que le guardaba, le libró siempre, de varias maneras, de su furor y
crueldad.
Mientras sucedía lo referido con los Carerás, se estaba disponiendo el
infatigable Misionero para llevar al cabo y conseguir el fin glorioso de
tan trabajosa empresa; para la cual, escogiendo segunda vez algunos
cristianos de más valor y fuerzas, partió á fines de Mayo de 717, y
llegando al lugar de sus sudores, se puso luego con mayor brío á cortar
árboles y á allanar la tierra, facilitando este trabajo y fatiga la
esperanza de feliz suceso.
Parecía casi imposible quitar aquel embarazo; pero nada le es
inaccesible, nada duro de vencer, á quien ha ofrecido su espíritu á
Dios, y á los prójimos su vida en obsequio de la caridad.
Al cabo de veinte días se llegó á abrir del todo aquel impenetrable
bosque, y á los 12 de Julio llegó á la primera Ranchería de los Zamucos.
Estos, á quienes había llegado antes la fama de su venida, le festejaron
con demostraciones de extraordinaria alegría; cercáronle todos en rueda,
y los varones todos, uno por uno, le fueron besando la mano; querían
hacer lo mismo las mujeres; mas el santo varón que se deshacía todo en
lágrimas de consuelo, les dió á besar la imagen de la Virgen santísima,
que traía en la mano.
Cumplimentaron después á los neófitos, abrazándoles en señal de paz y de
amor, y les alojaron en sus casas, dándoles parte de la pobreza y
escasez del país.
El día siguiente juntó el pueblo en la plaza, les dió razón y juntamente
una breve noticia de Dios, de su santa ley, y los preguntó si querían
que los Misioneros viniesen á predicarles allí la fe de Jesucristo, y
enseñarles el camino del cielo.
Respondieron ellos que había mucho tiempo que lo deseaban, y el no ser
ya cristianos era porque no tenían quién les explicase los misterios de
la fe que habían de creer, ni los mandamientos que debían observar.
--Pues si es así--añadió el Padre, bañado en alegría--es necesario
levantar primero iglesia á vuestro criador y señor, y que os juntéis
todos en un pueblo.
A esta propuesta se levantaron dos caciques principales, diciendo que lo
harían de buena voluntad, mas no allí, sino en mejor sitio, y que
juntarían luego al punto toda la gente del contorno para fundar una
reducción numerosa.
Entre tanto hizo el P. Zea enarbolar una cruz en un alto, y puestos
todos de rodillas delante de ella, la adoraron; y entonadas las letanías
de la Virgen, puso aquel pueblo debajo del patrocinio y tutela de
nuestro Padre San Ignacio, cuya advocación le dió.
Hubiérase quedado allí de buena gana para dar calor á la buena voluntad
de los Zamucos si hubiera llevado consigo los ornamentos sagrados y el
altar portátil, aunque le fuese forzoso sufrir muchas incomodidades, y
no tener otra cosa para comer que agua y algunas raíces de yerbas
silvestres; por esta causa se hubo de despedir de ellos y volverse por
entonces con igual sentimiento y dolor del que se partía y de los que se
quedaban.
A la vuelta tuvo ocasión oportuna de ganar para Cristo á cien indios de
varias naciones Zinotecas, Japorotecas y Cucarates que se trajo consigo
á la Reducción de San Juan Bautista, en donde mientras se estaba
disponiendo de nuevo para volver á sus Zamucos, recibió orden de nuestro
Padre General Miguel Ángel Tamburini, de que tomase á su cargo el
gobierno de provincia; á que obedeció prontamente, no sin incomparable
dolor de su corazón.
Y porque con esta ocasión murió al bien público de estas misiones,
dejando después de dos años poco menos, la vida en el empleo de
Provincial, haremos aquí una breve relación de los méritos que
partiéndose de aquí llevó consigo al Paraguay, para ejemplo de los
súbditos, y después al cielo, para recibir la corona debida á los
operarios apostólicos.
Fué el P. Juan Bautista de Zea, natural de Goaze, lugar de Castilla la
Vieja, en donde nació á 18 de Marzo de 1654.
Aquí aprendió los primeros rudimentos de la gramática, aunque por la
calidad del lugar y de los maestros, aprovechó más en la devoción que en
las letras, creciendo no menos en la virtud que en los años.
Para estudiar las ciencias mayores pasó á la Universidad de Valladolid,
donde dió buenas muestras de ingenio en las ciencias especulativas, pero
mucho más en la de los santos.
Sobresalía en él una modestia virginal, una inocencia de costumbres tan
cristianas como amables, un desprecio grande de las cosas del mundo, y
un no gustar de otra cosa que de Dios y de su alma.
Poco era menester para que quien estaba tan despegado de los afectos de
la carne y sangre se rindiese á la voluntad divina que le llamaba á la
Compañía, en que á 13 de Agosto de 1671 le recibió el doctísimo P. Diego
de la Fuente Hurtado, el cual descubriendo con luz soberana, y
anteviendo los fines á que Dios tenía destinado al nuevo Jesuita,
pronosticó de él cosas grandes en el servicio de Dios y aumento de la
santa Iglesia, y de allí adelante le amó siempre y le veneró como á
santo.
Apenas el hermano Zea se vistió la sotana de la Compañía, cuando
haciéndose cargo de las nuevas obligaciones que con ella había
contraído, procuró dar á ellas entero cumplimiento; y como si empezara
de nuevo el camino de la virtud, se miraba en las virtudes de sus
connovicios, observando cuanto en ellos era digno de ser imitado para
copiar en sí mismo la perfección de todos.
Dándosele para leer y considerar nuestras reglas, se las puso delante
como modelo, á que se arregló perfectamente en lo interior y exterior.
Tuvo muy poco en qué vencerse para entregar del todo su corazón á Dios,
no queriendo ni amando, ni pensando en otro bien que en Su Majestad; y
testifica sujeto que le conoció estudiando la filosofía, que habiéndole
dado los Superiores el cuidado del reloj de casa, se estaba sólo en un
aposento bien incómodo sin salir de él sino obligado de las funciones
escolásticas ó domésticas.
Aquí todo el tiempo que le sobraba de las tareas del estudio lo daba á
Dios, y rarísima vez á los hombres, porque usaba muy poco de su
conversación, y esto solamente cuando lo pedía la obligación.
Pasó después á estudiar la teología á Salamanca, y á este tiempo corrió
la noticia por las provincias de España de haber llegado á Cádiz los
PP. Cristóbal de Grijalva y Tomás Dombidas, procuradores del Paraguay, y
poniéndose á considerar sobre la conversión de los idólatras y el
extremo desamparo en que están innumerables pueblos del Occidente,
dilatado campo en que ofrece copiosísima mies á muchos operarios
Evangélicos, si hubiese muchos que despreciando las comodidades propias
atendiesen á la eterna salvación de las almas; se le encendió el corazón
en deseos de ser uno de los escogidos á quien tocase la suerte de ser
señalado para la Misión de la dilatadísima provincia del Paraguay; por
tanto puso luego todo empeño en alcanzar licencia de sus Superiores, los
cuales sintieron mucho su petición, porque por una parte no querían
privarse de él, y por otra no querían oponerse á la voluntad de Dios,
conocida claramente en su vocación, prevaleció finalmente la América, y
la abandonada gentilidad del Paraguay: por lo cual, nuestro Zea,
contento y alegrísimo se partió de su provincia de Castilla, á quien
como hijo profesó siempre tiernísimo afecto; y sus condiscípulos le
siguieron con el corazón, conservando su dulcísima memoria;
singularmente se esmeró en esto su maestro en la filosofía el P.
Baltasar Rubio, confesor que fué de la serenísima reina de España doña
María Luisa de Saboya; éste le siguió con el afecto; con sus oraciones y
con sus cartas pues cuando se ofrecía ocasión siempre le escribía, por
tener del P. Zea subido concepto, como en ellas lo manifestaba.
Ordenóse de sacerdote antes de embarcarse para esta provincia, á que
pasó el año de 1681 y apenas se dieron á la vela en Cádiz, cuando se le
ofreció ocasión en qué dar muestras del espíritu y virtudes, de las
cuales iba abundantemente prevenido para aquel viaje.
Cayeron enfermos casi todos sus compañeros, que llegaban á sesenta,
porque se marearon con extraordinaria inapetencia y fastidio de la
comida; á que se siguieron otras enfermedades, de que murieron ocho de
los Jesuitas, como dije en la vida del P. Caballero, que pasó también á
Indias en esta ocasión.
El P. Zea era entonces todo para todos, sirviéndoles no solamente de
enfermero, sino de cocinero, aunque sin experiencia en tales oficios;
mas la caridad, que es maestra muy ingeniosa, le enseñó estos y otros
oficios para servir á sus hermanos.
Convalecidos éstos, empleó todos sus pensamientos y celo en la chusma
de los grumetes del navío, tomando á su cargo el cuidado espiritual de
ellos con las pláticas, exhortaciones, confesiones y todos los otros
ejercicios conducentes al aprovechamiento de las almas, no dejando,
entre tanto, obra ninguna, por vil y repugnante que fuese, que no la
ejecutase en servicio de ellos, por ganarlos para Dios, y de mejor gana
y más alegremente hacía aquellas que eran de mayor trabajo y desprecio.
Con este porte tan santo procedió toda la navegación, que duró tres
meses, con aprovechamiento maravilloso de muchos, á quien redujo á bien
vivir, ya valiéndose de las verdades eternas, ya poniéndoles á la vista
tantos peligros y tempestades del mar, que aun á los más perdidos suelen
obligar á cuidar de la conciencia y del alma, que antes tenían en tal
olvido ó parecía no tenerla.
Lo que obró después que llegó á las Indias y en qué oficios se empleó en
el largo curso de su vida, no lo he podido averiguar, por la distancia
de los lugares donde vivió y trabajó, y por haber muerto muchos de la
Compañía que le trataron familiarmente. Pero sé que por el aprecio que
desde el principio hicieron de él los Superiores, poco después que llegó
de España le hicieron ministro del Colegio Máximo de Córdoba, donde se
cría la religiosa juventud de toda esta provincia.
Después fué Superior de las Misiones del Uruguay, Visitador de la de los
Chiquitos, Vice-Rector del Colegio de Córdoba, y estuvo también señalado
Rector del Colegio de las Corrientes, á que por motivos que tuvo
propuso; y últimamente fué Provincial de esta provincia, oficio en que
le cogió la muerte al año y medio de su gobierno.
Ahora sólo diré brevemente alguna cosa de sus virtudes, reservando para
mejor ocasión el dar por extenso relación completa de sus muchas
empresas y acciones heroicas. Y en primer lugar diré de su pobreza
religiosa.
Fué siempre pobrísimo en su vestido, tanto, que por los muchos remiendos
que tenía, decía con gracia un Misionero, que había en él más accidentes
que substancia; él mismo lo remendaba por sus manos; jamás mudó otro,
hasta que el primero, por no poder ya subsistir, se le caía á pedazos.
Al entrar en Buenos Aires, siendo Provincial, le rogó su secretario el
P. Juan de Alzola, que, á lo menos en aquella ciudad, se dejase ver con
sotana un poco decente, pues la que llevaba estaba de muy desteñida,
casi blanca, porque si no le obligaría á él á que se vistiese otra
semejante.
--Yo le mando á V. R.--respondió el P. Zea--que no haga mudanza ninguna
en su vestido y deje que yo me goce en esta pobreza, de que hago más
aprecio que de cuantas púrpuras visten los monarcas y emperadores.
Todos los muebles de su aposento eran una red, ó como aquí llamamos,
hamaca, para dormir, sin colchón ni almohada, unos cuantos libros
devotos y un Santo Cristo.
Su breviario era tan viejo y hecho pedazos, que sólo ayudado de la
memoria podía satisfacer á la obligación de rezar el oficio divino; su
mayor tesoro eran los instrumentos de penitencia, con que maceraba su
carne, cilicio, cadenas de hierro, cruces armadas de agudas puntas y
otros de este jaez, con que redujo su cuerpo á perpetua esclavitud, con
aquel santo temor con que se armó también contra sí mismo el Apóstol San
Pablo.
En sus viajes sólo comía un poco de pan y alguna otra vianda, de que
usan los pobres indios; bien que cuanto al pan ú otro de los manjares
que usan los europeos, en muchos años no probó bocado; contento sólo con
un puñado de maíz mal cocido y en muchas ocasiones con raíces ó frutas
silvestres, pues muchas veces no tenía ni hallaba otra cosa en los
bosques; y cuando comía con más esplendidez era, ó algún pececillo ó
unas hierbas cocidas sin algún aderezo; y vivía tan gozoso y alegre en
esta pobreza y miseria, que en su última enfermedad le eran molestas y
pesadas las comodidades que usa con sus enfermos la Compañía.
No fué inferior á la pobreza su obediencia, de que dió pruebas
maravillosas, las cuales, por ventura, alguno que no mira la verdadera
santidad sino con los ojos del cuerpo, tendrá en poco, pero no quien
mirando las cosas con los ojos limpios y claros del espíritu, mide la
perfección de las virtudes, no con lo que muestran en la apariencia,
sino con lo que en la realidad son en sí mismo.
Era, como después veremos, varón de celo ardientísimo y de natural sobre
manera ardiente; con todo eso, á una leve insinuación de sus superiores,
desde las Misiones de los Guaranís, donde trabajaba en grandes obras del
servicio de Dios y provecho de las almas, se redujo, sin la menor
propuesta, á las angustias de un aposento en un colegio, con el empleo
de enseñar á los niños los primeros rudimentos de la gramática. A otra
insinuación de su Provincial, mientras estaba reduciendo al gremio de la
iglesia gran número de infieles, dejando al punto aquella grande obra,
pasó á las Reducciones del Uruguay, como si dijéramos, de un cabo del
mundo al otro, pues distaban éstas más de mil y doscientas leguas de las
otras donde estaba; y un viaje de veinticuatro horas, volvió á
desandarle, por obediencia, en veinticuatro días.
Finalmente, donde esta virtud campeó con admiración de todos, fué cuando
estando en el fervor de sus conversiones y á lo mejor de la obra de
reducir á la fe á los Zamucos y fundar aquella nueva cristiandad,
levantó al punto las manos de la labor, sin esperanza de volver jamás á
proseguirla, á un orden de nuestro Padre general de que tomase á su
cargo el gobierno de esta provincia; él mismo confesó con toda
ingenuidad que le costó la ejecución de este orden increíble dolor y
sentimiento, y que jamás había sentido tanta repugnancia su natural como
en este caso de ser Superior; y aunque fácilmente se hubiera podido
excusar de aquella carga, para él tan pesada, con todo eso, por no dejar
de obedecer, la aceptó prontamente, y sin dilación se vino á largas
jornadas al Tucumán, sufriendo por el camino increíbles trabajos é
incomodidades.
Mas en lo que sobre todo se hizo admirable entre los nuestros fué en el
celo de las almas y en la conversión de los infieles. El dilatar la fe,
el predicar á los cristianos, el reducir á los gentiles, no parecía en
él obra de virtud, sino inclinación y apetito natural; por lo cual no
sabía vivir de otra suerte ni en otra ocupación recibía gusto, sino en
esta de conducir almas al conocimiento y amor de Dios, y en este
ejercicio estaba toda su quietud y descanso y para aliviarle en todas
enfermedades, no había mejor medio que hablarle de nuevas empresas en
bien de las almas, de la santa vida de los nuevos cristianos y de nueva
conversión de infieles á la santa iglesia.
Ojalá pudiera yo trasladar aquí algunas cartas suyas, que tengo en mi
poder, para que vieran todos que no pudieran los enamorados del mundo y
de la carne explicar con más vivas expresiones sus contentos y deseos,
cuanto este obrero Evangélico manifiesta los sentimientos de su corazón
en los negocios del servicio de Dios; los lamentos y quejas que hace de
su mayor enemigo el demonio cuando se le atravesaba, ó hacía se le
desvaneciesen sus designios. Por eso no me causa admiración que con
ánimo invicto sufriese muchas persecuciones y reparase, aun con la
pérdida de su reputación, los daños, bien que ligeros, de su
cristiandad; antes dando cuenta de estas sus borrascas al P. Francisco
Burgés, Procurador general de esta provincia, en carta de 29 de
Septiembre de 1705, escrita á Madrid, le dice así:
«Para mí no puede haber mayor gloria que el que me persigan por llevar
adelante aquella nueva cristiandad de los Chiquitos que tantos trabajos
y sudores me ha costado desde los principios.»
Y decía la verdad; porque si se habla de solos trabajos que se padecen
en desvastar é instruir á estos gentiles, que en las facciones son
hombres, pero en las obras se distinguen poco de los brutos, sufría y
hacía por ellos cuanto puede hacer un verdadero padre, para provecho
espiritual y corporal de sus hijos, porque á él la virtud le había dado
tan tiernas entrañas y amor de verdadero padre, como los padres
naturales suelen tenerlas por naturaleza con los hijos; de día y de
noche trabajaba, no sólo para bien de las almas, sino también de los
cuerpos de sus neófitos, ya proveyendo de víveres en abundancia á los
hambrientos, ya componiendo recetas y aplicando remedios á los
enfermos, y aunque se revistiese la naturaleza, tratando y limpiando sus
llagas con tal desembarazo, como si no sintiese la menor repugnancia y
asco en sí mismo; el mismo amor le enseñó á ser juez y árbitro en sus
litigios, gastando mucho tiempo en oirles contar, con paciencia y
dulzura inexplicable, las diferencias que tenían entre sí, para lograr
así el mantener y conservar entre ellos la paz porque antes de ser
cristianos, cada uno por su propia autoridad se hacía justicia y vengaba
sus agravios con las armas.
Esto y mucho más hacía y sufría por los pobres indios: y aunque otros no
pudieran tolerar el contínuo peso de vida tan trabajosa y con tan poco
alivio, con todo eso él duró en ella por muchos años, y cada día se
hallaba con tanto vigor como si en aquel comenzase; de lo cual, como
dije en otra parte, no acababa yo de maravillarme; pues cuando oídos sus
trabajos en la Misión de los Zamucos le consideraba consumido de fuerzas
y que apenas se podía tener en pie, le ví poco después en Córdoba, con
alientos y vigor de joven, siendo así que ya contaba sesenta y cuatro
años de edad.
A tantas fatigas por el bien de aquellos nuevos cristianos, se añadió
otra trabajosísima, de aprender tantos y tan dificultosos idiomas
bárbaros, para que al tiempo que ellos en las obras le experimentaban
padre, no le tuviesen en la lengua por extranjero.
Cosa era esta que á un hombre de su edad le pudiera ser muy enfadosa y
de mucho empacho; mas el celo de las almas le obligó á volver á la
condición y simplicidad de niño para aprender uno por uno los vocablos y
significados de aquellas lenguas, y para expresar las voces con los
acentos propios de los bárbaros, y no rehusando hacerse discípulo de los
mismos infieles, los tomaba por intérpretes para traducir en su idioma
los misterios y preceptos de la ley de Dios, procurando después
enseñárselos á ellos con trabajo contínuo de meses y años enteros.
Tales entrañas de caridad experimentamos también nosotros cuando le
gozamos en el oficio de Provincial; era muy liberal, humano y afable con
sus súbditos, guardando con ellos la gravedad precisamente necesaria
para ser obedecido; y todos, no solamente le amaban por su agradable
trato, por el candor de sus inocentes costumbres y por una singular é
inseparable sinceridad, con que tenía el corazón en los labios, y el
alma patente en el rostro, mas también le reverenciaban como á Santo; de
que dieron muy claras muestras, cuando asaltado de una lenta calentura,
con otras enfermedades poco á poco le condujo al término de sus días.
Avisado del peligro que corría su vida, en vez de espantarse ó temer la
muerte, parecía que le salía al encuentro con generosidad y fortaleza de
ánimo, confiado en la misericordia de aquel Señor que le había concedido
cuarenta y ocho años para servirle en la Compañía, y treinta y ocho en
las Indias.
Por muchos días hizo este Colegio de Córdoba muchas rogativas y
penitencias para pedir y suplicar á Nuestro Señor no le quitase tan
presto un Superior y Padre tan necesario al bien público, y tan amado de
todos.
Pero al fin quiso Dios llevarle á la gloria, como de su bondad
esperamos, á darle el premio debido á sus méritos; la víspera de la
Santísima Trinidad recibió todos los Sacramentos, sin dar la menor señal
de temer la muerte, y se entretuvo todo aquel día, parte, en dar
disposiciones con mucha serenidad, acerca del gobierno de la provincia,
y parte en suavísimos coloquios con su crucificado Redentor, en cuyas
manos entregó su espíritu, al entrar el día de la Santísima Trinidad, de
cuya vista iba á gozar en la bienaventuranza.
Fué su muerte á los sesenta y cinco años de su edad, á 4 de Junio de
1719.
El mismo día se celebró su entierro, á que asistió el Ilustrísimo Sr.
Obispo de esta diócesis, gran número de religiosos de todas órdenes, el
cabildo secular, lo principal de la nobleza, y mucho pueblo; los
nuestros repartieron entre sí sus pobres alhajas, que se reducían á
instrumentos de penitencia y algunos libritos de votos, para tenerlos
por reliquias y conservar siempre fresca la memoria del incomparable
varón que habían perdido, no menos venerable y digno de eterna alabanza
por la santidad de su vida que por las muchas almas de que enriqueció á
la iglesia toda.
CAPÍTULO XIX
_Continúa el Padre Miguel de Yegros la
Misión de los Zamucos, á cuyas
manos muere el hermano
Alberto Romero._
Habiendo ordenado el nuevo Provincial Padre Juan Bautista de Zea que el
P. Miguel de Yegros, en pasando las lluvias, fuese con el hermano
Alberto Romero á fundar la Reducción de nuestro P. San Ignacio, se
anticipó el P. Yegros algún tiempo, así por escoger con tiempo sitio á
propósito, como por no exponerse á peligro de no hallar agua qué beber
en el camino; por tanto, á principios de Abril empezó su viaje; mas
entrando en el bosque de los Zamucos, se vió obligado á volver atrás por
tener tanta falta de agua, que ni la gente ni las caballerías tenían
con qué apagar la sed.
Púsose en camino segunda vez por Septiembre, y llovió tanto, que
anegadas las campañas de los Cucarates, apenas pudo llegar al término de
su viaje.
Lo que padeció en este viaje lo referiré con las mismas palabras con que
él, habiendo vuelto de los Zamucos, se lo escribió en carta de 27 de
Octubre de aquel año de 1718 al P. Visitador de los Chiquitos, Juan
Patricio Fernández, desde el pueblo de San Juan.
«Por no alargarme (dice) no describo aquí cómo conseguí el llegar á este
pueblo, contra el parecer y juicio de todos los prácticos de de estos
caminos y contra toda disposición del tiempo; y los pocos Morotocos que
llevé conmigo y se adelantaron á entrar en la montaña hubieron de
perecer de sed, aunque consiguieron con gran valor el llegar al pueblo;
y yo, que de ahí á algunos días los seguí, fuí nadando en agua (como
dicen) por toda la montaña, que ya servía de enfado y de embarazo al que
iba de posta y de ligera.
»Sólo lo atribuí al dedo de Dios, pues cuando la piedad y misericordia
divina se inclina á obrar, no hay imposibles, y más cuando precedieron
los sudores, trabajos, necesidades y hambres de su primer conquistador
de esta nación nuestro dignísimo P. Provincial Juan Bautista de Zea.»
Despachó, pues, delante el P. Yegros algunos indios cristianos que
avisasen al cacique principal de los Zamucos de su venida, y que le
llevasen en su nombre un bastón, hermosamente guarnecido, y una camiseta
colorada, que son las galas que ellos estiman.
Llegaron los mensajeros y fueron recibidos con grande amor y cortesía, y
fueron sentados á la mesa del cacique, cuyas viandas se reducían á
raíces de cardos silvestres, que era todo su mantenimiento, y por gran
regalo les ofrecieron un vaso de agua, porque había allí tal carestía,
que cada uno estaba esperando la suerte de poder coger tanta cuanta
cabía en la palma de mano, de un pequeño manantial que salía de un
peñasco.
Dos días después se partieron los cristianos, acompañados del cacique
principal, con otros de los suyos, y encontrándose en el bosque con el
P. Miguel, dieron la vuelta, y á 5 de Octubre llegaron á donde el P. Zea
el año antecedente había levantado la cruz.
Increíble fué el júbilo y la fiesta que hizo aquella buena gente,
manifestando el gusto que tenían de ver en sus países á nuestros
Misioneros, diciendo en nombre de todos el cacique principal, indio, por
cierto digno de estimación, que no obstante sus grandes necesidades,
hambres y pobreza no se había apartado de su pueblo ni permitido que los
suyos se alejasen por estar en continua esperanza de que habían de ir
los nuestros, habiendo enviado varias veces, y él mismo ido en persona,
á registrar los caminos para ver si parecían.