hecho paces con los españoles y pedían predicadores del Evangelio, que
les enseñasen la ley divina. No podía el buen gobernador darles gusto,
enviando misioneros de la provincia del Perú por estar estos empleados
en cultivar las naciones de los Moxos, por lo cual ofreció á nuestros
misioneros la copiosa mies de esta gentilidad, donde su fervor hallaría
en qué satisfacerse á su gusto, y su celo campo donde acrecentar la
gloria divina, que aquí no serían mayores los trabajos que el fruto, ni
derramarían gota de sudor en esta tierra, que no fuese semilla de que
cogiesen la conversión de muchas almas. Y que para que emprendiesen con
más calor esta misión, escribiría de su mano cartas muy eficaces al
Provincial de esta provincia, á nuestro Padre general Tirso González, su
íntimo amigo.
Este razonamiento del buen gobernador despertó en el corazón de
aquellos varones apostólicos un júbilo incomparable, viendo se les
descubría otro campo en que padecer otro tanto en servicio de Dios: por
lo cual, en cuanto á ellos tocaba, se ofrecieron al bien de aquella
nación, sin hacer caso de su vida ni temer á los trabajos y fatigas que
les pudiese costar aquella nueva empresa, sólo con que la insinuación de
los superiores les destinase á ella; y así dijeron, que obtenida
licencia de sus superiores, correrían allá gustosos para domesticar
aquellos bárbaros y reducirlos al conocimiento del verdadero Dios y á la
obediencia de la Majestad Católica. Y con esto, despedidos del
gobernador dieron la vuelta.
Al pasar el río Guapay, de vuelta para Tarija, les cercaron una gran
multitud de infieles, rogándoles fundasen una Reducción en aquel paraje
para cuidar y atender al bien de sus almas, que les daban palabra que en
breve abrazarían todos la ley de Cristo.
No les pareció bien á los Misioneros dejarlos descontentos, por lo cual,
levantando en aquel sitio un Rancho, celebraron, á vista del pueblo, el
Santo sacrificio de la Misa; y por ser aquel día consagrado á la
Presentación en el templo de la Virgen Nuestra Señora la pusieron debajo
de su patrocinio; y esto con tanto aplauso y contento de los naturales,
que corriendo la voz de lo sucedido por las otras Rancherías, se
ofrecieron muchos caciques á fundar allí Ranchos con todos sus vasallos.
Partiéronse de aquí los Padres para disponer en Tarija lo necesario para
llevar adelante aquella empresa, y Dios Nuestro Señor, para premiar los
trabajos pasados en su servicio y animarlos en las fatigas que habían de
padecer en adelante, les concedió luego un fruto de bendición, que
apenas nació cuando se trasplantó en los jardines celestiales, este fué
un niño que apenas fué lavado de mancha de la culpa original con las
aguas del Santo Bautismo, cuando incontinenti voló á gozar eternamente
de Dios.
Incomparable fué el consuelo de estos santos varones con tan noble
ganancia, pero no menor la rabia del demonio que de tan buenos
principios adivinaba el gran menoscabo que se había de seguir á sus
intereses, y que si la fé cristiana fuese ganando crédito y seguidores,
perdería en poco tiempo el dominio del país; y como su mal y daño estaba
á los principios y le podía reparar, procuró, con todo su esfuerzo
arrancar de raíz aquellos buenos principios, para lo cual tenía allí de
su bando ciertos apóstatas muy poderosos, tanto peores que los otros en
su vida, cuanto es ordinario que sea más perdido en sus costumbres
quien abandona la fé que quien jamás la profesó en su vida.
Entre estos había dos caciques llamados Urbano Garnica y Pedro de Santa
María, que teniendo para su placer muchas concubinas, llevaban muy mal
tomase campo en aquella tierra Cristo Nuestro Señor y su ley santísima,
con lo cual ellos se habían de ver precisados á desamparar el país ó á
salir del cieno de la deshonestidad. Por tanto, conmovidos estos del
enemigo infernal, y mucho más del amor á la carne, empezaron á esparcir
por el vulgo mil calumnias contra los misioneros, y mucho más aquellas
que mejor les estaba creyese el pueblo; decían que eran espías de los
enemigos, que no pretendían otra cosa que sujetarlos á los españoles, y
con pretexto de reducirlos á la fé católica, privarlos de su antigua
libertad, que en breve se verían hambrientos y deseosos de aquellos
placeres de que ahora á su gusto se saciaban; verían sus carnes flacas,
sus espaldas acardenaladas de los golpes de los nuevos señores, cuyo
yugo cargaban sobre sus cuellos, junto con el de Cristo; y en prueba de
eso, tenían ellos aún en el cuerpo las cicatrices de los cruelísimos
azotes que llevaron cuando cristianos, por más que trabajaban de día y
de noche sin ninguna compasión, para llenar á su costa las bolsas de
sus amos, y semejantes á estas decían otras innumerables mentiras, como
les venía á cuento el fingirlas para su intento. No se dijeron al aire,
porque ahora el deseo que tenían los bárbaros de hacerse cristianos
estaba en sus primeros fervores, no hicieron en ellos mucha mella estos
dichos; no obstante, resfriándose de allí á poco aquel primer fervor,
consiguieron los apóstatas su intento de alborotar el país y enfurecer
el pueblo para que echasen á los Padres y los remitiesen á donde habían
venido.
Entrado ya el año de 1691, partieron los PP. Juan Bautista de Zea y
Diego Centeno por el río Guapay, á cultivar el nuevo pueblo de la
Presentación, y el P. Arce al valle de las Salinas, á donde acudió gran
número de infieles, de los cuales muchos se le mostraban aficionados y
otros le mostraban mal rostro, señal de lo que maquinaban en su corazón,
que era darle muerte, como lo hubieran ejecutado á no haberles disuadido
de tan malvado intento los indios de Tariquea.
Procuraba aquí el apostólico Padre poner forma á las cosas de la
reciente iglesia; pero el demonio, que soplaba en el corazón de los
apóstatas, cuanto el buen Padre trabajaba en muchas semanas, lo deshacía
en pocas horas; y por apéndice de estos desastres, tuvo noticia de que
los Tobas, cruelísimos enemigos de Dios y de los españoles, vistos sus
intentos, se habían puesto en armas, y en gran número venían destruyendo
el país; con lo cual, esperando de hora en hora sus furias, se
esforzaban á recibir con gran ánimo la muerte si fuese voluntad de Dios
Nuestro Señor, imitando á sus súbditos, de quien corría fama que habían
caído en las manos de aquellos malvados y sido muertos con crueldad
igual á su fiereza.
Pero como Nuestro Señor, con estas desgracias, no quería de su siervo
otra cosa sino las primeras pruebas y noviciado de una vida apostólica,
hizo desvanecer en breve aquellos temores y hubo luego aviso de que los
PP. Zea y Centeno habían llegado á salvamento en el pueblo de la
Presentación, y de que los Tobas se habían retirado á sus tierras, con
lo cual pudo seguramente pasar á Tariquea para disponer más apriesa los
ánimos de la gente para abrazar la santa fé.
Aquí fué recibido y hospedado con mucho amor y benevolencia del señor
del lugar, quien entendida la causa de su ida, mandó luego echar bando
por todas las Rancherías del contorno, que se juntasen día señalado
todos los caciques á Concejo, para resolver el negocio de su conversión;
y se ejecutó así el día último de Julio, consagrado á nuestro gran
Padre y Patriarca San Ignacio.
Y porque será del gusto de los lectores saber las ceremonias y modo de
que usaron en su Asamblea, daré de ellos una breve y sucinta noticia.
Entrados á parlamento en lo más oscuro de la noche, dieron principio á
la función con una sinfonía de flautas y pífanos, y cantando y bailando
al son de ellos discurrían sobre el negocio, concluyendo cada baile que
duraba tres ó cuatro credos con brindis.
Al rayar el alba, aunque hacía viento muy frío que helaba, por ser aquí
este mes el corazón del invierno, se fueron todos á bañar al río; y para
hacer más alegre la fiesta, adornaron sus cabezas con hermosos penachos
afeitándose el rostro con colores muy feos, imaginando crecían en
belleza y hermosura, cuando parecían otros tantos diablos.
Habiendo ya esclarecido el día, tomaron un desayuno para cobrar aliento
y brío para proseguir su acuerdo en la forma que antes. ¿Quién creía, ó
por mejor decir, quién se atrevía á esperar resolución nada favorable en
un Concejo semejante? Pero no obstante eso, determinaron de común
consentimiento admitir en sus tierras á Cristo y á su ley santísima, y
enviaron á dar aviso de su resolución al P. Arce, quien debajo de una
enramada estaba encomendando á Nuestro Señor con fervor este negocio;
pero le pusieron tres condiciones: La primera, que la Reducción se
fundase en aquel paraje. La segunda, que no fuesen obligados á
desterrarse de sus tierras los que quisieren vivir en el gentilismo, ó
mantener muchas mujeres para su uso; y la tercera finalmente, que sus
hijos no fuesen destinados al servicio de la Iglesia.
Aceptó el santo varón el partido, esperando que el tiempo, y mucho más
la sangre de Jesucristo les ablandaría los corazones y darían aquellos
frutos de bendición que su celo y sus fatigas les prometían; ni eran mal
fundadas sus esperanzas porque Taricú, principalísimo, en nombre de
todos, le dió las gracias de querer emplearse en provecho de sus almas;
y las dió también á Nuestro Señor porque se había dignado de enviarles
quien sin ningún interés suyo les enseñase el camino del cielo. Y porque
todo esto sucedió, como dije, en el día consagrado á N. P. S. Ignacio,
puso el P. Arce la Reducción debajo de su patrocinio.
Mientras que las cosas corren aquí con algún viento favorable, me es
preciso dar una sucinta relación de la provincia de los Chiquitos, en
que al mismo tiempo se fundó, aunque con fin más feliz, una nueva
cristiandad, y será el blanco principal de esta mi Relación.
CAPÍTULO II.
Situación de la provincia de Chiquitos, costumbres y
calidades de los naturales.
La provincia, á quien vulgarmente llamamos de los Chiquitos, es un
espacio de tierra de doscientas leguas de largo y ciento de ancho; por
el Poniente mira á Santa Cruz de la Sierra, y algo más lejos á las
misiones de los Moxos, que pertenecen á nuestra provincia del Perú. Por
Levante baja hasta el famoso lago de los Xarayes, á quien con razón
llamaron el mar Dulce los primeros conquistadores, por su amplitud y
grandeza. Por la Tramontana la cierra una gran cadena de montes bien
larga, que corriendo de la parte de Levante á Poniente, remata en este
lago. Por el Mediodía mira al Chaco y á un gran lago, ó por mejor decir,
golfo del río Paraguay, que forma aquí una bellísima ensenada, cuyas
riberas están pobladas de gran multitud de árboles y se llamó desde sus
principios este seno ó ensenada el puerto de los Itatines.
Bañan á esta provincia de Chiquitos dos ríos: uno el Guapay, que
naciendo en las montañas de Chuquisaca baja por una llanura abierta por
junto á un pueblo de los Chiriguanás llamado Abapó, y corriendo hacia
Oriente, ciñe á lo largo en forma de media luna, á Santa Cruz de la
Sierra; y tirando de aquí entre Septentrión y Poniente, riega y baña las
llanuras que están á la falda por ambas partes; y finalmente desagua en
la laguna Mamoré, en cuya costa están fundados algunos pueblos, ya
cristianos, de los Moxos. El otro, el Aperé ó San Miguel, que nace en
los Alpes del Perú, y atravesando por los Chiriguanás (en cuyas tierras
muda su nombre en el de Parapity), se pierde finalmente en unos bosques
muy espesos, por las muchas vueltas que da hasta cerca de Santa Cruz la
Vieja, donde los años pasados se fundó la Reducción de San Joseph, y
girando entre Septentrión y Poniente, baña las Reducciones de San
Francisco Xavier y de la Concepción, desde donde tira derechamente á
Mediodía; y recibiendo en su madre muchos arroyos del contorno, pasa
por las Reducciones de Baurés, que pertenecen á las misiones de los
Moxos, y de aquí va á desaguar en el Mamoré, y este en el gran río
Marañón ó de las Amazonas.
El país, por la mayor parte es montuoso y poblado de espesísimos
bosques, muy abundantes de miel y de cera por la gran multitud de abejas
de varias especies, entre las cuales hay una casta que llaman _Opemús_,
la más semejante á las de Europa, cuya miel es odorífera y fragante, y
blanquísima su cera, aunque algo blanda. Abundan también de muchos
monos, gallos, tortugas, antas, ciervos, cabras monteses y también de
culebras y víboras de extraños venenos, porque hay algunas que luego que
muerden se hinchan los cuerpos de los pacientes y destilan sangre por
todos sus miembros, ojos, oídos, boca, narices y aun de las uñas; pero
el doliente, como echa por tantas partes aquel pestilente humor, no
muere. Otras hay cuyo veneno (aunque hayan mordido en la punta del pie)
se sube al punto á la cabeza, quitando las fuerzas y privando del
juicio, y de aquí extendiéndose por dentro de las venas mata
irremediablemente, causando delirio, y hasta ahora no se les ha podido
encontrar eficaz remedio.
El terruño de suyo es seco, pero en tiempo de lluvias, que duran desde
Diciembre hasta Mayo, se anega tan disformemente la campaña, que se
cierra el comercio y se forman muchos ríos y grandes lagunas, que
abundan de muchos géneros de pescado, los cuales pescan con cierta pasta
amarga con que atontados salen á la superficie del agua.
Pasado el invierno se secan luego los llanos y para sembrar es menester
desmontar con gran trabajo los bosques y cultivar las colinas y cumbres
de los montes que rinden muy bien el maíz ó trigo de las Indias, arroz,
algodón, azúcar, tabaco y otros frutos propios del país, como plátanos,
piñas, maní, zapallos (que es una especie de calabazas, mejores y más
sabrosas que las de Europa); el grano, empero, y la vita, no se puede
coger en estas tierras.
El clima es cálido y destemplado, causa de muchos accidentes apopléticos
y frecuentes contagios que suelen hacer gran riza en los naturales,
porque estos bárbaros no saben aplicar sino dos remedios. El primero es
chupar los cuerpos enfermos, oficio propio de sus caciques y capitanes,
que en su idioma llaman Iriabós, los cuales con este oficio se hacen
mucho lugar entre los naturales, con harta ganancia, porque en vez de
guisar la gallina y las otras viandas más exquisitas para el enfermo, se
lo come todo el chupador, y al enfermo no le dan sino la ordinaria
vianda de un puñado de maíz bien mal cocido; y si no lo quieren comer,
no les da mucho cuidado, contentos con la respuesta del enfermo: _¿cómo
he de comer si no tengo gana?_ Por lo cual tengo para mí que los más
mueren de necesidad más que de enfermedades, de la cual no dan otra
relación al sobredicho médico que mostrarle la parte dolorida y decirle
por dónde han andado los días antecedentes: de aquí pasa este á examinar
si el enfermo ha derramado la chicha (bebida algo semejante á la
cerveza) si ha echado á los perros algún pedazo de carne de tortuga,
ciervo ó de otro viviente; y si le halla reo de este delito, dice que el
alma de estos animales, para vengar su injuria se le ha entrado en el
cuerpo, y le atormenta á medida de su afrenta. De donde es, que para
darle algún alivio le chupan la parte lesa, ó también dan en el suelo
grandes golpes con la macana alrededor del enfermo para espantar aquella
alma y ahuyentarla. Con esto se queda el doliente como antes, si no es
que por ventura sucede tal vez que sanan naturalmente.
Hase observado en estos médicos que después de recibido el Santo
Bautismo, por mucho que hacen no pueden vomitar una materia sucia y
hedionda como antes lo hacían todas las veces que chupaban algún
miembro del enfermo, dándose el demonio por desobligado de mantener el
pacto implícito que con ellos tenía, porque explícito y cierto no tenían
ninguno.
El otro remedio es bien cruel y propio de bárbaros, y era matar á las
mujeres que se persuadían eran causa de la enfermedad (puede ser que sus
mayores tuviesen alguna luz de que por una mujer había entrado en el
mundo la muerte) y echándolas de este mundo, creían quedar ellos libres
del tributo de la muerte. Por eso importunaban al médico les dijese qué
mujer les había puesto en su cuerpo aquella enfermedad, y éste decía que
era esta ó aquella que primero se le ofrecía ó con quien tenía algún
enojo, ó con su marido ó parentela y cogiendo sola á la miserable la
quitaban á golpes y palos la vida. Y no acababan de caer en la cuenta
del engaño, aun viendo por experiencia que no aprovechaba nada para
escaparse de la muerte esta receta. Proviene esto de una necia
imaginación que tienen de que las enfermedades provienen de causa
extrínseca y no de la interior alteración de los humores, porque no son
capaces de llegar á penetrar con el entendimiento á donde no alcanza la
grosería de los sentidos corporales (propiedad de todos los indios
occidentales), bien que por otra parte son hábiles y despiertos para
los demás. Y viendo que los Misioneros curaban con purgas y sales, no
acababan de persuadirse que la sangre y los otros humores de que se
alimenta la parte inferior del hombre podía corromperse y causar
malignos efectos y malas impresiones aun en el alma; por esto, por la
más leve indisposición se querían sangrar, y pidiéndoles el brazo,
respondían que no en él, sino en la parte que les dolía, había de ser la
sangría; y experimentando con estos remedios mejoría, dieron de mano á
los antiguos médicos burlándose de sus fraudes y engaños y execrando la
crueldad que habían usado contra las mujeres.
Son de temperamento ígneo y vivaz más que lo ordinario de estas
naciones, de buen entendimiento, amantes de lo bueno, nada inconstantes
ni inclinados á lo malo, y por esto muy ajustados á los dictámenes de la
razón natural, ni se hallan entre ellos aquellos vicios é inmundicias
sensuales de la carne que á cada paso se ven y se lloran en otros países
de gentiles ya convertidos. Su estatura es por lo ordinario más que
mediana; las facciones del rostro no desemejantes de las nuestras,
aunque el color es de aceituna, con que fácilmente se distinguen de los
europeos; en pasando de veinte años se dejan crecer el cabello, y quien
le tiene mejor y más grande, tiene sobre los otros una cierta hermosura
señoril; no crian barba, sino tarde y poca. Cuanto al vestir, los
hombres andan totalmente desnudos; las mujeres traen una camiseta de
algodón que llaman _Tipoy_, con mangas largas hasta el codo y lo demás
del brazo desnudo; los caciques y los principales usan también de este
vestido, aunque un poco más corto. Adornan el cuello y las piernas con
muchas sartas de ciertas bolillas que parecen á la vista esmeraldas y
rubíes de que también usan para hacer sartas de cascabeles en los días
más festivos. Horádanse las orejas y el labio inferior, del cual cuelgan
plumas de muchos colores, y de éste traen pendiente un pedazo de estaño;
llevan también en la cintura una bellísima faja de plumas muy vistosas
por la diversidad y proporción de los colores. Son de ánimo valeroso,
guerrero y bien dispuestos en lo personal para el manejo de las armas,
una de las cuales es la flecha, en que son muy valientes y diestros; y
para prueba y señal de su destreza, traen colgadas muchas colas de
animales y plumas de pájaros que han cazado: otra de sus armas es la
macana ó maza, que es de una madera muy dura y pesada en forma de palas,
con que se juega en Europa á la pelota, solo que es más larga, en el
medio es gruesa y por los lados aguda como la espada para poder pelear
de cerca.
No tienen gobierno ni vida civil, aunque para sus resoluciones oyen y
siguen el parecer de los más viejos. La dignidad de cacique no se dá por
sucesión, sino por merecimientos y valor en las guerras y en hacer
prisioneros á sus enemigos á quien asaltan sin otro motivo más que por
quitarles algún pedazo de hierro ó por alcanzar fama y nombre de
valerosos en la guerra.
De genio totalmente contrario, son las naciones vecinas que viven
pacíficas y quietas en sus confines y por eso les es de terror y espanto
la milicia de los Chiquitos, los cuales, después de hacerles esclavos de
guerra como si fueren sus parientes en sangre, ó muy amigos, los casan
muchísimas veces con sus mismas hijas, aunque su matrimonio no se puede
llamar tal porque no es indisoluble; los particulares no se pueden casar
sino con una sola mujer, bien que pueden echarla de casa cuando se les
antoja y tomar otra. Solamente los caciques toman dos y tres mujeres, y
éstas, aunque sean hermanas, las cuales no tienen otro empleo que cocer
la chicha, corriendo por cuenta de los maridos el recibir y hospedar á
los forasteros y servirles con esta bebida que hacen de maíz, mandioca y
otras frutas; en el color se da algún aire al chocolate y en los
efectos es muy semejante al vino.
La ceremonia que usan en sus casamientos es como sigue: Ningún padre
dará su hija á marido, si éste no ha hecho antes alguna proeza; por eso,
el que se quiere casar, sale antes á caza, y muertos cuantos animales
puede, da la vuelta con un centenar de liebres, y sin hablar palabra las
pone á la puerta de la mujer de quien está enamorado, y por la calidad y
cantidad de la caza, juzgan los parientes si la merece por esposa.
La educación de sus hijos es en todo conforme á su tosquedad bárbara,
dejándolos vivir sin temor ni respeto de los parientes, hechos señores
de sí mismos, soltándoles las riendas para que corran á donde la
disolución y fervor juvenil de los años los arrastra.
Viven pocos juntos como república sin cabeza, que cada uno es señor de
sí mismo, y por cualquier ligero disgusto se apartan unos de otros.
Las casas no son más que unas cabañas de paja dentro de los bosques, una
junto á otra sin algún orden ó distinción; y la puerta es tan baja que
sólo se puede entrar á gatas, causa porque los españoles les dieran el
nombre de Chiquitos; y ellos no dan otra razón de tener así las casas
sino que lo hacen por librarse del enfado y molestia que les causan las
moscas y mosquitos, de que abunda extrañamente el país en tiempo de
lluvias, y también porque sus enemigos no tengan por donde flecharlos de
noche, lo cual sería inevitable si fuese grande la puerta; fuera de
ésta, no tienen otro ajuar que una estera bien débil que al más leve
soplo del aire se cae.
Los libres y solteros, que después de los catorce años ya no viven más
con sus padres, viven todos juntos en una casa, que no es otra cosa sino
una enramada descubierta por todos lados, la cual sirve también, en
tiempo de sus visitas y cumplimientos, para recibir y alojar á los
forasteros que vienen de otras partes, á los cuales regalan con lo mejor
del país y con aquella su apreciada bebida, y acude todo el pueblo para
festejar y participar, junto con los forasteros, del refresco; pero
antes conjuran al demonio para que no venga á perturbar la alegría del
festín; la ceremonia es salir algunos de ellos de la choza y, con
grandes exclamaciones, dar en el suelo con las macanas.
Sus festines y banquetes suelen durar dos ó tres días y noches enteras,
poniendo su mayor magnificencia y explendor en la copia y fortaleza de
aquel su vino, cuyos humos al punto se les suben á la cabeza y los
privan de aquel poco juicio y sexo que antes tenían, por lo cual sus
fiestas y alegrías acaban en riñas, heridas y muertes, porque los
rencores y odios guardados y encubiertos ó disimulados mucho tiempo en
lo más secreto del corazón por cobardía y temor, brotan y salen fuera en
estas ocasiones y vienen á las manos con furia.
Después los forasteros, en agradecimiento, los convidan y llevan á sus
rancherías, correspondiendo con el mismo trato, cumplimientos y bárbara
cortesanía, y éstas son todas sus andanzas y peregrinaciones. Bien que
aunque no tengan forasteros á quien festejar y banquetear, son entre sí
muy frecuentes los convites á beber la chicha; y este ha sido el único y
no leve impedimento que se ha hallado en la vida política, y reducidos
por medio del santo bautismo al gremio de la Iglesia, siendo cosa muy
cierta y verdadera que _fustra docentur in fide, nisi ab eis removeatur
ebrietas_, que de ellos y de las otras naciones de estas Indias escribió
el doctísimo y sapientísimo obispo el ilustrísimo señor don Alonso de la
Peña Montenegro[IV.].
Por eso nuestros Misioneros pusieron todo esfuerzo desde los principios
en exterminar y arrancar este vicio, y juntamente aquellos festines y
banquetes; usaron de muchos medios, ya suaves, ya severos, de romper los
cántaros, reprenderlos, derramarles la chicha y deshacer sus brutales
juntas, cosa que les provocaba á cólera y á venganza á aquellos
bárbaros, que se enfurecían y exasperaban tanto, que muchas veces
echaron furiosamente mano á las macanas y á las flechas para matarlos.