CENA TERCERA DEL PRIMER ACTO.

En que Flerinardo se levanta y pide á su criado Velmonte de

vestir, pasando con él muchas razones sobre el amor; viene

Selvago á le visitar. Flerinardo cuenta un sueño que dice haber

esa noche tenido, despues de lo qual Velmonte dice lo que á

todos esta noche con la música ha acontecido. Luégo Selvago y

Flerinardo se van cabalgando á ruar. Entre tanto Escalion va á

pedir cuenta á una mujer que tiene en el lugar público, sobre

lo qual riñen y pone él manos en ella, siendo luégo por un otro

rufian, llamado Hetorino, apartados. Introdúcense:

FLERINARDO. — VELMONTE. — SELVAGO. — ESCALION. — RISDEÑO. — LESBIA. —

HETORINO.

_Fler._ ¿Mozos, mozos?

_Velm._ Señor.

_Fler._ ¿Es de dia?

_Velm._ Más acertado fuera preguntar si era hora de comer.

_Fler._ ¿Qué me dices? ¿Por ventura estás loco, que, segun me parece,

no há dos horas que duermo?

_Velm._ El dicho está gracioso; como comenzases despues de amanecer

á dormir, poco más habrias dormido; mas porque me creas, mira por

esta fenestra y verás á Febo, como, por estar en medio de nuestro

horizonte, las terrestres sombras ha del todo disminuido.

_Fler._ Cierto ansí es como dices, en lo qual veo cómo se muestra en

mí el nuevo hábito que he profesado; que no solamente mis potencias

interiores, mas áun las costumbres exteriores en otras muy diversas

y diferentes ha trasformado; dame, dame presto de vestir, que no

conforma el descuido presente con el concepto que en mi ánimo se

muestra.

_Velm._ ¿Qué vestidos quieres, señor?

_Fler._ El jubon y calzas leonadas me conviene por la congoxa que me

atormenta. El sayo será el morado recamado de oro, pues mi ventura lo

ha querido. Asimesmo la gorra de la medalla de Cupido me darás, pues

ya por mi divisa le tengo.

_Velm._ ¡Oh, señor, y cómo perfectamente eres alindado y

gentil-hombre! De verdad que con más razon viéndote en un espejo de

tí te debrias enamorar, que aquel niño fermoso Narciso en la fuente,

como los poetas cuentan, que por no poder gozar de lo que amaba, fué

en flor de su nombre convertido.

_Fler._ ¡Ay de mí, que con todo eso delante de mi querida señora me

siento por más disforme que Tersítes, por causa de ser ella la summa

de hermosura y perfeccion seráfica que hasta hoy ha sido en el mundo

descubierta!

_Velm._ Dime, señor, ¿sufres afan en ser enamorado?

_Fler._ Por mi fe, que estás donoso en el preguntar. Dime, ¿de tan

torpe naturaleza estás formado que en mi apariencia no lo vees?

_Velm._ No tomes pasion que no lo digo por tanto; mas dime, ¿tomarias

de tu voluntad tu libertad primera si te fuese dada?

_Fler._ No por cierto, aunque con ella me rogasen, porque el amor es

de tal condicion que la pena que á sus súbditos da tiene dentro de sí

una delectable gloria y muy apacible descanso.

_Velm._ Pues ¿qué será la causa que siempre os mostrais ser

congoxosos?

_Fler._ Esto causa que todos los que aman son avaros, y porque los

ignorantes en el amor no le deseen, muestran tal apariencia, tiniendo

otra cosa en lo secreto encerrada.

_Velm._ De esa manera aunque os veamos quexar no os darémos crédito,

pues, como habemos dicho, es todo falso.

_Fler._ A pocas me habrias cogido á pelo, mas porque siento en tí

que no eres digno para que tales misterios manifestados te sean del

todo, te lo quiero encubrir, sino vé que me aparejen de comer, que

pues veo ser hora y yo tengo gana, no me será dañoso.

_Velm._ Señor, hecho está, quando fuéredes servido te puedes sentar.

_Fler._ Sea luégo, mas tú tendrás entre tanto cuidado de me hacer

aparejar el caballo blanco con el jaez de carmesí, que tengo de salir

luégo fuera.

_Velm._ Como lo mandas, señor, se hará. ¿Habeis visto cómo le así

de las piguelas quando me negaba que el amor no tiene especie de

pena? y á la verdad, si bien lo miramos, no dexaban de tener razon

sus palabras, porque el amor la pena que á sus verdaderos servidores

pone, siendo en sí rigurosa, dellos por gloria apacible es recebida;

donde se sigue que fuerza el cuerpo á que muestre en exteriores

señales su sér, que es penoso, puesto caso que el sentido goce de la

encubierta y engastada gloria. Por esta causa los de semejante tiro

tocados, mostrando mucha tristeza, están llenos de apacible descanso;

mas ¿qué digo yo? ¿este que aquí viene no es Selvago? él es cierto;

bien será irlo á denunciar á mi señor, que no creo le pesará de su

venida, y con razon pues siempre el médico fué apacible al enfermo.

¡Señor, señor!

_Fler._ ¿Qué dices, Velmonte?

_Velm._ En el zaguan se apea el señor Selvago.

_Fler._ Tan saludable sea para mí su venida como la de Cincinato al

afligido pueblo.

_Velm._ Vesle, ya entra.

_Fler._ ¡Oh señor Selvago, escusado habés mi ida á vuestra posada!

_Selv._ Por tanto vengo yo por quitaros de trabajo; mas ¿qué ha sido

la causa que no habeis hoy parecido por la iglesia?

_Fler._ No otro sino que habiendo toda la noche gastado en diversos

pensamientos, ya cerca de la aurora me vino un profundo sueño,

en el qual cosas maravillosas, aunque bien oscuras, me fueron

representadas; en esto, pues, gasté hasta poco más há de una hora, en

que he dado la refeccion quotidiana al cuerpo.

_Selv._ Pues, señor, ¿no nos dirés alguna cosa de lo que entre sueños

os fué demostrado?

_Fler._ Fácilmente se concederá lo que dices, pues el mesmo deseo

tengo yo para ver si de vos es entendido lo que á mí tan ajeno se me

hace.

_Selv._ Aunque por temeridad tengo pensar de entender lo que á vos

se muestra oscuro, todavía para ver su dificultad, deseo que me lo

esplaneis por entero.

_Fler._ Habeis pues de saber, señor, que no sería yo bien en aquella

imágen, que apropiada es á la muerte, convertido, quando la señora

que en captividad mi corazon tiene puesto, se me demostró con tanta

ira y enojo contra mí, quanta hermosura y beldad para con todos

tiene; yo, pues, con mayor temblor en mis miembros que la hoja seca

en el alto roble combatida del indomable Boreas, con mucha humildad

esperaba á qué muerte más severa me quieren condenar sus crueles

razones. Habiendo, pues, algun tanto mis muchos miedos considerado,

con algo más apacible rostro, desta manera me habló. ¡Oh tú, que por

tan mi verdadero captivo te has mostrado, forzando tu fuerza á la

que de mi parte te ha venido, demostrando asimesmo por palabra la

gran pena que en obra por mí padeces, como á la verdad eres digno

á que rigurosamente mi crueldad contra tu locura proceda, pues no

solamente violaste mi limpieza con tu dañado pensamiento, mas, áun

poniendo mi honra en condicion, te jactas y vanaglorias en á todos

manifestarlo; cierto de gran pena te has hecho digno, y no tanto

por lo ya declarado, quanto por tener voluntad de posponer mi amor

por el de aquella que otro que fraternal por ley humana y divina

es vedado, pues mira quien tal crímen cometió con qué cara pedirá

misericordia, pues cierto que con razon le será negada! Yo entónces,

puesto en grave congoxa por oir semejantes razones, vueltos mis ojos

en dos fuentes, de hinojos delante aquel seráfico aspecto me pongo,

pronunciando tales palabras, con abundancia de sospiros esmaltadas.

¡Oh gloria por quien la mia en rabiosa pena fué tornada, dulce y

apacible recordacion y memoria de mis trabajosos afanes, ruégote (si

rogarias en tu alto merecimiento tienen lugar) que si mi persona por

obra ó pensamientos maliciosamente tu soberano valor ha maculado,

solamente porque yo ignoro la culpa, por tí me sea demostrada, para

que, como fénix, yo mesmo de tu ofensa en mí ejecute la debida

venganza! Entónces ella, con rostro amoroso y apacible, me respondió

en esta manera. Por ver tu mucha contricion, y que áun el pecado no

se puso por obra, yo quiero por agora perdonarte; mas avísote que

mires por tí, que en gran peligro estás puesto, y más te digo, que

el mono mofador muy presto mudará su sér, y en manso unicornio será

convertido, perdiendo de tal manera su libertad, que sólo de coraje

en el filo de la muerte será puesto, donde por el mesmo que su pena

causára, la vida le será restaurada con muy crecido placer y soberano

gozo, de que no pequeña parte te vendrá. Pues dichas estas palabras,

subitáneamente de mi vista se desapareció, y yo de aquel profundo

sueño fuí libre.

_Selv._ Maravillosas cosas me habeis dicho, señor Flerinardo, y á

la verdad en gran turbacion por ello soy puesto; dado que de lo que

sea estoy bien ignorante, por lo qual será sano consejo privarlo de

la memoria; que por la mayor parte los sueños siempre son vanos, y

que el presente no lo sea y amenace trabajos, no por eso los debemos

sentir dos veces, agora con la recordacion, y despues con la obra.

_Fler._ Ansí es, señor, como decis; por tanto, si os parece, vamos

fuera, que ya es tiempo del ruar.

_Selv._ Sea quando fuéredes servido.

_Risd._ Señor Flerinardo, por cumplir lo que os prometí, sabed que

mañana tengo de ir con recaudo de mi señora Rosiana para Isabela; por

tanto ved qué me mandais que por vos haga, que de grado lo tomaré á

cargo.

_Fler._ ¡Oh mi verdadero amigo, y cómo nueva de tanto placer no me la

hubieras ya manifestado! Sabe que una letra tengo escrita; mira si

hay en tí osadía para se la dar.

_Risd._ Señor, con que vuestro nombre vaya dentro, á mí me place,

porque la daré debaxo de algun fingido color.

_Fler._ Así será como dices; y pues por aquí es el camino, quando

hobieres de ir te podrás entrar por allá.

_Risd._ Bien me parece; así se hará, señor.

_Fler._ Escalion, tú, Velmonte, quedaos en la posada con los criados

del señor Selvago; solamente Risdeño vaya en nuestro seguimiento.

_Esc._ Albricias te diera porque ántes habláras: alto como saeta que

de la ballesta sale, á la gualtería; me llego á ver el cayro que

mi puta Lesbia dende ántes de ayer ha cogido, que bien sé que ha

tenido feria con los gancheros de la maderada; pues ñégeme blanca,

que hago voto solemne á las cenizas del Ilion troyano si el diablo

sea bastante de la sacar de mis manos viva; héla, está á su puerta,

con mal ojo me mira, pues mándola yo que aunque le pese ha de hacer

virtud. Puta, enhorabuena esteis, si quisiéredes; ¿cómo os ha

pasado con la maderada? diréis vos, cada dia viniese; pues hágoos

saber que á buen tiempo llegó, que, como el vivir, he menester dos

escudos, en que tengo mi espada y broquel empeñado, que juro al santo

devoramiento de Jonas, un niño me sacase el alma si quisiese, pues

mira si es razon que habiendo yo hecho los escesos que tú bien sabes,

que ande las manos en el seno; por tanto, sin más me detener, me da

lo que te pido, que mi señor Flerinardo me podrá echar ménos en la

posada.

_Lesbia._ Por mi vida, Escalion, que tú vienes donoso cada dia con

tus pedidos y demandas; mas dime, ¿quál marimaderada, ó qué dices?

que así viva yo que no te entiendo.

_Esc._ Pues no os me hagais de nuevas, que es Dios mi señor, y no

creo en otro, si en él, bofeton os dé que el guante os dexe engastado

en lo profundo de los sesos.

_Lesb._ Quítate allá, Escalion; muestra tus fieros á quien no te

conozca, que viejo es Pedro para cabrero, y muy bien he visto hasta

dó llega tu lanza; una vez te hube menester, y en todo el mundo

pareciste, con tener contigo un tributo; fin tuvo, que cada dia se

llega el tercio; requiérote, ó que mudes la condicion, ó hagas cuenta

que no me conocistes, que por los huesos de mi madre, que pudren,

que si por tí no fuese, rufo hay en el pueblo que sin le dar blanca

alzase las manos á Dios porque yo le hablase, y áun no me faltaria

una faldilla cada dos meses de su parte, lo que de tí, de cuatro

años acá que te conozco, ni áun una sed de agua no he conocido, sino

pelarme las cejas, y áun sobre eso malas gracias.

_Esc._ ¿Qué es esto, puta? ¿de quándo acá os nacieron alas? ¿por

ventura ha andado Hetorino al oreja, que os igualais y teneis tanto

rallo? Pues requiéroos que luégo me deis lo sobredicho; si no, por

los bipereos caballos de la gorgona Medusa, cien pasadas en derredor

de esta casa haga temblar la tierra, en fin de lo qual tu persona con

la de todas tus vecinas sin redencion cruelmente se trague y consuma;

por tanto, porque desto seas libre, dame, vida, lo que pido, que en

tu servicio se ha de poner, y gastándolo yo, haz cuenta que tú lo

gastas.

_Lesb._ ¿Con qué? mala rabia me diese que me quitase la vida si yo

tal hiciere; y ¿por qué, malos años, por tus ojos los bellidos, has

de tener en mí cambio para que tú gastes con bellacas donde te se

antoja?

_Esc._ ¡Oh pesar de la terrible chimera, y que tal tengo de oir y que

no tome venganza de quien me ha causado tal enojo! mas, espera.

_Lesb._ Señores, señores, que me mata este rufianazo en mi casa.

_Esc._ ¿Rufianazo? bellaca, toma.

_Lesb._ ¡Ay, ay, ay! justicia de Dios sobre mí venga si no hiciera

que te carguen de leña, don cobardazo, que para mí tienes tú manos.

_Hetorino._ ¿Qué es esto, señor Escalion, y qué voces son éstas,

Lesbia, que das que decir á todo el barrio?

_Esc._ ¡Oh, señor Hetorino, sabed que me ha tratado muy mal de

palabras, que yo ántes me quebrára el ojo que poner manos en ella!

_Lesb._ ¿Así que esto ha de pasar con este desuellacaras?

_Het._ Calla, calla, Lesbia; no des cuenta á muchos, que te están

escuchando: vos, señor Escalion, íos de aquí, no se recrezca más mal

de lo pasado si viniere algun alguacil, al instante.

_Esc._ Sea como mandáredes, que, en fin, no se gana honra con una

mujer.

_Lesb._ Anda, anda, rufianazo; plega á Dios que á la puerta halles

quien te saque el alma.

_Esc._ ¡Oh pesar del mundo malo, y tal tengo de sufrir! Dexadme,

señor Hetorino, que no creo sino en Dios si tajadas no la hago á

puntillazos.

_Het._ No harás, por mi vida, sino que nos vamos, que viene gente.

_Esc._ Agora sea como quisiéredes; mas sabed que me haceis agravio,

que estas tales, si no es con su daño, no se pueden tolerar.

Comedia llamada Selvagia, Comedia Serafina · 第 17 / 85 题