cristianos, daré noticia de ciertas precesiones públicas suyas, las
cuales, si á algunos parecieren menudencias de que no se debe hacer
caso, digo que en otros pudiera parecer así pero no en gente para quien
fué necesario un oráculo del Vaticano para creer que eran capaces de la
ley de Dios: «Pues los primeros descubridores de las Indias juzgaron
falsa y temerariamente que no eran racionales sino brutos, incapaces de
razón; y fundados en este error los españoles de la isla de Santo
Domingo y las demás, teniéndolos por animales, los cargaban tres y
cuatro arrobas acuestas, los sacaban y llevaban muchas leguas y esta
opinión se entendió después con harto daño de los naturales, de suerte
que en Nueva España, juzgándoles imprudentemente por bestias con forma
humana, los trataban como si lo fueran, negando, por el consiguiente,
ser capaces de la Bienaventuranza y de los Santos Sacramentos, y llegó á
tanto esto, que obligó á D. Fr. Juan Garcés, primer Obispo de Haxcala,
Dominico, año 1636[V.] á escribir una carta llena de piedad y erudición,
informando la verdad al Sumo Pontífice Paulo III, quien con Breve y
Bula especial, definió y declaró á los indios por hombres racionales y
capaces de la fe católica, como todas las demás naciones de la Europa y
de todo el mundo: _Indos ipsos utpoté veros homines, non solúm
christianæ, fidei capaces existere decernimus et declaramus,
etcétera_.[VI.] Siendo, pues, tales los indios, que ha habido quien los
haga irracionales, aun á los menos bárbaros, y siendo estos Chiquitos
unos de los de la clase de los más bárbaros (_P. Acosta in Prooem. ad
lib. de Procur. Indor, salute_, según lo que enseña el P. Joseph Acosta,
D. Juan Solorzano, _Lib. de Politic. Indian._ capítulo 9, pág. 41, y el
ilustrísimo señor Obispo de Quito D. Alonso de la Peña Montenegro, libro
2 del _Itinerario in Prologo_, página 141 y otros muchos autores) nadie
tendrá por cosa de menos monta estas señales exteriores de devoción que
ya refiero.»
La noche, pues, del Jueves Santo, después de haber oído un fervorosísimo
sermón de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, se visten un hábito
acomodado á la tristeza de aquel santo tiempo; y para imitar al Redentor
penando, llevan algunos á cuestas cruces muy pesadas; otros se ciñen de
agudas espinas la cabeza; quién atadas atrás la manos, va arrastrado por
tierra; quién derecho con los brazos extendidos en forma de cruz, los
más se azotan ásperamente con terribles disciplinas; cierra la procesión
una tropa de niños que de dos en dos llevan los instrumentos de la
Pasión del Señor.
Después, al pie de un devoto Crucifijo puesto delante del santo
sepulcro, todos por su orden, con lágrimas de tiernísimos sentimientos
en los ojos, le ofrecen los frutos de sus sementeras, «llenándose entre
tanto (dice un Misionero) de consuelo nuestros corazones al ver
postradas estas almas delante del Divino Cordero que las rescató con su
sangre; las cuales poco antes andaban como fieras descarriadas y
perdidas por las selvas.»
La otra procesión hacen el día del _Corpus_, á la cual convidan las
naciones confinantes de los gentiles; componen, pues, las calles lo más
ricamente que á su pobreza es posible, y en lugar de tapices recamados
de oro ó de colgaduras de damasco, adornan con ingenioso artificio las
fachadas de las casas de ramos de palma, hermosamente enlazados unos con
otros; á las cabeceras de las calles levantan arcos triunfales que
visten de cuanto hermoso y florido hay en sus huertas y bosques; lo
mejor de los aderezos y bordaduras labradas hermosa y delicadísimamente
de plumas, lo pone cada uno delante de su casa; y á fin de que todas las
criaturas, aun irracionales, rindan homenaje y tributo de reverencia al
común Señor de todas, salen días antes á caza de pájaros y de fieras,
aunque sean tigres y leones, y bien atados los ponen en el camino por
donde ha de pasar el Santísimo Sacramento, y juntamente arrojan por el
suelo el maíz y las demás semillas de que han de hacer sus sementeras
para que sea bendito de Dios y las haga multiplicar á la medida de su
necesidad; pero lo mejor de esta devotísima fiesta es la tiernísima
devoción y fervor con que acompañan aquel trabajo á gloria de su
Criador.
Y no piense nadie que Dios Nuestro Señor se deja (á modo de decir)
vencer de la piedad de estos sus nuevos fieles, antes bien parece, por
decirlo así, que ha andado con ellos á competencia, de suerte que,
cuanto ellos más se emplean en su servicio, tanto más les retorna y
recompensa con beneficios, porque como por experiencia sabemos, suele
ser sobremanera amoroso y benéfico en la primera formación de aquellos,
que escoge para cimientos de alguna nueva Iglesia entre infieles y usa
más largamente en provecho suyo de sus bendiciones, no sólo en las
necesidades espirituales, sino también en las corporales.
Perdíanse una vez los sembrados por falta de agua, y apenas la pidieron
los neófitos, cuando rompió en abundantísimas lluvias.
Hacía gran estrago en la gente del pueblo de San Rafael una pestilencia;
corrió luego el pueblo á la iglesia á pedir á Dios misericordia, y al
punto cesó el contagio, de suerte que ninguno de los tocados de él murió
en adelante, ni de los sanos enfermó alguno.
Había también aquí gran carestía de víveres, por cuya causa algunas
buenas mujeres representaron á Dios su necesidad, diciéndole la una:
«Señor y Dios Nuestro Jesucristo, dadnos qué comer, porque si no nos
morimos.» Y otra: «Señor ¿queréis que me muera? Mirad que me estoy
cayendo de hambre», y aquel año fueron abundantísimas las cosechas.
Habían de ir al monte los cristianos del pueblo de San Juan Bautista á
hacer provisión de carne, pero por no haberse concluído la fábrica de la
iglesia se quedaron trabajando por acabarla de fabricar con toda
perfección, fiándose de Dios que los proveería como de hecho sucedió,
porque de allí á poco salieron del bosque muchos jabalíes en tropas; y
para que claramente se conociese que era cosa de Dios, se pararon junto
á la Reducción, para que la gente pudiese á su salvo matar los que eran
suficientes para socorrer á su necesidad.
Pero sería nunca acabar si quisiésemos referir una por una las finezas
que Dios Nuestro Señor ha usado con ellos. Sea solamente última prueba
de ellas que estiman más estos neófitos un rosario que cualquiera otra
cosa, por hermosa y preciosa que sea, y con razón, porque le sirve de un
seguro reparo y escudo en las desgracias y peligros que encuentran en
sus caminos; y los nombres santísimos de Jesús y de María, los han
librado muchas veces de evidentes riesgos de ser hechos pedazos de las
fieras. Referiré un solo caso, digno entre los otros de particular
memoria.
Andaba á caza por un bosque cierto cristiano llamado Diego, digno de ser
nombrado por la santa vida que observaba, cuando de improviso vió venir
hacia sí una tigre que andaba también por allí á caza, y no se podía
escapar el indio sin que ella le despedazase; antes le acometió con tan
gran furia para despedazarlo, que no le dió lugar más que á invocar los
poderosos nombres de Jesús y de María, á cuya invocación la fiera, que
ya le tenía entre sus garras, le soltó y se volvió hacia atrás sin
hacerle otro daño que unos rasguños bien ligeros en la cara y en los
brazos para memoria del milagro y del beneficio de haber recibido
segunda vez la vida de mano de la Santísima Virgen; porque habiendo
enfermado poco antes y no podido sanar por más medicinas que, según la
posibilidad, se le habían aplicado, sólo se afligía por no poder ayudar
á la fábrica de la Iglesia; volvióse, por tanto, á la Madre de
misericordia, pidiéndola con instancia la salud, y al día siguiente,
libre de toda enfermedad, se fué á trabajar á la obra, predicando con
las palabras y mucho más con el ejemplo, la devoción con la reina del
cielo.
Esta merced fué en provecho de uno solo; pero otra fué hecha á un pueblo
entero en señal de agradecimiento. Retirábanse una noche, acabado de
rezar el rosario, á sus casas, cuando de repente descendió del cielo un
globo de luz que esparció por el contorno sus rayos y llenó á un mismo
tiempo sus corazones de júbilo y reverencia; y que esto fuese cosa más
que natural lo demostraron los efectos causados en aquella santa
cristiandad.
Verdad es que, como siempre sucede, entre tantos buenos no faltaban
algunos malos y perversos que hacían más aprecio del cuerpo que del
alma; pero Dios Nuestro Señor usó con ellos del poder de su brazo
omnipotente, ya ablandando durísimos pecadores con modos
extraordinarios y singulares, ya castigando tal vez con los azotes de su
justicia á los obstinados que á buenas no se rendían, haciendo con eso
que otros que lo veían abrazasen la ley de Dios.
Referiré aquí algunos pocos sucesos de estos más dignos de memoria. Y
sea el primero un cierto indio llamado Santiago Quiara, el cual,
llevando mal el apartamiento de una concubina suya que había dejado en
el bautismo, volvió á admitirla en su casa. Pero luego le fué Dios á la
mano con una enfermedad que, privándole de la luz del cuerpo, desterró
de su alma las tinieblas del pecado. Hiciéronsele, pues, dos nubes en
los ojos que creciendo poco á poco le privaron totalmente del uso de
ellos; y por más que la caridad de los Padres se fatigó en aplicarle
remedio, no pudo aprovecharle de nada. Con esto entró dentro de sí el
doliente, y adivinando que la causa de esta desventura no era otra cosa
que sus pecados, se volvió con mejor consejo al médico divino,
suplicándole vivamente le diese remedio, no tanto á él, que no lo
merecía, cuanto á su familia, que alrededor de él lloraba sin tener un
bocado de pan que llevar á la boca. Estando una noche en su casa
examinando sus pecados y pensando en las miserias de su vida,
prorrumpió en esta fervorosísima súplica á Cristo, Señor Nuestro, y á su
beatísima Madre.
«Oh, Jesús mío, tened misericordia de mí (así puntualmente lo refirió él
á todo el pueblo, á quien por orden de los Padres manifestó su milagrosa
curación). Oh, Jesús mío: aunque no lo merezco, perdonadme mis pecados,
y restituidme el uso de mis ojos; reconozco, Señor, y confieso que este
trabajo es justísimo castigo de mis culpas; pésame en el alma de
haberlas cometido, y propongo de nunca jamás volver á caer en ellas.
Virgen María Madre de Dios y mía, aplacad la indignación de vuestro
Santísimo Hijo y alcanzad á mi alma el perdón de mis pecados y á mi
cuerpo la vista perdida. ¡Oh, Dios y Padre mío! movéos á misericordia y
pues podéis tan fácilmente, concededme la gracia que os pido, que yo
prometo de jamás ofenderos en adelante, y de observar perfectamente, con
la diligencia que me fuere posible, vuestra ley santa.»
Mientras así estaba llorando delante de Dios, oyó una voz, como de quien
estaba enojado, que hablaba con él y le decía:
«Por tu amancebamiento y por las confesiones mal hechas, te ha
sobrevenido esta desgracia.»
Al oir estas palabras, que le penetraron hasta el alma, salió como fuera
de sí, y en aquel punto se vió cercado de una luz tan bella, que la del
sol, en su comparación, era muy tenue y despedía una fragancia tan suave
é incomparable con ninguna cosa odorífera de la tierra, que
manifiestamente se conocía que era don del cielo; sus carnes se le
pusieron tan delicadas como de un niño recién nacido, y se movía con
tanta agilidad como si estuviera despojado de la pesada carga del
cuerpo.
Respondió entonces el hombre, deshaciéndose en lágrimas de consuelo y
juntamente de dolor:
«Confieso, Padre y Señor mío, mis pecados, que dejé mi legítima mujer y
me volví á mi antigua amistad, de que fuertemente me pesa. Así es (oyó
que le replicaban) confiésate y haz penitencia de tus culpas.»
Desapareció la visión; y vuelto en sus sentidos, se halló perfectamente
sano.
Pero mirando la fealdad de su cuerpo y la vileza de este mundo comparada
con lo que había visto y gozado, deseaba haberse verdaderamente muerto,
y no sólo en apariencia, sino en realidad para continuar en el gozo de
tanto bien, y se ponía las manos sobre los ojos, que bellos y claros
había recobrado, para que no fijasen la vista en las miserias de acá
abajo; y hasta hoy día, cuando se pone á pensar en este su éxtasis ú
otro alguno se le trae á la memoria, no puede contener las lágrimas y
sollozos.
Fué notable el fruto que causó este milagroso suceso; apenas quedó
hombre de conciencia que no ajustase de nuevo todas las partidas con
Dios con una confesión general; pero quien experimentó mayores los
efectos fueron los dos pueblos de San Joseph y de San Francisco Xavier,
que muchas veces le habían consolado y servido en aquella enfermedad.
La mudanza de vida que hizo este afortunadísimo neófito, fué la que se
podía esperar de la gracia del Espíritu Santo, que le había tan
abundantemente entrado en su corazón.
No fué menor el efecto (aunque sí diverso el modo) de convertir á un
hechicero y gran familiar del demonio. Este, pues, sacado del monte
donde vivía como bruto por el infatigable celo del P. Lucas Caballero,
apenas había puesto el pie en la reducción de San Joseph, cuando cayó
enfermo; é imaginando que aquellos dolores eran otros lamentos y
súplicas de su alma, hambrienta de los placeres y deleites pasados, se
condenó á sí mismo de demasiado ligero, y poco á poco se volvió á sus
pensamientos antiguos, y en sus deseos se volvió infiel en su corazón, ó
por mejor decir, bestia.
Una noche, pues, ardiendo más en tales deseos, que con la fiebre que
interiormente le abrasaba, sintió que se acercaba una como multitud de
gente que hacía gran estruendo y ruido, y era una cuadrilla de demonios
que huía de la iglesia maldiciendo aquel santo lugar y á los neófitos
que en él se estaban disciplinando, y llegándose á su choza le dijeron:
«Mira, mira cómo se azotan los indios; ¿no ves con cuánta razón te
predicamos que no te dejes engañar de las patrañas de estos malvados?
(decíanlo por los Padres); líbrate tú de esto volviéndote á tu bosque,
porque sino descargaremos sobre tus espaldas los mismos azotes.»
El indio enfermo no vió á los demonios, sino sólo una sombra espantosa
de donde salía tan perversa admonición. Pero erraron esta vez, como
otras muchas veces, sus tiros los demonios porque en lugar de salir con
sus intentos, perdieron la presa; llenóse el miserable todo de pavor, y
miedo, porque el corazón le decía que esta era cosa del infierno, y no
sabía cómo echarlos de sí; había oído decir que los dulcísimos nombres
de Jesús y de María tenían poder contra esta canalla, pero no se
ofrecían á la memoria, hasta que después de mucho trabajo se le
ofrecieron y los pronunció: entonces los demonios, como si se viniese
abajo toda la casa, huyeron con gran furia, y él, curado en el alma de
sus liviandades, entró por el camino de la salvación, con más firmes
propósitos y más seso que antes; y con tal mudanza y arrepentimiento de
sus yerros, que estando aún con la fiebre se levantó de la cama y fué
corriendo á echarse á los piés del P. Caballero, y con más lágrimas que
palabras le pidió el santo bautismo.
Estos dos casos que he referido no fueron más que visiones, una de
consuelo y otra de terror, para mejorar el alma á los dos á quienes se
mostraron. Más caro les costó á los dos siguientes el obstinarse contra
las saludables admoniciones de los Misioneros:
El primero, cristiano recién bautizado, enfadado de vivir como hombre y
en la ley de Cristo, en el pueblo de San Rafael, se huyó entre los
infieles, y como es tan violento el vivir sin ningún gusto, no gustando
él ya más de Dios, le fué fácil al demonio inducirle á tomar otro
deleite, y le ofreció al punto ocasión cómoda y oportuna en una mujer de
mala vida, con quien había estado mal amistado en su gentilidad.
El Misionero de aquella Reducción, que con sus sudores había ganado
aquella alma para Dios, envió al punto tras él á algunos fervorosos
cristianos, que habiéndole alcanzado en una Ranchería de infieles, le
reconvinieron con la promesa que había hecho á Dios en el bautismo y
con la palabra que había dado á los Padres de quedarse en el pueblo de
San Rafael. Él, disimulado, los recibió con una falsa alegría en el
semblante y con palabras fingidas, que ya tenía premeditadas; y, ó
porque esperase apartarlos de la fe y hacerles renegar ó porque pensó
por entonces contemporizar con ellos, les quiso prevenir un expléndido
banquete; para eso se fué á caza, y habiendo muerto un animal, mientras
alegre y contento pensaba cómo llevar al cabo su designio, oyó hacer
gran ruido detrás de sí, como de quien quería embestir á otro; helósele
la sangre con el susto al miserable, y tenía razón, porque era una
víbora de desmedida grandeza que venía á dar sobre él y matarle; vuelto
en sí y cobrando aliento, levantó la macana y la detuvo con un golpe.
Irritada de esto la víbora, procuró con más furia agarrarle por el
pescuezo; retiróse él hacia atrás queriendo evadir el salto con otro
golpe; mas por su desgracia se le cayó de la mano la macana y con ella
aquel poco de ánimo que en tan peligroso lance le alentaba; pero como el
amor de la vida es muy ingenioso en hallar trazas y valerse de todo para
mantenerla, echando mano al arco y al carcax de las flechas que traía
atados á la cintura, se reparaba lo mejor que podía de la furia de la
bestia; sudaba mucho entretanto, daba altísimos gritos y pedía socorro,
pero en vano, porque no había nadie que pudiese ayudarle; por lo cual
desesperado de poder escapar con la vida de tan obstinada contienda, no
teniendo más fuerzas para resistir, quería ya rendirse á discreción del
enemigo, á no haber sucedido con gran ventura del miserable, que tirando
la víbora á cogerle por la garganta, dió con la suya sobre la punta de
una saeta y se hirió malamente, con que acobardada y cansada se paró
algún tanto y dió tiempo al apóstata para salvarse huyendo; el cual,
casi fuera de sí, llegó á la Ranchería, y referido el suceso, los
infieles le interpretaron como les hacía más al caso; pero los
cristianos, más advertidos, adivinaron sabiamente que esto le había
sucedido, no tanto para peligro del cuerpo, cuanto para aviso del alma,
según su necesidad; porque llamado y admitido de Dios á ser su hijo por
el santo bautismo le había después feamente dejado, volviéndose á vivir
entre gentiles.
Cuadró á todos la interpretación, pero singularmente al apóstata, á
quien el remordimiento de la conciencia le decía lo mismo á su corazón
con más eficacia; por lo cual, sin detenerse, fué con todos los infieles
que allí había derechamente á San Rafael; éstos para alistarse en el
número de los Cathecúmenos y aquél para enmendar y satisfacer con la
penitencia su pecado, como lo hizo, viviendo de allí en adelante en
temor de Dios y con honestidad ejemplar.
Más terrible aún fué el modo con que otro entró en juicio y cobró
aprecio de las cosas de su alma: Habíase reducido á nuestra Santa fe en
el pueblo de San Joseph un gentil, y en el bautismo había dejado una
amiga, con quien antes había vivido en el cieno de muchas
deshonestidades; pero duróle poco tiempo este buen propósito y este
retiro y resistencia á los placeres y gustos de la carne, porque
habiéndose encontrado con la amiga antigua, su vista le abrasó otra vez
el corazón y le encendió los deseos primeros; después, para que ninguno
le fuese á la mano en sus deshonestidades, tramó secretamente la fuga
con otras tres mujeres de sus mismos intentos y se escondió en un
bosque; de suerte que por mucho que otros indios de mejor conciencia los
buscaron, por orden de los Padres, jamás le pudieron encontrar.
Entonces uno de los Padres Misioneros echó de ver que aquel no era mal
que se había de curar sino con el remedio de algún extraordinario
auxilio de la Divina Misericordia. Por esto empezó á llorar amargamente
por aquel ciego miserable, y tantas súplicas hizo á la beatísima
Trinidad, y á la Reina del cielo y á las santas almas del purgatorio,
que se le cumplió su deseo con modo bien singular, porque mientras él
festejaba sus brutales deshonestidades, estando el cielo serenísimo, sin
la menor señal de tempestad, estalló un terrible trueno en medio del
aire, y tras él se despidió un rayo que vino á dar á sus piés; y el
indio, ó por furia del rayo ó por el miedo que tenía, cayó en tierra
como muerto. De aquí vuelto en sí, después de gran rato y abriendo los
oídos á aquel llamamiento de Dios, lleno de susto y pavor de que no le
sucediese cosa peor, se dió á llorar amargamente su pecado; tomó en las
manos el rosario que traía al cuello, empezó á pedir piedad y
misericordia á Dios prometiendo ser totalmente otro en adelante,
constante y leal en su servicio, y al punto puso en ejecución su
propósito, retirándose al pueblo de San Francisco Xavier, porque no tuvo
ánimo de volver á San Joseph y porque la vista de su amiga no le
despertase el apetito. Dios se la quitó de delante con una enfermedad,
en que arrepentida de sus culpas y deshaciéndose en lágrimas de
contricción y arrepentimiento, sin permitir que jamás entrase su galán
en su Rancho, pasó con grande esperanza de su salvación á la otra vida;
con que ella difunta, volvió él á su Reducción, donde comenzó nuevas
obras y entabló nueva vida, que prosiguió con tanto contento y gozo de
su espíritu, que jamás en adelante volvió á los torpes y brutales gustos
de la carne.
Pasemos ahora á referir otros, á quien Dios Nuestro Señor, con doblado é
irremisible castigo, puso por ejemplo y terror de los demás, quitándoles
la vida temporal y la comodidad de conseguir la eterna.
Tocó en primer lugar esta infeliz suerte á un mancebo, de nación Peta,
que estaba de mala gana en el pueblo de San Juan Bautista, en quien, por
más que la caridad de los nuestros y sus saludables amonestaciones y
consejos procuraron ablandar la dureza de su corazón, no aprovecharon
nada para que se quedase allí; antes, por no ser detenido, se huyó
secretamente cuando el pueblo asistía en la iglesia á los divinos
oficios. Mas no tardó mucho en venir sobre él la divina justicia que le
esperaba en un desierto solo, sin que hubiese á quien volver los ojos;
allí, pues, se le hinchó disformemente una rodilla y se le empezó á
podrir, criando materia y gusanos y echando una hediondez intolerable,
con que rabiando de dolor murió sin tener quien le diese aun la
sepultura de las bestias, ya que había ido como una de ellas; y
claramente conocieron todos que esto le había sucedido en pena á su
obstinación, porque por más á prisa que fueron algunos neófitos á
socorrerle, no llegaron á tiempo y sirvió su desgraciada muerte para que
ninguno en adelante sacase el pie de la Reducción sin haber ajustado
antes con Dios las partidas de su conciencia y pedido la bendición á la
Santísima Virgen.
Aún peor le sucedió á un hechicero, gran ministro del demonio, en el
pueblo de San Francisco Xavier, pues los mismos cristianos le mataron á
palos porque con sus mentiras y patrañas no dejaba de molestar al
sencillo pueblo, y desacreditar y vituperar la santa é inocente vida de
los Misioneros; ni le valió la autoridad de los Padres, que le sufrían
con paciencia y le habían librado dos veces de la furia del pueblo,
porque mientras un día, montado en cólera, vendía por misterios las
fantasías y por verdades los sueños de su mala cabeza á ciertos nuevos
cristianos, y desfogaba su cólera contra los Padres con palabras
injuriosas y de escarnio, decía cosas tan indignas, que á un cacique
principal, cristiano de muchos años, no le pareció que se podían ya
sufrir; por lo cual, poniéndose delante de él, le quitó la gana de
predicar más y de vivir, quebrándole los dientes en la boca y los sesos
en la cabeza con un palo.
Acabaré esta funesta narración con un espantoso suceso que por mucho
tiempo quedó en la memoria para terror y ejemplo de toda aquella nueva
cristiandad.
Felipe Motoré, Tabica de nación, vencido en las contínuas sugestiones
del demonio y de la carne, volvió públicamente en casa de una amiga
dejando á su mujer, sin reparar ni hacer escrúpulo de tenerla
públicamente como si fuese su propia mujer.
Desagradó esto indeciblemente á todos, singularmente á los Padres, que
veían con tal ejemplo abierta la puerta para que otros hiciesen lo
mismo, y que por más que hubiesen trabajado y sudado en desarraigar tal
abuso y establecer el nudo indisoluble del matrimonio, se destruiría en
breve; y como sucede entre bárbaros que el pueblo indómito se va en pos
de quien tiene entre ellos alguna soberanía y preeminencia, le seguirían
todos.
Pero Dios Nuestro Señor tomó por su cuenta el remediar este escándalo, y
no tardó mucho en darle su merecido, quitándole de allí á poco la vida y
arrojándole al abismo, reparando juntamente los daños que pudiera haber
causado y causaría en adelante.
Mientras que alegre y contento saltaba de placer y hacía fiesta por este
su perniciosísimo escándalo, le empezó á correr por las venas un humor
pestilente y se le encendió una fiebre ardientísima, que en pocos días
le condujo á las puertas de la muerte.