Finalmente, para última prueba de la devoción de estos nuevos

cristianos, daré noticia de ciertas precesiones públicas suyas, las

cuales, si á algunos parecieren menudencias de que no se debe hacer

caso, digo que en otros pudiera parecer así pero no en gente para quien

fué necesario un oráculo del Vaticano para creer que eran capaces de la

ley de Dios: «Pues los primeros descubridores de las Indias juzgaron

falsa y temerariamente que no eran racionales sino brutos, incapaces de

razón; y fundados en este error los españoles de la isla de Santo

Domingo y las demás, teniéndolos por animales, los cargaban tres y

cuatro arrobas acuestas, los sacaban y llevaban muchas leguas y esta

opinión se entendió después con harto daño de los naturales, de suerte

que en Nueva España, juzgándoles imprudentemente por bestias con forma

humana, los trataban como si lo fueran, negando, por el consiguiente,

ser capaces de la Bienaventuranza y de los Santos Sacramentos, y llegó á

tanto esto, que obligó á D. Fr. Juan Garcés, primer Obispo de Haxcala,

Dominico, año 1636[V.] á escribir una carta llena de piedad y erudición,

informando la verdad al Sumo Pontífice Paulo III, quien con Breve y

Bula especial, definió y declaró á los indios por hombres racionales y

capaces de la fe católica, como todas las demás naciones de la Europa y

de todo el mundo: _Indos ipsos utpoté veros homines, non solúm

christianæ, fidei capaces existere decernimus et declaramus,

etcétera_.[VI.] Siendo, pues, tales los indios, que ha habido quien los

haga irracionales, aun á los menos bárbaros, y siendo estos Chiquitos

unos de los de la clase de los más bárbaros (_P. Acosta in Prooem. ad

lib. de Procur. Indor, salute_, según lo que enseña el P. Joseph Acosta,

D. Juan Solorzano, _Lib. de Politic. Indian._ capítulo 9, pág. 41, y el

ilustrísimo señor Obispo de Quito D. Alonso de la Peña Montenegro, libro

2 del _Itinerario in Prologo_, página 141 y otros muchos autores) nadie

tendrá por cosa de menos monta estas señales exteriores de devoción que

ya refiero.»

La noche, pues, del Jueves Santo, después de haber oído un fervorosísimo

sermón de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, se visten un hábito

acomodado á la tristeza de aquel santo tiempo; y para imitar al Redentor

penando, llevan algunos á cuestas cruces muy pesadas; otros se ciñen de

agudas espinas la cabeza; quién atadas atrás la manos, va arrastrado por

tierra; quién derecho con los brazos extendidos en forma de cruz, los

más se azotan ásperamente con terribles disciplinas; cierra la procesión

una tropa de niños que de dos en dos llevan los instrumentos de la

Pasión del Señor.

Después, al pie de un devoto Crucifijo puesto delante del santo

sepulcro, todos por su orden, con lágrimas de tiernísimos sentimientos

en los ojos, le ofrecen los frutos de sus sementeras, «llenándose entre

tanto (dice un Misionero) de consuelo nuestros corazones al ver

postradas estas almas delante del Divino Cordero que las rescató con su

sangre; las cuales poco antes andaban como fieras descarriadas y

perdidas por las selvas.»

La otra procesión hacen el día del _Corpus_, á la cual convidan las

naciones confinantes de los gentiles; componen, pues, las calles lo más

ricamente que á su pobreza es posible, y en lugar de tapices recamados

de oro ó de colgaduras de damasco, adornan con ingenioso artificio las

fachadas de las casas de ramos de palma, hermosamente enlazados unos con

otros; á las cabeceras de las calles levantan arcos triunfales que

visten de cuanto hermoso y florido hay en sus huertas y bosques; lo

mejor de los aderezos y bordaduras labradas hermosa y delicadísimamente

de plumas, lo pone cada uno delante de su casa; y á fin de que todas las

criaturas, aun irracionales, rindan homenaje y tributo de reverencia al

común Señor de todas, salen días antes á caza de pájaros y de fieras,

aunque sean tigres y leones, y bien atados los ponen en el camino por

donde ha de pasar el Santísimo Sacramento, y juntamente arrojan por el

suelo el maíz y las demás semillas de que han de hacer sus sementeras

para que sea bendito de Dios y las haga multiplicar á la medida de su

necesidad; pero lo mejor de esta devotísima fiesta es la tiernísima

devoción y fervor con que acompañan aquel trabajo á gloria de su

Criador.

Y no piense nadie que Dios Nuestro Señor se deja (á modo de decir)

vencer de la piedad de estos sus nuevos fieles, antes bien parece, por

decirlo así, que ha andado con ellos á competencia, de suerte que,

cuanto ellos más se emplean en su servicio, tanto más les retorna y

recompensa con beneficios, porque como por experiencia sabemos, suele

ser sobremanera amoroso y benéfico en la primera formación de aquellos,

que escoge para cimientos de alguna nueva Iglesia entre infieles y usa

más largamente en provecho suyo de sus bendiciones, no sólo en las

necesidades espirituales, sino también en las corporales.

Perdíanse una vez los sembrados por falta de agua, y apenas la pidieron

los neófitos, cuando rompió en abundantísimas lluvias.

Hacía gran estrago en la gente del pueblo de San Rafael una pestilencia;

corrió luego el pueblo á la iglesia á pedir á Dios misericordia, y al

punto cesó el contagio, de suerte que ninguno de los tocados de él murió

en adelante, ni de los sanos enfermó alguno.

Había también aquí gran carestía de víveres, por cuya causa algunas

buenas mujeres representaron á Dios su necesidad, diciéndole la una:

«Señor y Dios Nuestro Jesucristo, dadnos qué comer, porque si no nos

morimos.» Y otra: «Señor ¿queréis que me muera? Mirad que me estoy

cayendo de hambre», y aquel año fueron abundantísimas las cosechas.

Habían de ir al monte los cristianos del pueblo de San Juan Bautista á

hacer provisión de carne, pero por no haberse concluído la fábrica de la

iglesia se quedaron trabajando por acabarla de fabricar con toda

perfección, fiándose de Dios que los proveería como de hecho sucedió,

porque de allí á poco salieron del bosque muchos jabalíes en tropas; y

para que claramente se conociese que era cosa de Dios, se pararon junto

á la Reducción, para que la gente pudiese á su salvo matar los que eran

suficientes para socorrer á su necesidad.

Pero sería nunca acabar si quisiésemos referir una por una las finezas

que Dios Nuestro Señor ha usado con ellos. Sea solamente última prueba

de ellas que estiman más estos neófitos un rosario que cualquiera otra

cosa, por hermosa y preciosa que sea, y con razón, porque le sirve de un

seguro reparo y escudo en las desgracias y peligros que encuentran en

sus caminos; y los nombres santísimos de Jesús y de María, los han

librado muchas veces de evidentes riesgos de ser hechos pedazos de las

fieras. Referiré un solo caso, digno entre los otros de particular

memoria.

Andaba á caza por un bosque cierto cristiano llamado Diego, digno de ser

nombrado por la santa vida que observaba, cuando de improviso vió venir

hacia sí una tigre que andaba también por allí á caza, y no se podía

escapar el indio sin que ella le despedazase; antes le acometió con tan

gran furia para despedazarlo, que no le dió lugar más que á invocar los

poderosos nombres de Jesús y de María, á cuya invocación la fiera, que

ya le tenía entre sus garras, le soltó y se volvió hacia atrás sin

hacerle otro daño que unos rasguños bien ligeros en la cara y en los

brazos para memoria del milagro y del beneficio de haber recibido

segunda vez la vida de mano de la Santísima Virgen; porque habiendo

enfermado poco antes y no podido sanar por más medicinas que, según la

posibilidad, se le habían aplicado, sólo se afligía por no poder ayudar

á la fábrica de la Iglesia; volvióse, por tanto, á la Madre de

misericordia, pidiéndola con instancia la salud, y al día siguiente,

libre de toda enfermedad, se fué á trabajar á la obra, predicando con

las palabras y mucho más con el ejemplo, la devoción con la reina del

cielo.

Esta merced fué en provecho de uno solo; pero otra fué hecha á un pueblo

entero en señal de agradecimiento. Retirábanse una noche, acabado de

rezar el rosario, á sus casas, cuando de repente descendió del cielo un

globo de luz que esparció por el contorno sus rayos y llenó á un mismo

tiempo sus corazones de júbilo y reverencia; y que esto fuese cosa más

que natural lo demostraron los efectos causados en aquella santa

cristiandad.

Verdad es que, como siempre sucede, entre tantos buenos no faltaban

algunos malos y perversos que hacían más aprecio del cuerpo que del

alma; pero Dios Nuestro Señor usó con ellos del poder de su brazo

omnipotente, ya ablandando durísimos pecadores con modos

extraordinarios y singulares, ya castigando tal vez con los azotes de su

justicia á los obstinados que á buenas no se rendían, haciendo con eso

que otros que lo veían abrazasen la ley de Dios.

Referiré aquí algunos pocos sucesos de estos más dignos de memoria. Y

sea el primero un cierto indio llamado Santiago Quiara, el cual,

llevando mal el apartamiento de una concubina suya que había dejado en

el bautismo, volvió á admitirla en su casa. Pero luego le fué Dios á la

mano con una enfermedad que, privándole de la luz del cuerpo, desterró

de su alma las tinieblas del pecado. Hiciéronsele, pues, dos nubes en

los ojos que creciendo poco á poco le privaron totalmente del uso de

ellos; y por más que la caridad de los Padres se fatigó en aplicarle

remedio, no pudo aprovecharle de nada. Con esto entró dentro de sí el

doliente, y adivinando que la causa de esta desventura no era otra cosa

que sus pecados, se volvió con mejor consejo al médico divino,

suplicándole vivamente le diese remedio, no tanto á él, que no lo

merecía, cuanto á su familia, que alrededor de él lloraba sin tener un

bocado de pan que llevar á la boca. Estando una noche en su casa

examinando sus pecados y pensando en las miserias de su vida,

prorrumpió en esta fervorosísima súplica á Cristo, Señor Nuestro, y á su

beatísima Madre.

«Oh, Jesús mío, tened misericordia de mí (así puntualmente lo refirió él

á todo el pueblo, á quien por orden de los Padres manifestó su milagrosa

curación). Oh, Jesús mío: aunque no lo merezco, perdonadme mis pecados,

y restituidme el uso de mis ojos; reconozco, Señor, y confieso que este

trabajo es justísimo castigo de mis culpas; pésame en el alma de

haberlas cometido, y propongo de nunca jamás volver á caer en ellas.

Virgen María Madre de Dios y mía, aplacad la indignación de vuestro

Santísimo Hijo y alcanzad á mi alma el perdón de mis pecados y á mi

cuerpo la vista perdida. ¡Oh, Dios y Padre mío! movéos á misericordia y

pues podéis tan fácilmente, concededme la gracia que os pido, que yo

prometo de jamás ofenderos en adelante, y de observar perfectamente, con

la diligencia que me fuere posible, vuestra ley santa.»

Mientras así estaba llorando delante de Dios, oyó una voz, como de quien

estaba enojado, que hablaba con él y le decía:

«Por tu amancebamiento y por las confesiones mal hechas, te ha

sobrevenido esta desgracia.»

Al oir estas palabras, que le penetraron hasta el alma, salió como fuera

de sí, y en aquel punto se vió cercado de una luz tan bella, que la del

sol, en su comparación, era muy tenue y despedía una fragancia tan suave

é incomparable con ninguna cosa odorífera de la tierra, que

manifiestamente se conocía que era don del cielo; sus carnes se le

pusieron tan delicadas como de un niño recién nacido, y se movía con

tanta agilidad como si estuviera despojado de la pesada carga del

cuerpo.

Respondió entonces el hombre, deshaciéndose en lágrimas de consuelo y

juntamente de dolor:

«Confieso, Padre y Señor mío, mis pecados, que dejé mi legítima mujer y

me volví á mi antigua amistad, de que fuertemente me pesa. Así es (oyó

que le replicaban) confiésate y haz penitencia de tus culpas.»

Desapareció la visión; y vuelto en sus sentidos, se halló perfectamente

sano.

Pero mirando la fealdad de su cuerpo y la vileza de este mundo comparada

con lo que había visto y gozado, deseaba haberse verdaderamente muerto,

y no sólo en apariencia, sino en realidad para continuar en el gozo de

tanto bien, y se ponía las manos sobre los ojos, que bellos y claros

había recobrado, para que no fijasen la vista en las miserias de acá

abajo; y hasta hoy día, cuando se pone á pensar en este su éxtasis ú

otro alguno se le trae á la memoria, no puede contener las lágrimas y

sollozos.

Fué notable el fruto que causó este milagroso suceso; apenas quedó

hombre de conciencia que no ajustase de nuevo todas las partidas con

Dios con una confesión general; pero quien experimentó mayores los

efectos fueron los dos pueblos de San Joseph y de San Francisco Xavier,

que muchas veces le habían consolado y servido en aquella enfermedad.

La mudanza de vida que hizo este afortunadísimo neófito, fué la que se

podía esperar de la gracia del Espíritu Santo, que le había tan

abundantemente entrado en su corazón.

No fué menor el efecto (aunque sí diverso el modo) de convertir á un

hechicero y gran familiar del demonio. Este, pues, sacado del monte

donde vivía como bruto por el infatigable celo del P. Lucas Caballero,

apenas había puesto el pie en la reducción de San Joseph, cuando cayó

enfermo; é imaginando que aquellos dolores eran otros lamentos y

súplicas de su alma, hambrienta de los placeres y deleites pasados, se

condenó á sí mismo de demasiado ligero, y poco á poco se volvió á sus

pensamientos antiguos, y en sus deseos se volvió infiel en su corazón, ó

por mejor decir, bestia.

Una noche, pues, ardiendo más en tales deseos, que con la fiebre que

interiormente le abrasaba, sintió que se acercaba una como multitud de

gente que hacía gran estruendo y ruido, y era una cuadrilla de demonios

que huía de la iglesia maldiciendo aquel santo lugar y á los neófitos

que en él se estaban disciplinando, y llegándose á su choza le dijeron:

«Mira, mira cómo se azotan los indios; ¿no ves con cuánta razón te

predicamos que no te dejes engañar de las patrañas de estos malvados?

(decíanlo por los Padres); líbrate tú de esto volviéndote á tu bosque,

porque sino descargaremos sobre tus espaldas los mismos azotes.»

El indio enfermo no vió á los demonios, sino sólo una sombra espantosa

de donde salía tan perversa admonición. Pero erraron esta vez, como

otras muchas veces, sus tiros los demonios porque en lugar de salir con

sus intentos, perdieron la presa; llenóse el miserable todo de pavor, y

miedo, porque el corazón le decía que esta era cosa del infierno, y no

sabía cómo echarlos de sí; había oído decir que los dulcísimos nombres

de Jesús y de María tenían poder contra esta canalla, pero no se

ofrecían á la memoria, hasta que después de mucho trabajo se le

ofrecieron y los pronunció: entonces los demonios, como si se viniese

abajo toda la casa, huyeron con gran furia, y él, curado en el alma de

sus liviandades, entró por el camino de la salvación, con más firmes

propósitos y más seso que antes; y con tal mudanza y arrepentimiento de

sus yerros, que estando aún con la fiebre se levantó de la cama y fué

corriendo á echarse á los piés del P. Caballero, y con más lágrimas que

palabras le pidió el santo bautismo.

Estos dos casos que he referido no fueron más que visiones, una de

consuelo y otra de terror, para mejorar el alma á los dos á quienes se

mostraron. Más caro les costó á los dos siguientes el obstinarse contra

las saludables admoniciones de los Misioneros:

El primero, cristiano recién bautizado, enfadado de vivir como hombre y

en la ley de Cristo, en el pueblo de San Rafael, se huyó entre los

infieles, y como es tan violento el vivir sin ningún gusto, no gustando

él ya más de Dios, le fué fácil al demonio inducirle á tomar otro

deleite, y le ofreció al punto ocasión cómoda y oportuna en una mujer de

mala vida, con quien había estado mal amistado en su gentilidad.

El Misionero de aquella Reducción, que con sus sudores había ganado

aquella alma para Dios, envió al punto tras él á algunos fervorosos

cristianos, que habiéndole alcanzado en una Ranchería de infieles, le

reconvinieron con la promesa que había hecho á Dios en el bautismo y

con la palabra que había dado á los Padres de quedarse en el pueblo de

San Rafael. Él, disimulado, los recibió con una falsa alegría en el

semblante y con palabras fingidas, que ya tenía premeditadas; y, ó

porque esperase apartarlos de la fe y hacerles renegar ó porque pensó

por entonces contemporizar con ellos, les quiso prevenir un expléndido

banquete; para eso se fué á caza, y habiendo muerto un animal, mientras

alegre y contento pensaba cómo llevar al cabo su designio, oyó hacer

gran ruido detrás de sí, como de quien quería embestir á otro; helósele

la sangre con el susto al miserable, y tenía razón, porque era una

víbora de desmedida grandeza que venía á dar sobre él y matarle; vuelto

en sí y cobrando aliento, levantó la macana y la detuvo con un golpe.

Irritada de esto la víbora, procuró con más furia agarrarle por el

pescuezo; retiróse él hacia atrás queriendo evadir el salto con otro

golpe; mas por su desgracia se le cayó de la mano la macana y con ella

aquel poco de ánimo que en tan peligroso lance le alentaba; pero como el

amor de la vida es muy ingenioso en hallar trazas y valerse de todo para

mantenerla, echando mano al arco y al carcax de las flechas que traía

atados á la cintura, se reparaba lo mejor que podía de la furia de la

bestia; sudaba mucho entretanto, daba altísimos gritos y pedía socorro,

pero en vano, porque no había nadie que pudiese ayudarle; por lo cual

desesperado de poder escapar con la vida de tan obstinada contienda, no

teniendo más fuerzas para resistir, quería ya rendirse á discreción del

enemigo, á no haber sucedido con gran ventura del miserable, que tirando

la víbora á cogerle por la garganta, dió con la suya sobre la punta de

una saeta y se hirió malamente, con que acobardada y cansada se paró

algún tanto y dió tiempo al apóstata para salvarse huyendo; el cual,

casi fuera de sí, llegó á la Ranchería, y referido el suceso, los

infieles le interpretaron como les hacía más al caso; pero los

cristianos, más advertidos, adivinaron sabiamente que esto le había

sucedido, no tanto para peligro del cuerpo, cuanto para aviso del alma,

según su necesidad; porque llamado y admitido de Dios á ser su hijo por

el santo bautismo le había después feamente dejado, volviéndose á vivir

entre gentiles.

Cuadró á todos la interpretación, pero singularmente al apóstata, á

quien el remordimiento de la conciencia le decía lo mismo á su corazón

con más eficacia; por lo cual, sin detenerse, fué con todos los infieles

que allí había derechamente á San Rafael; éstos para alistarse en el

número de los Cathecúmenos y aquél para enmendar y satisfacer con la

penitencia su pecado, como lo hizo, viviendo de allí en adelante en

temor de Dios y con honestidad ejemplar.

Más terrible aún fué el modo con que otro entró en juicio y cobró

aprecio de las cosas de su alma: Habíase reducido á nuestra Santa fe en

el pueblo de San Joseph un gentil, y en el bautismo había dejado una

amiga, con quien antes había vivido en el cieno de muchas

deshonestidades; pero duróle poco tiempo este buen propósito y este

retiro y resistencia á los placeres y gustos de la carne, porque

habiéndose encontrado con la amiga antigua, su vista le abrasó otra vez

el corazón y le encendió los deseos primeros; después, para que ninguno

le fuese á la mano en sus deshonestidades, tramó secretamente la fuga

con otras tres mujeres de sus mismos intentos y se escondió en un

bosque; de suerte que por mucho que otros indios de mejor conciencia los

buscaron, por orden de los Padres, jamás le pudieron encontrar.

Entonces uno de los Padres Misioneros echó de ver que aquel no era mal

que se había de curar sino con el remedio de algún extraordinario

auxilio de la Divina Misericordia. Por esto empezó á llorar amargamente

por aquel ciego miserable, y tantas súplicas hizo á la beatísima

Trinidad, y á la Reina del cielo y á las santas almas del purgatorio,

que se le cumplió su deseo con modo bien singular, porque mientras él

festejaba sus brutales deshonestidades, estando el cielo serenísimo, sin

la menor señal de tempestad, estalló un terrible trueno en medio del

aire, y tras él se despidió un rayo que vino á dar á sus piés; y el

indio, ó por furia del rayo ó por el miedo que tenía, cayó en tierra

como muerto. De aquí vuelto en sí, después de gran rato y abriendo los

oídos á aquel llamamiento de Dios, lleno de susto y pavor de que no le

sucediese cosa peor, se dió á llorar amargamente su pecado; tomó en las

manos el rosario que traía al cuello, empezó á pedir piedad y

misericordia á Dios prometiendo ser totalmente otro en adelante,

constante y leal en su servicio, y al punto puso en ejecución su

propósito, retirándose al pueblo de San Francisco Xavier, porque no tuvo

ánimo de volver á San Joseph y porque la vista de su amiga no le

despertase el apetito. Dios se la quitó de delante con una enfermedad,

en que arrepentida de sus culpas y deshaciéndose en lágrimas de

contricción y arrepentimiento, sin permitir que jamás entrase su galán

en su Rancho, pasó con grande esperanza de su salvación á la otra vida;

con que ella difunta, volvió él á su Reducción, donde comenzó nuevas

obras y entabló nueva vida, que prosiguió con tanto contento y gozo de

su espíritu, que jamás en adelante volvió á los torpes y brutales gustos

de la carne.

Pasemos ahora á referir otros, á quien Dios Nuestro Señor, con doblado é

irremisible castigo, puso por ejemplo y terror de los demás, quitándoles

la vida temporal y la comodidad de conseguir la eterna.

Tocó en primer lugar esta infeliz suerte á un mancebo, de nación Peta,

que estaba de mala gana en el pueblo de San Juan Bautista, en quien, por

más que la caridad de los nuestros y sus saludables amonestaciones y

consejos procuraron ablandar la dureza de su corazón, no aprovecharon

nada para que se quedase allí; antes, por no ser detenido, se huyó

secretamente cuando el pueblo asistía en la iglesia á los divinos

oficios. Mas no tardó mucho en venir sobre él la divina justicia que le

esperaba en un desierto solo, sin que hubiese á quien volver los ojos;

allí, pues, se le hinchó disformemente una rodilla y se le empezó á

podrir, criando materia y gusanos y echando una hediondez intolerable,

con que rabiando de dolor murió sin tener quien le diese aun la

sepultura de las bestias, ya que había ido como una de ellas; y

claramente conocieron todos que esto le había sucedido en pena á su

obstinación, porque por más á prisa que fueron algunos neófitos á

socorrerle, no llegaron á tiempo y sirvió su desgraciada muerte para que

ninguno en adelante sacase el pie de la Reducción sin haber ajustado

antes con Dios las partidas de su conciencia y pedido la bendición á la

Santísima Virgen.

Aún peor le sucedió á un hechicero, gran ministro del demonio, en el

pueblo de San Francisco Xavier, pues los mismos cristianos le mataron á

palos porque con sus mentiras y patrañas no dejaba de molestar al

sencillo pueblo, y desacreditar y vituperar la santa é inocente vida de

los Misioneros; ni le valió la autoridad de los Padres, que le sufrían

con paciencia y le habían librado dos veces de la furia del pueblo,

porque mientras un día, montado en cólera, vendía por misterios las

fantasías y por verdades los sueños de su mala cabeza á ciertos nuevos

cristianos, y desfogaba su cólera contra los Padres con palabras

injuriosas y de escarnio, decía cosas tan indignas, que á un cacique

principal, cristiano de muchos años, no le pareció que se podían ya

sufrir; por lo cual, poniéndose delante de él, le quitó la gana de

predicar más y de vivir, quebrándole los dientes en la boca y los sesos

en la cabeza con un palo.

Acabaré esta funesta narración con un espantoso suceso que por mucho

tiempo quedó en la memoria para terror y ejemplo de toda aquella nueva

cristiandad.

Felipe Motoré, Tabica de nación, vencido en las contínuas sugestiones

del demonio y de la carne, volvió públicamente en casa de una amiga

dejando á su mujer, sin reparar ni hacer escrúpulo de tenerla

públicamente como si fuese su propia mujer.

Desagradó esto indeciblemente á todos, singularmente á los Padres, que

veían con tal ejemplo abierta la puerta para que otros hiciesen lo

mismo, y que por más que hubiesen trabajado y sudado en desarraigar tal

abuso y establecer el nudo indisoluble del matrimonio, se destruiría en

breve; y como sucede entre bárbaros que el pueblo indómito se va en pos

de quien tiene entre ellos alguna soberanía y preeminencia, le seguirían

todos.

Pero Dios Nuestro Señor tomó por su cuenta el remediar este escándalo, y

no tardó mucho en darle su merecido, quitándole de allí á poco la vida y

arrojándole al abismo, reparando juntamente los daños que pudiera haber

causado y causaría en adelante.

Mientras que alegre y contento saltaba de placer y hacía fiesta por este

su perniciosísimo escándalo, le empezó á correr por las venas un humor

pestilente y se le encendió una fiebre ardientísima, que en pocos días

le condujo á las puertas de la muerte.

Relacion historial de las misiones de indios chiquitos que en el Paraguay tienen los padres de la Compañía de Jesús · 第 7 / 27 段