Nació, pues, el P. Bartolomé Blende á 24 de Agosto de 1675 en la ciudad

de Bruxas, una de las principales del condado de Flandes, de padres

nobles.

Era dotado de excelente ingenio, y para lograrle, empezó á estudiar en

su patria las letras humanas y alguna cosa de filosofía; mas llamado de

Dios á aprender en la Compañía de Jesús la sabiduría del Evangelio, no

tuvo mucho trabajo en obedecer, pues aun en medio de los peligros del

mundo, vivía con mucha religión y piedad.

Habiendo vivido en su provincia de Flandes cerca de quince años, alcanzó

de nuestro Padre general Miguel Ángel Tamburini licencia para pasar á

las Indias, cosa que por largo tiempo había deseado.

Pasó de Flandes á Madrid, donde en su Colegio imperial esparció en breve

el olor de su santidad y virtud, y formaron todos universalmente un

concepto extraordinario de que era varón apostólico y dotado de aquellos

talentos que son necesarios para las Misiones de las Indias; por lo

cual, mucho tiempo después de su partida, duró allí fresca la memoria de

sus virtudes. De Madrid fué á Cádiz, donde se embarcó á 2 de Marzo de

1710 en los navíos que salían para el puerto de Buenos Aires en

compañía de otros ochenta y nueve jesuitas de varias naciones, pero

todos de un mismo espíritu, que los conducía de Europa á la América á

las fatigas y penalidades de las trabajosas Misiones del Paraguay y

Chile.

Mientras el día siguiente navegaban viento en popa, se levantó una

espesa niebla, y cubiertos de ella se acercaron tres navíos holandeses,

los cuales con grande estrépito y ruido de batalla los arrestaron,

disparándoles un tiro de artillería y estuvo á pique de haber un combate

sangriento de ambas partes, defendiendo los unos sus haberes y las

grandes esperanzas con que se habían embarcado, y los otros, esperando

hacerse ricos con un cuantioso despojo; mas como los españoles al cargar

sus navíos de registro, no observen la común medida del peso que á

proporción del buque se debe cargar, sino que meten más géneros de los

que caben, añadiéndose á esto la gruesa cantidad de provisiones para

seis ó siete meses, de ahí nace ir tan hundidos en el agua, que sólo

llevan fuera lo que es preciso para que se mantengan en ella, quedando

inútil la más de la artillería para pelear, por ir las andanas dentro

del agua.

Por esta causa, juzgando cuerdamente los capitanes que era menos mal

rendirse que pelear, pues rindiéndose tenían esperanza, que por la

protección de la reina de Inglaterra, de quien tenían pasaporte, se les

volvería la mayor parte de sus haciendas, echaron banderas; y aunque lo

contradijeron los marineros y los pasajeros gritasen protestando que se

ponían á manifiesto peligro sus personas y caudales, se rindieron

totalmente.

No es fácil de decir con qué algazara y furor entraron los vencedores en

los navíos, que despojando á los oficiales y pasajeros los trataron con

un modo muy extraño y cruel, registrando los pechos aun á los mismos

capitanes con instrumentos sútiles de hierro para ver si por ventura

habían escondido en el seno algunos pedazos de oro ú otra cosa preciosa.

Lo que pareció tan mal, aun á los senadores y magistrados de Holanda,

que llamando á los capitanes holandeses á Amsterdam á dar razón de sí,

les privaron y depusieron de sus oficios.

Los nuestros, pues, á quienes la sotana de la Compañía hacía dignos de

peor tratamiento en el juicio de los herejes, fueron de ellos muy

maltratados, quitándoles á todos su ropa y lo demás, y echándolos en el

lugar peor y más desacomodado de las naves, con sólo el mantenimiento

preciso para no morir.

Entre tanto los vencedores banqueteaban y se regalaban muy festivos con

la provisión que habían hallado en los navíos, mas á costa de los

vencidos todo; porque tomados del vino y brevajes que hacían, salían tan

fuera de sí, que á manadas andaban discurriendo por todas partes, de

popa á proa, tomando por entretenimiento y placer escarnecerlos á todos

con mofas injuriosas, con visajes ridículos, y tratándolos tan

infamemente, como si fuesen una vil canalla de turcos.

También los nuestros mantenían á su costa gran parte ó la mayor de esta

fiesta; porque como echando mano de ellos les registrasen aun los más

secretos senos, y hallasen en el lugar de joyas cilicios, cadenillas y

disciplinas, montando en cólera por verse burlados, les sacudían

reciamente con ellas; otras veces, como queriendo usar con ellos de

misericordia por verlos pálidos y consumidos de tantos trabajos, les

ofrecían unos grandes vasos llenos de licores suyos propios; y si por

modestia ó por otra causa rehusaban llegarlos á los labios, les

obligaban á ello con la pistola en la mano.

En tantas y tan duras aflicciones, que les duraron desde 26 de Marzo

hasta 6 de Abril era el P. Blende el consuelo y alivio de todos, y con

su afabilidad y cortesía se ganó la voluntad del capitán holandés, con

que pudo alcanzar algún alivio para sus hermanos, hasta que dieron fondo

en Lisboa el domingo de Lázaro en la tarde.

En aquella ciudad, á donde había llegado la fama de lo sucedido habían

ya prevenido el insigne colegio de San Antonio y el Noviciado algunas

lanchas en que salieron á recibir á los nuestros, y con el mayor cariño

y amor que es imaginable, les procuraron reparar de los trabajos

pasados, y por todo el tiempo que allí se detuvieron usaron con ellos de

todas aquellas finezas de caridad que son tan propias y antiguas en

aquella observantísima provincia de Portugal.

No pudo el P. Bartolomé de Blende gozar de estas caritativas

demostraciones, porque á las repetidas instancias del ilustrísimo señor

D. Pedro Levanto, arzobispo de Lima, á quien en Lisboa no quisieron

dejar los holandeses por ser persona de tanta distinción, fué preciso le

ordenasen los Superiores fuese acompañando á su ilustrísima hasta

Holanda; para lo cual, disfrazado en traje de secular porque vestido de

Jesuita no le permitieron ir los holandeses, pasó á Amsterdam, no sin

conocido provecho de muchos de los mismos holandeses, ocultos católicos

á quienes en secreto confesó y exhortó á mantenerse constantes y firmes

en la fé.

Puesto, finamente, en libertad aquel prelado volvió con él á Sevilla,

donde á 15 de Agosto de 1711 hizo la profesión de cuatro votos.

De aquí se partió otra vez á Cádiz sin querer recibir ninguno de los

riquísimos presentes que el ilustrísimo señor Levanto le ofrecía, en

agradecimiento de lo mucho que había cooperado con los ministros de la

república de Holanda para que su ilustrísima fuese restituído á su

libertad.

Sólo admitió unos libritos de devoción, útiles para introducir, aun en

gentes de poca ó ninguna conciencia, sentimientos de piedad cristiana, y

para aumentar la estima y reverencia de la reina de los Ángeles, de

quien era devotísimo.

Hízose á la vela á 27 de Diciembre del año mismo de 711. Y aun en esta

segunda navegación fué con sus compañeros apresado de los ingleses, que

disparando una bala de artillería para pedir bandera, dió el golpe muy

cerca del lugar donde venía el P. Blende, que con los demás se prevenía

para la muerte, caso que se llegase á rompimiento, para que á toda

priesa se prevenían las armas; y aun en este caso, en que turbados todos

con el peligro de muerte, andaban en continuo susto y sobresalto, él,

con una serenidad de rostro angelical, después de haber echado á todos

los Jesuitas y otras personas de su posición, hombres y mujeres, que se

habían refugiado á la Cámara de Santa Bárbara, la absolución general, se

puso muy despacio á oir las confesiones de algunos que se pudieron

confesar.

A este tiempo se reconoció ya que los agresores eran ingleses, con que

viniendo ellos á nuestra capitana, se les hizo demostración del

pasaporte de la reina Ana que traía, y dejaron pasar libres las naves.

Caminóse después con varia fortuna, y al P. Bartolomé le encargó el P.

Procurador general, Francisco Burgués, el cuidado de los novicios, como

lo había hecho el tiempo que estuvieron detenidos en Cádiz, y mostró

siempre con ellos entrañas y ternura de verdadera madre, no sólo en su

aprovechamiento espiritual, sino aun en el alivio corporal; de suerte

que para estar más pronto á socorrerlos en sus necesidades, renunció la

comodidad de venir en la cámara de popa, y quiso vivir con ellos en la

de Santa Bárbara, lugar incomodísimo y de que rarísimas veces salió para

repararse con el viento fresco en la plaza de Armas, contento sólo con

las delicias y conortes del cielo, que jamás le faltaban, gastando lo

más del tiempo en contínua y estrecha unión con Dios.

Llegado á Buenos Aires á 8 de Abril del año siguiente de 712 y esperando

allí algunos pocos meses las embarcaciones de las doctrinas, pasó en

ellas, con otros cuatro de sus conmisioneros, por orden del P.

Visitador, Antonio Garriga, á las Misiones de los Guaranís, no sin dolor

y sentimiento de sus novicios, que deseaban gozarle por más largo tiempo

y tener á la vista un ejemplar perfecto de Jesuita indiano, para copiar

en sí aquellas tan grandes y tan excelentes virtudes que son necesarias

á quien en país tan extraño y entre gente tan bárbara, por naturaleza y

por los vicios, debe ejercitar el oficio de la predicación Apostólica.

Lo que obró después en servicio de Dios y de las almas en aquellas

Reducciones no se puede decir fácilmente; pero se puede conjeturar

bastantemente, de que entre tantos, por otra parte dignísimos, fué

escogido por compañero del Apostólico P. Arce para ir al descubrimiento

del puerto de los Itatines, por donde se hiciese escala para la

comunicación con las Misiones de los Chiquitos, y para observar la

voluntad de las naciones cincunvecinas á la ley de Cristo, en cuya

empresa felizmente murió.

Hombre verdaderamente de virtudes y talentos, de que se esperaba mucho

para la exaltación de la fe, si Dios, que desde el cielo ordena las

cosas de la tierra, muy al revés de lo que alcanzan nuestros cortos

juicios, no hubiera privado de él al Paraguay, poco después que se le

dió y llamádole á recibir el descanso eterno cuando estaba con fuerzas y

vigor para trabajar por muchos años.

Murió el año de 715; no se sabe el día, pero se cree fué su muerte á los

últimos de Noviembre, en edad de 40 años y 21 de religión, en que había

entrado á 1.º de Octubre de 1694.

CAPÍTULO XVIII

_Fúndase una Reducción nueva y el

P. Juan Bautista de Zea emprende

la Misión de los

Zamucos._

Ya es tiempo de que volvamos á atar el hilo de la historia, interrumpida

con esta larga, bien que útil digresión, y en primer lugar á dar una

vista á la Reducción de San Juan Bautista, para pasar después á hablar

por extenso de las trabajosísimas Misiones que en estos años emprendió á

gloria de Dios y bien de las almas, el Apostólico P. Juan Bautista de

Zea.

Ya dijimos en el capítulo XVI cómo para suplir la falta de sujetos se

habían extinguido dos pueblos, y el uno de la advocación de San Juan

Bautista; mas por este tiempo se volvió á fundar otro con la misma

advocación.

Habíanse, pues, agregado á San Joseph buen número de Morotocos y Quíes,

y para mantener tanta gente era el terruño algo estéril, y cortas las

cosechas; por lo cual era necesario dividir aquel pueblo y buscar en

otra parte lugar para fundar en él otro nuevo.

Trece leguas de San Joseph, hacia Levante, había una campaña llamada el

Naranjal, estéril, no tanto por infelicidad de la tierra, cuanto por no

haber quien la cultivase.

De común consentimiento escogieron, entre los otros, este paraje los

neófitos, y tomó luego habitación en él la gente de cuatro naciones y de

otros tantos idiomas, Boros, Penotos, Taus y Morotocos, poniendo por

nombre á aquel pueblo San Juan Bautista; y para esto se atendió tanto á

que tuviesen cómodamente con qué pasar la vida, cuanto á que en bárbaros

nuevos en la fe, viniendo muchos en número y envejecidos en los vicios,

es cosa de increíble trabajo quitarles las malas costumbres, hacerlos

olvidar las antiguas supersticiones y reducirlos á la estrechez de la

ley y vida cristiana; y como decía graciosamente un Misionero, son ellos

tan niños, sin uso de razón que para criarlos con vida de hombres

racionales, es necesario estar en continuo ejercicio de todas las

virtudes, en especial de la paciencia, del celo, agrado y de aquella que

todo lo obra, la caridad, sufriéndoles infinitas impertinencias y

necedades, acomodándose á su modo y transformándose en cada uno de ellos

para ganarlos y conducirlos todos á Dios.

Encargóse este nuevo pueblo al P. Juan Bautista Xandra, sardo de nación,

el cual procuró, con todo el fervor de su espíritu, que la gente

fabricase sus Ranchos y labrase la tierra, de suerte que volviendo de

allí á poco el Padre Zea de los Zamucos, con no tan buen suceso como

esperaba, se consoló no poco con lo que vió en el nuevo pueblo de San

Juan, y tomó ánimo para arriesgar de nuevo la vida en la empresa de los

Zamucos.

Esta conversión de Zamucos es aquella obra que emprendo ahora escribir,

en que por haber sido la última de este obrero evangélico; así como el

sol en su horizonte, cuanto más precipitado corre al ocaso, tanto se

muestra más luminoso y bello, así este sol apostólico echó el resto de

su incomparable caridad cuando más cercano á su muerte; y aunque

consumido, no menos de los años que de los trabajos, tuvo tantas

fuerzas y aliento, que pudo llegar á plantar triunfante la bandera de

Cristo en país inaccesible, no tanto por la barbaridad de sus moradores,

cuanto por su sitio natural; bien que después, por los inescrutables

juicios de Dios, cometida á otros aquella grande obra, se frustraron por

algún tiempo tantas fatigas, y las esperanzas concebidas de penetrar por

aquí á las vastísimas provincias del Chaco.

Fortalecido, pues, su espíritu con largas oraciones y súplicas á Dios

Nuestro Señor para la feliz conducta de aquel negocio, se puso en camino

para los Zamucos por Julio de 1716, acompañado de cien neófitos, y á

pocas leguas se le opuso el infierno con horribles tempestades en el

aire, torbellinos de agua y viento, crecientes de ríos y otras mil

incomodidades; de manera que en andar cosa de catorce leguas, gastó

diecinueve días, mas no sin algún fruto; porque dando una ligera corrida

á registrar algunas Rancherías de los Tapuyquias, ya asoladas, halló

allí treinta almas que perseveraban aún en las tinieblas del gentilismo;

y ganadas para Cristo, las despachó al pueblo de San Joseph.

Alegre con esta ganancia impensada, pasó adelante, y á pocas leguas

encontró con un bosque de diez leguas de largo, horrible á la vista, y

tan difícil de penetrar por él, que nunca le había visto semejante en

todas sus correrías.

Lo que aquí hizo y padeció, con ningunas palabras lo podré mejor referir

que con las que el mismo P. Zea se lo escribió al P. Vice-Provincial

Luis de la Roca:

«Los indios (dice) no obstante que desconfiaban llegar al cabo,

comenzaron á trabajar y á desmontar la espesura; mas á la mitad de ella

desmayaron totalmente y se resolvieron á dejarla, y tuve por milagro el

poder detenerlos; y para animarlos á llevar al cabo lo comenzado, me

puse yo á la frente con una hacha en la mano, á veces con el azadón y

otras llevándoles agua para refrigerarlos de los incendios del

ardientísimo sol que hacía, y de esta manera, con el favor de Dios, en

diecinueve días de trabajo, se acabó de romper el bosque.

»Mas lo que se hacía insufrible era el no tener de día ni de noche

treguas de las sangrientas molestias de infinitos mosquitos y tábanos de

varias especies, molestísimos, cuyos aguijones nos desfiguraron

sobremanera y nos duraron por mucho tiempo las señales.

»Puse por nombre á este bosque el Purgatorio, para que quien los años

siguientes viniere á este país en busca de almas, sepa cuánto le han de

costar.»

Hasta aquí el P. Zea.

Abierto finalmente el camino salieron á campaña rasa, donde no hallaron

cosa de comer el Padre ni sus compañeros para repararse de los trabajos

pasados, porque no había en aquel lugar ninguna caza ni laguna de

pescado, ó alguna colmena, como hay por otras partes.

Sólo había gran copia de agua estantía en las lagunas, y algunas raíces

duras y tan amargas como la hiel, y de éstas no en mucha abundancia; por

esta causa perdió las esperanzas de llegar al término de su viaje,

porque fuera de lo dicho, habían también con los trabajos caído enfermos

no pocos de los neófitos, y los demás apenas se podían tener por la

falta de alimento.

Con todo eso pasó adelante, á dos jornadas distante de la última

Ranchería de los Cucarates, le suplicaron algunos Orerobates y Morotocos

torciese algún tanto el camino y fuese á tres Rancherías de su nación á

reducir á aquellos sus paisanos al conocimiento del Dios verdadero.

Condescendió con ellos de buena gana el santo varón, y dando orden al

resto de su comitiva que le esperasen junto á los Cucarates con solos

algunos pocos dió la vuelta hacia las dichas Rancherías, y en menos de

dos días entró en aquellas tierras donde no halló ni aun una sola alma,

porque la carestía había obligado á los paisanos á esparcirse por los

bosques en busca de comidas; por tanto, fueron tras ellos los cristianos

sin perder tiempo; mas los infieles, juzgándolos, ó enemigos ó indios

Chiquitos, de quien se temen en gran manera, huyeron, hasta que

desengañados, por haberse dado á conocer los nuestros, se pararon.

Pero fué en vano hablarlos de que se hiciesen cristianos, porque no

venían bien en abandonar su nativo suelo y tomar casa en otro paraje, y

de otra manera no podían ser doctrinados en las cosas de la fe y

admitidos al santo bautismo; por cuya razón, viendo el P. Zea que no era

aún llegado el tiempo para su conversión, dió la vuelta en busca de sus

compañeros; mas no le salieron en vano sus fatigas, porque corriendo por

algunas Rancherías ya desiertas, halló allí poco más de setenta almas

que redujo con facilidad á la fe, y dejándolas al cuidado de algunos de

sus neófitos que las guiasen y condujesen hasta San Joseph, alegrísimo

el siervo de Dios de haber en tres días sacado de las garras del demonio

tantos infieles, llegó junto á la última Ranchería de los Cucarates,

donde le esperaban sus compañeros, á los cuales el espíritu maligno

había puesto en el corazón tal desesperación del éxito feliz de aquella

empresa, que por más que los animó no pudo jamás conseguir con ellos que

pasasen adelante; y ¿qué podría hacer él solo si faltaba por romper otro

bosque semejante al pasado?

Detenerse aquí, y con el ayuda de otros infieles penetrar á los Zamucos

era imposible, porque todos, al ver á los Chiquitos, se habían retirado

muy adentro.

Por tanto, con increíble sentimiento y dolor de su corazón, se vió

obligado á volver atrás y diferir la empresa hasta el año siguiente:

Mas el celo de las almas y de la mayor gloria de Dios, que estimulaban

al Apostólico Padre á proseguir lo comenzado, no le dejaron esperar á

que abriese el tiempo, y aunque de las continuas lluvias que caían

estaban anegadas las campañas, resolvió exponerse segunda vez á los

riesgos y peligros pasados.

Cuáles y cuántos fuesen, no lo refiere el Padre por extenso, pero sí

explica lo bastante para comprender el valor y aliento que tenía en los

negocios del servicio de Dios.

«Lo mismo (dice) era tratar de esta Misión que tocar al arma el infierno

para deshacerla, romper el aire con furiosas tempestades y mover en la

tierra persecución aún más terrible; porque unos me persuadían á que era

temerario atrevimiento esta empresa y que no había de salirme bien con

los esfuerzos humanos. Otros, con más errado juicio, decían que se

perdía inútilmente el tiempo y el trabajo en la conversión de pocos

cuando había cerca tantos países donde á menos costa se ganaría para

Dios muy grande multitud de almas.»

Así nos pinta, como en bosquejo, los esfuerzos de los hombres y de los

demonios para apartarle de sus intentos; mas todo se desvaneció, porque

cuando Dios le llamaba, ni persuasión de razones, ni terror de peligros,

ni embarazos que se le atravesasen, eran poderosos para apartarle de sus

intentos.

Llamó, pues, un día á doce de los más fervorosos cristianos, y de igual

ánimo en los peligros, y con gran copia de razones les exhortó á que

quisiesen ser sus compañeros en aquella empresa, diciéndoles que en el

cielo les daría Dios el galardón de lo que por su amor padeciesen; que

debían procurar el bien de los otros y moverse á compasión de tantas

almas oprimidas de la tiranía del demonio, de quien ellos, por la

misericordia divina, habían sacudido el yugo; que no se espantasen de

los trabajos y riesgos que se les ofrecían porque corría por cuenta del

cielo el librarlos de ellos; fuera de que él sería el primero en

exponerse á los peligros y ellos en su seguimiento vendrían pisando sus

huellas; él tantearía primero los vados de los ríos, se arrojaría por

los pantanos, echaría mano del hacha, y si osasen acometerlos los

bárbaros, él se ofrecería á servirles de escudo.

Esto y más les dijo este generosísimo propagador de la ley de Dios, con

grande energía de espíritu, porque de suyo era elocuentísimo. Y á la

verdad era necesaria tal eficacia en sus palabras para que sus indios

perseverasen y pudiesen sufrir tantos trabajos.

Persuadióles lo que quería, y con estos pocos compañeros, en el mayor

rigor del tiempo, por Febrero del año siguiente, pasó á reconocer el

bosque que faltaba por abrir para entrar en los Zamucos; y pareciéndole

cobardía el no poner luego manos á la obra para allanar aquella

dificultad, cogiendo una hacha y otras á su imitación los neófitos,

comenzó á hacer el camino.

«Por espacio de quince días (dice él mismo en una carta) desde el

amanecer hasta puesto el sol, trabajé en desmontar parte de aquella

selva, las más de las veces con el agua hasta la cintura, á pie descalzo

por entre aquellos espinares, perdiendo á cada paso el camino, porque la

violencia del agua nos llevaba de una parte á otra.»

Trabajando con este tesón llegaron hasta la mitad del bosque, donde

conoció el santo varón que de aquella manera no tanto se habían de

sufrir trabajos y vencer dificultades, cuando contrastar poco menos que

un imposible; pues fuera del riesgo que había, de que creciendo un poco

más el agua quedasen todos anegados, no tenían un palmo de tierra donde

reposar de noche, y la molestia y enfado de los mosquitos era más

insufrible que estar debajo del agua; por esto se vió precisado á volver

atrás hasta que se serenase el tiempo y tomasen nuevo vigor y aliento

sus compañeros, aunque el Venerable Padre, á quien los consuelos del

cielo infundían tanto ánimo y valor en tantas angustias, que el celo de

las almas le hacía casi insensibles todos los trabajos.

Llegaron todos sanos y salvos el Sábado Santo á la Reducción de San

Juan Bautista, habiendo gastado más de cuarenta días en el viaje.

Al siguiente día de Pascua de Resurrección trató el P. Zea de ajustar

las paces y reducir al conocimiento de Dios los Carerás, para limpiar de

esta manera el camino de peligros y encuentros con aquellos caribes, que

causaban no poco terror á los pasajeros y servían de embarazo á la

dilatación de la santa fe.

Son estos Carerás de la misma lengua y nación que los Morotocos, con los

cuales poco antes habían roto la paz por litigios y contiendas que

tenían entre sí, y se habían seguido, de ambas partes, muchas muertes y

ruinas, hasta que cansados de pelear y hacer guerra los Carerás enviaron

mensajeros á los Morotocos para volver á su antigua amistad; pero contra

todo el derecho de las gentes, dieron éstos inhumanamente la muerte á

dichos mensajeros.

Irritó tanto esta alevosía á los Carerás, que se conjuraron para

destruir á los Morotocos, sin dar cuartel á ninguno de ellos; antes

bien, haciendo pedazos á cualquiera que caía en sus manos, y celebrando

con sus carnes banquetes de cruelísima alegría.

A domesticar, pues, estas fieras y reducirlas al rebaño de Cristo se

partieron ciento y sesenta indios cristianos del pueblo de San Joseph, y

entrando en su Ranchería, procuraron introducir tratados de paz; mas los

Carerás, sin querer dar oídos á estas pláticas, se pusieron luego en

arma, y del primer golpe mataron un indio cristiano é hirieron á otros

dos.

Los neófitos, entonces, ofendidos, dieron sobre ellos, disparándoles una

tempestad de flechas, de que muchos quedaron muertos: irritados, los que

pudieron, escaparon, y sólo se recogieron dieciséis de la chusma, que

traídos á San Joseph, se redujeron á nuestra santa fe.

Relacion historial de las misiones de indios chiquitos que en el Paraguay tienen los padres de la Compañía de Jesús · 第 20 / 27 段