Bañan el país algunos ríos muy abundantes de pesca; el terreno es fertil

y las mieses generalmente son buenas.

La gente es de buena estatura y bien hecha, aunque de color de

aceituna. Hay no pequeña parte del pueblo que tiene como de herencia un

género de lepra, que parece que los cuerpos están cubiertos de escamas

de pescado, pero no les causa molestia ni fastidio.

Son en la guerra tan esforzados y valientes como los Chiquitos, y

antiguamente eran una misma nación, y por las discordias se dividieron,

de donde les vino el corromper el idioma Chiquito; y la idolatría, que

no tienen los Chiquitos, la aprendieron de las naciones confinanters,

como también el ser caribes ó comedores de carne humana.

Sus Rancherías las forman con algún género de arquitectura, con calles y

plazas bien proporcionadas; tienen tres ó cuatro casas grandes con

repartimiento de salas y cámaras en que viven los capitanes y el cacique

principal. Estas mismas sirven para las funciones públicas de convites y

banquetes, y son juntamente templo de los dioses.

Las casas de los particulares están también con proporción y en ellas

reciben á los forasteros que los van á visitar. Y lo que más admira es

que para fabricarlas no usan de otro instrumento que de una hacha de

piedra con que cortan maderos muy gruesos, aunque con mucha dificultad.

Las mujeres ponen mucho cuidado en la fábrica de telas y vasos de

tierra, para los cuales dejan por mucho tiempo podrir el barro y labran

los vasos tan hermosos y delicados que al sonido parecen de metal.

Sus Rancherías están poco distantes unas de otras, y por eso es

frecuente entre ellos la comunicación, los convites y la embriaguez.

Cuando los de una Ranchería quieren hacer algún banquete á los de otra,

el cacique envía á convidarlos con algunos mensajeros y en su casa se

hacen los bailes y danzas generales.

El orden que tienen en todas las funciones públicas es este: El cacique

toma el primer lugar, el segundo es de los sacerdotes, el tercero de los

médicos, el cuarto de los capitanes, y después de ellos se sienta el

resto de la nobleza.

Al cacique, no solamente dan esta preeminencia, sino que le rinden

entera obediencia y vasallaje; fabrícanle sus casas, cultívanle los

campos y le mantienen abundante mesa de todo lo bueno y mejor del país.

El sólo manda y castiga con gran rigor á los reos quebrándoles los

huesos con horrendos bastonazos.

Las mujeres rinden también obediencia á la mujer principal del cacique

(el cual tiene cuantas quiere). Páganle el diezmo de la pesca y de la

caza, á la cual no salen sin haber primero pedido licencia al cacique.

El Gobierno va por sucesión, y el hijo primogénito del cacique gobierna

á los jóvenes y se cría con espíritus generosos y señoriles, y cuando

llega á edad de manejar los negocios públicos, gobierna en lugar de su

padre, que da al hijo la investidura y posesión del Gobierno con muchas

ceremonias y ritos; mas no por eso los vasallos pierden el amor y

respeto al señor pasado; antes, cuando pasa de esta vida, le hacen

solemnísimas exequias con infinitas supersticiones y llantos, y su

sepulcro es una bóveda subterránea bien fortificada con palos y con

piedras para que la humedad no corrompa los huesos y la tierra no le sea

pesada.

En cuanto al número son muchísimos, repartidos en Rancherías numerosas,

porque el país de los Manacicas forma una como pirámide que se extiende

desde el Mediodía al Septentrión, en cuya extremidad viven ellos, y en

el medio habitan otros pueblos tan discordes en el idioma cuanto

conformes en su vida bárbara.

Bases de esta pirámide son: la de Levante es de las Quimomecas y de los

Tapacurás la del Poniente. Después, por la banda del Norte, dejando

fuera á los Puizocas y Paunacas, la ciñen dos grandes ríos llamados

Potaquísimo y Zununaca, á los cuales rinden tributo con sus aguas otros

muchos arroyos ó riachuelos que atraviesan y fecundan el país. Las

primeras Rancherías de hacia Levante son las de los Eirinucas,

Mopoficas, Zibacas, Jurucarecas, Quiviquicas, Cozocas, Subarecas,

Ibocicas, Ozonimaaca, Tunumaaca, Zouca, Quitesuca, Osaaca, Matezupinica,

Totaica, Quimomeca. Por el Poniente están las de Zounaaca, Quitemuca,

Ovizibica, Beruca, Obariquica, Obobococa, Monocaraca, Quizemaaca,

Simomuca, Piquica, Otuquimaaca, Oiutuuca, Bararoca, Quimamaca, Cuzica,

Pichazica.

Estas Rancherías y quizás muchas más de que aún no se tiene noticia,

están situadas al pie de esta pirámide; y tirando de aquí hacia la punta

al Norte, se encuentran Quimiticas, Zouca, Boviruzaica, Sepeseca,

Otaroso, Tobaicica, Munaisica, Zaruraca, Obisisioca, Baquica,

Obobizooca, Sosiaca, Otenenema, Otigoca, Barayzipunoca, Zizooca,

Tobazica. A éstos están confinantes los Zibacas, que hasta ahora no han

sido jamás acometidos ni robados de los Mamalucos, que han destruído y

asolado lo restante del país que se extiende hacia el río Paraguay.

Entre Levante y Septentrión, detrás de los Zabicas, habitan, bien que

distantes muchas leguas, los Parabacas, Quiziacas, Naquicas y los

Mapasinas, gente valerosa, pero destruída en buena parte de cierto

género de pájaros llamados peresiucas que viven debajo de tierra, y

aunque del tamaño ordinario de un pájaro, son de tan extraña fuerza y

fiereza que en viendo algún indio dan sobre él y le matan.

Enfrente de éstos están los Mnochozuus, los Picozas que andan

brutalmente desnudos, aun las mujeres, que sólo traen pendiente del

cuello una faja para acomodar los niños.

La nación de los Tapacurás se extiende entre Poniente y Septentrión y

viven también á lo animal, totalmente desnudos, y á más de eso comen

carne humana. Están muy cercados á estos los Boures, Oyures, Sepes,

Carababas, Payzinones, Toros, Onunaisis, Penoquís, Jovatubes, Zutimus,

Oyurica, Sibu, Otezoo, Baraisi, Canamasi, Comano, Mochosi, Tesu,

Pochaquiunape, Mayeo, Omenasisopa, Omemoquisoo, Botaquichoca,

Ochizirisa, Jobarusica, Zazuquichoco, Tepopechosisos, Sofoaca,

Zumonocococa y otras muchísimas, de que aun no se ha tenido distinta

relación.

En cuanto á la religión, ceremonias y ritos de que usan, se puede decir

que es una de las más supersticiosas que hay entre tantas naciones de

estas Indias Occidentales. Pero antes de referir lo que toca á su falsa

religión, diré brevemente lo que tienen de la verdadera, bien que

mezclados con muchos errores y fabulosas invenciones.

Tienen algunos vislumbres de la predicación del apóstol Santo Thomé, que

publicó en estas provincias el Evangelio y también tienen alguna confusa

noticia de la venida del Redentor al mundo.

Creen, por tradición de sus mayores, que en los siglos pasados, una

bellísima señora, concibió un hermoso niño sin obra de varón. Crecido en

edad este niño, obró cosas maravillosas, que le ganaron el estupor y

asombro del mundo, como eran sanar enfermos, resucitar muertos, dar

vista á ciegos, piés á tullidos y vencer otros imposibles á las fuerzas

naturales. Finalmente un día dijo, á una numerosísima turba que le

seguía: Veis que mi naturaleza es diferente de la vuestra; y

levantándose en el aire á vista de todos, se transformó en este sol que

ahora vemos.

Los sacerdotes (que como abajo diremos vuelan cuando quieren por el

aire), dicen al pueblo que es el sol un hombre luminoso, aunque nosotros

desde la tierra no discernimos sus facciones ni el semblante.

Esto es lo que saben del misterio de la Encarnación, mas no por eso dan

veneración alguna á aquel personaje, que obró cosas tan extrañas, y sólo

adoran á los demonios no en figura de piedra, leño ó metal, sino

monstruosísimos como se dejan ver de estos indios; y de esto están tan

contentos y jactanciosos, que dan en rostro á los nuevos cristianos con

su simpleza en honrar en las pinturas y estátuas dioses mudos y ciegos,

que no ven, ni hablan, ni oyen.

Ni se contenta el demonio con sólo hacerse adorar de esta gente

usurpando la adoración y culto que se debe al verdadero Dios, sino por

escarnio é injuria de la Iglesia de Cristo, ha querido en este rincón

último del mundo remedarla, transformándola en un ser monstruoso,

convirtiendo los misterios en fábulas, los sacramentos en

supersticiones, las ceremonias en sacrilegios. Y primeramente les enseñó

una tal Trinidad de dioses principales (á distinción de otros de menos

autoridad y crédito) Padre, Hijo y Espíritu, no Santo, colateral de

aquellos dos: llámase el Padre _Omequeturique_ ó _Uragozoriso_; el Hijo

_Urasana_ y el Espíritu _Urapo_.

Tienen también otro diablo, remedo de la Santísima Virgen, que fingen es

madre del Dios _Urasana_ y mujer de su padre Omequeturique. Déjase ver

esta diosa con rostro resplandeciente; transfigurándose en ángel de luz;

los dioses aparecen horribles y sucios; la cabeza y el rostro de color

de sangre, orejas de jumento, la nariz chata, ojos en extremo grandes,

de que despiden ardientes llamas, los cuerpos de color resplandeciente;

el vientre le ciñen vívoras y dragones.

El primero que habla es _Omequeturiqui_, y esto con voz alta; el segundo

es su hijo y habla con las narices, el último habla _Urapo_ y tiene una

voz semejante á un trueno; el Padre es el dios de la justicia y castiga

á los malos, ya con un palo, ya con otro instrumento semejante; el Hijo

y el Espíritu son los abogados, pero mucho más la diosa.

El templo para estas deidades es, como ya dije, el palacio del cacique,

á donde ellos vienen cuando hay junta general del pueblo ó se hacen

solemnes exequias.

En estas fiestas ordena el cacique á los suyos que tejan gran número de

esteras, y hecho de ellas unas grandes cortinas, cubren y cierran una

parte de la sala y este es el _Santa Sanctorum_ en que entran los

dioses, á quien con nombre común llaman Tinimaacas que saliendo del

infierno fingen que bajan del cielo y turbando con ruido descompasado

todo el aire, tiembla la casa y toda aquella tapicería ó cortinaje de

esteras.

El pueblo, que está bebiendo ó bailando, le saluda y da la bienvenida

con gritos descompasados y mucha algazara, diciendo: _¿Tata equice?_

Padre, ¿ya has venido? á que responde él con el título de _Panitoques_,

esto es: «¿Hijos qué hacéis? ¿Estáis bebiendo ó comiendo? Bebed y comed,

que me dáis grande gusto, y tengo de vosotros gran cuidado y

providencia; yo he criado la caza y la pesca y cuanto bueno hay para

vosotros.»

Con estos tres dioses vienen, para cortejarlos, una tropa de demonios, y

en señal de respeto y reverencia están en pie. Los indios creen que

estas son las ánimas de sus enemigos, con quien tienen guerras y también

otras gentes extrañas. A este tiempo que hablan los dioses, el pueblo se

está quieto y en silencio, así para oir sus oráculos, como también

porque al principio afectan seriedad, hasta que la _chicha_ (que es su

bebida) les calienta la cabeza; después de lo cual se siguen los bailes,

las riñas, las heridas y muertes, de que hacen gran fiesta aquella

maldita canalla de dioses, y cuando ven que se paran procuran atizarlos,

diciendo: «¿Qué es lo que hacéis fieles míos? Mucho silencio es este,

¿por qué no bebéis y bailáis?» Y al punto el sacerdote ó Mapono se

reviste de gravedad, y en nombre de los dioses les manda que beban y

bailen y llenen de ruído la iglesia para que ninguno se muera de

tristeza.

También muestran tener sed estos dioses y para refrigerarla piden á los

indios de beber. Para esta honra se levantan en pie el indio é india más

ancianos y venerables de todo el pueblo con una taza llena de flores y

esmaltes hecha sólo para que beba aquella deidad fingida, le dan con la

mano derecha tres veces á beber, y con la siniestra levantan la estera.

Saca el demonio una mano muy sucia y con uñas muy largas con que toman

la taza y beben todos tres por su orden, bien que su modo de beber es

más propio de brutos que de hombres, y mucho menos de lo que se fingen.

Después Urasana toca dentro del Tabernáculo una sinfonía que se oye bien

lejos á la cual corresponden con bailes sus devotos. A ninguno es lícito

mirar al _Santa Sanctorum_, sino sólo al Mapono ó sacerdote que es un

grande hechicero ú hombre diabólico, y si alguno de los otros hechiceros

de menos ciencia y menores proezas en el oficio quiere echar la vista

dentro para verlos, le detiene el Mapono amenazándole que pagará al

momento su delito con la vida. Sólo el Mapono es el valido y el

confidente, y es quien obra cosas extrañísimas. En cada Ranchería hay

uno ó dos, y á veces más. Entra éste á recibir audiencia de los dioses

y se sienta á la par con ellos. Propóneles sus dudas, oye los oráculos y

las profecías y tal vez las oye también el pueblo, porque suelen hablar

en voz muy alta.

Cuando el pueblo está en el mayor fervor de sus bailes y grescas, sale

de la audiencia el Mapono y declara las respuestas, que las más de las

veces son de buenas fortunas, de lluvias, de buenas cosechas, de caza,

de pesca y de todo lo que á ellos más les agrada, aunque las más de

estas fortunas y dichas les salen vanas y mentirosas, de suerte, que

algunos más arrestados, al oir tales promesas, responden con risas: los

dioses han bebido bien; mas si estas palabras llegan á oídos del Mapono,

sale con furia diabólica del tabernáculo, amenazándoles muertes,

tempestades y rayos, con que les hace callar.

Muchas veces usa también el demonio provocarlos contra los confinantes,

ordenándoles que asalten sus Rancherías, hagan estragos en la gente y

roben y saqueen sus haciendas; con lo cual están siempre en continuas

revueltas.

Algunos pocos, aun con ser rudos y bárbaros, advierten los fraudes y

engaños diabólicos; pero los más creen nacer esto de la gran providencia

y amor que sus dioses les tienen, no obstante que toquen con la

experiencia que al mejor tiempo son de ellos abandonados y vencidos y

despojados de sus enemigos.

Acabados los oráculos, se hacen las ofrendas de la pesca y de la caza y

aquellas diabólicas majestades, en señal de agradecimiento, llevan

alguna cosa á la boca.

Después vuelan con el Mapono por el aire, temblando á este tiempo tanto

la iglesia, que parece se viene al suelo. Desaparece por mucho tiempo el

Mapono, fingiendo que se va con sus dioses al cielo. Vuelve después

conducido en brazos de la diosa _Quipoci_, en cuyo seno descansa y

duerme, mientras ella canta; y aunque la oyen no se deja ver de ellos,

porque se está retirada dentro del tabernáculo.

Hacen todos mucha fiesta en señal de grande alegría por su venida y la

tratan como Madre de Dios, de la manera que nosotros á la Virgen

Santísima.

Dánle la bienvenida con mil títulos de afecto y reverencia á que ella

corresponde llamándolos hijos y diciéndoles que es su verdadera madre,

que los defiende de la indignación de los dioses, que son crueles y

sangrientos, molestándoles con enfermedades y desventuras.

Por esto la invocan frecuentemente en sus aflicciones, aprietos y

calamidades, y ella viene y les consuela y confabula con los otros

dioses cuando viene en su compañía.

Parece este diablo más humano que los otros, mas al fin es de la misma

raza y tan cruel como ellos. Cuando está en el tabernáculo canta con

mucha melodía mientras bailan las mujeres, siguiendo y repitiendo éstas

el canto de la diosa, cuyo contenido es sus guerras y victorias.

Síguese después la ceremonia del brindis y de las ofrendas, y luego

vuela por los aires con grande aplauso y fiesta del pueblo. Pero esta

diosa no se lleva consigo al Mapono como lo hacen los otros dioses;

antes bien, no siempre que el Mapono baja del cielo, viene en brazos de

la diosa. Son muchos sus viajes y sus funciones. Baja tal vez en medio

de la iglesia en la mayor bulla del pueblo, que se asombra y desordena

por el ruido y estrépito que hace, cortejándole y trayéndole en sus

manos una gran tropa de demonios, los cuales no pocas veces se suelen

burlar de él á costa suya, porque de lo más alto del templo le dejan

caer á plomo en tierra muy maltratado y á pique de morir, como no ha

mucho tiempo que sucedió en la tierra de los Mopoosicas.

La postura del cuerpo para volar, es en forma de alas y en pie derecho

cuando vuela hacia arriba; y cabeza abajo cuando baja á la tierra.

Fuera de estos dioses, adoran otra casta de deidades, á quien llaman

_Isituús_, que quiere decir señores del agua. Su ejercicio es andar por

los ríos y lagunas, llenándolos de pescados para el mantenimiento de sus

devotos.

A estos Isituús invoca la gente en las pescas, incensándolos con humo de

tabaco, de que usan para aturdir los peces, y si logran buena pesca,

agradecidos al beneficio van al templo y les ofrecen alguna porción de

pescado con los mismos ritos que á los otros dioses.

Tales deidades y tal religión tienen sacerdotes semejantes. Al principal

llaman Mapono, y es el maestro, con quien el pueblo consulta las cosas

de su conciencia y á quien manifiestan sus necesidades, de las cuales

hace relación en el Consejo de los dioses y les solicita el remedio.

No habla solamente en la iglesia con los demonios, sino que ellos se

dignan también de visitarle en su casa y tratarlo con toda afabilidad y

cortesía.

En estas visitas lo pagan las mujeres del Mapono, que se ven obligadas á

huir por el espanto y terror de aquellas horribles y monstruosas

visiones.

Por esto, no sólo es respetado, sino también temido de todos, pudiendo á

su antojo causar daño y matar á quien quiere, y para hacer mayor

ostentación de su poder, tiene la casa llena de víboras y serpientes, y

cuando vuelve á casa de sus funciones eclesiásticas, viene acariciando

en sus brazos semejantes animales.

La forma de consagrarle y las ceremonias de que usan para esta función

son extrañas y conformes al que ha de servir á tales deidades.

Es el Mapono la persona más venerada del pueblo, y de la misma manera

que al cacique, se le dan á él los diezmos de la caza y de las cosechas.

Vive en una casa bien labrada, cuanto cabe en la industria de aquellos

bárbaros, y á veces, por gozar con más frecuencia de las visitas del

cielo, se retira solitario al yermo.

Los que quieren entrar en este oficio, antes de tener barba, empiezan á

aprender las ceremonias y á acostumbrarse á tratar con los dioses. Para

esto suele el Mapono más venerable coger en brazos al aprendiz, ponerle

á mirar á la luna cuando está llena, estirarle los dedos mandándole que

se deje crecer las uñas, llevarle por los aires y ponerle en el seno de

la diosa _Quipoci_; vuelve el miserable de aquellos éxtasis afligido y

desmayado, de suerte que apenas, después de muchos días, recobra sus

fuerzas.

Fuera de esto, observan rigurosísimos ayunos y abstinencia perpetua de

ciertos animales y frutas, singularmente de la granadilla, que

vulgarmente llamamos _Flor de la Pasión_, por estar retratados en ella

los instrumentos de nuestra Redención. Ni se contentan los demonios de

ser reverenciados de sus sacerdotes con ayunos y penitencias; antes

bien, mandan hacer rigurosos ayunos á todo el pueblo. Uno, entre los

otros, es semejante á los nuestros y es el que se guarda en la

dedicación del templo, en que por espacio de cinco días no se puede

comer carne; y vestida de luto la Ranchería se prohiben las músicas,

banquetes y bailes. Guárdase estrecho silencio y no se gasta el tiempo

en otra cosa que en tejer esteras para el adorno del Tabernáculo. El

último día se pone en la iglesia mesa franca, abastecida de lo mejor del

país.

Para dar principio á la fiesta, la vieja más devota y al parecer más

santa, saludando al cacique con reverente inclinación, baja la cabeza,

que hiere el cacique ligeramente tres veces con una piedra curiosamente

labrada; después da vueltas de rodillas á todo el templo con grandes

suspiros y devoción; luego el Mapono bendice todas las partes del templo

para santificarle, y con otras ceremonias, que sería largo contar,

consagra aquel lugar; y por último, se fenece la fiesta con una gran

comida y celebrando un solemne festín de músicas y bailes.

Acerca del último fin y eterna bienaventuranza, tienen estos ciegos

idólatras muchos errores. Creen la inmortalidad de las almas, á quien

llaman _Oquipau_, y que han de vivir y gozarse eternamente en el cielo,

á donde las llevan sus sacerdotes.

Cuando alguno muere le celebran sus exequias, más ó menos, según su

esfera. Después la madre y mujer del difunto van al templo con su

ofrenda, poniéndose cerca del Tabernáculo. Vienen luego los diablos, y

fingiéndose ser el uno el alma del difunto, consuela á la mujer con

palabras tiernas y afectuosas, dándole esperanzas de que en breve se

volverán á ver en el Paraíso; luego el Mapono rocía el alma con agua

para limpiarla de las manchas de los pecados, como usamos nosotros con

el agua bendita; y con eso se despide el alma de su madre y mujer. Al

punto el Mapono se la echa á cuestas y vuela en alto, quedando la mujer

llorando su desventura hasta que tiene noticia de su marido. Vuelve el

Mapono, después de largo rato, con alegres nuevas, diciéndola que

enjugue las lágrimas, deje de llorar y deponga el luto, porque su marido

queda gozando de la vida beatífica de los dioses y la espera para que la

haga compañía eternamente en el cielo.

Es cosa digna de saberse la jornada que hace el Mapono con el alma y lo

que ésta padece hasta llegar al Paraíso.

El país por donde pasa es todo selvas, montañas y valles, por donde

corren muchos ríos caudalosos, y por los remansos de lagunas y grandes

pantanos, para cuyo pasaje se gastan muchos días, con gran dificultad se

llega á una encrucijada de muchos caminos, junto á la cual corre un gran

río, sobre que hay un puente de madera, en el cual asiste de día y de

noche un dios llamado _Tatusiso_, cuyo oficio es pasar por aquel puente

las almas y ponerlas los Maponos en el camino del cielo.

El traje y porte de este Dios es puntualmente aquel en que la fantasía

loca de los poetas representa á su Caronte, pálido el semblante, la

frente horrorosa, sin cabellos la cabeza, cubierto de llagas é

inmundicias el cuerpo, y por vestido un trapo con que cubrirse

honestamente.

Este dios jamás baja á la iglesia á oir las súplicas de sus devotos,

porque su oficio nunca le da treguas, pues á todas horas tiene

viandantes que pasar.

Sucede muchas veces que mientras pasa el Mapono con el alma,

especialmente si es de algún muchacho, la pide _Tatusiso_ que se pare

para limpiarle de las inmundicias, y si aquél lo rehusa, lo sufre unas

veces; pero no pocas, encendido en cólera, coge al alma y la arroja para

que se anegue en el río. De aquí dicen que se originan mil desgracias en

el mundo, y para que estos desatinos sean creidos de la gente, se vale

el demonio de algunos sucesos naturales para que se confirmen aquellos

miserables en su creencia.

Poco ha que sucedió en la tierra de los Jurucarés, que deshaciéndose el

cielo en copiosísimas lluvias se perdían los sembrados. Afligida y

desconsolada la gente, suplicó al Mapono preguntase á sus dioses la

causa de este infortunio. A que respondieron que ya lo sabían, y era,

que llevando al cielo el alma de un niño, cuyo padre vivía allí, trató

con poca reverencia á _Tatusiso_, y no se quiso dejar limpiar, por lo

cual, enfurecido aquel dios, la echó en el río. Oyendo esto su padre,

hubo de salir fuera de sí de puro dolor, y se afligía tanto, que causaba

compasión, porque le amaba como á su misma vida, y ya que no había

podido gozarle en este mundo, se consolaba á lo menos juzgándole ya

feliz y bienaventurado en el cielo. Alentóle el Mapono dándole buenas

esperanzas si le aprestaba una barquilla en que ir á sacarle de lo

profundo del río.

Aprestó luego el padre una canoa, y el Mapono, cargándosela en sus

espaldas, voló por los aires y desapareció, poco después se serenó el

cielo, con lo cual volvió el Mapono con alegres nuevas, pero la canoa

jamás pareció.

El Paraíso donde descansan las almas es bien pobre de contentos y

placeres. Fingen que hay en él ciertos árboles muy gruesos que destilan

un género de goma con que se mantienen las almas, y que hay monos que en

el aspecto parecen etiopes; que hay también miel y algún poco de

pescado; da vueltas por todo aquel lugar una grande águila de quien

fingen muchas fábulas ridículas, dignas de compasivo llanto por la

ceguedad de esta gente.

Relacion historial de las misiones de indios chiquitos que en el Paraguay tienen los padres de la Compañía de Jesús · 第 13 / 27 段