Victoria de los atenienses contra los peloponesios en el mar del
Helesponto.
La armada de los atenienses desfilaba en dos hileras, y se extendía de
la parte de Sesto hacia tierra firme.
De la otra parte la de los peloponesios, viéndola venir, partió de
Abido para encontrarla, y desde que se vieron, advirtiendo una y otra
que les convenía combatir, se extendieron en la mar, a saber, los
lacedemonios, que tenían sesenta y ocho trirremes, se ensancharon desde
Abido hasta Dárdano. En la extrema derecha fueron los siracusanos; y
la izquierda, donde estaban los barcos más ligeros, la mandaba Míndaro.
Los atenienses se extendieron junto al Quersoneso, desde Ídaco hasta
Arrianos, contando entre todos noventa y seis trirremes, a cuya extrema
izquierda estaba Trasilo, y a la derecha Trasíbulo, y los otros
capitanes cada uno en el lugar que les fue dado.
Adelantáronse los peloponesios para combatir y acometer los primeros
por encerrar con su extrema izquierda la derecha de los atenienses si
podían, de tal manera que no se pudiesen ensanchar más en la mar: y que
los otros buques que ocupaban el centro fuesen obligados a replegarse
hacia tierra, que no estaba muy lejos.
Conociendo los atenienses que los enemigos los querían encerrar, les
acometieron con grande ánimo, y habiendo tomado el largo de la mar,
navegaban con más velocidad y presteza que los otros.
Por otra parte, su extrema izquierda había ya pasado el promontorio o
cabo que llaman Cinosema, el sepulcro del perro, por lo cual los barcos
que tenían en el centro de la batalla quedaron desamparados de los de
las puntas, corriendo mayor peligro por tener allí los enemigos mayor
número de buques, mejor armados y de más gente. Además el promontorio
de Cinosema se extendía a lo largo dentro en la mar, de suerte que los
que estaban en el golfo y seno de él, no veían nada de lo que se hacía
fuera.
Por esta causa, viendo los peloponesios a dichos barcos desamparados,
de tal manera cargaron sobre ellos, que los rechazaron hasta la tierra;
y creyendo segura la victoria, saltaron en gran número en tierra
para ir al alcance de los atenienses que no podían ser socorridos
por su gente, es decir, por los que estaban a la extrema derecha con
Trasíbulo, a causa de que los enemigos los apuraban mucho por ser en
gran cantidad mayor que los suyos el número de barcos que ellos tenían.
Tampoco de los que estaban a la izquierda con Trasilo les protegían,
porque no podían ver lo que estos hacían, a causa del promontorio que
estaba entre ellos; y también porque tenían harto que hacer resistiendo
a los trirremes siracusanos; y gran número de otros que los atacaban,
hasta que los peloponesios, viendo suya la victoria, comenzaron a
ponerse en desorden para seguir los buques de los enemigos cuando se
apartaban.
Entonces Trasíbulo, viendo a sus enemigos desordenados sin costear más
con los que estaban delante de él, embistió con grande ánimo y esfuerzo
contra ellos; de tal manera, que los puso en huida; y hallando a los
que le habían roto el centro de su línea de batalla, los infundió tan
gran pavor que muchos de ellos, sin esperar más, empezaron a huir;
visto lo cual por los siracusanos y los que estaban con ellos, a
quienes tenía ya en grande aprieto Trasilo, hicieron lo mismo que los
otros.
Toda la armada de los peloponesios se retiró de esta manera huyendo
hacia el río Midio, y de allí a Abido. Y aunque los atenienses no
cogieron muchos barcos de los enemigos, la victoria les vino muy a
punto, porque tenían gran temor a los peloponesios en el mar, a causa
de las muchas pérdidas que habían sufrido en la guerra naval y en otros
muchos lugares, contra ellos, sobre todo aquella de Sicilia.
Después de esta victoria cesó el temor que tenían a los peloponesios en
guerra marítima, y el miedo a la murmuración que había en su pueblo a
causa de esto.
Los trirremes que cogieron a los enemigos fueron los siguientes: ocho
de Quíos, cinco de los corintios, dos de los ambraciotes y otros dos de
los beocios. De los leucadios, lacedemonios, siracusanos y peleneos, de
cada uno, uno; y de los suyos perdieron quince.
Después de la batalla recogieron los náufragos y los muertos, dando a
los enemigos los suyos por acuerdo que hubo entre ellos y levantado el
trofeo en señal de victoria sobre el promontorio de Cinosema, enviaron
un buque mercante para hacer saber a los atenienses este triunfo.
Los ciudadanos que estaban en gran desesperación a causa de los males
que les habían sucedido, así en Eubea como en la misma ciudad, con las
sediciones, se tranquilizaron y tomaron en gran manera ánimo con esta
noticia, esperando poder aún alcanzar la victoria contra sus enemigos,
si sus negocios fuesen bien y con diligencia guiados.
Cuatro días después de aquella batalla, después de reparar con gran
diligencia sus naves, que quedaron muy destrozadas en Sesto, partieron
para ir a recobrar la ciudad de Cícico, que se había rebelado contra
ellos; y por el camino vieron ocho navíos peloponesios en el puerto
de Harpagio y de Príapo, que habían partido de Bizancio, a los que
acometieron y capturaron.
De allí fueron a Cícico, la tomaron fácilmente por no tener murallas, y
de los ciudadanos sacaron gran suma de dinero.
En este tiempo los peloponesios fueron de Abido a Eleunte, y tomaron
de las naves que tenían allí de los enemigos las que hallaron enteras,
porque los de la villa habían quemado gran cantidad. Además enviaron a
Hipócrates y a Epicles a Eubea, para llevar otras que allí estaban.
En esta misma sazón Alcibíades partió de Cauno y de Fasélide con
catorce barcos, y vino a Samos, haciendo entender a los atenienses
que allí estaban, que él había sido causa de que los barcos fenicios
no hubieran ido en ayuda de los peloponesios, habiendo atraído a
Tisafernes a la amistad y confederación de los atenienses muchos más
que antes.
Después, uniendo a los buques que llevaba otros nueve que halló allí,
fue a Halicarnaso, de donde sacó gran cantidad de dinero, cercó la
villa de muralla y volvió a Samos, casi en el principio del otoño.
Al saber Tisafernes que la armada de los peloponesios había partido de
Mileto para ir al Helesponto, salió de Aspendo, dirigiéndose a Jonia.
Entretanto, estando los peloponesios ocupados en los negocios del
Helesponto, los ciudadanos de Antandro (que es una villa de los
eolios), tomaron consigo cierto número de soldados en Abido, los
hicieron pasar por el monte Ida de noche, los metieron dentro de la
villa, y echaron de ella a los del persa Arsaces, el cual estaba allí
como capitán, puesto por Tisafernes, y trataba mal a los de la ciudad.
Además del mal trato, teníanle mucho miedo, por la crueldad que había
usado contra los delios; los cuales, cuando los echaron de la isla de
Delos los atenienses, se refugiaron, por motivos de religión y amistad,
en una villa cerca de Antandro, llamada Adramitio, y este Arsaces,
que les tenía algún rencor, disimuló el enojo y fingió con los más
principales quererse servir de ellos en la guerra y darles sueldo. Por
esta vía los hizo salir al campo y un día, estando comiendo, los cercó
con su gente, y mató a todos cruelmente a flechazos.
Por estas causas, y por no poder sufrir los tributos que les ponían,
los antandrios echaron a los persas de la villa, y Tisafernes se sintió
en gran manera ofendido, con tanto más motivo estándolo ya por lo que
habían hecho los peloponesios en Mileto y en Cnido, expulsando de ambas
poblaciones a los soldados del jefe persa. Y temiendo que le sucediese
peor, y sobre todo que Farnabazo los recibiese a su sueldo, y con su
ayuda hiciese con menos gasto, y en menos tiempo más efecto que había
podido hacer él contra los atenienses, determinó ir al Helesponto para
quejarse ante los peloponesios de los ultrajes que le habían sido
hechos.
También iba por excusarse y descargarse de lo que le culpaban,
principalmente en lo de las naves de los fenicios. Púsose en camino, y
llegado a Éfeso, hizo su sacrificio en el templo de Diana.
En el invierno venidero, después de este verano, finaliza el año
veintiuno de esta guerra.