ley, sin hacer caso de nada, le apuntaron y dispararon un gran número de
saetas á su cabeza, mas nunca pudieron acertar; antes bien veían
manifiestamente que volvían atrás las flechas, como si una mano
contraria las tirara; y una disparada con tal ímpetu que le hubiera
pasado de parte á parte; pero al llegar la detuvo sin duda Dios, é hizo
caer sin fuerza á los piés del Padre. Con otra hirieron en el vientre á
un cristiano que llevaba la imagen, y alegrísimo el buen muchacho de su
dichosa suerte, se retiró aparte para gastar con Dios los últimos
períodos de su vida, con no menos gloria suya que envidia del P. Lucas,
que abrazándole estrechamente, se dolía de que en pena de sus pecados no
merecía acompañarle en la muerte.
Entre tanto, el Mapono atizaba con rabia infernal á los suyos, y cerca
de una hora estuvieron disparándole saetas sin causarle más daño que
romperle el vestido; bien que al levantar en alto aquella santa imagen,
le corrieron por los brazos extraños dolores y le impidieron el uso de
ellos.
Mientras ellos procuraban valerse de todas las suertes de su crueldad y
fiereza para darle la muerte, los cathecúmenos desde lejos procuraban
librarle de ella, amenazando á los Cozocas que vendría sobre ellos la
ira de Dios y les daría su merecido, como á su costa ellos lo habían
experimentado; y ó fuese porque el temor les hiciese caer en la cuenta,
ó porque Dios reprimiese su orgullo, dándoles más acerbos dolores en los
brazos, se pararon algún rato y dieron tiempo y oportunidad al siervo de
Dios para acercarse al Mapono, y con modo cortés y afable le dió á
conocer el poder de Jesucristo, que por más que él y los suyos lo
intentasen, si no era voluntad de su Divina Majestad, no le podrían
quitar un cabello; y que sus Tinimaacas, por más que se jactasen de que
eran señores del cielo y dueños del mundo, al fin no eran otra cosa que
miserables y flacas criaturas condenadas por su culpa á cárcel perpetua
en el infierno.
Entre tanto que él hablaba así al Mapono, puso Dios los ojos de su
piedad sobre aquel bárbaro, y penetrándole lo interior del alma, sosegó
aquellas furias; con lo cual, cambiado el furor en agrado, le hospedó
cortesmente en su casa, poniéndole la mesa abastecida de lo mejor del
país.
Estando en esto se echó á sus piés un gentil, y con lágrimas en los ojos
le pidió que al punto le bautizase, porque temía mucho no le matasen
allí á traición por causa de algunos disgustos antiguos, y no quería
perder con el cuerpo la vida del alma. Dióle gusto el P. Lucas y quiso
celebrar, como celebró, la sagrada función de aquel bautismo en uno de
los templos, por más que le pesaba al demonio y á los de su partido.
El mismo día había despachado el Mapono un mensaje á _Abetzaico_,
cacique de los Subarecas, para que con su milicia viniese á ayudarle á
exterminar ó desterrar del mundo al enemigo capital de los dioses y á
sus compañeros; mas desbarató sus designios un ángel, el cual,
apareciéndole, no sé si en sueños ó despierto, le ordenó que fuese á
encontrar al Padre y le recibiese en su tierra y oyese su doctrina.
Vino el cacique sin armas, servido de dos de sus vasallos, y noticiado
del atrevimiento de los Cozocas, se encolerizó sobremanera contra el
Mapono; y hubiera puesto en él las manos, á no haber venido á buen
tiempo uno que daba aviso de que dos cristianos heridos estaban ya para
espirar. El P. Lucas nos dirá mejor con sus palabras lo que entonces
sucedió:
«Acudí (dice) á donde yacían tendidos sobre la tierra aquellos mis dos
muchachos; que á la verdad era espectáculo digno de mover á cualquiera á
compasión, verlos tan malamente heridos que el suelo estaba bañado en su
sangre, cubiertos de moscas, que parecían cadáveres, sin tener un trapo
con qué cubrir las llagas, y ser necesario por esto servirse de las
hojas de los árboles; causábame, empero, grande admiración y asombro su
paciencia, los tiernos coloquios que hacían á la Santísima Virgen,
alegrándose de derramar la sangre y morir por aprovechar á sus prójimos,
y en servicio de su santísimo hijo. Uno de ellos era Manacica de nación,
bautizado pocos meses antes y me servía de intérprete; tenía atravesado
el brazo con una flecha, y por eso, heridos los nervios, le causaban
desmayos y pasmos mortales; al otro, herido en el vientre, se le habían
salido en gran parte las entrañas. Ordené que los llevasen debajo de una
enramada, donde queriendo volver á poner en su lugar las entrañas á este
último, fué necesario cortarle parte de ellas. Encomendose con grande
confianza á la Reina de los Ángeles, y después de un ligero sueño se
halló perfectamente sano; el otro se restituyó en breve á su entera
salud, hallando su brazo libre y expedito, sin otro remedio que el de
Dios y su Providencia, pues allí no había otro.» Hasta aquí el P. Lucas.
Detúvose allí algunos días para arrancar de raíz la idolatría y
disponerlos á recibir la santa ley de Cristo; y aunque al principio le
fué preciso ir ganando tierra poco á poco, venciendo al fin la gracia
del Espíritu Santo, abrieron los ojos aquellos bárbaros y se ofrecieron
de buena gana á alistarse en el número de los fieles, presentando en
prendas de esta verdad á sus hijos para que desde luego fuesen lo que
ellos de allí á poco habían de ser.
Llevaba mal _Abetzaico_, que se detuviese el Padre tanto con los
Cozocas; y se lamentaba tanto de esta tardanza, que precisó al siervo de
Dios á despedirse de aquí é ir á su tierra, donde no hubo bien llegado,
cuando fueron inexplicables las alegrías y señales de júbilo que
mostraron los Subarecas, saliéndole á recibir y haciendo fiestas á su
usanza propias para cuando quieren mostrar extraordinaria alegría.
Cuál fuese la pompa, y lo que más importa, el santo fervor de devoción
con que desde el primero al último veneraron estos nuevos cathecúmenos
la Santa Cruz, no es fácil referirlo.
El cacique y los principales quisieron tener la honra de formarla y
ponerla en la plaza, no permitiendo que otros más inferiores pusiesen la
mano en esta obra; luego, arrodillados todos al rededor de la cruz, la
adoraron humildemente, y entre tanto, las mujeres y el resto del pueblo
estaba bailando y cantando al son de sus instrumentos, y los cantares
eran alabanzas de la Cruz, de la santa ley de Dios y de la Santísima
Virgen; ni se acabaron las fiestas aquel día, antes bien las continuaron
por muchos días, no sabiendo ponderar el consuelo que tenían, por haber
de ser cuanto antes cristianos, y levantado y adorado en su tierra el
árbol de nuestra Redención. Y Dios Nuestro Señor, para confirmarlos en
la fe, y mostrar cuánto se agradaba de aquella devoción y fervor,
restituyó la salud á todos los enfermos y calenturientos con sólo leer
el Padre sobre estos el Santo Evangelio.
Qué júbilos de alegría sentía en el corazón y qué lágrimas de consuelo
le corrían de los ojos al P. Caballero, confiesa él mismo que no lo
podía explicar, acordándose que aquellos mismos que ahora con tanta
veneración adoraban la cruz, y en ella á Jesucristo, eran los que poco
antes adoraban á los demonios feos y abominables.
Mas no por esto se olvidaba del término de su viaje, por cuya causa se
hubo de despedir de los Subarecas, no sin grandes lamentos y llanto
universal de aquella buena gente, la cual, viendo que no le podían tener
más tiempo en tierra por entonces, quiso que la flor de la juventud le
fuese acompañando para ir allanando el camino y proveyéndole de víveres
al Padre y á sus compañeros, lo que ejecutaban á competencia con los
Cozocas.
Ya habían caminado algunas jornadas cuando cayeron enfermos once de sus
neófitos, con increíble dolor del santo misionero; mas el modo como
sanaron, lo escribe él mismo por estas palabras á su Provincial.
«Padecía yo (dice el P. Lucas) la enfermedad de todos, y me penetraba el
corazón el escándalo de los gentiles, los cuales se maravillaban mucho
que gozando ellos de muy buena salud, enfermasen los cristianos, con lo
cual parecía querer decir que aquella ley no era tan santa como yo se la
había pintado, pues sus profesores estaban sujetos á las enfermedades
sin poder librarse con solas cuatro palabras, como á ellos no pocas
veces les había sucedido. Quejeme amorosamente á mi Señor Jesucristo y á
su Santísima Madre, diciendo:
»--Bien conozco, Señor, que mis pecados merecen esto y mucho más; pero,
mirad, Señor, por vuestra gloria; no digan los infieles que los
cristianos tienen un Dios que no tiene entrañas de compasión con
aquellos que le adoran: _Ne dicat gentes ¿ubi est Deus eorum?_ Mirad,
Señor, que los neófitos tendrán horror á los trabajos y fatigas de la
Misión, si perseguidos de los infieles bárbaros y afligidos de las
enfermedades, no acudís presto á socorrerlos y librarlos. ¿Quién me
acompañará en estos desiertos para abrirme camino y servirme de
intérprete para declarar vuestra ley? Si obráis milagros para sanar á
los infieles, ¿por qué no haréis lo mismo con los cristianos?
»No tardó mucho en moverse á piedad el Padre de las misericordias y Dios
de toda consolación, porque la víspera de los Ángeles Custodios se dejó
ver muy resplandeciente uno de estos bienaventurados espíritus, de uno
que estaba con calentura, y le dijo:
»--Esta enfermedad que padecéis os ha venido en lugar de la muerte que
habíais de llevar de manos de los bárbaros. Confiad en Dios, que cesará
el mal. Grande será el premio que tendréis allá en el cielo por los
trabajos y fatigas que padecéis por dar á conocer á Dios á vuestros
paisanos.
»Con eso creció en todos la confianza; quise yo darles una bebida, no sé
si purga ó bebida, porque no conocía su fuerza, con lo cual creció el
mal; y no sufriendo los ardores de las fiebres ardientísimas, y
haciéndose llevar al río, se arrojaron al agua para templar con lo
exterior de aquel frío el calor de sus fiebres; y sin otro remedio
quedaron todos sanos y salvos.» Hasta aquí el V. P. Lucas.
Y á la verdad era necesaria tal enfermedad y tal milagro para que
perseverasen hasta el fin del viaje; porque atemorizados de tantos
riesgos y peligros de la muerte que á cada paso encontraban, ya á manos
de los bárbaros, ya de la sed ó de la hambre, se habían los neófitos
resfriado no poco en el celo de anunciar el santo nombre de Dios á los
que vivían en las tinieblas de la infidelidad, y cayendo ahora en la
cuenta y reconociendo mejor las cosas, postrados todos por tierra
pidieron al Padre perdón de su temor y flaqueza, y se ofrecieron á Dios
con corazón valiente y firme para vencer cuantas asperezas y
dificultades encontrasen, aunque fuese necesario perder la vida en su
servicio.
Pusiéronse nuevamente en camino con esta resolución por una senda
estrecha y difícil de un bosque espesísimo, con no pequeño trabajo; y
después de caminadas pocas leguas, perdieron el rastro de la senda, no
sabiendo dónde estaban, ni por dónde tomar rumbo, por cuya causa
anduvieron perdidos por espacio de un mes entero, ya trepando por
fragosas montañas, ya metiéndose por lo más interior del bosque; sin
tener otra cosa que comer sino hojas de árboles y raíces silvestres, ni
en qué descansar y tomar un corto sueño sino una red colgada de un
árbol, á cielo descubierto.
En este aprieto, al P. Caballero, que era de complexión delicada y de
suyo enfermizo, y que por los trabajos é incomodidades apenas se podía
tener en pie, le sobrevino una tan gran flaqueza de estómago, que no
podía retener manjar ninguno por lijero y de poca substancia que fuese;
pero no obstante esto, la virtud de su espíritu suplía las fuerzas que
faltaban al cuerpo, siendo el primero que animaba á los otros á
arrojarse á los peligros y que con sus mismas manos abría el camino.
Finalmente, con algunas frutas ásperas y desabridas al paladar, se
recobró á sus fuerzas antiguas, echando Dios su bendición en aquel
remedio, más á propósito para enfermar á los sanos que para sanar
enfermos.
Aterrados de tantas dificultades los gentiles se volvieron atrás y lo
mismo hubieran hecho no pocos de los cristianos, si la Madre de Dios, en
cuya gloria redundaba el buen suceso de aquella empresa, no se hubiera
aparecido á uno de los más desanimados, y reprendiéndole ásperamente de
su poco ánimo y la falta de fidelidad á lo prometido á Dios.
Por último, haciendo el P. Lucas fervorosísima oración al arcángel San
Rafael y á los ángeles Custodios de aquellas naciones, vino á salir á la
Ranchería de los Aruporecas, donde los años pasados había hecho una
Misión y rogado á su cacique que le acompañase con algunos de sus
vasallos hasta las Rancherías de los Tapacurás, se escusó de hacerlo,
temeroso de que los Tapacurás se vengasen de los daños que habían
padecido en una guerra que les había hecho; mas dándole el Padre su
palabra de que ajustaría la paz, se rindió el cacique á ir acompañando
al siervo de Dios.
Guiado, pues, de una escuadra de Aruporecas, se puso en pocos días á
vista de los Tapacurás; pero antes de entrar envió á la Ranchería un
neófito, de nación Tapacurá para que le recibiesen cortesmente y no
hiciesen algún desmán contra sus enemigos los Aruporecas.
Sintieron mucho los Tapacurás su venida, mas con todo eso, disimulando
el disgusto, le salieron á recibir, y hospedándole en una casa
acomodada, le hicieron muchos presentes de frutas y caza: no obstante,
cuando quiso dar principio á sus apostólicos ministerios, se hicieron
sordos y aun le impidieron obstinadamente que pasase á las Rancherías de
su nación, y solo le querían conducir á tierras de los enemigos. Lo
mismo respondió _Maymané_, cacique de otro pueblo, que había venido á
cumplimentar al Padre. Es digna de saberse la causa de todo esto.
Había el santo varón los años pasados enarbolado en esta tierra una
cruz; vinieron allí unos ministros del demonio, acompañados de una tropa
de indios Cuzicas, Quimomecas y Pichasicas, y sacándola del hoyo en que
estaba fijada, la hicieron pedazos con mucha irrisión y escarnio.
No tardó mucho la ira del cielo en vengar el atrevimiento de aquellos
malvados y desagraviar la Santa Cruz, porque se encendió entre ellos una
peste que hizo tal estrago que en breve quedaron muertos aun los menos
culpados en aquel delito, siendo muy pocos los que escaparon de aquella
parcialidad. Por esta causa temían estos que sucediese lo mismo aquí y
en los otras lugares de su nación, por lo cual, á fin de prevenir el
daño propio, le exhortaron á que se fuese á los Paunacas ó á donde más
gustase, porque ignorantes ó ciegos en sus errores, no conocían que si
por las injurias hechas á la santa cruz les venían tantas desgracias y
desastres, la reverencia y devoción que la tuviesen les alcanzaría
mucho mejor del cielo la bendición.
No por esto desmayó el siervo de Dios, antes tomando materia de este
mismo temor para predicarles, lo hizo con tanto fervor de espíritu y
eficacia de palabras, mostrando que no eran menos dignos de muerte los
que osaban injuriar á la santa cruz que los que impedían su culto; y así
convencidos, se rindieron á su voluntad, y levantándola en alto en medio
de la plaza, todos con reverente inclinación la adoraron y se ofrecieron
á pasar con él á otras tierras.
Bautizados, pues, allí los niños, prosiguió con ellos su viaje, pero
hallaron desiertas las Rancherías; porque el demonio, que llevaba mal
tantas ventajas de la gloria divina, había con infernal astucia
persuadido á la gente que se mudasen á otro lugar donde no les pudiesen
hallar tan fácilmente; fueron no obstante esto siguiendo el rastro, y al
salir de una espesa selva dieron en una bellísima campaña, muy amena y
alegre á la vista; pero por la mayor parte pantanosa, por los muchos
manantiales de agua que en ella había. Descalzóse el P. Caballero y
empezó á pasarla, y tras él los indios, y á la verdad lo que padeció en
aquel paso ninguno lo puede decir mejor que él mismo que lo
experimentó. Escríbelo así el venerable Misionero:
«Pasábamos el agua á las rodillas, y eran tan profundos los pantanos,
que apenas podía sacar el pie, cayendo y levantando á cada paso; acabó
de empaparme en agua una lluvia deshecha que duró muchas horas. Y lo que
me causó más tormento fué un género de paja que allí había, de dientes
tan agudos como de sierra, que me desolló los muslos y piernas, de que
aún tengo ahora las señales, y duró este martirio más de media legua.»
Después de tantos trabajos dió con una Ranchería, cuyos moradores,
viéndole tan desfigurado, se maravillaron no poco de que quisiese
padecer tanto solo por el provecho y salvación eterna de sus almas.
Hubieran mostrado la fineza de su afecto si la pobreza y carestía de lo
necesario se lo hubiera permitido; con todo eso buscaron alguna cosa, la
mejor que hallaron, para proveerle de mantenimiento.
Viendo el cacique de los Paunacas tanta miseria y pobreza en aquella
gente le convidó cortesmente para que fuese á su tierra, donde con más
comodidad podría repararse y recobrar sus fuerzas. Aceptó el Padre al
punto la oferta, no tanto por restituirse á su salud, de que no se le
daba mucho, cuanto por anunciarles el nombre de Dios y ganar fieles á la
Iglesia.
En compañía, pues, de gran multitud de bárbaros, se partió allá el día
siguiente y en el camino les cogió una tan furiosa tempestad de agua,
que por más prisa que se dió se deshicieron sus pobres zapatos; con que
hasta la vuelta se vió precisado á andar descalzo, caminando por bosques
y montañas muy agrias y por llanuras sembradas de yerbas muy espinosas.
Saliéronle al encuentro los Paunacas, con señales de grande fiesta y
amor, á que no pudo corresponder el santo varón sino con un semblante
alegre y risueño, porque ni ellos entendían su lengua ni el Padre la de
ellos, ni tenían intérprete por cuyo medio se pudiesen declarar: y así
fué preciso trabajar más con las manos en obras de caridad, que con la
lengua en la predicación; no obstante todo eso, por señas, y con tal
cual palabra que entendieron, les explicó el fin de su venida; pero el
enemigo infernal, por no llevar también aquí la peor parte, persuadió al
pueblo despachasen los niños á otro lugar, para que el Padre Lucas no se
los sacase de sus garras, reengendrándolos al cielo con el santo
bautismo; por lo cual, con increíble dolor del santo varón, por no poder
recoger allí el mejor y más seguro fruto de su Misión, quiso vengarse
levantando una gran cruz delante de un templo del demonio, en lo cual
trabajó no poco, porque se le opusieron obstinadamente aquellos
bárbaros, y faltó poco para que no pusiesen en él las manos; pero el
siervo de Dios, que nada deseaba más que ser muerto por Cristo, no
desistió de su empeño, antes á su vista hizo pedazos pisó algunas
figuras y retratos del demonio, con no poco horror de los gentiles,
temiendo cayese sobre todos una tempestad de rayos y saetas.
Por entrar ya el invierno se vió precisado á salir presto de aquí, y
volver á pasar de nuevo á pie descalzo aquella campaña pantanosa, con lo
cual se le abrieron las llagas y apenas podía moverse.
Por esta causa, sus compañeros, movidos por una parte de compasión, y
por otra viendo que estaban mal aviados y que el viaje que les faltaba
era de muchas semanas, le pidieron apretadamente se quedase entre los
Tapacurás hasta la primavera. Mas el Padre, á quien dolían más las
necesidades comunes de las almas que las del cuerpo, alentándolos, no
tanto con las palabras cuanto con el ejemplo, pasó adelante, y á pocas
jornadas le dejaron los Aruporecas por causa de los ríos soberbios, ya
con las crecientes, y los neófitos pasaron no sin gran riesgo, en una
pequeña canoa el río Ziresirio «y sin guía ni rumbo, (escribe el mismo
Padre) caminamos por ríos, lagunas y pantanos sin hallar ni tener algún
mantenimiento para soportar tantos trabajos, sino hojas de árboles y
raíces de yerbas; acordeme haber oído que cerca de los Bohocas se
descubría en alto una montaña; mandé á mis compañeros que subiéndose en
las copas de los árboles registrasen la tierra; y descubriéndola al fin,
por gran ventura, caminamos hacia allá, y con el favor de Dios, después
de tres semanas de camino, con mil trabajos y fatigas, entramos en su
Ranchería, donde recibidos con gran fiesta y alegría, nos proveyeron de
cuantos víveres les fué posible para nuestro reparo.» Así el P. Lucas.
Detúvose aquí algún tiempo para recobrar así él, como sus compañeros,
las fuerzas con que proseguir el viaje hasta la Reducción de San
Francisco Xavier y de esta manera tuvo comodidad y tiempo para confirmar
á los Bohocas en el amor de Cristo y devoción á la santa cruz.
Observó un día que en la choza ó Rancho donde le habían hospedado había
unas disciplinas con pelotillas de cera, armadas de agudas espina y
sabiendo que en otras partes había también un gran número de ellas,
entró en sospechas de que fuese alguna superstición; llamó aparte al
cacique _Soriocó_, y quiso informarse de él, preguntándole la causa de
esta novedad, la cual me parece cometería un grande yerro si la
refiriese con otras palabras que las de aquel bárbaro, según la declaró
el Padre Caballero:
«--Habían venido aquí (dijo el cacique) á hacer sus Ranchos los
Borillos, gente de genio altivo y soberbio, que burlándose de nosotros y
de nuestras costumbres, nos tenían en poco. Enfadados nosotros de este
desprecio, en lo más oscuro de la noche nos conjuramos contra ellos, y
matamos á todos los varones, reservando las mujeres para nuestro uso.
»Dentro de breve tiempo vino sobre nosotros un contagio que hizo tal
estrago, que pensamos perecer todos, y creyendo que era castigo del
cielo, en pena de aquel delito, nos acordamos de que los cristianos,
para aplacar la justicia de Dios se disciplinaban hasta derramar sangre
de las espaldas.
»Por lo cual, levantando en alto aquesta cruz que aquí ves, nos azotamos
ásperamente muchas veces al pie de ella, pidiendo á Dios misericordia y
perdón de nuestras culpas: cesó al punto la pestilencia, de suerte que
desde aquella hora en adelante no murió ninguno de los tocados de la
peste, y ninguno de los sanos enfermó del contagio; y una noche estando
presentes muchos del pueblo que lo vieron, bajó del cielo un mancebo
bellísimo con el rostro muy resplandeciente, y postrado en tierra la
adoró; desde entonces tenemos nosotros en gran veneración á este santo
madero, y deseamos abrazar cuanto antes la fe de Jesucristo.» Hasta aquí
el buen cacique.
No es fácil de explicar cuánto se animó el santo misionero á llevar al
fin la obra comenzada de juntar en una Reducción aquellos pueblos, para
instruirlos en los misterios que deben creer, y en los mandamientos que
deben observar, viendo que agradaban á Dios sus designios, y los
bendecía desde el cielo con sus influjos.
Despidióse al fin de aquella gente y enderezó su viaje hacia la
Reducción de San Francisco Xavier, donde por Enero del año 1708, después
de cinco meses no menos de méritos para sí mismo por los trabajos y
afanes tolerados, que útiles al cielo, por la conquista de tantas almas,
llegó deshecho y consumido de las fatigas de sus apostólicos
ministerios, para recobrarse y tomar aliento, no tanto en el cuerpo, de
que cuidaba poco, cuanto en el espíritu para poder volver en abriendo el
tiempo, á fundar una nueva Reducción en los países descubiertos.
CAPÍTULO XV
_Funda el V. P. Lucas Caballero la Reducción
de Nuestra Señora de la Concepción,
y es muerto á manos de los
infieles Puyzocas._
Tenía orden el P. Lucas, como ya he insinuado, del P. Visitador de
aquellas Reducciones Juan Bautista de Zea, de escoger un sitio cómodo en
campaña abierta, en medio de aquellas Rancherías, de diferentes lenguas,
para que en él se pudiesen juntar aquellos pueblos, y ser allí impuestos
en la vida civil, é instruídos en la ley divina.
Tenía poco en qué escoger, por estar todo el país poblado de espesísimos
bosques: sólo entre los Tapacurás y Paunacas se descubría un valle, mas
por la mayor parte estaba lleno de lagunas y pantanos, fuera de haber en
él infinita multitud de mosquitos y tábanos que de día y de noche
causaban insufrible molestia.
No obstante, constreñido de la necesidad, puso aquí casa el Venerable
Padre y dió principio á la Reducción de la Inmaculada Concepción, á
orillas de una grande laguna donde vivía gente de muchos idiomas y
diferentes costumbres.
Eran éstos los Paunapas, Unapes y Carababas, pueblos sobremanera
salvajes, de poco ánimo y cobardes; todos, hombres y mujeres, andan
bárbaramente desnudos, y aunque de distintas lenguas y costumbres que
los Manacicas, tienen la misma religión de adorar al demonio en la forma
que se les manifiesta.