que ellos en años pasados habían hecho esclavos, para que instruídos en
los misterios de nuestra santa fe, sirviesen después de intérpretes á
los Misioneros, ofreciéndoles en contracambio ciertos platos de estaño,
cuchillos, anzuelos, avalorios y otras cosas de este jaez.
De buena gana nos entregaron seis niños; dos de los cuales eran
Penoquís, uno Sinemaca, otro Erebé, otro Curubina y el último Guarayo,
los cuales á la vuelta, encomendamos al P. Jerónimo Herrán, para que en
su Reducción los impusiese en los preceptos de la ley divina.
Entablada con esto la amistad de entrambas partes, se despidieron de
nosotros los caciques, contentos y alegres con la esperanza de tener
dentro de poco tiempo Misioneros, y ordenaron á algunos de sus vasallos
que nos sirviesen con sus canoas, proveyéndonos de pescado por espacio
de ciento y ciencuenta leguas de camino, que no fué pequeño socorro por
la carestía de vituallas, de que ya padecía mucho nuestra gente y los
PP. apenas tenían con qué sustentarse, por haberse corrompido ya el
vizcocho y echado á perder el maíz; y el cuotidiano mantenimiento del P.
Superior, por espacio de cuatro meses, fué sólo una simple escudilla de
habas.
Finalmente, como mejor se pudo, tiramos adelante hasta tocar en las
riberas donde vivían los Payaguás, matadores del buen Aniceto y sus
compañeros; deseamos ganarlos y reducirlos al gremio de la Santa
Iglesia; y para eso por medio de los Payaguás amigos, les enviamos una
embajada asegurándoles de nuestro buen ánimo para con ellos y que les
perdonábamos la traición pasada, que más por temor de alguna trama de
sus enemigos, que por malicia, habían maquinado; que tomasen el partido
de compañeros nuestros y fabricasen una Reducción, porque de otra
manera, habiendo nosotros de frecuentar aquel camino, nuestros indios
sujetarían su orgullo; y que para satisfacción de lo pasado, nos
restituyesen los esclavos españoles que tenían.
Supieron los mensajeros tratar con tanta destreza el negocio, que poco
después nos salieron ellos al encuentro, trayendo en una gran canoa á un
español llamado Juan García, y se excusaron buenamente de la traición
pasada; mas aún ahora se mostraron pérfidos y mentirosos, porque
preguntados si tenían más esclavos respondieron que no, y supimos
después en la Asunción que tenían otros tres.
Después de haber renovado la amistad se nos mostró la mayor parte sobre
veinte canoas puestas á la fila, y uno á uno entraron en la barca para
recibir algún regalo.
El día siguiente vinieron los caciques llamados ambos Jacayrá,
presentándonos gran cantidad de fruta de la tierra. Después nos
significaron el deseo que tenían ellos también de hacerse cristianos y
fundar una Reducción en que los nuestros los instruyesen en los
misterios de la santa ley de Dios.
Tenían canoas de bella hechura, y viendo la gana que teníamos, nos
ofrecieron una bellísima, que nos trajeron al día siguiente.
En este estado dejamos el negocio de su conversión; pero hay poco que
esperar de ella, porque aunque hayan hecho tan largas ofertas no hay
mucho que fiarse de ellos porque son pérfidos, revoltosos, inconstantes,
y que en tanto mantienen su palabra en cuanto les está á cuento.
Al presente están divididos en dos facciones, la una discurre hacia el
lago de los Xarayes, por espacio de doscientas leguas; la otra hacia la
ciudad de la Asunción, cautivando gente y robando las haciendas y cuanto
les viene á las manos, y muchas veces se coligan con los Guaycurús en
daño de los españoles.
Pero lo que causa admiración es que tengan tanto orgullo, siendo así que
apenas cuentan trescientos ó cuatrocientos hombres de tomar armas,
porque cada año procuran diezmarlos los Mamalucos, y muchas veces rompen
también con los Guaycurús y se destruyen.
Otro no pequeño motivo les retrae de ser cristianos, y es que esta
nación es vagabunda, no estando jamás firme muchos días en un lugar, hoy
están en tierra firme y mañana en alguna isla, ni pueden de otra suerte
vivir, porque sustentándose con caza y pesca, no se puede hallar siempre
ésta en un mismo lugar, y como los Guaycurús, Charruas, Jarós y Pampas
no tienen firmeza en tierra, así los Payaguás en este río, y les
sucedería á ellos lo que á los Jarós, que dos veces pidieron Misioneros
y fundaron Reducción, y ambas á dos, enfadados de vivir debajo de un
mismo cielo, volviéndose á su antigua costumbre de vagabundos se
huyeron, por lo cual es necesario que estos Payaguás se junten con los
Guatos y Guaciarapos, pueblos estables y permanentes: pero el hacer esta
unión costaría más sangre y más sudores de lo que montase el buen éxito
del negocio.
Con todo eso, los dos fervorosos Misioneros Joseph de Arce y Juan
Bautista de Zea, deseaban se pusiese por obra este intento, allanando
con su celo las dificultades tan grandes que se ofrecían. Pero el P.
Superior fué de contrario parecer, no queriendo arriesgar las vidas de
estos dos apostólicos operarios, con que sin otro efecto proseguimos
nuestro viaje, cuando á 2 de Diciembre corrió dos veces peligro de
hacerse pedazos la barca en que íbamos. El primero fué por la mañana,
quedando encallado en unos arenales, y entró tan profundamente la
quilla, que muy trabajosamente, con el ayuda de las otras embarcaciones,
se pudo desencallar y sacar fuera de la arena. En este lance suplicamos
con grande afecto á la Santísima Virgen, y con su favor, cuando creíamos
entrase el agua por muchas partes, se halló que no había padecido nada.
Pero mayor fué el peligro y el susto al entrar la noche, porque soplando
muy recio el viento y alterado el río, y caminando el barco á todo
riesgo, dió de golpe en un escollo ciego y la furia del agua y del
viento la estrelló de escollo en escollo hasta arrojarla sobre la
ribera.
Aquí nos sorprendió á todos el susto y ya esperábamos que se había de
hacer pedazos y correr peligro nuestra vida; pero la piadosísima Señora
quiso hacernos cumplida la gracia, saliendo, así nosotros como la barca,
sanos y salvos de aquel riesgo.
A 4 de Enero ordenó el P. Superior que adelantándose tres barcos á vela
y remo procurasen cuanto antes entrar en el puerto de la Asunción para
llevar al P. Juan Bautista Neuman, que afligido sobremanera de la
disentería estaba poco menos que reducido á los últimos períodos de la
vida.
Por fin, el día 7, dimos todos fondo en aquel puerto, donde al
desembarcar nos salió á recibir el Gobernador, la nobleza y el pueblo en
gran multitud, que quisieron en todo caso, por más que nosotros lo
rehusamos, conducirnos hasta el colegio, donde tuvimos la triste nueva
del fallecimiento de aquel buen Padre. Venía tan maltratado y tan
acabado de fuerzas por los trabajos del viaje, fuera de que en muchas
semanas no se le pudo dar á comer otra cosa que un triste puñado de maíz
corrompido, que una hora después de haber entrado en nuestro colegio
pasó á recibir en la Jerusalén celestial el galardón de tantos trabajos.
A sus exequias asistieron el Cabildo eclesiástico y secular y todas las
religiones que quisieron honrar, como ellos decían, el cadáver de un
santo mártir, pues que las fatigas y trabajos sufridos por la gloria de
Dios y bien de las almas le habían acabado.
A 9 del mismo mes salimos de la Asunción para volver á los Guaranís,
donde últimamente, á 4 de Febrero, dimos fin á tan larga navegación.
Nueve meses hemos gastado en este viaje; hannos faltado dieciséis indios
por la escasez de los víveres y por la disentería que á casi todos nos
afligió, y á habernos tardado un poco más hubieran muerto otros
Misioneros con grave perjuicio de tantas almas, á cuya conversión
estaban destinados.» Hasta aquí la relación de este viaje.
Notable fué el sentimiento del P. Provincial viendo desvanecidos medios
tan eficaces para el intento; mas no por eso desistió abandonando la
empresa, y así, pasado el año siguiente á la visita del colegio de
Tarija, ordenó al Padre Juan Patricio Fernández que fabricase algunas
canoas en las riberas que se creía eran del río Paraguay, enviase por
allí al P. Miguel de Yegros, con el hermano Enrique Adamo, á la
Asunción, acompañándoles los Xarayes prácticos del río y valientes
vogadores.
Partió al punto el P. Juan Patricio con los dos compañeros y cien indios
del pueblo de San Rafael por el mes de Octubre de aquel año, para ver si
aquel río, junto al cual el P. Francisco Hervás había levantado la cruz,
era el Paraguay; pero á tres jornadas de camino halló que se perdía en
aquel que parecía río en unos palmares, sin saber dónde era su término;
con todo eso pasó ochenta leguas más adelante para reconocer dónde
estaba la cruz; pero llegando allí vió que no era este el río Paraguay
ni ramo suyo, sino un gran lago que en el tiempo de las lluvias se
extendía por aquellos valles.
Descubríanse desde aquí montañas muy altas entre Oriente y Mediodía, y
creyendo que á la falta de ellas correría el deseadísimo río, determinó
ir allá, como lo hizo; el viaje era incómodo y trabajoso, porque todo él
había de ser por la cumbre de la montaña; pasó por cierta Ranchería de
Guarayos destruídos por los Mamalucos, encontró muchas lagunas, registró
la más grande y profunda para ver si desaguaba en el río Paraguay, pero
todo sin provecho.
Ya era la mitad de Diciembre y amenazaba el cielo inundar las campañas
con las lluvias, que cerraban el camino para la vuelta; pero con todo
eso, porque tantos trabajos no quedasen frustrados, quiso gastar otros
ocho días en aquella empresa que tantos, y no más, parecían necesarios
para llegar á las costas del Paraguay, como lo afirmaban algunos indios
viejos, quienes por unas montañas fragosas que tenían delante, se
acordaban del país, por donde cuando mozos anduvieron con sus paisanos
para mover guerra á los Guarayos que viven á la ribera del río Paraguay.
Llegaron allá después de ocho días, habiendo gastado los tres en abrir
camino por un espeso bosque, sin hallar con qué apagar la sed sino
exprimiendo ciertas raíces que llaman Bocurús.
Poco más adelante descubrieron una laguna muy grande cercada de una
corona de montes que hacia el Oriente abrían boca, por donde la laguna
descargaba sus aguas, y por el Poniente la ceñía un bosque espesísimo.
Preguntóles el P. Juan Patricio Fernández si esta laguna iba á
desembocar en el río Paraguay, á que respondieron que no sabían, mas un
Penoquí de aquellos que se escaparon de las manos de los Mamalucos,
añadió que por aquella laguna habían entrado los enemigos á discurrir y
registrar el país, y por la banda del Oriente se descubría un arenal,
donde desembarcando dichos Mamalucos habían dejado las canoas y tomando
camino por tierra, habían ido á caza á los indios Taus.
Oído esto, mandó al momento fabricasen una canoa, pero no hallando
madero á propósito, y estando ya en el corazón del invierno, le fué
forzoso volver atrás y dejar la empresa para mejor tiempo.
Repartiendo, pues, á la gente las vituallas que había reservado para su
viaje á la Asunción, la envió á reconocer aquel arenal y camino de los
Mamalucos.
A dos jornadas de camino dió dicha gente en una pequeña Ranchería de
Guarayos de sesenta almas, que condujeron consigo al pueblo de San Juan
Bautista, á donde llegaron sanos y salvos el Sábado Santo del mismo año.
El P. Juan Patricio y sus compañeros gastaron veinticinco días para
entrar en San Rafael, por estar, á causa de las lluvias innundada toda
la campaña, por cuya causa se veían obligados á caminar descalzos, todos
calados de agua, y era gran fortuna topar á la noche con algún
montecillo, aunque pantanoso, donde hacer alto, aunque no para tomar
algún reposo y aliento en el sueño, por no permitirlo la infinita
multitud de mosquitos y tábanos que produce la humedad.
Tantas fatigas, maltratamientos y trabajos causaron en estos Misioneros
graves enfermedades y por gran fortuna pudieron ellos convalecer; mas no
así el hermano Enrique Adamo, que consumido y deshecho de los excesivos
trabajos y no teniendo fuerzas para recobrarse, pasó el día 27 de Julio
de 1705 á la bienaventuranza, para recibir el galardón de sus fatigas.
Era este hermano enfermero en la Casa Profesa de Roma, cuando llegando á
aquella corte el P. Ignacio de Frías, procurador general de esta
provincia, obtuvo licencia de nuestro Padre general Tirso González para
venir por su compañero y pasar á las Misiones de los Guaranís, de donde
fué á ejercitar el mismo oficio de enfermero á este colegio de Córdoba,
y de aquí fué á las Misiones de los Chiquitos, á que siempre tuvo grande
afecto y con su celo é industria procuró los progresos de ellas, hasta
perder la vida en la demanda.
De los Guarayos que se avecindaron en San Juan Bautista había algunos
que entendían la lengua castellana, con lo cual pudo el P. Juan Patricio
Fernández informarse del Paraguay y del puerto donde los Mamalucos daban
fondo para tomar noticias de la tierra de los Chiquitos y aun ellos se
ofrecieron á ir con él allá.
Por tanto, despachó algunos indios á abrir camino en los bosques de los
Taus, los cuales llegando á la última Ranchería de estos, situada á la
falda de las sierras de Santa Cruz la Vieja, descubrieron á los Paisanos
el intento de su ida, los cuales se lo disuadieron diciéndoles que no
podrían tenerse en pie las caballerías por aquellas cuestas tan fragosas
y les señalaron un camino no tan difícil, aunque todo de bosque pero
todo lleno de arroyos y en algunos lugares se dilataba en fértiles
campañas.
Al principio de Agosto partió en su seguimiento el P. Fernández con el
P. Juan Bautista Xandra y dos Guarayos, paróse en las tierras de los
Guarayos, donde halló á ciertos cristianos que habían venido de la
Reducción de San Joseph para exhortar á aquella gente á alistarse debajo
de las banderas de Cristo, y consiguieron su pretensión porque
abandonando todos su nativo suelo, se redujeron á vivir en nuestras
Reducciones.
Detuviéronse aquí los Padres tres días esperando á los neófitos que
habían despachado á reconocer el nuevo camino; de aquí prosiguieron su
viaje, aunque bañados de sudor, siendo necesario abrir camino con hachas
y picos por una espesísima selva, hasta que entraron en una campaña de
bellísima vista, enfrente de la cual estaba la laguna Mamoré, á donde se
encaminaban.
Llegaron, finalmente, á la playa donde solían desembarcar los Mamalucos,
en donde halló el P. Superior cinco largas cadenas que habían enterrado
allí aquellos crueles hombres.
Esta playa es un brazo de tierra, algunas millas dentro de la laguna, y
corre hacia Oriente y divide aquella laguna en dos ensenadas, una de las
cuales se extiende al Septentrión y la otra al Mediodía; y así por lo
que veía como por lo que sabía por relaciones ajenas, se certificó que
dicha laguna desembocaba en el río Paraguay.
Quiso el Padre adelantarse y pasar adelante, para lo cual mandó á los
indios que buscando un grueso leño fabricasen de él una canoa; y ellos,
no muy lejos de allí, hallaron un árbol bien á propósito para el caso,
el cual, dispuesto en forma de canoa y echado al agua, apenas los
Chiquitos que entraron dentro habían aprestado los remos para vogar,
cuando se volcó y aquellos pobres cayeron al agua, de donde con gran
trabajo salieron diciendo: «Esto no es para nosotros.»
Estando, pues, por aquel lado muy alterada la laguna por el viento que
soplaba, les ordenó el P. Fernández pasasen la canoa á la otra ensenada;
mas sondando los indios el fondo del agua no se quisieron arriesgar á
ponerse otra vez en peligro; pidióles el Padre que á lo menos le pasasen
á la otra banda, lo cual también rehusaron por ser manifiesto el peligro
de que la impetuosa corriente del agua volcase la canoa y él se hundiese
sin poder ser socorrido: parecía azar y siniestro accidente que no
sufriesen el efecto pretendido tantas diligencias y trabajos sufridos
por descubrir el puerto tan deseado del Paraguay; pero no fué sino
providencia singularísima del Altísimo, que no menos cuidaba de su
gloria que de la vida de sus siervos, porque si nuestros Misioneros de
las Reducciones de los Chiquitos bajaban á la de los Guaranís, caían en
manos de los Payaguás, que habían jurado vengar la muerte de sus
paisanos con la muerte y estrago de cualquier español que encontrasen,
como poco después lo escribió el P. Provincial, ordenando que ninguno de
los nuestros bajase por allí á los Guaranís, y que si alguno estuviese
ya en camino, diese la vuelta luego á los Chiquitos.
La causa del rompimiento fué que cuando aquellos cinco Misioneros de
quien poco antes hablé, llevaron consigo á la ciudad de la Asunción los
más nobles de aquella nación, no fueron éstos recibidos de la ciudad con
buena cara, temiendo que venían á reconocer la tierra y darles de
improviso un asalto y saquearla; con todo eso, por respeto de los
nuestros, los trató cortesmente el Gobernador, y acariciados con mil
regalos y presentes se volvieron á sus tierras.
Poco después, no sé con qué motivo, discurrían por el río algunos
españoles, y encontrándose con una escuadra de aquellos bárbaros les
dieron una carga cerrada de mosquete, y con la muerte de algunos
pusieron á los demás en fuga.
Con esto se rompió la paz, y jamás los Payaguás se fiarán de los
nuestros, y mucho menos de los españoles; antes bien, estarán siempre
alerta para vengarse de la injuria recibida, como lo han ejecutado con
harto daño de toda aquella gobernación del Paraguay.
CAPÍTULO IX
Múdanse á otro paraje las Reducciones; pasa el Padre
Superior á Tarija y desastres de los neófitos.
Por haberse ocupado el P. Superior en la empresa que acabo de referir,
no se había puesta en ejecución el orden del P. Visitador de estas
Reducciones, José Pablo de Castañeda de que se buscase sitio mejor y más
sano para fabricar de nuevo las Reducciones; por lo cual quiso al
presente ponerlo por obra, á que no poco ayudaron las enfermedades y el
contagio.
Considerado pues, el sitio más conforme á la salud de aquellos pueblos,
y para reducir á la fe las naciones confinantes, determinó con mucho
gusto de los neófitos, que la Reducción de San Rafael se trasladase y
plantase sobre un monte poco distante de su primera fundación, donde se
halla al presente, con gran provecho de los infieles que allí van á
vivir y tomar casa.
La Reducción de San Juan Bautista se mudó al Zapoco, riachuelo de poca
agua, pero cómodo, á que también se juntaron otros infieles.
En la Reducción de San Joseph, por no cuadrales á los indios el sitio
que se escogió para mudarla, se tuvo por mejor trasladarla á Santa Cruz
la Vieja, en cuya elección, cuan bien adivinasen los neófitos, se
descubre por el estado próspero en que siempre se ha mantenido, y por
ser escala á las naciones infieles del Chaco.
No ha dejado, empero, el demonio de hacer de las suyas, para arrancarla
de aquí viendo cuánto daño se le ha seguido á su partido; pero
descubiertas sus trazas y marañas, se redujeron todas á humo.
La otra de San Francisco Xavier se pasó trece leguas más adelante hacia
el Septentrión y siempre ha ido en aumento, de suerte que ha sido
necesario dividirla en otras Reducciones.
Escogido, pues, el lugar para la nueva fundación, ordenó el P. Superior
no se emprendiese la fábrica, sin haber hecho primero la sementera y
tener con qué vivir: mas el pueblo no quiso esperar tanto, por ver
siempre á sus ojos la muerte en aquel clima inficcionado mucho tiempo
antes de la peste; por lo cual se vieron los Padres precisados á seguir
los indios, y el P. Superior, pasando á San Joseph, halló solos á los
Misioneros, que con su ajuar estaban ya de partida para seguir á los
neófitos.
De aquí se condujo á la villa de Tarija á tratar los negocios de aquella
cristiandad con el nuevo Provincial P. Blas de Silva, que desde el día
16 de Septiembre de 1706 gobernaba esta provincia, llevando consigo los
Guarayos prácticos del Paraguay.
Llegado, pues, á la dicha villa, refirió las noticias más seguras del
puerto que había en el río Paraguay y destinó aquellos indios para que
se despachasen á los Guaranís, á fin de que guiasen con seguridad otros
Misioneros á los Chiquitos.
De todo esto hizo poco caso el P. Provincial, diciendo serían estos
indicios como los pasados, de que no se debía tener cuenta ni arriesgar
á otros Apostólicos operarios que trabajaban en otras partes con igual
gloria de Dios y provecho de las almas. Que fuesen los Misioneros de los
Chiquitos los primeros que rompiesen el camino, que por una contingencia
no quería, á tanta costa, exponer otros sujetos en aquella trabajosa
empresa. A que no pudiendo replicar el P. Fernández, esperó mejor tiempo
para lograr sus deseos: y por estar ya á los fines de Diciembre y
cerrados los caminos con las lluvias, se quedó en Tarija, confirmado en
el gobierno de aquellas Misiones; y el año siguiente de 1707 volvió á
ellas con otros dos operarios, el P. Pablo Restivo, siciliano, Misionero
antiguo de los Guaranís, y el P. Juan Bautista de Zea con el oficio de
Visitador, en nombre del Provincial, el cual pensaba abrir nuevo camino,
porque había recibido orden el P. Felipe Suárez que desde el pueblo de
San Joseph, allanase el camino, costeando el río San Miguel, porque se
ahorraban muchas jornadas de viaje y se libraban de los vados peligrosos
del río Guapay y por aquí habían ido antiguamente los Chiriguanás á caza
de indios Penoquís, aunque les salió mal esta invasión, porque cogidos
de los Penoquís en una emboscada, los pasaron á todos un palo por las
entrañas, y así traspasados los levantaron en el aire y los pusieron á
los lados del camino para muestra de lo que harían con otros si se
moviesen á cosa semejante.
El P. Suárez, por el mes de Mayo puso por obra la voluntad del P. Zea,
aunque no pudo llegar hasta las Rancherías de los Chiriguanás por no
tener con qué sustentar á buen número de indios Chiquitos, que allanaban
el camino. Con todo eso, teniendo á la vista aquella punta de montes que
habitan los Chiriguanás, se avanzó con dos indios para ver si descubría
alguna Ranchería.
A pocos pasos vió que venía hacia sí uno de los Chiriguanás, que
despavorido á la vista del P. Felipe, como de enemigos, metió las
espuelas al caballo, y llegando á toda carrera á su Ranchería dió aviso
que venían Mamalucos, con que se previno para la defensa y puso en armas
todo el contorno. Por lo cual, no teniendo el Padre quien le guiase y
viéndose abandonado de sus cristianos, dió la vuelta á San Joseph, y
aunque no pudo noticiar de lo sucedido al P. Fernández, lo supo éste en
el valle de las Salinas por aquella voz que se divulgó, de la cual
conjeturó había sido lo que había intentado el P. Felipe.
A fines de Septiembre se partió el P. Fernández á los Chiquitos, y
llegando á las tierras de los Chiriguanás, llamadas Palmares, tuvo
noticias más ciertas del camino que habían abierto los Chiquitos. Por lo
cual resolvió el P. Visitador Juan Bautista de Zea, dejado el camino
antiguo, tirar al Oriente hacia el río Parapití á una Ranchería de
Chiriguanás, llamada Charaguá, por donde pasa aquel río; aquí trató con
dos caciques para que le guiasen hasta donde había llegado el P. Suárez,
ofreciéndose éstos al punto, anticipándoles los nuestros una buena paga;
pero el día antes de la partida, estando bien tomados de la chicha, que
es su vino, descubrieron cuanto maquinaban en su corazón, y era la
causa de todo que sus parientes habían montado en cólera porque
enseñaban á los Padres aquel camino por donde en adelante vendrían á
robarlos y hacerlos esclavos los Mamalucos, diciéndoles era mejor
matarlos á macanazos, ó si no á lo menos conducirlos á donde los tigres
hiciesen estrago en ellos; los caciques, empero, querían mantener la
palabra sin moverles nada estas razones que alegaban, más por deseo de
la ganancia que sacaban, que por certidumbre que tuviesen de los
peligros que les podrían suceder. Por lo cual el día siguiente se
aprestaron puntualmente para ir sirviendo á los Padres y los acompañaron
hasta el Parapití.
Pocas millas faltaban para llegar al lugar donde el P. Suárez había
vuelto atrás, cuando los dos caciques se dejaron salir de la boca estas
palabras: «Gran lástima tenemos de vosotros, porque os han de robar y
matar los Tuquís que discurren por este camino». Tuquís llaman á los
pueblos que no son de su nación.