Quiso Nuestro Señor, finalmente, premiar sus industrias y santo celo,

desterrando y arrancando del corazón de aquellos bárbaros vicio tan

arraigado, mediante los sudores y virtud (como es constante opinión

entre nosotros) del P. Antonio Fideli, italiano, que fué el primero que

murió en esta apostólica empresa, por Marzo de 1702, consumido de las

fatigas y trabajos que padeció en cultivar esta nueva viña del Señor.

Después de su muerte dejaron del todo estos pueblos la embriaguez y las

demás bárbaras costumbres, mudanza por cierto de la mano del Altísimo,

pues aun entre cristianos más cultivados se ve todos los días que los

dados á la embriaguez, es necesario un milagro de la gracia divina para

que le dejen; pues ¿cuánto más sería necesario para estos bárbaros que

le habían mamado con la leche?

Su distribución y repartimiento del tiempo es el siguiente: Al rayar el

alba se desayunan, y juntamente tocan ciertos instrumentos de su música,

semejantes á las flautas, hasta que se seca el rocío, de que se guardan

como nocivo á la salud; de aquí van á trabajar, cultivando la tierra con

palos de madera, tan dura, que suple la carestía de arados ó azadones de

acero; trabajan hasta el medio día, y entonces se vuelven á comer. Lo

restante del día gastan en paseos, visitas y cumplimientos y en brindis

y meriendas, en señal de amor y amistad; anda alrededor un jarro ó vaso

de chicha, de que todos toman un sorbo, y también se ejercitan en muchos

juegos deleitables y caballeros. Uno, entre otros, es semejante al de

la pelota de Europa. Júntanse muchos en la plaza con buen orden, echan

al aire una pelota, y luego, no con las manos, sino con la cabeza, la

rebaten con maravillosa destreza, arrojándose aún en tierra para

cogerla.

El mismo ceremonial de visitas practican entre sí las mujeres, que

tienen tiempo para hacer esto y mucho más, porque las haciendas

domésticas se reducen á solo proveer la casa de agua y leña, y guisar

con sólo agua un puñado de maíz, legumbres, zapallos ó alguna otra cosa

que han encontrado en el bosque, y sólo suelen hilar cuanto les basta

para hacerse el _Tipoy_ ó á lo más para tejer una camiseta y una red ó

amaca en que dormir con sus maridos; pero les cuesta mucho el labrar por

no tener aptos instrumentos.

No duermen sino en el suelo sin otra cama que una estera, y á lo más

unos palos toscos y desiguales, juntos entre sí, y á no tener hechos

callos que les defienden de lo áspero de su cama, les sería de no leve

mortificación.

Al ponerse el sol tienden su mesa para cenar, y poco después se retiran

á dormir. Sólo los libres ó solteros se juntan de noche á bailar entre

sí y á tocar junto á su Rancho, y de aquí van continuando la danza por

los caminos de esta manera: hacen una gran rueda y en medio ponen á dos

que tocan las flautas á cuyo compás canta y da vueltas toda la rueda sin

mudanza alguna; detrás de los hombres hacen otro semejante baile las

mujeres, y estos bailes duran dos ó tres horas, hasta que cansados se

echan á dormir.

El tiempo de caza y pesca es después de haber hecho la cosecha del maíz

y del arroz. Repartidos en muchas cuadrillas van á los bosques por dos y

tres meses y cazan jabalíes, monos, tortugas, osos, hormigueros,

ciervos, cabras monteses; y para que no se corrompa la carne, usan

chamuscarla de manera que se pone dura como un palo; y se tiene por

dichoso quien trae su cesta ó canasta (á que llaman panaquíes) muy

llena, porque todos le dan el parabién y le aclaman de esforzado y

valiente. Por el mes de Agosto ya están todos de vuelta, porque es el

tiempo de la sementera.

En materia de religión son brutales totalmente y se diferencian de los

otros bárbaros, pues no hay nación por inculta y bárbara que sea, que no

reconozca y adore alguna deidad; pero éstos no dan culto á cosa ninguna

visible ni invisible, ni aun al demonio, aunque le temen. Bien es verdad

que creen son las almas inmortales y á sus difuntos los entierran

poniéndoles en la sepultura algunas viandas y sus arcos y flechas para

que en la otra busquen á costa del trabajo de sus manos, con qué poder

vivir, y de esta manera quedan persuadidos que no les precisará el

hambre á querer volver á este mundo. Aquí paran, sin pasar adelante, á

investigar á dónde van á morar, ni quién es el artífice de tan bellas

criaturas que les dió el ser y le sacó de la nada, ni saben dar razón de

esto.

A sola la luna honran con título de madre pero sin darla culto, y cuando

se eclipsa, salen con grandes gritos y aspavientos disparando al aire

una gran tempestad de flechas para defenderla contra los perros que

dicen que allá en el cielo andan tras ella y la muerden hasta que la

hacen derramar sangre de todo el cuerpo, que á su juicio es la causa del

eclipse; y todo el tiempo que éste dura, permanecen ellos en esta

función hasta que vuelve á su resplandor y estado antiguo.

Cuando truena y caen rayos creen que algún difunto que vive allá con las

estrellas, está enojado con ellos, y aunque muchas veces caen rayos y

centellas, no hay memoria de que hayan hecho daño ni muerto á ninguno.

No tienen, pues, ni adoran otro Dios que á su vientre, ni entienden en

otra cosa que en pasar buena vida, la mejor que pueden, viviendo en

todo como brutos animales. Aborrecen mucho á los hechiceros, y á los

otros familiares del demonio como á capitales enemigos del género

humano, y los años pasados hicieron en ellos un cruel estrago,

quitándoles las vidas; y ahora, con una ligera sospecha de que alguno

ejercita este oficio, al punto le despedazan á grandes golpes de sus

macanas. Son muy supersticiosos en inquirir los sucesos futuros por

creer firmemente que todas las cosas suceden bien ó mal, según las

buenas ó malas impresiones que influyen las estrellas; por esto, para

conocer los puntos de sus aventuras, observan, no ya el curso de los

cielos ó los aspectos benéficos de los planetas, que á tanto no

alcanzan, sino algunos agüeros que toman de los cantos de los pájaros,

de los animales y de los árboles y otros innumerables de este género; y

si sus pronósticos son infaustos, de enfermedades, contagios, ó de que

han de venir á sus tierras á hacer correrías los Mamalucos, para

maloquear, que es lo mismo que hacerlos esclavos, tiemblan y se ponen

pálidos como si se les cayese el cielo encima ó les hubiese de tragar la

tierra; y esto sólo basta para que abandonen su nativo suelo y que se

embosquen en las selvas y montes, dividiéndose y apartándose los padres

de los hijos, las mujeres de los maridos, y los parientes y amigos,

unos de otros, con tal división, como si nunca entre ellos hubiese

habido ninguna unión de sangre, de patria ó de afectos. Por esto les

parece menos insoportable el venderse los unos á los otros: el padre á

la hija, el marido á la mujer, el hermano á la hermana; y esto por

codicia de solo un cuchillo ó una hacha, ó de otra cosa de poca monta,

aunque los compradores sean sus mortales enemigos, que hayan de hacer de

ellos lo que su odio, pasión ó enemistad les dictare. Lo cual ha dado no

poco que entender á los ministros del Evangelio para reducirlos á que

vivan juntos en un paraje y en unas mismas casas donde se porten como

racionales y puedan ser instruídos en los misterios de la santa fe para

creerlos, y en los preceptos de nuestra santa ley para observarlos.

Con todo eso y el no conocer ni venerar deidad alguna ni hacer estima

del demonio, era muy buena disposición para introducir en ellos el

conocimiento del verdadero Dios, tanto más que no permitían viviesen

entre ellos los que tuviesen trato familiar con el demonio, gravísimo y

antiguo impedimento para conducir á la ciega gentilidad al gremio de la

Santa Iglesia, con que estaban como una materia primera, indiferente y

capaz de cualquiera forma, por singular providencia del cielo, que no

permitiese se adelantase á tomar posesión de sus almas antes que la ley

de Dios, secta ninguna ó idolatría de las muchas que tenían las naciones

confinantes, con ser así que decían mucho con su genio y bárbaras

costumbres.

Lo que toca á su idioma y lenguaje es tan difícil, que para saberla y

aprenderla no basta muchos años. No quiero hablar en este punto, sino

que se oiga á un misionero que escribiendo los años pasados desde

aquellas misiones á un confidente suyo, se lamenta mucho de que por más

conato que puso, no pudo aprenderla. «Cada Ranchería (dice) usa lenguaje

diferentísimo y difícil, y mucho más que todos, el de los Chiquitos, lo

cual me causa grande pena y desconsuelo y me falta poco para persuadirme

que no podré emplear mis sudores y fatigas en provecho de esta nueva

cristiandad por falta de lengua. Hasta ahora no se ha acabado el

Vocabulario, y estando aún en la C, hay ya veinticinco cuadernos. La

Gramática es dificilísima y el artificio y definición de los verbos es

increíble. No hay paciencia para haber de decir con diferentes verbos y

conjugaciones: yo amo; yo amo á Pedro; yo lo amo; yo me amo; yo la amo;

yo le amo; por esto amo; con tal inconsecuencia en las conjugaciones,

que aprovecha poco saber conjugar un verbo para poder hacer lo mismo con

otro. En cinco meses que ha que estoy aquí, apenas he aprendido cuatro

conjugaciones, habiendo sudado y trabajado de noche y de día. Juzgo que

los que deben venir acá han de ser mozos santos y hábiles, porque de

otra suerte, nunca harán nada. Los gentiles de otras naciones no pueden

aprenderla sino cuando niños. El P. Pablo Restivo, que con un mes de

estudio en la lengua Guarany pudo ejercitar nuestros misterios en todo

el tiempo que ha estado aquí, nunca se ha atrevido á predicar. El P.

Juan Bautista Xandra, por haber venido adulto, entiende poquísimo. De

los Padres más antiguos que cuentan veinticinco y más años de Misioneros

en estas Reducciones, ninguno hay que lo sepa con perfección y dicen que

á veces los indios no se entienden entre sí. ¿Qué diré de la

pronunciación? De cuatro en cuatro echan de la boca las palabras y nada

se entiende, como si no pronunciasen nada. Pondré aquí el alabado y la

forma de persignarse, como le cantan todos los días, no como le

pronuncian, porque si uno lo lleva escrito en la mano, no los podrá

entender una palabra, y no sé como se pueden entender entre sí.»

Alabado sea el Santísimo Sacramento que está

_Anauscia_ _Santisime Sacramento_ _naqui_ _ane_

en el Altar, y también la Virgen Santa María

_ycu_ _Altar_, _inta yto_ _Virgen Santa Maria_

desde su origen está libre y pura cuando

_ninnemooco_ _oximanane_ _quichetenna_ _onumo_

tuvo principio el Ser del primer pecado

_ayboyi_ _yy_ _tnicocinitanna_ _ninihaiti_

antiguo.

_ticanni_.

La fórmula de hacerse la señal de la santa cruz es de la manera que se

sigue:

Por la señal de la Santa Cruz defiende á nosotros

_Oi naucipi_ _Santa Crucis_ _oquimay_ _zoychacu_

Dios nuestro de aquellos que aborrecen

_Zoichupa_ _mo_ _anama_ _po_ _chineneco_

à nosotros en el nombre del Padre

_zumanene_ _au_ _niri_ _naqui_ _Yaytotik_

y del Hijo y del

_ta_ _naqui_ _Aytotik_ _ta_ _naqui_

Espíritu Santo.

_Espiritu Santo_.

«¿Qué le parece á V. R.? ¡Extraña cosa por cierto! He escrito aquí estas

palabras para que V. R. me tenga compasión y ruegue á Nuestro Señor me

conceda alguna cosa del don de lenguas. Es verdad que tiene una cosa de

bueno esta gente, que aunque uno pronuncie mal y hable peor, luego al

punto le entienden.»

Esta es la carta de aquel misionero y esta es la dificultad más ardua,

pero la más necesaria de vencer en quien emprende el oficio de la

predicación apostólica de esta provincia.

Y á la verdad, lo que más espanta y detiene el celo de operarios muy

fervorosos, es tanta diversidad de lenguas, pues á cada paso se

encuentran en estos pueblos una ranchería de cien familias, á lo más,

que tiene lenguaje muy diverso de los otros del contorno, causa de que

sean tantas las lenguas, que parece increíble. Más de ciento cincuenta

lenguas y más diferentes entre sí que la española y la francesa,

hallaron los PP. Cristóbal de Acuña y Andrés de Artieda en las naciones

que pueblan las riberas del Marañón, cuando por orden de Felipe IV

entraron á reconocer aquellas provincias; en quince lenguas, si mal no

me acuerdo, se habla en las misiones de los Moxos, siendo así que no

llegan los convertidos á treinta mil; y en estas nuestras Reducciones de

Chiquitos hay neófitos de tres y cuatro lenguas. Con todo esto, para

quitar este impedimento á la santa fe, se ha procurado que todos los

indios aprendan la lengua de los Chiquitos, lo cual no se podrá hacer en

adelante, porque si las naciones en cuya conversión se trabaja ahora,

pasan del número de tres ó cuatro mil almas, será necesario hacer otra

nueva Reducción y nos veremos obligados á acomodarnos á su lengua, para

lo cual habrán los Misioneros de estudiar precisamente la lengua de los

Mototocos, que usan los Zamucos, y la de los Guarayos que hablan en

Guarany, fuera de la lengua de los Chiquitos.

CAPÍTULO III

Descubren los españoles la nación de los Chiquitos y

destrúyenla, así ellos como los Mamalucos, de quienes

se da una sucinta relación.

Nuflo de Chaves, el año de 1557, navegó por orden de Domingo Martínez,

gobernador del Paraguay, hacia el origen del río que da nombre á toda la

provincia, acompañado de trescientos soldados, con el fin de fabricar un

castillo en una isla que estaba junto al afamado lago de los Xarayes,

con pretexto de avecindarse más al Perú.

Entróse tierra adentro del país de los Chiquitos, y caminando cosa de

setenta leguas hacia el Poniente, fabricó á la falda de una montaña una

población, á quien puso por nombre Santa Cruz de la Sierra. Pero

disgustados muchos de los suyos con Nuflo de Chaves por esta causa, se

volvieron á su tierra.

Los que se quedaron en Santa Cruz, con su afabilidad y buen trato

ganaron la voluntad y afecto de los paisanos, y dividiéndolos en

encomiendas les obligaron á que cada año diesen á los encomenderos algún

poco de algodón y algunas vituallas en señal de vasallaje. Mas como el

interés no tiene freno, ni gobierno, ni leyes con que regularse, algunos

que tenían una insaciable codicia de enriquecer, empezaron á cargar de

modo á los nuevos súbditos, que eran insufribles á su pobreza; y no

satisfechos con eso, les quitaban los hijos á las madres para servirse

de ellos; por lo cual, amotinándose algunos indios, se rescataron y

libraron de aquellos maltratamientos, con muerte de sus señores; y de

allí á poco fué común el motín en todos los indios, hasta que por orden

del virrey del Perú, D. Francisco de Toledo, se mudaron á otra parte los

españoles, fabricando la ciudad de San Lorenzo, cabeza de la provincia

de Santa Cruz, cincuenta leguas más al Occidente.

Los pueblos Penoquís y otros confinantes no quisieron desamparar el

nativo suelo, y con la antigua libertad se volvieron á los ritos

bárbaros y gentílicos. No obstante el mandato del Rey, no fué obedecido

de todos los españoles, porque algunos se fueron entre los Moxos,

doscientas leguas distante de San Lorenzo, y embarcándose en una pequeña

embarcación en el río Mamoré, entraron por la boca del río Marañón en el

Oceano, y con no poca ventura, llegaron á Europa; otros se quedaron en

los Chiquitos, y al pie de una montaña fabricaron un pueblecillo á quien

llamaron San Francisco, junto al cual está hoy fundada la Reducción de

San Francisco Xavier.

El tiempo que aquí vivieron fundaron algunas encomiendas de Quicmes

Paraníes y de Suberecas, las cuales se vieron precisados á dejar, cuando

abandonado también aquel lugar, se retiraron á tomar casa en San

Lorenzo. Sólo algunos Quicmes y Paraníes se fueron con ellos y fundaron

en Cotocá, tierra poco distante de aquella ciudad, y hoy están debajo

del cuidado y gobierno espiritual de nuestra provincia del Perú.

Poco después de esta mudanza, deseosos los bárbaros de tener algunas

herramientas, pasando el Guapay se ponían en celada escondidos en las

matas, y aguardando la ocasión de la noche, asaltaban los villajes á los

españoles, robando cuantos más cuchillos, hachas, azadones y otros

pedazos de hierro podían, sin causar otro daño; pero como creciendo la

codicia en los bárbaros creciese también la audacia, se atrevieron á

coger á los campesinos, y matarlos á su salvo.

Espiaron los vecinos quiénes eran los que hacían el daño, y advirtiendo

que eran los Chiquitos, quisieron volver sobre ellos los daños

recibidos, pero muy á su costa, porque dos veces volvieron con la peor

parte y se vieron constreñidos á retirarse, perdiendo el crédito y la

honra.

Heridos altamente los españoles en lo más vivo de la reputación,

sentidos de que osasen los bárbaros manchar la gloria y nombre que á

costa de tantos sudores y tanta sangre habían ganado entre todas las

naciones, no haciendo ya caso del daño recibido en sus haciendas, sino

sólo de la pérdida de la honra, poniendo en armas un trozo de gente, más

respetable por su valor que por su número, presentaron batalla á los

enemigos, los cuales divididos unos de otros, á los primeros mosquetazos

fueron desbaratados, quedando muchos de ellos prisioneros de guerra.

Perdieron con este género de armas su nativo coraje los Chiquitos; y

para defenderse en lo venidero del enojo armado de los vencedores,

derramados y divididos, se huyeron á las selvas, apartándose á lo más

retirado y espeso de los bosques; con todo eso, aun aquí les dieron caza

los españoles muchas veces para vengar su afrenta, que tenían muy fija

en el corazón, haciendo esclavos para su uso muchas cuadrillas de

ellos; hasta que abatida con tantos golpes la altivez de los Chiquitos,

vinieron el año de 1690 mensajeros de parte de los Pacarás, Zumiquies,

Cozos y Piñocas á San Lorenzo, en nombre de sus caciques, á pedir merced

y paz á D. Agustín de Arce, Gobernador en la ocasión de Santa Cruz, con

que cesaron las hostilidades de los españoles, pero no se pudieron ver

libres de los gravísimos daños y pérdida de gente originada, así de las

guerras pasadas como de los frecuentes contagios y por otros desastres

que echo de buena gana en olvido, por no atribuir á culpa común de

todos, lo que ha sido sólo malicia particular de algunos pocos.

Ha sido también causa de su disminución las contínuas correrías ó

malocas (como llamamos acá) de los Mamalucos del Brasil, que pasando el

río Paraguay y haciendo grandes presas en estos miserables, han reducido

á poco menos que nada estos pueblos. Y ya que muchas veces habré de

escribir las maldades de esta gente, no será fuera del intento de dar de

ellos aquí una breve noticia.

Había la valerosísima nación portuguesa fundado muchas colonias en las

partes Mediterráneas del Brasil, una de ellas era Piratininnga, ó como

otros dicen, San Pablo. Sus moradores, por falta de mujeres europeas,

mezclaron su noble sangre con la vilísima de los bárbaros, mejor dijera

que le mancharon, porque los hijos, saliendo más semejantes á las madres

que á los padres, degeneraron en breve de manera que avergonzadas y

corridas las ciudades vecinas, renunciaron su amistad; y porque la

vileza de éstos no empañare ni aun levemente los candores de la

generosidad del nombre lusitano en el mundo, los llamaron Mamalucos.

Mantuviéronse éstos mucho en la devoción á Dios y á su príncipe por el

celo del admirable P. Joseph Ancheta y sus compañeros, que fundaron allí

Colegio; hasta que cansados de vivir ajustados á los dictámenes de la

conciencia, y perdiendo el temor á las leyes, echaron á nuestros Padres

y sacudieron el yugo de ambas majestades, divina y humana de tal manera,

que obedeciesen al Rey de Portugal cuando les estuviese bien, y á Dios,

cuando la necesidad fuese extrema.

A éstos se juntaron gran número de hombres perdidos, italianos,

españoles, holandeses y la hez de todas las naciones, que para librarse

de las penas merecidas por sus delitos, ó para vivir dando rienda á todo

género de vicios y deshonestidades, y también corrompido de las feas y

malignas impresiones de los herejes modernos, acrecentar el número y el

orgullo de los habitadores y moradores de San Pablo.

Y á la verdad, el sitio de la ciudad, el clima de la tierra, todo era

muy á propósito para su genio depravado y vida brutal. Está fundada unas

trece leguas del Oceano sobre unos peñascos que por todas partes

alrededor forman precipicios que hacen inaccesible la entrada, si no es

por una angosta senda, que pueden impedir bien pocos hombres; á la falda

de la montaña hay algunas aldeas para el servicio del Gobernador, de los

forasteros y de los mercaderes, á quienes no se permite pasar más

adelante; el clima es templadísimo por estar en veinticuatro grados

entre las dos zonas tórrida y templada, y el aire tan puro y saludable

que le hace uno de los más amenos y deliciosos países de estas Indias

Occidentales.

La tierra, ya por beneficio de la Naturaleza, ya por industria del arte,

produce todo lo necesario para pasar la vida con comodidad,

abundantísima de trigo, ganado, azúcar y otros aromas de que puede

proveer á las tierras vecinas con abundancia, ni les faltan tampoco

ricos minerales de oro y otros metales. Libres, pues, de toda ley los

naturales de esta ciudad, se dieron á discurrir por el contorno,

haciendo esclavos á los indios en gran multitud, robándoles su

hacienda; y viendo que no ha hecho algún castigo en ellos, sino

publicado solamente algunas prohibiciones y edictos que no han sido

obedecidos, han proseguido por espacio de ciento treinta años en sus

infames latrocinios, que fuera de dos millones de almas que se sabe han

destruído ó reducido á miserable esclavitud, han hecho despoblar algunas

ciudades de españoles y más de mil leguas en tierra hacia el Marañón,

experimentando esta nuestra provincia las primeras furias de su arrojo

en la destrucción de catorce Reducciones que se habían fundado con

increíbles trabajos y sudores en la nación de los Guaraníes, que en

número de cerca de quinientos mil se había reducido al gremio de nuestra

santa fe.

Verdad es que en tantas presas no gozan de cien partes la una, porque la

mayor parte, consumida de los trabajos é incomodidades del camino hasta

San Pablo, fallece antes de llegar, y los otros empleados en la labor de

las minas ó en el cultivo de los campos, con poco sustento y muchos

azotes y malos tratamientos, no estando por otra parte acostumbrados al

trabajo, en poco tiempo se consumen y aniquilan; y sé por cédula real

que he visto, que de trescientos mil indios cautivados en espacio de

cinco años, no llegaron á salvamento al Brasil más que veinte mil. Ni

ha sido éste sólo el daño que nos han causado estos crueles hombres; lo

peor es el habernos hecho aborrecibles y abominables á todas las

naciones, usando de las mismas trazas é industrias de que usan y se

valen nuestros Misioneros para reducir los gentiles al conocimiento del

verdadero Dios y á la observancia de su santa ley. Fingen, pues, los

dichos Mamalucos que son jesuitas, usando el nombre de Padre, nombre

venerable y que estima mucho á toda la gente, aun á los infieles; hácese

uno súbdito, otro superior, y aun Provincial; y en la rota que

padecieron los españoles el año 1696 fué hecho prisionero uno, llamado

Juan Rodríguez, á que añadía el título de Payguazú, que en Guaraní es lo

mismo que Padre Grande.

Después, enarbolando cruces y mostrándoles retratos de Cristo Nuestro

Señor y su Santísima Madre, entran en las tierras, acariciando la gente

con regalos y brujerías, persuadiéndoles dejen su nativo suelo y sus

pobres Ranchos para fundar una numerosa Reducción, junto con otros

pueblos; y cuando ya los tienen asegurados, meten en prisiones á los

caciques y principales y se llevan por delante la chusma.

Esta infernal astucia nos ha hecho totalmente sospechosos á estas

naciones, y muchas veces corremos riesgos de la vida y se nos malogran

las empresas, como nos ha sucedido en los viajes por el río Paraguay, en

que ningún infiel se quiere fiar de nosotros.

Pero no deja Nuestro Señor sin castigo, aun en esta vida, maldad tan

enorme, porque los más tienen malas muertes, y lo peor es que raro es el

que de ellos se arrepiente y pide perdón de sus culpas y maldades,

porque se dejan arrastrar de la desesperación y se van al infierno; y

hay sujeto de los nuestros, testigo de vista, que dice que en la rota

sobredicha el año de 1696, ninguno de los que murieron en el campo ó se

ahogaron en el río, pidió confesión ni dió señal alguna de

arrepentimiento.

Relacion historial de las misiones de indios chiquitos que en el Paraguay tienen los padres de la Compañía de Jesús · 第 3 / 27 段