de la diosa _Quipoci_ hace muchas ventajas á las demás en comodidades y
riquezas. Los _Isituucas_, ó dioses del agua, tienen abastecido el cielo
de pescados, plátanos y papagayos, y aquí gozan de su eterna
bienaventuraza los que mueren ahogados en los ríos, á los cuales por
esto llaman _Asinerás_; á los que mueren en los bosques y selvas
_Iriticús_, y á los que mueren en su casa _Posibacas_; poniendo el
mérito, no ya en las obras, sino en la diversidad de lugares en donde
los coge la muerte.
Basta haber insinuado esto de la bárbara idolatría de los Manacicas para
que se pueda hacer algún concepto de los trabajos y fatigas que padeció
el venerable P. Lucas en ganarlos para Cristo.
FIN DEL TOMO PRIMERO
_Acabóse de imprimir el tomo XII de la_
COLECCIÓN DE LIBROS QUE TRATAN
DE AMÉRICA, _en Madrid, en
la imprenta de Tomás
Minuesa, calle de
Juanelo, núm. 19,
á 8 de Abril
de 1895_.
INDIOS CHIQUITOS
DEL
PARAGUAY
BIBLIOTECA PARAGUAYA
RELACIÓN HISTORIAL
DE LAS MISIONES
DE INDIOS
CHIQUITOS
QUE EN EL PARAGUAY TIENEN LOS PADRES
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
ESCRITA POR
EL P. J. PATRICIO FERNÁNDEZ, S. J.
Reimpresa fielmente según la primera edición
que sacó á luz el P. J. Herrán, en 1726.
VOLUMEN II
LIBRERÍA Y CASA EDITORA
DE
A. DE URIBE Y COMPAÑIA
_Asunción del Paraguay._
1896
CAPÍTULO XIII
_Continúa el V. P. Lucas Caballero su
Misión de los Manacicas._
Viendo el fervorosísimo operario un nuevo campo en que sembrar la
palabra Evangélica para recoger no menos almas para el cielo que
merecimientos para sí mismo, deseaba poner cuanto antes manos á la obra;
no obstante, considerando sabiamente que era necesario asistir también á
tantos Catecúmenos como había en el pueblo de San Francisco Xavier, y
que era mejor tener pocos y bien doctrinados que muchos é ignorantes,
que aunque se ganan fácilmente, con la misma facilidad también se
pierden, se resolvió á gastar la mayor parte de aquel año en este
ejercicio, usando de todas las industrias de su caridad y de su celo en
desarraigar de los Xavieristas la barbarie, la lascivia, la embriaguez y
cuantos males trae consigo la vida brutal, é imprimir en ellos las
virtudes y buenas costumbres que se requieren para vivir como
cristianos.
No obstante, en medio de este afán hizo algunas correrías por los países
descubiertos, fomentando en aquella gente los deseos de recibir el santo
bautismo, y juntamente tomando noticia de cuántas eran las Rancherías,
las lenguas y el número de los indios del país; y teniendo distinta
relación de todo, meditaba emprender el año siguiente con más calor el
negocio de su conversión, y en serenándose el tiempo penetrar la tierra
más adentro; pero le frustraron en parte estos designios los achaques
que le afligieron largo tiempo, y las súplicas de sus neófitos de San
Xavier, que le rogaron mudase la Reducción á otro lugar, á causa de ser
el clima que al presente tenían, notablemente nocivo á la salud.
Por este motivo no pudo antes de mediado Octubre, cuando ya el tiempo
amenazaba con lluvias, salir con algunos de los más fervorosos; los
cuales, confortados antes en el alma con el pan divino de la Eucaristía,
habían ofrecido la vida por anunciar el santo nombre de Dios á los que
vivían en las oscuras tinieblas de la infidelidad.
Iban éstos, empero, tristes y desconsolados por estar persuadidos no
había de tener buen fin su viaje, ya por las muchas lluvias con que se
anegaban las campañas, ya por haber hallado el camino sembrado de
agudísimas puntas clavadas en el suelo con sutil astucia por los
enemigos de la fe, para retraerlos de pasar adelante.
Presto se desvanecieron estos temores, porque á pocas leguas no hallaron
ya estas puntas y las tempestades del cielo no pasaban muy adelante,
antes apenas hallaban agua para beber; y habiendo con gran trabajo
subido una montaña muy agria, no tuvieron en dos días con qué apagar la
sed, sino con la humedad del barro, que exprimido, más parecía comida
que bebida. Mas Dios, Nuestro Señor, que nunca en las necesidades
desampara á los suyos, acudió á la del P. Lucas con copia de agua clara
y cristalina, que fuera de toda esperanza, halló en el cóncavo de un
árbol.
Finalmente, habiendo llegado á las primeras Rancherías, halló aquella
gente constante en sus primeros intentos, y sólo hubo que hacer en
allanarles una grande dificultad, y era quitarles las discordias y
ponerlos en paz; porque entre las otras perversidades á que los
incitaba el enemigo infernal, era una irritar á unos contra otros y
sembrar discordias entre ellos para tener ganancia de almas.
Hablóles con grande energía de las utilidades de la paz, descubriendo
los fraudes y engaños del enemigo que nada deseaba más que tenerlos por
compañeros de sus maldades en esta vida, y de las eternas penas del
infierno en la otra.
Convencidos aquellos bárbaros de las razones, y movidos de las súplicas
del Apostólico Padre, prometieron hacer las amistades con las tierras
confinantes y luego con las más remotas.
Habiéndose detenido para esto allí dos días, pasó adelante acompañado de
algunos paisanos. Un día entero gastó en pasar una fragosa montaña, con
grande trabajo y riesgo, no de los indios acostumbrados á trepar
fácilmente por las peñas, sino del Padre; y siéndole preciso hacer alto
á la falda, no halló con qué desayunarse; por lo cual un cristiano, de
nación Manacica, movido de compasión, quiso componerle unas yerbas que
eran las delicias de sus dioses, mas por mucho que estuvieron al fuego,
jamás se pudieron cocer. No obstante, la carestía y la hambre se las
hizo sabrosas, y sonriéndose, dijo: «Grande hambre y mucho calor tienen
en el estómago estos dioses, que con tales viandas se alimentan.»
Llevando mal el demonio tanta constancia en el santo Misionero, procuró
con todo el esfuerzo posible, desvanecer sus designios, ya haciendo que
los indios perdiesen el camino, ya embarazándole los pasos, ya
haciéndole rodar del caballo, ya hiriéndole con las ramas de los
árboles; y en suma, hasta las espinas y abrojos le maltrataron el
cuerpo, y los tábanos, con sus agudísimos aguijones, le mortificaron de
suerte que apenas podía tenerse en pie y era necesario que los neófitos
le desmontasen y subiesen á caballo.
Finalmente, á pesar del infierno, llegó á vista de los Zibicas; pero
antes de entrar en la Ranchería, envió delante á Numani, cristiano
fervorosísimo, para que reconociese si estaban dispuestos á recibir la
fe; no tuvo éste mucho que hacer, porque la muerte desgraciada de los
que el año antecedente habían osado poner en él las manos, les había
persuadido que el siervo de Dios era amigo estrecho del demonio, y que
por tanto se le debía hospedar, no por algún provecho de sus almas, sino
para que no les causase algún daño corporal.
Viendo el buen P. Lucas que había allí poca esperanza de sembrar la
semilla evangélica, á causa de la mala opinión que de él tenían, se
encomendó á sí y al cacique á la suave y poderosa gracia del Espíritu
Santo; y llamándole aparte, procuró lo primero, con el mejor modo que
pudo, quitarle de la cabeza aquel error, y después le manifestó el fin
de su venida, y el bien que recibiría si abrazase la santa ley de
Jesucristo.
Mientras le hablaba el Padre, penetró Dios el alma de aquel bárbaro con
un rayo de divina luz; de suerte, que aún no bien enteramente discípulo,
salió á predicar como maestro en su pueblo, que no necesitaba mucho del
magisterio de sus palabras cuando le sobraba el ejemplo de su Mapono
para inducirle á hacer lo mismo. Era este joven hijo de aquél que había
jurado beberse la sangre del siervo de Dios, si el cielo con la muerte
no le hubiese atajado los deseos.
Para ganar á éste á la santa fe, se empeñó un cristiano, joven también y
su paisano, llamado Diego, y á pocos lances le redujo, porque no le
había aún corrompido el corazón con la malicia; y más por ignorancia del
entendimiento que por mala disposición de la voluntad, no seguía lo
bueno, porque no conocía la verdad.
Habiendo ganado aquella noche á dos de los principales, no tardó mucho
el pueblo en juntarse todo el día siguiente, y después de un largo
razonamiento de los misterios de nuestra Santa Fe, y de las obligaciones
para vivir cristianamente, hizo el santo varón levantar una cruz y junto
á ella armar el altar portátil, con las imágenes de Cristo Nuestro
Señor, de la Santísima Virgen y de San Miguel Arcángel; y arrodillados
todos las adoraron profundamente, gritando en alta voz: «Jesucristo,
Señor nuestro, vos sois nuestro Padre; María Santísima, Vos, señora,
sois nuestra Madre» y no contentos con esto, repitieron lo mismo con
gran fiesta y alegría y con danzas, guiadas más de la devoción que del
arte. Con este espectáculo lloraban de alegría los neófitos, dando mil
gracias al Redentor, de cuya sangre se veían tan claros y manifiestos
los efectos en la conversión de esta gente; pero incomparablemente mayor
era el júbilo del P. Lucas, que inundado el corazón de celestiales
consuelos, volviéndose á mirar al cielo, exclamaba:
«Conténtome, Dios mío, en paga de mis trabajos y sudores, con ver que
las criaturas os reconocen por su Criador y Señor. Sólo con que éstas
os amen y os adoren, no quiero otro galardón.»
Cuánto agradasen á Dios estas sus ofertas, no me es lícito escudriñarlo;
y por ventura, en premio de acto tan generoso, concedió Su Majestad á
algunos de estos bárbaros un don tan excelente de fe, que antes de
recibir el bautismo, la conservaron incorrupta, y quisieron más perder
con el martirio la vida, que negarla.
Singularmente es digna de eterna memoria la persecución que sufrió del
común enemigo el Mapono; la cual, haciendo una breve interrupción,
quiero referir aquí, aunque sucedió años después.
Pesábales mucho á los demonios verse despojados del dominio de aquella
Ranchería, que por muchos siglos había estado á su devoción; usaron de
toda su astucia y poder diabólico para reducirla á su antiguo culto y
adoración; y apareciéndose á aquel fervoroso cristiano, que antes había
sido su ministro muy querido, le reprehendió ásperamente, porque él, á
quien tocaba por oficio, no hacía sus partes para que volviese á su
estado el antiguo culto, sus iglesias y sacrificios. ¿No ves (le
dijeron) que el cacique Payaizá ha profanado los altares, quebrado los
vasos sagrados, y execrado los Tabernáculos, y el cacique Potumaní ha
abandonado la suntuosa fábrica, que tenía destinada para nosotros: se
han dejado engañar de las necedades y locuras de este traidor maldito,
que tiene arte de encantamento para trabucar los entendimientos, predica
fábulas por misterios, y cuantas mentiras le vienen á la imaginación?
Vuelve, por tanto, en tu acuerdo, y con todo el poder de autoridad y
razones, restaura las ruinas de la religión, restituye el culto y haz
recuerdo al pueblo de sus promesas, y al cacique de sus obligaciones,
porque si no, te juramos de hacer grande estrago en la gente del pueblo,
que servirá de ejemplo, y memoria de terror por todo el país.
Rióse el fervoroso joven de sus amenazas, y por más que se empeñaron,
nunca pudieron conseguir que dijese en público una sola palabra en su
abono.
Ofendida excesivamente la soberbia diabólica de tal desprecio, se
echaron sobre él, y con una fiera tempestad de muchos y crueles golpes,
le pisaron, hirieron y maltrataron tanto, que le hicieron arrojar por la
boca gran copia de sangre; y por más que repitieron los golpes, aunque
lo redujeron á los últimos peligros de la vida, nunca pudieron
contrastar su constancia. Tan profundas raíces habían echado en su
ánimo la fe y la piedad, que el P. Lucas, y por su medio el Espíritu
Santo, habían plantado en su corazón.
Un amigo, compadecido de sus trabajos, le exhortó, que á lo menos en lo
exterior, mostrase algún respeto á los demonios y les diese gusto,
hablando al cacique para que les fabricase su iglesia. Mas él, enojado,
le echó de sí diciendo quería acabar la vida que le quedaba, antes que
faltar un ápice á la ley que profesaba á Jesucristo, á quien sólo
reconocía por Dios y Señor. Tan heroica virtud en un cristiano tan
nuevo, no pudo dejar de ser premiada de Dios, que le restituyó á su
antigua salud y fuerzas.
Volviendo ahora al hilo de la historia, bautizados los niños, no sólo de
aquélla, sino de otras Rancherías, trató el P. Lucas de pasar á los
Quiriquicas; mas los neófitos, á causa del invierno que amenazaba,
emprendían de mala gana; aquel dificultoso viaje: empero
representándoles el P. Lucas el galardón con que Dios premiaría sus
fatigas en el cielo, los alentó tanto, que se sintieron increíblemente
confortados á proseguir y durar en él.
Sólo faltaba persuadir al cacique Patozi que viniese con sus vasallos á
abrir camino por medio de espesos bosques, y juntamente á hacer las
paces con los Quiriquicas, porque el dicho cacique temía, con grande
fundamento, le habían de quitar la vida los Quiriquicas, por el
implacable odio que le tenían; no obstante esta dificultad, venció al
cacique para emprender el viaje la reverencia y amor que al Padre tenía;
y tomando una escogida escuadra de soldados bien armados, por si acaso
fuese necesario, se fué tras el Padre; pero éste le dijo que no usase de
las armas sino cuando fuese necesario para defender sus vidas de las
saetas enemigas; que por lo que á sí tocaba, nada se le daba de vivir ó
morir; y como fuese del agrado de Dios y honra suya, derramaría gustoso
la sangre por adelantar la gloria divina.
A su imitación los neófitos, dejadas las armas, se ofrecieron á
acompañarle en el peligro y en poner á riesgo su vida; y para que no
hubiese alguno que faltase á sus órdenes, puso á la punta de todos á un
santo indio, llamado Juan Quiara, amado de todos, aun de los gentiles,
por la bondad de su vida é inocencia de sus costumbres.
Ajustadas las cosas en esta forma, se pusieron en camino, y tuvieron no
poco qué hacer, primero con un bosque espesísimo en que gastaron
algunos días para abrirle, después con la hambre, no hallando con qué
sustentarse, sino una fruta silvestre que sola la carestía de otro
manjar hacía dulce y sabrosa; conocióse entonces la ternura de afecto y
la reverencia que tenían los gentiles al P. Lucas, porque viéndole
descaecido, y que por la suma flaqueza apenas se podía tener en pie, le
buscaban á costa de gran trabajo, algún poco de miel, y se quitaban la
comida de la boca para tener con qué mantenerle sus fuerzas.
Estando ya cerca se adelantaron dos cristianos á reconocer la tierra y
observar los movimientos de los paisanos, queriendo entrar sin ser
sentidos en la Ranchería, para que no se alborotasen ó pusiesen en
huida; mas Patozi, el cacique, con sabia advertencia, dijo que era en
vano esta diligencia, porque los demonios habían avisado ya á los
Maponos, y por medio de ellos á los capitanes. Y decía la verdad, porque
pocos días antes, estando junto al pueblo para sus acostumbradas
devociones, bajó al Tabernáculo el diablo Cozoriso, y con semblante
triste y melancólico, le avisó de la venida de un enemigo suyo jurado
que le había desterrado de otros países, trayendo en la mano una cruz,
que era la ruina de su religión; y diciendo esto, prorumpió en un
copioso llanto, como compadeciéndose de sí mismo, que ¿á dónde iría en
partiéndose de allí? ¿Dónde podría con seguridad repararse para no ser
desalojado? Que por tanto, si le amaban, tomasen luego las armas, y con
el valor, y con el brazo fuerte, sostuviesen en pie su culto, que de
otra suerte caería presto por tierra.
Con semejante nueva se conmovió todo el pueblo, y al mismo punto se
encendió en rabia y furor contra cualquiera que maquinase algo en daño
de la religión; pero no el Mapono, que argumentando é infiriendo cuán
grande hombre y mayor que sus dioses debía ser aquél á quien sus dioses
temían, les respondió con voz y ademán de enojado:
«Si este forastero es vuestro enemigo ¿porqué vosotros le dejáis el paso
franco? ¿Por qué no le echáis del mundo, ó á lo menos tan lejos de aquí,
que no se ponga á riesgo vuestra reputación? ¿Es este vuestro poder? Si
necesitáis de nuestras armas para defenderos, ó no sois lo que mostráis,
ó mostráis ser lo que no sois.»
Esta conclusión, deducida de los principios de la razón natural, fué
bastante para que la gracia del Espíritu Santo penetrase de allí á poco
su corazón, y de un tizón que era del infierno, le convirtiese en un
ángel del Paraiso.
El cacique y los nobles, juntos en Consejo, determinaron echar el resto
de sus fuerzas y poder para reparar los daños y ruina de su religión,
mas no sin temor de salir con sus intentos, cuando aún sus mismos dioses
temían.
Mientras esta gente estaba en arma y en confusión, se adelantó el Santo
Misionero con Patozi y dos muchachos muy fervorosos, dejando toda la
demás gente algo distante.
Apenas los espías los divisaron de lejos, cuando dando gritos muy
descompasados se huyeron la tierra adentro, y tras ellos, con su cruz en
la mano, marchó á caballo el P. Lucas, porque las llagas de las piernas
no le permitían ir á pie.
Los paisanos, puestos en orden, le salieron al encuentro para hacerle
frente; y partidos en dos alas, le rodearon para que por ninguna parte
tuviese paso libre por dónde huir.
Estando las cosas en este estado, se le ofreció á un mozo cristiano
enarbolar una imagen de la Madre de Dios, que llevaba en la mano; y con
la confianza de que la piadosísima Señora usaría entonces de su poder
para librarlos de aquel peligro, la levantó en alto, y lo mismo fué
mirarla los bárbaros, que perder el uso de los brazos, sin poder tirar
las saetas que ya tenían á punto, y flechados los arcos.
Atónitos y despavoridos de este suceso los bárbaros, recelosos de que no
les sucediese peor, huyeron precipitadamente retirándose á un bosque no
muy distante, de donde ninguno se atrevió á salir, quedándose por
providencia de Dios un solo indio de ellos llamado _Sonema_, que después
los ayudó mucho para la conversión.
El día siguiente, el Apostólico Padre, aunque no se podía tener en pie,
no sufriéndole el corazón ver entronizado al demonio en dos templos,
hizo que le llevasen allá sus compañeros; echó por tierra aquellos
infames Tabernáculos, hizo pedazos las estátuas y encendiendo en la
plaza una grande hoguera, quemó en ella todos los arreos y ornamentos de
la impía idolatría, no sin temor de sus neófitos, que recelaban no
diesen sobre ellos los bárbaros, ofendidos de aquella afrenta de sus
dioses, para vengar su agravio.
Pasáronse dos días sin que los Quiriquicas saliesen fuera de las
tinieblas de aquel bosque; por lo cual, desesperanzado Patozi de poder
hacer las paces y establecer una mutua amistad, á cuyo fin había venido,
tuvo por mejor dar la vuelta, y persuadió á esto al P. Lucas con cuantas
razones y súplicas le dictó su afecto; y sobre todo, ponderando cuanto
fué posible el manifiesto peligro en que quedaba de que los Quiriquicas
desahogasen en él sólo la fiereza del odio que contra todos habían
concebido.
Respondióle el Padre que se volviesen en buen hora él y sus vasallos,
porque él tenía firme resolución de no volver el pie atrás hasta haber
anunciado el Santo Nombre de Dios á aquella gente, aunque para esto le
fuese necesario perder la vida.
Fuéronse, pues, Patozi y los suyos, sin quedar con el P. Lucas más que
cinco santos mancebos, resueltos á correr la misma fortuna, y dar la
vida por aprovechar á sus prójimos.
No teniendo, pues, el Padre, más defensa que la confianza en Dios, se
puso á rezar el Oficio Divino, cuando vió de repente junto á sí al
cacique de los Quiriquicas, hombre de grande estatura y bien dispuesto;
el cual, creyendo que en el Breviario estaban los hechizos que á él y
los suyos impidieron el uso de los brazos, hizo fuerza por quitársele de
las manos; mas el Padre, con buenas razones y modo propio de una
caridad Apostólica, procuró disuadirle de su error, y prosiguió hablando
de Cristo y de su santa ley, descubriéndole la perversidad y los engaños
de sus _Tinimaacas_.
Al oir estas cosas se contuvo el bárbaro, ó fuese por virtud milagrosa
de Dios ó por natural genio suyo, y sin responder palabra le volvió las
espaldas; é ido á su casa, con un buen manojo de flechas se tornó á los
suyos.
Diéronse entonces por perdidos los neófitos, y al santo varón le saltaba
de júbilo el corazón en el pecho, esperando llegar finalmente al término
de sus deseos, regando aquella tierra con su sangre, para que en los
años siguientes correspondiese con abundante fruto á los trabajos y
sudores de quien la cultivase y á la verdad por poco se le hubieran
cumplido sus deseos, porque juntándose en lo más oscuro de la noche los
más principales para tomar la última resolución, estuvieron gran rato
dudosos de lo que harían: y sólo aquel milagro de habérseles pasmado los
brazos cuando le quisieron flechar, obligó á todos al miedo de que no
les sucediese lo mismo si intentasen matarle; mas no por eso aplacaron
la ira del cielo, que había tomado á su cuenta la venganza de aquella
injuria; y así encendió entre ellos una enfermedad pestilencial, que
quitó la vida á los más culpados.
No ayudó poco á la resolución de que se rindiesen aquel indio _Sonema_,
que acudiendo á la junta dijo tantas cosas en alabanza del P. Lucas y de
la Santa Fe, de que ya había oído alguna cosa, que de común
consentimiento determinaron volver á su ranchería al amanecer y ponerse
en manos del santo varón.
Saliendo, pues, de aquel bosque, y entrando unos tras otros en la
Ranchería, se fueron derechos al rancho donde yacía el P. Lucas, quien
con aquel su modo amabilísimo los recibió con muchísimo agasajo y
pareció que Nuestro Señor, para dárseles á estimar y respetar, había
puesto en su semblante un no sé qué más que humano; por lo cual, la
gente, en ademán de quien le pedía perdón, se postró á sus piés y no
hubo ninguno de ellos, aun de los más osados, que se atreviese á partir
de su presencia sin licencia del Padre.
Vino el último de todos el Mapono que con toda su chusma se puso muy
humilde y modesto delante del apostólico varón, quien recibiéndole con
los brazos abiertos le sentó á su lado, y empezando á hablar de la
Religión, mostró cómo sin el conocimiento del verdadero Dios, y sin la
fe de Jesucristo no era posible salvarse, diciendo también de los
Tinimaacas y de aquella diabólica Trinidad cuanto le dictó el celo de la
gloria divina y la santa indignación de verlos triunfar por tantos
siglos hechos señores de aquella tierra.
Estaba todo el pueblo deseoso de ver el fin de aquel suceso, esperando
los unos que montando en cólera el Mapono se empeñase en defender, más
con obras que con palabras, la divinidad de los demonios, y los otros se
prometían éxito más feliz, en que no se engañaron; porque el Mapono
quedó asombrado y como aturdido; y siendo, como era, hombre de buen
natural, de ingenio pronto y de entendimiento agudo, Dios Nuestro Señor,
compadecido de él, le sacó de sus engaños, le alumbró el entendimiento y
movió su corazón con tanta eficacia de su gracia, que luego pidió ser
cristiano; y en prueba de las veras con que lo decía, confesó delante de
todos que él había estado engañado y había engañado á los demás; y que
se desdecía y retractaba de cuanto había aprendido y les había enseñado;
que no había otro Dios que Jesucristo; y que su santa ley, no sólo era
mejor que la de ellos, sino la única y necesaria para la salvación
eterna del alma; y que para enmienda de lo pasado, no sólo exhortaba á
sus paisanos que la abrazasen, sino que iría á los Jurucarés, Cozacas y
Quimiticas para reducirlos á que hiciesen lo mismo.
Con una tan ilustre confesión, tanto más digna de agradecimiento cuanto
menos esperada, haciendo increíble fiesta los neófitos y gritando de
contento, se arrojaron todos á darle muchos abrazos; pero á ninguno cupo
mayor júbilo que al V. Padre, que con la conversión de éste sólo dió por
reducido á todo el pueblo al gremio de la Santa Iglesia.
Haciendo, pues, labrar una grande cruz, se fué con ella en procesión á
la plaza, en donde la colocó en el mejor lugar por trofeo de la
victoria, y en señal de la posesión que Cristo y su santa ley tomaban
aquel día de los Quiriquicas; y los cristianos entonaron las letanías á
dos coros de música, lo que á los bárbaros, que nunca hasta entonces
habían oído harmonía de buen concierto, les pareció cosa del cielo, y
estaban como absortos oyéndola. Hecho esto, mandó que trajesen los niños
para bautizarlos.