día entero en sus bautismos, y cansándose el cuerpo en este ejercicio,
pero alegrándose el espíritu al ver tanta multitud de niños admitidos á
la filiación de Dios en las saludables aguas del bautismo y á sus
padres reducidos de obstinados idólatras á fervorosos cathecúmenos. No
sabían apartarse de mi lado para aprender lo que les era necesario hacer
para alcanzar en premio la eterna bienaventuranza.»
Detúvose aquí algunos días para confirmarlos más en la fe, para que
pudiesen resistir á las sujestiones del común enemigo, y luego se
dispuso á la partida, la cual, en qué forma la ejecutó, será mejor oirlo
de la boca del Padre:
«Empezando á moverme (dice) se vino tras mí todo el pueblo llorando y
lamentándose y diciendo: Padre mío, Padre mío, tú te vas, dejándonos en
un extremo desamparo; no te olvides de nosotros, volved, por compasión
de nosotros, el año que viene; y volviéndose á mis compañeros les
suplicaban que entonces me condujesen acá. De esta manera vinieron tras
mí por algún trecho del camino, no pudiendo yo responderles palabra por
las lágrimas que me corrían de los ojos, y por un inexplicable consuelo
que me ocupaba el corazón, considerando cuán fácil es á la divina
omnipotencia mudar los corazones y voluntades humanas, pues sólo con
querer puede en un instante convertir los tizones del infierno en
piedras resplandecientes del Paraíso; no cesaba de bendecir y besar las
santas llagas del Redentor, á cuyos méritos reconocía deber el feliz
éxito de esta Misión. Ofreciéronme muchos niños para que desde luego los
llevase para servir en la iglesia, y de ellos escogí sólo tres, no
queriendo cargar de mayor peso y molestia á mis compañeros.»
En tres días se puso en la Ranchería de su aficionadísimo Patozi, de
quien fué recibido como si volviese de la otra vida; y siendo ya muy
entradas las aguas que no le permitían detenerse, dió la vuelta á San
Francisco Xavier, con no poco pesar y dolor de los paisanos á quienes
dejaba.
CAPÍTULO XIV
_Vuelve el P. Lucas á los Manacicas, visita
todas sus Rancherías y se restituye
por otro camino á la Reducción
de San Francisco Xavier._
Aunque el apostólico operario procuraba registrar todas las tierras de
esta nación, no obstante, así porque era necesario abrir camino á costa
de sudores y trabajos y por eso gastar mucho tiempo, como por donde
quiera que entraba quería arrancar de raíz la idolatría y plantar la fe,
y en esto se le pasaban meses enteros, no pudo los años antecedentes
visitar y ver todas las Rancherías, para lo cual le fué preciso esperar
á la primavera del año 1707.
Estando, pues, todo este país, según ya dije, en forma de una pirámide,
que por ambos lados confina con los Chiquitos, era su ánimo correr todas
las tierras hasta los Auropés, y así darse las manos por dos caminos
con los Chiquitos; mas para empresa tan grande era necesario vencer
grandísimas dificultades y estorbos del camino.
Pero Dios Nuestro Señor, á quien se le recrecía tanta gloria accidental
en este designio, quiso, no solamente satisfacer sus deseos con el éxito
feliz, sino mostrar también cuánto le agradaban sus sudores con muchos
sucesos milagrosos, para darle á él ánimo en tantos trabajos y afanes, y
á los infieles más claro conocimiento de su fe.
Prevenido, pues, el santo varón de tanta mayor caridad y celo, cuanto
era necesario para tamaña empresa, y animados algunos de los más
fervorosos neófitos, no sólo para ser sus compañeros, sino también para
dar la vida en testimonio de aquella ley que iban á plantar entre los
bárbaros, se puso en camino á los 4 de Agosto de 1707 y llegando el día
de la Asunción de la Santísima Virgen á las riberas del río Zununaca, se
encontró con los Zibacas, de quien fué recibido con muestras de grande
amor, y _Putumaní_, su cacique, le regaló con mucha pesca y se partió á
largas jornadas á su tierra, donde dió orden á sus vasallos que le
allanasen el camino, y desde allí diariamente le proveyó de comida y
bebida, hasta que entrando el Padre en su Ranchería le salió á recibir
el pueblo, muchachos, mujeres, y aun las que criaban, con sus niños en
los brazos; y el cacique le cumplimentó, no ya como bárbaro, sino con
términos muy corteses, y llegando á la plaza le cercaron todos en rueda,
y con semblantes y voces de increíble alegría, le daban la bienvenida,
besándole la mano, y pidiéndole les echase su bendición.
Alegrísimo el siervo de Dios con tan buen principio de su misión, de
donde infería el logro de sus deseos, se puso luego á tratar las paces
de aquella gente con los Ziritucas, á quienes por un leve disgusto
habían jurado dar la muerte; y asegurándose aquellos entre los bosques,
habían saqueado y robado toda la tierra, y pegado fuego á las casas.
Llamando, pues, aparte al cacique, y á los principales, les dió á
conocer la gravedad de su delito, y les ordenó enviasen á llamar á los
Ziritucas y volviesen á entablar con ellos una buena amistad.
Vinieron los Ziritucas, diéronle grandes quejas de los Zibacas, pidiendo
les obligase á resarcirles los daños, y que les restituyesen las
haciendas que les habían robado y tenían aún en su poder.
Llamó entonces á los Zibacas, que bajaron la cabeza y no tuvieron que
responder otra cosa sino es que la cólera y la venganza les había hecho
pasar los términos de la razón; que arrepentidos de lo hecho, querían ya
ser sus compañeros y hermanos; mas para no tener obligación de
restituirles su hacienda, añadieron con sutil astucia, que los habían
mantenido á su costa por espacio de nueve cosechas.
No vino en esto el P. Lucas, y les mandó, mal de su grado, que
restituyesen luego las haciendas á sus dueños; y no hubo ninguno, aun de
los más atrevidos, que osase contradecirle, porque la reverencia que le
habían cobrado, por el severo castigo con que Dios había vengado las
injurias que algunos le hicieron en los años pasados, les quitó el
atrevimiento para resistirse.
El día siguiente juntó el pueblo en la plaza al pie de una cruz, donde
el santo misionero explicó la ley de Cristo que habían de guardar para
alcanzar la salvación, descubriendo juntamente todas las maldades de los
Maponos y de aquellas diabólicas deidades con singular gusto y contento
de los oyentes que le interrumpían muchas veces, gritando en alta voz y
diciendo querían á Jesucristo por su Dios y su Padre, y á la reina de
los Ángeles por su madre y Señora, y detestaban y maldecían de los
Tinimaacas.
Luego, para que las cosas que habían oído se les quedasen más vivas en
la memoria, hizo á sus neófitos cantar las excelencias de nuestra fe y
los vituperios de aquellos dioses, en ciertas canciones que él mismo
había compuesto en aquel idioma, de lo cual recibió tanto gusto y
contento aquella buena gente, que las quisieron oir muchas veces para
aprenderlas, con tanto empeño, que en gran rato no dejaron descansar á
los cantores.
Tan buena disposición de este pueblo para alistarse en el número de los
cristianos, no fué tanto obra del P. Caballero, que el año antecedente
les había predicado la ley de Dios, cuanto de la Virgen Santísima
Nuestra Señora, que poco antes, con un insigne milagro, había dispuesto
los corazones de aquellos bárbaros para que prendiese en ellos la
semilla de la predicación Evangélica y rindiese fruto correspondiente á
los sudores del sembrador. Esta fué la sanidad que milagrosamente dió la
madre de Dios á _Zumacaze_, sobrino del cacique, que abrasado por muchas
semanas continuas de una maligna fiebre, se le habían secado las carnes
y consumido las fuerzas, de suerte que, como incurable, le habían, á su
usanza, dejado en un total desamparo.
Viendo _Zumacaze_ el caso desesperado y más pesaroso de perder la
bienaventuranza sin el bautismo que la vida corporal, volvió su
confianza toda á la Santísima Virgen, cuyas alabanzas y poder había oído
muchas veces, y por eso la invocaba con frecuencia, diciendo:
«Señora mía, creo que sois la verdadera Madre de las gentes, y que la
diosa Quipoci es un diablo engañador; creo en tí y en Jesucristo, y te
suplico no permitas que yo muera infiel, para que no me condene
eternamente; quitadme esta fiebre, hasta que recibido el santo bautismo,
te pueda ir á ver allá en el cielo.»
No podía hacerse sorda la Madre de Misericordia á las plegarias de quien
era tan devoto suyo, aun antes de ser cristiano; por lo cual, mientras
él con encendido afecto y esperanza grande repetía esta oración, se le
apareció de improviso al medio día la Reina del cielo, despidiendo de sí
tantos resplandores en las manos y rostro, que todo el rancho estaba
bañado con luces, y con semblante amabilísimo, le dijo:
«Yo soy aquella á quien tú invocas; confía, hijo, que sanarás; cree lo
que enseña el Padre, y dí en mi nombre á tus paisanos que hagan lo
mismo.»
Desapareció entonces la Santísima Virgen, y en aquel punto se halló el
enfermo perfectamente sano. Acudió á verle todo el pueblo, y oída la
causa de su milagrosa sanidad, se encendieron sus corazones en vivos
deseos de ser cristianos.
No se acabaron aquí las bendiciones del cielo; antes teniendo aquellos
bárbaros al P. Lucas un amor de padre, y reverenciándole como á santo,
trajeron á su presencia todos los enfermos, pidiéndole, que pues era
ministro de un Dios tan poderoso, intercediese ahora por ellos.
No podía él ya justamente hacerse desentendido á aquellas súplicas, y
más cuando la gracia no sería menos poderosa que la eficacia de sus
palabras para su conversión, y para que con la salud del cuerpo
recibiesen también la del alma; por esto preguntaba á los enfermos si de
corazón creían en Jesucristo, y querían bautizarse; y respondiendo ellos
que sí verdaderamente.
«Leído el Evangelio _super ægros_--(son palabras del P. Lucas)--me daba
Dios ánimo de decir: _fiat vobis ficut credidistis_, y al punto quedaron
sanos. Corrió la voz de lo sucedido desde esta Ranchería á las otras de
la tierra; y plugo á Dios darme la milagrosa virtud de las curaciones,
para traerlos casi contra su voluntad á su conocimiento, porque sanando
milagrosamente, conocían con claridad cuánta diferencia había entre el
Dios de los cristianos y los Tinimaacas.» Hasta aquí el venerable Padre.
Bautizados después los niños, le suplicaron el cacique y los principales
fuese á los Jurucarés, que tenían alborotado todo el contorno, saqueando
todas los Rancherías y matando á sus moradores.
Condescendió gustoso con sus súplicas, porque teniendo noticia cierta
que los Jurucarés tenían gran devoción al demonio y á sus ministros, él,
que tenía encendidos deseos del martirio, esperaba que se le satisfarían
plenamente.
Apenas se puso en camino, cuando toda la alegría festiva del pueblo se
convirtió en otra tanta melancolía y tristeza. Fuéronse todos tras él
con las lágrimas en los ojos, y cogiéndole las manos no acababan de
besárselas, y fué esto de suerte que movieron á compasión al cacique, á
cuyos ruegos se partía tan presto; procuró el Padre consolarlos dándoles
esperanzas de que cuanto antes pudiese volvería á visitarlos, y que si
no fuese él, sería á lo menos otro de sus compañeros.
Tres días gastó en el camino, afligido sobremanera de la sed, ocasionada
del sol ardientísimo. Al tercero, á eso del medio día, creyendo estar
aún muy lejos de los Jurucarés, se halló casi á sus puertas; y no
pudiendo dejar de ser descubiertos, llamó á sus cristianos y les
manifestó el riesgo evidente que corrían de perder la vida á mano de
aquellos bárbaros, enemigos capitales del nombre de Cristo, si Dios no
los libraba milagrosamente; por lo cual, hecho un fervoroso acto de
contrición, les dió la absolución general.
Al ver esto, se echó á sus piés un gentil y le pidió con eficacísimas
instancias le hiciese cristiano, dando palabra al Padre de que viviría
entre cristianos, lo cual agradó tanto al santo varón, cuanto más
claramente conoció que sola la gracia del Espíritu Santo le había movido
á pedir el bautismo.
Mas no les cogió de improviso su venida á los de la Ranchería, porque
dos días antes, estando todo el pueblo en sus devociones y súplicas,
les dieron noticia aquellas diabólicas deidades de que venían el Padre y
sus compañeros, diciendo _Uracozoriso_, con lágrimas en los ojos:
--Ya me veo obligado á buscar en otras partes otros que me adoren,
porque de ésta mi iglesia me echa un grande enemigo mío, que ya se
acerca: huíos también vosotros. Trae este hombre en la mano un
instrumento (decíalo por la cruz) en que no puedo fijar la vista.
Oyó sus llantos y lamentos el pueblo, y procuró consolarle con mil dones
y ofrendas; mas él, con sus compañeros, les volvieron el rostro,
haciendo, como de concierto, un doloroso llanto, levantando el grito y
los aullidos á manera de desesperados.
Causó esto en el pueblo gran confusión y espanto, el cual creció hasta
que el demonio, en forma de un grande pájaro, despertando al cacique, le
estimuló y exhortó á la fuga, por lo cual, así el cacique como el Mapono
más venerable y de más años, y en pos de ellos gran parte de la plebe,
se huyeron á los bosques, metiéndose en las grutas de las fieras.
Habíanse quedado algunos en el pueblo que estaban ya de partida, cuando
el V. Padre, á pie, y con la cruz en la mano, acompañado de algunos
cristianos más fervorosos, entró en la Ranchería, llevando en alto la
imagen de la Santísima Virgen.
Apenas le divisaron los paisanos, cuando se pusieron en fuga, y de ellos
detuvieron á algunos los compañeros del Padre, no sin riesgo, porque
enfurecido un bárbaro, descargó en la cabeza de un muchacho cristiano
tan fiero golpe, con una hacheta de piedra, que si Dios por su
misericordia no hubiera permitido que errase el golpe, se la hubiera
partido por medio.
Procuraron aquietarlos con buenas palabras y quitarles de la cabeza
aquellas sombras y sospechas con que el enemigo infernal había maquinado
impedir su conversión.
Luego, llamando el P. Caballero á un mozo de buen aire y bien agestado,
procuró ganarle para sí con aquellos modos de amor y caridad que enseña
á los varones apostólicos el celo de la salvación de los prójimos; y
regalándole con mil cosillas de las que aprecian los bárbaros, le
despachó á los que se habían huído; y Dios le puso en el corazón tal
afecto para con el Misionero y en la lengua tal eficacia, que dentro de
un breve rato volvió con una tropa de paisanos, y poco á poco los
condujo á todos.
Miraban al Padre asombrados, y le imaginaban ó un monstruo ó cosa de la
otra vida, pues, tenía tanto poder para desterrar á los Tinimaacas y
echarlos de sus tierras; mas á sus dulces y suaves palabras se
recobraron: y aunque ignorantes, reflexionando en aquellos lamentos y
desesperaciones de sus dioses, infirieron, por evidente conclusión, que
eran muy flacos y de ningún poder, pues no podían resistir á aquel
hombre, con lo cual se le aficionaron increíblemente, y desterrado de
sus corazones todo temor, hospedaron con igual afecto en sus ranchos ó
chozas al Padre y á sus compañeros.
El día siguiente, juntó todo el pueblo en la plaza al pie de una cruz
que allí había enarbolado les explicó los misterios que debían creer y
los preceptos que habían de observar, descubriendo la vanidad de sus
deidades y perversidad y fraude de los sacerdotes; y públicamente el más
viejo de todos, que había encanecido en la malicia, no pudiendo negarse
á las luces de la verdad, con que el Padre le daba en los ojos, se
rindió vencido, y confesó que había engañado á los demás por tener con
qué sustentarse.
Oíale la gente con silencio y atención, y aún con aplauso y placer,
principalmente cuando refirió la creación del mundo, y la caída de los
ángeles prevaricadores, á quienes habían sido muy devotos y fieles.
Continuó por algunos días la explicación de la doctrina cristiana,
oyéndole siempre con igual gusto y provecho; y pareciéndole ya tiempo de
quitarles todas las ocasiones de recaer en la idolatría, ordenó que
trajesen á la plaza los tabernáculos, las esteras y cuanto servía al
culto de sus dioses, y pisándolo todo por escarnio y llenándolo de
inmundicia, lo hizo abrasar, reservando solamente un instrumento
astronómico de bronce, que representaba al sol y luna con los otros
signos del Zodiaco; don que muchos siglos antes les habían dado los
demonios, y después todos juntos se pusieron á bailar y cantar algunas
canciones al son de los instrumentos que entre ellos se usan.
Ayudaron no poco á la conversión de esta gente los indios Zibacas, cuyo
cacique, dijo en alabanza de la ley cristiana, tales cosas, que sin duda
le dictaba las palabras el Espíritu Santo, á quien tenía en el corazón,
que el mismo P. Caballero quedó no poco maravillado; y no hacían nada
menos sus vasallos, los cuales, no pudiendo detenerse más tiempo por
causa de sus labores, se fueron con gran dolor á despedir del V. Padre,
quien describiendo esta despedida, habla de esta manera:
«Con cuántas lágrimas y suspiros se despidiesen, no puedo expresarlo
bastantemente; no sabían apartarse de mí, y yo no sentía menos su
partida; procuré consolarlos, diciendo que el año siguiente, queriendo
Dios, volvería y les enseñaría más despacio su santa ley.»
Aunque se partieron los Zibacas, tan aficionados y devotos del P. Lucas,
no por eso se resfriaron en su amor los Jurucarés, ni hubo cosa, aunque
muy difícil, que no hiciesen por él.
Exhortóles á que depusiesen las armas y ajustasen paces con los
confinantes, y ninguno hubo que no viniese en ello, y antes ellos
quisieron ir en persona á pedir la paz á los Pizocas, mostrando que las
obras correspondían bien á las palabras que le daban.
El cacique de más autoridad, antes de ponerse en camino, le suplicó con
eficacísimos ruegos le administrase el santo bautismo, porque cargado ya
de años y lleno de canas, le quedaba poco de vida; y ya que por la
misericordia de Dios había conocido la verdad, la quería también abrazar
para que el conocimiento no le sirviese de eterna confusión.
Enternecióse el santo varón con tan justa demanda; mas no pudo darle
consuelo, porque tenía orden estrecha de los Superiores para no
bautizar, á ningún adulto antes de fabricar la Reducción; por lo cual se
excusó con lo mejor que pudo de no poder condescender con su petición,
aunque lo deseaba sumamente; y que si él daba la palabra y perseveraba
en aquel sabio y santo propósito, no tardaría mucho, ó en volver él
mismo, ó si no pudiese, enviaría otro de sus compañeros en su lugar para
que le pusiese en el camino de la salvación eterna.
Ya que no pudo conseguir esto el buen cathecumeno, quiso que á lo menos
en prenda de su promesa, le diese una pequeña cruz para traer al cuello
y para muestra de otras que quería fabricasen sus vasallos, porque
entendida la virtud de aquel santo Leño, quería ponerla en todas partes,
para que por su respeto no osase el demonio causarles algún daño en la
vida ó hacienda. Bautizados, pues, aquí los muchachos, pasó á los
Quiriquicas, donde el año antecedente la Reina de los Ángeles le había
defendido de sus flechas.
Saliéronle al encuentro todos, hombres y mujeres, y le hospedaron
cortesmente en su Ranchería, mas no con aquellas demostraciones de
afecto que el Padre esperaba; y sin duda fué porque había ya algunos
días que estaba hecha la Ranchería un hospital de enfermos y moribundos
por una epidemia pestilente que hacía gran estrago en todos, y lo peor
era que echaban la culpa al Padre, diciendo que por haber querido
matarle, había hecho venir de otro lugar la peste para vengar su
agravio.
Fué luego á visitar los enfermos y con extremo dolor suyo vió morir á su
vista una mujer, sin tener tiempo para administrarle el santo bautismo;
leyó sobre todos el Evangelio _Super ægros_; mas Dios quiso diferir
algún tanto el favor para que la gente tuviese en mayor aprecio y
veneración su santa ley, y por ella á su ministro, y así fueron
mejorando poco á poco los apestados; y entonces ordenó el santo varón
que por las tardes se juntasen todos en la plaza; allí, desde un lugar
eminente, les explicó la verdadera causa de aquel accidente; que no era
él la causa por ser hombre flaco y miserable, y de ningún poder como
ellos, sino sólo Dios del cielo, á quien él servía, que había tomado á
su cuenta la venganza de la injuria que á él le habían hecho; que por
tanto se quejasen de sí mismo, que á él le pesaba mucho de aquel mal.
Interrumpióle el cacique diciendo se habían muerto ya los que le habían
hecho aquel agravio. A lo cual dijo el P. Caballero: «No soy el autor
de este estrago, Jesucristo, criador del Universo, lo es: á Su Majestad
es necesario pedirle que cese, y esperar de él la gracia y
misericordia.»
Mientras estaba en estas pláticas, le vinieron á avisar que estaba para
espirar el cacique _Sanucare_. Rompió al punto el discurso para acudir á
donde le llamaba la extrema necesidad, pero fué en vano, porque el mal,
que era fuertemente maligno, le había sacado de juicio, y estaba ya
delirando con frenesí; y por más remedios de que se valió, nunca le pudo
volver en sí.
Afligidísimo por esta causa, se salió del Rancho del enfermo y postrado
en tierra, con lágrimas y súplicas muy afectuosas, empezó á pedir á Dios
que por su piedad y por los merecimientos de su Hijo Santísimo, le
concediese la gracia de darle á aquella alma, comprada con el precio de
su sangre, el uso de la razón.
Al punto cesó el delirio y volvió en sí el enfermo, de suerte que el
Padre tuvo tiempo para instruirle en los divinos misterios y lavarle con
las santas aguas del bautismo; y sugiriéndole afectos de contrición y
esperanza en Dios, espiró en breve.
El día siguiente ordenó una devota procesión para obtener para aquella
pobre gente el remedio de su calamidad. Mas lo que sucedió, será mejor
oirlo de boca del santo Padre:
«Acompañado (dice) de cristianos y gentiles enarbolé una imagen de la
madre de Dios, dando vueltas por toda la tierra, llevándola á las casas
de los enfermos, y lleno de confianza, le decía Nuestro Señor: Mirad,
Señor, á vuestra misericordia, y no entreguéis al estrago de la peste
estos nuevos fieles; no diga este pueblo, tierno en la fe y débil en la
virtud, que sois muy riguroso en los castigos; si para mi defensa
echasteis mano de los milagros, mostrad ahora vuestro poder en sanarlos,
para gloria de vuestra ley. Entraba con esta confianza en las casas de
los enfermos apestados y arrodillados todos, así cristianos como
gentiles, rezábamos el Ave-María; luego preguntaba al enfermo si creía
de corazón en Jesucristo y confiaba en su Santísima Madre, y
respondiéndome que sí, le aplicaba una estampa de San Francisco Xavier
para que me fuese intercesor con la Reina del cielo, y mis pecados no
impidiesen su piedad; por último, le tocaba con la imagen de la Virgen
Nuestra Señora, y de esta manera, en pocos, días cesó la peste y aún los
de más peligro recobraron la salud.» Así el Venerable Padre.
Consolado con este favor aquel pueblo, se puso luego en camino hacia los
Cozacas para llegar á los Tapacurás, antes que el tiempo rompiese en
lluvias y cerrase los caminos. En esta jornada vino Patozi, el cacique
de los Moposicas, con gran número de sus vasallos, y se le quejó mucho
porque no iba á sus tierras, usando de cuantas artes y modos de ruegos
supo para moverle á compasión; con todo eso, aunque el Padre lo deseaba
mucho, no lo pudo consolar, por no querer torcer su viaje á otras
Rancherías del Norte ó del Mediodía, sino sólo tirar derechamente á
Poniente; y reconocida su buena voluntad, le convidó á que le acompañase
hasta los Cozocas, que ya tenía á la vista.
Luego confortó en el alma con un fervorosísimo razonamiento á sus
neófitos, y les exhortó á ofrecer su vida á aquel Señor que por el bien
de las nuestras dió la suya; porque el demonio, que llevaba muy mal
tantas pérdidas, sin haberlas podido remediar, había hecho el último
esfuerzo con los Cozocas para que le quitasen la vida; lo mismo deseaba
el santo Misionero; y hablando con sus cristianos, sólo sentía que la
rabia del enemigo infernal y de sus secuaces no tuviesen permisión para
matarlo.
Estábanle mirando los Cozocas desde la plaza de su Ranchería, y apenas
el Padre se puso á mirarlos con la cruz en la mano, cuando prorumpiendo
en gritos descompasados, á la usanza de bárbaros, le dispararon una
tempestad de saetas, que á no repararlas Dios con su mano poderosa,
hubiera quedado muerto.
Los cristianos y cathecúmenos, viendo las cosas tan contrarias, se
retiraron atrás. Sólo iba al lado del siervo de Dios un joven
fervorosísimo, deseoso de dar la vida en testimonio de la fe, que pocos
meses antes había abrazado. Seguíanle otros cuatro, uno de los cuales
llevaba en alto la imagen de la Madre de Dios. Procuró el apostólico
Padre sosegar con su angelical rostro y afables y corteses palabras
aquellas furias del infierno.