rogándoles con lágrimas en los ojos que si eran verdaderas las cosas que
les predicaban de Cristo y de su Santísima Madre, los llamasen ahora en
su ayuda en lance tan peligroso; y puestos todos de rodillas pidieron á
Dios favor y misericordia, prometiendo los infieles recibir el bautismo
y su santa ley.
¡Oh, caso milagroso! El fuego pasó adelante sin hacer el menor daño en
la casa donde se habían recogido, y ellos lo tuvieron induvitablemente
por milagro, porque la dicha casa estaba en el centro del lugar y todas
las otras se redujeron á ceniza. Ni paró aquí el prodigio, porque
acercándose el fuego á la segunda Ranchería puso á sus moradores en gran
espanto; mas los cristianos echaron luego mano del remedio. Hallábase
aquí el capitán de todos, quien llevaba la imagen de la reina del cielo;
á éste, pues, ordenaron que saliese á encontrar el incendio y le pusiese
para defensa la santa imagen delante de su furia.
¡Cosa maravillosa! Partiéronse por medio las llamas sin hacer allí el
más mínimo daño, siendo así que todas las casas eran de paja. Y para
prueba más manifiesta del milagro se llegaron las llamas á una casa y
formaron sobre ella un arco, pero sin lesión alguna.
Con esto se confirmaron los cristianos en la fe y en la devoción á la
Madre de Dios, y los bárbaros, vencidos más del prodigio que de su
promesa, se alistaron en el número de los fieles.
CAPÍTULO VIII
Preténdese descubrir el río Paraguay para comunicarse
estas Misiones con las Reducciones de los Guaraníes.
Desde los primeros años en que se dió principio á la Conversión de los
Chiriguanás y Chiquitos, con intento de penetrar al Chaco para reducir á
nuestra santa fe las naciones que viven en el vastísimo espacio de
tierra que hay entre Torija y el Paraguay, se juzgó siempre llevar al
fin pretendido, el abrir camino por aquel río y hacer escala á las
Misiones del Paraguay ó Guaraníes, á fin de que fuesen más fácilmente
proveídas estas Reducciones de los Chiquitos, y los nuestros tuviesen
comodidad de conferir á boca con el Padre Provincial y recibir los
socorros más oportunos á su necesidad, fuera de que no sería menor el
consuelo de los Provinciales en ver las fatigas y sudores de sus
súbditos en la conversión de los gentiles, y acabar en poco menos de un
año la visita de esta tan vasta provincia; pues cuando ahora es
necesario caminar dos mil y quinientas leguas para visitarla toda,
descubierto este camino por el río Paraguay, sólo se andarían mil y
quinientas leguas en visitar Misiones y provincia.
Consideradas estas utilidades, han puesto por obra los medios más
concernientes al fin pretendido, aunque por secretos juicios de Dios
nunca se pudieron llevar á cabo, sino después de mucho tiempo, y eso sin
fruto.
Pero no por eso debo pasar en silencio las fatigas y trabajos que en
esta empresa padecieron y sufrieron nuestros Misioneros, por no
privarlos de aquella gloria, que aun acá en la tierra se debe á quien
todo se ocupa en promover la gloria Divina.
Dije ya arriba que el principal motivo de fundar la Reducción de San
Rafael junto al río Guabys fué por la vecindad con el río Paraguay, á
cuyo descubrimiento partieron por el mes de Mayo del año de 1702 los PP.
Francisco Hervás y Miguel de Yegros, llevando por guías, ó como aquí
decimos por vaqueanos, cuarenta indios, sin otra provisión que la
confianza en Dios y fiados en la protección de la Reina del cielo y de
los Arcángeles San Miguel y San Rafael.
Ni les salieron fallidas sus esperanzas, porque en todo el viaje se
hallaron provistos de montería y de pesca con tal providencia, que en
las mayores angustias era más abundante y de mejor cualidad el socorro.
Llevaban consigo un Cathecúmeno, de cierta nación, que los años pasados
había sido impedimento para descubrir este río; procuró éste con grande
eficacia que sus paisanos recibiesen la ley divina, y que los Misioneros
fuesen recibidos y bien tratados en tres Rancherías, de Curuminas,
Batasiz y Xarayes, donde se quedó, por estar mal proveído de ropa y por
habérsele clavado una espina en un pie, y después de pocos días pasó á
la otra vida sin recibir el Santo Bautismo, siendo así que se había
empleado con fervor en que otros lo recibiesen.
Vencidas, pues, muchas dificultades y pasadas no pocas incomodidades que
se hicieron precisas por haber de caminar por espesos bosques y agrias
montañas, y pasar pantanos y lagunas, á más del contínuo susto y temor
de caer en manos de enemigos, llegaron á plantar una cruz en las riberas
de un río, que juzgaron era el del Paraguay, ó á lo menos un brazo de él
(en lo cual padecieron grande engaño, porque no era río, sino un gran
lago que iba á rematar en un espesísimo bosque de palmas).
En este ínterin maquinaron ciertos indios dar la muerte á su salvo á los
Padres cuando diesen la vuelta por sus tierras; pero disuadidos de esta
traición por otros de mejor conciencia, les salieron al encuentro y se
fueron con toda la gente de aquellas Rancherías en compañía de los
Padres al pueblo de San Rafael, donde tomaron casa.
Con la noticia de este descubrimiento, determinó el P. Joseph de Tolú,
Superior á la sazón de estas Reducciones, que veniese á la provincia el
P. Francisco Hervás á dar esta noticia al Padre Provincial Lauro Núñez,
que ya segunda vez la gobernaba.
No se puede creer el júbilo y gozo que éste tuvo con semejante aviso; y
con toda presteza escogió cinco Misioneros antiguos de los Guaranís, con
un hermano coadjutor, para que por la banda del Paraguay descubriesen el
camino que ya juzgaban se había descubierto por la banda de los
Chiquitos. Estos fueron el P. Bartolomé Ximénez (que habiendo ido
Procurador á Roma de vuelta á esta provincia, voló, cargado de años y
merecimientos al cielo, el día 22 de Julio de 1717 en el puerto de
Buenos Aires), los PP. Juan Bautista de Zea, Joseph de Arce, Juan
Bautista Neuman, Francisco Hervás y el hermano Silvestre González.
Y porque á alguno no le desagradará leer los sucesos de este viaje,
tomaré el trabajo de transladar fielmente una relación diaria de todo lo
que hizo uno de los sujetos que iban, la cual, después de mucha
diligencia que puse en hallarla, llegó finalmente á mis manos y es como
sigue:
«Salimos (dice) á 10 de Mayo del año 1703, del puerto de nuestra
Reducción de la Candelaria, para dar fondo en el de Atinguí; y de allí á
27 del mismo mes, tomamos tierra en el Itatí, donde nos recibió con
singular afecto el P. Fray Gervasio, de la venerable orden de San
Francisco, cura que era del aquel pueblo.
De aquí, tiramos hacia el río Paraminí, por donde en el río Paraná
desemboca el río Paraguay, y montamos aquel cabo, no sin gran dificultad
por la furia de los vientos que nos dieron que hacer muchos días.
Finalmente á 22 de Junio, aferramos en el puerto de la Asunción, donde
nos recibieron con la acostumbrada caridad que usa la Compañía, los
Padres de aquel colegio, y después de cuatro días partimos de allí,
llevando una barca grande, cuatro balsas, dos piraguas y una canoa.
Habiendo caminado las balsas cuarenta leguas, descubrieron á lo lejos
algunas canoas de indios Payaguás, que se creyó eran espías de esta
nación.
Deseamos hablarles y dárnosles á conocer para quitarles todo miedo y
sospecha y exhortarles á que ya de una vez ajustasen paces con los
españoles y quisiesen hacerse cristianos.
Entróse para este fin, en una canoa el P. Neuman con el hermano
Silvestre González y llegando cerca de ellos quería eficazmente entablar
con ellos tratados de acuerdo. Pero no surtió efecto el deseo de que
ellos quiesen llegarse, gritando en alta voz: _Pée pemomba ore camarada
Buenos-Ayres viarupi_, que en castellano quiere decir, que temían de
nuestra gente, quienes habían destruído á sus paisanos en los confines
de Buenos Aires.
Por lo cual, desconfiando el P. Neuman de poderlos reducir, dió la
vuelta, dejando colgados de un árbol de la playa, algunos abalorios y
otras cosillas.
Viendo, pues, aquellos bárbaros que las caricias de los nuestros no se
quedaban en solas palabras, fueron luego corriendo á coger aquellas
chucherías y con más ánimo y seguridad, se llegaron cuatro de ellos al
pie de una balsa, donde dejaron algunas esteras labradas con lindo arte
y tejidas delicadísimamente: prosiguióse muchos días este tratado,
siendo el faraute Aniceto Guarie, fervorosísimo cristiano,
vice-corregidor de la Reducción de San Cosme; el cual, deseoso de la
reducción de aquellos infieles, procuraba, con modo muy afable y cortés,
entrar con ellos para salir con la suya.
Es la nación de los Payaguás, de vilísima condición, cobarde, pérfida y
pronta á maquinar traiciones y en breve manifestaron estas malas
cualidades; porque habiéndose acercado nuestro Aniceto el día 12 de
Julio á ciertos Payaguás, con algunas bujerías que ellos estiman, para
exhortarlos y reducirlos á recibir el santo bautismo, salió de una
ensenada poco distante una manga de estos traidores, dividida en dos
canoas y dando sobre él á traición le mataron á él y á otros compañeros
con fieros golpes de macana; y ejecutadas estas bárbaras muertes,
echaron á huir desesperadamente para librarse de nuestros cristianos,
los cuales advirtieron bien tarde la fatalidad; é ídos al lugar del
insulto, hallaron los cuerpos de los compañeros, sin poder dar con el de
Aniceto; y al siguiente día celebramos las exequias por sus almas; con
que se puede piadosamente creer habrá Dios usado misericordia con ellos
por el celo con que se ofrecieron á tratar con estos pérfidos gentiles.
Viendo los Payaguás que nuestra gente no hacía ninguna demostración de
sentimiento por este suceso, tomando atrevimiento, resolvieron
desalojarnos el día siguiente de donde estábamos, dejándose ver una
multitud de canoas divididas en dos escuadras, de las cuales, llegándose
una á tierra desembarcó alguna gente y la otra discurría por el río,
pero no se atrevieron á ponerse á tiro; antes, poco después se
retiraron, no dejándose después ver más, sino á lo lejos, á fin de
espiar nuestros pasos: una sóla vez, en la oscuridad de la noche, osaron
molestar por tierra las balsas, tirando contra ellas piedras y flechas;
mas nuestros cristianos, con poca diligencia, los pusieron en fuga.
Este fué el único encuentro que tuvimos con estos enemigos, con quienes,
si se hubieran coligado los Guaycurús, gente infiel, pero valerosa y
enemicísima de la fe católica, difícilmente hubiéramos podido escapar y
librarnos de sus asechanzas y celadas en un río poblado por todas partes
de islas y de ensenadas.
A siete de Agosto llegamos á la boca del río Xexui, por donde antes que
los Mamalucos destruyesen los pueblos de Maracayá, Terecaní y la
Candelaria, se conducía todos los años á la Asunción gran cantidad de la
célebre yerba del Paraguay; el día 19, caminando á lo largo de la
ribera, vimos una tierra de Payaguás, cuyos moradores se habían poco
antes retirado á una grande isla que estaba frente á nosotros.
Apenas dimos allí fondo cuando saltaron en tierra nuestros indios, y
sentidos de la muerte de sus compañeros la robaron y saquearon toda; era
esta tierra del cacique Jacayrá, donde él mantiene algunos vasallos para
la fábrica de las canoas.
El día 21 encontramos un fortín con empalizada y sobre ella tres grandes
cruces, y sospechando nosotros que los Mamalucos habrían hecho allí
alguna de sus misiones, supimos después que esto había sido traza é
invención de los Payaguás para que Dios los librase de una grande
multitud de tigres que infestaban extrañamente el país.
Vimos poco después andar en la playa doce bárbaros, pero sin darnos
molestia; no obstante, lo que más nos maravilló fué que hasta el día 30
de Agosto no se vieron sino dos canoas de Guachicos antes de llegar al
Tepotii.
La boca de este río dista como cosa de treinta leguas de la del río
Piray. Más adelante hay una hilera de escollos por entre los cuales pasa
una furiosa corriente que de ordinario los encubre. Pero cuando allí
cerca lleva el río poca agua, se ven en la cima de una de aquellas
piedras ciertas huellas de hombre, que dicen los naturales son del
apóstol Santo Thomé.
Poco más adelante, enfrente, se ven doce altísimas rocas, alegres á la
vista, excediendo naturaleza á la hermosura del arte. Aquí empezaron
los Guaycurús á encender fuegos y hacer humaredas, que son los correos
volantes para avisar á los pueblos circunvecinos de que andan por allí
enemigos.
Siete leguas después de estos montes corre su río, junto al cual está
situada la laguna Neugetures, en que entra un río que baja de las
tierras de los Guamas. A lo largo de esta laguna viven lo más del año
estos bárbaros, y allí crían muchas manadas de caballos y mulas,
sirviéndose de los Guamas como de esclavos, para cultivar la tierra y
sembrar el tabaco que se dá aquí en gran abundancia.
Otras naciones confinan con estas, entre las cuales había una llamada
_Lenguas_, cuyo idioma es semejante al de los Chiquitos.
Dos leguas más adelante de esta laguna desemboca el Mboimboi, junto al
cual antiguamente hubo una Reducción en que trabajaban en provecho de
los naturales los PP. Cristóbal de Arenas y Alonso Arias.
Sucedió que el segundo, llamado á las tierras de los indios Guatos para
administrarles el Santo Sacramento del bautismo, se encontró con una
cuadrilla de Mamalucos, los cuales le mataron á mosquetazos; y el otro,
cayendo poco después en las mismas manos, salió tan maltratado, que en
breve acabó de vivir y padecer.
De aquí hasta los Xarayes en dilatadísimas campañas por beneficio de la
naturaleza, sin ninguna industria del arte, se cría inmensa cantidad de
arroz, de que todos los años hacen provisión los Payaguás, Guatos,
Nanuiquas, Caracarás, Guacamás, Guaresis y otros pueblos confinantes.
A 22 de Septiembre pasamos las montañas de Cuñayegua, que tienen en
frente de sí en la otra banda las del Ito, donde viven los Sinemacas.
Aquí fueron á predicar la santa ley de Cristo los PP. Justo Mansilla,
Flamenco, y Pedro Romero, español, el cual fué muerto con el hermano
Mateo Fernández por los indios Chiriguanás, porque les persuadía que por
ser cristianos no podían tener más que una mujer.
En una isla, cinco leguas más adelante, se habían retirado dos caciques,
Jarechacu y Arapichigua, con todos sus vasallos Payaguás, que al vernos
despacharon luego siete canoas á la grande isla de los Orejones, para
dar aviso á aquellas gentes, como lo suelen hacer en tales ocasiones, y
por eso se veían de cerca y de lejos muchos humos en el aire, por lo
cual en todo aquel contorno son los Payaguás tenidos en grande
estimación, que les es de mucho provecho, por lo que les dan de tabaco,
cueros, telas y vituallas, de que están abastecidos con grande
abundancia.
Desde el Tobatí pasamos junto á las montañas del Taraguipitá, de donde
cuatro Misioneros enviados por el P. Antonio Ruiz se esparcieron por
esta dilatada gentilidad á predicar el Evangelio. Estos fueron los PP.
Ignacio Martínez, español, Nicolás Hernat, francés, Diego Ferrer y Justo
Mansilla, flamencos. El primero fué llamado al Perú á la misión de los
Chiriguanás; los otros dos, oprimidos de las fatigas y trabajos en un
total desamparo de todo humano consuelo, con una muerte semejante á la
del grande apóstol del Oriente San Francisco Xavier, pasaron al eterno
descanso; el último, que quedó sólo, cansado de los muchos trabajos,
falleció también en breve tiempo.
Ocho leguas sobre el Tobatí, desemboca por dos partes el río Mbotetei,
por donde bajan al Paraguay á hacer sus correrías los Mamalucos.
Enfrente de estas dos bocas del río Mbotetei, por la otra banda
desemboca el Mandiy, que baña las faldas de los montes Taraguipiti que,
encadenándose con los del Tambayci y Garaguy, se extienden á lo largo de
las costas del Paraguay, hasta cerca de la célebre isla de los
Orejones.
Desde el río Mbotetei hasta los Xarayes, se extiende el país en vastas
campañas, habitadas antiguamente de los Guaycharapos é Itatines; pero
molestados de los Mamalucos los abandonaron, internándose en espesos y
grandes bosques, que desde la laguna Jaragui, por cincuenta leguas,
tiran hasta Santa Cruz la Vieja.
Finalmente, á 29 de Septiembre, montadas las dos bocas del Mbotetei,
llegamos á donde el Paraguay, dividido en dos brazos, forma á lo largo
una isla de veinte leguas.
Por estar ya en tierra de los Chiquitos se comenzaron á hacer muchas
diligencias para hallar la cruz que el año pasado levantaron los PP.
Francisco Hervás y Miguel de Yegros, reconociendo muchos lagos y
ensenadas.
A 12 de Octubre, habiendo dado fondo en el Paroguamini, encontramos con
unos Payaguás, los cuales, aunque temían á nuestros indios, se llegaron
no obstante á nosotros y nos presentaron biétole y otras frutas de la
tierra, á que correspondimos cortesmente con otros regalos.
A 17 dimos fondo á vista de la laguna Jaragui que se oculta por gran
trecho entre bosques y montes hasta cerca de la de los Orejones. Aquí
una parte del Paraguay está hoy día habitada de gran número de
infieles; pero el lado izquierdo es el más poblado, porque se pueden
defender más fácilmente de las inopinadas invasiones de los Mamalucos, á
causa de que estando rodeados de grandes lagunas y pantanos, se hace muy
difícil y casi imposible el paso á aquellos malvados.
Señalaré aquí algunas naciones de una y otra banda. A mano derecha están
los Guarás, Lenguas, Chibapucus, Ecanaquis, Napiyuchus, Guarayos,
Tapyminis, Ayguas, Cunicanis, Arianes, Curubinas, Coes, Guaresis,
Jarayes, Caraberes, Urutues, Guahones, Mboyaras, Paresis, Tapaquis. De
la otra banda izquierda están los Payaguás, Guachicos, Itatines, Aginis,
Sinemacas, Abiais, Abaties, Guitihis, Cubieches, Chicaocas, Coroyas,
Trequis, Gucamas, Guatus, Mbiritis, Eleves, Cuchiais, Tarayus, Jasintes,
Guatoguaguazus, Zurucuas, Ayuceres, Quichiquichis, Xaimes, Guañanis,
Curuaras, Cuchipones, Aripones, Arapares, Cutuares, Itapares, Cutaguas,
Arabiras, Cubies, Guannaguazus, Imbues, Nambiquas.
Verdad es, que estas naciones las más se reducen á dos ó tres
Rancherías, otras á poco más de trescientas ó cuatrocientas almas y
otras también en mayor número, y se distinguen por la diferencia de las
lenguas, porque todas tienen distinto idioma, ni se entienden entre sí,
aunque vecinas y confinantes, porque ó son enemigas, ó no tienen
comercio unas con otras.
El día 18, dejando á la mano derecha la laguna Tuquis, montamos la boca
del río Paraiguazú, que venía colorado con una creciente furiosa de
agua.
De allí á poco encontramos una canoa con sólo un indio, mozo bien
dispuesto y de fuerzas, de nación Mbiritiy, que sin ningún temor se
llegó á la barca; hicímosle mil caricias, y aunque ni él entendía
nuestra lengua ni nosotros la suya, con todo eso, con señas y ademanes
nos dió á entender que su Ranchería distaba de allí dos ó tres jornadas
de camino.
Poco después le despedimos; pero habiendo experimentado él tanto amor y
afecto en nosotros, sentía mucho dejarnos, por lo cual, diciéndole por
señas si quería entrar en la barca, él sin reparo alguno se entró dentro
con sus armas y con su cama, que era una estera de linda hechura, y
regaló á nuestros indios con un grande Capivará (son estos unos puercos
del agua, en todo semejantes á los de tierra), que poco antes había
muerto.
De allí á tres días, viendo que nosotros tirábamos á lo largo de la
costa por no empeñarnos en medio en las islas, se despidió
prometiéndonos que volvería presto, y nosotros, por medio de él,
enviamos al cacique y principales de la nación varias cosillas que
estiman estos bárbaros.
Cumplió su palabra, y después de poco tiempo estuvo de vuelta; pero
pretendiendo atravesar un gran brazo de río en tiempo que hacía gran
viento, naufragó á nuestra vista, y apenas pudo salvar su persona, que
cayó, por nuestra desgracia, en manos de los Payaguás, que le remitieron
á los suyos.
Finalmente, á 31 de Octubre, entramos en el famoso lago de los Xarayes,
en donde entran muchos ríos navegables, y de dicho lago (con unánime
consentimiento de los geógrafos) nace el gran río Paraguay.
A la boca de este lago está situada la célebre isla de los Orejones,
poblada en algún tiempo de muchísima gente y asolada y destruída ahora
por los Mamalucos. El clima de esta isla es saludable y templado, aunque
está en diecisiete grados y pocos minutos de altura. Tiene de longitud
cuarenta leguas y diez de ancho, aunque otros la hacen doblado mayor; el
terreno es muy fértil y abundante, aunque en parte sobresale en montañas
llenas de árboles muy á propósito para labrarlos. Los primeros
descubridores la llamaron el Paraíso; nosotros, empero, no observamos
en ella cosa de más monta que el clima.
Hiciéronse aquí increíbles diligencias para hallar la cruz tan deseada;
pero por más que hicimos, así por tierra como por agua, no pudimos
descubrir la más mínima señal de hacia qué parte cayesen las Reducciones
de los Chiquitos.
Los PP. José de Arce, Juan Bautista de Zea y Francisco Hervás,
suplicaron al P. Superior Bartolomé Ximénez que pasasen adelante á las
Rancherías de los infieles á tomar lengua; pero siendo éste de contrario
parecer, fué necesario rendirse; antes bien, conociendo que menguaba la
corriente más cada día y corría peligro el barco de hacerse pedazos en
los escollos ciegos si se parasen allí algún tiempo más, determinó dar
la vuelta después de haber gastado mes y medio en andar en busca del
camino.
Fué increíble el sentimiento de los mismos Padres al ver que se
frustraban sus esperanzas y tantas fatigas y trabajos como habían
sufrido; por lo cual, postrándose de rodillas delante del P. Superior,
le pidieron vivamente les diese licencia de quedarse en aquella grande
isla de los Orejones, donde se entretendrían, hasta que creciendo las
aguas y hecha amistad con los infieles, se informasen del camino, y
pasado el invierno se irían á las Reducciones de los Chiquitos.
Admiró el P. Superior su fervor; mas temiendo no fuese que este
apostólico celo los empeñase, con gravísimo riesgo de sus vidas, en
empresas que no pudiesen salir sino con grandísima dificultad, juzgó no
podía condescender con sus instancias.
Por tanto, á 12 de Octubre, nos dispusimos para salir de aquel lago ó
mar dulce; y aunque siempre estábamos con temor de algún escollo
encubierto debajo de agua, con todo esto, mediante el favor de Dios,
caminamos á voga y remo sin ningún riesgo, sólo que los vientos, que
siempre soplaron por la proa, nos retardaron para que nos adelantásemos.
Después de haber caminado cien leguas descubrimos tres canoas con cuatro
hombres que, vogando á toda fuerza de remos, se nos acercaron insinuando
que querían hablarnos; el uno era Payaguá y los otros Guaranís,
cristianos antiguos, que saltando ligeramente en nuestra barca, dijeron
resueltamente que se querían quedar con nosotros, aunque les pesase á
sus caciques.
Viendo nosotros su buena voluntad, determinamos que nuestros indios los
defendiesen en caso que sus caciques intentasen cobrarlos á fuerza de
armas; pero ellos les dieron de buena gana licencia, creciendo en ellos
la estimación de nosotros, pues los Guaranís dejaban su hacienda y
parientes sólo por venir á nuestras Reducciones y vivir en la
observancia de la ley divina. Por lo cual nos cobraron tanto afecto, que
como si fuesen amigos antiguos, entraron los dos caciques con toda
seguridad y confianza en nuestro barco y se pusieron al lado del P.
Superior.
Hallada tan buena coyuntura, se les habló con toda eficacia del bien de
sus almas y cuánto interesaban en que nosotros los tomásemos á nuestro
cargo, pues fuera de conseguir la salvación eterna y vivir como hombres
é hijos de Dios, pasarían una vida quieta y libre de todo peligro,
obligándose todos los pueblos de los Guaranís á defenderlos de los
Mamalucos y Guyacurús, que cada año tanto les molestan.
Ofreciéronse de buena gana los dos caciques con todos sus vasallos á
recibir el santo bautismo, y que exhortarían á hacer lo mismo á los
Guatos y Guacharapos, para que unidos todos en un cuerpo, fundasen una
Reducción.