Acudieron los nuestros á visitarle, persuadidos á que también á éste

como á otros la tribulación le habría abierto los ojos para arrepentirse

de su pecado; pero sorprendido de un accidente y sintiendo que se le

acababa la vida, llamó á sus parientes y amigos y les dijo:

«Verdaderamente, hermanos míos, que soy desgraciado é infeliz, pues por

mis delitos pasados estoy condenado á arder para siempre en las penas

eternas del infierno. Mirad á los demonios que vienen á llevarme

arrastrando, para que sea su compañero en las penas, como lo fuí en los

pecados. El no haber dado crédito á los sabios consejos de los

Misioneros y el admitir de nuevo públicamente la amiga, son la causa de

esta mi sempiterna desventura, oid vosotros de buena gana la santa

doctrina y poned en ejecución cuanto en bien de vuestras almas se os

enseña, para que no vengais conmigo á llorar inconsolablemente en el

infierno aquellas culpas y yerros que para borrarlos no me será bastante

una eternidad de suplicios.»

Afligidísimos quedaron los circunstantes; y aquellos á quienes la

deshonestidad y la disolución les decían en el corazón que eran dignos

de semejante fin, se helaron de pavor y susto. Otros creyeron que con la

enfermedad maligna que tenía había delirado de aquella suerte, y por

esto le llevaron á la iglesia, en donde, celebradas las exequias, le

enterraron. Pero Dios Nuestro Señor dió bien presto á conocer que

aquellas palabras no habían sido delirios de una cabeza desvanecida,

sino una sincera confesión de la justa venganza del cielo. Porque á

pocos días vieron salir de la iglesia en grandes nublados un humo negro

y denso, que parecía se abrasaba toda ella. Acudió luego toda la gente á

apagar aquel que creían incendio; y registrando de dónde salía aquel

humo, vieron que le arrojaba la tierra que estaba sobre el cuerpo de

aquel desdichado; por lo cual echaron sobre él agua en grande

abundancia, pero ¿qué sucedería? Comenzó á bullir la tierra y á

levantarse, arrojando fuera una espesa y espantosa niebla que parecía se

abrasaba todo el lugar y que allí estaba escondido y oculto un gran

volcán de llamas.

Por tanto, abierta la sepultura, se halló el cuerpo sin la menor

corrupción, como si aquella tierra bendita rehusase mezclarse con

aquellos miembros, cuya alma era un tizón del infierno; pero exhalaba el

cuerpo un espantoso y hediondo humo, con que se veía bien claro que era

cosa más que natural. Por lo cual, sacado fuera el cadáver le arrojaron

en una laguna, la cual también comenzó luego á moverse y bullir, como si

allí se abrasase algún hierro ardiendo.

Aterróse no poco el pueblo con tan funestos accidentes, y por mucho

tiempo no se habló sino del infeliz Felipe Motoré, ni les fué necesario

á los Padres cansarse mucho en predicar la honestidad y perseverancia en

los matrimonios.

Curiosos después los indios de saber á dónde había ido á parar el

cuerpo, le buscaron dentro del agua; pero por más que registraron toda

la laguna, nunca jamás le pudieron encontrar, dando con esto motivo para

conjeturar prudentemente que fué sepultado en los abismos para hacer

compañía en las penas al alma, ya que la había incitado y hecho

participante de las brutales torpezas de la carne.

Pasemos ya de materia tan funesta y describamos por último una visión

que tuvo un neófito, por la cual mejoraron increíblemente las cosas de

esta cristiandad y fué más gustosa que todo cuanto he dicho hasta ahora.

Para lo cual me será preciso interrumpir á ratos brevemente la narración

para inteligencia de las cosas que en ella se insinúan, y la referiré

por extenso, como puntualmente la escribieron á su Provincial los PP.

Lucas Caballero y Felipe Suárez.

Un cristiano llamado Lucas Xarupá, asaltado de una fiebre maligna, le

redujo en pocos días á los últimos períodos de la vida; á este tiempo le

sobrevino un fortísimo parasismo que le privó totalmente del uso de los

sentidos, sino es ya que (como él afirmó) murió verdaderamente.

Salida el alma del cuerpo, le salieron al encuentro dos, con semblantes

de hombre, que le convidaban á que fuese con ellos á otro país.

Paróse un poco temiendo no fuesen demonios; pero observando las

facciones de sus rostros, la belleza de los vestidos y de las cruces que

traían en las manos, y la afabilidad de sus palabras, creyó que era cosa

del cielo; por lo cual, perdido el miedo, se fué tras ellos por una

cuesta empinada, por la cual se montaba á unas altas cumbres; la senda

era estrecha, difícil y sembrada toda de abrojos y espinas tejidas entre

sí á manera de cruces; por lo cual era menester caminar con tiento paso

á paso para no maltratarse; y hubiera desfallecido por la pena y dolor

que sentía en pisar las espinas si sus guías no le hubiesen alentado y

confortado con la amabilidad de su vista y con la luz que echaban de

sí; llegó entre tanto á donde por la mano izquierda había un camino

real, ancho y llano y bellísimo á la vista por su verdor, hermosamente

esmaltado de todo género de flores. Quiso seguir este camino, mas sus

conductores le advirtieron que mirase dónde iba á parar aquella

hermosura, y vió que iba á rematar en ciertas profundidades y altísimos

precipicios, de donde salían disonantísimos gritos y vocinglería, de

suerte que se persuadió estaban celebrando allí sus paisanos algún

solemne banquete; pero bien presto le sacó del engaño una cuadrilla de

demonios feísimos con terribles semblantes y descompasados movimientos

del cuerpo; unos con cara de tigres, otros de dragones y cocodrilos y

algunos con apariencias de tan monstruosas y terribles formas, que no

sufría el ánimo mirarlos; echaban todos por la boca y por las otras

partes del cuerpo llamas de color negro y espantoso, y gritando y

discurriendo de una parte á otra remedaban las danzas y bailes de los

indios, hasta que agarrándose del pobre neófito, que estaba todo

temblando creyendo que aquella fiesta era por él, hicieron gran fiesta

gritando:

«El, él es, Xarupá nuestro amigo, que antiguamente era nuestro devoto y

usaba de los hechizos maléficos que enseñamos á sus abuelos.»

A tales cortesías, se le recrecía el susto de que no le asiesen y

echasen mano de él, para llevárselo al infierno. Pero los ángeles le

aseguraron, de que no osarían moverse ni menearse contra él. Entonces

saltó fuera de enmedio de aquella canalla un cruelísimo verdugo,

arrastrando un condenado como á un vilísimo jumento, atadas las manos y

los piés con cadenas de acero ardiendo; traía á la garganta un collar

ancho de hierro que le forzaba, mal de su grado, á tener derecha la

cabeza para su mayor confusión y vergüenza: daba en tierra á cada paso

por la violencia con que el inhumano verdugo le tiraba; pero los

demonios que venían detrás, con una tempestad de azotes que llovían

sobre su cuerpo y con otras cruelísimas befas, le obligaban á caminar.

Daba entratanto el miserable horrendos gemidos y suspiros maldiciendo su

desventura y lamentándose desesperadamente. Ardía todo en vivas llamas

como también el demonio que le tiraba, el cual traía á la cintura, en

señal del oficio, un grande haz de víboras, que le despedazasen; y

vuelto á Lucas, con fiereza propia del infierno, le dijo:

«También tú alguna vez te entendías conmigo y eras de mi servicio,

siento mucho que me hayas dejado, vinieras ahora á cortejarme si estos

Padres no hubieran venido á tu Ranchería á predicar la ley de Cristo: no

lo puedo sufrir; no hacen otra cosa, más que hablar mal de mí y de mis

cosas. Pero no, no todos los paisanos han de ir al cielo; muchos aún

duran en mal estado, y obstinados en sus costumbres gentílicas. Me

atraviesa el corazón verme forzado á venir aquí, para que tú veas

nuestras miserias, y de qué suerte es el galardón que damos á los que

siguen nuestro partido, y tú vayas después á contarlo, porque en

adelante perderemos el crédito, y los tuyos dejando los vicios y

supersticiones abrazarán la nueva fe; y si tú á esta hora no hubieras

tomado esta resolución, fueras ahora compañero de este que tengo aquí en

mi poder. Mírale, mírale, ¿le conoces?»

Tenía tan demudado el semblante, feo y hecho un tizón de fuego, que mal

le podía conocer; pero, finalmente, después de fijar muchas veces en él

la vista, reconoció quién era. Este es (le dijeron los ángeles) Antonio

Tapochí, que ni aun en la hora de su muerte se quiso arrepentir, y por

más que los suyos le exhortaron á que mirase por su alma y se dispusiese

á bien morir, nunca quiso darles oídos y echaba de sí con enojo y

despecho á quien le animaba á que pidiese perdón á Dios y llorase y

confesase sus culpas. Entonces el desgraciado Antonio, dando un profundo

suspiro y volviéndose á Lucas, le habló de esta manera.

«¡Ay, desdichado de mí, que no quise creer á los Padres! ¡Qué penas, qué

dolores, qué grandes é insufribles tormentos padezco por haber ofendido

á Dios, sin hacer caso de su doctrina y de sus ministros que la

predicaban! ¿Estos suplicios no han de tener jamás fin? ¡He de padecer y

llorar eternamente, sin esperanza de alivio! ¡Felices mil veces vosotros

que podéis esperar la eterna bienaventuranza, y libraros de este

infinito piélago de amarguras y de las manos de los verdugos, peores que

las mismas penas!»

Esto que ves del desventurado fin de este desdichado (le dijeron los

ángeles) refiérelo á tus paisanos, y diles que también está en el

infierno el cacique Miguel Matoquí (era éste de nación Piñoca y de los

primeros que sujetaron la cerviz al yugo de Cristo; pero enfadado de

vivir con las reglas y leyes del cristiano, se huyó entre los gentiles,

llevando consigo sus hijos y su mujer; la cual, no pudiendo hacer por

entonces otra cosa, le siguió, volvióle de nuevo á San Francisco Xavier

el P. Caballero, pero siempre perseveró él en sus primeros

pensamientos, y en el corazón era gentil, aunque en la apariencia se

mostraba hombre cristiano.) En la última enfermedad recibió los Santos

Sacramentos por no dar qué decir; pero en la agonía mostró que, así como

había vivido como bestia, también como tal quería morir; también se

condenó el malvado hechicero Poó, el cual está en lo más profundo del

infierno, atormentado horriblemente por dos demonios, que fueron sus

inseparables compañeros mientras vivió, y por instigación suya pretendió

desacreditar la buena fama de los Padres y vituperar la santa ley de

Dios, incitando á los más neófitos que podía á apostatar y volver á sus

antiguos vicios.

Da también noticia á los tuyos (prosiguieron los ángeles) de aquéllos

que se han salvado y gozan ahora de la eterna bienaventuranza en el

Paraíso. Salvóse Andrés Zurubi, que después de tres días de Purgatorio

voló al cielo (vivió este neófito una vida ejemplarísima; en las

privadas disciplinas de los viernes y en las públicas, que en ciertos

días del año en las principales solemnidades se hacen por las calles,

era el primero en la frecuencia de los Sacramentos, en las oraciones, en

la iglesia y al pie de las cruces contínuo; lloraba tan amargamente sus

pecados, que no pocas veces sacaba lágrimas á los ojos de los

misioneros; llevó la última enfermedad con grandísima paciencia,

mostrando en ella grandes y encendidos deseos de morir para ver á Cristo

Nuestro Señor, sabiendo el buen trueque que muriendo hacía cambiando

esta breve y miserable vida por la eterna y bienaventurada. Estando á

los últimos, le envió un Padre la imagen de San Francisco Xavier para

que le pidiese la salud; pero él, en lugar de pedirle la vida, le

suplicó que si aún no se le había llegado su hora, le alcanzase luego de

Dios se le llegase; y en efecto, fué al punto oído, porque mientras

explicaba al glorioso apóstol sus deseos, plácidamente espiró; y

preguntando al niño que le había llevado la santa imagen cómo estaba el

enfermo, respondió llorando que ya había muerto; y con un modillo, á

manera de quien estaba enojado, añadió: «¿Y cómo no había de morir, si

pidió él ir á ver á Jesucristo y Su Madre Santísima?»

Vive también (le añadieron sus guías) en la celestial Jerusalén con

nosotros Agustín Zurubi y su buena mujer, por medio de los grandes y

ardientes deseos que tuvo siempre de ver á Dios (era el Agustín

cristiano de buen corazón, devoto, humilde, obediente y de conciencia

delicada; asaltado de la última enfermedad, gastaba el tiempo

solemnemente en rezar el rosario, y en tiernos coloquios con Dios y con

la Reina del cielo; y en la hora de su muerte vió algunos espíritus

bienaventurados que le convidaban al Paraíso, de lo cual dió aviso él á

un compañero suyo, y con los nombres de Jesús y María en la boca entregó

el alma á su criador. La mujer, desde que recibió el santo bautismo,

vivió como un ángel, y el confesor no hallaba en ella materia de qué

absolverla).

Exhorta á sus paisanos (prosiguieron los ángeles) que tengan gran

respeto y reverencia á los Misioneros, ministros de Dios, y á que,

depuestas y olvidadas las discordias y rencores, se amen como buenos

cristianos.

Explica al pueblo la terribilidad de los suplicios eternos, porque no

pocos perseveran todavía, obstinados en sus vicios, y se hacen sordos á

los avisos de los Padres y al llamamiento de Dios.

Dí que se mude cuanto antes la Reducción á paraje más vecino y cercano á

los infieles, porque Jesucristo, por la desobediencia de los tuyos ha

enviado aquí la peste y nunca cesará hasta que os rindais de buena gana

á su voluntad, pues es cosa fuera de razón que los obreros Evangélicos

pierdan el tiempo en cultivar pocas almas, mientras se pierden tantos

millares por falta de quien les enseñe el camino de salvación.

Dí á los cristianos que fueron á anunciar el Nombre de Dios á los

infieles, que su misión agradó mucho á Jesucristo, y que por los

trabajos é incomodidades que en ella sufrieron, les tiene prevenido en

el cielo un premio incomparable; que no teman nada las saetas, las

macanas y la muerte á manos de los gentiles, porque recibirán de Dios

gloria y galardón correspondiente; y para que se te dé crédito y fe,

verás ahora alguna cosa de la eterna bienaventuranza.

Entonces, en un momento, desapareció el condenado y aquella

terribilísima representación del infierno, y luego le pusieron los

ángeles á las puertas de la Celestial Jerusalén, de tal riqueza y

hermosura, cual las pinta el apóstol San Juan en su Apocalypsi.

Apenas había metido dentro el pie, cuando le salieron al encuentro dos

bellísimos jóvenes, trayendo en las manos cruces resplandecientes, los

cuales le introdujeron en un ameno jardín, donde por la fragancia de las

flores, que no se puede comparar con ninguna de acá, y con la belleza de

lo que veía, estaba como en extásis admirado; y siendóle presentada una

fruta semejante á la granada, con sólo llegarla á sus labios, se le

inundó el corazón de tanto gozo y consuelo, que creía que en él estaba

lo mejor y aun el todo del don de los ciudadanos del cielo; pero le fué

dicho al oído, que estaba muy lejos el piélago de la bienaventuranza, en

que engolfándose los Bienaventurados, se hallan plenamente hartos,

satisfechos y contentos; y que lo que tenía delante, no era otra cosa

más que un asomo, una muestra de lo que quedaba que gozar, bueno y sólo

para hacer bienaventurados los sentidos, y la inferior porción del

hombre, incapaz de los deleites que trae consigo al entendimiento el

conocimiento y la vista clara de la divina esencia.

No acababa el buen Lucas de echar los ojos por todas partes, donde veía

nuevas delicias y bellezas; y hubiera querido detenerse algún tanto aquí

ó pasar adelante, pero le atajó sus designios y embarazó su gusto un

escuadrón de espirítus bienaventurados; y el más autorizado entre ellos

que en el aire del semblante, en la majestad de sus pasos y en la cruz

resplandeciente que traía, creyó era príncipe de la milicia celestial;

el cual, volviéndose á mirar á Lucas, le dijo con palabras algo severas:

¿Y tú? ¿Cómo estás aquí? ¿Te has confesado? Respondió que sí, á que

añadió: ¿Y estos tres pecados? y nombróselos.

Enmudeció el pobre, porque decía era verdad, que no había hecho caso de

ellos en la confesión, por ignorancia suya.

Entonces le dijo el ángel: Estos afean mucho tu alma, y la impiden el

venir á gozar cara á cara de la vista de Dios. Dí á la gente, que no hay

otro modo de venir al cielo, sino manifestando sinceramente las culpas

en la confesión, como os lo dicen los Padres; las cuales palabras

pronunció con tanta fuerza y eficacia, que como un gran trueno le

hicieron temblar todo.

Con esto dió la vuelta con sus compañeros y hubiera querido el neófito

detenerlos para ver más de cerca las cosas tan grandes que había oído

decir de Dios y de su gloria, y ver aquel inefable prodigio de cómo las

almas son bienaventuradas, no menos porque se ven en Dios que porque ven

á Dios en sí mismo; pero aquel príncipe le hizo entender que ninguno que

está feo con la culpa podía mirarse como en un espejo en Dios, ni hacer

de sí mismo espejo en que se mire Dios; antes que saliese de allí y

volviese acá para borrar con la penitencia y confesión aquellas culpas.

Despidióse, pues, el pobre hombre de aquel dichosísimo lugar, mas cuando

empezaba á entrar por el primer camino, vió que le salía al encuentro la

Reina del cielo, servida de gran multitud de santos, que despedía de su

rostro tantos rayos y resplandores, que quedó pasmado de la belleza y

atónito de la majestad de su semblante; y saludándole su Majestad á él

en su lengua, con aire de enojada le preguntó qué llevaba colgado al

cuello. Este rosario no es tuyo, sino de mi hijo (y nombró al mancebo á

quien Lucas se lo había quitado por fuerza), el cual, en premio de haber

acertado con la saeta al blanco, quiso más mi rosario que otras cosas

que se le ofrecían; vuelvéselo cuanto antes, porque con esta tu

violencia le causaste gran pesar; y al decir esto desapareció, y sus

conductores ó guías le volvieron al mundo, y encontrando á cada paso

tropas de espíritus infernales que andaban discurriendo y ahullando á

manera de lebreles que andan en busca de las fieras, se llenó todo de

espanto y horror.

Llegado junto á su cuerpo, que poco antes había dejado, no le pareció

más que una disforme masa de barro y se maravillaba consigo mismo y no

acababa de creer que aquél era en quien poco antes ejercitaba todas las

operaciones y facultades naturales, y no cesaba de lamentarse y quejarse

con sus compañeros, sino que éstos, sonriéndose, le dijeron:

Aquí conocerás qué cosa eres tú, cargado de esta vil y hendionda

materia.

Con lo cual al punto se desaparecieron de sus ojos, se acabó la visión y

Lucas Xarupá, ó por mejor decir, su alma, volviendo á entrar en su

cuerpo como si despertase de un profundo sueño, ó como él decía, como si

resucitase, su primera diligencia fué hacer llamar al dueño del rosario,

y pidiéndole perdón de la injuria, luego en aquel punto se vió libre de

la fiebre que aún duraba.

Quedaron atónitos los circunstantes de que con tan leve remedio se

hubiese librado de aquella penosa enfermedad; mas cuando oyeron lo que

por orden de Dios les refirió, fué increíble la conmoción, las lágrimas

y el fruto; ni se quedó aquí solo, sino que en donde quiera que llegó la

voz de este suceso se vieron los mismos efectos; y quien era bueno se

alentó á perseverar, y quien malo, con la memoria de aquellos suplicios,

corrigió el humor pecante que en él predominaba. Y el resucitado comenzó

una vida tanto mejor, que si antes era bueno, después era un santo.

Quédame ahora, por fin y remate, que decir algo del celo de estos buenos

cristianos en anunciar la ley divina y llevar la luz del Evangelio á los

que aún duran en las tinieblas y vicios del gentilismo; parece que no

viven contentos en la nueva vida que han empezado á profesar si no traen

á otros á gozar del mismo bien.

Para prueba de lo cual, daré el primer lugar á los Misioneros, que, como

testigos de vista y de experiencia, no acaban de hablar de este

particular.

«En este caso, y con otros milagrosos sucesos (así concluye una carta

suya un Misionero de la Reducción de San Francisco Xavier, después de

haber escrito la visión que poco ha referí), se ha encedido en este

pueblo un gran fuego de caridad y de celo, para llevar el nombre de Dios

á los infieles sin hacer caso de os trabajos y fatigas y de la muerte,

con que han de encontrarse á cada paso.»

«La fe, á Dios gracias, va cada día en aumento (dice otro) y desean

muchísimos, sin hacer caso ninguno de su vida, introducirla en los

gentiles circunvecinos.

«Estoy esperando (escribe el P. Caballero) á ciertos neófitos que el año

pasado recibieron el santo bautismo, los cuales, movidos á compasión de

sus paisanos se ofrecieron á ir allá para reducirlos al rebaño de

Cristo, para que sean participantes del bien de que ellos gozan.»

Así cuentan de un tal indio llamado Ignacio que no sabe vivir sin andar

en busca de infieles y ganando almas á Cristo; y el P. Juan Bautista de

Zea, en su ida á los Zamucos, le escogió por capitán de los demás, y á

él singularmente fiaba los negocios más graves del bien de aquella

gente.

Otro tanto escribe el P. Agustín Castañares de otro indio del pueblo de

San Rafael, llamado Antonio, que procuraba librar cuantas almas podía de

las garras de los Mamalucos y ponerlas en cobro en su Reducción.

Apenas se serena el cielo, después del tiempo de las lluvias, cuando

luego se previenen para sus misiones, y se tiene por dichoso quien más

padece y quien más almas trae al conocimiento de Dios, y gastan en esta

empresa tres y cuatro meses, hasta que encuentran paraje donde poder

hacer cosecha de almas.

Después es cosa de ver las fiestas y alegrías que hace el pueblo al

tiempo de su vuelta, y la caridad y amor con que reciben á sus nuevos

huéspedes, aunque sean antiguos, implacables enemigos suyos, mueven á

devoción y á lágrimas á los Padres.

Dánles parte de su pobreza, admítenlos en su casa y quisieran meterlos

también en su corazón, de suerte que presto se olvidan los bárbaros de

su nativo suelo y se enamoran de la santa ley divina, de la cual ven en

sus huéspedes ingerida tan bella virtud entre hombres tan salvajes como

ellos, pues es un gran milagro que aun en las necesidades extremas usen,

cuando son gentiles, de piedad unos con otros, aun aquellos á quien la

Naturaleza ha estrechado con los fuertes lazos de la sangre.

Y á la verdad, esta nueva cristiandad se debe á sí misma gran parte de

su esplendor y aumento; pues se extiende á tanto su ardiente celo que,

sin reparar en peligros evidentes de la vida, se entran por las selvas,

ya solos, ya con los Padres Misioneros, á solicitar la conversión de los

infieles, siendo ya más de ciento los que han derramado su sangre y

ofrecido gustosos sus vidas por dilatar los reinos de Jesucristo entre

aquellas bárbaras naciones. Como lo verá claramente quien atentamente

leyere esta relación.

Y ayuda Nuestro Señor á estos sus siervos muchas veces, aun con

milagros, á fin de confirmarlos más en la fe y de que viéndolos los

infieles corran á pedir el bautismo.

Contaré dos solos por no alargarme ni cansar á los lectores.

El primero es de ciertos neófitos que habiendo salido á llevar el nombre

de Dios á una Ranchería de indios Penoquís, mientras que con fervor de

espíritu exhortaban á aquellos bárbaros á dejar su patria, abandonar el

gentilismo y entrar en el rebaño de Cristo, vinieron algunas mujeres

espantadas, gritando: «Desgracia, desgracia, que el agua de una laguna

cercana que servía para el abasto del pueblo había tomado forma y color

de sangre», pronóstico para ellos de mala ventura.

Empezaron luego los paisanos á discurrir sobre el caso haciendo diversas

interpretaciones, según la pasión de cada uno; mas los cristianos al

punto les descifraron el caso, diciendo que aquella era fraude y traza

del demonio para apartarlos de que abrazasen la ley del verdadero Dios,

y en señal de eso fueron allá todos juntos, y vista la extraña mutación,

tomando los cristianos con gran fe el rosario en la mano, bendijeron el

agua y le metieron dentro de ella; al punto, desvanecida aquella

apariencia, volvió el agua á su antiguo color y sabor que antes tenía.

Aún es más maravilloso otro caso que sucedió á estos mismos, los cuales,

repartidos por muchas Rancherías distantes unas de otras cosa de una

legua, juntaban gente para reducirla á la santa fe y conducirla á la

Reducción.

Vieron que allí cerca se levantaba en alto gran nublado de humo y grande

fuego, sin saber de dónde venía ni quién le hubiese encendido (y por

ventura también esta fué astucia del enemigo infernal), y que venía á

dar sobre ellos; y porque hacía gran viento se podía mal asegurar la

vida y la hacienda con la fuga; y más que las llamas prendían ya en la

primera Ranchería.

Relacion historial de las misiones de indios chiquitos que en el Paraguay tienen los padres de la Compañía de Jesús · 第 8 / 27 段