desterrando y arrancando del corazón de aquellos bárbaros vicio tan
arraigado, mediante los sudores y virtud (como es constante opinión
entre nosotros) del P. Antonio Fideli, italiano, que fué el primero que
murió en esta apostólica empresa, por Marzo de 1702, consumido de las
fatigas y trabajos que padeció en cultivar esta nueva viña del Señor.
Después de su muerte dejaron del todo estos pueblos la embriaguez y las
demás bárbaras costumbres, mudanza por cierto de la mano del Altísimo,
pues aun entre cristianos más cultivados se ve todos los días que los
dados á la embriaguez, es necesario un milagro de la gracia divina para
que le dejen; pues ¿cuánto más sería necesario para estos bárbaros que
le habían mamado con la leche?
Su distribución y repartimiento del tiempo es el siguiente: Al rayar el
alba se desayunan, y juntamente tocan ciertos instrumentos de su música,
semejantes á las flautas, hasta que se seca el rocío, de que se guardan
como nocivo á la salud; de aquí van á trabajar, cultivando la tierra con
palos de madera, tan dura, que suple la carestía de arados ó azadones de
acero; trabajan hasta el medio día, y entonces se vuelven á comer. Lo
restante del día gastan en paseos, visitas y cumplimientos y en brindis
y meriendas, en señal de amor y amistad; anda alrededor un jarro ó vaso
de chicha, de que todos toman un sorbo, y también se ejercitan en muchos
juegos deleitables y caballeros. Uno, entre otros, es semejante al de
la pelota de Europa. Júntanse muchos en la plaza con buen orden, echan
al aire una pelota, y luego, no con las manos, sino con la cabeza, la
rebaten con maravillosa destreza, arrojándose aún en tierra para
cogerla.
El mismo ceremonial de visitas practican entre sí las mujeres, que
tienen tiempo para hacer esto y mucho más, porque las haciendas
domésticas se reducen á solo proveer la casa de agua y leña, y guisar
con sólo agua un puñado de maíz, legumbres, zapallos ó alguna otra cosa
que han encontrado en el bosque, y sólo suelen hilar cuanto les basta
para hacerse el _Tipoy_ ó á lo más para tejer una camiseta y una red ó
amaca en que dormir con sus maridos; pero les cuesta mucho el labrar por
no tener aptos instrumentos.
No duermen sino en el suelo sin otra cama que una estera, y á lo más
unos palos toscos y desiguales, juntos entre sí, y á no tener hechos
callos que les defienden de lo áspero de su cama, les sería de no leve
mortificación.
Al ponerse el sol tienden su mesa para cenar, y poco después se retiran
á dormir. Sólo los libres ó solteros se juntan de noche á bailar entre
sí y á tocar junto á su Rancho, y de aquí van continuando la danza por
los caminos de esta manera: hacen una gran rueda y en medio ponen á dos
que tocan las flautas á cuyo compás canta y da vueltas toda la rueda sin
mudanza alguna; detrás de los hombres hacen otro semejante baile las
mujeres, y estos bailes duran dos ó tres horas, hasta que cansados se
echan á dormir.
El tiempo de caza y pesca es después de haber hecho la cosecha del maíz
y del arroz. Repartidos en muchas cuadrillas van á los bosques por dos y
tres meses y cazan jabalíes, monos, tortugas, osos, hormigueros,
ciervos, cabras monteses; y para que no se corrompa la carne, usan
chamuscarla de manera que se pone dura como un palo; y se tiene por
dichoso quien trae su cesta ó canasta (á que llaman panaquíes) muy
llena, porque todos le dan el parabién y le aclaman de esforzado y
valiente. Por el mes de Agosto ya están todos de vuelta, porque es el
tiempo de la sementera.
En materia de religión son brutales totalmente y se diferencian de los
otros bárbaros, pues no hay nación por inculta y bárbara que sea, que no
reconozca y adore alguna deidad; pero éstos no dan culto á cosa ninguna
visible ni invisible, ni aun al demonio, aunque le temen. Bien es verdad
que creen son las almas inmortales y á sus difuntos los entierran
poniéndoles en la sepultura algunas viandas y sus arcos y flechas para
que en la otra busquen á costa del trabajo de sus manos, con qué poder
vivir, y de esta manera quedan persuadidos que no les precisará el
hambre á querer volver á este mundo. Aquí paran, sin pasar adelante, á
investigar á dónde van á morar, ni quién es el artífice de tan bellas
criaturas que les dió el ser y le sacó de la nada, ni saben dar razón de
esto.
A sola la luna honran con título de madre pero sin darla culto, y cuando
se eclipsa, salen con grandes gritos y aspavientos disparando al aire
una gran tempestad de flechas para defenderla contra los perros que
dicen que allá en el cielo andan tras ella y la muerden hasta que la
hacen derramar sangre de todo el cuerpo, que á su juicio es la causa del
eclipse; y todo el tiempo que éste dura, permanecen ellos en esta
función hasta que vuelve á su resplandor y estado antiguo.
Cuando truena y caen rayos creen que algún difunto que vive allá con las
estrellas, está enojado con ellos, y aunque muchas veces caen rayos y
centellas, no hay memoria de que hayan hecho daño ni muerto á ninguno.
No tienen, pues, ni adoran otro Dios que á su vientre, ni entienden en
otra cosa que en pasar buena vida, la mejor que pueden, viviendo en
todo como brutos animales. Aborrecen mucho á los hechiceros, y á los
otros familiares del demonio como á capitales enemigos del género
humano, y los años pasados hicieron en ellos un cruel estrago,
quitándoles las vidas; y ahora, con una ligera sospecha de que alguno
ejercita este oficio, al punto le despedazan á grandes golpes de sus
macanas. Son muy supersticiosos en inquirir los sucesos futuros por
creer firmemente que todas las cosas suceden bien ó mal, según las
buenas ó malas impresiones que influyen las estrellas; por esto, para
conocer los puntos de sus aventuras, observan, no ya el curso de los
cielos ó los aspectos benéficos de los planetas, que á tanto no
alcanzan, sino algunos agüeros que toman de los cantos de los pájaros,
de los animales y de los árboles y otros innumerables de este género; y
si sus pronósticos son infaustos, de enfermedades, contagios, ó de que
han de venir á sus tierras á hacer correrías los Mamalucos, para
maloquear, que es lo mismo que hacerlos esclavos, tiemblan y se ponen
pálidos como si se les cayese el cielo encima ó les hubiese de tragar la
tierra; y esto sólo basta para que abandonen su nativo suelo y que se
embosquen en las selvas y montes, dividiéndose y apartándose los padres
de los hijos, las mujeres de los maridos, y los parientes y amigos,
unos de otros, con tal división, como si nunca entre ellos hubiese
habido ninguna unión de sangre, de patria ó de afectos. Por esto les
parece menos insoportable el venderse los unos á los otros: el padre á
la hija, el marido á la mujer, el hermano á la hermana; y esto por
codicia de solo un cuchillo ó una hacha, ó de otra cosa de poca monta,
aunque los compradores sean sus mortales enemigos, que hayan de hacer de
ellos lo que su odio, pasión ó enemistad les dictare. Lo cual ha dado no
poco que entender á los ministros del Evangelio para reducirlos á que
vivan juntos en un paraje y en unas mismas casas donde se porten como
racionales y puedan ser instruídos en los misterios de la santa fe para
creerlos, y en los preceptos de nuestra santa ley para observarlos.
Con todo eso y el no conocer ni venerar deidad alguna ni hacer estima
del demonio, era muy buena disposición para introducir en ellos el
conocimiento del verdadero Dios, tanto más que no permitían viviesen
entre ellos los que tuviesen trato familiar con el demonio, gravísimo y
antiguo impedimento para conducir á la ciega gentilidad al gremio de la
Santa Iglesia, con que estaban como una materia primera, indiferente y
capaz de cualquiera forma, por singular providencia del cielo, que no
permitiese se adelantase á tomar posesión de sus almas antes que la ley
de Dios, secta ninguna ó idolatría de las muchas que tenían las naciones
confinantes, con ser así que decían mucho con su genio y bárbaras
costumbres.
Lo que toca á su idioma y lenguaje es tan difícil, que para saberla y
aprenderla no basta muchos años. No quiero hablar en este punto, sino
que se oiga á un misionero que escribiendo los años pasados desde
aquellas misiones á un confidente suyo, se lamenta mucho de que por más
conato que puso, no pudo aprenderla. «Cada Ranchería (dice) usa lenguaje
diferentísimo y difícil, y mucho más que todos, el de los Chiquitos, lo
cual me causa grande pena y desconsuelo y me falta poco para persuadirme
que no podré emplear mis sudores y fatigas en provecho de esta nueva
cristiandad por falta de lengua. Hasta ahora no se ha acabado el
Vocabulario, y estando aún en la C, hay ya veinticinco cuadernos. La
Gramática es dificilísima y el artificio y definición de los verbos es
increíble. No hay paciencia para haber de decir con diferentes verbos y
conjugaciones: yo amo; yo amo á Pedro; yo lo amo; yo me amo; yo la amo;
yo le amo; por esto amo; con tal inconsecuencia en las conjugaciones,
que aprovecha poco saber conjugar un verbo para poder hacer lo mismo con
otro. En cinco meses que ha que estoy aquí, apenas he aprendido cuatro
conjugaciones, habiendo sudado y trabajado de noche y de día. Juzgo que
los que deben venir acá han de ser mozos santos y hábiles, porque de
otra suerte, nunca harán nada. Los gentiles de otras naciones no pueden
aprenderla sino cuando niños. El P. Pablo Restivo, que con un mes de
estudio en la lengua Guarany pudo ejercitar nuestros misterios en todo
el tiempo que ha estado aquí, nunca se ha atrevido á predicar. El P.
Juan Bautista Xandra, por haber venido adulto, entiende poquísimo. De
los Padres más antiguos que cuentan veinticinco y más años de Misioneros
en estas Reducciones, ninguno hay que lo sepa con perfección y dicen que
á veces los indios no se entienden entre sí. ¿Qué diré de la
pronunciación? De cuatro en cuatro echan de la boca las palabras y nada
se entiende, como si no pronunciasen nada. Pondré aquí el alabado y la
forma de persignarse, como le cantan todos los días, no como le
pronuncian, porque si uno lo lleva escrito en la mano, no los podrá
entender una palabra, y no sé como se pueden entender entre sí.»
Alabado sea el Santísimo Sacramento que está
_Anauscia_ _Santisime Sacramento_ _naqui_ _ane_
en el Altar, y también la Virgen Santa María
_ycu_ _Altar_, _inta yto_ _Virgen Santa Maria_
desde su origen está libre y pura cuando
_ninnemooco_ _oximanane_ _quichetenna_ _onumo_
tuvo principio el Ser del primer pecado
_ayboyi_ _yy_ _tnicocinitanna_ _ninihaiti_
antiguo.
_ticanni_.
La fórmula de hacerse la señal de la santa cruz es de la manera que se
sigue:
Por la señal de la Santa Cruz defiende á nosotros
_Oi naucipi_ _Santa Crucis_ _oquimay_ _zoychacu_
Dios nuestro de aquellos que aborrecen
_Zoichupa_ _mo_ _anama_ _po_ _chineneco_
à nosotros en el nombre del Padre
_zumanene_ _au_ _niri_ _naqui_ _Yaytotik_
y del Hijo y del
_ta_ _naqui_ _Aytotik_ _ta_ _naqui_
Espíritu Santo.
_Espiritu Santo_.
«¿Qué le parece á V. R.? ¡Extraña cosa por cierto! He escrito aquí estas
palabras para que V. R. me tenga compasión y ruegue á Nuestro Señor me
conceda alguna cosa del don de lenguas. Es verdad que tiene una cosa de
bueno esta gente, que aunque uno pronuncie mal y hable peor, luego al
punto le entienden.»
Esta es la carta de aquel misionero y esta es la dificultad más ardua,
pero la más necesaria de vencer en quien emprende el oficio de la
predicación apostólica de esta provincia.
Y á la verdad, lo que más espanta y detiene el celo de operarios muy
fervorosos, es tanta diversidad de lenguas, pues á cada paso se
encuentran en estos pueblos una ranchería de cien familias, á lo más,
que tiene lenguaje muy diverso de los otros del contorno, causa de que
sean tantas las lenguas, que parece increíble. Más de ciento cincuenta
lenguas y más diferentes entre sí que la española y la francesa,
hallaron los PP. Cristóbal de Acuña y Andrés de Artieda en las naciones
que pueblan las riberas del Marañón, cuando por orden de Felipe IV
entraron á reconocer aquellas provincias; en quince lenguas, si mal no
me acuerdo, se habla en las misiones de los Moxos, siendo así que no
llegan los convertidos á treinta mil; y en estas nuestras Reducciones de
Chiquitos hay neófitos de tres y cuatro lenguas. Con todo esto, para
quitar este impedimento á la santa fe, se ha procurado que todos los
indios aprendan la lengua de los Chiquitos, lo cual no se podrá hacer en
adelante, porque si las naciones en cuya conversión se trabaja ahora,
pasan del número de tres ó cuatro mil almas, será necesario hacer otra
nueva Reducción y nos veremos obligados á acomodarnos á su lengua, para
lo cual habrán los Misioneros de estudiar precisamente la lengua de los
Mototocos, que usan los Zamucos, y la de los Guarayos que hablan en
Guarany, fuera de la lengua de los Chiquitos.
CAPÍTULO III
Descubren los españoles la nación de los Chiquitos y
destrúyenla, así ellos como los Mamalucos, de quienes
se da una sucinta relación.
Nuflo de Chaves, el año de 1557, navegó por orden de Domingo Martínez,
gobernador del Paraguay, hacia el origen del río que da nombre á toda la
provincia, acompañado de trescientos soldados, con el fin de fabricar un
castillo en una isla que estaba junto al afamado lago de los Xarayes,
con pretexto de avecindarse más al Perú.
Entróse tierra adentro del país de los Chiquitos, y caminando cosa de
setenta leguas hacia el Poniente, fabricó á la falda de una montaña una
población, á quien puso por nombre Santa Cruz de la Sierra. Pero
disgustados muchos de los suyos con Nuflo de Chaves por esta causa, se
volvieron á su tierra.
Los que se quedaron en Santa Cruz, con su afabilidad y buen trato
ganaron la voluntad y afecto de los paisanos, y dividiéndolos en
encomiendas les obligaron á que cada año diesen á los encomenderos algún
poco de algodón y algunas vituallas en señal de vasallaje. Mas como el
interés no tiene freno, ni gobierno, ni leyes con que regularse, algunos
que tenían una insaciable codicia de enriquecer, empezaron á cargar de
modo á los nuevos súbditos, que eran insufribles á su pobreza; y no
satisfechos con eso, les quitaban los hijos á las madres para servirse
de ellos; por lo cual, amotinándose algunos indios, se rescataron y
libraron de aquellos maltratamientos, con muerte de sus señores; y de
allí á poco fué común el motín en todos los indios, hasta que por orden
del virrey del Perú, D. Francisco de Toledo, se mudaron á otra parte los
españoles, fabricando la ciudad de San Lorenzo, cabeza de la provincia
de Santa Cruz, cincuenta leguas más al Occidente.
Los pueblos Penoquís y otros confinantes no quisieron desamparar el
nativo suelo, y con la antigua libertad se volvieron á los ritos
bárbaros y gentílicos. No obstante el mandato del Rey, no fué obedecido
de todos los españoles, porque algunos se fueron entre los Moxos,
doscientas leguas distante de San Lorenzo, y embarcándose en una pequeña
embarcación en el río Mamoré, entraron por la boca del río Marañón en el
Oceano, y con no poca ventura, llegaron á Europa; otros se quedaron en
los Chiquitos, y al pie de una montaña fabricaron un pueblecillo á quien
llamaron San Francisco, junto al cual está hoy fundada la Reducción de
San Francisco Xavier.
El tiempo que aquí vivieron fundaron algunas encomiendas de Quicmes
Paraníes y de Suberecas, las cuales se vieron precisados á dejar, cuando
abandonado también aquel lugar, se retiraron á tomar casa en San
Lorenzo. Sólo algunos Quicmes y Paraníes se fueron con ellos y fundaron
en Cotocá, tierra poco distante de aquella ciudad, y hoy están debajo
del cuidado y gobierno espiritual de nuestra provincia del Perú.
Poco después de esta mudanza, deseosos los bárbaros de tener algunas
herramientas, pasando el Guapay se ponían en celada escondidos en las
matas, y aguardando la ocasión de la noche, asaltaban los villajes á los
españoles, robando cuantos más cuchillos, hachas, azadones y otros
pedazos de hierro podían, sin causar otro daño; pero como creciendo la
codicia en los bárbaros creciese también la audacia, se atrevieron á
coger á los campesinos, y matarlos á su salvo.
Espiaron los vecinos quiénes eran los que hacían el daño, y advirtiendo
que eran los Chiquitos, quisieron volver sobre ellos los daños
recibidos, pero muy á su costa, porque dos veces volvieron con la peor
parte y se vieron constreñidos á retirarse, perdiendo el crédito y la
honra.
Heridos altamente los españoles en lo más vivo de la reputación,
sentidos de que osasen los bárbaros manchar la gloria y nombre que á
costa de tantos sudores y tanta sangre habían ganado entre todas las
naciones, no haciendo ya caso del daño recibido en sus haciendas, sino
sólo de la pérdida de la honra, poniendo en armas un trozo de gente, más
respetable por su valor que por su número, presentaron batalla á los
enemigos, los cuales divididos unos de otros, á los primeros mosquetazos
fueron desbaratados, quedando muchos de ellos prisioneros de guerra.
Perdieron con este género de armas su nativo coraje los Chiquitos; y
para defenderse en lo venidero del enojo armado de los vencedores,
derramados y divididos, se huyeron á las selvas, apartándose á lo más
retirado y espeso de los bosques; con todo eso, aun aquí les dieron caza
los españoles muchas veces para vengar su afrenta, que tenían muy fija
en el corazón, haciendo esclavos para su uso muchas cuadrillas de
ellos; hasta que abatida con tantos golpes la altivez de los Chiquitos,
vinieron el año de 1690 mensajeros de parte de los Pacarás, Zumiquies,
Cozos y Piñocas á San Lorenzo, en nombre de sus caciques, á pedir merced
y paz á D. Agustín de Arce, Gobernador en la ocasión de Santa Cruz, con
que cesaron las hostilidades de los españoles, pero no se pudieron ver
libres de los gravísimos daños y pérdida de gente originada, así de las
guerras pasadas como de los frecuentes contagios y por otros desastres
que echo de buena gana en olvido, por no atribuir á culpa común de
todos, lo que ha sido sólo malicia particular de algunos pocos.
Ha sido también causa de su disminución las contínuas correrías ó
malocas (como llamamos acá) de los Mamalucos del Brasil, que pasando el
río Paraguay y haciendo grandes presas en estos miserables, han reducido
á poco menos que nada estos pueblos. Y ya que muchas veces habré de
escribir las maldades de esta gente, no será fuera del intento de dar de
ellos aquí una breve noticia.
Había la valerosísima nación portuguesa fundado muchas colonias en las
partes Mediterráneas del Brasil, una de ellas era Piratininnga, ó como
otros dicen, San Pablo. Sus moradores, por falta de mujeres europeas,
mezclaron su noble sangre con la vilísima de los bárbaros, mejor dijera
que le mancharon, porque los hijos, saliendo más semejantes á las madres
que á los padres, degeneraron en breve de manera que avergonzadas y
corridas las ciudades vecinas, renunciaron su amistad; y porque la
vileza de éstos no empañare ni aun levemente los candores de la
generosidad del nombre lusitano en el mundo, los llamaron Mamalucos.
Mantuviéronse éstos mucho en la devoción á Dios y á su príncipe por el
celo del admirable P. Joseph Ancheta y sus compañeros, que fundaron allí
Colegio; hasta que cansados de vivir ajustados á los dictámenes de la
conciencia, y perdiendo el temor á las leyes, echaron á nuestros Padres
y sacudieron el yugo de ambas majestades, divina y humana de tal manera,
que obedeciesen al Rey de Portugal cuando les estuviese bien, y á Dios,
cuando la necesidad fuese extrema.
A éstos se juntaron gran número de hombres perdidos, italianos,
españoles, holandeses y la hez de todas las naciones, que para librarse
de las penas merecidas por sus delitos, ó para vivir dando rienda á todo
género de vicios y deshonestidades, y también corrompido de las feas y
malignas impresiones de los herejes modernos, acrecentar el número y el
orgullo de los habitadores y moradores de San Pablo.
Y á la verdad, el sitio de la ciudad, el clima de la tierra, todo era
muy á propósito para su genio depravado y vida brutal. Está fundada unas
trece leguas del Oceano sobre unos peñascos que por todas partes
alrededor forman precipicios que hacen inaccesible la entrada, si no es
por una angosta senda, que pueden impedir bien pocos hombres; á la falda
de la montaña hay algunas aldeas para el servicio del Gobernador, de los
forasteros y de los mercaderes, á quienes no se permite pasar más
adelante; el clima es templadísimo por estar en veinticuatro grados
entre las dos zonas tórrida y templada, y el aire tan puro y saludable
que le hace uno de los más amenos y deliciosos países de estas Indias
Occidentales.
La tierra, ya por beneficio de la Naturaleza, ya por industria del arte,
produce todo lo necesario para pasar la vida con comodidad,
abundantísima de trigo, ganado, azúcar y otros aromas de que puede
proveer á las tierras vecinas con abundancia, ni les faltan tampoco
ricos minerales de oro y otros metales. Libres, pues, de toda ley los
naturales de esta ciudad, se dieron á discurrir por el contorno,
haciendo esclavos á los indios en gran multitud, robándoles su
hacienda; y viendo que no ha hecho algún castigo en ellos, sino
publicado solamente algunas prohibiciones y edictos que no han sido
obedecidos, han proseguido por espacio de ciento treinta años en sus
infames latrocinios, que fuera de dos millones de almas que se sabe han
destruído ó reducido á miserable esclavitud, han hecho despoblar algunas
ciudades de españoles y más de mil leguas en tierra hacia el Marañón,
experimentando esta nuestra provincia las primeras furias de su arrojo
en la destrucción de catorce Reducciones que se habían fundado con
increíbles trabajos y sudores en la nación de los Guaraníes, que en
número de cerca de quinientos mil se había reducido al gremio de nuestra
santa fe.
Verdad es que en tantas presas no gozan de cien partes la una, porque la
mayor parte, consumida de los trabajos é incomodidades del camino hasta
San Pablo, fallece antes de llegar, y los otros empleados en la labor de
las minas ó en el cultivo de los campos, con poco sustento y muchos
azotes y malos tratamientos, no estando por otra parte acostumbrados al
trabajo, en poco tiempo se consumen y aniquilan; y sé por cédula real
que he visto, que de trescientos mil indios cautivados en espacio de
cinco años, no llegaron á salvamento al Brasil más que veinte mil. Ni
ha sido éste sólo el daño que nos han causado estos crueles hombres; lo
peor es el habernos hecho aborrecibles y abominables á todas las
naciones, usando de las mismas trazas é industrias de que usan y se
valen nuestros Misioneros para reducir los gentiles al conocimiento del
verdadero Dios y á la observancia de su santa ley. Fingen, pues, los
dichos Mamalucos que son jesuitas, usando el nombre de Padre, nombre
venerable y que estima mucho á toda la gente, aun á los infieles; hácese
uno súbdito, otro superior, y aun Provincial; y en la rota que
padecieron los españoles el año 1696 fué hecho prisionero uno, llamado
Juan Rodríguez, á que añadía el título de Payguazú, que en Guaraní es lo
mismo que Padre Grande.
Después, enarbolando cruces y mostrándoles retratos de Cristo Nuestro
Señor y su Santísima Madre, entran en las tierras, acariciando la gente
con regalos y brujerías, persuadiéndoles dejen su nativo suelo y sus
pobres Ranchos para fundar una numerosa Reducción, junto con otros
pueblos; y cuando ya los tienen asegurados, meten en prisiones á los
caciques y principales y se llevan por delante la chusma.
Esta infernal astucia nos ha hecho totalmente sospechosos á estas
naciones, y muchas veces corremos riesgos de la vida y se nos malogran
las empresas, como nos ha sucedido en los viajes por el río Paraguay, en
que ningún infiel se quiere fiar de nosotros.
Pero no deja Nuestro Señor sin castigo, aun en esta vida, maldad tan
enorme, porque los más tienen malas muertes, y lo peor es que raro es el
que de ellos se arrepiente y pide perdón de sus culpas y maldades,
porque se dejan arrastrar de la desesperación y se van al infierno; y
hay sujeto de los nuestros, testigo de vista, que dice que en la rota
sobredicha el año de 1696, ninguno de los que murieron en el campo ó se
ahogaron en el río, pidió confesión ni dió señal alguna de
arrepentimiento.