CARTA.

«Así como los pequeños hijos de la caudalosa real ave, puestos

á los radiantes rayos del lúcido Febo, para que verdaderamente

sean tenidos por legítimos y propios hijos de la tal madre,

con grande admiracion ocupan la vista en aquella prefulgente

luminaria, sin tener parte para de allí ser apartados por el

crecido amor mezclado de grande admiracion que tan fixo en ella

pusieron, de la mesma manera, excelente señora, mi flaco y débil

entendimiento puesto delante tu claro y lúcido aspecto, para que

su sér claramente demostrase qué parte de humano en sí tenía,

de temeroso y crecido temor ocupado, los líquidos y delicados

aires con profundos alaridos esmalta, sin que las contínuas

suasiones de su madre, la razon, de tal espetáculo apartarlo

puedan, no dexo de sentir, como humano, seráfica dea, la cruda y

muy temerosa contienda que dentro de mí siento encrudelecerse,

despues que mis ojos fueron con tu divina vista clarificados;

mas considerando la gloria y triunfo que se me puede seguir,

siendo en ella victorioso, con grande y humildosa paciencia hasta

que tu soberano valor de ello sea contento, sustentarla pretendo;

mas ¡ay de mí! que sin duda no será tan diamantino corazon que

la fuerza de quien la mia se siente forzada, algun espacio de

tiempo sustentar pueda. Si tienes, excelente señora, deseo de

saber quién es el que tan atrevido á tu valor, sin merecimiento,

ser quiso, sabrás que Flerinardo se nombra, que otro valor no

tiene sino el deseo que de ser tuyo en sí considera, y porque tal

atrevimiento á más no pase, en esto sin cesar ceso, pidiendo á tu

mucha clemencia, no por mi valor, mas por el que de tu parte me

viene, un dón me sea concedido, el qual es que siendo recibido de

tu soberano valor benignamente, del nombre de ser tuyo se me dé

que goce, con que mis gozos de tal gozo gozando, su vida sin tan

rabioso tormento se pueda gozar.»

_Isab._ ¡Oh soberano Dios, y quán profundos son tus misterios!

verdaderamente agora todo el caso de esta carta entiendo, que

Flerinardo pasando estotro dia por la calle de la fenestra de mi

retraimiento, quando Rosiana se vino á holgar en mi compañía fué

por él vista en la mesma fenestra, y segun ella me dixo, muy captivo

(por las señales que mostró) de su fermosura; de que se siguió que

habiendo él sido sabidor que la tal fenestra era de mi aposento,

pensando ser yo la que su libertad habia captivado, tal osadía ha

cometido. ¡Ay de mí! que dello ningun bien se me sigue, porque

siéndole á Selvago manifestado, lo que por su grande amistad es

cierto, no espero que de mí se duela, de que por muy cierta tengo

mi muerte, por causa que la vida con alguna esperanza hasta aquí se

sustentaba.

_Cec._ ¡Señora Isabela, señora Isabela!

_Isab._ ¿Qué dices, Cecilia?

_Cec._ Tu ama Valera te viene á visitar, que habló con tus padres y

pregunta por tí.

_Isab._ Súbela aquí, que yo la perdonaré su visitacion.

_Cec._ Vesla, viene, señora.

_Valera._ Enhorabuena vea yo la cara de oro y perlas preciosas,

fresca como las flores de Mayo. Hija Isabela, en Dios y en mi

conciencia, que de cada dia más te vas tornando una emperatriz en

fermosura. Santa Pascua fué en domingo si no me pareces una Verónica

y retrato de San Miguel, el ángel que está en mi perrochia en unas

andas de oro.

_Isab._ Téngote en merced la visitacion, que bien creo me quieres

bien, pues la crianza que en mí hiciste con el tiempo áun no has

olvidado; mas en lo que dices que estoy hermosa, sabe que no es oro

todo lo que reluce, que qualquiera pasa trabajos.

_Val._ ¿Y qué trabajos pasais, hija mia? ¿por ventura será el cuidado

de la familia, ó de los muchos hijos? Cierto, como las malas venturas

que yo padezco deben ser; sola, triste y en laceria entre cuatro

paredes, sin haber quien á mi triste vejez me haga algun refrigerio ó

regalo: ¡ay, hija mia! éstos debes de llamar trabajos, que los que tú

puedes pasar tortas son y pan pintado.

_Isab._ No sé: cada qual siente sus duelos.

_Val._ En forma me debria reir si tuviese gana de pensar qué son

los que, hija, llamas duelos, que cierto de esto no puede faltar;

que pedistes la ropa de seda, no os puso el sastre la guarnicion

á vuestro contento, ó que enviastes á comprar cintas de una color

y truxeron de otra, ó que la criada no vino tan presto á vuestro

llamado, y otras cosas á ésta semejantes: ¿es esto, hija? dilo, no

hayas vergüenza. Ya dolor, hija mia, si te vieses vieja, sola y

amarga, llena de mil enfermedades y sin un cornado que gastar, ni

ménos qué poder vender; de dia en el verano al resestero y en el

invierno al helada, querer comer y no tener qué, y ya que se halle,

no poder; despues en la noche, para aliviar el afan del dia, echaros

en unas atochuelas sin otra cobertura: éste me podés vos con razon

llamar afan, que lo demas no hay por qué se haga caso dello.

_Isab._ Madre señora, los tuyos no quiero que iguales con los mios,

porque ésos el cuerpo lastiman, mas estos otros atormentan el ánima.

_Val._ Ya, ya, mal lograda muera yo, que bien salva estoy dello,

si te entendia; agora digo que tienes razon, algun gentilhombre ha

llamado á tu puerta, ¿qué me dices? ¿es esto? Pues, hija, si así es,

no me lo debes negar, que sábete que hasta la muerte me hallarás

aparejada en tu servicio, con tal que ames á quien te convenga y

debaxo de yugo matrimonial, que lo demas á Dios es enojoso y á las

gentes aborrecible.

_Isab._ Madre señora, sabe que á ese blanco asiesto mis tiros, que no

me tengas por tal que otra cosa en mí hubiese.

_Val._ Pues así es y tus pensamientos son tan buenos, dime el negocio

por entero, que mi madura edad te dará en ello el consejo más

conveniente, y no quiero que tengas en poco lo que te prometo, que

de cierto es más que puedes pensar, por tanto no cumple que se me

encubra.

_Isab._ Madre mia, digo que en afortunado tiempo mis ojos miraron á

Selvago, hermano de mi gran amiga Rosiana.

_Val._ ¡Oh Dios, y qué agradables me han sido, hija, tus razones!

que, así Dios me dé buena postrimería, muchas veces he pensado quien

en esta ciudad te convenia más por esposo, y cierto otro no hallaba

sino el que me has dicho, y su compañero y grande amigo Flerinardo;

mas resta que me digas si eres tú dél amada, porque siendo así, con

poco trabajo vendria todo á buen fin.

_Isab._ Sabe, madre, que si esto así fuera, que por la más dichosa

que todas las nacidas me pudiera contar; mas no sé yo si él ama en

otro lugar, que esto me hace vivir en grave tormento.

_Val._ Hija hermosa, en eso no tengas cuidado, que yo te prometo de

te dar cosa, con que desde la primera vez que te vea, padezca por tu

causa mayor pena que tú por él puedes agora tener.

_Isab._ ¡Oh mi buena señora y piadosa madre! sabe que si lo que de

palabra dices por obra se cumple, que te seré en más cargo que á la

madre que me parió, porque ella me dió sér, ó fué á lo ménos causa,

y tú me redimes de cruda y trabajosa muerte.

_Val._ Hija y señora, lo que yo digo yo lo cumpliré; resta que á mi

casilla, á lo poner en obra, me llegue, donde ántes de una hora me

profiero dar la vuelta.

_Isab._ Madre mia, para eso será menester alguna cosa.

_Val._ No puede ser ménos.

_Isab._ Con me lo decir será luégo remediado.

_Val._ Segun de una grande amiga mia he sabido, que en otros

tales casos se ha exercitado, será menester lo que agora diré.

Primeramente, una saya blanca, con su cuerpo y mangas, de tu persona,

para cierto conjuro necesaria.

_Isab._ Y qué tal, madre, te la daré; mas agora me acuerdo que no sé

si podrá servir, porque es de grana y está guarnecida de brocado de

raso.

_Val._ Ántes es muy propia, que el amarillo del oro aprovechará más

en el conjuro. Es ansimesmo menester un manto, que te le cobijases la

primera vez en disanto ó en domingo.

_Isab._ No le tengo sino de tafetan, mira si será bueno.

_Val._ Sea negro, que abasta. Un tocado tuyo es menester, el que

tú más quieres, porque miéntras más le hubieras amado, más te amará

Selvago en viéndote.

_Isab._ Una crespina morada con ricas piedras es la que yo más

quiero, por ser galana de mucho precio.

_Val._ Ése me hará á mí más provecho.

_Isab._ ¿Qué dices, madre?

_Val._ Digo que será muy propia, por ser morada es amores; mas te

hago saber que todo, en acabando el conjuro, se ha de quemar, porque

ansí conviene.

_Isab._ Con que aproveche no me pena; mas di si es menester otra cosa.

_Val._ Has de buscar en todo caso un joyel en que esté pintado ó de

bulto hecho un corazon con saetas.

_Isab._ No será menester buscalle, que vesle, aquí le traigo al

cuello, y áun por mi vida, que vale más de cincuenta escudos él y la

cadena en que está.

_Val._ Propio viene, porque ansí encadenes tú á Selvago; ansimesmo

son menester dos vasos de plata para poner ciertos liquores.

_Isab._ Dos jarros tengo allí que no se acuerdan en casa dellos,

buenos pienso que serán.

_Val._ Tambien has de proveer de algunas conservas, mas eso quede

á tu arbitrio, porque qualesquiera bastarán; y finalmente, esa

colonia de carmesí que tienes ceñida habrá de ir allá, en la qual se

pondrá toda la fuerza del negocio, que de todo ello te será vuelta;

mas ten cuidado de te la poner al tiempo que por tu calle pase

Selvago, y como lo veas venir, pondráste de manera en la fenestra que

pueda él verte la colonia; mirarle has al rostro desde que asome,

sin pestañear y partir los ojos dél, lanzando algunos pequeños

sospiros por espacio de algun tiempo, y con solo esto que hagas

verás maravillas; y áun te certifico que si en algo de lo dicho no

yerras, que le ha de hablar, y áun de tal manera, que tú conozcas la

operacion que habrá hecho en él el conjuro.

_Isab._ Plega á Dios, madre, que como dices sea, que en lo que á mí

toca yo lo cumpliré bien. Resta que me digas si falta otra cosa,

porque se te dé con lo dicho, que mi Cecilia lo llevará á tu posada

en veces.

_Val._ Por mi vida, que á tí he menester que me quites la vergüenza

en tanto pedir, aunque no querria que fuese tanto que nos hallásemos

al cabo con nada, boqui-abiertas, cantando: _Tres ánades, madre_.

_Isab._ ¿Qué dices, madre, que no te entiendo?

_Val._ Señora, lo que digo es que si se pudiesen haber algunas

blanquillas, que el conjuro iria más perfecto.

_Isab._ Dineros tengo, madre, no me tengas por pobre; mas dime qué

tanto montarán las blanquillas que dices.

_Val._ Yo te diré: el número de siete es el más perfecto entre todos

los números, y más dos sietes, y más tres, y por órden adelante en

donde quiera que hobiere cabal número de sietes; mas hágote saber que

el más de todo es siete sietes; sino, infórmate de los arisméticos,

verás cómo te digo la verdad.

_Isab._ Sin informarme te creo; por tanto acaba de concluir.

_Val._ Digo ansí, señora, que setenta ducados han de ser, ó setenta

reales, mas no será tan firme como lo primero.

_Isab._ Los setenta ducados te daré, y más si más pidieras, y áun en

oro, que pocos se hallarán por la ciudad al presente.

_Val._ Alto, señora, que si las tres tocan, se habrá de quedar para

mañana.

_Isab._ ¡Cecilia, Cecilia!

_Cec._ Señora.

_Isab._ Tráeme de mi recámara la saya blanca de grana y el manto que

me puse este domingo, quando fuí á ver á mi prima al monesterio.

_Cec._ Veslo aquí, señora.

_Isab._ El tocado ó crespina morada y los dos jarros de plata, que

los hallarás al suelo del arca encorada, traerás tambien.

_Cec._ Señora, ¿quieres hacer almoneda, que aquí lo traigo? Por el

tocado dan cinco blancas, y si vos habeis puesto de vendelle á quien

más diere por él, seguro le tengo, porque el caudal de la madre vieja

áun no llega á tanto.

_Isab._ Calla, mala landre te mate, que no es tiempo agora de reir,

sino cúbrete tu manto y debaxo lleva lo que pudieres desto adonde mi

ama Valera dixere. Tendrás aviso si alguno te preguntáre qué llevas

y por fuerza lo hubiera de saber, que digas que para que se adobe lo

llevas.

_Cec._ Señora, ansí lo haré.

_Val._ Señora hija, el dinero me puedes dar, las conservas no se te

olviden.

_Isab._ Ves aquí. Madre, el dinero; en otro camino llevará Cecilia

las conservas, que las tendré aparejadas.

_Val._ Pues yo me voy, la Madre de Dios quede contigo.

_Isab._ Ella te guie, madre mia.

Comedia llamada Selvagia, Comedia Serafina · 第 20 / 85 题