Burláronse los Boxos de su súplica, y le quitaron todo el susto,

presentándole un cuchillo; y guiándolos el viejo, que bailaba de

contento con aquel presente, fueron recibidos de los paisanos con gran

benevolencia, á que correspondieron los neófitos dándoles algunas cosas

de Europa, tenidas en poca estima entre nosotros, pero de ellos muy

apreciadas.

No se entendían, por ser de diferentes lenguas; pero con todo eso,

alcanzaron y consiguieron traer consigo dos jóvenes, que aprendida la

lengua de los Chiquitos, sirviesen después de intérpretes.

No eran estos indios Tapuyquias, como se había pensado, sino Morotocos;

ó como otros los llaman, Coroinos. Son gente de grande estatura y de

buenas fuerzas; usan de flechas y lanzas que hacen de una madera

durísima, y la manejan con gran destreza. Son pocos en número, así por

las pestes, como por las guerras que traen con los vecinos, y también

porque contentándose con solos dos hijos matan á los otros, con lo cual

las mujeres se libran de toda molestia y fastidio, para de esa manera

poder vivir á su antojo en toda deshonestidad.

Honran á las mujeres con el título de señoras, y verdaderamente lo son,

porque ellas mandan á sus maridos, y por su capricho se mudan de un

lugar á otro; jamás ponen mano en las haciendas domésticas, sino que se

sirven de sus maridos, aun para los ministerios más humildes.

Aunque tienen caciques y capitanes, no por eso tienen ni gobierno ni

religión, y sólo tienen alguna reverencia á los familiares del diablo.

El país es el más desdichado de aquellas naciones; de terruño estéril y

silvestre y rodeado todo de montes; y la comida es peor que en otras

partes, pues la gente apenas se sustenta de otra cosa que de algunas

raíces de que abundan los bosques.

Para beber tienen unas selvas de palmas, de cuyos troncos sacan el

meollo grueso y esponjoso, que exprimido suple la falta de agua.

En el invierno hace allí gran frío y también hiela, lo que á los

paisanos, aunque andan desnudos, no causa molestia, por tener la piel

con dos dedos de callos, y por eso son robustos, forzudos y de mucho

aguante, de suerte que hay hombres y mujeres que pasan de los cien años,

y mueren sin otra enfermedad que la vejez.

A los dos mancebos de esta nación cuadró mucho el modo de vivir de los

cristianos, y después también á los otros, los cuales, viendo tanta

abundancia de víveres y tan pingües las cosechas de los campos, daban

señas con grandes fiestas á su usanza de la extraordinaria alegría que

sentían, viendo tenían tanto con qué pasar la vida cómodamente y con

menos trabajos, y quedándose entre los cristianos se prometían salir de

sus desdichas y miseria de sus tierras.

A los fines de Junio del mismo año se prevenía el P. Felipe Suárez para

ir á cinco Rancherías de Morotocos, á atraer la gente al conocimiento

del verdadero Dios; pero se hubo de detener algún tiempo por haber

recibido carta del P. Visitador y Vice-Provincial Antonio Garriga, en

que le ordenaba sucediese al P. Juan Patricio Fernández en el oficio de

Superior de aquellas Misiones; con todo eso, por no perder la ocasión,

fué allá y trajo felizmente para Dios el pueblo, del cual muchos se

inquietaron después y quisieron volverse á sus antiguas miserias, por

ser el clima poco conforme á su salud; mas premiando Dios los trabajos y

fatigas de su siervo, que verdaderamente fueron grandes, especialmente

una ardientísima sed de cinco días, sin tener una gota de agua con qué

refrigerarla, se quietaron, finalmente, y se redujeron todos á ser

cristianos y tomar casa fija en San Joseph.

Con la venida de éstos se tuvo noticia cierta de otros infieles como

fueron los Quíes, confinantes con los Morotocos, pero de diferente

lengua; los Curacates, situados hacia el Norte; los Zamucos, que aunque

hablan la misma lengua de los Morotocos y usan de sus mismas armas, no

obstante se distinguen de ellos en que se rapan la cabeza como los Tobas

y Mocovíes, y en que las mujeres visten con más honestidad, cubriéndose

desde la cintura hasta las rodillas; los Carerás y Zatienos ó Ibirayas,

que viven junto á unas salinas, y otras naciones hacia el Mediodía, las

cuales se extienden hacia las provincias amplísimas del Chaco.

Recibidas estas noticias, se trató luego de ganar á Cristo á los

Curacates y Quíes; los cuales viven á orillas de un río que desemboca en

el gran río Paraguay.

Despacharon, pues, allá algunos Boxos y Chiquitos, que en pocos días

llegaron á las tierras de los Quíes, que aunque no hicieron resistencia,

no obstante, no se fiaron ni dieron crédito á las caricias y cortesías

de los nuestros; antes bien les dieron en cara con el estrago que en

ellos habían hecho con sus armas los años pasados, de que aún

conservaban muchos las señales y cicatrices; con todo eso, se llevaron

consigo los neófitos á unos dos muchachos, para que aprendida la lengua

Chiquita, fuesen después intérpretes. Deseosos sus padres de saber el

fin que habían tenido estos dos muchachos, vinieron á la Reducción,

donde fueron recibidos con gran fiesta y alegría, y tratados por los

cristianos con igual liberalidad, de que quedaron tan prendados, que se

vinieron luego al punto ellos y después lo restante de la gente á vivir

en San Joseph y sujetarse al suave yugo de la ley de Dios; y aunque

algunas familias todavía se querían quedar en sus tierras, sin saber

desamparar de una vez sus Ranchos, por tirarles el amor de la patria y

nativo suelo, cedieron, finalmente, al celo del P. Felipe Suárez, cuando

el año de 715 pasó por allí de camino para ir é encontrar á algunos

Misioneros que se creía pasaban de las Reducciones de los Guaranís á

aquellas de los Chiquitos.

Para la Misión á los Curacates no quiso llevar en su compañía el P. Zea

ningún indio Chiquito, porque no temiesen aquéllos y huyesen; y así se

fué sólo con algunos Morotocos.

Llegando á la primera Ranchería de los Cucarates halló en ella algunos

Zamucos, que habían venido á visitarle; hablóles el Padre con toda la

eficacia de su espíritu, que era grande, por medio de un intérprete,

haciéndoles un rico presente de cuchillos, cuñas ó destrales y otros

instrumentos para cultivar la tierra.

No querían éstos admitir el presente, porque los Cucarates se habían

enojado con ellos, como si hubiesen venido á visitar al Padre movidos

del interés, y porque cuanto se les daba á los Zamucos tanto menos había

que dar á los Cucarates.

No obstante eso, el P. Zea les obligó á que le recibiesen, diciendo que

Dios daría para todos. O fuese por esto, ó porque los Cucarates no se

quisiesen reducir á la santa fe, echó mano del P. Zea un cacique suyo, y

se lo llevaba aparte para matarle, diciendo que ¿á qué fin venía á

engañarlos?

El santo varón, que no deseaba otra cosa, impidió á sus cristianos que

le defendiesen; mas un valiente Morotoco, no sufriéndole el corazón ver

matar á su vista á aquel Venerable Misionero, con gran valor y denuedo

se le quitó de las manos, diciendo al cacique:

--¿Por qué quieres matar á nuestro Padre, siendo tan bueno?

Admirando el P. Zea (no sin dolor suyo de ver perdida la ocasión de la

corona del martirio, que tenía tan próxima) la acción de aquel bárbaro,

que siendo poco antes poco menos que un bruto, ahora era defensor de la

ley divina, y de sus predicadores, no cesaba de dar mil gracias al cielo

y á las Llagas de Nuestro Redentor, cuya sangre era tan eficaz en los

corazones bárbaros é inhumanos.

Mas no fué del todo inútil esta ida del Padre Zea, porque algunas

familias de mejor condición, se redujeron á San Joseph, y después, poco

á poco, han ido siguiendo su ejemplo las otras.

«También se pudo aquí informar con individualidad de la nación de los

Zamucos, cuyo cacique le dijo que había en su tierra seis pueblos tan

grandes como el de San Joseph, que entonces constaba de quinientos

indios; y otros seis medianos y menores, muy cercanos unos de otros, y

en todos ellos mucho gentío de la misma nación y lengua; y que no pocos

estaban poblados á orillas de un río grande que corría de Oriente á

Poniente; y añadió el cacique traían guerras continuas con los Tobas,

Caipotourades y otras naciones sus fronterizas, que tenían innumerable

gente; de donde infería ser el Chaco, donde consta haber mucho número de

Naciones; y siendo así se abría por allí puerta para la comunicación más

breve de aquellas Misiones con esta provincia, cosa que siempre se ha

deseado sumamente, aunque no se ha conseguido hasta ahora.»

Ahora, pues, apartándome un poco de la historia, referiré el viaje, las

desgracias y la muerte de dos Apostólicos operarios, Joseph de Arce y

Bartolomé de Blende, que después de una molestísima peregrinación por el

río Paraguay, arribaron, con no menos envidia de los otros que gloria

suya, al puerto seguro de la eterna bienaventuranza.

Estos, pues, á los fines de Enero de 1715 salieron del puerto de la

Asunción acompañados hasta la ribera por el gobernador de aquella

provincia y de toda la ciudad, la cual hizo exponer públicamente el

Santísimo en la catedral para que Dios les diese felicísimo viaje.

Contar, por extenso, los peligros de caer en manos de enemigos, no menos

de Dios que de los españoles, de naufragar en escollos, de encallar en

la arena, de contrariedad de vientos, de tempestades en el agua y en el

aire, sería nunca acabar; parecía que todo el infierno había tocado al

arma y salido del abismo para impedir con todo el esfuerzo posible el

feliz logro de este viaje; y Dios, cuyos juicios, como dijo David, son

un abismo insondable, permitió no se lograse una empresa tan deseada de

tantos pueblos y ciudades.

El primer contraste que tuvieron fué la perfidia de los Payaguás, que

entreteniéndolos con buenas palabras y con muestras de tener ardientes

deseos de ser cristianos, intentaron sorprenderlos á traición, quitarles

las vidas, así á ellos como á los indios cristianos que los conducían, y

pegando fuego al barco, robar y aprovecharse de la clavazón de hierro;

mas frustrado su impío designio por aviso secreto de algunos menos

inhumanos que había entre ellos; y sin embargo, tuvo osadía para salir

al descubierto contra ellos en sus ligerísimas canoas un cuerpo de

doscientos indios, que, como más abajo veremos, lograron al fin cogerlos

desprevenidos y matarlos á traición.

Más adelante, los Guaycurús, gente valerosísima, pero jurados enemigos

del nombre de Cristo y de los españoles, en todos tiempos y lugares,

por gran espacio del camino, de día y de noche, les disputaron el paso

con las armas y estuvieron siempre á la mira para ver si podían dar

sobre ellos y apresar el barco, y ó prender ó matar á los pasajeros; y

una vez, á no haberse, por misericordia de Dios, levantado de repente un

viento que llevó la embarcación á otro paraje, hubieran caído

infaliblemente en sus manos, dando en una celada de centenares de dichos

Guaycurús, que, escondidos en el agua hasta la garganta, esperaban para

dar en ellos, á que el barco se pusiese á la bolina para pasar una

estrechura, que por haber bajado la creciente, era muy difícil de

montar.

Al fin se libraron de sus continuos asaltos á costa de un rico presente

de cuchillos, cuñas de hierro y algunas varas de lienzo, que los pueblos

de los Guaranís enviaban de limosna á la cristiandad de los Chiquitos.

Finalmente, los vientos, siempre contrarios, les obligaron á caminar á

fuerza de remo; y unas veces por encallar el barco en la arena, se veían

obligados, para que desencallase, á alejarlo, transportando la carga á

la ribera; y otras, dando en los escollos, les hacía andar en continuo

susto y sobresalto.

A esto se les añadía el cuidado de tomar lengua de los Chiquitos, del

camino y de á dónde caían aquellas Misiones; y los infieles, de

industria, les daban mil nuevas felices que venían á parar, por último,

en burlas y befas; y Dios, cuyos juicios son inescrutables, no permitió

el que se les ofreciese reconocer la playa hacia el Norte, donde el P.

Juan Patricio Fernández había dejado algunas señales, por las cuales se

pudiesen encaminar á la Reducción de San Rafael.

Y así, navegando á todas partes por el río en afán continuo, sin tomar

reposo ni descanso, gastaron cerca de siete meses hasta mediado Agosto;

pero no sufriéndole el corazón al celosísimo P. Arce que se frustrase

aquel viaje y tantas fatigas como habían sucedido los años pasados, tomó

una resolución que sólo la pudo excusar de temeraria su ardientísimo

celo de las almas, su confianza en Dios y el amor que tenía á estas

Misiones, como primer Apóstol de ellas; y fué que dejada la barca y

escogidos doce indios, los más valientes y fervorosos en la fe,

emprendió el viaje por tierra con ánimo firme de buscar las Reducciones

de los Chiquitos, aunque fuese con peligro de caer en manos de los

bárbaros que le quitasen la vida, ó de morir de hambre y sed por

aquellos desiertos y tierras incógnitas.

Lo que padeció en aquel camino por espacio de dos meses, cuántas

fatigas, cuántos trabajos y penalidades, para no decirlo con mis

palabras, pondré aquí parte de la relación que hicieron cinco indios de

sus compañeros en aquel viaje. Dicen, pues, así en su relación:

Cogiendo el Padre su cruz se partió del Mamoré por tierra, acompañado de

cuatro indios, dando orden á los demás que no se partiesen de allí. A

pocos días recibimos un billete suyo, en que nos decía le siguiésemos

los otros ocho, y después de algunos días de camino, por una humareda

que vimos á los lejos, conocimos dónde estaba: y llegados, nos recibió

con los brazos abiertos, pero en todo aquel día no tuvimos qué llegar á

la boca.

Viendo las angustias y trabajos del Padre, volvimos cuatro al barco, y

tomando algunos víveres, volvimos á buscar al Padre con toda presteza;

hallámosle sólo, porque los demás, no teniendo qué comer, habían ido á

cercar con fuego un conejito.

Con tantos trabajos y falta de comida y bebida, se había puesto tal, que

sólo tenía la piel sobre los huesos. Fué increíble el júbilo que tuvo

cuando nos vió, abrazándonos, bañados sus ojos en lágrimas.

Proseguimos el viaje, caminando un día entero por un bosque espesísimo,

y era tal la espesura, que no sabíamos por dónde íbamos.

Estando el Padre en estas angustias, sin saber qué hacerse ni á dónde

volverse, nos dijo:

--Hijos, el que estuviere cansado de los trabajos, vuélvase al barco.

A que respondimos todos unánimes, que estábamos aparejados á seguirle á

donde quiera que fuese; no tuvimos aquel día otra agua que beber sino de

un pantano de malísimo olor.

Caminamos hacia la costa del río Paraguay, donde habiendo cazado un

ciervo, estábamos, afligidos por la falta de agua, mas cavando uno de

nuestros compañeros un pozo, por gran providencia de Dios, á dos brazas

descubrió una vena de agua.

Pasamos aquí la noche, y entrando el día siguiente en un bosque muy

espeso, nos fué preciso abrir camino con gran fatiga y sudor hasta salir

fuera de él á campaña abierta.

Juzgó entonces el P. Joseph que ya nosotros estábamos consumidos y

cansados de tantas molestias y penas, por lo cual nos volvió á decir:

--El que quisiere volverse, vuélvase en buen hora, que yo estoy

determinado á pasar adelante y á cumplir la voluntad de Dios y de mis

superiores. Uno y más años caminaré por estos bosques si Dios me quiere

conservar la vida hasta llegar al término deseado. Si encontráremos

infieles, nos pararemos entre ellos y les enseñaremos la ley de Dios.

Tal brío y tal aliento tenía el P. Joseph, afligido de la hambre, sed,

cansancio, y también de la desnudez (porque estando durmiendo junto al

fuego se le quemó su pobre sotana) causándonos no poca maravilla que

estando tan falto de fuerzas, que apenas se tenía en pie, no dudase

llevar adelante, á tanta costa suya, un negocio tan difícil y casi

desesperado.

Animados con su aliento y brío, nos entramos por un espeso bosque, donde

el santo varón, pasando por las matas y troncos, armados de durísimas

espinas por todas partes, dejaba aquellos andrajos de su sotana que

habían escapado del fuego, cayendo á cada paso sin poderse levantar, con

que era preciso darle la mano.

De esta manera, con gran fatiga, llegamos á un río, donde recobrados con

algunos peces que pescamos, hicimos alto en donde poco antes había

estado una tropa de infieles.

Estaba ya tan acabado de fuerzas el P. Joseph, que era muy poco lo que

podía caminar, y entre tanto se pasaron muchos días sin llegar á la boca

sino alguna poca de fruta silvestre.

Era admirable su paciencia y serenidad de ánimo en estos lances, sin

mostrar el menor sentimiento cuando no tenía qué comer, gastando el

tiempo absorto en Dios; y todas las mañanas, antes de ponerse en camino,

estaba de rodillas largo espacio.

Hallamos cierta fruta silvestre que sólo nos hacía comer la extrema

necesidad. Algunos exploradores que iban delante descubrieron á lo lejos

una humareda, de que tuvimos todos grande alegría.

A primero de Octubre hicimos alto á la orilla de un río, donde nos

pudimos reparar con pescado y tortugas que hallamos en una laguna.

Pasamos adelante y nos faltó totalmente la comida y bebida, y no

teníamos qué dar al Padre sino unos palmitos, que primero nos sirvieron

de alimento, mas después experimentamos malignos efectos, causando al

Padre gran dolor de estómago, y una fiera inflamación de las entrañas,

con ardientísima sed.

En esta enfermedad se le acabaron tanto las fuerzas y se consumió de

manera que creyendo ser ya llegado el fin de su vida, nos suplicó que

le condujésemos á orillas de algún río, y que dejándole allí nos

volviésemos al Paraguay.

Hallámonos en grandes angustias, no sólo por esto que nos decía, cuanto

porque tenía el semblante más de cadáver que de cuerpo vivo: y queriendo

consolarnos, no pudo proferir palabra por habérsele inflamado la lengua.

Nosotros, á quienes más dolía la pérdida de la vida del Padre que la

nuestra, dijimos resueltamente que le queríamos seguir en todos

trabajos, y aun perder la vida si fuese necesario.

Recobróse algún tanto, y dando aliento á la naturaleza el vigor del

espíritu, se puso en camino cayendo y levantando á cada paso; y al

cuarto día, hallando un poco de miel silvestre, se la presentamos al

Padre para apagar la sed.

Estando uno de nosotros en un árbol, vió una humareda hacia el Poniente,

que habían hecho los indios cristianos del P. Zea al volver de las

costas del río Paraguay, como se supo después; y caminando hacia allá,

quisimos llevar al Padre en una hamaca, porque temíamos mucho que á

pocos pasos se cayese muerto si iba por su pie; mas él lo rehusó

diciendo que quería padecer con nosotros hasta el último instante de su

vida.

El día siguiente, que era viernes, no hallamos qué comer, y el sábado,

por providencia de Dios, cogimos alguna caza y una tortuga para el

Padre.

Al fin quiso Dios consolarnos, descubriéndose el camino tan deseado de

los Chiquitos. Increíble fué el júbilo que tuvo el santo varón, no

cesando de dar gracias, y exhortándonos con las lágrimas en los ojos á

que hiciésemos lo mismo, entonó las letanías de Nuestra Señora; y

llegando poco después al lugar donde el día antecedente había dicho misa

el P. Juan Bautista de Zea, nos juntó á todos, y más con lágrimas que

con palabras, nos agradeció tantos trabajos como habíamos pasado por él,

y que toda su vida se acordaría de nosotros.

Este consuelo se convirtió en pena al reconocer que perdido su santo

Cristo y buscado por todas partes no se pudo hallar, y en toda aquella

noche no pegó los ojos por la pérdida de su Señor, que le había dado

tanto aliento y vigor en aquellas angustias, hasta llegar al término

deseado.

A otro día tuvimos provisión de agua y pescado, y encontrándonos con

dos cristianos que llevaban el altar portátil del P. Zea, nos

encaminaron allá. Cuáles fuesen las salutaciones y alegrías de estos dos

apostólicos Misioneros al verse juntos, después de tantos trabajos, no

lo podemos explicar; porque más hablaban con los ojos y con los suspiros

que con la lengua.

Hasta aquí la relación de los indios.

Apenas llegó el P. Arce á San Rafael, cuando sin tomar algún descanso

para recobrarse, por consejo del P. Superior, se puso en camino hacia la

laguna Mamoré, cuyo camino, aunque más corto, era semejante al pasado.

Llegado allá hizo las diligencias posibles para encontrar al P. Blende y

el barco; pero fué en vano; porque éste, después de haber esperado mucho

tiempo, se había partido, obligado de la violencia de sus compañeros.

A este tiempo recibió una carta del P. Vice-Provincial en que le avisaba

que le esperase, porque quería embarcarse.

Respondióle el P. Arce que se detuviese su Reverencia en San Rafael, que

él en una canoa iría á los Payaguás, de quien por haberse ya ganado su

ánimo y afecto, se prometía que le conducirían á la Asunción, de donde

por Abril del año siguiente, volvería para llevarle.

No esperó la respuesta el P. Provincial, sino que se puso luego en

camino hacia el Mamoré, acompañado del P. Zea, que después de cinco

meses de trabajosas Misiones en aquellos desiertos, se ofreció á

servirle de guía; y lo que causa más admiración es que estaba resuelto,

si no estuviese pronto el barco del P. Arce, á hacer algunas canoas y

conducir en ellas al P. Vice-Provincial hasta la Asunción, por medio de

tantos peligros y enemigos.

Mas Dios Nuestro Señor aceptó los deseos del P. Vice-Provincial para

premiarlos, pero no la ejecución, porque hubiera caído en manos de

aquellos bárbaros, que á su antojo le hubieran hecho pedazos.

Apenas habían caminado treinta y tres ó treinta y cuatro leguas, cuando

cargaron tantas lluvias y hallaron tan profundos pantanos, que no

pudieron pasar adelante, sino con evidente peligro de quedar allí

anegados, como dijeron algunos Guaranís que traían al P.

Vice-Provincial.

CAPÍTULO XVII

_Son muertos de los Payaguás los Padres

Joseph de Arce y Bartolomé Blende

y se da una sucinta relación

de sus virtudes._

Después que el P. Arce se apartó del Padre Blende para encontrar por

tierra las Misiones de los Chiquitos, esperó éste dos meses en aquel

paraje resuelto á no partir de allí hasta tener primero noticia de su

compañero; pero dos españoles que estaban con el P. Blende, el uno,

piloto, y el otro capitán de la gente, disgustados mucho antes con el P.

Arce porque les había prohibido la compra de esclavos, comenzaron á

enfadarse de tan larga detención, y con verdaderas ó aparentes razones,

hicieron instancia al P. Blende para que se volviesen.

Al principio se negó resueltamente, exhortándoles á sufrir aquellas

incomodidades y trabajos por amor de Dios; mas no cesando las palabras,

los lamentos, las quejas y aun también las amenazas de dejarle sólo á la

discreción de tantos bárbaros que habitaban á lo largo de la costa, le

fué necesario condescender con ellos.

Entendida esta resolución por Quatí, cacique de los Payaguás, se fueron

tras ellos, así él como sus vasallos, con intención de vivir en las

Reducciones de los Guaranís, y hacerse cristianos; mas reconociendo que

entre los suyos había aún algunos, cuyo caudillo era un cristiano

apóstata llamado Ambrosio, que estaban obstinados en vivir á su

libertad, y eran los familiares del demonio y hechiceros, determinó

apartarse de ellos é irse adelante con su chusma en sus canoas, que son

ligerísimas.

Persuadió también á otros de su nación, confinantes con la ciudad de la

Asunción que siguiesen su resolución, y todos juntos, alegres y

contentos prosiguieron el viaje.

En este estado se hallaba la conversión de estas almas tan perdidas y

todos esperaban feliz suceso, si el enemigo común no hubiera malogrado

los intentos por medio de aquellos pérfidos apóstatas.

Alegre, pues, el santo varón, y contento con la ganancia que le parecía

haber logrado, dió fondo al ponerse el sol, junto á una barranca,

llamada Tare, á donde aquellos traidores le vinieron á visitar, dando

fingidas muestras de amor y arrepentimiento.

El Padre, que no deseaba otra cosa, los recibió con aquel afecto con que

amaba el bien de sus almas, y procuró, con todas las industrias de un

celo Apostólico, confirmarlos en aquellos buenos propósitos.

Los Payaguás, para disimular mejor su traición, le suplicaron que

llevase su chusma en el barco, que ellos le seguirían en sus canoas.

Levantóse un viento fresco, y el barco se adelantó tanto á las canoas,

de suyo velocísimas, que apenas en tres días le pudieron dar alcance,

estando continuamente los bárbaros recelosos de que se les desvaneciesen

sus intentos; y por no exponerse á riesgo de perder el lance, se

metieron todos en el barco, con pretexto de que el Padre les diese

alguna comida.

Relacion historial de las misiones de indios chiquitos que en el Paraguay tienen los padres de la Compañía de Jesús · 第 18 / 27 段