como á otros la tribulación le habría abierto los ojos para arrepentirse
de su pecado; pero sorprendido de un accidente y sintiendo que se le
acababa la vida, llamó á sus parientes y amigos y les dijo:
«Verdaderamente, hermanos míos, que soy desgraciado é infeliz, pues por
mis delitos pasados estoy condenado á arder para siempre en las penas
eternas del infierno. Mirad á los demonios que vienen á llevarme
arrastrando, para que sea su compañero en las penas, como lo fuí en los
pecados. El no haber dado crédito á los sabios consejos de los
Misioneros y el admitir de nuevo públicamente la amiga, son la causa de
esta mi sempiterna desventura, oid vosotros de buena gana la santa
doctrina y poned en ejecución cuanto en bien de vuestras almas se os
enseña, para que no vengais conmigo á llorar inconsolablemente en el
infierno aquellas culpas y yerros que para borrarlos no me será bastante
una eternidad de suplicios.»
Afligidísimos quedaron los circunstantes; y aquellos á quienes la
deshonestidad y la disolución les decían en el corazón que eran dignos
de semejante fin, se helaron de pavor y susto. Otros creyeron que con la
enfermedad maligna que tenía había delirado de aquella suerte, y por
esto le llevaron á la iglesia, en donde, celebradas las exequias, le
enterraron. Pero Dios Nuestro Señor dió bien presto á conocer que
aquellas palabras no habían sido delirios de una cabeza desvanecida,
sino una sincera confesión de la justa venganza del cielo. Porque á
pocos días vieron salir de la iglesia en grandes nublados un humo negro
y denso, que parecía se abrasaba toda ella. Acudió luego toda la gente á
apagar aquel que creían incendio; y registrando de dónde salía aquel
humo, vieron que le arrojaba la tierra que estaba sobre el cuerpo de
aquel desdichado; por lo cual echaron sobre él agua en grande
abundancia, pero ¿qué sucedería? Comenzó á bullir la tierra y á
levantarse, arrojando fuera una espesa y espantosa niebla que parecía se
abrasaba todo el lugar y que allí estaba escondido y oculto un gran
volcán de llamas.
Por tanto, abierta la sepultura, se halló el cuerpo sin la menor
corrupción, como si aquella tierra bendita rehusase mezclarse con
aquellos miembros, cuya alma era un tizón del infierno; pero exhalaba el
cuerpo un espantoso y hediondo humo, con que se veía bien claro que era
cosa más que natural. Por lo cual, sacado fuera el cadáver le arrojaron
en una laguna, la cual también comenzó luego á moverse y bullir, como si
allí se abrasase algún hierro ardiendo.
Aterróse no poco el pueblo con tan funestos accidentes, y por mucho
tiempo no se habló sino del infeliz Felipe Motoré, ni les fué necesario
á los Padres cansarse mucho en predicar la honestidad y perseverancia en
los matrimonios.
Curiosos después los indios de saber á dónde había ido á parar el
cuerpo, le buscaron dentro del agua; pero por más que registraron toda
la laguna, nunca jamás le pudieron encontrar, dando con esto motivo para
conjeturar prudentemente que fué sepultado en los abismos para hacer
compañía en las penas al alma, ya que la había incitado y hecho
participante de las brutales torpezas de la carne.
Pasemos ya de materia tan funesta y describamos por último una visión
que tuvo un neófito, por la cual mejoraron increíblemente las cosas de
esta cristiandad y fué más gustosa que todo cuanto he dicho hasta ahora.
Para lo cual me será preciso interrumpir á ratos brevemente la narración
para inteligencia de las cosas que en ella se insinúan, y la referiré
por extenso, como puntualmente la escribieron á su Provincial los PP.
Lucas Caballero y Felipe Suárez.
Un cristiano llamado Lucas Xarupá, asaltado de una fiebre maligna, le
redujo en pocos días á los últimos períodos de la vida; á este tiempo le
sobrevino un fortísimo parasismo que le privó totalmente del uso de los
sentidos, sino es ya que (como él afirmó) murió verdaderamente.
Salida el alma del cuerpo, le salieron al encuentro dos, con semblantes
de hombre, que le convidaban á que fuese con ellos á otro país.
Paróse un poco temiendo no fuesen demonios; pero observando las
facciones de sus rostros, la belleza de los vestidos y de las cruces que
traían en las manos, y la afabilidad de sus palabras, creyó que era cosa
del cielo; por lo cual, perdido el miedo, se fué tras ellos por una
cuesta empinada, por la cual se montaba á unas altas cumbres; la senda
era estrecha, difícil y sembrada toda de abrojos y espinas tejidas entre
sí á manera de cruces; por lo cual era menester caminar con tiento paso
á paso para no maltratarse; y hubiera desfallecido por la pena y dolor
que sentía en pisar las espinas si sus guías no le hubiesen alentado y
confortado con la amabilidad de su vista y con la luz que echaban de
sí; llegó entre tanto á donde por la mano izquierda había un camino
real, ancho y llano y bellísimo á la vista por su verdor, hermosamente
esmaltado de todo género de flores. Quiso seguir este camino, mas sus
conductores le advirtieron que mirase dónde iba á parar aquella
hermosura, y vió que iba á rematar en ciertas profundidades y altísimos
precipicios, de donde salían disonantísimos gritos y vocinglería, de
suerte que se persuadió estaban celebrando allí sus paisanos algún
solemne banquete; pero bien presto le sacó del engaño una cuadrilla de
demonios feísimos con terribles semblantes y descompasados movimientos
del cuerpo; unos con cara de tigres, otros de dragones y cocodrilos y
algunos con apariencias de tan monstruosas y terribles formas, que no
sufría el ánimo mirarlos; echaban todos por la boca y por las otras
partes del cuerpo llamas de color negro y espantoso, y gritando y
discurriendo de una parte á otra remedaban las danzas y bailes de los
indios, hasta que agarrándose del pobre neófito, que estaba todo
temblando creyendo que aquella fiesta era por él, hicieron gran fiesta
gritando:
«El, él es, Xarupá nuestro amigo, que antiguamente era nuestro devoto y
usaba de los hechizos maléficos que enseñamos á sus abuelos.»
A tales cortesías, se le recrecía el susto de que no le asiesen y
echasen mano de él, para llevárselo al infierno. Pero los ángeles le
aseguraron, de que no osarían moverse ni menearse contra él. Entonces
saltó fuera de enmedio de aquella canalla un cruelísimo verdugo,
arrastrando un condenado como á un vilísimo jumento, atadas las manos y
los piés con cadenas de acero ardiendo; traía á la garganta un collar
ancho de hierro que le forzaba, mal de su grado, á tener derecha la
cabeza para su mayor confusión y vergüenza: daba en tierra á cada paso
por la violencia con que el inhumano verdugo le tiraba; pero los
demonios que venían detrás, con una tempestad de azotes que llovían
sobre su cuerpo y con otras cruelísimas befas, le obligaban á caminar.
Daba entratanto el miserable horrendos gemidos y suspiros maldiciendo su
desventura y lamentándose desesperadamente. Ardía todo en vivas llamas
como también el demonio que le tiraba, el cual traía á la cintura, en
señal del oficio, un grande haz de víboras, que le despedazasen; y
vuelto á Lucas, con fiereza propia del infierno, le dijo:
«También tú alguna vez te entendías conmigo y eras de mi servicio,
siento mucho que me hayas dejado, vinieras ahora á cortejarme si estos
Padres no hubieran venido á tu Ranchería á predicar la ley de Cristo: no
lo puedo sufrir; no hacen otra cosa, más que hablar mal de mí y de mis
cosas. Pero no, no todos los paisanos han de ir al cielo; muchos aún
duran en mal estado, y obstinados en sus costumbres gentílicas. Me
atraviesa el corazón verme forzado á venir aquí, para que tú veas
nuestras miserias, y de qué suerte es el galardón que damos á los que
siguen nuestro partido, y tú vayas después á contarlo, porque en
adelante perderemos el crédito, y los tuyos dejando los vicios y
supersticiones abrazarán la nueva fe; y si tú á esta hora no hubieras
tomado esta resolución, fueras ahora compañero de este que tengo aquí en
mi poder. Mírale, mírale, ¿le conoces?»
Tenía tan demudado el semblante, feo y hecho un tizón de fuego, que mal
le podía conocer; pero, finalmente, después de fijar muchas veces en él
la vista, reconoció quién era. Este es (le dijeron los ángeles) Antonio
Tapochí, que ni aun en la hora de su muerte se quiso arrepentir, y por
más que los suyos le exhortaron á que mirase por su alma y se dispusiese
á bien morir, nunca quiso darles oídos y echaba de sí con enojo y
despecho á quien le animaba á que pidiese perdón á Dios y llorase y
confesase sus culpas. Entonces el desgraciado Antonio, dando un profundo
suspiro y volviéndose á Lucas, le habló de esta manera.
«¡Ay, desdichado de mí, que no quise creer á los Padres! ¡Qué penas, qué
dolores, qué grandes é insufribles tormentos padezco por haber ofendido
á Dios, sin hacer caso de su doctrina y de sus ministros que la
predicaban! ¿Estos suplicios no han de tener jamás fin? ¡He de padecer y
llorar eternamente, sin esperanza de alivio! ¡Felices mil veces vosotros
que podéis esperar la eterna bienaventuranza, y libraros de este
infinito piélago de amarguras y de las manos de los verdugos, peores que
las mismas penas!»
Esto que ves del desventurado fin de este desdichado (le dijeron los
ángeles) refiérelo á tus paisanos, y diles que también está en el
infierno el cacique Miguel Matoquí (era éste de nación Piñoca y de los
primeros que sujetaron la cerviz al yugo de Cristo; pero enfadado de
vivir con las reglas y leyes del cristiano, se huyó entre los gentiles,
llevando consigo sus hijos y su mujer; la cual, no pudiendo hacer por
entonces otra cosa, le siguió, volvióle de nuevo á San Francisco Xavier
el P. Caballero, pero siempre perseveró él en sus primeros
pensamientos, y en el corazón era gentil, aunque en la apariencia se
mostraba hombre cristiano.) En la última enfermedad recibió los Santos
Sacramentos por no dar qué decir; pero en la agonía mostró que, así como
había vivido como bestia, también como tal quería morir; también se
condenó el malvado hechicero Poó, el cual está en lo más profundo del
infierno, atormentado horriblemente por dos demonios, que fueron sus
inseparables compañeros mientras vivió, y por instigación suya pretendió
desacreditar la buena fama de los Padres y vituperar la santa ley de
Dios, incitando á los más neófitos que podía á apostatar y volver á sus
antiguos vicios.
Da también noticia á los tuyos (prosiguieron los ángeles) de aquéllos
que se han salvado y gozan ahora de la eterna bienaventuranza en el
Paraíso. Salvóse Andrés Zurubi, que después de tres días de Purgatorio
voló al cielo (vivió este neófito una vida ejemplarísima; en las
privadas disciplinas de los viernes y en las públicas, que en ciertos
días del año en las principales solemnidades se hacen por las calles,
era el primero en la frecuencia de los Sacramentos, en las oraciones, en
la iglesia y al pie de las cruces contínuo; lloraba tan amargamente sus
pecados, que no pocas veces sacaba lágrimas á los ojos de los
misioneros; llevó la última enfermedad con grandísima paciencia,
mostrando en ella grandes y encendidos deseos de morir para ver á Cristo
Nuestro Señor, sabiendo el buen trueque que muriendo hacía cambiando
esta breve y miserable vida por la eterna y bienaventurada. Estando á
los últimos, le envió un Padre la imagen de San Francisco Xavier para
que le pidiese la salud; pero él, en lugar de pedirle la vida, le
suplicó que si aún no se le había llegado su hora, le alcanzase luego de
Dios se le llegase; y en efecto, fué al punto oído, porque mientras
explicaba al glorioso apóstol sus deseos, plácidamente espiró; y
preguntando al niño que le había llevado la santa imagen cómo estaba el
enfermo, respondió llorando que ya había muerto; y con un modillo, á
manera de quien estaba enojado, añadió: «¿Y cómo no había de morir, si
pidió él ir á ver á Jesucristo y Su Madre Santísima?»
Vive también (le añadieron sus guías) en la celestial Jerusalén con
nosotros Agustín Zurubi y su buena mujer, por medio de los grandes y
ardientes deseos que tuvo siempre de ver á Dios (era el Agustín
cristiano de buen corazón, devoto, humilde, obediente y de conciencia
delicada; asaltado de la última enfermedad, gastaba el tiempo
solemnemente en rezar el rosario, y en tiernos coloquios con Dios y con
la Reina del cielo; y en la hora de su muerte vió algunos espíritus
bienaventurados que le convidaban al Paraíso, de lo cual dió aviso él á
un compañero suyo, y con los nombres de Jesús y María en la boca entregó
el alma á su criador. La mujer, desde que recibió el santo bautismo,
vivió como un ángel, y el confesor no hallaba en ella materia de qué
absolverla).
Exhorta á sus paisanos (prosiguieron los ángeles) que tengan gran
respeto y reverencia á los Misioneros, ministros de Dios, y á que,
depuestas y olvidadas las discordias y rencores, se amen como buenos
cristianos.
Explica al pueblo la terribilidad de los suplicios eternos, porque no
pocos perseveran todavía, obstinados en sus vicios, y se hacen sordos á
los avisos de los Padres y al llamamiento de Dios.
Dí que se mude cuanto antes la Reducción á paraje más vecino y cercano á
los infieles, porque Jesucristo, por la desobediencia de los tuyos ha
enviado aquí la peste y nunca cesará hasta que os rindais de buena gana
á su voluntad, pues es cosa fuera de razón que los obreros Evangélicos
pierdan el tiempo en cultivar pocas almas, mientras se pierden tantos
millares por falta de quien les enseñe el camino de salvación.
Dí á los cristianos que fueron á anunciar el Nombre de Dios á los
infieles, que su misión agradó mucho á Jesucristo, y que por los
trabajos é incomodidades que en ella sufrieron, les tiene prevenido en
el cielo un premio incomparable; que no teman nada las saetas, las
macanas y la muerte á manos de los gentiles, porque recibirán de Dios
gloria y galardón correspondiente; y para que se te dé crédito y fe,
verás ahora alguna cosa de la eterna bienaventuranza.
Entonces, en un momento, desapareció el condenado y aquella
terribilísima representación del infierno, y luego le pusieron los
ángeles á las puertas de la Celestial Jerusalén, de tal riqueza y
hermosura, cual las pinta el apóstol San Juan en su Apocalypsi.
Apenas había metido dentro el pie, cuando le salieron al encuentro dos
bellísimos jóvenes, trayendo en las manos cruces resplandecientes, los
cuales le introdujeron en un ameno jardín, donde por la fragancia de las
flores, que no se puede comparar con ninguna de acá, y con la belleza de
lo que veía, estaba como en extásis admirado; y siendóle presentada una
fruta semejante á la granada, con sólo llegarla á sus labios, se le
inundó el corazón de tanto gozo y consuelo, que creía que en él estaba
lo mejor y aun el todo del don de los ciudadanos del cielo; pero le fué
dicho al oído, que estaba muy lejos el piélago de la bienaventuranza, en
que engolfándose los Bienaventurados, se hallan plenamente hartos,
satisfechos y contentos; y que lo que tenía delante, no era otra cosa
más que un asomo, una muestra de lo que quedaba que gozar, bueno y sólo
para hacer bienaventurados los sentidos, y la inferior porción del
hombre, incapaz de los deleites que trae consigo al entendimiento el
conocimiento y la vista clara de la divina esencia.
No acababa el buen Lucas de echar los ojos por todas partes, donde veía
nuevas delicias y bellezas; y hubiera querido detenerse algún tanto aquí
ó pasar adelante, pero le atajó sus designios y embarazó su gusto un
escuadrón de espirítus bienaventurados; y el más autorizado entre ellos
que en el aire del semblante, en la majestad de sus pasos y en la cruz
resplandeciente que traía, creyó era príncipe de la milicia celestial;
el cual, volviéndose á mirar á Lucas, le dijo con palabras algo severas:
¿Y tú? ¿Cómo estás aquí? ¿Te has confesado? Respondió que sí, á que
añadió: ¿Y estos tres pecados? y nombróselos.
Enmudeció el pobre, porque decía era verdad, que no había hecho caso de
ellos en la confesión, por ignorancia suya.
Entonces le dijo el ángel: Estos afean mucho tu alma, y la impiden el
venir á gozar cara á cara de la vista de Dios. Dí á la gente, que no hay
otro modo de venir al cielo, sino manifestando sinceramente las culpas
en la confesión, como os lo dicen los Padres; las cuales palabras
pronunció con tanta fuerza y eficacia, que como un gran trueno le
hicieron temblar todo.
Con esto dió la vuelta con sus compañeros y hubiera querido el neófito
detenerlos para ver más de cerca las cosas tan grandes que había oído
decir de Dios y de su gloria, y ver aquel inefable prodigio de cómo las
almas son bienaventuradas, no menos porque se ven en Dios que porque ven
á Dios en sí mismo; pero aquel príncipe le hizo entender que ninguno que
está feo con la culpa podía mirarse como en un espejo en Dios, ni hacer
de sí mismo espejo en que se mire Dios; antes que saliese de allí y
volviese acá para borrar con la penitencia y confesión aquellas culpas.
Despidióse, pues, el pobre hombre de aquel dichosísimo lugar, mas cuando
empezaba á entrar por el primer camino, vió que le salía al encuentro la
Reina del cielo, servida de gran multitud de santos, que despedía de su
rostro tantos rayos y resplandores, que quedó pasmado de la belleza y
atónito de la majestad de su semblante; y saludándole su Majestad á él
en su lengua, con aire de enojada le preguntó qué llevaba colgado al
cuello. Este rosario no es tuyo, sino de mi hijo (y nombró al mancebo á
quien Lucas se lo había quitado por fuerza), el cual, en premio de haber
acertado con la saeta al blanco, quiso más mi rosario que otras cosas
que se le ofrecían; vuelvéselo cuanto antes, porque con esta tu
violencia le causaste gran pesar; y al decir esto desapareció, y sus
conductores ó guías le volvieron al mundo, y encontrando á cada paso
tropas de espíritus infernales que andaban discurriendo y ahullando á
manera de lebreles que andan en busca de las fieras, se llenó todo de
espanto y horror.
Llegado junto á su cuerpo, que poco antes había dejado, no le pareció
más que una disforme masa de barro y se maravillaba consigo mismo y no
acababa de creer que aquél era en quien poco antes ejercitaba todas las
operaciones y facultades naturales, y no cesaba de lamentarse y quejarse
con sus compañeros, sino que éstos, sonriéndose, le dijeron:
Aquí conocerás qué cosa eres tú, cargado de esta vil y hendionda
materia.
Con lo cual al punto se desaparecieron de sus ojos, se acabó la visión y
Lucas Xarupá, ó por mejor decir, su alma, volviendo á entrar en su
cuerpo como si despertase de un profundo sueño, ó como él decía, como si
resucitase, su primera diligencia fué hacer llamar al dueño del rosario,
y pidiéndole perdón de la injuria, luego en aquel punto se vió libre de
la fiebre que aún duraba.
Quedaron atónitos los circunstantes de que con tan leve remedio se
hubiese librado de aquella penosa enfermedad; mas cuando oyeron lo que
por orden de Dios les refirió, fué increíble la conmoción, las lágrimas
y el fruto; ni se quedó aquí solo, sino que en donde quiera que llegó la
voz de este suceso se vieron los mismos efectos; y quien era bueno se
alentó á perseverar, y quien malo, con la memoria de aquellos suplicios,
corrigió el humor pecante que en él predominaba. Y el resucitado comenzó
una vida tanto mejor, que si antes era bueno, después era un santo.
Quédame ahora, por fin y remate, que decir algo del celo de estos buenos
cristianos en anunciar la ley divina y llevar la luz del Evangelio á los
que aún duran en las tinieblas y vicios del gentilismo; parece que no
viven contentos en la nueva vida que han empezado á profesar si no traen
á otros á gozar del mismo bien.
Para prueba de lo cual, daré el primer lugar á los Misioneros, que, como
testigos de vista y de experiencia, no acaban de hablar de este
particular.
«En este caso, y con otros milagrosos sucesos (así concluye una carta
suya un Misionero de la Reducción de San Francisco Xavier, después de
haber escrito la visión que poco ha referí), se ha encedido en este
pueblo un gran fuego de caridad y de celo, para llevar el nombre de Dios
á los infieles sin hacer caso de os trabajos y fatigas y de la muerte,
con que han de encontrarse á cada paso.»
«La fe, á Dios gracias, va cada día en aumento (dice otro) y desean
muchísimos, sin hacer caso ninguno de su vida, introducirla en los
gentiles circunvecinos.
«Estoy esperando (escribe el P. Caballero) á ciertos neófitos que el año
pasado recibieron el santo bautismo, los cuales, movidos á compasión de
sus paisanos se ofrecieron á ir allá para reducirlos al rebaño de
Cristo, para que sean participantes del bien de que ellos gozan.»
Así cuentan de un tal indio llamado Ignacio que no sabe vivir sin andar
en busca de infieles y ganando almas á Cristo; y el P. Juan Bautista de
Zea, en su ida á los Zamucos, le escogió por capitán de los demás, y á
él singularmente fiaba los negocios más graves del bien de aquella
gente.
Otro tanto escribe el P. Agustín Castañares de otro indio del pueblo de
San Rafael, llamado Antonio, que procuraba librar cuantas almas podía de
las garras de los Mamalucos y ponerlas en cobro en su Reducción.
Apenas se serena el cielo, después del tiempo de las lluvias, cuando
luego se previenen para sus misiones, y se tiene por dichoso quien más
padece y quien más almas trae al conocimiento de Dios, y gastan en esta
empresa tres y cuatro meses, hasta que encuentran paraje donde poder
hacer cosecha de almas.
Después es cosa de ver las fiestas y alegrías que hace el pueblo al
tiempo de su vuelta, y la caridad y amor con que reciben á sus nuevos
huéspedes, aunque sean antiguos, implacables enemigos suyos, mueven á
devoción y á lágrimas á los Padres.
Dánles parte de su pobreza, admítenlos en su casa y quisieran meterlos
también en su corazón, de suerte que presto se olvidan los bárbaros de
su nativo suelo y se enamoran de la santa ley divina, de la cual ven en
sus huéspedes ingerida tan bella virtud entre hombres tan salvajes como
ellos, pues es un gran milagro que aun en las necesidades extremas usen,
cuando son gentiles, de piedad unos con otros, aun aquellos á quien la
Naturaleza ha estrechado con los fuertes lazos de la sangre.
Y á la verdad, esta nueva cristiandad se debe á sí misma gran parte de
su esplendor y aumento; pues se extiende á tanto su ardiente celo que,
sin reparar en peligros evidentes de la vida, se entran por las selvas,
ya solos, ya con los Padres Misioneros, á solicitar la conversión de los
infieles, siendo ya más de ciento los que han derramado su sangre y
ofrecido gustosos sus vidas por dilatar los reinos de Jesucristo entre
aquellas bárbaras naciones. Como lo verá claramente quien atentamente
leyere esta relación.
Y ayuda Nuestro Señor á estos sus siervos muchas veces, aun con
milagros, á fin de confirmarlos más en la fe y de que viéndolos los
infieles corran á pedir el bautismo.
Contaré dos solos por no alargarme ni cansar á los lectores.
El primero es de ciertos neófitos que habiendo salido á llevar el nombre
de Dios á una Ranchería de indios Penoquís, mientras que con fervor de
espíritu exhortaban á aquellos bárbaros á dejar su patria, abandonar el
gentilismo y entrar en el rebaño de Cristo, vinieron algunas mujeres
espantadas, gritando: «Desgracia, desgracia, que el agua de una laguna
cercana que servía para el abasto del pueblo había tomado forma y color
de sangre», pronóstico para ellos de mala ventura.
Empezaron luego los paisanos á discurrir sobre el caso haciendo diversas
interpretaciones, según la pasión de cada uno; mas los cristianos al
punto les descifraron el caso, diciendo que aquella era fraude y traza
del demonio para apartarlos de que abrazasen la ley del verdadero Dios,
y en señal de eso fueron allá todos juntos, y vista la extraña mutación,
tomando los cristianos con gran fe el rosario en la mano, bendijeron el
agua y le metieron dentro de ella; al punto, desvanecida aquella
apariencia, volvió el agua á su antiguo color y sabor que antes tenía.
Aún es más maravilloso otro caso que sucedió á estos mismos, los cuales,
repartidos por muchas Rancherías distantes unas de otras cosa de una
legua, juntaban gente para reducirla á la santa fe y conducirla á la
Reducción.
Vieron que allí cerca se levantaba en alto gran nublado de humo y grande
fuego, sin saber de dónde venía ni quién le hubiese encendido (y por
ventura también esta fué astucia del enemigo infernal), y que venía á
dar sobre ellos; y porque hacía gran viento se podía mal asegurar la
vida y la hacienda con la fuga; y más que las llamas prendían ya en la
primera Ranchería.