de Bruxas, una de las principales del condado de Flandes, de padres
nobles.
Era dotado de excelente ingenio, y para lograrle, empezó á estudiar en
su patria las letras humanas y alguna cosa de filosofía; mas llamado de
Dios á aprender en la Compañía de Jesús la sabiduría del Evangelio, no
tuvo mucho trabajo en obedecer, pues aun en medio de los peligros del
mundo, vivía con mucha religión y piedad.
Habiendo vivido en su provincia de Flandes cerca de quince años, alcanzó
de nuestro Padre general Miguel Ángel Tamburini licencia para pasar á
las Indias, cosa que por largo tiempo había deseado.
Pasó de Flandes á Madrid, donde en su Colegio imperial esparció en breve
el olor de su santidad y virtud, y formaron todos universalmente un
concepto extraordinario de que era varón apostólico y dotado de aquellos
talentos que son necesarios para las Misiones de las Indias; por lo
cual, mucho tiempo después de su partida, duró allí fresca la memoria de
sus virtudes. De Madrid fué á Cádiz, donde se embarcó á 2 de Marzo de
1710 en los navíos que salían para el puerto de Buenos Aires en
compañía de otros ochenta y nueve jesuitas de varias naciones, pero
todos de un mismo espíritu, que los conducía de Europa á la América á
las fatigas y penalidades de las trabajosas Misiones del Paraguay y
Chile.
Mientras el día siguiente navegaban viento en popa, se levantó una
espesa niebla, y cubiertos de ella se acercaron tres navíos holandeses,
los cuales con grande estrépito y ruido de batalla los arrestaron,
disparándoles un tiro de artillería y estuvo á pique de haber un combate
sangriento de ambas partes, defendiendo los unos sus haberes y las
grandes esperanzas con que se habían embarcado, y los otros, esperando
hacerse ricos con un cuantioso despojo; mas como los españoles al cargar
sus navíos de registro, no observen la común medida del peso que á
proporción del buque se debe cargar, sino que meten más géneros de los
que caben, añadiéndose á esto la gruesa cantidad de provisiones para
seis ó siete meses, de ahí nace ir tan hundidos en el agua, que sólo
llevan fuera lo que es preciso para que se mantengan en ella, quedando
inútil la más de la artillería para pelear, por ir las andanas dentro
del agua.
Por esta causa, juzgando cuerdamente los capitanes que era menos mal
rendirse que pelear, pues rindiéndose tenían esperanza, que por la
protección de la reina de Inglaterra, de quien tenían pasaporte, se les
volvería la mayor parte de sus haciendas, echaron banderas; y aunque lo
contradijeron los marineros y los pasajeros gritasen protestando que se
ponían á manifiesto peligro sus personas y caudales, se rindieron
totalmente.
No es fácil de decir con qué algazara y furor entraron los vencedores en
los navíos, que despojando á los oficiales y pasajeros los trataron con
un modo muy extraño y cruel, registrando los pechos aun á los mismos
capitanes con instrumentos sútiles de hierro para ver si por ventura
habían escondido en el seno algunos pedazos de oro ú otra cosa preciosa.
Lo que pareció tan mal, aun á los senadores y magistrados de Holanda,
que llamando á los capitanes holandeses á Amsterdam á dar razón de sí,
les privaron y depusieron de sus oficios.
Los nuestros, pues, á quienes la sotana de la Compañía hacía dignos de
peor tratamiento en el juicio de los herejes, fueron de ellos muy
maltratados, quitándoles á todos su ropa y lo demás, y echándolos en el
lugar peor y más desacomodado de las naves, con sólo el mantenimiento
preciso para no morir.
Entre tanto los vencedores banqueteaban y se regalaban muy festivos con
la provisión que habían hallado en los navíos, mas á costa de los
vencidos todo; porque tomados del vino y brevajes que hacían, salían tan
fuera de sí, que á manadas andaban discurriendo por todas partes, de
popa á proa, tomando por entretenimiento y placer escarnecerlos á todos
con mofas injuriosas, con visajes ridículos, y tratándolos tan
infamemente, como si fuesen una vil canalla de turcos.
También los nuestros mantenían á su costa gran parte ó la mayor de esta
fiesta; porque como echando mano de ellos les registrasen aun los más
secretos senos, y hallasen en el lugar de joyas cilicios, cadenillas y
disciplinas, montando en cólera por verse burlados, les sacudían
reciamente con ellas; otras veces, como queriendo usar con ellos de
misericordia por verlos pálidos y consumidos de tantos trabajos, les
ofrecían unos grandes vasos llenos de licores suyos propios; y si por
modestia ó por otra causa rehusaban llegarlos á los labios, les
obligaban á ello con la pistola en la mano.
En tantas y tan duras aflicciones, que les duraron desde 26 de Marzo
hasta 6 de Abril era el P. Blende el consuelo y alivio de todos, y con
su afabilidad y cortesía se ganó la voluntad del capitán holandés, con
que pudo alcanzar algún alivio para sus hermanos, hasta que dieron fondo
en Lisboa el domingo de Lázaro en la tarde.
En aquella ciudad, á donde había llegado la fama de lo sucedido habían
ya prevenido el insigne colegio de San Antonio y el Noviciado algunas
lanchas en que salieron á recibir á los nuestros, y con el mayor cariño
y amor que es imaginable, les procuraron reparar de los trabajos
pasados, y por todo el tiempo que allí se detuvieron usaron con ellos de
todas aquellas finezas de caridad que son tan propias y antiguas en
aquella observantísima provincia de Portugal.
No pudo el P. Bartolomé de Blende gozar de estas caritativas
demostraciones, porque á las repetidas instancias del ilustrísimo señor
D. Pedro Levanto, arzobispo de Lima, á quien en Lisboa no quisieron
dejar los holandeses por ser persona de tanta distinción, fué preciso le
ordenasen los Superiores fuese acompañando á su ilustrísima hasta
Holanda; para lo cual, disfrazado en traje de secular porque vestido de
Jesuita no le permitieron ir los holandeses, pasó á Amsterdam, no sin
conocido provecho de muchos de los mismos holandeses, ocultos católicos
á quienes en secreto confesó y exhortó á mantenerse constantes y firmes
en la fé.
Puesto, finamente, en libertad aquel prelado volvió con él á Sevilla,
donde á 15 de Agosto de 1711 hizo la profesión de cuatro votos.
De aquí se partió otra vez á Cádiz sin querer recibir ninguno de los
riquísimos presentes que el ilustrísimo señor Levanto le ofrecía, en
agradecimiento de lo mucho que había cooperado con los ministros de la
república de Holanda para que su ilustrísima fuese restituído á su
libertad.
Sólo admitió unos libritos de devoción, útiles para introducir, aun en
gentes de poca ó ninguna conciencia, sentimientos de piedad cristiana, y
para aumentar la estima y reverencia de la reina de los Ángeles, de
quien era devotísimo.
Hízose á la vela á 27 de Diciembre del año mismo de 711. Y aun en esta
segunda navegación fué con sus compañeros apresado de los ingleses, que
disparando una bala de artillería para pedir bandera, dió el golpe muy
cerca del lugar donde venía el P. Blende, que con los demás se prevenía
para la muerte, caso que se llegase á rompimiento, para que á toda
priesa se prevenían las armas; y aun en este caso, en que turbados todos
con el peligro de muerte, andaban en continuo susto y sobresalto, él,
con una serenidad de rostro angelical, después de haber echado á todos
los Jesuitas y otras personas de su posición, hombres y mujeres, que se
habían refugiado á la Cámara de Santa Bárbara, la absolución general, se
puso muy despacio á oir las confesiones de algunos que se pudieron
confesar.
A este tiempo se reconoció ya que los agresores eran ingleses, con que
viniendo ellos á nuestra capitana, se les hizo demostración del
pasaporte de la reina Ana que traía, y dejaron pasar libres las naves.
Caminóse después con varia fortuna, y al P. Bartolomé le encargó el P.
Procurador general, Francisco Burgués, el cuidado de los novicios, como
lo había hecho el tiempo que estuvieron detenidos en Cádiz, y mostró
siempre con ellos entrañas y ternura de verdadera madre, no sólo en su
aprovechamiento espiritual, sino aun en el alivio corporal; de suerte
que para estar más pronto á socorrerlos en sus necesidades, renunció la
comodidad de venir en la cámara de popa, y quiso vivir con ellos en la
de Santa Bárbara, lugar incomodísimo y de que rarísimas veces salió para
repararse con el viento fresco en la plaza de Armas, contento sólo con
las delicias y conortes del cielo, que jamás le faltaban, gastando lo
más del tiempo en contínua y estrecha unión con Dios.
Llegado á Buenos Aires á 8 de Abril del año siguiente de 712 y esperando
allí algunos pocos meses las embarcaciones de las doctrinas, pasó en
ellas, con otros cuatro de sus conmisioneros, por orden del P.
Visitador, Antonio Garriga, á las Misiones de los Guaranís, no sin dolor
y sentimiento de sus novicios, que deseaban gozarle por más largo tiempo
y tener á la vista un ejemplar perfecto de Jesuita indiano, para copiar
en sí aquellas tan grandes y tan excelentes virtudes que son necesarias
á quien en país tan extraño y entre gente tan bárbara, por naturaleza y
por los vicios, debe ejercitar el oficio de la predicación Apostólica.
Lo que obró después en servicio de Dios y de las almas en aquellas
Reducciones no se puede decir fácilmente; pero se puede conjeturar
bastantemente, de que entre tantos, por otra parte dignísimos, fué
escogido por compañero del Apostólico P. Arce para ir al descubrimiento
del puerto de los Itatines, por donde se hiciese escala para la
comunicación con las Misiones de los Chiquitos, y para observar la
voluntad de las naciones cincunvecinas á la ley de Cristo, en cuya
empresa felizmente murió.
Hombre verdaderamente de virtudes y talentos, de que se esperaba mucho
para la exaltación de la fe, si Dios, que desde el cielo ordena las
cosas de la tierra, muy al revés de lo que alcanzan nuestros cortos
juicios, no hubiera privado de él al Paraguay, poco después que se le
dió y llamádole á recibir el descanso eterno cuando estaba con fuerzas y
vigor para trabajar por muchos años.
Murió el año de 715; no se sabe el día, pero se cree fué su muerte á los
últimos de Noviembre, en edad de 40 años y 21 de religión, en que había
entrado á 1.º de Octubre de 1694.
CAPÍTULO XVIII
_Fúndase una Reducción nueva y el
P. Juan Bautista de Zea emprende
la Misión de los
Zamucos._
Ya es tiempo de que volvamos á atar el hilo de la historia, interrumpida
con esta larga, bien que útil digresión, y en primer lugar á dar una
vista á la Reducción de San Juan Bautista, para pasar después á hablar
por extenso de las trabajosísimas Misiones que en estos años emprendió á
gloria de Dios y bien de las almas, el Apostólico P. Juan Bautista de
Zea.
Ya dijimos en el capítulo XVI cómo para suplir la falta de sujetos se
habían extinguido dos pueblos, y el uno de la advocación de San Juan
Bautista; mas por este tiempo se volvió á fundar otro con la misma
advocación.
Habíanse, pues, agregado á San Joseph buen número de Morotocos y Quíes,
y para mantener tanta gente era el terruño algo estéril, y cortas las
cosechas; por lo cual era necesario dividir aquel pueblo y buscar en
otra parte lugar para fundar en él otro nuevo.
Trece leguas de San Joseph, hacia Levante, había una campaña llamada el
Naranjal, estéril, no tanto por infelicidad de la tierra, cuanto por no
haber quien la cultivase.
De común consentimiento escogieron, entre los otros, este paraje los
neófitos, y tomó luego habitación en él la gente de cuatro naciones y de
otros tantos idiomas, Boros, Penotos, Taus y Morotocos, poniendo por
nombre á aquel pueblo San Juan Bautista; y para esto se atendió tanto á
que tuviesen cómodamente con qué pasar la vida, cuanto á que en bárbaros
nuevos en la fe, viniendo muchos en número y envejecidos en los vicios,
es cosa de increíble trabajo quitarles las malas costumbres, hacerlos
olvidar las antiguas supersticiones y reducirlos á la estrechez de la
ley y vida cristiana; y como decía graciosamente un Misionero, son ellos
tan niños, sin uso de razón que para criarlos con vida de hombres
racionales, es necesario estar en continuo ejercicio de todas las
virtudes, en especial de la paciencia, del celo, agrado y de aquella que
todo lo obra, la caridad, sufriéndoles infinitas impertinencias y
necedades, acomodándose á su modo y transformándose en cada uno de ellos
para ganarlos y conducirlos todos á Dios.
Encargóse este nuevo pueblo al P. Juan Bautista Xandra, sardo de nación,
el cual procuró, con todo el fervor de su espíritu, que la gente
fabricase sus Ranchos y labrase la tierra, de suerte que volviendo de
allí á poco el Padre Zea de los Zamucos, con no tan buen suceso como
esperaba, se consoló no poco con lo que vió en el nuevo pueblo de San
Juan, y tomó ánimo para arriesgar de nuevo la vida en la empresa de los
Zamucos.
Esta conversión de Zamucos es aquella obra que emprendo ahora escribir,
en que por haber sido la última de este obrero evangélico; así como el
sol en su horizonte, cuanto más precipitado corre al ocaso, tanto se
muestra más luminoso y bello, así este sol apostólico echó el resto de
su incomparable caridad cuando más cercano á su muerte; y aunque
consumido, no menos de los años que de los trabajos, tuvo tantas
fuerzas y aliento, que pudo llegar á plantar triunfante la bandera de
Cristo en país inaccesible, no tanto por la barbaridad de sus moradores,
cuanto por su sitio natural; bien que después, por los inescrutables
juicios de Dios, cometida á otros aquella grande obra, se frustraron por
algún tiempo tantas fatigas, y las esperanzas concebidas de penetrar por
aquí á las vastísimas provincias del Chaco.
Fortalecido, pues, su espíritu con largas oraciones y súplicas á Dios
Nuestro Señor para la feliz conducta de aquel negocio, se puso en camino
para los Zamucos por Julio de 1716, acompañado de cien neófitos, y á
pocas leguas se le opuso el infierno con horribles tempestades en el
aire, torbellinos de agua y viento, crecientes de ríos y otras mil
incomodidades; de manera que en andar cosa de catorce leguas, gastó
diecinueve días, mas no sin algún fruto; porque dando una ligera corrida
á registrar algunas Rancherías de los Tapuyquias, ya asoladas, halló
allí treinta almas que perseveraban aún en las tinieblas del gentilismo;
y ganadas para Cristo, las despachó al pueblo de San Joseph.
Alegre con esta ganancia impensada, pasó adelante, y á pocas leguas
encontró con un bosque de diez leguas de largo, horrible á la vista, y
tan difícil de penetrar por él, que nunca le había visto semejante en
todas sus correrías.
Lo que aquí hizo y padeció, con ningunas palabras lo podré mejor referir
que con las que el mismo P. Zea se lo escribió al P. Vice-Provincial
Luis de la Roca:
«Los indios (dice) no obstante que desconfiaban llegar al cabo,
comenzaron á trabajar y á desmontar la espesura; mas á la mitad de ella
desmayaron totalmente y se resolvieron á dejarla, y tuve por milagro el
poder detenerlos; y para animarlos á llevar al cabo lo comenzado, me
puse yo á la frente con una hacha en la mano, á veces con el azadón y
otras llevándoles agua para refrigerarlos de los incendios del
ardientísimo sol que hacía, y de esta manera, con el favor de Dios, en
diecinueve días de trabajo, se acabó de romper el bosque.
»Mas lo que se hacía insufrible era el no tener de día ni de noche
treguas de las sangrientas molestias de infinitos mosquitos y tábanos de
varias especies, molestísimos, cuyos aguijones nos desfiguraron
sobremanera y nos duraron por mucho tiempo las señales.
»Puse por nombre á este bosque el Purgatorio, para que quien los años
siguientes viniere á este país en busca de almas, sepa cuánto le han de
costar.»
Hasta aquí el P. Zea.
Abierto finalmente el camino salieron á campaña rasa, donde no hallaron
cosa de comer el Padre ni sus compañeros para repararse de los trabajos
pasados, porque no había en aquel lugar ninguna caza ni laguna de
pescado, ó alguna colmena, como hay por otras partes.
Sólo había gran copia de agua estantía en las lagunas, y algunas raíces
duras y tan amargas como la hiel, y de éstas no en mucha abundancia; por
esta causa perdió las esperanzas de llegar al término de su viaje,
porque fuera de lo dicho, habían también con los trabajos caído enfermos
no pocos de los neófitos, y los demás apenas se podían tener por la
falta de alimento.
Con todo eso pasó adelante, á dos jornadas distante de la última
Ranchería de los Cucarates, le suplicaron algunos Orerobates y Morotocos
torciese algún tanto el camino y fuese á tres Rancherías de su nación á
reducir á aquellos sus paisanos al conocimiento del Dios verdadero.
Condescendió con ellos de buena gana el santo varón, y dando orden al
resto de su comitiva que le esperasen junto á los Cucarates con solos
algunos pocos dió la vuelta hacia las dichas Rancherías, y en menos de
dos días entró en aquellas tierras donde no halló ni aun una sola alma,
porque la carestía había obligado á los paisanos á esparcirse por los
bosques en busca de comidas; por tanto, fueron tras ellos los cristianos
sin perder tiempo; mas los infieles, juzgándolos, ó enemigos ó indios
Chiquitos, de quien se temen en gran manera, huyeron, hasta que
desengañados, por haberse dado á conocer los nuestros, se pararon.
Pero fué en vano hablarlos de que se hiciesen cristianos, porque no
venían bien en abandonar su nativo suelo y tomar casa en otro paraje, y
de otra manera no podían ser doctrinados en las cosas de la fe y
admitidos al santo bautismo; por cuya razón, viendo el P. Zea que no era
aún llegado el tiempo para su conversión, dió la vuelta en busca de sus
compañeros; mas no le salieron en vano sus fatigas, porque corriendo por
algunas Rancherías ya desiertas, halló allí poco más de setenta almas
que redujo con facilidad á la fe, y dejándolas al cuidado de algunos de
sus neófitos que las guiasen y condujesen hasta San Joseph, alegrísimo
el siervo de Dios de haber en tres días sacado de las garras del demonio
tantos infieles, llegó junto á la última Ranchería de los Cucarates,
donde le esperaban sus compañeros, á los cuales el espíritu maligno
había puesto en el corazón tal desesperación del éxito feliz de aquella
empresa, que por más que los animó no pudo jamás conseguir con ellos que
pasasen adelante; y ¿qué podría hacer él solo si faltaba por romper otro
bosque semejante al pasado?
Detenerse aquí, y con el ayuda de otros infieles penetrar á los Zamucos
era imposible, porque todos, al ver á los Chiquitos, se habían retirado
muy adentro.
Por tanto, con increíble sentimiento y dolor de su corazón, se vió
obligado á volver atrás y diferir la empresa hasta el año siguiente:
Mas el celo de las almas y de la mayor gloria de Dios, que estimulaban
al Apostólico Padre á proseguir lo comenzado, no le dejaron esperar á
que abriese el tiempo, y aunque de las continuas lluvias que caían
estaban anegadas las campañas, resolvió exponerse segunda vez á los
riesgos y peligros pasados.
Cuáles y cuántos fuesen, no lo refiere el Padre por extenso, pero sí
explica lo bastante para comprender el valor y aliento que tenía en los
negocios del servicio de Dios.
«Lo mismo (dice) era tratar de esta Misión que tocar al arma el infierno
para deshacerla, romper el aire con furiosas tempestades y mover en la
tierra persecución aún más terrible; porque unos me persuadían á que era
temerario atrevimiento esta empresa y que no había de salirme bien con
los esfuerzos humanos. Otros, con más errado juicio, decían que se
perdía inútilmente el tiempo y el trabajo en la conversión de pocos
cuando había cerca tantos países donde á menos costa se ganaría para
Dios muy grande multitud de almas.»
Así nos pinta, como en bosquejo, los esfuerzos de los hombres y de los
demonios para apartarle de sus intentos; mas todo se desvaneció, porque
cuando Dios le llamaba, ni persuasión de razones, ni terror de peligros,
ni embarazos que se le atravesasen, eran poderosos para apartarle de sus
intentos.
Llamó, pues, un día á doce de los más fervorosos cristianos, y de igual
ánimo en los peligros, y con gran copia de razones les exhortó á que
quisiesen ser sus compañeros en aquella empresa, diciéndoles que en el
cielo les daría Dios el galardón de lo que por su amor padeciesen; que
debían procurar el bien de los otros y moverse á compasión de tantas
almas oprimidas de la tiranía del demonio, de quien ellos, por la
misericordia divina, habían sacudido el yugo; que no se espantasen de
los trabajos y riesgos que se les ofrecían porque corría por cuenta del
cielo el librarlos de ellos; fuera de que él sería el primero en
exponerse á los peligros y ellos en su seguimiento vendrían pisando sus
huellas; él tantearía primero los vados de los ríos, se arrojaría por
los pantanos, echaría mano del hacha, y si osasen acometerlos los
bárbaros, él se ofrecería á servirles de escudo.
Esto y más les dijo este generosísimo propagador de la ley de Dios, con
grande energía de espíritu, porque de suyo era elocuentísimo. Y á la
verdad era necesaria tal eficacia en sus palabras para que sus indios
perseverasen y pudiesen sufrir tantos trabajos.
Persuadióles lo que quería, y con estos pocos compañeros, en el mayor
rigor del tiempo, por Febrero del año siguiente, pasó á reconocer el
bosque que faltaba por abrir para entrar en los Zamucos; y pareciéndole
cobardía el no poner luego manos á la obra para allanar aquella
dificultad, cogiendo una hacha y otras á su imitación los neófitos,
comenzó á hacer el camino.
«Por espacio de quince días (dice él mismo en una carta) desde el
amanecer hasta puesto el sol, trabajé en desmontar parte de aquella
selva, las más de las veces con el agua hasta la cintura, á pie descalzo
por entre aquellos espinares, perdiendo á cada paso el camino, porque la
violencia del agua nos llevaba de una parte á otra.»
Trabajando con este tesón llegaron hasta la mitad del bosque, donde
conoció el santo varón que de aquella manera no tanto se habían de
sufrir trabajos y vencer dificultades, cuando contrastar poco menos que
un imposible; pues fuera del riesgo que había, de que creciendo un poco
más el agua quedasen todos anegados, no tenían un palmo de tierra donde
reposar de noche, y la molestia y enfado de los mosquitos era más
insufrible que estar debajo del agua; por esto se vió precisado á volver
atrás hasta que se serenase el tiempo y tomasen nuevo vigor y aliento
sus compañeros, aunque el Venerable Padre, á quien los consuelos del
cielo infundían tanto ánimo y valor en tantas angustias, que el celo de
las almas le hacía casi insensibles todos los trabajos.
Llegaron todos sanos y salvos el Sábado Santo á la Reducción de San
Juan Bautista, habiendo gastado más de cuarenta días en el viaje.
Al siguiente día de Pascua de Resurrección trató el P. Zea de ajustar
las paces y reducir al conocimiento de Dios los Carerás, para limpiar de
esta manera el camino de peligros y encuentros con aquellos caribes, que
causaban no poco terror á los pasajeros y servían de embarazo á la
dilatación de la santa fe.
Son estos Carerás de la misma lengua y nación que los Morotocos, con los
cuales poco antes habían roto la paz por litigios y contiendas que
tenían entre sí, y se habían seguido, de ambas partes, muchas muertes y
ruinas, hasta que cansados de pelear y hacer guerra los Carerás enviaron
mensajeros á los Morotocos para volver á su antigua amistad; pero contra
todo el derecho de las gentes, dieron éstos inhumanamente la muerte á
dichos mensajeros.
Irritó tanto esta alevosía á los Carerás, que se conjuraron para
destruir á los Morotocos, sin dar cuartel á ninguno de ellos; antes
bien, haciendo pedazos á cualquiera que caía en sus manos, y celebrando
con sus carnes banquetes de cruelísima alegría.
A domesticar, pues, estas fieras y reducirlas al rebaño de Cristo se
partieron ciento y sesenta indios cristianos del pueblo de San Joseph, y
entrando en su Ranchería, procuraron introducir tratados de paz; mas los
Carerás, sin querer dar oídos á estas pláticas, se pusieron luego en
arma, y del primer golpe mataron un indio cristiano é hirieron á otros
dos.
Los neófitos, entonces, ofendidos, dieron sobre ellos, disparándoles una
tempestad de flechas, de que muchos quedaron muertos: irritados, los que
pudieron, escaparon, y sólo se recogieron dieciséis de la chusma, que
traídos á San Joseph, se redujeron á nuestra santa fe.