XIII.

Victoria de los peloponesios contra los atenienses cerca de Eretria.

-- El gobierno de los cuatrocientos queda suprimido y apaciguadas las

discordias.

Estando en el día señalado el pueblo junto en el templo de Baco,

antes que se propusiese alguna cosa, llegaron noticias de que habían

partido cuarenta y dos naves de Mégara para ir a Salamina al mando de

Agesándridas, lo cual pareció al pueblo ser en efecto lo que Terámenes,

y los que le seguían habían dicho antes, que la armada de los enemigos

vendría derecha a la muralla que se edificaba, y que por esta causa era

conveniente derribarla.

Sospechaban que Agesándridas se detendría de intento alrededor de

Epidauro y de los lugares circunvecinos, sabiendo la agitación en que

estaban los atenienses a fin de poner en ejecución alguna buena empresa

si veía oportunidad para ello.

Los atenienses al saber estas noticias corrieron al Pireo, temiendo la

guerra delante de su puerto más que si estuviera en otra parte lejana.

Por esta causa unos se lanzaron dentro de los barcos que estaban

aparejados en el puerto, otros aparejaban los que no estaban a punto, y

otros subían sobre los muros que estaban a la entrada del puerto para

defenderle.

Pero los buques peloponesios habiendo pasado de Sunio, tomaron su

camino entre Tórico y Prasias, y fueron a anclar en Oropo.

Los atenienses reclutaron inmediatamente los marineros que hallaron

dispuestos, como se acostumbra hacer en una ciudad que está en guerras

civiles, para impedir el gran peligro de los enemigos. Porque todo el

socorro que ellos recibían entonces era de Eubea.

Estando el lado de la tierra ya ocupado por los enemigos, enviaron a

Timócrates, con los buques que pudieron entonces armar, a Eretria.

Al llegar allí, teniendo en todo treinta y seis trirremes con los que

estaban antes en Eubea, viose obligado a combatir. Porque Agesándridas,

habiendo ya comido, partió de Oropo, y venía la vuelta de Eretria, que

dista de Oropo sesenta estadios por mar.

Viendo, pues, los atenienses que llegaba la armada de los enemigos

en orden de batalla contra ellos, enviaron inmediatamente sus naves,

pensando que los soldados les seguirían en seguida, pero estos estaban

esparcidos por toda la villa para hacer provisión de vituallas,

porque los ciudadanos habían maliciosamente encontrado manera de que

no llegasen provisiones para vender en la plaza, a fin de que los

soldados, ocupados en buscar provisiones por la villa, no pudiesen

embarcarse a tiempo, y los enemigos les cogieran descuidados. Además

habían convenido con los enemigos hacerles señal cuando viesen la

oportunidad de acometer los buques atenienses, lo cual hicieron. No

obstante todo esto, los atenienses que estaban en los barcos dentro del

puerto contuvieron un buen rato la fuerza de los enemigos, mas al fin

les fue forzoso huir, siguiéndoles los enemigos hasta la orilla del

mar, donde los que se refugiaron dentro de la villa, como en tierra de

amigos, fueron por los ciudadanos malamente muertos, mas los que se

retiraron a los lugares fuertes que los atenienses tenían, se salvaron,

y lo mismo los de los barcos que pudieron ir hasta Calcis, mas los que

no pudieron, que eran veinte y dos, fueron capturados con todos los que

estaban dentro, marineros y tripulantes, siendo unos muertos y otros

presos.

Por razón de esta victoria los peloponesios alzaron allí un trofeo,

y muy poco tiempo después pusieron toda la isla de Eubea en su

obediencia, excepto a Oreo que la poseían los atenienses, y ordenaron

su dominación en todos los lugares comarcanos.

Cuando la noticia de esta derrota llegó a Atenas, todo el pueblo se

asustó tanto y más que del mayor infortunio que antes les hubiese

ocurrido, porque aun cuando la pérdida que habían sufrido en Sicilia

fuese de grande importancia, y muchas otras que les habían ocurrido en

diversos tiempos, habiéndose rebelado el ejército que tenían en Samos,

y no contando con otros buques, ni gente para salir al campo, estando

ellos mismos por otra parte tan airados unos contra otros en la ciudad

que solo esperaban la hora de acometerse, y habiendo, después de tantas

calamidades y malandanzas, perdido de un golpe toda la isla de Eubea,

de la cual les llegaba más socorro que de su propia tierra de Atenas,

fuera cosa muy extraña no espantarse de ello.

Cuanto más que estando la isla tan próxima a la ciudad, temían en gran

manera que los enemigos, con el aliento que les daba aquella victoria,

viniesen entonces al Pireo; cuyo puerto, totalmente desprovisto

de naves, lo podían muy bien tomar si tuvieran ánimo para ello, e

igualmente acometer la ciudad, o a lo menos cercarla, la cual por esta

vía cayera en mayor desorden.

Si hacían esto, los que estaban en la armada de los atenienses en

Jonia, aunque fuesen contrarios a la gobernación de los cuatrocientos,

se verían obligados por su interés particular, y por la salud de su

ciudad, a abandonar la tierra de Jonia para ir en socorro de su patria;

de esta manera toda la tierra de Jonia, y del Helesponto, y las islas

que están en aquel mar alrededor de Eubea, es decir, todo el imperio y

señorío de los atenienses quedaría en poder de los enemigos.

Mas los lacedemonios en esto y en muchas otras cosas, fueron

ciertamente útiles a los atenienses, por la multitud y diversidad de

las gentes que tenían en su compañía, muy diferentes en voluntad y

manera de vivir, porque unos eran activos y diligentes, y otros tardíos

y descuidados, unos esforzados y otros temerosos. Especialmente para

los combates por mar estaban muchas veces en grande discordia, lo cual

resultó en provecho de los atenienses.

Esto se pudo bien conocer por los siracusanos, que siendo todos de un

acuerdo y de una voluntad hicieron grandes cosas y tuvieron señaladas

victorias.

Volviendo a nuestra historia, los atenienses habiendo sabido estas

nuevas, en vista de aquella gran necesidad y temor, armaron veinte

navíos, e inmediatamente se juntaron en el lugar de Pnix[29], donde

otras veces habían acostumbrado a juntarse, y en aquellas reuniones

acordaron destituir a los cuatrocientos y que la autoridad quedase en

manos de los cinco mil, de cuyo número fuesen todos los que pudieran

llevar armas y quisiesen servir de soldados sin sueldo ni ventaja,

y que cualquiera que lo hiciese de otra manera fuese maldito y

abominable. Muchas otras reuniones hubo después, en las cuales fueron

hechas diversas leyes tocantes a la administración de la república

y nombrados nomotetas[30]; de esta suerte me parece que hicieron

muchas cosas para el régimen de sus negocios y por el bien de la

ciudad, acabando las cuestiones que había entre ellos, a causa de la

gobernación popular, y estableciendo un orden moderado que fue causa

de que cesasen muchas y muy malas cosas que se hacían en la ciudad.

Ordenaron en lo demás que Alcibíades y los otros que estaban con él

fuesen llamados y que lo mismo se hiciera con los de Samos, a fin de

que viniesen para ayudar a poner en orden los negocios de la ciudad.

Entretanto Pisandro, Alexicles y algunos otros de los cuatrocientos,

se refugiaron a Decelia; mas Aristarco, que era su caudillo, sin otra

compañía, tomó cierto número de arqueros que estaban allí de los

bárbaros[31], y fue a Énoe, castillo que los atenienses tenían en las

fronteras de los beocios, y que los corintios habían cercado a causa de

algunos homicidios que los del castillo habían hecho en sus gentes. Con

los corintios había algunos beocios que servían como voluntarios.

Al llegar allí Aristarco trató con los corintios y beocios para

hacer rendirse a los defensores. Habló con los que estaban dentro,

haciéndoles entender que se habían convenido todas las otras cuestiones

entre los lacedemonios y los atenienses, entre ellas la de que

rindiesen el castillo a los beocios.

Al oír estas palabras y razones los que estaban dentro, que no sabían

lo que se había tratado, como hombres que estaban cercados, les dieron

fe, por ser, como era Aristarco, el principal de los cuatrocientos, y

se rindieron.

De esta manera cesó en Atenas la oligarquía; es a saber, la gobernación

a cargo de pocos escogidos, y con ella la sedición y división de los

ciudadanos.

Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2) · 第 70 / 76 题