presentándole un cuchillo; y guiándolos el viejo, que bailaba de
contento con aquel presente, fueron recibidos de los paisanos con gran
benevolencia, á que correspondieron los neófitos dándoles algunas cosas
de Europa, tenidas en poca estima entre nosotros, pero de ellos muy
apreciadas.
No se entendían, por ser de diferentes lenguas; pero con todo eso,
alcanzaron y consiguieron traer consigo dos jóvenes, que aprendida la
lengua de los Chiquitos, sirviesen después de intérpretes.
No eran estos indios Tapuyquias, como se había pensado, sino Morotocos;
ó como otros los llaman, Coroinos. Son gente de grande estatura y de
buenas fuerzas; usan de flechas y lanzas que hacen de una madera
durísima, y la manejan con gran destreza. Son pocos en número, así por
las pestes, como por las guerras que traen con los vecinos, y también
porque contentándose con solos dos hijos matan á los otros, con lo cual
las mujeres se libran de toda molestia y fastidio, para de esa manera
poder vivir á su antojo en toda deshonestidad.
Honran á las mujeres con el título de señoras, y verdaderamente lo son,
porque ellas mandan á sus maridos, y por su capricho se mudan de un
lugar á otro; jamás ponen mano en las haciendas domésticas, sino que se
sirven de sus maridos, aun para los ministerios más humildes.
Aunque tienen caciques y capitanes, no por eso tienen ni gobierno ni
religión, y sólo tienen alguna reverencia á los familiares del diablo.
El país es el más desdichado de aquellas naciones; de terruño estéril y
silvestre y rodeado todo de montes; y la comida es peor que en otras
partes, pues la gente apenas se sustenta de otra cosa que de algunas
raíces de que abundan los bosques.
Para beber tienen unas selvas de palmas, de cuyos troncos sacan el
meollo grueso y esponjoso, que exprimido suple la falta de agua.
En el invierno hace allí gran frío y también hiela, lo que á los
paisanos, aunque andan desnudos, no causa molestia, por tener la piel
con dos dedos de callos, y por eso son robustos, forzudos y de mucho
aguante, de suerte que hay hombres y mujeres que pasan de los cien años,
y mueren sin otra enfermedad que la vejez.
A los dos mancebos de esta nación cuadró mucho el modo de vivir de los
cristianos, y después también á los otros, los cuales, viendo tanta
abundancia de víveres y tan pingües las cosechas de los campos, daban
señas con grandes fiestas á su usanza de la extraordinaria alegría que
sentían, viendo tenían tanto con qué pasar la vida cómodamente y con
menos trabajos, y quedándose entre los cristianos se prometían salir de
sus desdichas y miseria de sus tierras.
A los fines de Junio del mismo año se prevenía el P. Felipe Suárez para
ir á cinco Rancherías de Morotocos, á atraer la gente al conocimiento
del verdadero Dios; pero se hubo de detener algún tiempo por haber
recibido carta del P. Visitador y Vice-Provincial Antonio Garriga, en
que le ordenaba sucediese al P. Juan Patricio Fernández en el oficio de
Superior de aquellas Misiones; con todo eso, por no perder la ocasión,
fué allá y trajo felizmente para Dios el pueblo, del cual muchos se
inquietaron después y quisieron volverse á sus antiguas miserias, por
ser el clima poco conforme á su salud; mas premiando Dios los trabajos y
fatigas de su siervo, que verdaderamente fueron grandes, especialmente
una ardientísima sed de cinco días, sin tener una gota de agua con qué
refrigerarla, se quietaron, finalmente, y se redujeron todos á ser
cristianos y tomar casa fija en San Joseph.
Con la venida de éstos se tuvo noticia cierta de otros infieles como
fueron los Quíes, confinantes con los Morotocos, pero de diferente
lengua; los Curacates, situados hacia el Norte; los Zamucos, que aunque
hablan la misma lengua de los Morotocos y usan de sus mismas armas, no
obstante se distinguen de ellos en que se rapan la cabeza como los Tobas
y Mocovíes, y en que las mujeres visten con más honestidad, cubriéndose
desde la cintura hasta las rodillas; los Carerás y Zatienos ó Ibirayas,
que viven junto á unas salinas, y otras naciones hacia el Mediodía, las
cuales se extienden hacia las provincias amplísimas del Chaco.
Recibidas estas noticias, se trató luego de ganar á Cristo á los
Curacates y Quíes; los cuales viven á orillas de un río que desemboca en
el gran río Paraguay.
Despacharon, pues, allá algunos Boxos y Chiquitos, que en pocos días
llegaron á las tierras de los Quíes, que aunque no hicieron resistencia,
no obstante, no se fiaron ni dieron crédito á las caricias y cortesías
de los nuestros; antes bien les dieron en cara con el estrago que en
ellos habían hecho con sus armas los años pasados, de que aún
conservaban muchos las señales y cicatrices; con todo eso, se llevaron
consigo los neófitos á unos dos muchachos, para que aprendida la lengua
Chiquita, fuesen después intérpretes. Deseosos sus padres de saber el
fin que habían tenido estos dos muchachos, vinieron á la Reducción,
donde fueron recibidos con gran fiesta y alegría, y tratados por los
cristianos con igual liberalidad, de que quedaron tan prendados, que se
vinieron luego al punto ellos y después lo restante de la gente á vivir
en San Joseph y sujetarse al suave yugo de la ley de Dios; y aunque
algunas familias todavía se querían quedar en sus tierras, sin saber
desamparar de una vez sus Ranchos, por tirarles el amor de la patria y
nativo suelo, cedieron, finalmente, al celo del P. Felipe Suárez, cuando
el año de 715 pasó por allí de camino para ir é encontrar á algunos
Misioneros que se creía pasaban de las Reducciones de los Guaranís á
aquellas de los Chiquitos.
Para la Misión á los Curacates no quiso llevar en su compañía el P. Zea
ningún indio Chiquito, porque no temiesen aquéllos y huyesen; y así se
fué sólo con algunos Morotocos.
Llegando á la primera Ranchería de los Cucarates halló en ella algunos
Zamucos, que habían venido á visitarle; hablóles el Padre con toda la
eficacia de su espíritu, que era grande, por medio de un intérprete,
haciéndoles un rico presente de cuchillos, cuñas ó destrales y otros
instrumentos para cultivar la tierra.
No querían éstos admitir el presente, porque los Cucarates se habían
enojado con ellos, como si hubiesen venido á visitar al Padre movidos
del interés, y porque cuanto se les daba á los Zamucos tanto menos había
que dar á los Cucarates.
No obstante eso, el P. Zea les obligó á que le recibiesen, diciendo que
Dios daría para todos. O fuese por esto, ó porque los Cucarates no se
quisiesen reducir á la santa fe, echó mano del P. Zea un cacique suyo, y
se lo llevaba aparte para matarle, diciendo que ¿á qué fin venía á
engañarlos?
El santo varón, que no deseaba otra cosa, impidió á sus cristianos que
le defendiesen; mas un valiente Morotoco, no sufriéndole el corazón ver
matar á su vista á aquel Venerable Misionero, con gran valor y denuedo
se le quitó de las manos, diciendo al cacique:
--¿Por qué quieres matar á nuestro Padre, siendo tan bueno?
Admirando el P. Zea (no sin dolor suyo de ver perdida la ocasión de la
corona del martirio, que tenía tan próxima) la acción de aquel bárbaro,
que siendo poco antes poco menos que un bruto, ahora era defensor de la
ley divina, y de sus predicadores, no cesaba de dar mil gracias al cielo
y á las Llagas de Nuestro Redentor, cuya sangre era tan eficaz en los
corazones bárbaros é inhumanos.
Mas no fué del todo inútil esta ida del Padre Zea, porque algunas
familias de mejor condición, se redujeron á San Joseph, y después, poco
á poco, han ido siguiendo su ejemplo las otras.
«También se pudo aquí informar con individualidad de la nación de los
Zamucos, cuyo cacique le dijo que había en su tierra seis pueblos tan
grandes como el de San Joseph, que entonces constaba de quinientos
indios; y otros seis medianos y menores, muy cercanos unos de otros, y
en todos ellos mucho gentío de la misma nación y lengua; y que no pocos
estaban poblados á orillas de un río grande que corría de Oriente á
Poniente; y añadió el cacique traían guerras continuas con los Tobas,
Caipotourades y otras naciones sus fronterizas, que tenían innumerable
gente; de donde infería ser el Chaco, donde consta haber mucho número de
Naciones; y siendo así se abría por allí puerta para la comunicación más
breve de aquellas Misiones con esta provincia, cosa que siempre se ha
deseado sumamente, aunque no se ha conseguido hasta ahora.»
Ahora, pues, apartándome un poco de la historia, referiré el viaje, las
desgracias y la muerte de dos Apostólicos operarios, Joseph de Arce y
Bartolomé de Blende, que después de una molestísima peregrinación por el
río Paraguay, arribaron, con no menos envidia de los otros que gloria
suya, al puerto seguro de la eterna bienaventuranza.
Estos, pues, á los fines de Enero de 1715 salieron del puerto de la
Asunción acompañados hasta la ribera por el gobernador de aquella
provincia y de toda la ciudad, la cual hizo exponer públicamente el
Santísimo en la catedral para que Dios les diese felicísimo viaje.
Contar, por extenso, los peligros de caer en manos de enemigos, no menos
de Dios que de los españoles, de naufragar en escollos, de encallar en
la arena, de contrariedad de vientos, de tempestades en el agua y en el
aire, sería nunca acabar; parecía que todo el infierno había tocado al
arma y salido del abismo para impedir con todo el esfuerzo posible el
feliz logro de este viaje; y Dios, cuyos juicios, como dijo David, son
un abismo insondable, permitió no se lograse una empresa tan deseada de
tantos pueblos y ciudades.
El primer contraste que tuvieron fué la perfidia de los Payaguás, que
entreteniéndolos con buenas palabras y con muestras de tener ardientes
deseos de ser cristianos, intentaron sorprenderlos á traición, quitarles
las vidas, así á ellos como á los indios cristianos que los conducían, y
pegando fuego al barco, robar y aprovecharse de la clavazón de hierro;
mas frustrado su impío designio por aviso secreto de algunos menos
inhumanos que había entre ellos; y sin embargo, tuvo osadía para salir
al descubierto contra ellos en sus ligerísimas canoas un cuerpo de
doscientos indios, que, como más abajo veremos, lograron al fin cogerlos
desprevenidos y matarlos á traición.
Más adelante, los Guaycurús, gente valerosísima, pero jurados enemigos
del nombre de Cristo y de los españoles, en todos tiempos y lugares,
por gran espacio del camino, de día y de noche, les disputaron el paso
con las armas y estuvieron siempre á la mira para ver si podían dar
sobre ellos y apresar el barco, y ó prender ó matar á los pasajeros; y
una vez, á no haberse, por misericordia de Dios, levantado de repente un
viento que llevó la embarcación á otro paraje, hubieran caído
infaliblemente en sus manos, dando en una celada de centenares de dichos
Guaycurús, que, escondidos en el agua hasta la garganta, esperaban para
dar en ellos, á que el barco se pusiese á la bolina para pasar una
estrechura, que por haber bajado la creciente, era muy difícil de
montar.
Al fin se libraron de sus continuos asaltos á costa de un rico presente
de cuchillos, cuñas de hierro y algunas varas de lienzo, que los pueblos
de los Guaranís enviaban de limosna á la cristiandad de los Chiquitos.
Finalmente, los vientos, siempre contrarios, les obligaron á caminar á
fuerza de remo; y unas veces por encallar el barco en la arena, se veían
obligados, para que desencallase, á alejarlo, transportando la carga á
la ribera; y otras, dando en los escollos, les hacía andar en continuo
susto y sobresalto.
A esto se les añadía el cuidado de tomar lengua de los Chiquitos, del
camino y de á dónde caían aquellas Misiones; y los infieles, de
industria, les daban mil nuevas felices que venían á parar, por último,
en burlas y befas; y Dios, cuyos juicios son inescrutables, no permitió
el que se les ofreciese reconocer la playa hacia el Norte, donde el P.
Juan Patricio Fernández había dejado algunas señales, por las cuales se
pudiesen encaminar á la Reducción de San Rafael.
Y así, navegando á todas partes por el río en afán continuo, sin tomar
reposo ni descanso, gastaron cerca de siete meses hasta mediado Agosto;
pero no sufriéndole el corazón al celosísimo P. Arce que se frustrase
aquel viaje y tantas fatigas como habían sucedido los años pasados, tomó
una resolución que sólo la pudo excusar de temeraria su ardientísimo
celo de las almas, su confianza en Dios y el amor que tenía á estas
Misiones, como primer Apóstol de ellas; y fué que dejada la barca y
escogidos doce indios, los más valientes y fervorosos en la fe,
emprendió el viaje por tierra con ánimo firme de buscar las Reducciones
de los Chiquitos, aunque fuese con peligro de caer en manos de los
bárbaros que le quitasen la vida, ó de morir de hambre y sed por
aquellos desiertos y tierras incógnitas.
Lo que padeció en aquel camino por espacio de dos meses, cuántas
fatigas, cuántos trabajos y penalidades, para no decirlo con mis
palabras, pondré aquí parte de la relación que hicieron cinco indios de
sus compañeros en aquel viaje. Dicen, pues, así en su relación:
Cogiendo el Padre su cruz se partió del Mamoré por tierra, acompañado de
cuatro indios, dando orden á los demás que no se partiesen de allí. A
pocos días recibimos un billete suyo, en que nos decía le siguiésemos
los otros ocho, y después de algunos días de camino, por una humareda
que vimos á los lejos, conocimos dónde estaba: y llegados, nos recibió
con los brazos abiertos, pero en todo aquel día no tuvimos qué llegar á
la boca.
Viendo las angustias y trabajos del Padre, volvimos cuatro al barco, y
tomando algunos víveres, volvimos á buscar al Padre con toda presteza;
hallámosle sólo, porque los demás, no teniendo qué comer, habían ido á
cercar con fuego un conejito.
Con tantos trabajos y falta de comida y bebida, se había puesto tal, que
sólo tenía la piel sobre los huesos. Fué increíble el júbilo que tuvo
cuando nos vió, abrazándonos, bañados sus ojos en lágrimas.
Proseguimos el viaje, caminando un día entero por un bosque espesísimo,
y era tal la espesura, que no sabíamos por dónde íbamos.
Estando el Padre en estas angustias, sin saber qué hacerse ni á dónde
volverse, nos dijo:
--Hijos, el que estuviere cansado de los trabajos, vuélvase al barco.
A que respondimos todos unánimes, que estábamos aparejados á seguirle á
donde quiera que fuese; no tuvimos aquel día otra agua que beber sino de
un pantano de malísimo olor.
Caminamos hacia la costa del río Paraguay, donde habiendo cazado un
ciervo, estábamos, afligidos por la falta de agua, mas cavando uno de
nuestros compañeros un pozo, por gran providencia de Dios, á dos brazas
descubrió una vena de agua.
Pasamos aquí la noche, y entrando el día siguiente en un bosque muy
espeso, nos fué preciso abrir camino con gran fatiga y sudor hasta salir
fuera de él á campaña abierta.
Juzgó entonces el P. Joseph que ya nosotros estábamos consumidos y
cansados de tantas molestias y penas, por lo cual nos volvió á decir:
--El que quisiere volverse, vuélvase en buen hora, que yo estoy
determinado á pasar adelante y á cumplir la voluntad de Dios y de mis
superiores. Uno y más años caminaré por estos bosques si Dios me quiere
conservar la vida hasta llegar al término deseado. Si encontráremos
infieles, nos pararemos entre ellos y les enseñaremos la ley de Dios.
Tal brío y tal aliento tenía el P. Joseph, afligido de la hambre, sed,
cansancio, y también de la desnudez (porque estando durmiendo junto al
fuego se le quemó su pobre sotana) causándonos no poca maravilla que
estando tan falto de fuerzas, que apenas se tenía en pie, no dudase
llevar adelante, á tanta costa suya, un negocio tan difícil y casi
desesperado.
Animados con su aliento y brío, nos entramos por un espeso bosque, donde
el santo varón, pasando por las matas y troncos, armados de durísimas
espinas por todas partes, dejaba aquellos andrajos de su sotana que
habían escapado del fuego, cayendo á cada paso sin poderse levantar, con
que era preciso darle la mano.
De esta manera, con gran fatiga, llegamos á un río, donde recobrados con
algunos peces que pescamos, hicimos alto en donde poco antes había
estado una tropa de infieles.
Estaba ya tan acabado de fuerzas el P. Joseph, que era muy poco lo que
podía caminar, y entre tanto se pasaron muchos días sin llegar á la boca
sino alguna poca de fruta silvestre.
Era admirable su paciencia y serenidad de ánimo en estos lances, sin
mostrar el menor sentimiento cuando no tenía qué comer, gastando el
tiempo absorto en Dios; y todas las mañanas, antes de ponerse en camino,
estaba de rodillas largo espacio.
Hallamos cierta fruta silvestre que sólo nos hacía comer la extrema
necesidad. Algunos exploradores que iban delante descubrieron á lo lejos
una humareda, de que tuvimos todos grande alegría.
A primero de Octubre hicimos alto á la orilla de un río, donde nos
pudimos reparar con pescado y tortugas que hallamos en una laguna.
Pasamos adelante y nos faltó totalmente la comida y bebida, y no
teníamos qué dar al Padre sino unos palmitos, que primero nos sirvieron
de alimento, mas después experimentamos malignos efectos, causando al
Padre gran dolor de estómago, y una fiera inflamación de las entrañas,
con ardientísima sed.
En esta enfermedad se le acabaron tanto las fuerzas y se consumió de
manera que creyendo ser ya llegado el fin de su vida, nos suplicó que
le condujésemos á orillas de algún río, y que dejándole allí nos
volviésemos al Paraguay.
Hallámonos en grandes angustias, no sólo por esto que nos decía, cuanto
porque tenía el semblante más de cadáver que de cuerpo vivo: y queriendo
consolarnos, no pudo proferir palabra por habérsele inflamado la lengua.
Nosotros, á quienes más dolía la pérdida de la vida del Padre que la
nuestra, dijimos resueltamente que le queríamos seguir en todos
trabajos, y aun perder la vida si fuese necesario.
Recobróse algún tanto, y dando aliento á la naturaleza el vigor del
espíritu, se puso en camino cayendo y levantando á cada paso; y al
cuarto día, hallando un poco de miel silvestre, se la presentamos al
Padre para apagar la sed.
Estando uno de nosotros en un árbol, vió una humareda hacia el Poniente,
que habían hecho los indios cristianos del P. Zea al volver de las
costas del río Paraguay, como se supo después; y caminando hacia allá,
quisimos llevar al Padre en una hamaca, porque temíamos mucho que á
pocos pasos se cayese muerto si iba por su pie; mas él lo rehusó
diciendo que quería padecer con nosotros hasta el último instante de su
vida.
El día siguiente, que era viernes, no hallamos qué comer, y el sábado,
por providencia de Dios, cogimos alguna caza y una tortuga para el
Padre.
Al fin quiso Dios consolarnos, descubriéndose el camino tan deseado de
los Chiquitos. Increíble fué el júbilo que tuvo el santo varón, no
cesando de dar gracias, y exhortándonos con las lágrimas en los ojos á
que hiciésemos lo mismo, entonó las letanías de Nuestra Señora; y
llegando poco después al lugar donde el día antecedente había dicho misa
el P. Juan Bautista de Zea, nos juntó á todos, y más con lágrimas que
con palabras, nos agradeció tantos trabajos como habíamos pasado por él,
y que toda su vida se acordaría de nosotros.
Este consuelo se convirtió en pena al reconocer que perdido su santo
Cristo y buscado por todas partes no se pudo hallar, y en toda aquella
noche no pegó los ojos por la pérdida de su Señor, que le había dado
tanto aliento y vigor en aquellas angustias, hasta llegar al término
deseado.
A otro día tuvimos provisión de agua y pescado, y encontrándonos con
dos cristianos que llevaban el altar portátil del P. Zea, nos
encaminaron allá. Cuáles fuesen las salutaciones y alegrías de estos dos
apostólicos Misioneros al verse juntos, después de tantos trabajos, no
lo podemos explicar; porque más hablaban con los ojos y con los suspiros
que con la lengua.
Hasta aquí la relación de los indios.
Apenas llegó el P. Arce á San Rafael, cuando sin tomar algún descanso
para recobrarse, por consejo del P. Superior, se puso en camino hacia la
laguna Mamoré, cuyo camino, aunque más corto, era semejante al pasado.
Llegado allá hizo las diligencias posibles para encontrar al P. Blende y
el barco; pero fué en vano; porque éste, después de haber esperado mucho
tiempo, se había partido, obligado de la violencia de sus compañeros.
A este tiempo recibió una carta del P. Vice-Provincial en que le avisaba
que le esperase, porque quería embarcarse.
Respondióle el P. Arce que se detuviese su Reverencia en San Rafael, que
él en una canoa iría á los Payaguás, de quien por haberse ya ganado su
ánimo y afecto, se prometía que le conducirían á la Asunción, de donde
por Abril del año siguiente, volvería para llevarle.
No esperó la respuesta el P. Provincial, sino que se puso luego en
camino hacia el Mamoré, acompañado del P. Zea, que después de cinco
meses de trabajosas Misiones en aquellos desiertos, se ofreció á
servirle de guía; y lo que causa más admiración es que estaba resuelto,
si no estuviese pronto el barco del P. Arce, á hacer algunas canoas y
conducir en ellas al P. Vice-Provincial hasta la Asunción, por medio de
tantos peligros y enemigos.
Mas Dios Nuestro Señor aceptó los deseos del P. Vice-Provincial para
premiarlos, pero no la ejecución, porque hubiera caído en manos de
aquellos bárbaros, que á su antojo le hubieran hecho pedazos.
Apenas habían caminado treinta y tres ó treinta y cuatro leguas, cuando
cargaron tantas lluvias y hallaron tan profundos pantanos, que no
pudieron pasar adelante, sino con evidente peligro de quedar allí
anegados, como dijeron algunos Guaranís que traían al P.
Vice-Provincial.
CAPÍTULO XVII
_Son muertos de los Payaguás los Padres
Joseph de Arce y Bartolomé Blende
y se da una sucinta relación
de sus virtudes._
Después que el P. Arce se apartó del Padre Blende para encontrar por
tierra las Misiones de los Chiquitos, esperó éste dos meses en aquel
paraje resuelto á no partir de allí hasta tener primero noticia de su
compañero; pero dos españoles que estaban con el P. Blende, el uno,
piloto, y el otro capitán de la gente, disgustados mucho antes con el P.
Arce porque les había prohibido la compra de esclavos, comenzaron á
enfadarse de tan larga detención, y con verdaderas ó aparentes razones,
hicieron instancia al P. Blende para que se volviesen.
Al principio se negó resueltamente, exhortándoles á sufrir aquellas
incomodidades y trabajos por amor de Dios; mas no cesando las palabras,
los lamentos, las quejas y aun también las amenazas de dejarle sólo á la
discreción de tantos bárbaros que habitaban á lo largo de la costa, le
fué necesario condescender con ellos.
Entendida esta resolución por Quatí, cacique de los Payaguás, se fueron
tras ellos, así él como sus vasallos, con intención de vivir en las
Reducciones de los Guaranís, y hacerse cristianos; mas reconociendo que
entre los suyos había aún algunos, cuyo caudillo era un cristiano
apóstata llamado Ambrosio, que estaban obstinados en vivir á su
libertad, y eran los familiares del demonio y hechiceros, determinó
apartarse de ellos é irse adelante con su chusma en sus canoas, que son
ligerísimas.
Persuadió también á otros de su nación, confinantes con la ciudad de la
Asunción que siguiesen su resolución, y todos juntos, alegres y
contentos prosiguieron el viaje.
En este estado se hallaba la conversión de estas almas tan perdidas y
todos esperaban feliz suceso, si el enemigo común no hubiera malogrado
los intentos por medio de aquellos pérfidos apóstatas.
Alegre, pues, el santo varón, y contento con la ganancia que le parecía
haber logrado, dió fondo al ponerse el sol, junto á una barranca,
llamada Tare, á donde aquellos traidores le vinieron á visitar, dando
fingidas muestras de amor y arrepentimiento.
El Padre, que no deseaba otra cosa, los recibió con aquel afecto con que
amaba el bien de sus almas, y procuró, con todas las industrias de un
celo Apostólico, confirmarlos en aquellos buenos propósitos.
Los Payaguás, para disimular mejor su traición, le suplicaron que
llevase su chusma en el barco, que ellos le seguirían en sus canoas.
Levantóse un viento fresco, y el barco se adelantó tanto á las canoas,
de suyo velocísimas, que apenas en tres días le pudieron dar alcance,
estando continuamente los bárbaros recelosos de que se les desvaneciesen
sus intentos; y por no exponerse á riesgo de perder el lance, se
metieron todos en el barco, con pretexto de que el Padre les diese
alguna comida.