El primero que entró fué un mancebo llamado _Cotaga_, hijo de un grande

hechicero, al cual tenía el Padre grande afecto, y por ganarle la

voluntad le sentaba siempre á su lado.

Este, pues, entró y se puso junto al Padre, como solía; otro se puso al

lado de un español que gobernaba el timón, y echando la vista á una

hacha ó destral, que estaba allí cerca, se sentó sobre ella disimulado,

y haciéndose señas el uno al otro, el que escondía la hacha echó mano de

ella con gran destreza, y tirándole al piloto, de un golpe le cortó la

cabeza.

Al mismo tiempo _Cotaga_ se echó sobre el Padre para que no tuviese

lugar de defenderse; y el otro con un recio golpe le partió por medio la

cabeza, y viéndole aún palpitar, le descargó con más furia el segundo;

luego los otros traidores acometieron á los neófitos, y en poco tiempo

les dieron cruel muerte; y á un indio llamado Francisco Guarayo, que

ayudaba á misa al Padre, le mataron á lanzadas.

Después, saltando de alegría por esta feísima traición, les cortaron á

todos las cabezas y pusieron tendidos los cadáveres en la orilla de una

isla que allí hacia el río poniendo en medio de todos al del dichoso P.

Blende; pegaron fuego al barco para quitarle la clavazón de hierro; y de

los ornamentos y demás alhajas sagradas destinadas para la nueva iglesia

de los Chiquitos, después de escarnecerlos y ultrajarlos, las hicieron

pedazos, tomando cada uno la parte que le cupo de tan impío botín y

sacrílego despojo.

No quedaron satisfechos estos enemigos de Dios y de su ley con tan

horrenda traición; antes tomando de ellas más ánimo, instigados del

demonio y de los hechiceros, se previnieron al último acto de la

tragedia con la muerte del P. Arce para apartar de sí á quien les

reprendía sus bestiales costumbres, é impedir juntamente que los de su

nación no abrazasen la santa fé, por lo cual se pusieron á espiar por

dónde había de pasar el Padre.

Este, pues, no habiendo podido encontrar el barco, habiendo compuesto lo

mejor que pudo una pequeña embarcación, se embarcó en ella con trece

neófitos, sus fidelísimos compañeros en tantos riesgos y peligros, al

principio de Diciembre.

Caminó prósperamente por muchos días, hasta que llegó á aquella isla en

cuya playa yacían tendidos los cadáveres, y observando que eran cuerpos

recién muertos, saltaron en tierra los indios y reconocieron que eran

sus compañeros.

Qué sentimiento y lágrimas de consuelo causó en el santo varón el ver

martirizado á su compañero, y por otra parte qué dolor tendría de

haberle perdido, esto más fácil es discurrirlo que explicarlo; abrazóle,

bañóle en lágrimas de santa envidia, y le hubiera de buena gana llevado

consigo, á haber sido capaz de ello la embarcación.

No sabía aún que Dios le quería dar en breve, con semejante corona, el

galardón de tantos trabajos y fatigas sufridas por acrecentar su gloria

y el bien de las almas.

Viendo esta carnicería los neófitos, le dijeron:

--Padre, demos la vuelta, porque los Payaguás están enconados con

nosotros y nos matarán, como lo han hecho con los demás.

--Eso no--respondió el Padre--porque estamos ya muy distantes: Dios será

con nosotros, pues que por su amor nos hemos puesto en camino.

Querían, á lo menos los indios prevenir las armas, y nuestros Guaranís

sus mosquetes. Ni aun esto les permitió, diciendo que quería morir por

Cristo, y les exhortó con palabras ardientes á sacrificar á Dios sus

vidas, diciéndoles:

--Si nuestros trabajos y sudores no han sido suficientes para conducir

al fin deseado esta empresa, lo supliremos á lo menos con la sangre; que

no podían hacer obra más agradable á Dios ni á sí mismos más provechosa,

que perder la vida en testimonio de aquella fe que profesaban; que no

perdiesen aquella corona que se les ofrecía y que tantos andaban

buscando sin tener la suerte de encontrarla; y que se verían en breve

eternamente felices en el cielo, con sólo ofrecer de buena voluntad sus

cabezas á las macanas de los Payaguás.

Con este razonamiento se animaron aquellos buenos cristianos á no hacer

caso de su vida temporal é imitar el ejemplo y valor del santo

Misionero.

Pasaron un poco adelante, cuando de repente cayeron en las celadas de

aquellos malvados, los cuales saliendo con presteza al encuentro, al

primer lance aferraron la embarcación y la llevaron á tierra; el primero

que entró en ella fué aquel maldito indio Cotaga, que llegándose al P.

Arce, le sacó á la playa echándole con ímpetu en el suelo y fué menester

muy poco, porque estaba ya consumido de fuerzas y sólo se tenía en pie

en cuanto el aliento y fervor de su espíritu le daban ánimo y vigor;

sacó luego su macana aquel sacrílego infiel, y le dió tan fiero golpe en

la cabeza que le quitó al punto la vida, sin poder decir otra cosa,

sino:

--Hijos míos, muy amados, ¿por qué hacéis esto?

A este tiempo en la ciudad de la Asunción el R. P. M. Fr. Joseph de

Zerza, comendador del convento de Nuestra Señora de la Merced, amigo muy

íntimo del siervo de Dios, por haber sido su discípulo en la filosofía,

le vió entrar en su celda y le dijo con tierno afecto:

--Hijo, encomiéndame á Dios, porque me hallo en grandes angustias.

Esto sucedió poco antes que le matasen, según el cómputo que después se

hizo; por lo cual el día siguiente ordenó á sus súbditos que dijesen la

misa por su intención; y se vió obligado á descubrirles la causa por el

semblante pálido y descolorido que tenía.

Después de haber aquellos malvados cometido esta bárbara traición,

dieron sobre los compañeros del P. Joseph, los cuales, movidos ya, de

sus palabras, y mucho más de su ejemplo, se dejaron matar sin la menor

resistencia, haciendo este acto de generosidad y mansedumbre, cuando tan

fácilmente, aunque tan pocos, se podían defender á sí mismos y al Padre

con los mosquetes que traían.

Mas no quiso Dios que muriesen todos, para que tuviésemos noticia de la

felicísima suerte de estos dos operarios Apostólicos; á algunos, pues,

dejaron con la vida, bien que condenados á esclavitud perpetua.

Los matadores transportaron el cuerpo del P. Arce á la otra banda del

río, y le entregaron á los Guaycurús, que también habían echado leña al

fuego, y tenido parte en este cruel delito.

Tomaron éstos el cadáver del santo mártir y se enfurecieron contra él

con grande inhumanidad, hiriéndole con sus lanzas, y sólo desearon

ensangrentarse más cuando ya no había qué maltratar y herir.

Aquel apóstata Ambrosio, que había sido la causa principal de esta

impiedad, despachó luego algunos de sus cómplices á avisar de lo

sucedido á la gente que iba á Nuestras Misiones de los Guaranís á

alistarse en el número de los fieles.

Apenas lo supo Quatí, el cacique principal de todos, y el más fervoroso

en el deseo de recibir el santo bautismo, cuando saliendo de sí de

dolor, dió la vuelta con todos sus vasallos para vengar las muertes de

los Padres.

Los delincuentes, viendo que no se podían escapar de la furia de aquel

valeroso cacique, llamaron en su favor á los Guaycurús; pero con todo

eso los acometió Quatí con grande valor, y á la primera embestida mató

á no pocos de los cómplices; los otros, no pudiendo resistirle, se

entraron huyendo por las selvas, y por mucho tiempo no osaron salir de

ellas; por lo cual todos los días este cacique daba en rostro á los

menos malos con tan enorme delito, diciéndoles que ¿á qué fin habían

quitado la vida á los Padres que tanto bien les hacían y los querían

tanto? que se fuesen á los Mamalucos y viesen si ellos los trataban

mejor.

Dejaron los traidores en su fuga los ornamentos del altar y otras

alhajas sagradas, que, aunque profanadas y hechas pedazos, las recogió

Quatí para restituirlas, porque todavía mantenía su buen deseo de ser

cristiano; mas éste al fin se desvaneció por haber algunos caciques de

su nación, confinantes con la Asunción, roto las paces con los

españoles.

Ha sido bien particular la providencia que Dios ha tenido para darnos

noticia de todos estos sucesos.

Había ya poco menos de dos años que no se sabía el fin de estos dos

Apostólicos operarios, por lo cual estábamos sobre manera afligidos y

desconsolados.

Creían algunos que, viéndose imposibilitados á volver á la Asunción, se

habían internado por el país á predicar en él la santa ley de Dios; y

era fundamento para este juicio el celo insaciable de entrambos, pues á

donde quiera que se les ofreciese ocasión de predicar, iban aun á costa

de grandes sudores y trabajos; otros discurrían mejor que habían sido

muertos por los Payaguás, ó á lo menos hechos esclavos.

Y en carta que he visto escrita de la Asunción de 30 de Abril de 1717,

escrita después del castigo de muerte que se dió á los Payaguás dichos,

se decía corría por cierto en aquella ciudad que había muerto sólo el P.

Arce, y al P. Blende le tenían los mismos Payaguás cautivo con algunos

de sus indios, y que al piloto español le habían vendido á los

Guaycurús.

Quiso Dios al fin consolarnos con noticia cierta del felicísimo arribo

de estos dos Misioneros al puesto de la bienaventuranza, con una muerte

tan gloriosa.

Fueron, pues, testigos de vista de todo lo sucedido, cuatro cristianos,

compañeros del P. Arce, cuyos nombres eran: Joseph Mazzabis, Jacinto

Poquibiqui, Pablo Tubarí y Pedro Melchor Guarayo, que habiendo estado

esclavos de los Payaguás, fueron rescatados por los Padres en el primer

viaje, y en este los había llevado consigo el Padre para intérpretes de

aquella lengua.

Estos ahora también quedaron esclavos segunda vez de los Payaguás.

Los cuatro, pues, con una india, de nación Asionés, también esclava, por

el mes de Enero de 718, se salieron de entre los Payaguás, con pretexto

de ir á buscar algunas frutas silvestres, llamadas motaquís, y

dejándolos descuidar, cogieron dos canoas y se dieron á la vela, vogando

con la fuerza que les daba el deseo de la libertad y el temor de ser

alcanzados de sus cruelísimos dueños.

Navegaron cosa de doscientas leguas hacia la laguna Mamoré, donde,

dejadas las canoas, se metieron por la espesura de los bosques para no

caer en manos de los Guaycurús; y tomando el camino hacia el pueblo de

San Rafael de los Chiquitos, consumidos de los trabajos y de la hambre,

llegaron, con mucha dificultad al dicho pueblo, y dieron las noticias

que yo aquí he referido.

Ya es tiempo de dar alguna noticia de estos dos celosísimos Misioneros

para ilustrar esta historia con la relación de su vida y virtudes, bien

que será con toda concisión.

Nació el P. Joseph de Arce á nueve de Noviembre del año de 1651, en la

isla de la Palma, una de las Canarias.

Sus padres, no menos ilustres en la sangre que en la piedad, le criaron

en el santo temor de Dios y devoción á la reina de los Ángeles; y

descubriendo en él una índole que prometía grandes esperanzas para los

adelantamientos de su familia, le enviaron en edad tierna á la

Universidad de Salamanca, donde con la cultura de las ciencias se

hiciese apto para conseguir alguna dignidad eclesiástica ó secular,

según el estado que eligiese.

Mas Dios Nuestro Señor que muchísimas veces se vale de los intereses

humanos, para lograr mejor el fin de su eterna providencia, se sirvió de

la ida de nuestro Joseph á aquella Universidad para llamarle á la

Compañía y después al Apostolado en las Indias.

Ponía empeño en el estudio de las letras, con la mira siempre á lo que

el mundo promete y después no cumple; pero como más por disposición

ajena que por voluntad propia, había puesto sus esperanzas en las cosas

caducas y perecederas, tuvo poco que hacer en él el desengaño; pues

considerando los innumerables que llenos como él de esperanzas se habían

alistado en las banderas del mundo y no habían alcanzado más premio,

después de sus trabajos y fatigas, que quedar desvanecidos y burlados

sus intentos, se persuadió á que lo mismo le sucedería á él, si mal

aconsejado tomase su partido; pero que si ofreciese sus sudores y

trabajos á Dios en el camino de la virtud, lograría, por premio, la

gloria.

Estas y otras reflexiones le alumbraron no poco el entendimiento, y

encendieron la voluntad en el amor á las cosas del alma, de Dios y de la

eternidad, hasta que labrando interiormente el Espíritu Santo con su

gracia en su corazón este desengaño, le trocó totalmente en otro hombre;

y así, resuelto á ser religioso, se sintió llamar eficazmente á la

Compañía; y como ya estaba descarnado de las cosas del siglo, fácilmente

obedeció á las inspiraciones del cielo, y recibido en la Compañía en el

mismo Colegio de Salamanca, á los 3 de Julio de 1669, pasó luego á tener

su noviciado en Villagarcía.

Apenas nuestro novicio puso el pie en aquella santa casa, cuando, como

árbol escogido, trasplantado junto á las corrientes de las aguas de la

gracia, comenzó á dar frutos de todas las virtudes.

Estaba entonces en los dieciocho años de su edad, y era de natural

ardiente y vivo; mas sujetó y rindió tanto esta viveza desde los

primeros meses de noviciado, que no dejó pasión que no domase, regla que

no observase, virtud que no practicase, ajustándose muy desde luego

perfectamente al modelo y nivel de nuestras constituciones.

Cumplido tan santamente su noviciado, pasó á los estudios mayores, donde

juntando el fervor y devoción con las ciencias, concibió ardientes

deseos de consagrarse á Dios más estrechamente en las Misiones de las

Indias y seguir más de cerca las pisadas del glorioso apóstol San

Francisco Xavier.

Para el cumplimiento de sus deseos le ofreció ocasión muy oportuna la

venida á Europa del P. Cristóbal de Altamirano, Procurador general de la

provincia del Paraguay, á cuyo cargo estaba llevar sujetos de la

Compañía que conservasen y dilatasen la fe en aquellas dilatadas

provincias.

Consultó primero este negocio en la oración con Dios y con su grande

abogado San Francisco Xavier, y luego manifestó sus deseos á los

Superiores, pidiéndoles con mucha instancia le diesen licencia para

pasar al Paraguay.

Nuestro Padre general Juan Pablo de Oliva, sabiendo la santa y loable

costumbre de las provincias de España, en no retener en Europa los

sujetos que Dios escoge para predicadores de su santo nombre en el Nuevo

Mundo, remitió la licencia á arbitrio del P. Provincial de la provincia

de Castilla, que á la sazón lo era el P. Pedro Jerónimo de Córdoba, á

quien pareciéndole ser el hermano Arce joven de quien se podía esperar

mucho fruto en la conversión de los indios, por su modo de vida ajustada

y conforme al espíritu de la Compañía, sin haber jamás descaecido un

punto en la carrera de la perfección, aun en el tiempo más peligroso de

los estudios, le destinó luego prontamente para esta provincia.

Llegó á Buenos Aires el año de 1674, habiéndose portado en toda la

navegación con grande ejemplo y edificación; y fué tal el que dió de su

porte religioso en aquel puerto, que he oído á un sujeto, que ahora es

de la Compañía y entonces era seglar, que no se cansaba de mirarle

cuando salía fuera del colegio y se iba tras él sin acabar de admirar su

silencio, recogimiento y compostura exterior y una modesta alegría que

manifestaba en su rostro el espíritu del Señor, de que estaba lleno su

corazón.

Cuál fuese después en las Indias, no me parece lo podré declarar mejor

ni con prueba más cierta y convincente, que con el universal sentir de

toda esta provincia, que le acomodó aquellas palabras _copiossisime

Sanctus_, con que San Agustín epilogó las virtudes de su grande amigo

San Paulino, fundado este concepto tan alto en el grande celo, humildad

profundísima, ardientísima caridad, trabajos apostólicos, desprecio de

sí mismo y de su vida y otras heroicas virtudes, que conservó

invariablemente en el largo espacio de cuarenta y uno ó cuarenta y dos

años que aquí gastó en servicio de Dios y provecho de las almas.

No repetiré aquí sus fatigas en las provincias de Chiriguanás, de

Chiquitos y de los Guaranís y en el descubrimiento del río Paraguay, las

conversiones que allí hizo, las iglesias que fundó, las repetidas veces

que estuvo en peligro de perder la vida, el trabajo en aprender con

excelencia tantos bárbaros y diferentes idiomas, Chiquito, Quichuo,

Guaraní, Chiriguaná y Payaguá; sus continuas tareas en provecho de las

almas y aun de los cuerpos de los infieles y neófitos, las grandes y

molestísimas persecuciones que por esta causa padeció, hasta llegar á

ser mortificado y reprendido públicamente como hombre sin prudencia y

sin juicio.

Sólo diré algo de otras virtudes suyas; y en primer lugar se ofrece

luego á la vista aquella admirable concordia que tuvieron en el Padre

Joseph de Arce los empleos de Marta y María; esto es, la vida activa y

la contemplativa, las ocupaciones exteriores en servicio y ayuda de los

prójimos, y la interior y estrecha unión con Dios.

Lloran continuamente los Misioneros y se desconsuelan mucho viendo que

después de haberse empleado todo el día en provecho de los neófitos, sin

tener el menor descanso, después, entrada la noche, apenas pueden

recogerse á solas con Dios un rato.

Mas el P. Arce, después de sus ordinarias ocupaciones en ayuda de los

prójimos, luego que se ponía en presencia de Dios en la oración, estaba

tan dentro de sí, que todo lo que no era Dios lo dejaba lejos de sí; y

sé de persona fidedigna, testigo de vista, que le veía orar delante del

Santísimo Sacramento, que observaba en el Padre tan devota compostura, y

tal inmovilidad de cuerpo y de sentidos, que le compungía no poco y

ayudaba para atender con mayor devoción á este santo ejercicio; bien que

su orar y estar en la presencia de Dios, no se reducía á horas

determinadas, sino que jamás perdía de vista aquel infinito bien, de

suerte que estaba todo en lo que hacía, y todo en aquél por quien lo

hacía, no solamente obrando por amor sino amando en el mismo obrar; y

cualquiera que fijaba en él los ojos lo conocía manifiestamente.

Por tanto, no conociendo él en todo el mundo, belleza digna de amar, ni

bondad á qué aficionar aún el más mínimo de sus deseos, sino mirando en

sólo Dios, que era siempre para él todo lo amable por su belleza y todo

lo apetecible por su bondad, se olvidó y perdió de vista todas las cosas

de la tierra y aun á sí mismo; cátedras, púlpitos y cualquier otro

oficio honorífico de los que tal vez suelen estimar los menos

desengañados en el pequeño mundo de la religión, eran para el P. Arce

cargas insufribles, y por eso, como vimos, no acabó de llorar y de hacer

instancias á los Superiores, hasta que le descargaron de la ocupación de

leer las Facultades mayores en la Real Universidad de Córdoba de

Tucumán.

Y para que más pleno concepto se haga de lo que se despreciaba á sí

mismo, referiré sólo un caso, digno singularmente de tenerse en eterna

memoria, y lo he sabido de sujetos de la Compañía, que fueron testigos

de vista.

Tenía aventajado talento de púlpito el Padre Joseph, y por esto se le

había encargado predicase sobre las virtudes de su grande apóstol San

Francisco Xavier á un lucido y numeroso auditorio en la ciudad de

Córdoba, en el día de la fiesta del santo, que aquí se guarda de

precepto; mas el Padre, á quien resultaba no poca honra de aquella

función, la quiso convertir toda en provecho propio; por tanto, subiendo

al púlpito; se volvió al Ilmo. Sr. Obispo de Tucumán, D. Fr. Nicolás de

Ulloa, de la esclarecida orden de San Agustín, y excusándose con

protesta de que no tenía habilidad para componer ni decir cosa buena,

explicó, con períodos mal formados y peor dichos, algunos puntos de la

doctrina cristiana; y no paró aquí su propio abatimiento y desprecio,

pues lo que el Padre empezó de su voluntad, otro lo acabó, sin que él lo

pensase, con burla; porque cierto mozo, discípulo suyo en la filosofía,

saliendo pocos días después al teatro público en traje de bufón,

representó al vivo aquella misma acción del púlpito, glosándola de

manera que movió á, risa á los circunstantes, con no pequeño desdoro y

desprecio del P. Arce.

Estuvo éste tan lejos de sentirse de aquel desmán de su discípulo, que

antes, alegrándose sumamente, le dió muchos abrazos y agradecimientos á

su injuriador, de lo cual él no poco se compungió, y fué en adelante

perpetuo panegirista de sus virtudes.

El vestido que usaba era tan vil y despreciable, y la sotana tan pobre y

remendada, que el mendigo más miserable no pudiera vestir más

pobremente. Su comida, tan parca y mal guisada, que ni aun los bárbaros,

que viven como brutos en las selvas, la hubieran podido aguantar tan

largo tiempo; y pasó por las manos de muchos una calabaza, que le servía

de olla, escudilla y vaso; de ordinario pasaba con maíz, sin otro

aderezo que el que de suyo tiene este desabrido manjar, cocido en agua,

y cuando sus enfermedades le obligaban, añadía un pedacillo de carne mal

asada.

Concluiré el elogio de este varón Apostólico con un acto que por ventura

es el más digno de saberse y que él sólo bastaba para contarle entre los

heroes de esta provincia; para cuya inteligencia me es preciso tomar la

relación de más lejos.

Habíase roto, no sé por qué causa, la antigua paz y amistad entre los

indios Guaraníes y la nación de los Guanoás; los ánimos de éstos

estaban tan exasperados, que habían jurado de no dejar con vida á

cualquier Guaraní que cayese en sus manos; ni paraba aquí el daño de

estas enemistades, sino que amenazaban también la total ruina y

destrucción de la floridísima cristiandad del Uruguay y Paraná; porque

los Guanoás no permitían que los cristianos, para la manutención de sus

pueblos, que no usan otra comida que carne, pasasen el Uruguay á hacer

provisión de vacas, de que solían juntar veinte ó treinta mil cada año

en las vastísimas campañas que están á orillas del mar Atlántico; por lo

cual la hambre y carestía afligía muchísimo á la gente de las

Reducciones.

Nuestros Misioneros habían usado de muchos y eficacísimos medios para

apagar toda malevolencia y odio entre las dos naciones y reducirlos á su

antigua amistad, pero todo había sido en vano.

Quisieron, lo primero, probar si podían convertir á la santa fe á los

Guanoás; pero ellos lo rehusaron obstinadamente, dándoles por respuesta

la misma razón porque los Jarós eran perdidísimos idólatras; conviene á

saber, que el Dios de los cristianos sabía tanto, que no le era nada

oculto, y por ser inmenso estaba en todos lugares mirando lo que en

ellos se hace; que no querían tener un Dios que tuviese tanta ciencia y

los ojos tan abiertos; que en sus bosques y cavernas vivían ellos con

más paz y libertad sin tener un síndico ni juez continuo de sus

acciones.

No aprovechando este medio, se tomó otro expediente que sólo parecía más

concerniente al intento y fué comprar la amistad y benevolencia de la

nobleza Guanoá con algunos presentes de cosas ordinarias entre nosotros,

mas entre ellos muy apreciadas. Pero ni aún de esta manera se pudo

reducir su obstinación á tratado de paz y concordia.

Entre tanto crecía la carestía, lloraban los pueblos y se podía temer

con fundamento que la peste ó la desesperación destruyese aquella

ilustrísima iglesia. Viendo esto el P. Arce, se ofreció á ir en persona

á hablar á los principales caciques de los Guanoás y arriesgar su vida

para rescatar de aquellas miserias las ánimas y los cuerpos de tantos

millares de cristianos y arrojarse á la furia de la tempestad, para que

con sola su muerte se serenase del todo.

Y en la realidad se tenía por cierto había de perder la vida, por las

manifiestas señales del odio que nos tenían los Guanoás; por lo cual los

nuestros, al darle los últimos abrazos á la despedida, le lloraban como

si de cierto fuese á morir.

El, con una serenidad de rostro imperturbable, se puso en camino,

pidiendo á Dios aceptase su vida en sacrificio de placación y paz, ó de

la manera que más le agradase á su Majestad, y le fué necesario padecer

semejantes trabajos, á los que toleró en su viaje á las Misiones de los

Chiquitos.

Los bárbaros, admirando la generosidad y grandeza de su ánimo, ó ya

fuese por su virtud, de que ellos también hacían grande aprecio, ó por

la destreza y eficacia de sus agencias, ajustó por fin tan difícil

negocio, se estableció la antigua y mutua paz entre ellos y se remedió

la necesidad y hambre de tantos pueblos. Falleció este incomparable

varón por el mes de Diciembre de 1715 en edad casi de setenta y cinco

años, cuarenta y seis de religión y veintinueve de profesión de cuatro

votos que había hecho á los 15 de Agosto de 1686. Fué un trienio Rector

del colegio de Tarija, en que promovió mucho la observancia y religiosa

nuestros ministerios.

Dejemos ya á este admirable varón y pasemos á dar alguna noticia de su

apostólico compañero.

Relacion historial de las misiones de indios chiquitos que en el Paraguay tienen los padres de la Compañía de Jesús · 第 19 / 27 段