Todo fué en vano, porque envenenados los bárbaros contra Jesucristo y su

ley, sin hacer caso de nada, le apuntaron y dispararon un gran número de

saetas á su cabeza, mas nunca pudieron acertar; antes bien veían

manifiestamente que volvían atrás las flechas, como si una mano

contraria las tirara; y una disparada con tal ímpetu que le hubiera

pasado de parte á parte; pero al llegar la detuvo sin duda Dios, é hizo

caer sin fuerza á los piés del Padre. Con otra hirieron en el vientre á

un cristiano que llevaba la imagen, y alegrísimo el buen muchacho de su

dichosa suerte, se retiró aparte para gastar con Dios los últimos

períodos de su vida, con no menos gloria suya que envidia del P. Lucas,

que abrazándole estrechamente, se dolía de que en pena de sus pecados no

merecía acompañarle en la muerte.

Entre tanto, el Mapono atizaba con rabia infernal á los suyos, y cerca

de una hora estuvieron disparándole saetas sin causarle más daño que

romperle el vestido; bien que al levantar en alto aquella santa imagen,

le corrieron por los brazos extraños dolores y le impidieron el uso de

ellos.

Mientras ellos procuraban valerse de todas las suertes de su crueldad y

fiereza para darle la muerte, los cathecúmenos desde lejos procuraban

librarle de ella, amenazando á los Cozocas que vendría sobre ellos la

ira de Dios y les daría su merecido, como á su costa ellos lo habían

experimentado; y ó fuese porque el temor les hiciese caer en la cuenta,

ó porque Dios reprimiese su orgullo, dándoles más acerbos dolores en los

brazos, se pararon algún rato y dieron tiempo y oportunidad al siervo de

Dios para acercarse al Mapono, y con modo cortés y afable le dió á

conocer el poder de Jesucristo, que por más que él y los suyos lo

intentasen, si no era voluntad de su Divina Majestad, no le podrían

quitar un cabello; y que sus Tinimaacas, por más que se jactasen de que

eran señores del cielo y dueños del mundo, al fin no eran otra cosa que

miserables y flacas criaturas condenadas por su culpa á cárcel perpetua

en el infierno.

Entre tanto que él hablaba así al Mapono, puso Dios los ojos de su

piedad sobre aquel bárbaro, y penetrándole lo interior del alma, sosegó

aquellas furias; con lo cual, cambiado el furor en agrado, le hospedó

cortesmente en su casa, poniéndole la mesa abastecida de lo mejor del

país.

Estando en esto se echó á sus piés un gentil, y con lágrimas en los ojos

le pidió que al punto le bautizase, porque temía mucho no le matasen

allí á traición por causa de algunos disgustos antiguos, y no quería

perder con el cuerpo la vida del alma. Dióle gusto el P. Lucas y quiso

celebrar, como celebró, la sagrada función de aquel bautismo en uno de

los templos, por más que le pesaba al demonio y á los de su partido.

El mismo día había despachado el Mapono un mensaje á _Abetzaico_,

cacique de los Subarecas, para que con su milicia viniese á ayudarle á

exterminar ó desterrar del mundo al enemigo capital de los dioses y á

sus compañeros; mas desbarató sus designios un ángel, el cual,

apareciéndole, no sé si en sueños ó despierto, le ordenó que fuese á

encontrar al Padre y le recibiese en su tierra y oyese su doctrina.

Vino el cacique sin armas, servido de dos de sus vasallos, y noticiado

del atrevimiento de los Cozocas, se encolerizó sobremanera contra el

Mapono; y hubiera puesto en él las manos, á no haber venido á buen

tiempo uno que daba aviso de que dos cristianos heridos estaban ya para

espirar. El P. Lucas nos dirá mejor con sus palabras lo que entonces

sucedió:

«Acudí (dice) á donde yacían tendidos sobre la tierra aquellos mis dos

muchachos; que á la verdad era espectáculo digno de mover á cualquiera á

compasión, verlos tan malamente heridos que el suelo estaba bañado en su

sangre, cubiertos de moscas, que parecían cadáveres, sin tener un trapo

con qué cubrir las llagas, y ser necesario por esto servirse de las

hojas de los árboles; causábame, empero, grande admiración y asombro su

paciencia, los tiernos coloquios que hacían á la Santísima Virgen,

alegrándose de derramar la sangre y morir por aprovechar á sus prójimos,

y en servicio de su santísimo hijo. Uno de ellos era Manacica de nación,

bautizado pocos meses antes y me servía de intérprete; tenía atravesado

el brazo con una flecha, y por eso, heridos los nervios, le causaban

desmayos y pasmos mortales; al otro, herido en el vientre, se le habían

salido en gran parte las entrañas. Ordené que los llevasen debajo de una

enramada, donde queriendo volver á poner en su lugar las entrañas á este

último, fué necesario cortarle parte de ellas. Encomendose con grande

confianza á la Reina de los Ángeles, y después de un ligero sueño se

halló perfectamente sano; el otro se restituyó en breve á su entera

salud, hallando su brazo libre y expedito, sin otro remedio que el de

Dios y su Providencia, pues allí no había otro.» Hasta aquí el P. Lucas.

Detúvose allí algunos días para arrancar de raíz la idolatría y

disponerlos á recibir la santa ley de Cristo; y aunque al principio le

fué preciso ir ganando tierra poco á poco, venciendo al fin la gracia

del Espíritu Santo, abrieron los ojos aquellos bárbaros y se ofrecieron

de buena gana á alistarse en el número de los fieles, presentando en

prendas de esta verdad á sus hijos para que desde luego fuesen lo que

ellos de allí á poco habían de ser.

Llevaba mal _Abetzaico_, que se detuviese el Padre tanto con los

Cozocas; y se lamentaba tanto de esta tardanza, que precisó al siervo de

Dios á despedirse de aquí é ir á su tierra, donde no hubo bien llegado,

cuando fueron inexplicables las alegrías y señales de júbilo que

mostraron los Subarecas, saliéndole á recibir y haciendo fiestas á su

usanza propias para cuando quieren mostrar extraordinaria alegría.

Cuál fuese la pompa, y lo que más importa, el santo fervor de devoción

con que desde el primero al último veneraron estos nuevos cathecúmenos

la Santa Cruz, no es fácil referirlo.

El cacique y los principales quisieron tener la honra de formarla y

ponerla en la plaza, no permitiendo que otros más inferiores pusiesen la

mano en esta obra; luego, arrodillados todos al rededor de la cruz, la

adoraron humildemente, y entre tanto, las mujeres y el resto del pueblo

estaba bailando y cantando al son de sus instrumentos, y los cantares

eran alabanzas de la Cruz, de la santa ley de Dios y de la Santísima

Virgen; ni se acabaron las fiestas aquel día, antes bien las continuaron

por muchos días, no sabiendo ponderar el consuelo que tenían, por haber

de ser cuanto antes cristianos, y levantado y adorado en su tierra el

árbol de nuestra Redención. Y Dios Nuestro Señor, para confirmarlos en

la fe, y mostrar cuánto se agradaba de aquella devoción y fervor,

restituyó la salud á todos los enfermos y calenturientos con sólo leer

el Padre sobre estos el Santo Evangelio.

Qué júbilos de alegría sentía en el corazón y qué lágrimas de consuelo

le corrían de los ojos al P. Caballero, confiesa él mismo que no lo

podía explicar, acordándose que aquellos mismos que ahora con tanta

veneración adoraban la cruz, y en ella á Jesucristo, eran los que poco

antes adoraban á los demonios feos y abominables.

Mas no por esto se olvidaba del término de su viaje, por cuya causa se

hubo de despedir de los Subarecas, no sin grandes lamentos y llanto

universal de aquella buena gente, la cual, viendo que no le podían tener

más tiempo en tierra por entonces, quiso que la flor de la juventud le

fuese acompañando para ir allanando el camino y proveyéndole de víveres

al Padre y á sus compañeros, lo que ejecutaban á competencia con los

Cozocas.

Ya habían caminado algunas jornadas cuando cayeron enfermos once de sus

neófitos, con increíble dolor del santo misionero; mas el modo como

sanaron, lo escribe él mismo por estas palabras á su Provincial.

«Padecía yo (dice el P. Lucas) la enfermedad de todos, y me penetraba el

corazón el escándalo de los gentiles, los cuales se maravillaban mucho

que gozando ellos de muy buena salud, enfermasen los cristianos, con lo

cual parecía querer decir que aquella ley no era tan santa como yo se la

había pintado, pues sus profesores estaban sujetos á las enfermedades

sin poder librarse con solas cuatro palabras, como á ellos no pocas

veces les había sucedido. Quejeme amorosamente á mi Señor Jesucristo y á

su Santísima Madre, diciendo:

»--Bien conozco, Señor, que mis pecados merecen esto y mucho más; pero,

mirad, Señor, por vuestra gloria; no digan los infieles que los

cristianos tienen un Dios que no tiene entrañas de compasión con

aquellos que le adoran: _Ne dicat gentes ¿ubi est Deus eorum?_ Mirad,

Señor, que los neófitos tendrán horror á los trabajos y fatigas de la

Misión, si perseguidos de los infieles bárbaros y afligidos de las

enfermedades, no acudís presto á socorrerlos y librarlos. ¿Quién me

acompañará en estos desiertos para abrirme camino y servirme de

intérprete para declarar vuestra ley? Si obráis milagros para sanar á

los infieles, ¿por qué no haréis lo mismo con los cristianos?

»No tardó mucho en moverse á piedad el Padre de las misericordias y Dios

de toda consolación, porque la víspera de los Ángeles Custodios se dejó

ver muy resplandeciente uno de estos bienaventurados espíritus, de uno

que estaba con calentura, y le dijo:

»--Esta enfermedad que padecéis os ha venido en lugar de la muerte que

habíais de llevar de manos de los bárbaros. Confiad en Dios, que cesará

el mal. Grande será el premio que tendréis allá en el cielo por los

trabajos y fatigas que padecéis por dar á conocer á Dios á vuestros

paisanos.

»Con eso creció en todos la confianza; quise yo darles una bebida, no sé

si purga ó bebida, porque no conocía su fuerza, con lo cual creció el

mal; y no sufriendo los ardores de las fiebres ardientísimas, y

haciéndose llevar al río, se arrojaron al agua para templar con lo

exterior de aquel frío el calor de sus fiebres; y sin otro remedio

quedaron todos sanos y salvos.» Hasta aquí el V. P. Lucas.

Y á la verdad era necesaria tal enfermedad y tal milagro para que

perseverasen hasta el fin del viaje; porque atemorizados de tantos

riesgos y peligros de la muerte que á cada paso encontraban, ya á manos

de los bárbaros, ya de la sed ó de la hambre, se habían los neófitos

resfriado no poco en el celo de anunciar el santo nombre de Dios á los

que vivían en las tinieblas de la infidelidad, y cayendo ahora en la

cuenta y reconociendo mejor las cosas, postrados todos por tierra

pidieron al Padre perdón de su temor y flaqueza, y se ofrecieron á Dios

con corazón valiente y firme para vencer cuantas asperezas y

dificultades encontrasen, aunque fuese necesario perder la vida en su

servicio.

Pusiéronse nuevamente en camino con esta resolución por una senda

estrecha y difícil de un bosque espesísimo, con no pequeño trabajo; y

después de caminadas pocas leguas, perdieron el rastro de la senda, no

sabiendo dónde estaban, ni por dónde tomar rumbo, por cuya causa

anduvieron perdidos por espacio de un mes entero, ya trepando por

fragosas montañas, ya metiéndose por lo más interior del bosque; sin

tener otra cosa que comer sino hojas de árboles y raíces silvestres, ni

en qué descansar y tomar un corto sueño sino una red colgada de un

árbol, á cielo descubierto.

En este aprieto, al P. Caballero, que era de complexión delicada y de

suyo enfermizo, y que por los trabajos é incomodidades apenas se podía

tener en pie, le sobrevino una tan gran flaqueza de estómago, que no

podía retener manjar ninguno por lijero y de poca substancia que fuese;

pero no obstante esto, la virtud de su espíritu suplía las fuerzas que

faltaban al cuerpo, siendo el primero que animaba á los otros á

arrojarse á los peligros y que con sus mismas manos abría el camino.

Finalmente, con algunas frutas ásperas y desabridas al paladar, se

recobró á sus fuerzas antiguas, echando Dios su bendición en aquel

remedio, más á propósito para enfermar á los sanos que para sanar

enfermos.

Aterrados de tantas dificultades los gentiles se volvieron atrás y lo

mismo hubieran hecho no pocos de los cristianos, si la Madre de Dios, en

cuya gloria redundaba el buen suceso de aquella empresa, no se hubiera

aparecido á uno de los más desanimados, y reprendiéndole ásperamente de

su poco ánimo y la falta de fidelidad á lo prometido á Dios.

Por último, haciendo el P. Lucas fervorosísima oración al arcángel San

Rafael y á los ángeles Custodios de aquellas naciones, vino á salir á la

Ranchería de los Aruporecas, donde los años pasados había hecho una

Misión y rogado á su cacique que le acompañase con algunos de sus

vasallos hasta las Rancherías de los Tapacurás, se escusó de hacerlo,

temeroso de que los Tapacurás se vengasen de los daños que habían

padecido en una guerra que les había hecho; mas dándole el Padre su

palabra de que ajustaría la paz, se rindió el cacique á ir acompañando

al siervo de Dios.

Guiado, pues, de una escuadra de Aruporecas, se puso en pocos días á

vista de los Tapacurás; pero antes de entrar envió á la Ranchería un

neófito, de nación Tapacurá para que le recibiesen cortesmente y no

hiciesen algún desmán contra sus enemigos los Aruporecas.

Sintieron mucho los Tapacurás su venida, mas con todo eso, disimulando

el disgusto, le salieron á recibir, y hospedándole en una casa

acomodada, le hicieron muchos presentes de frutas y caza: no obstante,

cuando quiso dar principio á sus apostólicos ministerios, se hicieron

sordos y aun le impidieron obstinadamente que pasase á las Rancherías de

su nación, y solo le querían conducir á tierras de los enemigos. Lo

mismo respondió _Maymané_, cacique de otro pueblo, que había venido á

cumplimentar al Padre. Es digna de saberse la causa de todo esto.

Había el santo varón los años pasados enarbolado en esta tierra una

cruz; vinieron allí unos ministros del demonio, acompañados de una tropa

de indios Cuzicas, Quimomecas y Pichasicas, y sacándola del hoyo en que

estaba fijada, la hicieron pedazos con mucha irrisión y escarnio.

No tardó mucho la ira del cielo en vengar el atrevimiento de aquellos

malvados y desagraviar la Santa Cruz, porque se encendió entre ellos una

peste que hizo tal estrago que en breve quedaron muertos aun los menos

culpados en aquel delito, siendo muy pocos los que escaparon de aquella

parcialidad. Por esta causa temían estos que sucediese lo mismo aquí y

en los otras lugares de su nación, por lo cual, á fin de prevenir el

daño propio, le exhortaron á que se fuese á los Paunacas ó á donde más

gustase, porque ignorantes ó ciegos en sus errores, no conocían que si

por las injurias hechas á la santa cruz les venían tantas desgracias y

desastres, la reverencia y devoción que la tuviesen les alcanzaría

mucho mejor del cielo la bendición.

No por esto desmayó el siervo de Dios, antes tomando materia de este

mismo temor para predicarles, lo hizo con tanto fervor de espíritu y

eficacia de palabras, mostrando que no eran menos dignos de muerte los

que osaban injuriar á la santa cruz que los que impedían su culto; y así

convencidos, se rindieron á su voluntad, y levantándola en alto en medio

de la plaza, todos con reverente inclinación la adoraron y se ofrecieron

á pasar con él á otras tierras.

Bautizados, pues, allí los niños, prosiguió con ellos su viaje, pero

hallaron desiertas las Rancherías; porque el demonio, que llevaba mal

tantas ventajas de la gloria divina, había con infernal astucia

persuadido á la gente que se mudasen á otro lugar donde no les pudiesen

hallar tan fácilmente; fueron no obstante esto siguiendo el rastro, y al

salir de una espesa selva dieron en una bellísima campaña, muy amena y

alegre á la vista; pero por la mayor parte pantanosa, por los muchos

manantiales de agua que en ella había. Descalzóse el P. Caballero y

empezó á pasarla, y tras él los indios, y á la verdad lo que padeció en

aquel paso ninguno lo puede decir mejor que él mismo que lo

experimentó. Escríbelo así el venerable Misionero:

«Pasábamos el agua á las rodillas, y eran tan profundos los pantanos,

que apenas podía sacar el pie, cayendo y levantando á cada paso; acabó

de empaparme en agua una lluvia deshecha que duró muchas horas. Y lo que

me causó más tormento fué un género de paja que allí había, de dientes

tan agudos como de sierra, que me desolló los muslos y piernas, de que

aún tengo ahora las señales, y duró este martirio más de media legua.»

Después de tantos trabajos dió con una Ranchería, cuyos moradores,

viéndole tan desfigurado, se maravillaron no poco de que quisiese

padecer tanto solo por el provecho y salvación eterna de sus almas.

Hubieran mostrado la fineza de su afecto si la pobreza y carestía de lo

necesario se lo hubiera permitido; con todo eso buscaron alguna cosa, la

mejor que hallaron, para proveerle de mantenimiento.

Viendo el cacique de los Paunacas tanta miseria y pobreza en aquella

gente le convidó cortesmente para que fuese á su tierra, donde con más

comodidad podría repararse y recobrar sus fuerzas. Aceptó el Padre al

punto la oferta, no tanto por restituirse á su salud, de que no se le

daba mucho, cuanto por anunciarles el nombre de Dios y ganar fieles á la

Iglesia.

En compañía, pues, de gran multitud de bárbaros, se partió allá el día

siguiente y en el camino les cogió una tan furiosa tempestad de agua,

que por más prisa que se dió se deshicieron sus pobres zapatos; con que

hasta la vuelta se vió precisado á andar descalzo, caminando por bosques

y montañas muy agrias y por llanuras sembradas de yerbas muy espinosas.

Saliéronle al encuentro los Paunacas, con señales de grande fiesta y

amor, á que no pudo corresponder el santo varón sino con un semblante

alegre y risueño, porque ni ellos entendían su lengua ni el Padre la de

ellos, ni tenían intérprete por cuyo medio se pudiesen declarar: y así

fué preciso trabajar más con las manos en obras de caridad, que con la

lengua en la predicación; no obstante todo eso, por señas, y con tal

cual palabra que entendieron, les explicó el fin de su venida; pero el

enemigo infernal, por no llevar también aquí la peor parte, persuadió al

pueblo despachasen los niños á otro lugar, para que el Padre Lucas no se

los sacase de sus garras, reengendrándolos al cielo con el santo

bautismo; por lo cual, con increíble dolor del santo varón, por no poder

recoger allí el mejor y más seguro fruto de su Misión, quiso vengarse

levantando una gran cruz delante de un templo del demonio, en lo cual

trabajó no poco, porque se le opusieron obstinadamente aquellos

bárbaros, y faltó poco para que no pusiesen en él las manos; pero el

siervo de Dios, que nada deseaba más que ser muerto por Cristo, no

desistió de su empeño, antes á su vista hizo pedazos pisó algunas

figuras y retratos del demonio, con no poco horror de los gentiles,

temiendo cayese sobre todos una tempestad de rayos y saetas.

Por entrar ya el invierno se vió precisado á salir presto de aquí, y

volver á pasar de nuevo á pie descalzo aquella campaña pantanosa, con lo

cual se le abrieron las llagas y apenas podía moverse.

Por esta causa, sus compañeros, movidos por una parte de compasión, y

por otra viendo que estaban mal aviados y que el viaje que les faltaba

era de muchas semanas, le pidieron apretadamente se quedase entre los

Tapacurás hasta la primavera. Mas el Padre, á quien dolían más las

necesidades comunes de las almas que las del cuerpo, alentándolos, no

tanto con las palabras cuanto con el ejemplo, pasó adelante, y á pocas

jornadas le dejaron los Aruporecas por causa de los ríos soberbios, ya

con las crecientes, y los neófitos pasaron no sin gran riesgo, en una

pequeña canoa el río Ziresirio «y sin guía ni rumbo, (escribe el mismo

Padre) caminamos por ríos, lagunas y pantanos sin hallar ni tener algún

mantenimiento para soportar tantos trabajos, sino hojas de árboles y

raíces de yerbas; acordeme haber oído que cerca de los Bohocas se

descubría en alto una montaña; mandé á mis compañeros que subiéndose en

las copas de los árboles registrasen la tierra; y descubriéndola al fin,

por gran ventura, caminamos hacia allá, y con el favor de Dios, después

de tres semanas de camino, con mil trabajos y fatigas, entramos en su

Ranchería, donde recibidos con gran fiesta y alegría, nos proveyeron de

cuantos víveres les fué posible para nuestro reparo.» Así el P. Lucas.

Detúvose aquí algún tiempo para recobrar así él, como sus compañeros,

las fuerzas con que proseguir el viaje hasta la Reducción de San

Francisco Xavier y de esta manera tuvo comodidad y tiempo para confirmar

á los Bohocas en el amor de Cristo y devoción á la santa cruz.

Observó un día que en la choza ó Rancho donde le habían hospedado había

unas disciplinas con pelotillas de cera, armadas de agudas espina y

sabiendo que en otras partes había también un gran número de ellas,

entró en sospechas de que fuese alguna superstición; llamó aparte al

cacique _Soriocó_, y quiso informarse de él, preguntándole la causa de

esta novedad, la cual me parece cometería un grande yerro si la

refiriese con otras palabras que las de aquel bárbaro, según la declaró

el Padre Caballero:

«--Habían venido aquí (dijo el cacique) á hacer sus Ranchos los

Borillos, gente de genio altivo y soberbio, que burlándose de nosotros y

de nuestras costumbres, nos tenían en poco. Enfadados nosotros de este

desprecio, en lo más oscuro de la noche nos conjuramos contra ellos, y

matamos á todos los varones, reservando las mujeres para nuestro uso.

»Dentro de breve tiempo vino sobre nosotros un contagio que hizo tal

estrago, que pensamos perecer todos, y creyendo que era castigo del

cielo, en pena de aquel delito, nos acordamos de que los cristianos,

para aplacar la justicia de Dios se disciplinaban hasta derramar sangre

de las espaldas.

»Por lo cual, levantando en alto aquesta cruz que aquí ves, nos azotamos

ásperamente muchas veces al pie de ella, pidiendo á Dios misericordia y

perdón de nuestras culpas: cesó al punto la pestilencia, de suerte que

desde aquella hora en adelante no murió ninguno de los tocados de la

peste, y ninguno de los sanos enfermó del contagio; y una noche estando

presentes muchos del pueblo que lo vieron, bajó del cielo un mancebo

bellísimo con el rostro muy resplandeciente, y postrado en tierra la

adoró; desde entonces tenemos nosotros en gran veneración á este santo

madero, y deseamos abrazar cuanto antes la fe de Jesucristo.» Hasta aquí

el buen cacique.

No es fácil de explicar cuánto se animó el santo misionero á llevar al

fin la obra comenzada de juntar en una Reducción aquellos pueblos, para

instruirlos en los misterios que deben creer, y en los mandamientos que

deben observar, viendo que agradaban á Dios sus designios, y los

bendecía desde el cielo con sus influjos.

Despidióse al fin de aquella gente y enderezó su viaje hacia la

Reducción de San Francisco Xavier, donde por Enero del año 1708, después

de cinco meses no menos de méritos para sí mismo por los trabajos y

afanes tolerados, que útiles al cielo, por la conquista de tantas almas,

llegó deshecho y consumido de las fatigas de sus apostólicos

ministerios, para recobrarse y tomar aliento, no tanto en el cuerpo, de

que cuidaba poco, cuanto en el espíritu para poder volver en abriendo el

tiempo, á fundar una nueva Reducción en los países descubiertos.

CAPÍTULO XV

_Funda el V. P. Lucas Caballero la Reducción

de Nuestra Señora de la Concepción,

y es muerto á manos de los

infieles Puyzocas._

Tenía orden el P. Lucas, como ya he insinuado, del P. Visitador de

aquellas Reducciones Juan Bautista de Zea, de escoger un sitio cómodo en

campaña abierta, en medio de aquellas Rancherías, de diferentes lenguas,

para que en él se pudiesen juntar aquellos pueblos, y ser allí impuestos

en la vida civil, é instruídos en la ley divina.

Tenía poco en qué escoger, por estar todo el país poblado de espesísimos

bosques: sólo entre los Tapacurás y Paunacas se descubría un valle, mas

por la mayor parte estaba lleno de lagunas y pantanos, fuera de haber en

él infinita multitud de mosquitos y tábanos que de día y de noche

causaban insufrible molestia.

No obstante, constreñido de la necesidad, puso aquí casa el Venerable

Padre y dió principio á la Reducción de la Inmaculada Concepción, á

orillas de una grande laguna donde vivía gente de muchos idiomas y

diferentes costumbres.

Eran éstos los Paunapas, Unapes y Carababas, pueblos sobremanera

salvajes, de poco ánimo y cobardes; todos, hombres y mujeres, andan

bárbaramente desnudos, y aunque de distintas lenguas y costumbres que

los Manacicas, tienen la misma religión de adorar al demonio en la forma

que se les manifiesta.

Relacion historial de las misiones de indios chiquitos que en el Paraguay tienen los padres de la Compañía de Jesús · 第 16 / 27 段