Propúsoles el santo varón, con su acostumbrada energía las

supersticiones que debían abandonar y los misterios y preceptos que

habían de creer y guardar para merecer el favor de Dios en esta vida y

la eterna bienaventuranza en la otra.

Ellos, atraídos de la esperanza del premio, y atemorizados de los

castigos, si no obedecían á la voluntad de Dios, le dieron palabra,

unánimes y conformes, de obedecer pronto á su voluntad, con tal que sólo

les permitiese la _chicha_, bebida ordinaria suya, porque el agua les

causaba dolores agudos en el estómago.

Es esta gente muy dada al trabajo, porque no tienen otro Dios á quien

más estimen que sus campos y sembrados, y tienen en poco al demonio, y

sólo le estiman en cuanto se persuaden les está bien á sus intereses.

No usan ir á cazar á los bosques, ni ir á coger miel y solamente se

apartan de sus casas aquel espacio de tierra que les puede durar un

frasco de aquél su vino, que es su única provisión y matalotaje en los

caminos.

No tuvo el P. Lucas mucha dificultad en permitirles el uso de aquella

bebida, porque no causaba en ellos embriaguez, único motivo para

desterrarla de las otras Reducciones.

Tuestan el maíz hasta que se hace carbón, y después bien pisado ó molido

le ponen á cocer en unas grandes calderas ó paylas de barro, y aquella

agua negra y sucia que sacan, es toda la composición de la chicha, de

que ellos gustan tanto que gastan buena parte del día en brindis, no

durando el trabajo en el campo sino desde la mañana hasta el medio día;

mas aunque prometieron ellos dejar sus antiguas diabólicas

supersticiones, no las olvidaron tan fácilmente.

Sospechó el P. Lucas que algunos ocultamente no observaban éste su

orden, haciendo y celebrando los funerales y exequias con los ritos y

ceremonias del gentilismo: y para cogerlos _in fraganti_, puso algunos

que los espiasen.

Dentro de poco murió una mujer y luego determinaron los infieles hacerle

el entierro á su usanza. Compusieron para eso un galpón ó templo hecho

de ramas trabadas, con las mejores labores que les fuese posible, y

levantaron en medio dos palos para trono del demonio, que en forma

visible viene á recibir las ofrendas, á oir las súplicas y á agradecer

los sacrificios que hacen por el alma del difunto. Ciñen la enramada de

una red, dentro de la cual no entran otros que el Mapono y los más

cercanos parientes del muerto.

Celebraban estas exequias, para que no fuesen descubiertos, en lo más

oscuro de la noche, y estaban ya en lo mejor y más devoto de la función,

cuando de repente llegó el Padre Lucas, y fijando la vista dentro de

aquel infame sagrario, vió en medio de aquellas tinieblas centellear los

ojos del enemigo infernal, que lleno de majestad y terror estaba sentado

sobre aquellos dos palos; y aunque al siervo de Dios se le erizaron los

cabellos y se extremeció de horror, quiso, no obstante eso, arrojarse

dentro. Lo cual, no pudiendo sufrir el demonio, desapareció en un

momento, arrebatando en cuerpo y alma á su sacerdote, que jamás pareció,

gritando que nunca le verían más en aquel lugar, de dónde, mal de su

grado, era arrojado con deshonra y vergüenza.

Reprendióles el fervoroso Misionero, con celo ardiente, su poca fe, y

con el ejemplo del Mapono, llevado vivo por el demonio al infierno, les

hizo conocer claramente que no era otra su intención que hacerles perder

de una vez el cuerpo y alma.

Tomaron casa en la Reducción los más cercanos pueblos de los Manacicas,

dejando los más distantes, situados hacia el Oriente, al celo del P.

Francisco Hervás para que los condujese al pueblo de San Francisco

Xavier: mas el P. Hervás, con extremo dolor y sentimiento, no encontró

otra cosa que cadáveres y huesos de muertos, por haber hecho en aquellos

pobres infieles un estrago fatal el furioso contagio que poco antes

había infestado aquel país.

Tuvo allí el P. Caballero noticia cierta de otra nación con quien los

Manacicas andaban siempre en guerras y hostilidades, por lo que se le

inflamó el corazón en encendidísima caridad y deseo de verlos y

traerlos al conocimiento de su Criador, especialmente que no eran tan

rudos y salvajes como los otros pueblos, que á costa de tantos trabajos

y sudores había reducido al rebaño de Cristo.

Estaban sus Rancherías bien pobladas, con gobierno civil y político; las

casas, calles y plazas estaban bien ordenadas; fabricaban de plumas

bellísimos escudos, y las mujeres tejían sus vestidos con grande arte,

bordándolos con flores en proporción y orden.

Estas noticias le avivaron el deseo de registrar aquel país y conocer á

sus naturales; y así, no haciendo caso del riesgo de perder la vida,

animó y exhortó á algunos de sus neófitos á que le acompañasen.

Puesto, pues, en camino, apenas tocó en la primera tierra, pocas millas

distante, le salió al encuentro una cuadrilla de bárbaros, que le

recibieron con una tempestad de saetas, no queriendo en ninguna manera

dar oídos á sus palabras; no por eso perdió el Padre un punto de su

aliento y valor; antes bien, sin temor alguno, se iba acercando á ellos,

que viendo tanta generosidad, y que no le podían acertar con ningún

flechazo, mudaron la nativa fiereza en otra tanta cortesía y respeto.

Recibiéronle con muestras de grande benevolencia, presentándole frutas

del país y algunos escudos primorosamente adornados de plumas. La casa

en que le hospedaron caía hacia el templo, con lo cual tuvo comodidad

para observar los ritos y supersticiones en el entierro de un difunto.

Al entrar la noche trajeron el cadáver en medio de la plaza, donde

dándole sus amigos y parientes los últimos abrazos, le pusieron sobre un

haz de leña, dispuesto en forma de pira; luego le pegaron fuego y

redujeron el cadáver á cenizas, que recogidas con infinitas ceremonias y

llantos, las depositaron en una urna de barro.

Esta vista y espectáculo causó gran temor y espanto á los neófitos, y

viendo entre tanto que venían á la plaza muchas cuadrillas de gente que

andaba rondando y tomando los puestos y boca-calles, bien que quietos y

en silencio, sospecharon que semejantes exequias se disponían para

ellos, por lo cual se quisieron luego poner en salvo; causa porque le

hicieron al siervo de Dios tales instancias, que le fué necesario

salirse antes de amanecer y volverse, con increíble dolor suyo, porque

perdía la esperanza de reducir en breve aquella no mal dispuesta nación

al conocimiento de Cristo, y de lograr en poco tiempo una copiosa

ganancia de almas para el cielo.

Consolóse, empero, con la esperanza de recoger el año siguiente aquella

mies, mas aun esta esperanza se le desvaneció también dentro de poco,

porque una tropa de mercaderes europeos de la profesión que arriba dije,

dió de improviso sobre tres de sus Rancherías, donde destrozados los

principales y hecho notable estrago en todos los adultos, hasta llegar á

quemarlos vivos en sus casas cuando no querían rendirse, las destruyeron

totalmente, llevando por esclavos á toda la chusma de niños y mujeres,

de que buena parte pereció en el camino, rendida á los trabajos y malos

tratamientos de aquellos bárbaros vencedores.

Quiso, con todo eso, el Apostólico Padre pasar adelante, pero halló la

gente confinante tan envenenada por aquella cruelísima matanza, urdida y

maquinada á traición, que quería vengar la injuria en las vidas de los

nuevos cristianos; por lo cual le fué preciso retirarse con presteza

para que los inocentes no pagasen la pena de los culpados, difiriendo la

empresa para cuando el tiempo pusiese en olvido el agravio y desahogando

entre tanto su celo en otras tierras, cuyos moradores iba juntando en

la nueva Reducción, la cual trasladó á sitio más cómodo para la salud de

los cathecúmenos, en una llanura que de la banda de Oriente miraba á los

Puyzocas, por el Norte á los Cozocas y á los Cosiricas por Occidente.

Aquí no daba treguas á las fatigas, imponiendo á los bárbaros, con

increíble paciencia, en costumbres civiles y políticas, enseñándoles la

observancia de los preceptos de la ley de Dios é instruyéndolos en los

Misterios de la fe; siendo ésta la tarea continua de todo tiempo y de

todas horas, y olvidado de sí mismo, sólo atendía al bien de los

prójimos, de suerte, que aun el necesario alimento para conservar la

vida apenas había día que no le repartiese con sus cristianos, gozoso y

contento con dilatar la gloria de su Señor, y en comprar, á costa de sus

sudores, la eterna bienaventuranza á aquella miserable gentilidad; y

cuando cansada la naturaleza de tanto trabajo pedía algún reposo, se

escondía en la iglesia, y todo absorto en las cosas divinas, se encendía

en el amor de Dios, tanto, que no sabía apartarse de su amadísimo bien,

hasta que no pudiendo sufrir más el cuerpo flaco, tomaba aquel corto

sueño que era necesario para cobrar aliento y vigor, volviendo con más

brío y denuedo á cultivar aquellas nuevas plantas. Estaba entre tanto

pensando en las Apostólicas correrías que meditaba hacer á los

Cosiricas, en abriendo el tiempo, especialmente porque éstos le enviaron

una embajada para que los fuese á alistar en el número de los

convertidos, ofreciendo sitio cómodo para fundar en él una Reducción.

Entró en duda de si sería más del servicio de Dios el aceptar la oferta

de estos Cosiricas ó pasar á los Puyzocas, sobre que no le pareció tomar

resolución cierta antes de conocer cuál fuese la voluntad de Dios; por

lo cual, en espacio de muchos meses, en lo más oscuro de la noche se

recogía á hacer oración (tomando para sí la noche y dando á los prójimos

el día por no faltar á sus necesidades) pidió á los ángeles Custodios de

aquellas naciones le alumbrasen el entendimiento con algún rayo de su

luz, para que pudiese conocer con certeza cuál era en este negocio el

divino beneplácito: y tuvo revelación ó luz interior de que la voluntad

y agrado de Dios era que pasase á las tierras de los Puyzocas, y se

pusiese á todo riesgo, sin hacer caso de su vida; y no sé de qué manera

(porque las noticias que de aquellas Reducciones han venido no lo

expresan).

Tuvo también anuncios de que el cielo había ya oído sus súplicas, y

determinado dar cumplimiento á sus deseos de sacrificar la vida por las

glorias de su Criador; y de cuáles fuesen los júbilos de su corazón y

cuáles las alegrías, más fácil es pensarlo que decirlo. Pero no

obstante, quiso Dios quitarle un poco de aquel exceso de dulzura en que

estaba su alma felizmente anegada, permitiendo á la parte inferior

trabajase y diese que hacer á la superior, para que fuese tanto más

glorioso el triunfo y la palma, cuanto fuese más dificultosa la

victoria; porque corriéndole por las venas un sudor frío, se puso pálido

y se le representó tan fiera la vista de la muerte, que le hizo muchas

veces entrar en duda si debía ejecutar aquella empresa; y cada vez que

pensaba en ella temblaba todo, y mostraba en lo exterior señales de la

batalla interior; y no sé si por sus ordinarias enfermedades ó por nueva

destemplanza de los humores que causaba á todos los miembros aquel

combate del espíritu y de la carne, le bajó á las piernas un humor

maligno que le obligó á hacer cama, pretendiendo, al parecer, la

naturaleza, con aquellos extremos, conservar la vida, á quien tan de

cerca amenazaba la muerte; y de hecho el V. Padre estaba en gran

perplegidad y angustia de ánimo, de suerte que no se atrevía á resolver

por sí mismo, y era espectáculo digno de compasión verlo batallar

consigo mismo, venciendo una vez más, y quedando otra vencido, siempre

pensativo y como asombrado con esta lucha.

Al fin volvió Dios los ojos de su piedad al V. Padre, que por tan largo

tiempo, en hambre, sed, pobreza y tantos trabajos, había sido su

fidelísimo siervo, y penetrándole lo íntimo del alma con un rayo de luz,

esclareció aquella densa niebla, que antes le tenía en oscuridad y

tinieblas, y le infundió tal valor y aliento en el espíritu, que vencida

del primer lance la carne, dijo con gran denuedo:

«--Que por sentir tanta repugnancia quería, á pesar suyo, poner manos á

la obra.»

Son palabras suyas; y estando ya de partida, escribió á un comisionero

suyo, avisándole con confianza de lo sucedido y pidiéndole sus

oraciones, añadió:

--_Spiritus quidém promptus est, caro autem infirma._

Por último, se puso en camino hacia los Puyzocas, acompañado de treinta

y seis Manacicas recién bautizados; y llegando á la primera tierra de

aquella nación, fué recibido con muestras de grande amor y

benevolencia, presentándole la gente frutas del país en grande

abundancia y encubriendo de esta manera lo que maquinaban: de allí pasó

á la segunda Ranchería, pero llevado en brazos ajenos, porque así por la

flaqueza del cuerpo como por un pantano que había de por medio, no se

podía tener en pie; aquí también fué recibido con una falsa alegría y

con alhagüeñas palabras, que los traidores tenían ya premeditadas, y

habiéndole entretenido el cacique en conversación, encubriendo en su

pecho sus dañados intentos, ordenó entre tanto á su gente que llevasen á

los forasteros á sus casas, dividiéndolos de manera que hubiese pocos en

cada una, para hacer así el tiro con más seguridad.

Apenas los nuevos cristianos se habían sentado á la mesa, ignorantes de

lo que contra ellos se maquinaba, salieron de repente en tropa muchas

mujeres desnudas, las cuales tiraron ciertas líneas de color negro en

sus rostros (ceremonia que usa esta nación con los que quieren matar) de

la cual los cristianos se maravillaron mucho; y luego dieron sobre ellos

muchos indios con gran furia y mataron, con poco trabajo, á la mayor

parte de los cristianos.

Escaparon, por gran ventura, de aquella matanza algunos pocos, los

cuales fueron al punto á dar aviso al P. Caballero, que habiéndose

quedado sólo en su Rancho, todo absorto en Dios, rezaba el Oficio

Divino; y no sufriendo un neófito verle expuesto al estrago de aquellos

bárbaros, lo puso sobre sus espaldas para librar su vida con la fuga.

Fué esto en vano, porque no queriendo los traidores se les escapase de

entre las manos aquél á quien tanto aborrecían por la ley santa que les

predicaba, le siguieron y le clavaron una flecha en las espaldas.

Sintiéndose el Padre mortalmente herido, pidió al neófito que lo dejase

allí; y clavando luego en tierra una cruz, que llevaba en las manos, se

puso de rodillas delante de ella ofreciendo la sangre que derramaba por

sus mismos matadores, é invocando los dulcísimos nombres de Jesús y de

María, quebrada y deshecha la cabeza á grandes golpes de macana, entregó

su espíritu en manos de su Criador el día 18 de Septiembre del año 1711.

El mismo fin tuvieron veintiséis de sus compañeros neófitos, que

lograron la suerte de dar sus vidas en testimonio de aquella fe que poco

antes habían empezado á profesar. Libróse un muchacho que le servía para

ayudar á misa, el cual, viendo las cosas de mala data montó á caballo,

y á rienda suelta se pudo escapar; y entrando en lo espeso del bosque,

desde donde en compañía de otros neófitos que también se habían huído,

llegaron muy consumidos á la Reducción de la Inmaculada Concepción,

donde, de las heridas, murieron cinco en breves días.

Así acabó el V. P. Lucas el curso de su predicación, llena de tantos

trabajos, afanes y fatigas, con la mayor muestra de amor de Dios y de

los prójimos, sacrificándose á sí mismo todo, por traer al conocimiento

de su Criador los que vivían en las tinieblas y sombra de la gentilidad.

Aún no se dió por bien satisfecha la crueldad de los bárbaros, por lo

cual, poco después, temerosos de que viniesen á castigar su infame

traición los cristianos de la Concepción, enviaron allá espías que

observasen los movimientos de los fieles; y encontrando fuera de poblado

alguna gente, mataron á un indio y apresaron y llevaron dos mujeres, lo

que causó tal espanto en el pueblo de la Concepción, que todos se iban

huyendo por los bosques como si estuviesen ya á las puertas los

enemigos, por lo cual le fué necesario al P. Juan de Benavente suplicar

al gobierno de Santa Cruz de la Sierra que pusiese freno al

atrevimiento y ferocidad de los Puyzocas.

Vino luego una compañía de valerosos soldados á domar aquella nación y

vengar la muerte del P. Caballero, y llevar su santo cadáver á aquella

Reducción.

Llegaron allá los españoles al ponerse el sol, por lo cual quisieron

esperar al día siguiente para recoger las sagradas cenizas.

En la mayor oscuridad de la noche vieron, no muy lejos de donde se

habían acampado, una llama en forma de antorcha, que muchas veces se

encendía y apagaba. Maravillados de esto, apenas amaneció cuando fueron

á reconocer aquel lugar, y hallaron que resplandecía aquella antorcha

sobre el cuerpo del Venerable Padre «que estaba en un pantano en una

admirable postura, hincada en tierra la rodilla izquierda, extendido el

pie derecho en un hoyo del pantano, la cabeza reclinada sobre la mano

siniestra, y delante plantada la cruz, como mirándola.»

Esta vista les acrecentó el asombro y veneración, y más hallándole

entero, fresco é incorrupto, sin despedir mal olor, que parecía cosa más

que natural, habiendo pasado tanto tiempo de soles ardientísimos, y por

otra parte, la humedad del lugar, que como dije, era un pantano; fuera

de que los cuerpos de sus compañeros estaban ya corrompidos.

«Los soldados de Santa Cruz le quitaron por reliquias las uñas, el

rosario que llevaba y la cruz que un portugués que se halló en la

función presentó al Sr. Marqués de Tojo, insigne bienhechor de aquellas

Misiones, y su señoría la apreció mucho como reliquia de un apóstol, que

así le llamaba el marqués.

»Estando en este piadoso despojo, recelaron los Santacruzeños no les

acometiesen en mayor número los infieles; y pesarosos de haber dejado

sus mulas maneadas muchas leguas de allí para poder entrar por los

bosques al lugar del martirio, pidieron á Dios, por intercesión del

Venerable mártir, los socorriese; apenas hicieron esta oración cuando

oyeron un gran ruido que juzgaron ser de los enemigos que venían sobre

ellos, por lo cual se pusieron en armas; mas quedaron pasmados cuando

vieron que eran sus mulas, que sueltas de las maneas, venían desde tan

lejos corriendo derechas al lugar donde estaban.»

Tomaron con gran veneración el santo cuerpo y le llevaron á la

Concepción, pidiendo al P. Benavente, en paga de este trabajo, algunos

pedazos de sus vestidos por reliquia, lo que no se les pudo negar,

viendo su piedad y afecto; y parece que Dios ha querido honrar los

merecimientos y celo de su siervo, con muchos milagros que omito por

ahora.

No pudieron, empero, aquellos piadosos españoles dar su merecido á los

bárbaros matadores, porque atormentados éstos de la conciencia y de su

pecado, se huyeron por diversas partes, entrándose por los bosques y

selvas; mas aunque se libraron de la justa indignación de los españoles,

no se pudieron librar de las manos de Dios; porque el primero de los

Puyzocas que se atrevió á echar mano del V. Padre por la sotana, pagó

dentro de pocos días su temerario atrevimiento con muerte desastrada;

los otros murieron consumidos de la peste; bien que el mayor castigo que

contra aquella nación fulminó el cielo fué dejarlos en su infidelidad,

pues hasta ahora no sabemos que alguno de dicha nación, detestando sus

errores, se haya reducido al rebaño de Cristo.

Aunque de lo dicho hasta aquí se puede colegir la santidad de este

Apostólico Misionero, con todo eso, no quiero defraudar á sus

merecimientos la gloria, y á nosotros el ejemplo de sus heroicas

virtudes; bien que será con toda brevedad. Fué hombre casi sin igual en

el celo de ampliar el conocimiento de Dios y reducir almas á la santa

fe, digno verdaderamente de ser contado entre aquellos que _tradiderunt

animas suas pro nómine Dómini Iesu Christi_.

Sus conmisioneros hablan de él con singular estima, y no le ponen otra

falta que de muy intrépido en los peligros y riesgos, cuando había de

llevar la ley divina entre los bárbaros é infieles; y he oído á un

Superior suyo que no acababa de maravillarse cómo siendo de complexión

delicada, y enfermizo, podía tolerar tantas fatigas y tener tanto

aliento y vigor cuando emprendía algún negocio del servicio de Dios, á

que se añade que trabajaba en un clima muy destemplado, poco sano á los

naturales y mucho menos á los forasteros.

Era dotado de castidad tan angélica, que murió con la entereza virginal,

sin empañarla ni aun con la más leve sombra de mancha; antes viéndose en

un clima en que domina la lascivia tanto, y entre gente muy disoluta en

la deshonestidad, alcanzó del cielo que aquellas tentaciones y estímulos

á que había de estar sujeto, ó por universal pena del pecado ó por

maligna sugestión del enemigo infernal, se le conmutasen en otra

materia, de suerte que no fuese tentado de perder esta preciosa joya, y

entre tanto no le faltasen enemigos domésticos que vencer.

Poseía en grado heroico la virtud de la obediencia y verdaderamente que

á las grandes pruebas que en ella tuvo, hubiera cedido otra menos

rendida voluntad: ver delante de sí gran número de infieles que le

pedían el santo bautismo, y por obediencia contener su ardientísimo celo

en no administrársele, ser convidado á fundar nuevas Reducciones; de que

resultaban grande provecho á las almas, y á Dios tanta gloria, y á una

insinuación del Superior no moverse del lugar que le estaba señalado;

retirarse de improviso de los lugares en que tenía copiosa mies de

almas, fueron las ocasiones que tuvo este santo varón en que hacer

ostentación de su heroica obediencia; sujetando y rindiendo su misma

voluntad y aun su juicio.

Al que no mira estas cosas sino con los ojos corporales, le parecerá de

poca virtud tales ejercicios de obediencia; pero en la realidad éste es

el yugo más grave y más pesado que oprime á los Misioneros.

En estos lances campeaba maravillosamente su virtud. Y una vez (no sé

por qué causa, porque las relaciones de allá no lo expresan, pero bien

lo pudiéramos conjeturar, se hizo tanta fuerza para vencerse y sujetar

su voluntad á las órdenes de los Superiores que cayó gravemente enfermo.

Acompañaba esta obediencia con no menor humildad y bajo concepto de sí

mismo. No hallaba en sí otra cosa sino materia de abatimiento y

confusión; y aunque á cualquiera parte de estas trabajosísimas Misiones

que volviese los ojos, no hallase sino materia de consuelo, así por los

sudores derramados como por las conversiones de tantos infieles; con

todo eso lo desestimaba todo, y sólo le parecían grandes sus defectos,

atribuyendo á ellos el no haber vertido su sangre en testimonio de la

fe, aunque Dios le libraba de la muerte con manifiestos milagros, y se

quejaba principalmente de sí mismo.

De este bajo concepto nacía el maltratar tanto á su cuerpo; cuidando tan

poco de él como si fuese una bestia; con una escudilla de arroz ó maíz

mal guisado, y con frutas silvestres, pasaba ordinariamente; y cuando

comía un pez mal cocido, le parecía un gran regalo.

Finalmente, era tan despegado de las cosas de la tierra (son palabras de

un conmisionero suyo) que parecía carecer de inclinaciones de hombre, y

que era sólo nacido para dilatar la gloria de Dios y procurar el bien de

las almas; éstos eran sus deseos, éstas sus ansias y esto todo él mismo.

No es, pues, maravilla, el que quisiese Dios coronar á siervo tan

adornado de méritos y de virtudes con tan felicísima muerte.

CAPÍTULO XVI

_Conversión de los Morotocos y Quíes,

y descubrimiento de nuevo camino

para estas Misiones por el río

Paraguay._

Habiendo el P. Juan Bautista de Zea visitado la Reducción de San Joseph,

ordenó que se fuese en busca de las Rancherías de los Tapuyquias, por lo

cual se pusieron luego en camino algunos indios de nación Boxos,

llevando consigo uno de los Tapuyquias que habían ellos cautivado cuando

eran aún gentiles.

Después de muchos días llegaron á dar en un camino lleno de huellas de

hombres, por donde se persuadieron los Boxos que poco antes habían

pasado por allí los Tapuyquias, cuando impensadamente llegaron á una

sementera, donde estaba trabajando actualmente un indio anciano con su

familia.

Perdióse de ánimo éste á la vista de los nuestros, y con palabras y

ademanes de quien suplicaba, les pidió no le matasen.

Relacion historial de las misiones de indios chiquitos que en el Paraguay tienen los padres de la Compañía de Jesús · 第 17 / 27 段