En una breve relación de tan dilatadas y gloriosas empresas

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[Nota del transcriptor: La ortografía de las dos partes, aquí

presentadas en un solo libro electronico, fue conservada.]

COLECCIÓN DE LIBROS

RAROS Ó CURIOSOS

QUE

TRATAN DE AMÉRICA

TOMO DUODÉCIMO

Imp. de T. Minuesa de los Ríos, Juanelo, núm. 19.

RELACIÓN HISTORIAL

DE LAS MISIONES

DE INDIOS

CHIQUITOS

QUE EN EL PARAGUAY TIENEN LOS PADRES

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

ESCRITA POR

EL P. J. PATRICIO FERNÁNDEZ. S. J.

REIMPRESA FIELMENTE SEGÚN LA PRIMERA EDICIÓN

QUE SACÓ A LUZ EL P. G. HERRÁN, EN 1726

MADRID

LIBRERÍA DE VICTORIANO SUÁREZ, EDITOR

Preciados, núm. 48

1895

INDICE

DE MATERIAS CONTENIDAS EN LOS

TOMOS XII Y XIII DE LIBROS RAROS QUE

TRATAN DE AMÉRICA.

INDICE

POR ORDEN ALFABÉTICO DE LAS COSAS

NOTABLES CONTENIDAS

EN LOS TOMOS XII Y XIII DE LIBROS RAROS

QUE TRATAN DE AMÉRICA.

ADVERTENCIA PRELIMINAR

DEL EDITOR

Ya los PP. Backer y Carayón han trazado, aunque no con la debida

extensión, las biografías del autor de este libro y del P. Jerónimo

Herrán que lo sacó por primera vez á luz, por lo que creemos excusado

repetir lo que de todos los americanistas y personas á quienes pudiera

interesar, es tan sabido.

Si las vidas de los dos insignes Misioneros son bien conocidas, no

sucede lo mismo con la obra que sacamos nuevamente á luz, pues ha

llegado á hacerse tan rara, que es punto menos que imposible el hallar

un ejemplar de la edición príncipe.

Poco hay que decir respecto al valor histórico que este libro encierra,

después de lo que han dicho las respetables autoridades que se han

ocupado de él; sólo se ha de añadir que el P. Fernández, en las

descripciones, pintura, detalles de la vida íntima, supersticiones, usos

y costumbres de los indios Chiquitos, encuéntrase, por el vigoroso

relato que nos da y el colorido exacto con que pinta las escenas, á la

altura de los más graves historiadores. Inapreciables y de indiscutible

mérito descriptivo son los retratos que nos hace de los principales

caciques de los Guaraníes, Zamucos, Manacicas, Morotocos y Chiriguanás.

Bajo este punto de vista y como manantial inagotable de datos

biográficos, creemos que es obra de sumo interés; en los encuentros que

unas tribus de indígenas tienen con otras, en el relato de las terribles

y grandiosas luchas que entre sí sostienen los caciques, así como el de

las solemnes, lucidas y pintorescas fiestas de aquellos idólatras, á

nuestro humilde juicio hay poquísimos escritores de su mismo género,

que, tratando asuntos análogos, le aventajen.

Este libro es más leído en el extranjero que en la nación en cuya lengua

se escribió, pues corren varias ediciones, en alemán, latín, italiano,

etc., que se imprimieron poco después de su aparición en Madrid.

Véase el título de la edición publicada en alemán: _Erbauliche und

angenehme Geschichten derer Chiquitos, und anderer von denen Patribus

der Gesellschafft Jesu in Paraquaria neube kehrten Volker... Wienn, P.

Straub, 1729_. Volúmen en 8.º con frontis grabado, seis hojas

preliminares sin numerar, 744 páginas y siete hojas de índice. A esta

traducción alemana, que fué hecha por un Padre de la Compañía de Jesús,

acompaña la obra del P. Acuña, _Nuevo descubrimiento del gran río de las

Amazonas_, que ya publicamos y forma el tomo II de esta Colección.

Título de la edición italiana: _Relazione istorica della Nuova

cristianitá degl'Indiani detti Cichiti_.... Tradotta in italiano da Gio.

Bat. Memmi, della Compagnia di Gesú. _Roma. Ant. de'Rosi, 1729_. En 4.º

He aquí el título de la edición latina: _Historica relatio de

Apostolicis missionibus patrum soc. Jes. apud Chiquitos, Paraquaria

populos... hodie in linguam latinam translata ab alio ejusdem soc. Jes.

sacerdote. Aug. Vindelicorum, M. Wolff 1733_. Es en 4.º mayor y consta

de 19 hojas preliminares sin numerar, 276 páginas y 49 para el índice.

El elocuente hecho de haber sido trasladada á estos idiomas, aun cuando

no tuviese las innumerables bellezas que en ella se hallan, bastaba, á

nuestro parecer, para ser merecedora del honor de la reimpresión. En

cuanto á ésta, hemos tratado que salga de nuevo en absoluto igual

(salvo la ortografía, que se ha modernizado) á la príncipe, que apareció

en Madrid en sendo volumen en 4.º, por el impresor Manuel Fernández, en

1726.

En general son raras las obras referentes á América anteriores á 1750;

mas las relativas al Paraguay no ceden, en punto á escasez, á ninguno de

los libros que tratan de las demás regiones del continente americano.

Madrid 8 de Abril de 1895.

RELACIÓN

HISTORIAL

DE LAS MISSIONES DE LOS

Indios, que llaman Chiquitos, que

están á cargo de los Padres de la

Compañía de Jesvs de la Provincia

del Paraguay.

ESCRITA

_Por el Padre Juan Patricio Fernández,

de la misma Compañía_.

SACADA A LUZ

_Por el Padre Geronimo Herrán, Procurador

General de la misma Provincia_.

_QUIEN LA DEDICA_

Al Serenissimo Señor Don Fernando,

Príncipe de Asturias.

Año 1726.

CON LICENCIA

En Madrid: Por Manuel Fernández, Impressor

de Libros, vive en la Calle del

Almendro.

AL SERENÍSIMO

SEÑOR DON FERNANDO

PRÍNCIPE DE ASTURIAS

SEÑOR:

La pequeñez del don desalienta mucho á quien ofrece; esto es común; pero

en quien ofrece (como yo) á aquel respeto, de cuya magnitud nada queda

capaz de llamarse grande, falta desde luego este motivo al temor

reverente y se excitan todos los que hay para el cariño respetoso. Entre

los astros, unos nos parecen grandes y otros pequeños, cuando

precisamente ponemos en ellos los ojos; lo mismo sucede entre los

montes; y entre éstos, algunos, por su agigantada elevación, se han

grangeado sin disputa el título de altísimos; pero en dejándose ver la

luciente majestad del sol, y en poniendo la atención en la desmedida

altura del cielo, los astros todos son pequeños y los montes dejan de

ser gigantes. El sol, sólo en la Escritura Sagrada, tiene el renombre de

grande, _luminaré mains_ y sólo el cielo es alto, entre los que saben

que respecto de él todo el orbe de la tierra se debe considerar como un

punto.

¿Quién puede dudar que hay estimables preciosidades en la naturaleza,

curiosas máquinas en el arte, sutilísimas invenciones del ingenio,

eruditas y profundas operaciones de la ciencia, y hermosas y floridas

composiciones de la retórica y de la poesía? Entre todas estas cosas, se

hallarían muchas muy grandes, consideradas en sí; pero al elegir entre

ellas alguna que ofrecer á V. A., nada se hallaría, no sólo grande, pero

ni aún digno de emplear vuestro Real ánimo, mayor que todo. Entonces lo

más precioso parecería despreciable, la curiosidad, desaliño, la

sutileza, tosquedad y barbaridad la erudición. Se hallaría la ciencia

ruda é ignorante, muda la retórica y la poesía balbuciente. Tanto minora

siempre, aun á lo más excelso, la comparación con lo sumo.

Y no obstante la innegable verdad de este principio, yo me atrevo,

señor, á llamar grande lo que os ofrezco. Hoy pongo yo en vuestra alta

comprehensión los trabajos de los Jesuitas, en la espiritual conquista

de las desconocidas, incultas y bárbaras provincias del Paraguay, en el

país que llaman de los _Chiquitos_. Ved aquí ya, señor, lo que con toda

verdad puede llamarse grande, aun puesto á los Reales piés de V. A. y á

vuestra vista; para lo que les bastaba al saberse mantener con el nombre

de trabajos y fatigas, contra todo el golpe de la dicha, que les

ocasiona el haber llegado á vuestra noticia y merecer vuestra atención

piadosa. Prueba es esta que no necesitaba de otra alguna, y más cuando

en nombre de los demás Jesuitas puedo confiadamente decir yo que fuera

de la gloria de Dios, que debe ser en ellos (como hijos de Ignacio), el

primer timbre de sus empresas, esta sola felicidad los hace y los hará

arrojarse gustosos al casi inevitable tropel de los riesgos, y á la

fatiga inmensa de tan continuados afanes. Mucho padecen, señor, como en

esa sucinta relación se puede ver brevemente; pero les llena de un gozo

indencible y de un consuelo inexplicable, el ver á costa de sus sudores,

hijos de Dios, los que eran esclavos del demonio, y felices vasallos de

un Príncipe como V. A. los que padecían una miserable libertad en la

indómita servidumbre de su desdicha. Ya son deliciosos jardines del Rey

del cielo, las enmarañadas selvas de la idolatría, y ya delicadas flores

y tiernas plantas que produce y adelanta el riego evangélico, se

atreven á recrear divertidamente vuestros primeros años, si antes

pudieran asustar y asustaban temerosamente los años más endurecidos.

No habrá quien niegue (si ha tenido alguna vez la dicha de veros) que

les quita lo más de la realidad á los afanes y fatigas la fortuna

apetecible de llegar á vuestra presencia, que aunque por lo común son

descorteses los males y poco atentos los trabajos, hay dichas de tan

superior esfera, á quien no se atreve su osadía, y se deja vencer,

aunque precisada su obstinación, de su grandeza. En la realidad, ya

desde hoy, somos los Jesuitas del Paraguay dichosos, aunque en esa

relación que os presento, fuesen todavía como fatigados. Y no ellos

solos, que también los que al nacer hijos de la predicación evangélica,

se cuentan al mismo tiempo hijos vuestros, por sujetos á vuestro

apetecible imperio, ni les queda más á que aspirar, ni harán nueva

felicidad que apetecer. Por las puertas de la gracia de Dios verdadero

entraron dichosamente á la del Príncipe más poderoso y más amable (que

de otro modo no fuera posible) y ya que no tuvieron la dicha de nacer

españoles para nacer vasallos de tanto Príncipe, tuvieron la inestimable

fortuna de que los españoles Jesuitas (que creo que lo son dos veces)

los hiciesen renacer para hacerlos lograr en una muchas felicidades.

Vuelvo á decir, señor, que es grande lo que os ofrezco, aun ofrecido á

V. A., á cuya vista sólo los trabajos, afanes y fatigas de los Jesuitas

en cualquiera línea, pueden ser grandes, y en esta, del mayor aprecio de

vuestra alta estimación. Y vuelvo á decir que basta esta sola prueba

para desempeño de mi proposición que en otro sentido debiera con razón

juzgarse osadía. Pero además de esta, tengo otra, no menor, que dar en

el sublime juicio del generoso padre de V. A., nuestro amabilísimo

Monarca. También su elevado dictamen ha juzgado grandes los afanes de

los Jesuitas, y los frutos de ellos han merecido su aprobación, su

patrocinio, sus influjos y sus liberalidades, y no puede ser pequeño lo

que ha podido merecer tanto. Así lo publica nuestro reconocido

agradecimiento, pues aunque en su católico celo nada hay en esta

especie, que su generosidad lo juzgue exceso, verdaderamente que los

favores y expresiones hechas á los Jesuitas del Paraguay, pudieran

parecer exceso en otro amor y en otro Rey.

Esto hace, señor, que V. A. haya de mirar como estimables efectos de la

generosa piedad de vuestro padre, lo que se os ofrece como á tan amado y

tan amante hijo, y este título lo hace crecer tanto, que fué en mí lo

que últimamente resolvió mi respetuosa timidez, para ofrecer á un

Fernando, Príncipe de Asturias, aquello que se dignó mirar como suyo un

Philipo, Rey de las Españas. Confiadamente me atrevo ya á suplicaros que

prosiga vuestra dignación los favores de vuestro gran padre, para lo que

nos basta sólo que admitais benigno esta breve noticia de nuestras

fatigas; que bien se yo y sabemos todos los Jesuitas, que la sombra sólo

de vuestro augusto nombre, templará nuestros afanes, enjugará nuestros

sudores y hará que respetuosa aun la envidia de tanta fortuna, pronuncie

y para como aplausos y alabanzas, aun lo que aprenda y conciba como

dicterios y calumnias. Y asegurados los Jesuitas (no digo envanecidos,

aunque lícitamente pudiera), asegurados digo, en tanto patrocinio, no

nos quedará más que desear, sino es el que aquel Dios, para cuya gloria

y servicio contribuye vuestra feliz vida tanto, dilate por siglos

vuestros años, os colme de felicidades y de triunfos, hasta que se vea

la España envidiada de todas las demás naciones, sólo por la dicha de

lograr en vuestra alteza tan singular Príncipe.

Muy rendido vasallo de V. A.,

JERÓNIMO HERRÁN.

APROBACIÓN

DEL

PADRE ALBERTO PUEYO

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

Calificador

de la Suprema general Inquisición de España, etc.

De orden de V. A. he visto con gusto la _Relación historial de los

indios que llaman Chiquitos_, etc., y me persuado que el ministro

evangélico que fuere menos fervoroso, la leerá con sentimiento y rubor,

comparando el apostólico celo de aquellos incomparables misioneros con

su tibieza, y sólo sentirá alivio en su dolor pidiendo á Dios que por su

infinita piedad se compadezca de los años que ha mal empleado en

ociosidad. Me sirve también de singular consuelo el ver, que por medio

del fuego de la mayor gloria de Dios que arde en los corazones de mis

hermanos los Jesuitas, misioneros de la provincia del Paraguay obra Dios

los milagros que obraba en la primitiva Iglesia, porque cumplen estos á

la letra lo que Cristo manda á los que profesan la vida apostólica,

discurriendo por las inmensas campañas de aquella parte de América,

trepando inaccesibles selvas y bosques venciendo la fragosidad de los

montes, arrestados siempre á perder mil vidas, sólo por darla á

infinitos bárbaros, que ciegos con las tinieblas de la gentilidad, viven

más como fieras que como racionales. Y al mismo tiempo corresponde

Cristo nuestro dueño, como infalible que es en sus promesas, con lo que

nos dice por San Marcos, consolando y premiando abundantemente en esta

vida las gloriosas tareas de sus siervos, comunicándoles el don de

nuevas lenguas, que son infinitas como las naciones, que los nuestros

aprenden casi milagrosamente para que prediquen el Evangelio, y es

maravilla ver cómo aquellos bárbaros, á pocas razones de los misioneros,

y viendo enarbolado el inestimable madero de la Cruz y la imagen de

María Santísima, pasan á ser, casi de repente, no sólo cristianos en el

deseo, sino misioneros fervorosos, apostados á perder la vida,

derramando la sangre por la ley Evangélica, y al heroico creer, así de

misioneros como de recién convertidos, se sigue lo que nos dice Cristo

en el Evangelio, que es echar los misioneros, á vista de todos, los

demonios de las Rancherías, que son sus pueblos, de que han estado en

pacífica posesión por muchos siglos, con sólo decir aquellos fervosos

Jesuitas el Evangelio ó poner las manos sobre los enfermos, se

desvanecen los contagios frecuentes en aquellos países, obrando otras

milagrosas curaciones; ni los venenos, ni la comida casi corrompida y

muchas veces tan escasa, que se reduce á alguna frutilla silvestre,

ocasiona el menor daño á la más delicada salud del misionero. El blanco,

pues, que tienen estos Jesuitas en sus fatigas, es sólo convertir almas

para Dios, y al mismo tiempo aumentar vasallos á nuestro gran Monarca,

agregando nuevas provincias á su Corona, cumpliendo con la obligación de

Jesuitas y de vasallos, en señal de la justa gratitud que debemos á este

gran Príncipe que se ha dignado y digna tanto en favorecer á la

Compañía, expendiendo al mismo tiempo su Real piedad muchos caudales,

con que se ha fundado en tiempo de su reinado, mantenido y aumentado más

y más aquella numerosa y nueva cristiandad de los Chiquitos. Aunque los

Jesuitas, que se ocupan en estas gloriosas tareas son muchos, como es

abundantísima la mies, son pocos los obreros: _Messi multa operarii

autem pauci_. Quiera Dios, que es el dueño de la mies, mover los

corazones de muchos, para que multiplicándose los operarios, sea muchas

veces más copioso el precioso fruto, que tan felizmente se coje. Sobre

todo, me parece que en ningún tiempo mejor que en este se pueden decir,

pero con lágrimas en los ojos, aquellas divinas palabras de Cristo:

_Parvuli petierunt panem, et non erat qui frangeret eis_, porque en la

misiones, que llaman de los Chiquitos, ó de los Parvulillos, hay muchos,

por no decir innumerables indios, que claman por Padres, y como ellos se

explican, que les enseñen la verdadera ley. Pero, ¡oh lástima! No hay

bastantes operarios que les repartan el inestimable y necesario Pan del

Evangelio, que con tanta ansia desean: _Et non erat, qui frangeret eis_.

¿Qué Jesuita habrá á quien tan justos como lastimosos clamores no hieran

el corazón ó no le saquen lágrimas á los ojos? ¿Y á quién no encenderá

en vivos deseos de socorrer necesidad tan extrema? Pudiera dilatarme

mucho más en ponderar las fatigas gloriosas de los Jesuitas: pero acabo,

por no ser cansado, diciendo: que no habiendo hallado en este libro cosa

que se oponga á las regalías de S. M. ni á nuestra Santa fe católica, ni

á las buenas costumbres, juzgo que se debe dar al autor la licencia que

pide. Y quizás Dios moverá los corazones á muchos de los que leyeren

esta historia, para que afervorizados, pongan los más eficaces medios

para ir á ayudar á la salvación de aquellos infelices indios, que por

falta de quien les comunique la luz del Evangelio, miserablemente

perecen. Este es mi sentir. De este Colegio Imperial de Madrid, á veinte

y cuatro de Agosto de 1726.

ALBERTO PUEYO.

APROBACIÓN

DEL

PADRE JOSEPH DE SILVA

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

Predicador de S. M. y del Colegio Imperial.

De orden de V. S. he visto y leído con gran gusto la _Relación historial

de las misiones de los indios que llaman Chiquitos, que están á cargo de

la Compañía de Jesús, en la provincia del Paraguay_; y si las

quisiésemos cotejar con las conquistas Evangélicas del Oriente, que

fueron el glorioso empleo de San Francisco Xavier, por las cuales

mereció el título de Apóstol de la India, tendríamos muy poco que hacer

para igualarlas; ya se miren las naciones bárbaras, que en tan dilatado

campo de la idolatría han reconocido á Jesucristo y á su Santa ley, ya

la diversidad de genios y costumbres de estas gentes, más propias de

brutos que de racionales, cultivadas por nuestros misioneros con tanto

afán y fatiga en estos tiempos, al parecer más reñidos con los cuidados

de salvación agena; me parece que ha renovado Dios en su iglesia, por

medio de estos operarios suyos, las señales de la primitiva, confirmando

la predicación del Evangelio con los milagros que dijo San Marcos[I.]

que acreditaban la predicación de los Apóstoles en la conquista del

mundo. Toda la relación está llena de esta verdad, y confirmada con la

sangre de muchos misioneros, muertos cruelmente á manos de los bárbaros,

por conservar y mantener en su pureza la fe de Jesucristo.

Puedo decir sin violencia, que atendidos sus trabajos y su celo en

adelantar las conquistas, como se pueden ver en las innumerables

reducciones ó pueblos que han hecho de los convertidos á la fe, que

bastarían sin duda para enjugar las lágrimas de aquel siglo, en que San

Gregorio lloraba la falta de operarios en la Iglesia, siendo tan

abundante la mies en las naciones: _Ad messem multam operarij sunt

pauci, quod non fine noerore et lachrymis loqui possumus_[II.]. Para

estos obreros evangélicos reservó Dios sin duda gran parte de aquella

gloria, que señaló al Apóstol de las gentes en su vocación, y destinó á

la promulgación de la ley de Gracia, marcándole en la elección para que

llevase su nombre á tantas y tan diversas naciones:[III.] _Ut porlet

nomen meum coram gentibus et regibus et filijs Israel_. Y á la verdad,

en esta _Relación historial_ se verá que han introducido la fe de

Jesucristo los misioneros Jesuitas en la otra parte del mundo, que

confina con la Tierra Austral incógnita, tocando en la que los

cosmógrafos dicen que aún no está descubierta, y la llaman Tierra del

Fuego. Dignos por cierto de aquél premio, que tiene Dios destinado para

los que á costa de afanes, fatigas y sudores, hicieron adorar su nombre

en los últimos términos del mundo, como lo dejó escrito Isaías y lo

explicó San Pablo, que fué el mas fiel testigo de la predicación del

Evangelio. Dejo para menos apasionadas plumas la confirmación de este

dictamen mío, que podrá parecer sospechoso por interesado, y pongo por

conclusión de la censura la que se merece una obra toda de la gloria de

Dios, para que en la luz pública logren todos ejemplos de la virtud más

heroica y del más apostólico celo. Este es mi dictamen, salvo, etc. En

este Colegio Imperial de la Compañía de Jesús de Madrid y Agosto 21 de

1726.

JOSEPH DE SYLVA.

_Michael Angelus Tamburinus, praepositum generalis Societatis Jesu._

_Cum relationem Missionum á Patribus nostrae Societatis apud Chiquitos,

in Paraquria, á Patre, Joanne Patritio Fernández, Societatis

conscriptam, aliquot eiusdem Societatis Theologi recognoverint et in

lucem edi posse probaverint; facultatem facimus, ut typis mandetur; fi

ijs, ad quos pertinet ita videbitur; cuius rei gratia, has litteras manu

nostra subscriptas, et Sigillo nostro munitas, dedimus Romae 16 Aprilis

1726._

MICHAEL ANGELUS TAMBURINUS.

LICENCIA DEL ORDINARIO

Nos el Dr. D. Cristóbal Damasio, canónigo de la insigne Iglesia colegial

del Sacro Monte Ilipulitano Valparaiso, extramuros de la ciudad de

Granada, inquisidor ordinario y Vicario de esta villa de Madrid y su

partido, etc. Por la presente, y por lo que á Nos toca, damos licencia

para que se pueda imprimir é imprima la _Relación historial de las

misiones de los Chiquitos_, que están á cargo de los Padres de la

Compañía de Jesús de la provincia del Paraguay, escrita por el Padre

Juan Patricio Fernández, de la misma Compañía; por cuanto habiéndose

reconocido, parece no tiene cosa que se oponga á nuestra santa fe

católica y buenas costumbres. Dada en Madrid á 13 días del mes de Agosto

año 1726.

DOCTOR DAMASIO.

Por su mandado,

LORENZO DE SAN MIGUEL.

LICENCIA DEL CONSEJO

D. Baltasar de San Pedro Acevedo, escribano de Cámara del Rey nuestro

señor y del Gobierno del Consejo, certifico que por los señores de él se

ha concedido licencia por una vez al P. Juan Patricio Fernández, de la

Compañía de Jesús, para que por una vez pueda imprimir y vender un libro

que ha compuesto, intitulado: _Relación historial de las Misiones de los

indios que llaman Chiquitos en la provincia del Paraguay_, con tal que

la dicha impresión se haga por el original que va rubricado y firmado al

fin, de mi mano; y que antes que se venda se traiga al Consejo con

certificación del corrector de estar conforme á él, para que se tase al

precio á que se ha de vender, guardando en la impresión lo dispuesto por

las leyes de estos reinos. Y para que conste, doy la presente en Madrid

á 12 de Agosto de mil setecientos veintiséis.

DON BALTASAR DE SAN PEDRO.

SUMA DE LA TASA

Tasaron los señores del Consejo Real este libro intitulado: _Relación

historial de los indios que llaman Chiquitos en la provincia del

Paraguay_, á seis maravedís cada pliego como más largamente consta de su

original, despachado en el oficio de D. Baltasar de San Pedro Acevedo,

escribano de Cámara del Rey nuestro señor y del Gobierno de su Consejo,

en Madrid á nueve de Septiembre de mil setecientos veintiséis años.

DON BALTASAR DE SAN PEDRO.

PRÓLOGO PARA ESTA OBRA

En una breve relación de tan dilatadas y gloriosas empresas de los

Misioneros Jesuitas que trabajan incesantemente en predicar la fe de

Jesucristo á tan innumerables é incultas naciones del Paraguay y sus

provincias, no es fácil poder escribir, como era razón, las vidas de

muchos apostólicos obreros que han padecido martirio á manos de los

infieles, y así me es preciso referir muy sucintamente parte de sus

heroicas virtudes, dejando para mejor ocasión el sacarlas á luz con más

extensión. En este supuesto, y en el de no ser historia con las

formalidades que piden sus reglas, como de esta provincia la escribió el

erudito P. Nicolás del Techo en lengua latina, sólo refiero las regiones

en donde se han formado los pueblos de los nuevamente convertidos, y al

mismo tiempo se describen sus situaciones, sus genios y sus diversos

idiomas, para que se pueda comprender con menos dificultad el asunto de

esta pequeña obra; que si se lograse con ella el encender en el corazón

de los que ó tienen por instituto la conversión de las almas, ó por

fervor cristiano la salvación de los infieles, un celo de dilatar la

gloria de Dios en las conquistas del Evangelio, se dará por bien

empleado el trabajo de sacarla á la luz pública, sin cuidado de que ó la

censura ó la malicia le imponga aquellas acostumbradas notas que en el

juicio prudente y cristiano sólo pueden servir para el desprecio y nunca

para la atención; ojalá tenga yo muy frecuentes las noticias de estas

apostólicas tareas para emplear con nuevo gusto el trabajo de

publicarlas para mayor gloria de Dios, que es el fin principal de las

Misiones de los Jesuitas.

PROTESTA DEL AUTOR

Siendo preciso tocar en esta _Relación historial_, aunque de paso, las

Memorias de algunos varones apostólicos que murieron á manos de los

infieles por la fe que predicaban, dejando en su muerte aquel olor de

santidad que correspondía á sus heroicas virtudes, así como se refieren

otros sucesos milagrosos que en confirmación de la fe parece que los

hacía Dios por medio de sus siervos para alentarlos á los trabajos de su

mayor gloria; no es mi ánimo en estos puntos y en otros semejantes que

contiene esta _Relación_ el que se les dé más que aquella fe humana que

se merecen los fundamentos que se refieren para escribirlos; y así estoy

muy lejos de prevenir en la relación de ellos el juicio de la Iglesia;

antes bien, protesto, el que los sujeto á la corrección de la Santa

Sede, obedeciendo á los decretos de los Sumos Pontífices y de la

Iglesia.

CAPÍTULO PRIMERO

Su principio, fundación y progresos.

No es mi intento por ahora escribir la historia de la provincia del

Paraguay de la Compañía de Jesús, la cual comprende cinco Gobiernos y

otros tantos Obispados, en la longitud de cerca de seiscientas leguas.

El que quisiere saber más por extenso lo que en esta dilatada provincia

han trabajado gloriosamente los PP. de la Compañía de Jesús y padecido

por la conversión de los gentiles, podrá leer la _Historia_ que de esta

provincia escribió el P. Nicolás del Techo; advirtiendo que al tiempo, y

cuando escribió dicha _Historia_, sólo se habían fundado veinte y cuatro

Reducciones de indios á las riberas de los ríos Paranná y Uruguay, que

componen el caudaloso y celebrado río de La Plata. Hoy llegan á treinta

y una las reducciones de sólo los indios Guaranys, mucho más numerosas

que las antecedentes, pues en el año de 1717 se contaban en dichas

reducciones ciento y veintiún mil ciento sesenta y ocho almas,

bautizadas únicamente por los PP. Misioneros de la Compañía de Jesús de

dicha provincia. Los nombres de las reducciones ó pueblos de esta nueva

cristiandad, son el pueblo de los Santos Apóstoles, el de la Concepción,

el de los Santos Mártires del Japón, el de Santa María la Mayor, el de

San Francisco Xavier, el de San Nicolás, el de San Luis Gonzaga, el de

San Lorenzo, el de San Juan Bautista, el de San Miguel, el del Ángel de

la Guarda, el de Santo Tomás Apóstol, el de San Francisco de Borja, el

de Jesús María, el de Santa Cruz y el de los Santos Reyes. Estos á las

riberas del gran río Uruguay. Los que se han fundado á la ribera del

gran río Paranná, son el pueblo de San Ignacio, que llaman el Mayor, el

de Nuestra Señora de la Fé, el de Santiago Apóstol, el de Santa Rosa, el

de la Anunciación, el de la Purificación, el de San Cosme y San Damián,

el de San Joseph, el de Santa Ana, el de Nuestra Señora de Loreto, el de

San Ignacio, que llaman el menor, el del Corpus, el de Jesús, el de San

Carlos y el de la Trinidad, aumentándose cada día más el número de

convertidos y floreciendo en todos el primitivo fervor de la fe, que

recibieron en el bautismo.

El fin, pues, de esta Relación, se reduce á dar noticia de las nuevas

misiones que esta apostólica provincia tiene al presente en la nación de

indios, que llaman Chiquitos.

Por donde la provincia de Tucumán confina por el Occidente con los

reinos del Perú, se descubre un espacio de tierra que desde Santa Cruz

de la Sierra, donde remata, y desde Tarija, donde empieza, tiene

trescientas leguas de largo. Por el lado de Levante tiene aquella parte

del Chaco, que va á hacer punta en el Tucumán; por el Poniente el

Marañón, ó por mejor decir, á Santa Cruz de la Sierra, con quien más se

afronta; por el Mediodía la provincia de las Charcas, y por la

Tramontana mira de lejos á la provincia de los Itatines. Corre por medio

de ella, de Septentrión al Austro, una cadena de montes, que empezando

desde el Potosí llega hasta las vastísimas provincias del Guayrá. En

ellos tienen su nacimiento tres grandes ríos, el Bermejo, el Pilcomayo y

el Guapay, que bañan las campañas que están sitas á la falda, por una y

otra parte de ambos montes, y de allí, atravesando un casi inmenso

espacio de tierra, desembocan en el río Paraguay. Escogieron los

Chiriguanás para su habitación este país, habrá como cosa de dos siglos,

abandonando el nativo del Guayrá, y me parece no será fuera de propósito

referir aquí la causa de esta mudanza. Al tiempo que las dos Coronas de

Castilla y Portugal procuraban dilatar su imperio en estas Indias

Occidentales, Alejo García, alentadísimo portugués, deseoso de servir al

rey D. Juan el II, su amo, con las conquistas de nuevas provincias,

tomando en el Brasil tres compañeros de su mismo ánimo y valor, después

de haber caminado por tierra trescientas leguas hasta llegar á las

costas del Paraguay, alistó por soldados dos mil indios: y habiendo

caminado con ellos otras quinientas leguas por aquel río, aportó á los

confines del imperio del Inga, donde, habiendo recogido mucho oro y

plata, se volvió al Brasil; pero los bárbaros le quitaron á traición la

vida.

Temerosos éstos, ó de que viniesen sobre ellos las armas portuguesas á

vengar la muerte de los suyos, ó llevados del interés, se pasaron y

vinieron á vivir en el país ya dicho; y aunque pocos entonces, pues

apenas pasaban de cuatro mil, ahora están muy numerosos, pues pasan de

veinte mil, viviendo sin forma de pueblo, en tropas, y dándose á correr

y robar las tierras circunvecinas; y por el deseo de carne humana, de

que gustaban mucho, hacían á muchos de ellos cautivos; y cebados por

muchos días, como se hace en Europa con los animales de cerda,

celebraban banquetes de cruelísima alegría, con lo cual se hicieron

formidables á los confinantes; y sólo con la venida de los españoles

olvidaron la inhumana costumbre de comer carne humana, pero no la

crueldad; de suerte que se dice haber destruído y aniquilado hasta el

presente más de ciento y cincuenta mil indios.

A reducir á estos bárbaros á vida política y cristiana, encaminaron sus

designios, desde los principios del siglo pasado, los apostólicos Padres

Manuel de Ortega, Martín del Campo, Diego Martínez, y sucesivamente

otros; pero por más industrias de que se valió su ardiente celo, jamás

pudieron ablandar la dureza de corazones tan obstinados, ni domesticar

la ferocidad de ánimos tan salvajes, causa porque los abandonaron, como

tierra en que se ha derramado inútilmente el grano Evangélico, para

emplear sus fatigas en país que correspondiese á su cultura, con fruto

más digno de sus trabajos; hasta que el año de 1686, habiendo ido dos

Misioneros de esta provincia á ejercitar los ministerios de nuestra

Apostólica Vocación á Tierra de Tarija, hicieron eco en aquellos

desiertos las maravillas que obraba la divina palabra en las costumbres

bien rotas y perdidas de aquella tierra.

Entraron, pues, en acuerdo algunos caciques, y de común consentimiento

enviaron mensajeros á los Padres, suplicándoles con eficacísimos ruegos

se moviesen á compasión de sus almas, poniéndolas en el camino de la

salvación; pero no tuvieron por entonces otra respuesta, sino que no

podían asistirles hasta dar aviso á su Provincial, que á la sazón era el

Padre Gregorio de Orozco, natural de Almagro, en la Mancha, sujeto de

mucho celo y fervor, quien no pudo tan presto condescender con tan

justas súplicas hasta abrir colegio, como lo hizo en la villa de Tarija.

En escoger entre todos los sujetos que habían de dar principio á aquella

Misión, tuvo el buen Provincial no poco que hacer para aquietar los

deseos, súplicas y lágrimas de tantos como se le ofrecieron á esta ardua

empresa; pero no había quien con más ardor lo desease, ni á quien con

más razón se debiese hacer esta gracia, como el V. P. Joseph de Arce,

natural de las islas Canarias, hombre de gran corazón y de igual celo,

premiado de Nuestro Señor con una muerte gloriosa, de que daremos

noticia adelante. Parece que San Francisco Xavier, antes que los

Superiores, le destinó para esta empresa, pues viéndole éstos dotado de

gran talento y feliz ingenio para las cátedras, aunque con increíble

dolor del buen Padre, le habían aplicado á ellas; pero no tardó mucho en

que se vieron precisados á mudar de parecer, porque siéndole al

humildísimo Padre de intolerable peso esta lustrosa ocupación, no podía

recabar con súplicas y lágrimas le aliviasen de ella, con que recurrió

al asilo de San Francisco Xavier, suplicándole con muchas lágrimas el

cumplimiento de sus deseos. Tuvo feliz despacho con tan poderoso

intercesor su súplica, porque cayendo luego enfermo, le dieron, por

descuido del enfermero, un remedio recetado para otros, el cual le

redujo á los últimos períodos de la vida. Viéndose en este lance, pidió

licencia al P. Provincial Tomás Baeza para hacer voto á su grande

Abogado San Francisco Xavier, de que si alcanzaba la vida, la emplearía

en la conversión de los infieles. El P. Provincial, reconociéndole ya

desahuciado, le dió grata licencia para hacer su voto; y luego que le

hizo, le aceptó el Santo desde el cielo, pues remitiendo de su fuerza el

mal, en breves días quedó sano del todo.

Y como en aquel tiempo se trataba con gran calor de la conversión á

nuestra Santa Fé de las naciones que están hacia el estrecho de

Magallanes, que descubiertas pocos años antes por el V. P. Nicolás

Mascardi, italiano, sujeto de la provincia de Chile y mártir del Señor,

pedían predicadores de nuestra Santa Ley, y por orden de nuestro

piadosísimo Monarca Carlos II, estaban ya á punto algunos fervorosos

misioneros para entrar en las tierras de los Patagones, fué también

señalado el P. Arce. Pero á lo mejor de la obra se atravesó el infierno

por medio de algunos Ministros del Rey, que atendiendo más á sus

particulares intereses que al servicio de Dios y de la Monarquía,

pretendieron sujetarlos con armas para hacerlos después esclavos suyos.

Desvanecida, pues, esta misión con incomparable dolor de todos los

buenos, fué destinado á llevar la luz del Evangelio á los Chiraguanás, y

abrir camino en otras provincias á tantos hermanos suyos, que conducidos

de su mismo espíritu y celo habían de seguirle, para sembrar en ellas la

semilla de la predicación evangélica, los cuales, para hacerla más

fecunda, la habían de regar, no sólo con sus sudores, sino también con

su sangre. Pero antes de emprender esta obra, procuró armarse y

fortalecerse con aquellas virtudes que reconocía necesarias para tan

ardua y difícil empresa, porque le adivinaba presagioso su corazón que

el común enemigo se había de poner en armas para no perder la tiránica

posesión y señorío de una gente, que hasta entonces, con injuria de Dios

Nuestro Señor, había estado siempre á su devoción.

En el ínterin, pues, que el Padre estaba con todo su espíritu recogido

en Dios tratando este negocio, vino del Pilcomayo un cacique con seis

vasallos suyos, pidiéndole no difiriese un punto de ir á darles noticia

de Dios Nuestro Señor; y luego manifestaron las veras con lo que decían

las obras, oyendo con gusto y atención la explicación de la Doctrina

Cristiana, y estando siempre obedientes á su voluntad.

Las muestras que dieron de sí estos pocos, le encendió en su corazón un

ardiente deseo de poner luego manos á la obra, pareciéndole estas

disposiciones muy á propósito para introducir la fé en gente tan bien

inclinada. Y á la verdad podía bien esperar esto de los Chiriguanás, que

viven á la orilla del río Pilcomayo, pero no de los del río Bermejo,

pues antes éstos, renovando las antiguas canciones, porque otras veces

habían echado á los misioneros porque queríamos hacerlos esclavos de los

españoles y obligarlos al servicio personal y otras mil mentiras de este

jaez, le miraban con malos ojos y le decían que si pusiese el pie en sus

tierras se había de salir luego, ó que para quitarle de una vez de sus

ojos, le habían de quemar vivo.

Por eso, antes de pasar más adelante, me es preciso pintar aquí á lo

vivo el genio y natural de esta gente, para reconocerle siempre el

mismo, porque se transforman en tan diversos y contrarios semblantes,

que de otra suerte sería imposible el conocerlos. Son de genio

inconstante, más de lo que se puede creer, mudables á todo viento, no

guardan la palabra que dan, hoy parecen hombres y cristianos y mañana

apóstatas y animales, amigos de todos, aun de los españoles, cuando les

está á cuento para sus intereses, pero por la más leve causa rompen la

amistad. Y con todo eso, no es ese el mayor contraste que tienen para

introducir en ellos el conocimiento de los misterios y observancia de la

ley de Dios. El más fuerte impedimento es el mal ejemplo de los

cristianos viejos, gente ruda como los indios; no entiende otro lenguaje

mejor que el del ejemplo, y de la vida de los fieles infiere las

calidades de nuestra Santa Fé, y muchas veces les echan en la cara los

Misioneros que son demasiado duros con ellos en no permitirlos el uso de

muchas mujeres, cuando ven que los europeos tienen á su gusto cuantas se

les antoja; y por más que se les procura responder, nunca se les dice

tanto que baste á aquietarlos. Por lo cual, con sapientísimo y

prudentísimo acuerdo, los primeros operarios de esta provincia se

procuraron apartar lejos de las ciudades, buscando para sembrar el

Evangelio provincias remotas, si no del comercio, á lo menos de la

habitación de los forasteros, para que éstos no deshiciesen con su mal

ejemplo lo que ellos hacían con su predicación.

Y se practica esto hasta el día de hoy con tanto rigor, mediante la

piedad de nuestros Católicos Reyes, que á ningún europeo ó español de la

tierra, si no es de paso, se le permite poner el pie en las Reducciones

de los Guaraníes, excepto á los Gobernadores y Prelados eclesiásticos, á

quien por su oficio les incumbe el visitarlos. Ahora, pues, este

impedimento en los Chiriguanás, es gravísimo. Comercian continuamente

con las ciudades confinantes, y como más fácilmente se pegan los vicios

de los malos á los buenos que las virtudes de los buenos á los malos y

viciosos, al ver á unos ocupados en sacar el dinero de los paisanos, á

otros darse sin freno á los deleites de la carne, y en algunos, aunque

pocos, tan muerta la fé que no hacen escrúpulo de faltar á los Divinos

preceptos, y en mostrar menos reverencia á los misterios de la Iglesia,

no es fácil decir cuánto crédito gana con ellos lo malo, y cuánto odio y

desprecio cobran, así á las personas como á la religión que profesan.

Y aunque la innata piedad de los españoles resplandezca aquí tanto como

en cualquiera otra parte, que en ella se pierde la malicia toda de

algunos, con todo eso, como dije, en los corazones de estos bárbaros se

imprimen más fácilmente los vicios y maldades que las virtudes y

devoción. Y si tal vez, al oir la explicación de la doctrina cristiana,

ó alguna de aquellas incontrastables verdades que tienen fuerza de hacer

volver en sí á quien de sí vive olvidado, despierta en ellos algún buen

pensamiento, apenas nace cuando le sofoca su inconstantísimo genio, y el

mal ejemplo de los forasteros, como muchas veces lo vemos y tocamos con

las manos. Esto supuesto, volvamos ya á nuestra narración.

Habiendo el P. Arce probado y experimentado por muchos días el fervor de

este cacique y sus vasallos, le pareció fundar aquí Reducción con

esperanza de feliz suceso. Con este fin los remitió á su tierra,

acompañados de cuatro indios Guaranís que llevaba consigo, dándoles

orden á éstos de que explorasen la voluntad del pueblo y corriesen las

Rancherías situadas en la orilla del Pilcomayo, que en breve les

seguiría, junto con D. Diego Porcel, piísimo caballero, y muy amado de

los infieles, por su afabilidad y buen trato, para que le ayudase en

aquel negocio, y con su autoridad tuviese refrenados á los caciques del

río Bermejo; pero Dios no quiso de éste más que la buena voluntad, para

premiarla eternamente en el cielo; porque siendo ya muy viejo y de edad

decrépita, á pocas leguas de camino, sorprendido de un accidente, le fué

preciso volver atrás; pero en su lugar sustituyó á un hijo suyo, con

quien poniéndose en camino el P. Joseph por el mes de Mayo de 1690,

después de algunas jornadas, llegó á ciertas rancherías que estaban á

orillas del Pilcomayo, donde fué recibido con singular afecto de los

paisanos, que actualmente estaban llorando la muerte de algunos de los

suyos, por causa de las discordias que había entre Cambaripa y

Tataberiy. Eran estos los dos Caciques de mayor nombre y poder de la

tierra; y para dar principio á la nueva cristiandad, era necesario

concordarlos entre sí, y apagada toda malevolencia, volverlos á hacer

amigos.

A este fin quería el santo varón ir en persona á meterse de por medio y

hacer las paces, y hubiéralo hecho á no ver que era manifiestamente

echarse á morir entre las armas de los Tobas, confederados con

Tataberiy, que infestaban los caminos.

En esta coyuntura vino un mensajero de Cambaripa, pidiéndole le diese de

su parte, si pudiese hallar algún pronto y eficaz remedio á su ruina, y

á la de aquellos sus vasallos, porque no tenía tiempo para detener ó

resistir á un mismo tiempo á tantos enemigos ni de buscar escape á su

vida con la fuga, por estar mal herido de los contrarios.

Atravesó esta nueva el corazón del P. Arce; y para repararle aquel

fracaso al país, volvió luego atrás á fin de recoger de la piedad de los

españoles algún socorro de armas; y á la vuelta templó Dios con

alternados consuelos el dolor de aquel accidente, porque los Chiriguanás

del río Bermejo, que antes se habían mostrado tan adversos y duros,

ablandados ya sus corazones con las influencias del Espíritu Santo, le

salieron al encuentro, y Cambichuri, el cacique más poderoso, le mostró

grandes finezas de amor, convidándole á que fuese á predicar á sus

vasallos y que haría de él cuanto el Padre gustase.

Llegó á Tarija, y alcanzando de los Regidores una compañía de soldados,

se volvió lo más presto que pudo, llevando por su compañero al P. Juan

Bautista de Zea; y aunque el camino era áspero y peligroso y la poca

comodidad con que trataban su cuerpo estos Evangélicos operarios les

hacía más trabajoso el caminar, con todo eso estaban insensibles á toda

molestia y trabajo por la abundante copia de delicias celestiales de que

gozaban, bautizando en aquellas soledades gran número de niños y no

pocos adultos que viéndose ya cercanos á la muerte, cambiaban de buena

gana la vida con esperar la eterna bienaventuranza. Finalmente, á 26 de

Septiembre, entraron en las rancherías de Tataberiy, donde se había de

tratar la paz.

Salió éste á cumplimentarle, acompañado de cuarenta de los suyos, y

hospedóle en la casa más acomodada del pueblo, y empezando desde luego á

tratar del negocio de la paz, supo darse tan buena maña el P. Arce, que

redujo á los dos caciques á que se prometiesen mútuamente la paz y

renovasen entre sí su antigua amistad; y fuera de eso concluyó, se

hiciesen también las amistades entre los parientes de los muertos y los

matadores, que fué lo más difícil de alcanzar.

Celebró el pueblo estas paces con solemnidad y alegría incomparable;

pero sobre todos, quien dió mayores muestras de contento fué Cambaripa;

y Tataberiy se aficionó increíblemente á los misioneros, y por medio de

ellos á la Santa ley de Cristo; pidióles que se quedasen allí para

enseñarles los Divinos Preceptos, prometiendo alistarse cuanto antes en

el número de los fieles; y en prendas de eso le dió para que bautizase

un hijo único que tenía. Pero los Padres, antes de hacer pie firme en

algún lugar, querían correr toda la provincia; por lo cual, dándoles

buenas esperanzas, se partieron, asistidos siempre del hijo de aquel

buen caballero, que jamás quiso apartarse de su lado en aquella

peregrinación; y pasando luego á las riberas del río Parapití y,

pobladas de muchas rancherías, fueron recibidos de todos con señas de

grande afecto y tratados lo mejor que la pobreza y penuria del país

permitían.

De aquí tiraron hacia las montañas del Charaguay á cuyas faldas viven la

mayor parte de los Chanés y muchos Chiriguanás. Tuvieron aquí no poco

que hacer en componer á los paisanos con los vasallos de Taquiremboti;

pero puestos éstos en acuerdo, prosiguieron su viaje, no encontrando

otra cosa que rancherías destruídas, habiéndose retirado á otras partes

la gente, por no padecer los infortunios y desventuras que trae consigo

la guerra.

Finalmente, padecidos no pocos ni ligeros peligros de perecer, llegaron

al río Guapay, donde fueron recibidos de sus moradores con increíbles

finezas, y los Caciques Manguta y Fayo les suplicaron vivamente se

quedasen en aquel paraje para instruirlos en los misterios de nuestra

Santa Fe y enseñarles el camino del cielo.

El P. Arce, que por entonces tenía otros designios, les prometió que en

otra ocasión les cumpliría sus deseos, con que administrando el Santo

bautismo á cuatro que estaban en peligro de muerte, se prevenía ya para

la partida.

A este tiempo vino una india, hermana del cacique Tambacurá, y se echó á

sus piés muy afligida y desconsolada porque el gobernador de Santa Cruz

de la Sierra enviaba á prender á su hermano para castigarle; y

manifestando su dolor le dijo tantas razones y le enseñó tales ruegos y

súplicas el amor á la sangre, para que le librasen de aquel golpe que,

como decía, le habían maquinado por rencor y envidia sus enemigos, que

hubieron de condescender los Padres á sus peticiones para que tocasen

con las manos y viesen aquellas gentes que ellos no miraban sino á su

utilidad y que en las ocasiones eran su escudo y refugio, para

aficionarlos por este camino á nuestra santa ley. Este fué su designio é

intento, pero no el de Dios, que muchas veces se vale de los intereses

humanos para llevar á su fin las disposiciones de su eterna providencia.

Y tal fué la ida de estos misioneros á Santa Cruz de la Sierra, porque

yendo solamente á impetrar la vida temporal de un indio, los llevaba

Dios para que fuera de toda esperanza rescatasen á innumerables pueblos

de la esclavitud del demonio. Partieron, pues, del Guapay con Tambacurá

á Santa Cruz, donde recibidos con mucha cortesanía del gobernador don

Agustín de Arce piísimo caballero, alcanzaron por merced y gracia la

vida de aquel pobre hombre, que de otra manera lo hubiera pasado muy

mal.

Estas demostraciones de estima y afecto obligaron á nuestros Padres á

que con confianza le manifestasen su designio de convertir á la fé á los

Chiriguanás y á que se dignase interponer su autoridad contra cualquiera

que osase oponerse á esta empresa. Parecióle al sabio gobernador que era

gastar inútilmente el tiempo y el trabajo con aquellos indios, por lo

cual les empezó á persuadir con sólidas razones enderezasen á otra parte

sus pensamientos y apostólico celo, porque eran gente obstinada en la

idolatría, salvaje en las costumbres, y sobremanera adversos á las leyes

y pureza de la vida cristiana, é inconstantes en lo que emprenden; que

ya en otras ocasiones habían probado á reducirles fervorosísimos

Misioneros, y después de grandes trabajos y fatigas no habían sacado

otro fruto de sus sudores sino escarnios, oprobios y malos

tratamientos.

Vivía entonces muy fresca la memoria del fervorosísimo P. Martín del

Campo, de la provincia del Perú, que después de haber gastado con ellos

algunos meses, vista su obstinación, se vió precisado á irse á otra

parte á emplear sus fervores. Por tanto les aconsejaba pusiesen la mira

en otros países donde no se perdiesen á sí mismos, y ganasen felizmente

á los otros.

Relacion historial de las misiones de indios chiquitos que en el Paraguay tienen los padres de la Compañía de Jesús · 第 1 / 27 段