y las mieses generalmente son buenas.
La gente es de buena estatura y bien hecha, aunque de color de
aceituna. Hay no pequeña parte del pueblo que tiene como de herencia un
género de lepra, que parece que los cuerpos están cubiertos de escamas
de pescado, pero no les causa molestia ni fastidio.
Son en la guerra tan esforzados y valientes como los Chiquitos, y
antiguamente eran una misma nación, y por las discordias se dividieron,
de donde les vino el corromper el idioma Chiquito; y la idolatría, que
no tienen los Chiquitos, la aprendieron de las naciones confinanters,
como también el ser caribes ó comedores de carne humana.
Sus Rancherías las forman con algún género de arquitectura, con calles y
plazas bien proporcionadas; tienen tres ó cuatro casas grandes con
repartimiento de salas y cámaras en que viven los capitanes y el cacique
principal. Estas mismas sirven para las funciones públicas de convites y
banquetes, y son juntamente templo de los dioses.
Las casas de los particulares están también con proporción y en ellas
reciben á los forasteros que los van á visitar. Y lo que más admira es
que para fabricarlas no usan de otro instrumento que de una hacha de
piedra con que cortan maderos muy gruesos, aunque con mucha dificultad.
Las mujeres ponen mucho cuidado en la fábrica de telas y vasos de
tierra, para los cuales dejan por mucho tiempo podrir el barro y labran
los vasos tan hermosos y delicados que al sonido parecen de metal.
Sus Rancherías están poco distantes unas de otras, y por eso es
frecuente entre ellos la comunicación, los convites y la embriaguez.
Cuando los de una Ranchería quieren hacer algún banquete á los de otra,
el cacique envía á convidarlos con algunos mensajeros y en su casa se
hacen los bailes y danzas generales.
El orden que tienen en todas las funciones públicas es este: El cacique
toma el primer lugar, el segundo es de los sacerdotes, el tercero de los
médicos, el cuarto de los capitanes, y después de ellos se sienta el
resto de la nobleza.
Al cacique, no solamente dan esta preeminencia, sino que le rinden
entera obediencia y vasallaje; fabrícanle sus casas, cultívanle los
campos y le mantienen abundante mesa de todo lo bueno y mejor del país.
El sólo manda y castiga con gran rigor á los reos quebrándoles los
huesos con horrendos bastonazos.
Las mujeres rinden también obediencia á la mujer principal del cacique
(el cual tiene cuantas quiere). Páganle el diezmo de la pesca y de la
caza, á la cual no salen sin haber primero pedido licencia al cacique.
El Gobierno va por sucesión, y el hijo primogénito del cacique gobierna
á los jóvenes y se cría con espíritus generosos y señoriles, y cuando
llega á edad de manejar los negocios públicos, gobierna en lugar de su
padre, que da al hijo la investidura y posesión del Gobierno con muchas
ceremonias y ritos; mas no por eso los vasallos pierden el amor y
respeto al señor pasado; antes, cuando pasa de esta vida, le hacen
solemnísimas exequias con infinitas supersticiones y llantos, y su
sepulcro es una bóveda subterránea bien fortificada con palos y con
piedras para que la humedad no corrompa los huesos y la tierra no le sea
pesada.
En cuanto al número son muchísimos, repartidos en Rancherías numerosas,
porque el país de los Manacicas forma una como pirámide que se extiende
desde el Mediodía al Septentrión, en cuya extremidad viven ellos, y en
el medio habitan otros pueblos tan discordes en el idioma cuanto
conformes en su vida bárbara.
Bases de esta pirámide son: la de Levante es de las Quimomecas y de los
Tapacurás la del Poniente. Después, por la banda del Norte, dejando
fuera á los Puizocas y Paunacas, la ciñen dos grandes ríos llamados
Potaquísimo y Zununaca, á los cuales rinden tributo con sus aguas otros
muchos arroyos ó riachuelos que atraviesan y fecundan el país. Las
primeras Rancherías de hacia Levante son las de los Eirinucas,
Mopoficas, Zibacas, Jurucarecas, Quiviquicas, Cozocas, Subarecas,
Ibocicas, Ozonimaaca, Tunumaaca, Zouca, Quitesuca, Osaaca, Matezupinica,
Totaica, Quimomeca. Por el Poniente están las de Zounaaca, Quitemuca,
Ovizibica, Beruca, Obariquica, Obobococa, Monocaraca, Quizemaaca,
Simomuca, Piquica, Otuquimaaca, Oiutuuca, Bararoca, Quimamaca, Cuzica,
Pichazica.
Estas Rancherías y quizás muchas más de que aún no se tiene noticia,
están situadas al pie de esta pirámide; y tirando de aquí hacia la punta
al Norte, se encuentran Quimiticas, Zouca, Boviruzaica, Sepeseca,
Otaroso, Tobaicica, Munaisica, Zaruraca, Obisisioca, Baquica,
Obobizooca, Sosiaca, Otenenema, Otigoca, Barayzipunoca, Zizooca,
Tobazica. A éstos están confinantes los Zibacas, que hasta ahora no han
sido jamás acometidos ni robados de los Mamalucos, que han destruído y
asolado lo restante del país que se extiende hacia el río Paraguay.
Entre Levante y Septentrión, detrás de los Zabicas, habitan, bien que
distantes muchas leguas, los Parabacas, Quiziacas, Naquicas y los
Mapasinas, gente valerosa, pero destruída en buena parte de cierto
género de pájaros llamados peresiucas que viven debajo de tierra, y
aunque del tamaño ordinario de un pájaro, son de tan extraña fuerza y
fiereza que en viendo algún indio dan sobre él y le matan.
Enfrente de éstos están los Mnochozuus, los Picozas que andan
brutalmente desnudos, aun las mujeres, que sólo traen pendiente del
cuello una faja para acomodar los niños.
La nación de los Tapacurás se extiende entre Poniente y Septentrión y
viven también á lo animal, totalmente desnudos, y á más de eso comen
carne humana. Están muy cercados á estos los Boures, Oyures, Sepes,
Carababas, Payzinones, Toros, Onunaisis, Penoquís, Jovatubes, Zutimus,
Oyurica, Sibu, Otezoo, Baraisi, Canamasi, Comano, Mochosi, Tesu,
Pochaquiunape, Mayeo, Omenasisopa, Omemoquisoo, Botaquichoca,
Ochizirisa, Jobarusica, Zazuquichoco, Tepopechosisos, Sofoaca,
Zumonocococa y otras muchísimas, de que aun no se ha tenido distinta
relación.
En cuanto á la religión, ceremonias y ritos de que usan, se puede decir
que es una de las más supersticiosas que hay entre tantas naciones de
estas Indias Occidentales. Pero antes de referir lo que toca á su falsa
religión, diré brevemente lo que tienen de la verdadera, bien que
mezclados con muchos errores y fabulosas invenciones.
Tienen algunos vislumbres de la predicación del apóstol Santo Thomé, que
publicó en estas provincias el Evangelio y también tienen alguna confusa
noticia de la venida del Redentor al mundo.
Creen, por tradición de sus mayores, que en los siglos pasados, una
bellísima señora, concibió un hermoso niño sin obra de varón. Crecido en
edad este niño, obró cosas maravillosas, que le ganaron el estupor y
asombro del mundo, como eran sanar enfermos, resucitar muertos, dar
vista á ciegos, piés á tullidos y vencer otros imposibles á las fuerzas
naturales. Finalmente un día dijo, á una numerosísima turba que le
seguía: Veis que mi naturaleza es diferente de la vuestra; y
levantándose en el aire á vista de todos, se transformó en este sol que
ahora vemos.
Los sacerdotes (que como abajo diremos vuelan cuando quieren por el
aire), dicen al pueblo que es el sol un hombre luminoso, aunque nosotros
desde la tierra no discernimos sus facciones ni el semblante.
Esto es lo que saben del misterio de la Encarnación, mas no por eso dan
veneración alguna á aquel personaje, que obró cosas tan extrañas, y sólo
adoran á los demonios no en figura de piedra, leño ó metal, sino
monstruosísimos como se dejan ver de estos indios; y de esto están tan
contentos y jactanciosos, que dan en rostro á los nuevos cristianos con
su simpleza en honrar en las pinturas y estátuas dioses mudos y ciegos,
que no ven, ni hablan, ni oyen.
Ni se contenta el demonio con sólo hacerse adorar de esta gente
usurpando la adoración y culto que se debe al verdadero Dios, sino por
escarnio é injuria de la Iglesia de Cristo, ha querido en este rincón
último del mundo remedarla, transformándola en un ser monstruoso,
convirtiendo los misterios en fábulas, los sacramentos en
supersticiones, las ceremonias en sacrilegios. Y primeramente les enseñó
una tal Trinidad de dioses principales (á distinción de otros de menos
autoridad y crédito) Padre, Hijo y Espíritu, no Santo, colateral de
aquellos dos: llámase el Padre _Omequeturique_ ó _Uragozoriso_; el Hijo
_Urasana_ y el Espíritu _Urapo_.
Tienen también otro diablo, remedo de la Santísima Virgen, que fingen es
madre del Dios _Urasana_ y mujer de su padre Omequeturique. Déjase ver
esta diosa con rostro resplandeciente; transfigurándose en ángel de luz;
los dioses aparecen horribles y sucios; la cabeza y el rostro de color
de sangre, orejas de jumento, la nariz chata, ojos en extremo grandes,
de que despiden ardientes llamas, los cuerpos de color resplandeciente;
el vientre le ciñen vívoras y dragones.
El primero que habla es _Omequeturiqui_, y esto con voz alta; el segundo
es su hijo y habla con las narices, el último habla _Urapo_ y tiene una
voz semejante á un trueno; el Padre es el dios de la justicia y castiga
á los malos, ya con un palo, ya con otro instrumento semejante; el Hijo
y el Espíritu son los abogados, pero mucho más la diosa.
El templo para estas deidades es, como ya dije, el palacio del cacique,
á donde ellos vienen cuando hay junta general del pueblo ó se hacen
solemnes exequias.
En estas fiestas ordena el cacique á los suyos que tejan gran número de
esteras, y hecho de ellas unas grandes cortinas, cubren y cierran una
parte de la sala y este es el _Santa Sanctorum_ en que entran los
dioses, á quien con nombre común llaman Tinimaacas que saliendo del
infierno fingen que bajan del cielo y turbando con ruido descompasado
todo el aire, tiembla la casa y toda aquella tapicería ó cortinaje de
esteras.
El pueblo, que está bebiendo ó bailando, le saluda y da la bienvenida
con gritos descompasados y mucha algazara, diciendo: _¿Tata equice?_
Padre, ¿ya has venido? á que responde él con el título de _Panitoques_,
esto es: «¿Hijos qué hacéis? ¿Estáis bebiendo ó comiendo? Bebed y comed,
que me dáis grande gusto, y tengo de vosotros gran cuidado y
providencia; yo he criado la caza y la pesca y cuanto bueno hay para
vosotros.»
Con estos tres dioses vienen, para cortejarlos, una tropa de demonios, y
en señal de respeto y reverencia están en pie. Los indios creen que
estas son las ánimas de sus enemigos, con quien tienen guerras y también
otras gentes extrañas. A este tiempo que hablan los dioses, el pueblo se
está quieto y en silencio, así para oir sus oráculos, como también
porque al principio afectan seriedad, hasta que la _chicha_ (que es su
bebida) les calienta la cabeza; después de lo cual se siguen los bailes,
las riñas, las heridas y muertes, de que hacen gran fiesta aquella
maldita canalla de dioses, y cuando ven que se paran procuran atizarlos,
diciendo: «¿Qué es lo que hacéis fieles míos? Mucho silencio es este,
¿por qué no bebéis y bailáis?» Y al punto el sacerdote ó Mapono se
reviste de gravedad, y en nombre de los dioses les manda que beban y
bailen y llenen de ruído la iglesia para que ninguno se muera de
tristeza.
También muestran tener sed estos dioses y para refrigerarla piden á los
indios de beber. Para esta honra se levantan en pie el indio é india más
ancianos y venerables de todo el pueblo con una taza llena de flores y
esmaltes hecha sólo para que beba aquella deidad fingida, le dan con la
mano derecha tres veces á beber, y con la siniestra levantan la estera.
Saca el demonio una mano muy sucia y con uñas muy largas con que toman
la taza y beben todos tres por su orden, bien que su modo de beber es
más propio de brutos que de hombres, y mucho menos de lo que se fingen.
Después Urasana toca dentro del Tabernáculo una sinfonía que se oye bien
lejos á la cual corresponden con bailes sus devotos. A ninguno es lícito
mirar al _Santa Sanctorum_, sino sólo al Mapono ó sacerdote que es un
grande hechicero ú hombre diabólico, y si alguno de los otros hechiceros
de menos ciencia y menores proezas en el oficio quiere echar la vista
dentro para verlos, le detiene el Mapono amenazándole que pagará al
momento su delito con la vida. Sólo el Mapono es el valido y el
confidente, y es quien obra cosas extrañísimas. En cada Ranchería hay
uno ó dos, y á veces más. Entra éste á recibir audiencia de los dioses
y se sienta á la par con ellos. Propóneles sus dudas, oye los oráculos y
las profecías y tal vez las oye también el pueblo, porque suelen hablar
en voz muy alta.
Cuando el pueblo está en el mayor fervor de sus bailes y grescas, sale
de la audiencia el Mapono y declara las respuestas, que las más de las
veces son de buenas fortunas, de lluvias, de buenas cosechas, de caza,
de pesca y de todo lo que á ellos más les agrada, aunque las más de
estas fortunas y dichas les salen vanas y mentirosas, de suerte, que
algunos más arrestados, al oir tales promesas, responden con risas: los
dioses han bebido bien; mas si estas palabras llegan á oídos del Mapono,
sale con furia diabólica del tabernáculo, amenazándoles muertes,
tempestades y rayos, con que les hace callar.
Muchas veces usa también el demonio provocarlos contra los confinantes,
ordenándoles que asalten sus Rancherías, hagan estragos en la gente y
roben y saqueen sus haciendas; con lo cual están siempre en continuas
revueltas.
Algunos pocos, aun con ser rudos y bárbaros, advierten los fraudes y
engaños diabólicos; pero los más creen nacer esto de la gran providencia
y amor que sus dioses les tienen, no obstante que toquen con la
experiencia que al mejor tiempo son de ellos abandonados y vencidos y
despojados de sus enemigos.
Acabados los oráculos, se hacen las ofrendas de la pesca y de la caza y
aquellas diabólicas majestades, en señal de agradecimiento, llevan
alguna cosa á la boca.
Después vuelan con el Mapono por el aire, temblando á este tiempo tanto
la iglesia, que parece se viene al suelo. Desaparece por mucho tiempo el
Mapono, fingiendo que se va con sus dioses al cielo. Vuelve después
conducido en brazos de la diosa _Quipoci_, en cuyo seno descansa y
duerme, mientras ella canta; y aunque la oyen no se deja ver de ellos,
porque se está retirada dentro del tabernáculo.
Hacen todos mucha fiesta en señal de grande alegría por su venida y la
tratan como Madre de Dios, de la manera que nosotros á la Virgen
Santísima.
Dánle la bienvenida con mil títulos de afecto y reverencia á que ella
corresponde llamándolos hijos y diciéndoles que es su verdadera madre,
que los defiende de la indignación de los dioses, que son crueles y
sangrientos, molestándoles con enfermedades y desventuras.
Por esto la invocan frecuentemente en sus aflicciones, aprietos y
calamidades, y ella viene y les consuela y confabula con los otros
dioses cuando viene en su compañía.
Parece este diablo más humano que los otros, mas al fin es de la misma
raza y tan cruel como ellos. Cuando está en el tabernáculo canta con
mucha melodía mientras bailan las mujeres, siguiendo y repitiendo éstas
el canto de la diosa, cuyo contenido es sus guerras y victorias.
Síguese después la ceremonia del brindis y de las ofrendas, y luego
vuela por los aires con grande aplauso y fiesta del pueblo. Pero esta
diosa no se lleva consigo al Mapono como lo hacen los otros dioses;
antes bien, no siempre que el Mapono baja del cielo, viene en brazos de
la diosa. Son muchos sus viajes y sus funciones. Baja tal vez en medio
de la iglesia en la mayor bulla del pueblo, que se asombra y desordena
por el ruido y estrépito que hace, cortejándole y trayéndole en sus
manos una gran tropa de demonios, los cuales no pocas veces se suelen
burlar de él á costa suya, porque de lo más alto del templo le dejan
caer á plomo en tierra muy maltratado y á pique de morir, como no ha
mucho tiempo que sucedió en la tierra de los Mopoosicas.
La postura del cuerpo para volar, es en forma de alas y en pie derecho
cuando vuela hacia arriba; y cabeza abajo cuando baja á la tierra.
Fuera de estos dioses, adoran otra casta de deidades, á quien llaman
_Isituús_, que quiere decir señores del agua. Su ejercicio es andar por
los ríos y lagunas, llenándolos de pescados para el mantenimiento de sus
devotos.
A estos Isituús invoca la gente en las pescas, incensándolos con humo de
tabaco, de que usan para aturdir los peces, y si logran buena pesca,
agradecidos al beneficio van al templo y les ofrecen alguna porción de
pescado con los mismos ritos que á los otros dioses.
Tales deidades y tal religión tienen sacerdotes semejantes. Al principal
llaman Mapono, y es el maestro, con quien el pueblo consulta las cosas
de su conciencia y á quien manifiestan sus necesidades, de las cuales
hace relación en el Consejo de los dioses y les solicita el remedio.
No habla solamente en la iglesia con los demonios, sino que ellos se
dignan también de visitarle en su casa y tratarlo con toda afabilidad y
cortesía.
En estas visitas lo pagan las mujeres del Mapono, que se ven obligadas á
huir por el espanto y terror de aquellas horribles y monstruosas
visiones.
Por esto, no sólo es respetado, sino también temido de todos, pudiendo á
su antojo causar daño y matar á quien quiere, y para hacer mayor
ostentación de su poder, tiene la casa llena de víboras y serpientes, y
cuando vuelve á casa de sus funciones eclesiásticas, viene acariciando
en sus brazos semejantes animales.
La forma de consagrarle y las ceremonias de que usan para esta función
son extrañas y conformes al que ha de servir á tales deidades.
Es el Mapono la persona más venerada del pueblo, y de la misma manera
que al cacique, se le dan á él los diezmos de la caza y de las cosechas.
Vive en una casa bien labrada, cuanto cabe en la industria de aquellos
bárbaros, y á veces, por gozar con más frecuencia de las visitas del
cielo, se retira solitario al yermo.
Los que quieren entrar en este oficio, antes de tener barba, empiezan á
aprender las ceremonias y á acostumbrarse á tratar con los dioses. Para
esto suele el Mapono más venerable coger en brazos al aprendiz, ponerle
á mirar á la luna cuando está llena, estirarle los dedos mandándole que
se deje crecer las uñas, llevarle por los aires y ponerle en el seno de
la diosa _Quipoci_; vuelve el miserable de aquellos éxtasis afligido y
desmayado, de suerte que apenas, después de muchos días, recobra sus
fuerzas.
Fuera de esto, observan rigurosísimos ayunos y abstinencia perpetua de
ciertos animales y frutas, singularmente de la granadilla, que
vulgarmente llamamos _Flor de la Pasión_, por estar retratados en ella
los instrumentos de nuestra Redención. Ni se contentan los demonios de
ser reverenciados de sus sacerdotes con ayunos y penitencias; antes
bien, mandan hacer rigurosos ayunos á todo el pueblo. Uno, entre los
otros, es semejante á los nuestros y es el que se guarda en la
dedicación del templo, en que por espacio de cinco días no se puede
comer carne; y vestida de luto la Ranchería se prohiben las músicas,
banquetes y bailes. Guárdase estrecho silencio y no se gasta el tiempo
en otra cosa que en tejer esteras para el adorno del Tabernáculo. El
último día se pone en la iglesia mesa franca, abastecida de lo mejor del
país.
Para dar principio á la fiesta, la vieja más devota y al parecer más
santa, saludando al cacique con reverente inclinación, baja la cabeza,
que hiere el cacique ligeramente tres veces con una piedra curiosamente
labrada; después da vueltas de rodillas á todo el templo con grandes
suspiros y devoción; luego el Mapono bendice todas las partes del templo
para santificarle, y con otras ceremonias, que sería largo contar,
consagra aquel lugar; y por último, se fenece la fiesta con una gran
comida y celebrando un solemne festín de músicas y bailes.
Acerca del último fin y eterna bienaventuranza, tienen estos ciegos
idólatras muchos errores. Creen la inmortalidad de las almas, á quien
llaman _Oquipau_, y que han de vivir y gozarse eternamente en el cielo,
á donde las llevan sus sacerdotes.
Cuando alguno muere le celebran sus exequias, más ó menos, según su
esfera. Después la madre y mujer del difunto van al templo con su
ofrenda, poniéndose cerca del Tabernáculo. Vienen luego los diablos, y
fingiéndose ser el uno el alma del difunto, consuela á la mujer con
palabras tiernas y afectuosas, dándole esperanzas de que en breve se
volverán á ver en el Paraíso; luego el Mapono rocía el alma con agua
para limpiarla de las manchas de los pecados, como usamos nosotros con
el agua bendita; y con eso se despide el alma de su madre y mujer. Al
punto el Mapono se la echa á cuestas y vuela en alto, quedando la mujer
llorando su desventura hasta que tiene noticia de su marido. Vuelve el
Mapono, después de largo rato, con alegres nuevas, diciéndola que
enjugue las lágrimas, deje de llorar y deponga el luto, porque su marido
queda gozando de la vida beatífica de los dioses y la espera para que la
haga compañía eternamente en el cielo.
Es cosa digna de saberse la jornada que hace el Mapono con el alma y lo
que ésta padece hasta llegar al Paraíso.
El país por donde pasa es todo selvas, montañas y valles, por donde
corren muchos ríos caudalosos, y por los remansos de lagunas y grandes
pantanos, para cuyo pasaje se gastan muchos días, con gran dificultad se
llega á una encrucijada de muchos caminos, junto á la cual corre un gran
río, sobre que hay un puente de madera, en el cual asiste de día y de
noche un dios llamado _Tatusiso_, cuyo oficio es pasar por aquel puente
las almas y ponerlas los Maponos en el camino del cielo.
El traje y porte de este Dios es puntualmente aquel en que la fantasía
loca de los poetas representa á su Caronte, pálido el semblante, la
frente horrorosa, sin cabellos la cabeza, cubierto de llagas é
inmundicias el cuerpo, y por vestido un trapo con que cubrirse
honestamente.
Este dios jamás baja á la iglesia á oir las súplicas de sus devotos,
porque su oficio nunca le da treguas, pues á todas horas tiene
viandantes que pasar.
Sucede muchas veces que mientras pasa el Mapono con el alma,
especialmente si es de algún muchacho, la pide _Tatusiso_ que se pare
para limpiarle de las inmundicias, y si aquél lo rehusa, lo sufre unas
veces; pero no pocas, encendido en cólera, coge al alma y la arroja para
que se anegue en el río. De aquí dicen que se originan mil desgracias en
el mundo, y para que estos desatinos sean creidos de la gente, se vale
el demonio de algunos sucesos naturales para que se confirmen aquellos
miserables en su creencia.
Poco ha que sucedió en la tierra de los Jurucarés, que deshaciéndose el
cielo en copiosísimas lluvias se perdían los sembrados. Afligida y
desconsolada la gente, suplicó al Mapono preguntase á sus dioses la
causa de este infortunio. A que respondieron que ya lo sabían, y era,
que llevando al cielo el alma de un niño, cuyo padre vivía allí, trató
con poca reverencia á _Tatusiso_, y no se quiso dejar limpiar, por lo
cual, enfurecido aquel dios, la echó en el río. Oyendo esto su padre,
hubo de salir fuera de sí de puro dolor, y se afligía tanto, que causaba
compasión, porque le amaba como á su misma vida, y ya que no había
podido gozarle en este mundo, se consolaba á lo menos juzgándole ya
feliz y bienaventurado en el cielo. Alentóle el Mapono dándole buenas
esperanzas si le aprestaba una barquilla en que ir á sacarle de lo
profundo del río.
Aprestó luego el padre una canoa, y el Mapono, cargándosela en sus
espaldas, voló por los aires y desapareció, poco después se serenó el
cielo, con lo cual volvió el Mapono con alegres nuevas, pero la canoa
jamás pareció.
El Paraíso donde descansan las almas es bien pobre de contentos y
placeres. Fingen que hay en él ciertos árboles muy gruesos que destilan
un género de goma con que se mantienen las almas, y que hay monos que en
el aspecto parecen etiopes; que hay también miel y algún poco de
pescado; da vueltas por todo aquel lugar una grande águila de quien
fingen muchas fábulas ridículas, dignas de compasivo llanto por la
ceguedad de esta gente.