poco antes se había dado principio á la Reducción de San Rafael, bien
acomodada para defenderse por causa de una espesísima selva, en que
tenían puestas todas sus esperanzas, y retiradas allí sus pocas
alhajuelas, no se atrevieron á menearse de aquel puesto hasta que se
serenó aquella borrasca, con que el Apostólico Padre, que se detuvo
allí algunos días á fin de penetrar los designios del enemigo, tuvo
ocasión cómoda para bautizar á los niños é instruir en los misterios de
nuestra santa fe á los grandes, á quienes el temor de la esclavitud de
los Mamalucos hizo abrir los ojos para que saliesen de la del demonio;
pero el Padre, advertido, no quiso bautizarlos por entonces, reservando
para mejor ocasión satisfacer sus deseos; y animándolos á la
perseverancia, dió la vuelta á la Reducción de San Francisco Xavier; y
de aquí, con toda presteza, pasó á Santa Cruz de la Sierra, para dar
cuenta al Gobernador de los movimientos del enemigo, y juntatamente á
animar á la gente de armas á salir en campaña á pelear con él y ponerle
en fuga, en que no tuvo mucho que hacer para mover la piedad tan innata
de los españoles que en todas partes resplandece igualmente que el valor
haciéndoles que tomasen por suyas las ofensas de los indios Chiquitos y
defendiesen con su propia sangre aquella nueva iglesia, principalmente
que se podía con razón temer que el orgullo de los Mamalucos osase
también invadir la ciudad si ellos no le saliesen al encuentro para
atajarle ó cortarle los pasos.
Alistáronse, pues, en pocas horas ciento y treinta soldados bien
pertrechados de armas y municiones y lo principal de valor, y porque el
tiempo no daba mucho lugar, marcharon á largas jornadas hacia el pueblo
de San Francisco Xavier, donde recogiendo cerca de trescientos indios
muy diestros en jugar el arco y flecha, fueron en busca de los enemigos
á las tierras de los Penoquís creyendo que allí los hallarían
acuartelados, cuando por medio de los espías supieron que habían entrado
en el pueblo de San Francisco Xavier, que ellos habían desamparado y
abandonado poco antes, en donde como los Mamalucos no hubiesen hallado
nada que robar se disponían para ir á sorprender la ciudad de Santa
Cruz.
Con esta nueva fué inexplicable la alegría que mostraron los españoles
esperando en su valor poder dar su merecido á aquellos infames, lo cual
debía de temer ó pronosticárselo su corazón presagioso al capitán de los
enemigos, pues vistas en San Francisco Xavier tantas pisadas de
caballos, sospechó que estaban prevenidos los españoles y quería
volverse atrás, lo cual hubiera ejecutado á no haberle dicho algunos
indios del país que poco antes había pasado por allí el ganado de la
Reducción de San Francisco Xavier.
Enderezó, pues, su marcha nuestro ejército hacia donde estaban acampados
los enemigos, y al entrar la noche llegaron cerca de donde estaban y
determinaron aguardar á la mañana del día siguiente, que era el del
glorioso mártir español San Lorenzo, principal abogado y patrón de
aquella provincia, para presentarles la batalla.
Con esto los soldados tuvieron algún tiempo para reposar, y como no se
creía que la batalla había de ser muy sangrienta de ambas partes por
haberse de pelear con gente tan diestra en manejar las armas, quisieron
los más ajustar con Dios las partidas de su conciencia, para lo cual les
oyeron de confesión seis Padres que á este fin habían venido de allí.
En esto se gastó buena parte de la noche, y habiendo tomado un poco de
sueño, al despuntar el alba se tocó á marcha, mandando los oficiales que
puestos en orden los soldados, y con el fusil en punto, avanzasen á
vista de los enemigos y si no rindiesen las armas, los atacasen.
Pero Dios Nuestro Señor que había tomado á su cuenta el castigo de las
maldades de aquellos malvados, quiso que pagasen ahora la pena, y
singularmente los capitanes, que aquí quedaron muertos, pagando
juntamente de una vez todas las deudas de las iniquidades que habían
cometido en la destrucción de los pueblos de Villarica del Espíritu
Santo en la gobernación del Paraguay, disponiendo fuese la victoria, no
á costa de mucha sangre de ambas partes como se pensaba, sino á costa de
los nuestros y á mucha de los enemigos; porque mientras un indio
intimaba el orden á los enemigos, adelantándose ciertos soldados para
recibir las armas de los capitanes, un criado de éstos les detuvo
disparándoles un fusilazo, matando á uno de ellos.
No pudo sufrir esto Andrés Florián, valerosísimo caballero español, y
respondió luego con otro tiro semejante, de que derribó en tierra á
Antonio Ferraez de Araujo, y sacando su puñal arremetió á Manuel Frías y
le mató á puñaladas, quedando al primer paso muertos los dos capitanes
enemigos. Quedando con esto los Mamalucos sin caudillos, sin gobierno y
sin alientos, se turbaron del todo, y tirando sus armas se arrojaron al
río que les recibió, no para librarles como esperaban, sino para
sepultarles en sus corrientes, de que ya cansados, por más esfuerzos que
hicieron, no pudieron librarse.
Viendo los españoles y nuestros neófitos que Dios manifiestamente estaba
de su parte, fueron con grande ánimo en su alcance, y con una tempestad
de saetas y mosquetazos que les dispararon, hicieron en ellos sangriento
estrago. También nuestros Misioneros quisieron entrar á la parte de
hecho tan estupendo, asistiendo con el Crucifijo en las manos, y sin
hacer caso de la vida iban delante con sus armas espirituales, no sólo
en ayuda de los vencedores, sino también de los vencidos, á quienes
procuraban ayudar.
De los enemigos sólo seis escaparon con vida, de los cuales tres,
malamente heridos, quedaron prisioneros. Nuestros heridos no fueron
muchos, y los muertos ocho solamente, dos indios y seis españoles.
Fué increíble la fiesta y regocijo de los españoles y de nuestros indios
por tan señalada victoria obtenida tan á poca costa; y fué sentimiento
común que Dios había peleado con ellos contra sus enemigos en defensa de
su honra y de aquella nueva cristiandad. Por lo cual los soldados dieron
á S. M. solemnemente las gracias al uso militar, con repetidos tiros de
fusil y mosquetes, y los indios con torneos y juegos á su usanza,
concluyeron la alegría de aquel día.
Pero no fué cumplido el contento, porque mientras se trataba de
exterminar lo restante de los enemigos que habían quedado en las tierras
de los Penoquís en guardia de la presa que montaban más de mil
quinientas almas y de limpiar totalmente el país, nacieron, no sé de
qué origen, algunas disensiones entre los cabos, con que se tuvo por
mejor consejo levantar el campo y volver á la ciudad de San Lorenzo, de
donde saliéronlos á recibir el gobernador, alcaldes y regidores con toda
la ciudad; fueron recibidos con festivos repiques de las campanas de
todas las iglesias y con muchos tiros de artillería que disparó el
castillo, y por muchos días se celebró con gran magnificencia aquella
poco menos que milagrosa victoria.
Los tres Mamalucos que escaparon, caminaron con la presteza posible
siguiendo su fuga y llevaron tan infausta nueva á sus compañeros,
quienes habiendo entendido contra toda su esperanza la última
destrucción de los suyos, quedaron yertos de miedo, y como si ya viesen
cerca de sí á los vencedores, se retiraron á toda prisa, llevándose los
más esclavos que pudieron, y embarcados en el río Paraguay navegaron á
boga y remo camino de San Pablo, cuando encontrándose con una compañía
de sus mismos paisanos que iban al mismo fin de apresar piezas (como acá
llamamos) ó indios, les contaron el suceso referido; pero los que venían
de San Pablo, oída la causa de aquella vuelta tan desacostumbrada que
daban á su tierra tan perdidos de ánimo, los empezaron á burlar de que
por tales encuentros se desanimasen tanto; con que ya de vergüenza, ya
con esperanza de rehacerse de la pérdida pasada, mudaron de parecer y se
aunaron con ellos, y todos juntos dieron sobre algunas Rancherías de
indios, de los cuales fueron rechazados con braveza y valor; por lo
cual, mal de su grado, con las manos poco menos que vacías, se vieron
precisados á volverse á San Pablo.
Mientras éstos atravesaban la laguna Mamoré, ciertos Guarayos que por
gran tiempo habían militado á su sueldo, abiertos los ojos y volviendo
sobre sí mismos para ponderar el poco bien y mucho mal que se les hacía,
y que al fin no podían esperar de aquel azaroso oficio más que una
muerte desgraciada por término de una vida infeliz, resolvieron desertar
y buscar lugar donde vivir con seguridad y reposo, y valiéndose de la
obscuridad de la noche se retiraron hacia Poniente á una campaña, dos
jornadas más adelante de aquel lago, y por hallarse sin mujeres hicieron
las amistades con los Curacanes, sus confinantes por el lado del
Septentrión. Estos, pues, no mucho después, deseando salir de la
gentilidad y hacerse cristianos, se vinieron á vivir y hacer sus casas
en nuestra Reducción de San Juan Bautista.
De mucho provecho fué esta victoria, porque después acá no se han
arriesgado más los Mamalucos á poner el pie en los contornos de
aquellas Reducciones, y solamente en el año 1718 plantaron un fuerte en
las riberas del río Paragua, ochenta leguas distante del pueblo de San
Rafael, con que se espera que convertidas en breve con el favor de Dios
cincuenta ó sesenta mil almas, como nos prometen las esperanzas, se les
impedirá también el hacer corso por aquel río, porque los neófitos por
singular privilegio de nuestros católicos reyes, pueden usar armas de
fuego con que fácilmente podrán quebrantar el orgullo de estos
corsarios, como sucedió en las misiones de Guaranís, á quienes no
cesaron de molestar hasta que aquellos pueblos dieron una grande rota á
cinco mil Mamalucos que habían pasado al último exterminio de aquella
cristiandad.
CAPÍTULO VI
Con los sucesos pasados se entibia algo la santa fe:
muere el P. Antonio Fideli y se habla largamente de
los trabajos de los Misioneros.
Aunque la fortuna de esta tempestad no deshizo esta nueva cristiandad,
no obstante, la conmovió no levemente y cortó al mejor tiempo el curso
próspero de nuevos aumentos, porque agostó las floridas esperanzas de
acrecentar con buen número de almas la Reducción de San Francisco
Xavier, y aun de fundar otras en los Penoquís, Xamarós y Quicmes, que
estaban bien dispuestos para alistarse en el número de los fieles; antes
bien de este accidente provino la destrucción de las dos Reducciones de
Chiriguanás, aunque tan distantes y remotas del peligro.
No habló al aire aquel sabio caballero don Agustín de Arce, cuando dijo
se perdía inútilmente el tiempo y el trabajo con aquella gente, y ahora
lo tocaron con las manos los Misioneros, á los cuales amaban aquellos
bárbaros solo por lo que sacaban de su pobreza.
Por más que hacían los Padres no querían acudir á los Divinos Oficios ni
oir la doctrina cristiana, que al entrar la noche se explicaba, ni aun
quisieron darles un muchacho que les ayudase en las haciendas de casa y
sirviese en la iglesia y cultivase un pequeño huertecillo.
Con todo eso perseveraban los Misioneros sufriendo grandes incomodidades
y trabajos que les hacía fáciles de tolerar la esperanza de coger algún
fruto de paciencia, hasta que enfadados los bárbaros de tantos sermones
y pláticas que les hacían se determinaron echarles del país con pretexto
de que eran enviados por los Mamalucos para juntarlos y entregarlos á
todos en sus manos como lo habían (según decían ellos) hecho con los
Chiquitos, bien que había entre ellos muchos que de esta mentira eran
testigos de vista por haber ido sirviendo á los españoles en la guerra
referida.
Divulgóse esta voz por el pueblo, y fuese por malicia de ellos ó por
ardid diabólico del demonio, que perdía mucho en la conversión de
aquellos bárbaros, comenzó la chusma á hacer muchos maltratamientos al
venerable P. Lucas Caballero y al P. Felipe Suárez, antes que con
detestable atrevimiento pusiesen fuego á la iglesia, de donde por este
insulto se vieron obligados á salir y pasarse á un rancho ó choza poco
distante; pero ni aun aquí pudieron parar, porque los bárbaros les
buscaron por todas partes armados con sus arcos y macanas, y hubiéranlos
hecho pedazos si no hubiera sido porque esperaban á sus caciques que
estaban no muy lejos de allí.
Viendo los nuestros que las cosas estaban de tan mal semblante,
resolvieron en la oscuridad de la noche retirarse hacia Santa Cruz de la
Sierra y de aquí pasar á Pari, donde se había mudado la Reducción de San
Francisco Xavier.
Llegada la noticia de este suceso al P. Superior Joseph Pablo de
Castañeda, sospechó prudentemente que lo mismo ó peor sucedería á la
Reducción de San Ignacio, y así ordenó á los Padres que allí residían,
se retirasen procurando escapar de las garras de aquellas fieras lo
mejor que pudiesen, encaminándose á los Chiquitos, donde Dios Nuestro
Señor quiso consolar á sus siervos con mejor logro de sus fatigas y
sudores.
Por causa de las revoluciones pasadas y por lo que en adelante se podía
temer, se mudó la Reducción de San Francisco Xavier desde el río de San
Miguel á una llanura llamada Pari, ocho leguas distante de Santa Cruz de
la Sierra, donde también se repararon algunos Piñocas y Xamarós que
escaparon de las manos de los Mamalucos, con que se fabricó una
Reducción bien numerosa.
Pero no obstante esta mudanza que ahora hicieron, se vieron precisados á
retirarse de las cercanías de aquella ciudad por causa del gradísimo
daño que suele causar á los recién convertidos á nuestra santa fe el mal
ejemplo de los cristianos viejos que han nacido y vivido en ella, los
cuales hacen abominable nuestra ley santa con sus escandalosos
procederes; y si la profesan con las palabras la niegan con las obras,
viviendo más con la libertad de infieles, que arreglados á los
dictámenes cristianos de nuestra religión santísima.
Llegábase á esto el vil interés de tal cual, que degenerando de la
innata piedad de sus mayores, no hacía escrúpulo de apresar ya á este,
ya al otro de aquellos pobres indios cristianos y reducirlos á miserable
esclavitud.
Por estos motivos, pues, hubieron los nuestros de trasplantar aquellas
tiernas plantas á lugar más retirado, encomendando este negocio al
cuidado del venerable P. Lucas Caballero; y aunque en tales mudanzas
perecieron muchos por las incomodidades y enfermedades que les
sobrevinieron, de que participaron también nuestros misioneros, no
obstante, poco después volvió la Reducción á su antiguo esplendor,
porque vinieron luego otros infieles que se incorporaron en ella.
La segunda Reducción que se fabricó fué la de San Rafael, distante de la
otra diez y ocho días de camino hacia el Oriente, escogiendo y señalando
el sitio para ella los PP. Juan Bautista de Zea y Francisco Hervás, á
fines de Diciembre del año de 1696 y trayendo á ella algunos Tabicas y
Taus y otros que habían ya prometido al P. Arce que abrazarían nuestra
santa ley, llegaban á mil las almas, aunque la peste que hubo luego se
llevó gran parte de ellos; con que á instancia de los mismos indios se
volvió esta Reducción á su antiguo sitio, que era muy á propósito para
el intento de los nuestros, que deseaban establecer el comercio de estas
Reducciones con las de los Guaranís por el río Paraguay.
Fundaron, pues, sus casas y se poblaron á las orillas del río Guabys,
que se cree desemboca en el río Paraguay.
La tercera Reducción se puso debajo del patrocinio del señor San Joseph,
á instancias del piadosísimo señor marqués de Toxo, D. Juan Joseph
Campero, insigne bienhechor de esta cristiandad, y se fabricó sobre un
monte, por cuya falda corre un riachuelo que fecunda un gran espacio de
tierra llana; fundáronla los Padres Felipe Suárez y Dionisio de Avila,
que por gran tiempo fueron inseparables compañeros en sus trabajos y
sudores, no teniendo muchas veces con qué acallar el hambre y reparar el
cuerpo en tantas y tan largas fatigas; y así, para que oprimidos de las
incomodidades no diesen con la carga en tierra, les vino no mucho
después á ayudar el P. Antonio Fideli. Pero les duró poco tiempo este
consuelo, porque en breve quedó postrado de tan insufribles trabajos;
pues por más remedios que según la pobreza de aquellas tierras se le
procuraron aplicar, nunca se pudo recobrar.
Dicho P. Fideli, como era recién venido de Europa, y hallando campo tan
grande á su celo, no paraba de día ni de noche en domesticar aquellos
salvajes; y mientras sus compañeros iban en busca de gentiles, él se
ocupaba en limpiar á aquellos nuevos cristianos de los resabios de su
vida brutal, con que se podía quizás manchar la pureza de su fe y la
inocencia de nuestra religión cristiana; era su tarea cuotidiana juntar
de día á los niños toda la mañana, y al entrar la noche á los adultos;
para hablarles de las cosas que debían creer y obrar; acudir á todos
tiempos á sus necesidades sin negarse á nada; cuidar de las almas y de
los cuerpos de los enfermos, velándolos de día y de noche y dándoles
sepultura después de muertos; y en tantos trabajos no tenía otra cosa
con qué mantener sus fuerzas para llevar tan gran peso, que un poco de
pan muy desabrido que allí se hace de unas raíces que llaman mandioca,
la cual, hecha harina, se amasa y hace un pan bien malo, el cual solía
acompañar con un pedazo de carne de algún animal del monte, asada, como
la comen los indios, dura y desabrida, y por gran regalo alguna fruta
silvestre.
Pero en medio de tan mal tratamiento, nunca daba treguas al trabajo, y
esto con tal alegría de su espíritu, como si el cuerpo se mantuviese con
el pasto espiritual del alma, hasta que postrada totalmente la
naturaleza, no pudo volver en sí, por más medicamentos que según la
posibilidad del país le procuraron aplicar sus compañeros, que le amaban
tiernamente; con que no bien cumplidos dos años en estas Misiones, pasó
al eterno descanso para recibir el galardón de sus apostólicas fatigas,
en el mismo pueblo de San Joseph, el día 1.º de Marzo de 1702.
Pero lo que no pudo hacer en la tierra en provecho de aquella nueva
cristiandad, lo hizo bien presto y más eficazmente con sus oraciones
desde el cielo, porque aquellos neófitos dejaron luego la embriaguez y
otros vicios que trae consigo esta bestial costumbre, cosa que hasta
entonces había costado mucho trabajo sin fruto. Sintieron los indios
inconsolablemente la pérdida de su amantísimo Misionero á quien ellos
llamaban Padre cariñosísimo de su alma.
Fué el P. Fideli natural de Ciudad de Regio, en Calabria, hijo de padres
de la primera nobleza de ella, bien que por su humildad y desprecio del
mundo jamás dió la menor noticia de su calidad.
Los primeros años de su juventud los pasó aprendiendo buenas letras en
el Seminario de San Francisco Xavier de Nápoles, donde le enviaron á
estudiar sus padres.
Aquí, en la flor de su edad, le llamó Dios á la Compañía, donde luego
que entró en ella se dió de veras al estudio de la virtud en que salió
aventajado, y se mantuvo con vida ejemplar en la larga carrera de sus
estudios, con igual aprobación, así de los Superiores como de los
compañeros, de los cuales era á un mismo tiempo amado por la dulzura de
su trato afable y caritativo y venerado por la solidez de sus virtudes
siempre igual á sí mismo, y manteniendo un tenor de alegría
inalterable, afabilísimo con todos, y liberal y pronto á servir á sus
hermanos aun en las cosas más difíciles.
Parecióle poco lo que obraba en bien de las almas y servicio de Dios en
su provincia de Nápoles, por cuya causa pidió con instancia de nuestro
Padre general, le concediese licencia de pasar á Indias, y conociendo su
fervor, le dió su paternidad grata licencia, asignándole para que pasase
á esta provincia en la Misión que conducía á ella su procurador general,
P. Ignacio Frías.
Despacháronle, pues, á Cádiz el año 1696 para embarcarse á esta
provincia; pero por no haber oportunidad de embarcación le fué preciso
esperar dos años en Sevilla, donde en la casa profesa dió muestra de su
espíritu con singular edificación de los nuestros, trabajando de día y
de noche en los ministerios propios de la Compañía.
Su tarea casi cotidiana era gastar siete y ocho horas en oir
confesiones, porque acudían todo género de personas nobles y plebeyas,
que le amaban como padre y veneraban como santo, y él les correspondía
con afecto de fina caridad.
Ocupado en estos ejercicios, se llegó el tiempo de embarcarse, y pasando
de Sevilla á Cádiz, se dió á la vela para Buenos Aires el año de 1698
en compañía de otros cuarenta y cinco Jesuitas repartidos en tres naves,
con viaje se puede decir afortunado; porque después de grandes
infortunios que padecieron en veintidós meses de navegación, plugo á
Dios Nuestro Señor traerlos salvos al puerto de Buenos Aires.
Hubo varias causas de esta larga tardanza, y la principal fué el
apartarse y dividirse las naves pocos días después de la partida de
Cádiz, y perderse de vista la una de la otra, que encontrando
rapidísimas corrientes que la desviaban, furiosísimos vientos que la
maltrataban, disformes tempestades que la echaron á las costas de
Guineos, se vió precisada la almiranta, en que le cupo venir á nuestro
P. Antonio, á aferrar en la isla de Santiago, una de las islas
Hespérides, que llamamos ahora Cabo Verde.
Aquí fueron recibidos de los religiosísimos Padres de la venerable Orden
de San Francisco que quisieron hospedarlos en su convento para que no
sintiesen algún maligno efecto de aquel clima, sumamente nocivo á los
forasteros, causa porque llaman á este promontorio sepulcro de los
europeos, como lo experimentaron los demás pasajeros, de quienes la
mayor parte cayeron enfermos, y más de ciento perdieron allí la vida y
las esperanzas de enriquecer que los conducía á las Indias. _Pero de
los nuestros ninguno murió por la grande caridad que con ellos usaron
los religiosos, que con indecible amor cuidaban de su salud,
advirtiéndoles lo que debían hacer y de lo que se debían guardar para
conservarla._
En el tiempo que aquí se detuvieron, el Superior de los nuestros P.
Joseph Ortega, nuestro P. Antonio y P. Pedro Carena, asistieron á los
enfermos del navío con increíble trabajo y no menor fruto y consuelo de
los que morían en sus manos. _Hubiéronse finalmente de partir de aquella
isla, en cuya despedida fué indecible el consuelo que por verlos partir
á todos sanos sin haber muerto ninguno, mostraron los religiosos, y con
especialidad el Padre guardián del convento, quien llorando de gozo les
dijo no podía contener las lágrimas viendo que no sólo salían los mismos
Jesuitas que habían entrado, sino uno más (aludiendo á un pretendiente
que allí había recibido en la Compañía, con licencia que para ello
llevaba el Padre Superior) pues cuando los vió entrar se había
entristecido notablemente, juzgando, llevado de la experiencia, serían
pocos los que escapasen con vida. Pero el haber librado todos bien se
debió, como dije, á la mucha caridad de los religiosos y del mismo Padre
guardián._ De quien despedidos, por fin se embarcaron, pero les
sobrevinieron tales accidentes, que se vieron obligados nuevamente á
arribar al Brasil, donde reparada nuevamente la nave, y habiendo
experimentado la caridad grande que en todas partes usan con los
huéspedes, los Padres portugueses se dieron tercera vez á la vela y
llegaron á salvamento en el puerto de Buenos Aires para gastar la vida y
sudor en provecho de los pobres indios; bien que si en el mar hubiera
perdido la vida, hubiera tenido una muerte coronada con el mérito de
grandes fatigas padecidas por acudir al bien de la gente de su nave por
todo el espacio de tiempo que duró esta trabajosísima navegación, que
fué casi de dos años, al fin de los cuales pasó con sus compañeros el
año de 1700 desde Buenos Aires á este Colegio de Córdoba, donde se
consagró á Dios más estrechamente por la profesión de cuatro votos, é
inmediatamente pasó á la Misión de los Chiquitos, donde _consummatus in
brevi explebir tempora multa_ (Sap. 4.)
Pero volviendo al hilo de la historia, digo que esta Reducción de San
Joseph, de indios Boxos, Taotos, Penotos y algunas familias de Xamarós y
Piñocas, es felicísima á la suerte de los Misioneros que allí asisten,
por ser este pueblo la puerta por donde se entra á otras muchas
naciones, por lo cual ofrece comodidad, así para reducir muchas almas á
nuestra santa fe, como para ganarse muchas coronas de premios en la
gloria.