En que Velmonte, criado de Flerinardo, dice á Escalion, compañero
suyo y gran panfarron, que le acompañe esa noche en un concierto
que con una moza tinie, donde no pudiendo con razones excusarse,
acuerdan los dos de llevar en su compañía tres criados de
Selvago. Lo que así acordado, habiendo dado algunas músicas, y
topado un alguacil que los puso en alboroto, á sus posadas tornan
á dormir. Introdúcense:
VELMONTE. — ESCALION. — SAGREDO. — RUBINO. — CARDUEL. — RISDEÑO. —
ALPINA. — ALGUACIL. — MOZA.
_Velmonte._ Haréisme merced, señor Escalion, por otra tal, que me
guardeis el cuerpo esta noche, porque tengo de hablar á cierta moza;
que ya sabeis que obras son veces, y que qual por mí tal por tí, y
que aunque uno sea rey, á veces ha menester á un rústico labrador;
dígolo porque, aunque yo para con vos sea muy poco, algun dia me
habréis menester. Y tambien, si teneis memoria, habréis oido decir
que la una mano lava la otra, y las dos al rostro, lo cual significa
que los que de una comunidad son, en el tiempo necesario se han de
favorecer.
_Escalion._ ¡Oh señor Velmonte, y qué mal viaje sería el nuestro
de esa manera! No esteis en que más seguro iréis solo que en mi
compañía, que yo juro por la metafísica de Aristótiles, el menor de
toda la ciudad no sabria mi salida quando en el camino nos pusiesen
treinta celadas de parientes y amigos de hombres que yo he privado de
la vida; pues viéndose mi vigoroso brazo en tal aprieto, ¿qué ha de
hacer sino despedazar dos ó tres docenas dellos, de do se siga alguna
revuelta, que fuera mejor habernos estado en casa? De mí, que diga
que no, todavía me pesa enviar tantas ánimas de fieles al purgatorio:
demas desto, mi confesor otra cosa no me encarga sino que tenga
conciencia de los huérfanos y viudas que por mi causa padecen gran
laceria en toda Europa.
_Velm._ Para eso buen remedio: no se dé quenta de nuestra salida, y
así no habrá lugar lo que decis.
_Esc._ ¡Oh qué donoso caso! Por el santo martilojo de peapá, el
diablo se trasformaria en alguna persona y lo manifestaria, quando
otro faltase, por el provecho que dello le podrie venir. Mas mejor
será, pues todavía estais en que hagamos este camino, que fuésemos
sin espadas, porque no haya, aunque se ofrezca, causa en algun
rompimiento.
_Velm._ Tan de culpar es por cierto dar cinco de corto como de
muy largo, que desa manera en manifiesto peligro nos pondriamos,
especialmente en semejante negocio; de mi parte os digo que mi espada
de noche me es buena compañera, la qual en ningun tiempo dexaré.
_Esc._ Pues que así os parece, hágase otra cosa que se me
representa acertada, la qual es que nos vamos por la posada de
Selvago, y llevarémos los dos criados con Carduel, su paje, que
llevando su guitarra, miéntras vos hablais con la dama, no sonará
mal un chistecico de aquel rapaz, que, segun he sabido, canta
maravillosamente.
_Velm._ ¿Pues y los dos criados á qué han de ir allá, que es dañoso
tanta gente en tal caso?
_Esc._ Andá, que todos somos amigos, y miéntras más moros más
ganancia, quanto más que serán menester para que me tengan á que no
haga tajadas á todos los que pasaren, que vos y el paje érades poco
para mis grandes fuerzas.
_Velm._ No me medre Dios si éste no es un gran panfarron cobarde, que
porque no le asienten el guante, si tiene algun enemigo, pone tantas
escusas.
_Esc._ ¿Qué dices, Velmonte, que no te entiendo?
_Velm._ Digo que sea como te parece.
_Esc._ Alto, pues, vamos luégo.
_Velm._ Pues toma tu espada, y mira si quieres una rodela, que allí
están dos.
_Esc._ No quiero sino el espada, que ella y la capa harán lo que
convenga.
_Velm._ Alto, pues, sin detenernos vamos fuera.
_Esc._ Con pié derecho, que el corazon me da que tengo de rebanar
alguno ántes que á la posada vuelva.
_Velm._ Por aquí, por San Cristóbal, echemos, que es el mejor camino.
_Esc._ Sea por do quisiéredes; mas, decid, ¿quién son los que están á
la puerta?
_Velm._ Vuelve, vuelve, no huygas, Escalion, que no es sino Risdeño
el enano, que toma aire á la puerta.
_Esc._ ¡Oh pesar del terrible Nembroth, que así has de afrentar la
persona, como si fuese quien quiera, diciendo que huyese! Va la
persona á ponerse á la calleja por asegurar sus espaldas pensando que
tiene los enemigos á ojo, y ultrájasme dese modo.
_Velm._ Perdóname, que pensé que por otra causa lo hicieses.
_Esc._ Bueno está el pensé, por vida de mi agüela la tuerta; pues
dime agora, ¿por un pensamiento que tenga has de lastimar la honra de
un hombre como yo? reniego de los huesos de Brumandilon, mi padre, si
una cuchillada en la cara no sufriera mejor que tal ultraje; cómo, ¿y
hombre soy yo que tengo de huir?
_Velm._ Acaba ya, que pues te pido perdon y conozco mi yerro, no
soy á más obligado; mira que ya vienen aquí los criados de Selvago,
Rubino y Sagredo, que nos deben haber conoscido; no se les diga lo
pasado, que sé que me culparán, porque te conocen bien.
_Esc._ Destos he yo menester, que de presto los torno bobos haciendo
del cobarde esforzado.
_Rubino._ ¡Oh, señores, qué buena venida es ésta á tal hora!
_Esc._ El señor Velmonte nos ha menester á todos esta noche, y á
Carduel con su guitarra, que todavía nos darémos una buena holgadura.
_Sagredo._ Alto, voto á Mares, que yo llevaré tambien mi ruiseñor,
que no sonará mal con la guitarra.
_Esc._ Pues haced llamar al paje.
_Sagr._ Veisle aquí do viene con Risdeño, que él nos entró á decir
cómo veníades.
_Risd._ ¡Oh mi amigo Escalion! no quiero perder un abrazo.
_Esc._ Eso como mandéredes, que yo soy el que gano.
_Risd._ Ántes estais en eso engañado, que porque abaxándoos me
hiciésedes acatamiento os abracé.
_Esc._ Aunque eso sea, soy á más obligado; mas decidme, señor
Risdeño, ¿quereis ir á dar una vuelta por la ciudad en la compañía?
_Risd._ ¿Y si llama Selvago entre tanto?
_Carduel._ De eso bien seguro que ántes del alba será la vuelta.
_Risd._ Sea pues, que, en fin, por llevar con vosotros á quien os
defienda de quien os enojáre, me habeis sacado de mis casillas.
_Velm._ Pues, señor Carduel, ¿está buena la guitarra?
_Card._ De verdad que hoy la encordé, porque tenía pensado de ir á
dar una gateada al alba en cierto cabo; empero, pues viene á cuenta,
no sabrá mal en el primer sueño.
_Risd._ ¿Cómo, Carduel? ¿eres por ventura enamorado?
_Card._ Sí, por cierto, que no lo negaré, y áun en cabo que me siento
por muy dichoso.
_Risd._ Ya, triste de vos, padre, ¿no considerais el caso? á quien no
pusimos vida va con chapines á misa. Pues dime, ¿qué ves en el mundo,
que te cuentas por enamorado?
_Card._ ¿Qué tengo de ver? ¿Soy algun enano como vos para no sello?
_Risd._ Ya duelos le dé Dios al camaron de alberca; decí, ¿no os
parece que cual soy tengo mejor disposicion para serlo que vos, que
áun no sois, como dicen, fuera del cascaron?
_Card._ Si por cierto, y áun para chirriar de una jaula como tordo.
_Risd._ ¿Pasais por esto? ¿No veis qué dice? al fin fin que tantas á
Pedro como á tu amo, cada ruin zapato há lazo; pues no medre yo si á
mi señor no lo dixere cómo ya andais emputecidillo.
_Card._ Señor Escalion, ruégale por tu salud que no se lo diga, que
dirá al mayordomo que me azote.
_Esc._ Señor Risdeño, por mi vida, que no lo has de decir.
_Risd._ No me lo ruegues, señor, que aquel rapacillo no se ha de
igualar con un hombre barbado como yo.
_Velm._ Por mi fe, que lo has de callar, porque te lo ruego yo.
_Risd._ Ora si él me pide perdon de rodillas y me besa la mano, soy
contento; si no, bien será escusado.
_Esc._ Hazlo, señor Carduel, que por vida de mi amiga, otro tanto me
pasó á mí este dia con él por mandado de mi señor Flerinardo.
_Card._ Alto, que sí haré.
_Risd._ Pues con mucha contriccion.
_Card._ Señor Risdeño, yo os pido que me perdoneis si de mis palabras
recebis enojo.
_Risd._ Alto, que yo os perdono; levantaos, hijo.
_Esc._ Hi, hi, hi, pese á la puta que me parió, señor Risdeño, qué
gracioso eres; sús, alto, vamos de aquí, que las doce han dado.
_Velm._ Ea tú, señor Carduel, toca la guitarra, veamos en qué mundo
vivimos.
_Esc._ Por el dorado vellocino de la Reina de Nápoles que va divino,
y áun el ruiseñor no suena mal. Por vida de tus amores, señor
Carduel, que digas una coplita de las que sueles.
_Card._ De tal manera me conjurastes, que me conviene hacello.
_Esc._ Sea, pues aquí no será en vano, que una mochacha me suele
mirar quando de dia paso por aquí, y no de mal ojo.
_Card._ Callad pues:
_Ojos garzos há la niña,
¿Quién se los enamoraria?_
Es tan linda y tan hermosa
La niña con su mirar,
Que causa pena rabiosa;
Sólo por la contemplar,
A todos quiere matar
Con sus ojos de alegría
¿Quién se los enamoraria?
_Esc._ Por la temerosa figura de la serpiente Hidra, con mayor gracia
y más al propósito no vi cosa decir en toda mi vida; dome á Dios,
Carduel, si mujer me hallára, si por tí yo no perdiera oyendo las
gargantas que tu tan deleitosa voz levanta, matizadas con la bien
ordenada música cordial que tus dedos componen.
_Risd._ Agora digo que con razon eres enamorado, Carduel.
_Card._ ¿Qué os parece, señor Risdeño? pues sabed que ello y yo
estamos prestos á lo que os cumpliere.
_Velm._ Aquí es el lugar; bien podeis, señor Carduel, cantar alguna
cosita buena.
_Card._ Luégo se hará, habiendo conocido bien la estancia; ¡ay si nos
oyen, con paciencia, no nos envien por colacion algunas lágrimas de
Moysen ú sopas de arroyo!
_Velm._ Señor Escalion, allegaos un poco más comigo, por merced.
_Esc._ El señor Rubino irá, que quiero gozar de la música.
_Velm._ No hace al caso, quédense los dos, que si algo fuere
menester, cerca es; un silbo lo puede hacer todo.
_Esc._ Sea como mandáredes.
_Velm._ De verdad, que bien digo yo que de cobarde tiene Escalion más
que de esforzado, que ansí con la música se escusó de llegarse aquí
comigo. Mas, ¿qué digo yo? ¿es mi señora Alpina la de la fenestra?
Ella es, cierto; ¡oh mi muy amada señora! mirad lo que ordenais deste
vuestro criado que por vuestro mandamiento aquí es venido.
_Alpina._ ¡Oh mi señor Velmonte! rato há que os estoy esperando;
decidme, señor, ¿traésme los botines que me mandastes?
_Velm._ Mi vida, aquí vienen, ved qué quereis que se haga.
_Alp._ Señor, que deis una vuelta, porque hay ventanas, y de presto
os entraréis, que yo tendré la puerta como conviene, que ya todos los
de casa duermen.
_Velm._ Como mandais, señora, se hará. ¡Oh Velmonte, cómo este dia
con piedra blanca le has de señalar, pues tan presto gozarás de tan
buena y desenvuelta mochacha! La puerta me parece que abre, á la
Magdalena me encomiendo.
_Alp._ Paso, señor, mirad no hagais estruendo, que duermen aquí cerca
los mozos, no nos sientan.
_Velm._ Mi vida, así será como decis.
_Alp._ Por mi vida, que vuestras obras no concuerdan con vuestras
palabras; mas decidme, ¿aquellos que allá fuera tañen vienen con vos?
_Velm._ Mi señora, sí, que amigos son todos, y áun os digo que está
allí un rapaz que canta maravillosamente.
_Alp._ Oid, oid, que por mi salud ya cantan.
_Card._
_¡Oh qué gozo tan gozoso,
Cómo goza mi sentido
Gozando de ser querido!_
_Velm._ ¡Dome á Dios, y cuán á proposito ha cantado!
_Alp._ ¡Oh qué gracioso rapaz! por cierto que parece que los ángeles
cantan con él.
_Velm._ Oiga, ¿qué dice la vuelta?
_Card._
Ya mi gozo se ha gozado
Con el gozo que buscaba;
Gozoso y regocijado,
Del sumo gozo gozaba;
Este gozo me causaba
Que se goce mi partido
Gozando de ser querido.
Quien goza de gozo tal,
Con gozo debe mostrarse,
Que gozar de gozo igual,
Sin gozo puede gozarse,
Y pues gozo puede darse
A mi gozoso partido,
Gózese siendo querido.
_Risd._ Por mi vida, Carduel, que juegas lindamente de vocablo;
mas por me hacer merced que digas una copla á una moza que está en
aquella ventana.
_Card._ Por serviros, señor Risdeño, más que eso me profiero hacer.
_Risd._ La voluntad os tengo, señor, por servir; mas haced lo que
agora os ruego.
_Card._
¡Oh ventana muy dichosa,
Cómo fué tal tu ventura,
Que gozes, sin sentir cosa,
D’una dama tan graciosa
Y de tanta hermosura!
¡Oh si yo tú me volviera,
Y me quedára sentido,
Cómo muy dichoso fuera,
Porque así gozar pudiera
De los gozos de Cupido!
_Esc._ ¡Oh Carduel, qué bien lo haces! juro al bendito rosario de
Santa Marta, que de presente y tan al propósito no vi en mi vida
mejor cosa; ¿qué dices en esto, señor Risdeño?
_Risd._ Digo que tenés razon; mas oidme un poco, veréisme requebrar
con la dama, que no será de poco pasatiempo.
_Esc._ Vé presto, por tu fe, Risdeño, que de cosa no holgaré más que
de oirte; mas mira que rajes largo.
_Risd._ A mi cargo. Despues que mis ojos con temeraria osadía (norte
de mi procelosa vida) miraron tu divina y angélica figura, de tal
manera quedaron captivos, que más un punto de libertad no han tenido;
¡oh, pues, mi verdadera señora! pídote humildosamente que me digas,
pues jamas pensé sino en te servir, por qué así con tanta crueza
me quieres de contino tratar. ¿No sabes que en me dar la muerte
pierdes un siervo muy leal á tu servicio, y que más que quantos viven
firmemente te ama? mas, pues de tu acostumbrada crueza quieres usar,
yo te ruego que del todo me des la muerte, porque con ella reciba el
descanso que viviendo tan perdido tengo; de lo qual, si bien miras en
ello, no te viene otro provecho sino adquirir en tu soberano valor un
pernicioso renombre de violenta matadora del que con mayor lealtad
jamas sirvió á Cupido.
_Moza._ ¿Quién es vuestra merced, señor, que en verdad á nadie veo,
que no sé si habla alguna piedra?
_Risd._ Deso reniego yo, mi señora, que mi flaco merecimiento delante
de vuestro soberano merecimiento sea nada y en tal por vos siempre
tenido.
_Moz._ Por mi fe, señor, que estaba yo bien ajena que así por mi
causa alguno tan perdido estuviese; mas mirad, señor, que por ventura
estais engañado, y no soy quien vos pensais.
_Risd._ ¡Ay mi señora! por mi vida, no me deis tales disfavores,
que no tendré poder para los sufrir, que habiéndoos tanto tiempo
servido, á manera de desden me digais que no sois vos la que sin vida
viviendo me hace andar; que si mi intencion ántes de agora no os he
descubierto, no ha sido sino por temor de os enojar; verdaderamente
os digo, mi señora, que si las penas que por vos he padecido y de
cada dia padezco del todo os fuesen demostradas, no dudo sino que
concederíades en mi ruego, movida solamente de piedad de mis ansiosas
querellas y penosos trabajos.
_Moz._ Pues que así es, señor, que tantas penas por mis amores habeis
pasado, haced dos cosas que os diré, y con ellas podréis salir de
pena.
_Risd._ ¡Oh mi señora, y cómo me puedo llamar dichoso, pues algo me
quereis mandar! por tanto decid, señora, que mil haré, quanto más dos.
_Moz._ Lo uno es que me digais quién sois, y lo otro que os caseis
comigo, que de otra manera será escusado; que de verdad os digo que
estotro dia me traian al sacristan de mi lugar, y áun por bien poco
se dexó de efectuar, que no fué sino que él ni sus padres ni los
mios quisieron; por tanto, ó me responded concediendo, ó partíos de
mi puerta, que no parece bien las mozas como yo estar á tal hora
hablando con quien no conocen.
_Esc._ ¡Oh pese á rus con la zuratica! ¿no la ois? de casamiento
habla y que no se dará ménos.
_Card._ Bien vendrá, mas oid qué responde Risdeño.
_Risd._ El mayor beneficio que mi ventura me pudie hacer es el
presente; por tanto, señora, en lo que decis del casamiento, yo me
siento por muy dichoso; en lo decir quién soy, para allá dentro lo
guardo; por tanto mirad cómo quereis que se haga.
_Moz._ Señor, primero me lo habeis de decir y jurar que me tomaréis
por esposa, que no querria que me engañásedes.
_Risd._ ¡Oh perla, cómo eres graciosa! Y no quiera Dios que á quien
yo tanto quiero engañe; por tanto méteme allá, que á voces no lo he
de decir.
_Moz._ Señor, haré lo que decis; pero la entrada no hay otra si no os
atais en una soga que yo os echaré, y con mi ayuda y vuestra ligereza
subais; mas hagoos cierto que no estais acá muy seguro, porque si
los dos hijos de mi señor nos oyen, no os podréis librar bien si no
sentis en vos fuerza para contra ellos.
_Risd._ Deso, señora, no tengais pena, que aunque los contrarios
fuesen siete armados de corazas y capellinas, para el mundo que me
tiene, mozo tenés delante, que á todos hiciese cara y los quitase los
despojos; por tanto no dubdeis de echar la soga.
_Moz._ Señor, pues una cosa os encomiendo, que de dos mancebos que
son los hijos de mi amo, al menor en ninguna manera hagais mal,
porque me dió una sortija de plata y le quiero yo mucho.
_Risd._ Pues, entrañas mias, pídoos de merced que primero vais á
fregar, porque si de fuerza lo habeis de hacer, hecho estará ántes
de mi subida, y más porque no lo sientan los que allí hácia nosotros
vienen, que me parece mucha gente.
_Esc._ Gente y mucha, pese á Mars; alto, piés hácia la posada, dad al
diablo cuenta con serranos.
_Card._ Espera, espera, Escalion, que la ronda es.
_Alguacil._ ¿Quién sois, gentiles hombres? ¿qué armas traeis?
_Risd._ ¡Oh señor Nava, vuestra merced es y así desconoce á sus
servidores!
_Alg._ ¡Oh señor Risdeño, y á tal hora por aquí!
_Risd._ Señor, salimos á pasear un poco yo y mis compañeros por coger
el aire.
_Alg._ Bien me paresce, mas ¿quién era el que huyó denántes?
_Risd._ Escalion, el criado de Flerinardo, que, como tiene tantos
enemigos, no fiándose en nosotros, quiso acogerse á sus piés.
_Alg._ No me habien dicho eso á mí dél, pero cosas son que
acontescen; vos, señor Risdeño, ¿tenés necesidad de nosotros?
_Risd._ Yo tengo de serviros, señor.
_Alg._ Pues á Dios, caballeros.
_Risd._ Con él vayais, señores.
_Esc._ ¡Ay, ay, desdichado, que cerca vienen, muerto soy! ¡Jesus,
Jesus, confision! ¡oh, qué cortado voy, válame Dios, de la muerte! de
cierto en los piés no me puedo tener, la muerte tengo ya tragada. ¡Oh
desdichado de tí, Escalion, á qué te ha traido tu ventura! quiérome
arrojar en esta mazmorra que aquí está abierta, pues ya mis piernas
no tienen poder para más huir. Mas áun no asoman los enemigos, sin
dubda á mis desventurados compañeros deben de estar destrozando, ¡oh
desventurados de vosotros, y quán afortunado fué vuestro nascimiento,
pues tan mal habréis logrado vuestra alegre juventud! Agora el
diablo creo me hace á mí blasonar de las armas, y siendo más cobarde
que una gallina, lo qual por un cabo es bueno, porque siquiera me
tengan en algo; mas doy á la mala rabia tenida que por ella habeis
de andar siempre la barba sobre el hombro, y estar obligado á que
ninguno en toda la ciudad haga desafío que por compañero ó padrino
no os convide, donde en diez años que en esto he andado, he sacado
de barato este relativo, ó rascuñillo de veinte y cinco puntos que
tengo de oreja á oreja, y tres veces apaleado, y quiera Dios que esta
noche no quede la vida por las costillas. Mas ¿qué digo yo? si tras
mí vinieran, ya hubieran llegado; sin duda por la otra calleja se
fueron, y si esto es ansí, y mis compañeros quedaron libres, en el
mundo no me conviene parar; mas, empero, buena escusa será llamar á
Velmonte diciéndole que riñen los compañeros; buen consejo es, allá
vuelvo, mas no sea el diablo que me engañe, mas todavía quiero ir,
que allí pienso que está. ¡Hola, hola, señor Velmonte, que matan á
nuestros compañeros, pese al mundo, que nosotros y vos enhoramala acá
venistes esta noche!
_Velm._ ¡Oh mi señora Alpina! ¡á Dios quedeis, que voy á ver qué sea
esto!
_Alp._ ¡Oh señor, no salgais, no os acaezca alguna desventura!
_Velm._ Dexadme, señora, que mal haria que viniéndome acompañar se
viesen en algun peligro y no los favoreciese.
_Alp._ Pues á Dios vais, que en gran fatiga quedo; tomá, que se queda
la rodela.
_Velm._ ¿Qué es esto, Escalion?
_Esc._ Andad, que allá lo veréis; echad mano, que así conviene
muramos como hombres; échense esas lanzas en los pozos.
_Velm._ ¿No diréis qué es?
_Esc._ Treinta hombres, que bien lo decia yo ántes.
_Risd._ ¿Para quién, Velmonte, para quién?
_Velm._ ¿Que no estais todos muertos, que así me lo dixo Escalion?
_Risd._ Anda, calla, era nada, el alguacil y dos porquerones que van
rondando, fuéronse en conociéndome.
_Esc._ ¡Oh pesar de la leche que mamé, y tal me decis! Dexadme, que
yo haré á nada, que no me ponga otra vez á mí en alboroto.
_Velm._ Dexalde al cobarde, que no hayais miedo que mate moro.
_Risd._ Pues que si le vieras ir voceando, que parecia que ciento
iban tras él.
_Esc._ Quiero volverme y decir que no los hallé; mas ¿qué rodelas
y espadas son éstas? sin duda algunos huyendo de la justicia, como
acontece, las arrojaron en este portal para volver por ellas; de
molde me vienen, que diré que dexo á sus dueños mal heridos. ¡Oh,
descreo de la hórrida barba de Caron, y cómo por tener piés los demas
se escaparon, que ellos conoscieran quién es Escalion!
_Velm._ ¿Qué es esto, Escalion? ¿qué rodelas y espadas son ésas?
_Esc._ ¿Qué ha de ser, pese al mundo? mis cosas que no pueden dexar
de ser.
_Risd._ Cuéntanos, Escalion, por tu fe, lo que ha pasado.
_Esc._ Habeis de saber que, como fuese tras el alguacil como vistes
allá abaxo, salieron docena y media de hombres á mí, y como yo
iba enojado, por la ganzúa y tinacetas del buen ladron, no hice
dellos más caso que si uno ó dos fueran; pues doy tras ellos tan
denodadamente, que al primero maté y el segundo no habló más; los
otros, por presto que quise ir á ellos, con miedo de mis regurosos
golpes, tomaron las de villadiego, que fué parte para les dar la
vida; yo por guardar mi costumbre, que es gozar del despojo de los
vencidos, les tomé las armas que veis.
_Risd._ ¿Es posible eso, Escalion?
_Esc._ Posible, por vida del turco, andad comigo; vellos heys que no
bullen pié ni mano con dos heridas terribles, que Héctor ni áun su
hijo Astianax, el que Ulíxes despeñó de una torre, no las hicieran.
_Risd._ Dalo al demonio, vámonos á la posada, no nos echen á todos la
culpa.
_Esc._ ¿Qué echar culpa? ¿no estoy yo aquí? que sabida la verdad, el
mismo Corregidor dirá que vayan con los muchos, porque tomar de mí la
enmienda sería echar á perder el reino todo.
_Velm._ Vámonos, por vuestra vida, Escalion, que todavía es bueno
ponernos en salvo.
_Esc._ Sea así, pues lo quereis.
_Risd._ Decidme, Escalion, por vuestra fe, ¿cómo nos dexastes
denántes quando el alguacil?
_Esc._ Ya no más; sabed que yo, con la música, estaba un poco
dormido, y despertando á deshora, semejóseme que treinta hombres
nos iban á matar, y porque no me hallasen de sobresalto, desviéme
para echar mano y ponerme como convenia, y así ansí, acordándome de
Velmonte, fuíle á llamar porque todavía hiciera su parte.
_Risd._ Agora bien está, aquí nos podemos despartir y cada uno á
su posada se vaya á dormir lo que de la noche queda; en lo de los
muertos nadie hable palabra, que no sabiéndose el matador todavía no
tenemos peligro, lo que si se sabe es al contrario.
_Velm._ Sea pues; señores, por este suceso se pierde la colacion, mas
otro dia se vendrá, señor Carduel, yo serviré las mercedes.
_Card._ Servicio y pequeño. Señor, Dios os guie.