La cuarta Reducción es la de San Juan Bautista, poblada de indios de

nación Xamarós; fundáronla los PP. Juan Bautista de Zea y Juan Patricio

Fernández, por el mes de Junio del año de 1699, de los cuales, el

primero, después de haber acabado con los indios Tanipuicas, Curicas y

Pequiquas, que le diesen palabra de reducirse cuanto antes al rebaño de

Cristo, se partió de allí con extremo dolor suyo por orden de los

Superiores para ir á gobernar nuestras Misiones del Uruguay, recayendo

todo el peso de esta reducción sobre el P. Juan Patricio, á quien las

enfermedades contínuas, la extrema pobreza y las graves fatigas,

sirvieron de rémora los primeros tres años, para que no saliese en busca

de gentiles, á quienes el ejemplo de sus confinantes había encendido el

corazón en deseos de vivir como racionales en vida política, y hacerse

juntamente cristianos; pero finalmente, sus sudores y trabajos ganaron

para Cristo á los Suberecas, Petas, y á ciertos Piñocas, quienes parece

no fueron á otra cosa á esta Reducción, que para renacer á Dios por las

aguas del santo bautismo, para pasar luego á la celestial Jerusalem,

rindiendo las vidas á la fuerza del contagio que por toda aquella

comarca hacía en toda suerte de personas grande riza y estrago.

El consuelo de ver sazonados tan presto para el cielo aquellos poco

antes silvestres frutos, endulzaba los trabajos y fatigas de aquel varón

apostólico y le animaba á emprender otras santas correrías; pero se

frustraban sus santos intentos, mientras no mudaba su pueblo á mejor

temple y á aires más saludables, porque aquellos bárbaros no querían

reducirse al gremio de la santa Iglesia por temor de la peste, que mucho

tiempo antes parece se había arraigado en aquel sitio, por cuya causa se

mudó la Reducción á otro paraje más cómodo y menos nocivo.

Mas ya que hemos insinuado alguna cosa de los trabajos de nuestros

operarios en estas Misiones, juzgo esta ocasión cómoda y oportuna para

referir más por extenso el modo de vivir de los Jesuitas que cultivaron

y cultivan esta viña del Señor, regándola con sus sudores y aun con su

sangre, por no quitar su debida estimación á la virtud, y defraudarnos á

nosotros de los ejemplos que podemos imitar. Y el primer lugar se debe

dar al modo de hacer misiones, diré mejor, de salir á caza de bárbaros

que habitan como fieras en las cavernas de los montes ó en las espesuras

de los bosques.

Cogían, pues, y cogen al presente su breviario debajo del brazo, y con

una cruz en la mano se ponían y ponen en camino sin otra prevención ó

mataloje que la esperanza en la Providencia Divina, porque allí no había

otra cosa; llevan en su compañía veinte y cinco ó treinta cristianos

nuevos que á los Padres servían y sirven de guías é intérpretes, y con

los paisanos hacían oficio de Predicadores y Apóstoles y caminan ya las

treinta, ya las cuarenta leguas, siempre con una hacha en la mano para

desmontar y abrir camino por la espesura de los bosques; otras veces

encontraban lagunas y pantanos que pasaban á pie con el agua á la boca,

y para dar ánimos á los neófitos eran los primeros en vadear los ríos ó

en arrojarse por los despeñaderos más difíciles, ó en entrar en las

grutas y cuevas con sobresalto y susto de estar allí escondidas las

fieras ú hombres; y después de tantas fatigas y trabajos no hallaban á

la noche para repararse otro regalo que algunas raíces silvestres con

qué romper el ayuno, y algunos días no tenían con qué apagar la sed,

sino un poco de rocío que quedaba entre las hojas de los árboles, y por

cama la tierra dura, sin otro reparo contra los rigores de la noche, que

la sombra de un árbol ó una estera sostenida de cuatro palos; y

últimamente en continuo temor y riesgo de la vida, porque los bárbaros,

asombrados con el temor, juzgaban que eran sus enemigos los Mamalucos

del Brasil, vestidos de Jesuitas y por eso están siempre con la macana

en la mano ó con las flechas á punto, ó si no en emboscadas para

quitarles la vida sin que los defiendan los neófitos.

Y porque estos no parezcan encarnizamientos de mi pluma, insinuaré aquí

lo que de los Zamucos escribió años pasados el Padre Misionero, que

entendía en la conversión de aquella gente al P. Juan Patricio

Fernández, al presente Rector del Colegio de Santiago del Estero, que

con las veces del P. Provincial de esta provincia visitaba aquellas

Misiones:

«Por no alargarme (dice) no escribo cómo llegué á este pueblo de los

Zamucos, contra el parecer de los prácticos del país, y á más el caminar

muchas leguas con el agua hasta la cintura; atribuí el feliz suceso al

dedo de Dios, pues que fuerzas humanas no podían vencer los obstáculos

insuperables que se me interpusieron, mereciéndolo los sudores y

trabajos, hambre y sed de su primer apóstol el Padre Juan Bautista de

Zea.»

Hasta aquí el dicho Misionero. Pero aunque caminaban por su extrema

pobreza, desprevenidos de toda provisión, no por eso Dios Nuestro

Señor, por cuya cuenta corría la vida de sus siervos, los abandonaba en

tales trabajos, emprendidos por sólo su amor y por el provecho de las

almas; antes, cuando era necesario, obraba en su favor milagros, ya

librándoles de las furias y saetas de los bárbaros, como muchas veces

sucedió al venerable P. Lucas Caballero, ya proveyéndoles de sustento y

dándoles vigor y aliento á la naturaleza, en prueba de lo cual escribió

el P. Miguel de Yegros al P. Lauro Núñez, provincial á la sazón de esta

provincia, cuando él, con el P. Francisco Hervás, fueron el año 1702 á

descubrir el río Paraguay.

«Partimos (dice) por el mes de Mayo acompañados de cuarenta neófitos,

con sola la confianza en Dios por estar recién fundada la Reducción de

San Rafael, emprendiendo el viaje los buenos cristianos puesta la

esperanza en la Santísima Virgen, que nos socorrió por el camino como de

milagro, viniéndosenos á las manos la caza y la pesca cuando nos

hallábamos en grandes angustias, pasando gran trabajo y venciendo

gravísimas dificultades en los montes y en las llanuras anegadas del

agua, por dos meses enteros que tardamos en llegar á las riberas del río

Paraguay, con riesgo y temor continuo de los bárbaros.»

Y este puntualmente era y es el modo que todavía observan los Misioneros

en estas correrías. Pero con ser tan grandes las fatigas y tan pesadas

las aflicciones que padecen, no obstante eso, es mucho mayor sin

comparación el consuelo que tienen cuando vuelven con las manos llenas

de cuatrocientas ó quinientas almas; y si á veces no tantas, á lo menos

con la esperanza de ganarlas al año siguiente, porque los más de los

bárbaros quieren antes certificarse si aquel celo que les muestran es de

sus almas para darles el Paraíso ó por el interés de llevarlos para

ponerlos en esclavitud, y por eso acostumbran despachar alguno de los

suyos para explorar el país, la gente y los Misioneros de la nueva

Reducción.

Después de esto, cuanto hayan trabajado nuestros Misioneros en criar y

mantener estas tiernas plantas, no se puede explicar mejor que

refiriendo sinceramente, sin añadir nada de mío, algún hecho particular

y parte de carta verídica, como lo haré, donde quiera que halle

coyuntura, trasladando fielmente los originales con que esta historia

quedará más fidedigna y el gusto de los lectores más satisfecho.

Dice, pues, el hermano Juan de Avila, compañero que fué del P. Visitador

de esta provincia, Antonio Garriga y del P. Provincial Luis de la Roca,

cuando como adelante diré, visitó aquellas Doctrinas sujeto de mucho

juicio y capacidad en una carta que desde allí escribió:

«Así como para fundar las Misiones del Paraguay padecieron increíbles

trabajos aquellos primeros varones apostólicos, sacando á los indios de

las selvas y entablando en ellos vida cristiana y política hasta

ponerlos en el estado en que hoy día se mantienen, divididos en treinta

Reducciones, así también no han sido menores los trabajos y sudores de

estos primeros que han fundado la cristiandad de los Chiquitos. No es

fácil de decir lo que al descubierto les han dado que sufrir los

enemigos y ocultamente los amigos, la carestía de todo lo necesario para

la vida humana, los profundos pantanos, inaccesibles montañas, bosques

impenetrables, fieras, climas destemplados, sed, hambre, extrema

desnudez, total abandono de todas las cosas y jurada guerra de todo el

infierno. Pudiera descender á casos particulares que he visto y oído si

no fueran bien sabidos y me son materia contínua de rubor y confusión.

No traer sobre sí sino un vestidillo de tela baladí, hecho pedazos, y no

pocas veces vestirse de pieles de animales; no traer otros zapatos que

un pedazo de cuero crudo atado con otro cordel de cuero por las plantas

de los piés, y en la cabeza, para reparo del sol ardientísimo que allí

hace, uno como sombrero, pero también de cuero, la cama sin ningún

alivio, la vianda ordinaria, un puñado de maíz, y éste tan escaso, que

apenas era bastante para mantenerles las fuerzas, vivir gran tiempo sin

el consuelo siquiera de ver á alguno de sus compañeros, y estando

afligidos de largas y penosas enfermedades, no tener á dónde volver los

ojos.»

Así el dicho hermano; y yo en prueba de todo lo que él dice, quiero

apuntar algunos casos en particular.

Díjome, no ha mucho, un Padre qué fué Superior de aquellas Reducciones,

que por muchos meses no tuvo otra cosa de qué sustentarse, sino raíces

de yerbas, y faltándole éstas también, acosado de la hambre, se vió

precisado á andar en busca de frutas silvestres.

Cuando el P. Gregorio Cabral fué en nombre del P. Simón de León,

Provincial de esta provincia, á visitar aquellas Misiones, le cogió el

invierno (que allí no se mide por el frío, que no hace, sino por el

romper de las lluvias) le cogió debajo de una enramada, donde con siete

Misioneros pasó largo tiempo sin otro sustento que una fruta silvestre á

que llaman _Motaquí_, con alguna cosa de leche; y el día de Pascua, por

gran regalo, les dieron los neófitos una mazorca ó espiga de maíz. Pero

no tuvo otro tanto el mismo día el P. Zea, que presentándole por gran

regalo ciertos panecillos bien pequeños, no pudo probar bocado de ellos

por ser amargos como la hiel.

No me ha parecido supérfluo contar estas menudencias, para que quien en

los hombres apostólicos no mira otra cosa que conversiones de infieles,

adviertan también cuánto les cuestan y considere si tiene necesidad de

una generosísima caridad quien se emplea en buscar la gloria de Dios y

en mirar por la eterna salvación de las almas. Y ciertamente el no

acobardarse con los peligros, el no volver las espaldas á tantos

trabajos, el no retirarse y no dejar una vida en que á cada paso se

encuentra con la muerte, pereciendo aquí de hambre, perdiéndose allí por

los bosques, ahora andando entre flechas y macanas, ahora enmedio de

pueblos furiosos, es virtud difícil de hallarse, y con todo eso esta

virtud es necesaria siempre á quien emprende en países remotos y entre

gente bárbara el oficio de la predicación Apostólica.

Pero lo que me llena de estupor y maravilla, es que en medio de tantos

trabajos é incomodidades, no hayan hasta ahora muerto entre tantos

operarios más que tres ó cuatro, siendo así que hay quien ha trabajado

veinticinco y treinta años; pero es singular providencia del Altísimo,

que quien ningún caso ha hecho de su vida por su servicio, se conserve

más sano y mejor que si hubiera vivido en las comodidades de un colegio,

como yo ví, con grande estupor, en el P. Juan Bautista de Zea, que en

edad de sesenta y cinco años parecía joven de poco más de treinta en el

aliento y valor.

Verdad es que hoy día se han aligerado en gran parte tantos trabajos,

porque introducida en aquella gente, con la santa fe la vida civil y

política, lo pasan un poco mejor los Misioneros, y la piedad de muchos

caballeros les provee de algunas cosas con que ocurrir á las necesidades

domésticas.

Y ahora entiendo con cuánta razón claman los Superiores de esta

provincia á nuestros Padres generales, diciendo que no es esta vocación

de cualquiera, sino de hombres solamente de virtud muy grande y bien

probada. Y á la verdad, uno entre otros engaños en que vivía cuando en

Europa ardía en deseos encendidos de venir á Indias, era persuadirme que

para un Misionero Apostólico de estas partes, bastaba tener un gran celo

de las almas; pero quien leyere esta relación, hallará que son más las

ocasiones de ejercitar la interna abnegación del ánimo, la paciencia,

la humildad y la mortificación en sí mismo, que el celo de las almas con

los otros, cuando yo refiero aquí poco más que trabajos corporales, que

son la menor parte de los que se ofrecen que sufrir.

Por tanto, quiero poner aquí una carta que me escribió un compañero mío,

á quien lloro y reverencio á un tiempo, el cual, con otros cuarenta y

tres de la Compañía que conducía á la provincia de Quito, su procurador

general Padre Nicolás de la Puente, por impenetrables consejos de Dios,

se ahogó en el navío _Caballo Marino_ que se fué á pique el año de 1717.

Dice, pues así:

«La circunstancia de que quizás no nos volveremos á ver más en Europa,

me anima á escribir ésta á mi hermano, que espero le hallará en Cádiz, á

fin de darle el último vale, y con el corazón un humilde abrazo,

alegrándome, juntamente con el más vivo de mis afectos, por su ya

próxima suerte de dejar este mundo engañoso de acá y de ir en busca de

otro mejor, ó para mejorarlo. Conozcamos, hermano mío carísimo, nuestra

fortuna, la cual estoy por decir que es la mayor de cuantas Dios puede

conceder á sus escogidos. ¿Y qué? ¿Por ventura es cosa de poca monta

vivir desconocido, y si tengo de decir la verdad, despreciado de todos,

ó á lo menos poco estimado? ¡Oh, afortunados nosotros, si de cosa tan

grande fuéramos participantes! ¡Ánimo, hermano mío muy amado! ¡aliento,

vamos, vamos! mas ¿dónde? á las Indias, esto es, al Calvario. ¿A qué

fin? A coronarnos, sí, pero de espinas; á descansar, sí, pero sobre una

cruz. Aquí acabo, porque desde aquí deben comenzar los deseos de un

Jesuita indiano. Pidamos á Dios y á su Madre Santísima que destierre de

nuestro corazón todo otro afecto y no deje en él sino el ardientísimo

deseo de padecer por amor de quien nos amó hasta dar por nosotros la

vida.»

CAPÍTULO VII

Fervor y virtud de la nueva cristiandad, premiada de

Dios Nuestro Señor con muchos sucesos milagrosos.

Eran verdaderamente grandes, como hemos visto, los trabajos y fatigas de

los Padres en domesticar este inculto campo de la gentilidad; pero no

obstante eso, les parecía nada, aunque hubieran sido sin comparación

mucho mayores, viendo cuán bien prendía y se lograba la semilla de la

predicación evangélica, y cuán presto se sazonaba en frutos dignos del

Paraíso; mas en esto no quiero yo poner nada de mío, sino sólo hacer

hablar á los mismos sembradores de esta semilla, que se maravillan de

ello y se dan el parabién con júbilos de incomparable consolación.

«En el conocimiento de Dios (dice uno de ellos) y en la observancia de

la ley divina, se puede con toda verdad, sin rastro de encarecimiento,

afirmar que esta selva de bestias y de vicios es ahora un retrato de la

primitiva Iglesia. Bendigo infinitamente las santas llagas del Redentor

(dice otro) que comparada la vida pasada y presente de esta gente, son

ahora tan diferentes de sí mismos, cuando eran idólatras, que parecen en

cierta manera reengendrados en la inocencia original.»

Añade el P. Sebastián de Samartín, Superior que fué de aquellas

Reducciones:

«Todo se puede sufrir por ellos, por el afecto que tienen á la fe, á la

devolución y á lo que es Dios ó de Dios.»

Pero más por extenso habla el Padre Misionero de la Reducción de San

Joseph de la piedad de su pueblo, en la Cuaresma del año de 1705.

«No es fácil de decir el fervor que estos santos días mostraron los

nuevos cristianos en las cosas de Dios; oían la paladra de Dios con gran

gusto y no con menor fruto y compunción, de suerte que me parecía estar

entre españoles muy piadosos. El acto de contricción que se usa al fin

de los sermones, le hacían con tanto sentimiento, que lloraban

muchísimo. El cual mostraron también en la disciplina larga

verdaderamente no poco, pero no tanto que satisfaciese á su fervor, por

lo cual costaba mucho el hacerles cesar, pidiendo á gritos misericordia

á Nuestro Señor, y repitiendo fervorosísimos actos de contricción y

propósitos de no ofender más á su Divina Majestad, principalmente en su

innato vicio de la embriaguez, del cual, con el favor de Dios, se han

olvidado totalmente, pero donde se conocía más claramente su piedad y el

verdadero dolor y arrepentimiento de sus culpas, era en el acto de la

confesión sacramental á que se llegaban llorando tan amargamente que me

sacaban lágrimas á los ojos y me llenaban de increíble consuelo, dando

gracias á la Divina Misericordia que obra en gente de suyo tan bárbara y

nueva en la fe tan prodigiosos efectos.»

Así aquel Misionero que prosigue diciendo otras mil cosas de bondad y

devoción de sus cristianos, que sirven de no pequeña confusión y rubor á

quien ha nacido y vivido en el gremio de la Santa Iglesia.

Bien que por lo que toca á la pureza de su conciencia dan otros

Misioneros relación más distinta, diciendo que hacen mucho escrúpulo de

retener cosa ajena por pequeña que sea, que muchas veces apenas se les

halla materia suficiente para la absolución; que luego que sienten el

menor remordimiento de cualquiera culpa, por ligera que sea, y sólo en

apariencia á veces, corren volando á llorarla delante de Dios y pedir

remedio á sus ministros, aunque estén actualmente ocupados en las

labores del campo, ó de noche reposando, y singularmente se refiere de

una buena mujer que pareciéndole aún esto poca parte para mantenerse

inocente, importunó tanto al cielo con sus plegarias para que la pusiese

donde estuviese más segura de manchar su alma, que al fin logró feliz

despacho de sus súplicas, porque el día solemne de la Ascensión,

asaltada de un accidente casi repentino, recibidos todos los

Sacramentos, fué por la muerte á gozar la gracia que deseaba.

Ni esta inocencia es solamente de algunos á quien Dios Nuestro Señor

mira con ojos más piadosos, y cuyas almas fortalece con mayor copia de

bendiciones celestiales, sino que es común en todas las Reducciones, á

lo menos en lo exterior, porque algunos de los regidores del pueblo

tienen por oficio sindicar las costumbres de los demás, y cuando tal vez

alguno, por sugestiones de la carne se rinde al vicio sensual,

vistiéndole primero de penitente, le hacen confesar su culpa y pedir

perdón á Dios en medio de la iglesia, de donde llevado á la plaza, le

azotan ásperamente delante de todos.

Pero no me causa tanta maravilla la penitencia que estos culpados hacen,

siendo descubiertos por ajenas diligencias, cuanto la sincera confesión

de un Cathecúmeno y de una india. Supo aquél que un cristiano había sido

castigado con el rigor que he dicho, y parecióle tan bien esta justicia,

que instantáneamente suplicó se usase con él de semejante castigo,

porque yo, dijo, soy reo del mismo pecado; y la india, habiendo caído

secretísimamente en una fragilidad, no paró hasta que con gran

sentimiento manifestó su culpa á los Regidores, pidiéndoles con muchos

ruegos y súplicas se ejecutase en ella el público castigo, afirmando que

le movía á hacer esto la ofensa cometida contra Dios, y el no haber

seguido los ejemplos de tantos que habían resistido al incentivo de la

carne con la consideración de la presencia de Dios que en todas partes

asiste, con la memoria de las penas eternas del infierno y con los otros

medios que les han enseñado los Padres.

Y lo que es más en unos bárbaros hechos á vivir en su libertad sin

frenos de castigos y penas, que ninguno de ellos se siente de esta

severidad que se usa para corregir sus deslices. Mas lo que parece

milagro es que los Chiquitos de tal suerte han depuesto las enemistades

con los confinantes, mamadas con la leche, fomentadas del genio,

defendidas con las armas y hechas implacables con la sangre derramada,

que cuando antes no podían sufrir ni aun ver á sus enemigos en el mundo,

ahora están con ellos en una misma Reducción, viven en una misma casa y

comen á una mesa, convirtiendo los odios y rencores en otro tanto amor

de unos con otros, como si no tuvieran otro padre que á Dios y todos

fueran una familia de Jesucristo.

Esto pudiera parecer lo sumo de la virtud en unos cristianos nuevos si

no hubieran pasado adelante á dejarse despedazar á gusto de los

gentiles, por no faltar, como á ellos les parecía en un punto, á la

santa ley de Dios. Oyeron ellos que Dios mandaba no se volviese mal por

mal, y que á los ultrajes é injurias, aun en la vida, no se respondiese

sino con mansedumbre y sufrimiento.

A poco tiempo fueron algunos neófitos (como adelante diremos) á buscar

infieles para reducirlos al conocimiento de Dios, y encontrándose de

improviso con una Ranchería, los paisanos dieron sobre ellos con sus

macanas y flechas; pero los cristianos, aunque muy animosos y bien

pertrechados de armas con que fácilmente se hubieran podido defender, no

obstante, por no hacerles mal alguno, se dejaron quitar las vidas.

Otros, habiendo salido á otra empresa semejante, ni aun quisieron llevar

armas consigo, y entrando en una tierra enarbolaron en ella la imagen de

Nuestra Señora, exhortando á la gente la hiciese reverencia; pero la

respuesta que tuvieron fué ver caer sobre sí una tempestad de saetas, de

que muchos quedaron allí muertos. Supieron esto los Misioneros y

lloraron de consuelo pareciéndoles un prodigio de la gracia en una

nación tan soberbia y vengativa.

Y á la verdad, afecto tan tierno á las cosas de Dios, horror tan grande

al pecado y á todo lo que huele á vicio, se debe atribuir á la santa

vida que observan y á los contínuos ejercicios de piedad que todos,

indiferentemente, sin distinción de sexo ni condición, practican.

Tres veces al día, al romper del alba, á medio día y á la noche, juntos

los niños y las niñas cantan á coros distintos gran número de oraciones

y decoran de memoria lo que el Misionero les ha explicado del Catecismo.

Todos los días de fiesta se junta el pueblo á oir algún punto de la

doctrina cristiana ó sermón, después de haber cantado solemnemente la

misa. Al levantarse y acostarse se encomiendan á Dios, á la Reina de los

Ángeles y al Santo Ángel de la Guarda, con devotas oraciones que en

bautizándose aprenden; de otras usan al entrar en la Iglesia y cuando el

Sacerdote eleva la Sagrada Hostia ó el Cáliz. Antes de sentarse á comer

echan en pie la bendición, y fuera de eso no comen ninguna vianda fuera

de la mesa sin que primero la bendigan con la santa cruz. Cuando son

admitidos á la participación de los divinos misterios, no es fácil de

explicar con cuánta devoción y tiernos coloquios se llegan á comulgar y

cuánto después procuran mantener su corazón puro y limpio de toda mancha

de pecado.

Pudiera traer muchos ejemplos en confirmación de esto, pero por no

causar fastidio á los lectores, me contentaré con referir uno sólo.

Deseaban ciertos mozos recibir el Pan de los Ángeles; mas el Padre les

dió á entender que no se lo concedería jamás si primero no corregían y

enmendaban cierta libertad que tenía algún resabio de gentilismo; ellos,

sin otra diligencia, obedecieron luego; y aunque les costaba no poco, se

enmendaron totalmente de la dicha costumbre. Preguntóles después si

habían vuelto á recaer y admirándose mucho, respondieron que cómo era

posible ofender á su Señor después de haberle dado acogida en su

corazón.

Pero cuando estas Reducciones parecen un paraíso (dice un sujeto que las

ha visto), es por la noche, cuando todos cantan las cosas de nuestra

Santa fe, puestas en cierto modo de música muy llano, lo cual hacen los

niños y niñas en las calles públicas al pie de las cruces, y los hombres

en sus casas y en lugar separado de las mujeres; después rezan el

rosario y concluyen esta devota función con cánticos en alabanza de

Cristo Señor Nuestro, y de su Santísima Madre Nuestra Señora la Virgen

María, á quien profesan afecto tiernísimo, no llamándola con otro título

que de Madre; todos los sábados y las vísperas de las festividades

consagradas á su nombre, cantan la misa á son de instrumentos músicos,

cuales se usan entre ellos, y jamás van á trabajar al campo ó vuelven de

su labor sin que primero entren en la iglesia á hacer oración delante de

su imagen.

Lo mejor de sus pobres haberes emplean en servicio de esta Señora, y

quieren antes ser pobres que faltar un punto en su culto; y una vez que

un Padre quería que vendiesen la cera de las abejas llamadas _Opemús_,

que es blanquísima, y la mejor, le respondieron resueltamente: «No

quiera Dios que se expenda en provecho nuestro lo que hemos ofrecido á

su Madre Santísima, pues si nosotros nos privamos de esta cera por amor

suyo, á ella le tocará socorrer nuestra pobreza.»

Relacion historial de las misiones de indios chiquitos que en el Paraguay tienen los padres de la Compañía de Jesús · 第 6 / 27 段