hechicero, al cual tenía el Padre grande afecto, y por ganarle la
voluntad le sentaba siempre á su lado.
Este, pues, entró y se puso junto al Padre, como solía; otro se puso al
lado de un español que gobernaba el timón, y echando la vista á una
hacha ó destral, que estaba allí cerca, se sentó sobre ella disimulado,
y haciéndose señas el uno al otro, el que escondía la hacha echó mano de
ella con gran destreza, y tirándole al piloto, de un golpe le cortó la
cabeza.
Al mismo tiempo _Cotaga_ se echó sobre el Padre para que no tuviese
lugar de defenderse; y el otro con un recio golpe le partió por medio la
cabeza, y viéndole aún palpitar, le descargó con más furia el segundo;
luego los otros traidores acometieron á los neófitos, y en poco tiempo
les dieron cruel muerte; y á un indio llamado Francisco Guarayo, que
ayudaba á misa al Padre, le mataron á lanzadas.
Después, saltando de alegría por esta feísima traición, les cortaron á
todos las cabezas y pusieron tendidos los cadáveres en la orilla de una
isla que allí hacia el río poniendo en medio de todos al del dichoso P.
Blende; pegaron fuego al barco para quitarle la clavazón de hierro; y de
los ornamentos y demás alhajas sagradas destinadas para la nueva iglesia
de los Chiquitos, después de escarnecerlos y ultrajarlos, las hicieron
pedazos, tomando cada uno la parte que le cupo de tan impío botín y
sacrílego despojo.
No quedaron satisfechos estos enemigos de Dios y de su ley con tan
horrenda traición; antes tomando de ellas más ánimo, instigados del
demonio y de los hechiceros, se previnieron al último acto de la
tragedia con la muerte del P. Arce para apartar de sí á quien les
reprendía sus bestiales costumbres, é impedir juntamente que los de su
nación no abrazasen la santa fé, por lo cual se pusieron á espiar por
dónde había de pasar el Padre.
Este, pues, no habiendo podido encontrar el barco, habiendo compuesto lo
mejor que pudo una pequeña embarcación, se embarcó en ella con trece
neófitos, sus fidelísimos compañeros en tantos riesgos y peligros, al
principio de Diciembre.
Caminó prósperamente por muchos días, hasta que llegó á aquella isla en
cuya playa yacían tendidos los cadáveres, y observando que eran cuerpos
recién muertos, saltaron en tierra los indios y reconocieron que eran
sus compañeros.
Qué sentimiento y lágrimas de consuelo causó en el santo varón el ver
martirizado á su compañero, y por otra parte qué dolor tendría de
haberle perdido, esto más fácil es discurrirlo que explicarlo; abrazóle,
bañóle en lágrimas de santa envidia, y le hubiera de buena gana llevado
consigo, á haber sido capaz de ello la embarcación.
No sabía aún que Dios le quería dar en breve, con semejante corona, el
galardón de tantos trabajos y fatigas sufridas por acrecentar su gloria
y el bien de las almas.
Viendo esta carnicería los neófitos, le dijeron:
--Padre, demos la vuelta, porque los Payaguás están enconados con
nosotros y nos matarán, como lo han hecho con los demás.
--Eso no--respondió el Padre--porque estamos ya muy distantes: Dios será
con nosotros, pues que por su amor nos hemos puesto en camino.
Querían, á lo menos los indios prevenir las armas, y nuestros Guaranís
sus mosquetes. Ni aun esto les permitió, diciendo que quería morir por
Cristo, y les exhortó con palabras ardientes á sacrificar á Dios sus
vidas, diciéndoles:
--Si nuestros trabajos y sudores no han sido suficientes para conducir
al fin deseado esta empresa, lo supliremos á lo menos con la sangre; que
no podían hacer obra más agradable á Dios ni á sí mismos más provechosa,
que perder la vida en testimonio de aquella fe que profesaban; que no
perdiesen aquella corona que se les ofrecía y que tantos andaban
buscando sin tener la suerte de encontrarla; y que se verían en breve
eternamente felices en el cielo, con sólo ofrecer de buena voluntad sus
cabezas á las macanas de los Payaguás.
Con este razonamiento se animaron aquellos buenos cristianos á no hacer
caso de su vida temporal é imitar el ejemplo y valor del santo
Misionero.
Pasaron un poco adelante, cuando de repente cayeron en las celadas de
aquellos malvados, los cuales saliendo con presteza al encuentro, al
primer lance aferraron la embarcación y la llevaron á tierra; el primero
que entró en ella fué aquel maldito indio Cotaga, que llegándose al P.
Arce, le sacó á la playa echándole con ímpetu en el suelo y fué menester
muy poco, porque estaba ya consumido de fuerzas y sólo se tenía en pie
en cuanto el aliento y fervor de su espíritu le daban ánimo y vigor;
sacó luego su macana aquel sacrílego infiel, y le dió tan fiero golpe en
la cabeza que le quitó al punto la vida, sin poder decir otra cosa,
sino:
--Hijos míos, muy amados, ¿por qué hacéis esto?
A este tiempo en la ciudad de la Asunción el R. P. M. Fr. Joseph de
Zerza, comendador del convento de Nuestra Señora de la Merced, amigo muy
íntimo del siervo de Dios, por haber sido su discípulo en la filosofía,
le vió entrar en su celda y le dijo con tierno afecto:
--Hijo, encomiéndame á Dios, porque me hallo en grandes angustias.
Esto sucedió poco antes que le matasen, según el cómputo que después se
hizo; por lo cual el día siguiente ordenó á sus súbditos que dijesen la
misa por su intención; y se vió obligado á descubrirles la causa por el
semblante pálido y descolorido que tenía.
Después de haber aquellos malvados cometido esta bárbara traición,
dieron sobre los compañeros del P. Joseph, los cuales, movidos ya, de
sus palabras, y mucho más de su ejemplo, se dejaron matar sin la menor
resistencia, haciendo este acto de generosidad y mansedumbre, cuando tan
fácilmente, aunque tan pocos, se podían defender á sí mismos y al Padre
con los mosquetes que traían.
Mas no quiso Dios que muriesen todos, para que tuviésemos noticia de la
felicísima suerte de estos dos operarios Apostólicos; á algunos, pues,
dejaron con la vida, bien que condenados á esclavitud perpetua.
Los matadores transportaron el cuerpo del P. Arce á la otra banda del
río, y le entregaron á los Guaycurús, que también habían echado leña al
fuego, y tenido parte en este cruel delito.
Tomaron éstos el cadáver del santo mártir y se enfurecieron contra él
con grande inhumanidad, hiriéndole con sus lanzas, y sólo desearon
ensangrentarse más cuando ya no había qué maltratar y herir.
Aquel apóstata Ambrosio, que había sido la causa principal de esta
impiedad, despachó luego algunos de sus cómplices á avisar de lo
sucedido á la gente que iba á Nuestras Misiones de los Guaranís á
alistarse en el número de los fieles.
Apenas lo supo Quatí, el cacique principal de todos, y el más fervoroso
en el deseo de recibir el santo bautismo, cuando saliendo de sí de
dolor, dió la vuelta con todos sus vasallos para vengar las muertes de
los Padres.
Los delincuentes, viendo que no se podían escapar de la furia de aquel
valeroso cacique, llamaron en su favor á los Guaycurús; pero con todo
eso los acometió Quatí con grande valor, y á la primera embestida mató
á no pocos de los cómplices; los otros, no pudiendo resistirle, se
entraron huyendo por las selvas, y por mucho tiempo no osaron salir de
ellas; por lo cual todos los días este cacique daba en rostro á los
menos malos con tan enorme delito, diciéndoles que ¿á qué fin habían
quitado la vida á los Padres que tanto bien les hacían y los querían
tanto? que se fuesen á los Mamalucos y viesen si ellos los trataban
mejor.
Dejaron los traidores en su fuga los ornamentos del altar y otras
alhajas sagradas, que, aunque profanadas y hechas pedazos, las recogió
Quatí para restituirlas, porque todavía mantenía su buen deseo de ser
cristiano; mas éste al fin se desvaneció por haber algunos caciques de
su nación, confinantes con la Asunción, roto las paces con los
españoles.
Ha sido bien particular la providencia que Dios ha tenido para darnos
noticia de todos estos sucesos.
Había ya poco menos de dos años que no se sabía el fin de estos dos
Apostólicos operarios, por lo cual estábamos sobre manera afligidos y
desconsolados.
Creían algunos que, viéndose imposibilitados á volver á la Asunción, se
habían internado por el país á predicar en él la santa ley de Dios; y
era fundamento para este juicio el celo insaciable de entrambos, pues á
donde quiera que se les ofreciese ocasión de predicar, iban aun á costa
de grandes sudores y trabajos; otros discurrían mejor que habían sido
muertos por los Payaguás, ó á lo menos hechos esclavos.
Y en carta que he visto escrita de la Asunción de 30 de Abril de 1717,
escrita después del castigo de muerte que se dió á los Payaguás dichos,
se decía corría por cierto en aquella ciudad que había muerto sólo el P.
Arce, y al P. Blende le tenían los mismos Payaguás cautivo con algunos
de sus indios, y que al piloto español le habían vendido á los
Guaycurús.
Quiso Dios al fin consolarnos con noticia cierta del felicísimo arribo
de estos dos Misioneros al puesto de la bienaventuranza, con una muerte
tan gloriosa.
Fueron, pues, testigos de vista de todo lo sucedido, cuatro cristianos,
compañeros del P. Arce, cuyos nombres eran: Joseph Mazzabis, Jacinto
Poquibiqui, Pablo Tubarí y Pedro Melchor Guarayo, que habiendo estado
esclavos de los Payaguás, fueron rescatados por los Padres en el primer
viaje, y en este los había llevado consigo el Padre para intérpretes de
aquella lengua.
Estos ahora también quedaron esclavos segunda vez de los Payaguás.
Los cuatro, pues, con una india, de nación Asionés, también esclava, por
el mes de Enero de 718, se salieron de entre los Payaguás, con pretexto
de ir á buscar algunas frutas silvestres, llamadas motaquís, y
dejándolos descuidar, cogieron dos canoas y se dieron á la vela, vogando
con la fuerza que les daba el deseo de la libertad y el temor de ser
alcanzados de sus cruelísimos dueños.
Navegaron cosa de doscientas leguas hacia la laguna Mamoré, donde,
dejadas las canoas, se metieron por la espesura de los bosques para no
caer en manos de los Guaycurús; y tomando el camino hacia el pueblo de
San Rafael de los Chiquitos, consumidos de los trabajos y de la hambre,
llegaron, con mucha dificultad al dicho pueblo, y dieron las noticias
que yo aquí he referido.
Ya es tiempo de dar alguna noticia de estos dos celosísimos Misioneros
para ilustrar esta historia con la relación de su vida y virtudes, bien
que será con toda concisión.
Nació el P. Joseph de Arce á nueve de Noviembre del año de 1651, en la
isla de la Palma, una de las Canarias.
Sus padres, no menos ilustres en la sangre que en la piedad, le criaron
en el santo temor de Dios y devoción á la reina de los Ángeles; y
descubriendo en él una índole que prometía grandes esperanzas para los
adelantamientos de su familia, le enviaron en edad tierna á la
Universidad de Salamanca, donde con la cultura de las ciencias se
hiciese apto para conseguir alguna dignidad eclesiástica ó secular,
según el estado que eligiese.
Mas Dios Nuestro Señor que muchísimas veces se vale de los intereses
humanos, para lograr mejor el fin de su eterna providencia, se sirvió de
la ida de nuestro Joseph á aquella Universidad para llamarle á la
Compañía y después al Apostolado en las Indias.
Ponía empeño en el estudio de las letras, con la mira siempre á lo que
el mundo promete y después no cumple; pero como más por disposición
ajena que por voluntad propia, había puesto sus esperanzas en las cosas
caducas y perecederas, tuvo poco que hacer en él el desengaño; pues
considerando los innumerables que llenos como él de esperanzas se habían
alistado en las banderas del mundo y no habían alcanzado más premio,
después de sus trabajos y fatigas, que quedar desvanecidos y burlados
sus intentos, se persuadió á que lo mismo le sucedería á él, si mal
aconsejado tomase su partido; pero que si ofreciese sus sudores y
trabajos á Dios en el camino de la virtud, lograría, por premio, la
gloria.
Estas y otras reflexiones le alumbraron no poco el entendimiento, y
encendieron la voluntad en el amor á las cosas del alma, de Dios y de la
eternidad, hasta que labrando interiormente el Espíritu Santo con su
gracia en su corazón este desengaño, le trocó totalmente en otro hombre;
y así, resuelto á ser religioso, se sintió llamar eficazmente á la
Compañía; y como ya estaba descarnado de las cosas del siglo, fácilmente
obedeció á las inspiraciones del cielo, y recibido en la Compañía en el
mismo Colegio de Salamanca, á los 3 de Julio de 1669, pasó luego á tener
su noviciado en Villagarcía.
Apenas nuestro novicio puso el pie en aquella santa casa, cuando, como
árbol escogido, trasplantado junto á las corrientes de las aguas de la
gracia, comenzó á dar frutos de todas las virtudes.
Estaba entonces en los dieciocho años de su edad, y era de natural
ardiente y vivo; mas sujetó y rindió tanto esta viveza desde los
primeros meses de noviciado, que no dejó pasión que no domase, regla que
no observase, virtud que no practicase, ajustándose muy desde luego
perfectamente al modelo y nivel de nuestras constituciones.
Cumplido tan santamente su noviciado, pasó á los estudios mayores, donde
juntando el fervor y devoción con las ciencias, concibió ardientes
deseos de consagrarse á Dios más estrechamente en las Misiones de las
Indias y seguir más de cerca las pisadas del glorioso apóstol San
Francisco Xavier.
Para el cumplimiento de sus deseos le ofreció ocasión muy oportuna la
venida á Europa del P. Cristóbal de Altamirano, Procurador general de la
provincia del Paraguay, á cuyo cargo estaba llevar sujetos de la
Compañía que conservasen y dilatasen la fe en aquellas dilatadas
provincias.
Consultó primero este negocio en la oración con Dios y con su grande
abogado San Francisco Xavier, y luego manifestó sus deseos á los
Superiores, pidiéndoles con mucha instancia le diesen licencia para
pasar al Paraguay.
Nuestro Padre general Juan Pablo de Oliva, sabiendo la santa y loable
costumbre de las provincias de España, en no retener en Europa los
sujetos que Dios escoge para predicadores de su santo nombre en el Nuevo
Mundo, remitió la licencia á arbitrio del P. Provincial de la provincia
de Castilla, que á la sazón lo era el P. Pedro Jerónimo de Córdoba, á
quien pareciéndole ser el hermano Arce joven de quien se podía esperar
mucho fruto en la conversión de los indios, por su modo de vida ajustada
y conforme al espíritu de la Compañía, sin haber jamás descaecido un
punto en la carrera de la perfección, aun en el tiempo más peligroso de
los estudios, le destinó luego prontamente para esta provincia.
Llegó á Buenos Aires el año de 1674, habiéndose portado en toda la
navegación con grande ejemplo y edificación; y fué tal el que dió de su
porte religioso en aquel puerto, que he oído á un sujeto, que ahora es
de la Compañía y entonces era seglar, que no se cansaba de mirarle
cuando salía fuera del colegio y se iba tras él sin acabar de admirar su
silencio, recogimiento y compostura exterior y una modesta alegría que
manifestaba en su rostro el espíritu del Señor, de que estaba lleno su
corazón.
Cuál fuese después en las Indias, no me parece lo podré declarar mejor
ni con prueba más cierta y convincente, que con el universal sentir de
toda esta provincia, que le acomodó aquellas palabras _copiossisime
Sanctus_, con que San Agustín epilogó las virtudes de su grande amigo
San Paulino, fundado este concepto tan alto en el grande celo, humildad
profundísima, ardientísima caridad, trabajos apostólicos, desprecio de
sí mismo y de su vida y otras heroicas virtudes, que conservó
invariablemente en el largo espacio de cuarenta y uno ó cuarenta y dos
años que aquí gastó en servicio de Dios y provecho de las almas.
No repetiré aquí sus fatigas en las provincias de Chiriguanás, de
Chiquitos y de los Guaranís y en el descubrimiento del río Paraguay, las
conversiones que allí hizo, las iglesias que fundó, las repetidas veces
que estuvo en peligro de perder la vida, el trabajo en aprender con
excelencia tantos bárbaros y diferentes idiomas, Chiquito, Quichuo,
Guaraní, Chiriguaná y Payaguá; sus continuas tareas en provecho de las
almas y aun de los cuerpos de los infieles y neófitos, las grandes y
molestísimas persecuciones que por esta causa padeció, hasta llegar á
ser mortificado y reprendido públicamente como hombre sin prudencia y
sin juicio.
Sólo diré algo de otras virtudes suyas; y en primer lugar se ofrece
luego á la vista aquella admirable concordia que tuvieron en el Padre
Joseph de Arce los empleos de Marta y María; esto es, la vida activa y
la contemplativa, las ocupaciones exteriores en servicio y ayuda de los
prójimos, y la interior y estrecha unión con Dios.
Lloran continuamente los Misioneros y se desconsuelan mucho viendo que
después de haberse empleado todo el día en provecho de los neófitos, sin
tener el menor descanso, después, entrada la noche, apenas pueden
recogerse á solas con Dios un rato.
Mas el P. Arce, después de sus ordinarias ocupaciones en ayuda de los
prójimos, luego que se ponía en presencia de Dios en la oración, estaba
tan dentro de sí, que todo lo que no era Dios lo dejaba lejos de sí; y
sé de persona fidedigna, testigo de vista, que le veía orar delante del
Santísimo Sacramento, que observaba en el Padre tan devota compostura, y
tal inmovilidad de cuerpo y de sentidos, que le compungía no poco y
ayudaba para atender con mayor devoción á este santo ejercicio; bien que
su orar y estar en la presencia de Dios, no se reducía á horas
determinadas, sino que jamás perdía de vista aquel infinito bien, de
suerte que estaba todo en lo que hacía, y todo en aquél por quien lo
hacía, no solamente obrando por amor sino amando en el mismo obrar; y
cualquiera que fijaba en él los ojos lo conocía manifiestamente.
Por tanto, no conociendo él en todo el mundo, belleza digna de amar, ni
bondad á qué aficionar aún el más mínimo de sus deseos, sino mirando en
sólo Dios, que era siempre para él todo lo amable por su belleza y todo
lo apetecible por su bondad, se olvidó y perdió de vista todas las cosas
de la tierra y aun á sí mismo; cátedras, púlpitos y cualquier otro
oficio honorífico de los que tal vez suelen estimar los menos
desengañados en el pequeño mundo de la religión, eran para el P. Arce
cargas insufribles, y por eso, como vimos, no acabó de llorar y de hacer
instancias á los Superiores, hasta que le descargaron de la ocupación de
leer las Facultades mayores en la Real Universidad de Córdoba de
Tucumán.
Y para que más pleno concepto se haga de lo que se despreciaba á sí
mismo, referiré sólo un caso, digno singularmente de tenerse en eterna
memoria, y lo he sabido de sujetos de la Compañía, que fueron testigos
de vista.
Tenía aventajado talento de púlpito el Padre Joseph, y por esto se le
había encargado predicase sobre las virtudes de su grande apóstol San
Francisco Xavier á un lucido y numeroso auditorio en la ciudad de
Córdoba, en el día de la fiesta del santo, que aquí se guarda de
precepto; mas el Padre, á quien resultaba no poca honra de aquella
función, la quiso convertir toda en provecho propio; por tanto, subiendo
al púlpito; se volvió al Ilmo. Sr. Obispo de Tucumán, D. Fr. Nicolás de
Ulloa, de la esclarecida orden de San Agustín, y excusándose con
protesta de que no tenía habilidad para componer ni decir cosa buena,
explicó, con períodos mal formados y peor dichos, algunos puntos de la
doctrina cristiana; y no paró aquí su propio abatimiento y desprecio,
pues lo que el Padre empezó de su voluntad, otro lo acabó, sin que él lo
pensase, con burla; porque cierto mozo, discípulo suyo en la filosofía,
saliendo pocos días después al teatro público en traje de bufón,
representó al vivo aquella misma acción del púlpito, glosándola de
manera que movió á, risa á los circunstantes, con no pequeño desdoro y
desprecio del P. Arce.
Estuvo éste tan lejos de sentirse de aquel desmán de su discípulo, que
antes, alegrándose sumamente, le dió muchos abrazos y agradecimientos á
su injuriador, de lo cual él no poco se compungió, y fué en adelante
perpetuo panegirista de sus virtudes.
El vestido que usaba era tan vil y despreciable, y la sotana tan pobre y
remendada, que el mendigo más miserable no pudiera vestir más
pobremente. Su comida, tan parca y mal guisada, que ni aun los bárbaros,
que viven como brutos en las selvas, la hubieran podido aguantar tan
largo tiempo; y pasó por las manos de muchos una calabaza, que le servía
de olla, escudilla y vaso; de ordinario pasaba con maíz, sin otro
aderezo que el que de suyo tiene este desabrido manjar, cocido en agua,
y cuando sus enfermedades le obligaban, añadía un pedacillo de carne mal
asada.
Concluiré el elogio de este varón Apostólico con un acto que por ventura
es el más digno de saberse y que él sólo bastaba para contarle entre los
heroes de esta provincia; para cuya inteligencia me es preciso tomar la
relación de más lejos.
Habíase roto, no sé por qué causa, la antigua paz y amistad entre los
indios Guaraníes y la nación de los Guanoás; los ánimos de éstos
estaban tan exasperados, que habían jurado de no dejar con vida á
cualquier Guaraní que cayese en sus manos; ni paraba aquí el daño de
estas enemistades, sino que amenazaban también la total ruina y
destrucción de la floridísima cristiandad del Uruguay y Paraná; porque
los Guanoás no permitían que los cristianos, para la manutención de sus
pueblos, que no usan otra comida que carne, pasasen el Uruguay á hacer
provisión de vacas, de que solían juntar veinte ó treinta mil cada año
en las vastísimas campañas que están á orillas del mar Atlántico; por lo
cual la hambre y carestía afligía muchísimo á la gente de las
Reducciones.
Nuestros Misioneros habían usado de muchos y eficacísimos medios para
apagar toda malevolencia y odio entre las dos naciones y reducirlos á su
antigua amistad, pero todo había sido en vano.
Quisieron, lo primero, probar si podían convertir á la santa fe á los
Guanoás; pero ellos lo rehusaron obstinadamente, dándoles por respuesta
la misma razón porque los Jarós eran perdidísimos idólatras; conviene á
saber, que el Dios de los cristianos sabía tanto, que no le era nada
oculto, y por ser inmenso estaba en todos lugares mirando lo que en
ellos se hace; que no querían tener un Dios que tuviese tanta ciencia y
los ojos tan abiertos; que en sus bosques y cavernas vivían ellos con
más paz y libertad sin tener un síndico ni juez continuo de sus
acciones.
No aprovechando este medio, se tomó otro expediente que sólo parecía más
concerniente al intento y fué comprar la amistad y benevolencia de la
nobleza Guanoá con algunos presentes de cosas ordinarias entre nosotros,
mas entre ellos muy apreciadas. Pero ni aún de esta manera se pudo
reducir su obstinación á tratado de paz y concordia.
Entre tanto crecía la carestía, lloraban los pueblos y se podía temer
con fundamento que la peste ó la desesperación destruyese aquella
ilustrísima iglesia. Viendo esto el P. Arce, se ofreció á ir en persona
á hablar á los principales caciques de los Guanoás y arriesgar su vida
para rescatar de aquellas miserias las ánimas y los cuerpos de tantos
millares de cristianos y arrojarse á la furia de la tempestad, para que
con sola su muerte se serenase del todo.
Y en la realidad se tenía por cierto había de perder la vida, por las
manifiestas señales del odio que nos tenían los Guanoás; por lo cual los
nuestros, al darle los últimos abrazos á la despedida, le lloraban como
si de cierto fuese á morir.
El, con una serenidad de rostro imperturbable, se puso en camino,
pidiendo á Dios aceptase su vida en sacrificio de placación y paz, ó de
la manera que más le agradase á su Majestad, y le fué necesario padecer
semejantes trabajos, á los que toleró en su viaje á las Misiones de los
Chiquitos.
Los bárbaros, admirando la generosidad y grandeza de su ánimo, ó ya
fuese por su virtud, de que ellos también hacían grande aprecio, ó por
la destreza y eficacia de sus agencias, ajustó por fin tan difícil
negocio, se estableció la antigua y mutua paz entre ellos y se remedió
la necesidad y hambre de tantos pueblos. Falleció este incomparable
varón por el mes de Diciembre de 1715 en edad casi de setenta y cinco
años, cuarenta y seis de religión y veintinueve de profesión de cuatro
votos que había hecho á los 15 de Agosto de 1686. Fué un trienio Rector
del colegio de Tarija, en que promovió mucho la observancia y religiosa
nuestros ministerios.
Dejemos ya á este admirable varón y pasemos á dar alguna noticia de su
apostólico compañero.