Las armadas de los atenienses y peloponesios van al Helesponto y se
preparan para combatir.
En esta misma época, los peloponesios que estaban en Mileto conocieron
claramente que eran engañados por Tisafernes, porque ninguno de
aquellos a quien él había mandado, cuando partió para ir a Aspendo, que
pagasen a los peloponesios su sueldo, les había dado nada, y además no
había noticia alguna de la vuelta de Tisafernes, ni de los barcos que
prometía traer de Fenicia; por el contrario, Filipo, que había ido con
él, escribía a Míndaro, capitán de la armada, que no tuviese esperanza
en los buques, y lo mismo había escrito un espartano llamado Hipócrates
que estaba en Fasélide.
Por esta causa, siendo los soldados solicitados o sobornados, y
apremiados por Farnabazo, el cual deseaba con el favor de la armada
de los peloponesios, hacer rebelar todas las villas que tenían los
atenienses en su provincia, como lo había hecho Tisafernes, Míndaro,
capitán de la armada, hizo liga con él, esperando que le iría mejor que
con Tisafernes.
Para hacer esto más secretamente, antes que los atenienses que estaban
en Samos lo supieran, con la mayor diligencia que pudo partió de Mileto
con setenta y tres trirremes e hizo rumbo hacia el Helesponto, a donde
aquel mismo verano habían ido otros doce, los cuales ejecutaron muchos
asaltos y robos en una parte del Quersoneso.
Estando en el golfo de Quersoneso, sobrevino una tormenta que le obligó
a acogerse a Ícaro, y allí estuvo esperando que la mar se sosegase para
después ir a Quíos.
En este tiempo Trasilo, que estaba en Samos, fue avisado de que Míndaro
había partido de Mileto, e inmediatamente partió con cincuenta
buques a toda vela para llegar el primero al Helesponto. Mas sabiendo
después que la armada de los enemigos estaba en Quíos, y pensando
que se detendría allí algunos días para tomar provisiones, metió sus
espías en la isla de Lesbos, y también en la tierra firme, que está en
frente de la isla, para que los enemigos no pudiesen pasar sin ser de
ello advertido; y él, con el resto de la armada, fue a Metimna, donde
hizo tomar harina y otras vituallas para ir de Lesbos a Quíos si los
enemigos se detuviesen allí algún tiempo.
También quería ir a la ciudad de Éreso, para recobrarla si pudiese,
porque se había rebelado contra los lesbios por intrigas de algunos
desterrados de Metimna, que eran de los principales de la ciudad,
los cuales, habiendo llamado de la ciudad de Cime hasta cincuenta
buenos hombres de sus amigos y aliados, y pagados trescientos soldados
de tierra firme al mando de un ciudadano de Tebas que ellos habían
escogido por la amistad y alianza que tenía con los tebanos, fueron por
mar derechos a Metimna pensando entrar por fuerza; pero su empresa no
tuvo efecto, porque habiendo entrado allí los atenienses que estaban
en Mitilene de guarnición, acudieron súbitamente en socorro de los
ciudadanos, y combatiendo contra estos desterrados, les obligaron otra
vez a salir de la ciudad de noche, yéndose a Éreso, donde hicieron por
fuerza que les recibiesen y se rebelase contra los mitilenios.
Llegado allí Trasilo con toda su armada, se preparaba para acometer la
villa; por su parte Trasíbulo, que había sido avisado en Samos de la
ida de los desterrados a Éreso, llegó también con cincuenta naves, y
además habían ido otros dos buques que estaban en Metimna, reuniéndose
en número de sesenta y siete, que llevaban gente e ingenios para tomar
a Éreso.
En tanto que esto pasaba, Míndaro, con los buques peloponesios,
habiendo hecho provisión de vituallas por espacio de dos días en Quíos,
y recibido la paga de sus soldados, que les dieron los de la villa;
es a saber, cuarenta y tres dracmas por cada uno, tres días después
desplegó velas, y por temor de encontrar los barcos que estaban en
Éreso, salió a alta mar, dejando la isla de Lesbos a mano izquierda, y
navegando cerca de tierra firme hasta llegar a la villa de Carteria,
que está en tierra de Focea, donde comió con su gente.
Después de comer pasaron a lo largo de la tierra de Cime, y fueron a
cenar a la villa de Arginusas, que está en tierra firme enfrente de
Mitilene.
Cuando hubieron cenado, navegaron la mayor parte de la noche, de tal
manera, que llegaron casi a mediodía a Harmatunte, villa en tierra
firme, frente a Metimna, donde comieron apresuradamente.
Después de comer, pasando cerca de Lecto, de Larisa, y de Hamáxito,
y de otros lugares de esta región, llegó a Reteo, donde comienza el
Helesponto, casi a media noche, parte de la armada, y la otra parte a
Sigeo, y a los otros puertos vecinos.
Los atenienses que estaban en Sesto con diez y ocho buques, viendo
que sus atalayas les hacían señales con fuegos, y lo mismo otros
muchos fuegos que hacían a la orilla de la mar, conocieron que los
peloponesios habían entrado en el golfo de Helesponto, y embarcáronse
aquella misma noche dirigiéndose por el Quersoneso hacia Eleunte,
pensando por esta vía evitar, y desviarse de la armada de los enemigos
y salir a alta mar; y en efecto, pasaron con tanta diligencia, que los
diez y seis buques que estaban en Abido no los vieron, aunque tenían
orden de los otros peloponesios para que los atenienses no pasasen sin
que ellos lo supieran.
Cuando apareció el alba vieron los barcos de Míndaro, y sin pérdida
de momento, se pusieron en huida, no saliendo todos a alta mar, antes
parte ellos se refugiaron en tierra firme, y algunos otros en Lemnos.
Cuatro de ellos que quedaron de los últimos, fueron presos cerca de
Eleunte con las gentes que estaban dentro, porque encallaron junto al
templo de Protesilao. También cogieron dos buques vacíos, porque los
que estaban dentro se salvaron, y quemaron otro vacío, que también
habían preso.
Hecho esto, y habiendo juntado, así de Abido como de otros lugares,
hasta ochenta y seis trirremes, fueron derechos a Eleunte, pensando
tomarla por la fuerza; mas viendo que no había esperanza de ello, se
dirigieron a Abido.
En este tiempo los atenienses, pensando que la armada de los enemigos
no podría pasar sin que lo supiesen, estaban siempre delante de
Éreso, y hacían sus preparativos para atacar la muralla. Mas cuando
supieron que los otros habían pasado, abandonaron el cerco, se fueron
con toda diligencia hacia el Helesponto para socorrer a sus gentes, y
encontraron dos buques peloponesios que habían seguido con demasiado
empeño a los otros atenienses, los cuales tomaron.
Al día siguiente de mañana llegaron a Eleunte, donde recogieron los
otros buques que habían escapado del encuentro de Imbros, refugiándose
allí, y por espacio de cinco días hicieron sus aprestos para el
combate; después de lo cual libraron la batalla en la forma siguiente: