otros

oficios para servir á sus hermanos.

Convalecidos éstos, empleó todos sus pensamientos y celo en la chusma

de los grumetes del navío, tomando á su cargo el cuidado espiritual de

ellos con las pláticas, exhortaciones, confesiones y todos los otros

ejercicios conducentes al aprovechamiento de las almas, no dejando,

entre tanto, obra ninguna, por vil y repugnante que fuese, que no la

ejecutase en servicio de ellos, por ganarlos para Dios, y de mejor gana

y más alegremente hacía aquellas que eran de mayor trabajo y desprecio.

Con este porte tan santo procedió toda la navegación, que duró tres

meses, con aprovechamiento maravilloso de muchos, á quien redujo á bien

vivir, ya valiéndose de las verdades eternas, ya poniéndoles á la vista

tantos peligros y tempestades del mar, que aun á los más perdidos suelen

obligar á cuidar de la conciencia y del alma, que antes tenían en tal

olvido ó parecía no tenerla.

Lo que obró después que llegó á las Indias y en qué oficios se empleó en

el largo curso de su vida, no lo he podido averiguar, por la distancia

de los lugares donde vivió y trabajó, y por haber muerto muchos de la

Compañía que le trataron familiarmente. Pero sé que por el aprecio que

desde el principio hicieron de él los Superiores, poco después que llegó

de España le hicieron ministro del Colegio Máximo de Córdoba, donde se

cría la religiosa juventud de toda esta provincia.

Después fué Superior de las Misiones del Uruguay, Visitador de la de los

Chiquitos, Vice-Rector del Colegio de Córdoba, y estuvo también señalado

Rector del Colegio de las Corrientes, á que por motivos que tuvo

propuso; y últimamente fué Provincial de esta provincia, oficio en que

le cogió la muerte al año y medio de su gobierno.

Ahora sólo diré brevemente alguna cosa de sus virtudes, reservando para

mejor ocasión el dar por extenso relación completa de sus muchas

empresas y acciones heroicas. Y en primer lugar diré de su pobreza

religiosa.

Fué siempre pobrísimo en su vestido, tanto, que por los muchos remiendos

que tenía, decía con gracia un Misionero, que había en él más accidentes

que substancia; él mismo lo remendaba por sus manos; jamás mudó otro,

hasta que el primero, por no poder ya subsistir, se le caía á pedazos.

Al entrar en Buenos Aires, siendo Provincial, le rogó su secretario el

P. Juan de Alzola, que, á lo menos en aquella ciudad, se dejase ver con

sotana un poco decente, pues la que llevaba estaba de muy desteñida,

casi blanca, porque si no le obligaría á él á que se vistiese otra

semejante.

--Yo le mando á V. R.--respondió el P. Zea--que no haga mudanza ninguna

en su vestido y deje que yo me goce en esta pobreza, de que hago más

aprecio que de cuantas púrpuras visten los monarcas y emperadores.

Todos los muebles de su aposento eran una red, ó como aquí llamamos,

hamaca, para dormir, sin colchón ni almohada, unos cuantos libros

devotos y un Santo Cristo.

Su breviario era tan viejo y hecho pedazos, que sólo ayudado de la

memoria podía satisfacer á la obligación de rezar el oficio divino; su

mayor tesoro eran los instrumentos de penitencia, con que maceraba su

carne, cilicio, cadenas de hierro, cruces armadas de agudas puntas y

otros de este jaez, con que redujo su cuerpo á perpetua esclavitud, con

aquel santo temor con que se armó también contra sí mismo el Apóstol San

Pablo.

En sus viajes sólo comía un poco de pan y alguna otra vianda, de que

usan los pobres indios; bien que cuanto al pan ú otro de los manjares

que usan los europeos, en muchos años no probó bocado; contento sólo con

un puñado de maíz mal cocido y en muchas ocasiones con raíces ó frutas

silvestres, pues muchas veces no tenía ni hallaba otra cosa en los

bosques; y cuando comía con más esplendidez era, ó algún pececillo ó

unas hierbas cocidas sin algún aderezo; y vivía tan gozoso y alegre en

esta pobreza y miseria, que en su última enfermedad le eran molestas y

pesadas las comodidades que usa con sus enfermos la Compañía.

No fué inferior á la pobreza su obediencia, de que dió pruebas

maravillosas, las cuales, por ventura, alguno que no mira la verdadera

santidad sino con los ojos del cuerpo, tendrá en poco, pero no quien

mirando las cosas con los ojos limpios y claros del espíritu, mide la

perfección de las virtudes, no con lo que muestran en la apariencia,

sino con lo que en la realidad son en sí mismo.

Era, como después veremos, varón de celo ardientísimo y de natural sobre

manera ardiente; con todo eso, á una leve insinuación de sus superiores,

desde las Misiones de los Guaranís, donde trabajaba en grandes obras del

servicio de Dios y provecho de las almas, se redujo, sin la menor

propuesta, á las angustias de un aposento en un colegio, con el empleo

de enseñar á los niños los primeros rudimentos de la gramática. A otra

insinuación de su Provincial, mientras estaba reduciendo al gremio de la

iglesia gran número de infieles, dejando al punto aquella grande obra,

pasó á las Reducciones del Uruguay, como si dijéramos, de un cabo del

mundo al otro, pues distaban éstas más de mil y doscientas leguas de las

otras donde estaba; y un viaje de veinticuatro horas, volvió á

desandarle, por obediencia, en veinticuatro días.

Finalmente, donde esta virtud campeó con admiración de todos, fué cuando

estando en el fervor de sus conversiones y á lo mejor de la obra de

reducir á la fe á los Zamucos y fundar aquella nueva cristiandad,

levantó al punto las manos de la labor, sin esperanza de volver jamás á

proseguirla, á un orden de nuestro Padre general de que tomase á su

cargo el gobierno de esta provincia; él mismo confesó con toda

ingenuidad que le costó la ejecución de este orden increíble dolor y

sentimiento, y que jamás había sentido tanta repugnancia su natural como

en este caso de ser Superior; y aunque fácilmente se hubiera podido

excusar de aquella carga, para él tan pesada, con todo eso, por no dejar

de obedecer, la aceptó prontamente, y sin dilación se vino á largas

jornadas al Tucumán, sufriendo por el camino increíbles trabajos é

incomodidades.

Mas en lo que sobre todo se hizo admirable entre los nuestros fué en el

celo de las almas y en la conversión de los infieles. El dilatar la fe,

el predicar á los cristianos, el reducir á los gentiles, no parecía en

él obra de virtud, sino inclinación y apetito natural; por lo cual no

sabía vivir de otra suerte ni en otra ocupación recibía gusto, sino en

esta de conducir almas al conocimiento y amor de Dios, y en este

ejercicio estaba toda su quietud y descanso y para aliviarle en todas

enfermedades, no había mejor medio que hablarle de nuevas empresas en

bien de las almas, de la santa vida de los nuevos cristianos y de nueva

conversión de infieles á la santa iglesia.

Ojalá pudiera yo trasladar aquí algunas cartas suyas, que tengo en mi

poder, para que vieran todos que no pudieran los enamorados del mundo y

de la carne explicar con más vivas expresiones sus contentos y deseos,

cuanto este obrero Evangélico manifiesta los sentimientos de su corazón

en los negocios del servicio de Dios; los lamentos y quejas que hace de

su mayor enemigo el demonio cuando se le atravesaba, ó hacía se le

desvaneciesen sus designios. Por eso no me causa admiración que con

ánimo invicto sufriese muchas persecuciones y reparase, aun con la

pérdida de su reputación, los daños, bien que ligeros, de su

cristiandad; antes dando cuenta de estas sus borrascas al P. Francisco

Burgés, Procurador general de esta provincia, en carta de 29 de

Septiembre de 1705, escrita á Madrid, le dice así:

«Para mí no puede haber mayor gloria que el que me persigan por llevar

adelante aquella nueva cristiandad de los Chiquitos que tantos trabajos

y sudores me ha costado desde los principios.»

Y decía la verdad; porque si se habla de solos trabajos que se padecen

en desvastar é instruir á estos gentiles, que en las facciones son

hombres, pero en las obras se distinguen poco de los brutos, sufría y

hacía por ellos cuanto puede hacer un verdadero padre, para provecho

espiritual y corporal de sus hijos, porque á él la virtud le había dado

tan tiernas entrañas y amor de verdadero padre, como los padres

naturales suelen tenerlas por naturaleza con los hijos; de día y de

noche trabajaba, no sólo para bien de las almas, sino también de los

cuerpos de sus neófitos, ya proveyendo de víveres en abundancia á los

hambrientos, ya componiendo recetas y aplicando remedios á los

enfermos, y aunque se revistiese la naturaleza, tratando y limpiando sus

llagas con tal desembarazo, como si no sintiese la menor repugnancia y

asco en sí mismo; el mismo amor le enseñó á ser juez y árbitro en sus

litigios, gastando mucho tiempo en oirles contar, con paciencia y

dulzura inexplicable, las diferencias que tenían entre sí, para lograr

así el mantener y conservar entre ellos la paz porque antes de ser

cristianos, cada uno por su propia autoridad se hacía justicia y vengaba

sus agravios con las armas.

Esto y mucho más hacía y sufría por los pobres indios: y aunque otros no

pudieran tolerar el contínuo peso de vida tan trabajosa y con tan poco

alivio, con todo eso él duró en ella por muchos años, y cada día se

hallaba con tanto vigor como si en aquel comenzase; de lo cual, como

dije en otra parte, no acababa yo de maravillarme; pues cuando oídos sus

trabajos en la Misión de los Zamucos le consideraba consumido de fuerzas

y que apenas se podía tener en pie, le ví poco después en Córdoba, con

alientos y vigor de joven, siendo así que ya contaba sesenta y cuatro

años de edad.

A tantas fatigas por el bien de aquellos nuevos cristianos, se añadió

otra trabajosísima, de aprender tantos y tan dificultosos idiomas

bárbaros, para que al tiempo que ellos en las obras le experimentaban

padre, no le tuviesen en la lengua por extranjero.

Cosa era esta que á un hombre de su edad le pudiera ser muy enfadosa y

de mucho empacho; mas el celo de las almas le obligó á volver á la

condición y simplicidad de niño para aprender uno por uno los vocablos y

significados de aquellas lenguas, y para expresar las voces con los

acentos propios de los bárbaros, y no rehusando hacerse discípulo de los

mismos infieles, los tomaba por intérpretes para traducir en su idioma

los misterios y preceptos de la ley de Dios, procurando después

enseñárselos á ellos con trabajo contínuo de meses y años enteros.

Tales entrañas de caridad experimentamos también nosotros cuando le

gozamos en el oficio de Provincial; era muy liberal, humano y afable con

sus súbditos, guardando con ellos la gravedad precisamente necesaria

para ser obedecido; y todos, no solamente le amaban por su agradable

trato, por el candor de sus inocentes costumbres y por una singular é

inseparable sinceridad, con que tenía el corazón en los labios, y el

alma patente en el rostro, mas también le reverenciaban como á Santo; de

que dieron muy claras muestras, cuando asaltado de una lenta calentura,

con otras enfermedades poco á poco le condujo al término de sus días.

Avisado del peligro que corría su vida, en vez de espantarse ó temer la

muerte, parecía que le salía al encuentro con generosidad y fortaleza de

ánimo, confiado en la misericordia de aquel Señor que le había concedido

cuarenta y ocho años para servirle en la Compañía, y treinta y ocho en

las Indias.

Por muchos días hizo este Colegio de Córdoba muchas rogativas y

penitencias para pedir y suplicar á Nuestro Señor no le quitase tan

presto un Superior y Padre tan necesario al bien público, y tan amado de

todos.

Pero al fin quiso Dios llevarle á la gloria, como de su bondad

esperamos, á darle el premio debido á sus méritos; la víspera de la

Santísima Trinidad recibió todos los Sacramentos, sin dar la menor señal

de temer la muerte, y se entretuvo todo aquel día, parte, en dar

disposiciones con mucha serenidad, acerca del gobierno de la provincia,

y parte en suavísimos coloquios con su crucificado Redentor, en cuyas

manos entregó su espíritu, al entrar el día de la Santísima Trinidad, de

cuya vista iba á gozar en la bienaventuranza.

Fué su muerte á los sesenta y cinco años de su edad, á 4 de Junio de

1719.

El mismo día se celebró su entierro, á que asistió el Ilustrísimo Sr.

Obispo de esta diócesis, gran número de religiosos de todas órdenes, el

cabildo secular, lo principal de la nobleza, y mucho pueblo; los

nuestros repartieron entre sí sus pobres alhajas, que se reducían á

instrumentos de penitencia y algunos libritos de votos, para tenerlos

por reliquias y conservar siempre fresca la memoria del incomparable

varón que habían perdido, no menos venerable y digno de eterna alabanza

por la santidad de su vida que por las muchas almas de que enriqueció á

la iglesia toda.

CAPÍTULO XIX

_Continúa el Padre Miguel de Yegros la

Misión de los Zamucos, á cuyas

manos muere el hermano

Alberto Romero._

Habiendo ordenado el nuevo Provincial Padre Juan Bautista de Zea que el

P. Miguel de Yegros, en pasando las lluvias, fuese con el hermano

Alberto Romero á fundar la Reducción de nuestro P. San Ignacio, se

anticipó el P. Yegros algún tiempo, así por escoger con tiempo sitio á

propósito, como por no exponerse á peligro de no hallar agua qué beber

en el camino; por tanto, á principios de Abril empezó su viaje; mas

entrando en el bosque de los Zamucos, se vió obligado á volver atrás por

tener tanta falta de agua, que ni la gente ni las caballerías tenían

con qué apagar la sed.

Púsose en camino segunda vez por Septiembre, y llovió tanto, que

anegadas las campañas de los Cucarates, apenas pudo llegar al término de

su viaje.

Lo que padeció en este viaje lo referiré con las mismas palabras con que

él, habiendo vuelto de los Zamucos, se lo escribió en carta de 27 de

Octubre de aquel año de 1718 al P. Visitador de los Chiquitos, Juan

Patricio Fernández, desde el pueblo de San Juan.

«Por no alargarme (dice) no describo aquí cómo conseguí el llegar á este

pueblo, contra el parecer y juicio de todos los prácticos de de estos

caminos y contra toda disposición del tiempo; y los pocos Morotocos que

llevé conmigo y se adelantaron á entrar en la montaña hubieron de

perecer de sed, aunque consiguieron con gran valor el llegar al pueblo;

y yo, que de ahí á algunos días los seguí, fuí nadando en agua (como

dicen) por toda la montaña, que ya servía de enfado y de embarazo al que

iba de posta y de ligera.

»Sólo lo atribuí al dedo de Dios, pues cuando la piedad y misericordia

divina se inclina á obrar, no hay imposibles, y más cuando precedieron

los sudores, trabajos, necesidades y hambres de su primer conquistador

de esta nación nuestro dignísimo P. Provincial Juan Bautista de Zea.»

Despachó, pues, delante el P. Yegros algunos indios cristianos que

avisasen al cacique principal de los Zamucos de su venida, y que le

llevasen en su nombre un bastón, hermosamente guarnecido, y una camiseta

colorada, que son las galas que ellos estiman.

Llegaron los mensajeros y fueron recibidos con grande amor y cortesía, y

fueron sentados á la mesa del cacique, cuyas viandas se reducían á

raíces de cardos silvestres, que era todo su mantenimiento, y por gran

regalo les ofrecieron un vaso de agua, porque había allí tal carestía,

que cada uno estaba esperando la suerte de poder coger tanta cuanta

cabía en la palma de mano, de un pequeño manantial que salía de un

peñasco.

Dos días después se partieron los cristianos, acompañados del cacique

principal, con otros de los suyos, y encontrándose en el bosque con el

P. Miguel, dieron la vuelta, y á 5 de Octubre llegaron á donde el P. Zea

el año antecedente había levantado la cruz.

Increíble fué el júbilo y la fiesta que hizo aquella buena gente,

manifestando el gusto que tenían de ver en sus países á nuestros

Misioneros, diciendo en nombre de todos el cacique principal, indio, por

cierto digno de estimación, que no obstante sus grandes necesidades,

hambres y pobreza no se había apartado de su pueblo ni permitido que los

suyos se alejasen por estar en continua esperanza de que habían de ir

los nuestros, habiendo enviado varias veces, y él mismo ido en persona,

á registrar los caminos para ver si parecían.

Relacion historial de las misiones de indios chiquitos que en el Paraguay tienen los padres de la Compañía de Jesús · 第 21 / 27 段