aconsejándose con sus compañeros, sospechó maquinaban alguna traición
los Chiriguanás, y que con el pretesto de los Tuquís, querían encubrir
sus tramas; pues fuera de ellos no había otros en el país que habían
registrado bien los Chiquitos, por lo cual, so color de que las
caballerías se habían cansado y que no podrían andar lo que les faltaba
de camino, se dieron prisa á volver atrás para escapar de las uñas de
aquellos bárbaros, que por sólo robarles las pobres cosillas que
llevaban consigo, les querían hacer traición. Y no se engañaron, pues se
encontraron con muchas cuadrillas de aquellos bárbaros que, preguntados
á dónde iban, respondieron que á pescar en el Parapití; pero se les
escaparon de las manos estos peces que iban á buscar.
No se perdió del todo tan largo viaje, ni las fatigas y trabajos que
padecieron estos fervorosos operarios, disponiéndolos Dios para que las
almas de dos niños consiguiesen la feliz suerte de su predestinación.
Estaban éstos en el Charaguá ya para expirar, cuando fueron llamados los
nuestros para que les aplicasen algún remedio corporal; pero viendo
ellos perdida la esperanza de la vida temporal, les procuraron el
remedio del alma con el santo bautismo, y apenas le recibieron, cuando
fueron á gozar de aquella bienaventuranza que, ciegos sus padres, tanto
aborrecían. Lo cual llenó tanto de júbilo á aquellos varones
apostólicos, que por ello sólo les parecieron bien empleados tantos
sudores y fatigas.
A causa de estos embarazos no pudieron llegar á los Chiquitos hasta
mediado Diciembre, con que les fué preciso hacer alto en la Reducción de
San Francisco Xavier por las lluvias que ya inundaban el país.
Poca gente halló el P. Visitador Zea en las Reducciones, porque apenas
los indios habían levantado sus casas, y recogido algunas mieses para su
manutención, cuando se partieron al punto á reconocer el país y sus
confines y espiar las Rancherías de los infieles, porque ya que había
sido costumbre antigua suya hacer guerra á los confinantas y tomarlos
por esclavos, se valieron de eso los nuestros para dilatar la gloria de
Dios y en provecho de aquellos infieles que vivían en las tinieblas de
la muerte y de la infidelidad; persuadiéronles, pues, que fuesen por las
Rancherías de los circunvecinos, pero sin causarles el menor daño ni en
las vidas ni en la haciendas; antes bien, que con afabilidad y con otros
buenos modos, les diesen noticias de Dios y de las cosas del cielo,
enseñándoles el fin para que habían sido criados y vivían en el mundo,
la necesidad de abrazar la ley de Cristo para ser eternamente felices,
y que procurasen ganarse el afecto de alguno de ellos, para que
sirviese de guía é intéprete á los Misioneros.
Los buenos cristianos empezaron á ejercitar tan puntualmente la lección
que se les dió, que por no traspasarla aún levemente, se dejaban hacer
pedazos de los bárbaros, por lo cual fué necesario explicarles lo que
podían hacer si fuesen acometidos para que no sucediese en adelante lo
que sucedió á unos indios de la Reducción de San Joseph, que yendo en
busca de las Salinas dieron en una Ranchería de infieles; entraron en
ella sin armas, desplegado sólo el estandarte con la imagen de Nuestra
Señora, y con palabras suaves y corteses procuraron domesticar la
fiereza de los moradores; pero éstos, mirándolos con malos ojos, dieron
sobre ellos como tigres é hicieron en ellos tan cruel estrago, que sólo
un indio con dos muchachos pudo escapar con vida.
Otro tanto, si no ya peor, porque fueron más en número, sucedió á los de
San Juan Bautista. Internáronse éstos en país enemigo, ochenta y más
leguas á una tierra de infieles cercada alrededor de profundos fosos de
agua, junto á los cuales tenían fabricadas sus casas; entraron dentro
los nuestros y dos solos de sus moradores, porque los demás estaban
trabajando en el campo, salieron fuera á hacerles frente y á
amenazarles con sus flechas.
Viendo uno de éstos que los cristianos no desistían de avanzarse, hirió
con una saeta al que llevaba la imagen de Nuestra Señora, á quien ellos
no hicieron otro daño que quitarle las armas (cosa maravillosa digna de
tenerse por milagro aun en los aprovechados en el espíritu, no ya en
bárbaros, en cuyos corazones reina más la venganza que en el cuerpo el
alma); pero las mujeres, empuñando las armas, fueron á los sembrados á
avisar á los hombres, los cuales, dejada la labor, volvieron al punto
con ánimo de hacer en ellos una gran carnicería; pero viendo el número,
y habiendo con daño propio probado otras veces el coraje y aliento de
los Chiquitos, se detuvieron y previnieron la mesa en qué repararse de
la hambre, hablando más por señas que con palabras por ser de diferentes
lenguas.
Poco después vino el cacique, que al punto hizo retirar á los suyos y
ordenó que recogiesen las armas que los nuestros, en señal de paz,
habían puesto en el suelo.
Llevaban esto de mala gana los Chiquitos; pero su Capitán, fervorosísimo
en la fe, cuando antes de convertirse parecía una fiera, mandó que se
las dejasen coger, queriendo con tal bondad y mansedumbre ganarles el
afecto y la voluntad, y sus almas para Cristo. Pero aprovechó poco,
porque luego que los vieron desarmados cargaron los bárbaros sobre ellos
y hubieran hecho en ellos un grande estrago, hasta no dejar ninguno
vivo, si no se hubieran entrado algunos pocos dentro de los fosos;
quedaron muchos heridos, y por muchos meses llevaban en el cuerpo las
señales del fervor y deseo que fomentaban en sus pechos de verter la
sangre por Cristo.
Fué uno de ellos herido en el vientre, y la punta de la flecha le dañó
las entrañas; el cual con gran trabajo le condujeron á casa en brazos
ajenos, y postrado en la cama por mucho tiempo, hasta que no le quedó
más que la piel sobre los huesos, perdida la esperanza de sanar trató un
Misionero de disponerle para morir, diciéndole que perdonase á sus
enemigos y se tuviese por dichoso en dar su vida por llevar á otros la
luz del Evangelio, que imitase á su buen Redentor que por sus enemigos
pidió perdón á su Eterno Padre, amándoles con amor infinito, en
recompensa de las injurias recibidas.
El buen indio lo oyó con gusto, y con lágrimas de tierno afecto, los
perdonó y ofreció á Dios su vida por la salvación de aquéllos que le
habían tan gravemente ofendido, y así le administró los Sacramentos y
esperaba por instantes su feliz tránsito á mejor vida.
El día siguiente preguntó al enfermero en qué estado se hallaba el
enfermo, á que respondió que estaba fuera de peligro, y que aquel Señor
que había recibido le había quitado todo el mal.
No acababa el Padre de creerlo; pero hallando que era verdad, preguntó
al indio, ya sano, qué le había sucedido. A que él satisfizo, diciendo:
«El Señor, que tú ayer me diste, me ha librado y esta noche arrojé fuera
todo el mal.»
Valiéndose de este caso, exhortó el Misionero á aquellos nuevos
cristianos á perseverar en el bien comenzado y á amar á Dios, que con
tal milagro manifestaba cuánto le agradaban sus fervores.
Empero, no faltó quien tomase venganza de aquella crueldad, porque los
Piñocas andando también ellos en busca de almas, se encontraron acaso
con ellos, y reconociéndolos por los rosarios y cruces que llevaban
colgadas al cuello, despojos de los muertos (estos son los atavíos y
adornos que tanto aprecian aquellos cristianos); aun con todo eso no los
hubieran atacado, si el remordimiento de la conciencia no hubiese
atizado á los infieles; los cuales, mientras se ponían en armas,
recibieron de los Piñocas tal carga, que muchos de ellos cayeron muertos
en tierra y entre ellos el cacique, autor de la traición.
Mejor fortuna corrieron otros indios de la misma Reducción de San Juan
Bautista, que entrados en una Ranchería de Puraxís, lograron reducir á
la Santa fe cincuenta familias, y con ellos, alegres y contentos, dieron
la vuelta á su Ranchería.
Siendo informado el P. Visitador del estraño encuentro de los de la
Reducción de San Joseph, ordenó que cien indios del mismo pueblo,
pertrechados de armas, volviesen, no para castigar la crueldad de
aquellos malvados, sino para traer los huesos de los muertos para darles
honrosa sepultura y que con buenos modos, aunque siempre con las armas
en la mano, les certificasen sinceramente del fin porque iban á su
pueblo y del amor que, aun después de cometida aquella bárbara
atrocidad, les tenían.
Partieron al punto; y aunque á costa de grandes trabajos por la falta de
agua, de suerte que no tenían para refrigerar la sed sino un poco de
rocío que recogían en los cardos silvestres al fin llegaron al lugar de
la matanza, donde sólo hallaron los cuerpos de sus hermanos, pero no á
los matadores, á quienes obligó el temor del castigo á retirarse á donde
tan fácilmente no pudiesen ser hallados.
Querían los cristianos ir en su seguimiento, pero no siendo prácticos en
los caminos defirieron esta empresa para tiempo más oportuno y cargando
en sus hombros los cadáveres, dieron la vuelta á su Reducción, donde
tuvieron no poca materia de alegría en los dos pueblos que vieron se
fundaban de nuevo; el uno con el título de San Ignacio de los Bocas, y
el otro de la Concepción, donde se juntaron los pueblos de lenguas muy
diferentes, que en sus correrías hacia el Mediodía había descubierto el
V. P. Lucas Caballero.
Señaló por Superior de la primera al P. Joseph de la Mata, y él se fué
por su compañero, con raro ejemplo y edificación de todos en usar del
oficio para escoger el cultivo del campo más duro y sembrado de espinas
y de cruces (de que daré abajo pruebas mayores). Mas este su celo le
hubo de costar presto la vida, porque siendo como era Misionero
verdaderamente Apostólico, incapaz de reposo y descanso, apenas llegó á
la nueva Reducción cuando al punto quiso ganar para Cristo á los Auropés
y Tabacis, siendo preciso para conseguirlo pasar profundos pantanos y
lagunas, caminando muchas veces bañado, así del agua que caía del cielo
como del mucho sudor en que se resolvía para vencer no pocos ni ligeros
embarazos. De aquí se le originó un humor maligno, que corriendo por el
cuerpo, le ocupó todo en breve con una monstruosa hinchazón, en que
peligraba ya la vida, á no haberle acudido el P. Mata con algunos
remedios, que no tanto por su actividad cuanto por voluntad de Dios, le
repararon algún tanto; y para que se restituyese del todo á su antigua
salud, fué preciso mudase de aires, pasando á San Rafael, donde tuvo
dilatado campo para ejercitar su celo, saliendo á caza de bestias
racionales (que así se pueden llamar aquellos bárbaros) las cuales
domesticadas redujo al redil de la Iglesia.
Parecía que iba á competencia con el V. Padre Caballero en ganar almas
para Dios y para sí mismo muchos méritos; y es obligación mía dar aquí
por extenso noticias de las heroicas virtudes de entrambos: de las del
primero tendré abajo ocasión oportuna; de las del V. P. Lucas la daré en
los capítulos siguientes, concluyendo la narración con el felicísimo
martirio que padeció el año de 1711.
CAPÍTULO X
Nacimiento, entrada en la Compañía y primeros
fervores del venerable P. Lucas Caballero.
Nació el venerable P. Lucas en Villamear, lugar de Castilla la Vieja.
Sus padres eran de lo principal de él y acomodados en bienes de fortuna.
Pasó los primeros años de su niñez en casa de un tío suyo, sacerdote de
ejemplarísimas costumbres, y en quien aprendió una gran madurez de
juicio y gravedad en las acciones, de suerte que en la niñez nada tenía
pueril ni mostraba ternura, sino en la piedad, ni gusto sino en los
ejercicios de devoción, y en todo mostraba una virginal modestia, tan
delicada, que se ofendía de ver ó de oir acción ó palabra menos
recatada.
Habiendo pasado aquel santo sacerdote á mejor vida, pasó á vivir á casa
de otro tío suyo, también sacerdote, pero de diferentes costumbres y
proceder; no obstante eso, el devoto niño fortalecido con la gracia del
Espíritu Santo no empañó con el menor defecto el candor de su inocencia,
aunque para conservarla pura hubo tal vez de desatender la autoridad de
su tío que era de rotas costumbres, manteniéndose modesto, retirado y
atendiendo sólo á las cosas de su alma y al servicio de Dios.
Aprendió los primeros rudimentos de la Gramática en nuestro Colegio de
San Ambrosio en Valladolid, donde con el trato de los nuestros se
aficionó á la Compañía y pidió con instancias ser admitido en ella; y
hechos los exámenes y pruebas acostumbradas, pasó al noviciado de
Villagarcía, grande y religioso Seminario de Varones Apostólicos en
ambos mundos. Aquí llenó las esperanzas que de él se tenían con el
fervor de espíritu y con la inocencia de la vida, teniendo todo su gusto
en Dios.
Tuvo por este tiempo noticias de la llegada á España de los PP.
Cristóbal de Grijalva y Tomás Domidas, procuradores de esta provincia,
que venían por operarios evangélicos para cultivar y mantener esta
dilatada viña del Señor.
Encendióse luego en deseos fervorosos de ser uno de los señalados para
pasar á Indias, á cuyo fin hizo á Dios Nuestro Señor repetidas súplicas
para que se dignase su Divina Majestad de escogerle para propagar su
gloria y llevar la luz de la fe á los que viven en las sombras de la
gentilidad, ofreciéndose con voluntad pronta á los trabajos y á los
peligros de la vida hasta derramar su sangre por la fe.
Agradaron al cielo estas ofertas como lo dieron á entender los efectos;
porque teniéndole los Superiores como hábil para grandes empresas en el
servicio de Dios, ciertos de lo sólido de sus virtudes le concedieron
licencia, y poco después, en compañía de otros setenta Misioneros, se
dió en Cádiz á la vela, y después de una trabajosa navegación en que
murieron ocho de los nuestros, arribó á Buenos Aires, primer puerto de
esta provincia, y de allí pasó á Córdoba de Tucumán, donde con crédito
de ingenioso concluyó sus estudios.
No quiero omitir lo que él por humildad, y para enseñanza nuestra,
refirió á un confidente suyo, y fué que viéndose en la filosofía
superior á los otros condiscípulos en las funciones domésticas, se dejó
llevar de alguna vana complacencia de sí mismo y se descuidó en rezar la
oración del angélico doctor, que acostumbraba antes de estudiar, pero de
aquí se le originó oscurecérsele algún tanto el entendimiento, y le fué
necesario después sudar y trabajar mucha para entender las materias
teológicas.
Acabados sus estudios y recibidas las sagradas órdenes, empleó su celo
en las Misiones de la jurisdicción de la ciudad de Córdoba con igual
gloria de Dios y aprovechamiento de las almas, así de los indios como de
los españoles, que por su pobreza viven en aquellos desiertos y tierras,
sin otra doctrina ni instrucción en la ley de Dios que la que les dan
los nuestros cuando van á sus estancias y ranchos, siendo para ellos
éste su día de Pascua y el de mayor devoción de todo el año; con lo cual
recogió abundante cosecha de almas y de trabajos; aquéllas para Cristo y
éstos para sí, por ser esta misión de las más difíciles y trabajosas que
tenemos.
De aquí pasó á la conversión de los indios Pampas que confinan con este
obispado, la cual empresa procuró seguir con todo empeño porque le
traspasaba el corazón la pérdida de tantas almas metidas en las
tinieblas de la gentilidad, viviendo, como viven, tan cercanas á los
resplandores del Evangelio.
No es fácil referir cuánto sudó y trabajó para reducir á estos infieles,
pero todo en vano, porque rehusaron obstinadamente recibir el santo
bautismo y reducirse á vida política, con que se vió precisado á
abandonarlos totalmente por no perder á un tiempo la vida y los deseos
que ardían en su pecho de campo más dilatado y espacioso donde fuese
más cierta la cosecha, como menos resistencia del terreno para recibir
la semilla del Evangelio.
A este tiempo se trataba con más calor de emprender la misión y
reducción de los Chiriguanás y Chiquitos, por lo cual el Padre pidió y
obtuvo el ser señalado por uno de los primeros á quien tocase la suerte
de reducir aquellos pueblos gentiles al conocimiento de su Criador.
Pusiéronle á cuidar de la Reducción de Nuestra Señora del Guapay, donde
estuvo dos años, logrando más frutos de paciencia, hambre, sed, befas y
escarnios de los infieles que almas para Cristo, por ser los Chiriguanás
gente bárbara, sobremanera obstinada, á quien ni amedrentan los castigos
ni los beneficios domestican, pues habiendo usado Dios Nuestro Señor con
ellos de ambos medios, ya procurando atraerlos con milagros y con el
fervor de varones apostólicos, ya asombrándoles con tempestades furiosas
y rayos del cielo, y con la carestía y pestilencia de la tierra,
perseveran protervos en su obstinación.
Acostumbrados, pues, estos bárbaros á sacudir el suave yugo del
Evangelio por estar ya enfadados del celo del V. P. Lucas y sus
compañeros, fingiendo que sólo habían venido á sus tierras para
juntarlos y entregarlos á los Mamalucos del Brasil, los echaron del país
y destruyeron la iglesia que habían fabricado, por cuya causa se retiró
á los Chiquitos, en el pueblo de San Francisco Xavier, donde hallando el
terreno más dispuesto al cultivo de la fe, asistía á aquellos nuevos
fieles con increíble celo y amor; y á la verdad, era bien necesario su
espíritu y fervor para acudir y socorrer las necesidades de aquella
iglesia, afligida no menos de la peste que de la carestía de todo lo
necesario, no dando treguas ni de día ni de noche á las fatigas y
trabajos que le redujeron con una grave enfermedad al último trance de
la vida, con extremo dolor de sus compañeros que le veneraban como á
santo, y de los neófitos, que le amaban como á Padre.
Mas en esta aflicción quiso Dios consolar á todos, dándole en breve
tiempo entera salud para que regase con su sangre aquella nueva viña del
Señor (condición al parecer precisa para que la fe arraigue con
permanencia en los campos donde se planta) que en adelante había de
rendir copiosos frutos.
De esta Reducción salía frecuentemente el P. Lucas á discurrir por las
tierras circunvecinas y andaba á caza de almas por los montes y bosques,
y confiando sólo en la Providencia Divina no cuidaba de sí mismo ni de
su salud, sucediéndole las más de las veces no tener otra cosa de qué
alimentarse sino con raíces ó frutas silvestres.
Los trabajos y fatigas, juntas con ardientísimas fiebres, lo postraban
en el suelo, sin tener más médico que la Providencia Divina, ni más
remedio que la conformidad con Dios, no hallando ni aun una choza en qué
recobrarse en tales lances, expuesto á las injurias del tiempo; pero
entonces Dios le llenaba de consuelos el alma, dándole tal vigor á su
espíritu que redundaba en el cuerpo, de tal manera que ya ni sentía la
enfermedad ni le rendían las fatigas; antes, emprendía los viajes más
incómodos y los mayores peligros para traer almas al rebaño de Cristo.
No son estas solamente expresiones mías, sino testimonio de un Superior
suyo, quien dice que después de tantos malos tratamientos de su vida, no
le pagaba con otra cosa que con reprensiones, á fin de que pusiese freno
á sus fervores que, mirados con los ojos materiales, excedían y pasaban
los términos de la prudencia; pero siendo él gobernado de espíritu
superior á toda prudencia humana, sin poder contener su celo corría
siempre más á donde la cosecha de las almas y de trabajos era mayor.
Llegó una vez á una Ranchería de infieles con el semblante tan
desfigurado, tan falto de fuerzas y pobre de vestido, que por burla
preguntaron aquellos infieles á sus compañeros si era el Padre algún
esclavo fugitivo de los españoles á quien hubiesen tan malparado á
golpes y azotes. No obstante, les predicó el santo varón la fe de Cristo
con tanto fervor y espíritu, que si él no pudo luego reducirlos,
viniendo poco después otro Misionero sacó de ellos fruto muy copioso.
Y aunque el apostólico Padre se hacía tan cruda guerra á sí mismo,
siempre le parecía todo poco por el ansia de padecer siempre más y más.
Oíasele muchas veces desahogar su corazón en deseos de más cruces y
trabajos y quejarse amorosamente al Señor porque andaba S. M. tan escaso
con él en darle aquellos trabajos y martirios que con tanta liberalidad
repartía á otros, porque aún no entendía que Dios le difería el
cumplimiento de sus deseos para que creciesen los méritos y adelantase
la gloria de su Criador, sufriendo otras muchas cruces que le tenía
preparadas por llevar su nombre á otros pueblos y naciones.
En el año de 1704 salió en busca de los Puraxís que se habían retirado á
una espesa selva para defenderse de los asaltos de algunos europeos que
sin temor á las leyes, sobre el seguro de estar lejos de la vista de
quien pudiese castigar sus excesos, se tomaban la licencia de hacer
esclavos á los paisanos y venderlos á su gusto como tales; y llegando á
donde uno de estos estaba alojado junto á aquellos pueblos, le recibió
con mal semblante y peores palabras, diciendo al V. P. que aquel no era
tiempo de hacer misiones, y así que se volviese y metiese en su
Reducción, porque si no lo hacía por bien, le obligaría, mal de su
grado, á que lo hiciese.
Eran buenas estas palabras para espantar cobardes ánimos, no para
entibiar el celo ardiente de un apóstol; y así, respondiéndole el Padre
afable y cortesmente, prosiguió su viaje, mas no halló indio alguno en
sus Rancherías, porque todos andaban huídos por los montes y selvas y
sólo se dejaba ver tal cual, que desde las copas de los árboles
exploraba los pasos de los españoles.
Esto le obligó á que trepase por los árboles para poder llegar á sus
albergues y cavernas, donde los recogió y predicó la fe y administró á
los niños el santo bautismo; y porque con la falta de lluvias se les
perdían irreparablemente los sembrados, se echó á sus piés aquella pobre
gente y más con lágrimas que con palabras, le pidieron que si tanto
podían con el Dios que predicaba sus súplicas, les alcanzase nuevo
remedio en aquella necesidad.
Enternecióse el buen Padre de sus lágrimas, y haciéndoles poner á todos
de rodillas delante de una cruz y levantadas las manos al cielo, les
mandó pidiesen agua á la fuente de todos los bienes, que es Dios.
No se hizo Dios sordo á las súplicas de aquellos nuevos fieles y así les
concedió su petición con lluvia copiosísima. Rabiaba de pesar el demonio
al ver que se le escapa de sus garras esta gente de quien hasta entonces
había estado en pacífica posesión y movió una tempestad terrible contra
él.
Salió uno de aquellos europeos, de quien poco ha hice mención, hombre
perdido y cruel y encendido en cólera por ver más que nunca perdidos
ahora sus intereses, maquinó con el fomento de otros parciales, hacer de
un golpe dos tiros, que fueron recoger gran número de esclavos y
malquistar al P. Lucas con aquellos pueblos, de suerte que jamás osase
ponerse delante de ellos.
Con este designio pasó los Puraxís, y les dijo que no creyesen á aquel
Padre, porque era un Mamaluco disfrazado en traje de jesuita; y para que
viesen que decía verdad, á la vuelta (había pasado el V. Padre á
reducir la nación de Tapacurás) le haría prender, y cargado de prisiones
le remitiría á Santa Cruz de la Sierra.
No dió la gente á sus palabras todo el crédito que deseaba; pero no
obstante, combatidos sus ánimos de dos diversos afectos, de temor de que
en la realidad fuese Mamaluco y del amor que le tenían, estaban tristes
y melancólicos.
Luego que el santo varón supo este enredo, les descubrió los fraudes del
enemigo y procuró aquietarlos con buenas razones.
Poco después dió la vuelta con su gente aquel malvado, y afrentando al
Padre con palabras llenas de oprobios, faltó poco para poner en él las
manos. Por último, le intimó en nombre de S. M. Católica (que en tales
empresas fingen estos malvados la autoridad real para abusar de ella
cuando les está á cuento ó se atraviesan sus intereses) que se retirase
luego de aquel país y fuese á dar razón al gobierno de Santa Cruz.