Divididos los atenienses por la mudanza en el gobierno popular de la
república, procuran restablecer algún acuerdo entre ellos.
En este tiempo, los embajadores que los cuatrocientos habían enviado a
Samos, de vuelta en Atenas, dieron cuenta del encargo que Alcibíades
les había dado, y que consistía en que ellos procurasen guardar
la ciudad y defenderse de los enemigos, que él tenía esperanza de
reconciliar a los que estaban en la armada de Samos y de vencer a los
peloponesios, cuyas palabras infundieron grande ánimo a muchos de los
cuatrocientos, que ya estaban enfadados y enojados de aquella forma de
gobierno, y de buena voluntad la hubieran dejado, de poderlo hacer sin
peligro.
Al saber los deseos de Alcibíades, todos de común acuerdo tomaron a
su cargo los negocios, nombrando a los dos hombres más principales
y más poderosos de la ciudad por sus caudillos, que eran Terámenes,
hijo de Hagnón, y Aristócrates, hijo de Escelias, y además de estos,
muchos otros de los más a propósito de los cuatrocientos, los cuales se
excusaban de haber enviado embajadores a los lacedemonios, diciendo que
lo habían hecho por el temor que tenían a Alcibíades y a los otros que
estaban en Samos, para que la ciudad no fuese ofendida.
Parecíales que se podría evitar que la gobernación cayera en manos
de pocos en número, si procuraban que los cinco mil que habían sido
nombrados por los cuatrocientos tuviesen el mando y la autoridad
efectivos y no de palabra, y que de esta manera el régimen se podría
reformar para el bien de la ciudad, del cual, aunque hiciesen siempre
mención en sus juntas, la mayor parte de ellos tiraba a su particular
derecho y a la ambición de su autoridad, esperando que, si destruían la
gobernación de los cuatrocientos, no quedarían solamente iguales a los
otros, sino superiores.
Además, en el régimen de gobierno popular, cada uno sufre mejor una
derrota de sus aspiraciones, porque los oficios se dan por elección del
pueblo, y le parece no haber sido desechado por sus iguales, cuando se
hace por todo el pueblo.
Y a la verdad, la autoridad que Alcibíades tenía con los que estaban en
Samos, dio grande esfuerzo a estos, y les parecía como que el estado
de los cuatrocientos no podía durar; cada uno de ellos se esforzaba en
adquirir entre el pueblo el mayor crédito que podía, para ser el mayor
en autoridad.
Los que eran principales entre los cuatrocientos trabajaban en
sentido contrario cuanto podían, y principalmente Frínico, el cual,
siendo el caudillo de los que estaban en Samos, había sido contrario
a Alcibíades; también Aristarco, que había sido siempre enemigo del
régimen popular, y lo mismo Pisandro, Antifonte y los otros que eran de
los más poderosos de la ciudad, los cuales, desde el tiempo que habían
tomado el cargo y aun después de la mudanza y revuelta que había
habido en Samos, enviaron embajadores propios a Lacedemonia, procurando
mantener la gobernación de la oligarquía con todo su poder, y hacían
levantar y disponer la muralla de Eetionea.
Después de la vuelta de los embajadores que habían enviado a Samos,
viendo que muchos de su partido mudaban de opinión, aunque los habían
tenido por muy constantes y determinados en el negocio, enviaron de
nuevo e inmediatamente a Antifonte y a Frínico con diez de su bando a
los lacedemonios, y les dieron comisión de hacer algún concierto con
ellos lo mejor que pudiesen, con tal que fuese tolerable. Hicieron esto
por el temor que tenían, así de los que estaban en Atenas, como de los
que se encontraban en Samos.
Cuanto a lo de la muralla que alzaban y reparaban a Eetionea, lo
hacían, como lo decía Terámenes y los que estaban con él, no tanto por
estorbar que los que estaban en Samos pudiesen entrar en el puerto del
Pireo, como por recibir el ejército de mar y de tierra de los enemigos
cuando quisiesen; por cuanto el lugar de Eetionea está a la entrada del
puerto del Pireo en figura o forma de media luna.
La muralla que hacían por la parte de la tierra hacia el lugar era de
tal manera fuerte, que con poca gente que estuviese en ella, podían
a su voluntad dejar entrar los barcos o impedirlo, porque el lugar
se juntaba con la otra tierra del puerto, que tiene la entrada harto
estrecha.
Además de estas obras que hicieron en Eetionea, repararon la muralla
vieja que estaba fuera del Pireo, del lado de tierra, y edificaron otra
nueva por dentro a la parte de la mar, y entre las dos hicieron grandes
trojes paneras, dentro de las cuales obligaron a todos los de la villa
a traer y meter el trigo que tenían en sus casas, y también todo lo que
traían por mar lo hacían allí descargar, y los que querían comprar,
necesitaban ir a hacerlo allí.
Estas cosas que los cuatrocientos hacían, a saber, las reparaciones
y provisiones para recibir a los enemigos, lo divulgaba ya Terámenes
antes que los postreros embajadores fuesen de parte de los
cuatrocientos a Lacedemonia. Mas después que volvieron sin conseguir
nada, él decía y publicaba más abiertamente que la muralla que habían
hecho sería causa de poner el estado de la ciudad en peligro.
Porque en este mismo tiempo llegaron allí cuarenta y dos barcos de
los enemigos, de los cuales una parte eran italianos y sicilianos que
venían del Peloponeso, de los que habían enviado a Eubea, y algunos de
los otros eran de los que dejaron en el puerto de Las, en tierra de
Laconia, de los cuales era capitán Agesándridas, hijo del espartano
Agesandro, de lo cual deducía Terámenes que ellos no habían llegado
allí, tanto por ir a Eubea, como por ayudar a los que construían la
dicha muralla de Eetionea, y que si no se hacía buena guarda habría
gran peligro de que tomasen al Pireo en llegando. Esto que decían
Terámenes y los que estaban con él, no era del todo mentira, ni dicho
por envidia; porque a la verdad, los que ejercían la oligarquía en
Atenas bien quisieran, si pudieran, gobernar la ciudad en libertad y
bajo su autoridad y poder mandar a los demás como representantes de la
cosa pública; pero si no pudiesen mantener y defender su autoridad,
estaban resueltos, teniendo el puerto, los buques y la fortaleza del
Pireo en sus manos, a vivir allí con seguridad, temiendo que si el
pueblo recuperaba el poder que tenía en el régimen democrático, fuesen
ellos de las primeras víctimas.
Y si no pudieran defenderse allí, antes de caer en las manos del pueblo
deliberaban meter dentro del Pireo a los enemigos, pero sin darles los
buques y fortalezas, y capitular con ellos en los negocios de la ciudad
lo mejor que pudiesen, con tal de que sus personas fuesen salvas.
Por estas causas y razones tenían buenas guardas en las murallas y a
las puertas; y en lo demás activaban cuanto podían la fortificación
de los lugares por donde los enemigos podían tener entrada y salida,
temiendo que los tomaran por sorpresa.
Todos estos proyectos y deliberaciones se hacían y comunicaban
primeramente entre pocos hombres. Mas después Frínico, vuelto de
Lacedemonia, fue herido en la plaza del mercado por uno de los que
hacían la centinela, de cuya herida murió al llegar a su casa; y
el que le hirió huyó. Un argivo, su cómplice, fue por orden de los
cuatrocientos preso y sometido a tormento, a pesar del cual no nombró
a nadie como autor del asesinato, y dijo no saber otra cosa, sino que
en casa del capitán de la guardia, y de otros muchos ciudadanos, se
juntaban a menudo muchas personas. Terámenes y Aristócrates, y los que
estaban en inteligencia con ellos, así de los cuatrocientos como otros,
continuaron con más calor su empresa. Cuanto más que la armada enemiga
que estaba en Las, habiendo tomado puerto y refresco en Epidauro, hacía
muchas salidas y robos en la tierra de Egina, por lo cual Terámenes
decía que no era de creer que si la armada quisiese ir a Eubea, viniera
a recorrer hasta el golfo de Egina, para después volver a Epidauro,
sino que había sido llamada por los que tenían y fortificaban al Pireo,
como siempre aseguró.
Por esta causa, después de muchas demostraciones hechas al pueblo para
amotinarle contra ellos, fue determinado ir a tomar Las por fuerza.
Cumpliendo su determinación los soldados que trabajaban en la
fortificación de Eetionea, de los cuales era capitán Aristócrates,
prendieron a uno de los cuatrocientos, que era del partido contrario,
llamado Alexicles y le pusieron guardas en su propia casa. Después
prendieron también a muchos, y entre otros a uno de los capitanes
que tenían la guarda de Muniquia, llamado Hermón. Esto fue hecho con
consentimiento de la mayor parte de los soldados.
Sabido esto por los cuatrocientos, que entonces se encontraban en
el palacio de la ciudad, excepto aquellos a quienes el régimen
oligárquico no agradaba, determinaron ponerse en armas contra Terámenes
y los que estaban con él. Mas él se excusaba diciendo que estaba
preparado y dispuesto para ir a Las a prender a los que hacían tales
novedades. Llevando consigo uno de los capitanes que era de su opinión,
se fue al Pireo, ayudándole Aristarco y la gente de a caballo.
Con este motivo levantose grande alboroto y tumulto, porque los que
estaban en la ciudad decían públicamente que el Pireo había sido tomado
ya, y muertos los que lo defendían, y los que estaban dentro del Pireo
pensaban que todos los de la ciudad iban contra ellos.
Tan grande fue el alboroto, que los ancianos de la ciudad tuvieron
harto que hacer deteniendo a los ciudadanos para que no se pusieran
todos en armas.
En esto trabajó grandemente con ellos Tucídides de Farsala; el cual,
habiendo tenido grande amistad y conversando con muchos de ellos, los
iba apaciguando con dulces palabras, demostrando y requiriéndoles que
no quisiesen poner la ciudad en peligro de perdición, teniendo tan
cerca a los enemigos que lo estaban aguardando. Con estas razones el
furor fue aplacado y se retiraron todos a sus casas.
Terámenes, que era del gobierno con los demás cuatrocientos, al llegar
al Pireo aparentó estar enojado contra los soldados; pero Aristarco y
los de su parte, que eran del bando contrario, estaban, a la verdad,
muy mal con ellos; los cuales no por eso dejaban de trabajar en su
obra, hasta que algunos demandaron a Terámenes si le parecía mejor
acabar la muralla o derribarla. Respondioles que si querían derrocarla
a él no le pesaría. Inmediatamente todos los que trabajaban y muchos
otros de los que estaban en el Pireo subieron sobre el muro, y en poco
tiempo lo arrasaron.
Hicieron esto para atraer el pueblo a su opinión, diciendo en alta voz
a los que estaban allí estas palabras:
«Quienes deseen que los cinco mil gobiernen y no los cuatrocientos,
deben ayudar a hacer lo que nosotros hacemos.»
Decían esto por no atreverse a declarar que pretendían restaurar el
régimen popular; antes fingían estar contentos con que los cinco mil
gobernasen, temiendo nombrar a alguno, por error, de los que pretendían
ejercer mando en el régimen popular y no fiándose unos de los otros,
cosa que admiraba a los cuatrocientos, quienes no querían que los cinco
mil tuviesen la autoridad, ni tampoco deseaban que fuesen depuestos,
porque haciendo esto era necesario volver al régimen popular; y
dándoles autoridad era casi lo mismo, ejerciendo el poder tan gran
número de hombres. Por esto no querían declarar que los cinco mil no
habían sido nombrados y este silencio tenía a las gentes con temor y
sospecha, así de una parte como de otra.
Al día siguiente los cuatrocientos, aunque algo turbados, se juntaron
en palacio.
De la otra parte, los que estaban en armas en el Pireo, habiendo
derribado la muralla y soltado a Alexicles que tenían preso, fueron
al teatro de Dioniso, es decir, de Baco, dentro del Pireo, y allí
tuvieron su consejo. Después de debatido sobre lo que debían de hacer,
acordaron ir a la ciudad, y dejar sus armas donde tenían por costumbre;
lo cual hicieron. Viéndoles desarmados fueron a ellos muchos ciudadanos
secretamente de parte de los cuatrocientos, acercándose a los que
conocían por ser más tratables, rogándolos que se mantuviesen en paz
sin hacer alboroto ni tumulto en la ciudad, e impidiendo que los otros
lo hiciesen.
Dijéronle que podían nombrar todos juntos los cinco mil que debían
ejercer la gobernación, y meter en este número a los cuatrocientos, con
el cargo y autoridad que a ellos pareciere, para no poner la ciudad en
peligro de venir a manos de los enemigos.
Con tales recomendaciones y consejos, que se hacían por diversas
personas en distintos lugares, y a diferentes hombres, el pueblo que
estaba en armas se apaciguó mucho, temiendo que su discordia fuese
para ruina y perdición de la ciudad. Y en efecto, fue acordado por
todos que en cierto día se había de verificar la junta general del
pueblo en el templo de Baco.