Sospechan de Tisafernes los peloponesios, porque no les daba el socorro
que les había prometido, y porque Alcibíades había sido llamado por los
atenienses de la armada, ejerciendo la mayor autoridad entre ellos, que
empleaba en bien y provecho de su patria.
Los marinos peloponesios que estaban en Mileto murmuraban públicamente
contra Astíoco y contra Tisafernes, diciendo que lo echaban todo a
perder, Astíoco, porque no había querido combatir con su armada estando
debilitada en fuerzas la de los contrarios, y además cuando tenían
gran disensión entre sí, y sus barcos estaban diseminados en muchas
partes no les quería acometer, antes malgastaba el tiempo con pretexto
de esperar las naves que habían de ir de Fenicia, entreteniéndoles con
palabras, y queriendo de esta manera arruinarles con grandes gastos.
Añadían a esto que no pagaba por completo ni de continuo a la armada,
perdiendo con ello su crédito.
Decían, pues, que no eran necesarias más dilaciones, sino ir a acometer
a los atenienses, lo cual apoyaban los siracusanos con la mayor
instancia.
Advertido Astíoco, y los caudillos que estaban allí por las ciudades
confederadas, de estas murmuraciones, determinaron combatir, sabiendo
además que ya había gran revuelta en Samos. Reunieron todos los buques
que tenían, que resultáronles ciento veinte, y dos en Mícale: y de allí
avisaron y mandaron llamar a los que estaban en Mileto, ordenándoles
que marchasen por tierra. Los barcos de los atenienses eran ochenta y
dos que habían ido de Samos a la playa de Glauca en tierra de Mícale.
Téngase en cuenta que Samos está poco alejado del continente por la
parte de Mícale.
Al ver los barcos de los peloponesios venir contra ellos, se retiraron
a Samos, porque les parecía no ser bastante poderosos para aventurar
una batalla, de la cual dependería toda su fortuna, y porque tenían
entendido que los enemigos iban con grande voluntad de combatir.
Además esperaban a Estrombíquides, que estaba en el Helesponto, y
había de ir allí con las naves que había traído de Quíos a Abido; cosa
que mandaron hacer desde que se retiraron a Samos, y los peloponesios
vinieron a Mícale.
En este punto establecieron aquel día su campo, así con las gentes que
habían sacado de los barcos, como con los procedentes de Mileto, y
también con gentes de la tierra.
Al día siguiente, de mañana, habían determinado ir en busca de sus
enemigos a Samos, pero avisados de la llegada de Estrombíquides se
volvieron a Mileto.
Los atenienses deliberaron sobre ir a presentarles la batalla en dicho
punto, después de reforzados con los buques que llevaba Estrombíquides,
porque se reunieron entre todos ciento ocho, y así lo acordaron.
Después de su partida, los peloponesios, aun con tan hermosa y fuerte
armada, no se tenían por bastantes para combatir con los enemigos; y no
sabían, por lo demás, cómo podrían sustentar las tripulaciones, viendo
que Tisafernes no pagaba bien; por lo cual enviaron a Clearco, hijo de
Ranfias, capitán de cuarenta naves, para que lo notificara a Farnabazo,
atendiéndose a lo que les había sido mandado en el Peloponeso, y porque
Farnabazo les prometió pagar la armada.
Por otra parte, entendían que si iban a Bizancio, la ciudad se
rebelaría en su favor, por lo cual se puso Clearco a la vela con sus
cuarenta buques, saliendo a alta mar para no ser descubierto de sus
enemigos, pero le sorprendió una gran tormenta, de tal manera, que
sus buques fueron dispersados; parte de ellos, que seguían a Clearco,
llegaron a Delos, y los otros se volvieron a Mileto y después se
reunieron con Clearco, que fue por tierra al Helesponto.
Pero diez naves que habían llegado antes al Helesponto, hicieron
sublevar la ciudad a su voluntad.
Siendo después avisados los atenienses que estaban en Samos, enviaron
un número de buques para guardar el Helesponto, los cuales libraron
una pequeña batalla delante de Bizancio, a saber: ocho naves de ellos
contra otras tantas de los peloponesios.
Entretanto, los que eran caudillos de la armada de los atenienses,
principalmente Trasíbulo, el cual había siempre sido de parecer que
debían llamar a Alcibíades, aun después que el régimen de Atenas
fue mudado, en parte por intrigas de este, continuaba más firme en
dicho propósito y lo mostró por tal manera y persuadió de tal suerte
a los soldados que allí estaban, para que acordasen todos la vuelta
de Alcibíades, que fue el decreto concluido y escrito, perdonando a
Alcibíades, y llamándole a la ciudad.
Publicado este decreto, Trasíbulo fue a donde estaba Tisafernes, y
llevó a Alcibíades, que se encontraba con este, a Samos, esperando por
su medio atraer a Tisafernes a la amistad de los atenienses.
Estando Alcibíades en Samos, hizo juntar el pueblo, y expuso ante
él las grandes pérdidas y daños que había sufrido en su destierro.
Después habló muy animosamente de los negocios de la república, de
suerte que les infundió grande esperanza de recobrar el antiguo
poder, encareciéndoles en gran manera la influencia que tenía con
Tisafernes, a fin de que los que ejercían autoridad y mando en Atenas
tuviesen temor de él, y por esta vía sus conjuraciones e inteligencias
se deshicieran y amenguasen. También lo hizo para ganar con los que
estaban en Samos autoridad y prestigio, y para que, aumentando su
reputación, a los enemigos les inspirara más desconfianza Tisafernes, y
perdieran la esperanza de que les ayudase.
Decía a los atenienses que estaban en Samos, que Tisafernes le había
prometido dar el sueldo de los soldados, aunque hubiera de vender
cuanto tuviese, si podía tener seguridad de ellos hasta el fin de la
guerra, y que haría ir en su socorro los barcos fenicios que ya estaban
en Aspendo, en lugar de enviarlos a los peloponesios. Añadía que
para tener seguridad de ellos no les demandaba sino que recibiesen a
Alcibíades.
Habiéndose expresado en tales o semejantes palabras, los capitanes y
soldados le pusieron en el número de los caudillos de la armada, y le
dieron autoridad para mandar y ordenar en todas las cosas: y en efecto,
adquirieron tan grande confianza y esperanza en él, que ya no dudaban
de su salvación, ni de la caída de los cuatrocientos; estando todos
dispuestos desde entonces, bajo de la confianza de lo que les había
dicho, a ir al Pireo, sin cuidarse de los enemigos que encontraban
tan cerca de allí. Muchos pedían esto con grande instancia, pero no
lo quiso consentir Alcibíades, diciendo que no era cosa conveniente,
teniendo próximos los enemigos, ir al Pireo, y que pues le habían
dado la dirección de la guerra, y elegido por caudillo, proveería
con Tisafernes en todo: volvió, al partir de esta junta, a donde
Tisafernes se encontraba para mostrarles que quería consultar todas las
cosas con él; y al mismo Tisafernes dio a entender que tenía grande
autoridad entre los atenienses, y que era su caudillo, para que fuese
más estimado de él y entendiese por esta vía que le podría ayudar o
perjudicar. Y sucedió, en efecto, lo que pretendía, porque, por el
favor con Tisafernes, fue después muy temido de los atenienses; y del
mismo Tisafernes por el temor que a estos tenía.
Cuando los peloponesios que estaban en Mileto supieron el llamamiento
de Alcibíades, teniendo ya grande sospecha, comenzaron a hablar mal
de Tisafernes públicamente. Y a la verdad, porque rehusaron de ir
contra la armada que les presentó la batalla frente a Mileto, se había
enfriado Tisafernes para pagar el sueldo a la armada; juntamente con
esto Alcibíades trabajaba de tiempo atrás por hacerle quedar mal con
los peloponesios.
Esparcido este rumor entonces, los soldados que estaban en Mileto
comenzaron a juntarse por escuadras, como habían hecho antes, y a
producir grande alboroto, de tal manera, que algunos de entre ellos,
hombres de autoridad, diciendo que nunca habían cobrado la paga entera,
y que la poca que les daban nunca había sido de continuo, amenazaban,
si no los llevaban a alguna parte para combatir o para arriesgar la
vida, con dejar los buques. De todo esto culpaban a Astíoco, que, por
su particular provecho, había querido complacer a Tisafernes.
A esta murmuración y motín siguió una gran perturbación contra Astíoco;
porque los marineros de los siracusanos y de los turios, estando menos
sujetos que los otros, hicieron mayor instancia y con palabras más
sueltas, para que les dieran su paga, a los cuales Astíoco dio alguna
áspera respuesta y queriendo Hermócrates tomar la voz por su gente y
sustentar su querella, alzó un palo que tenía para darle.
Al ver esto los marineros y soldados siracusanos, corrieron con gran
ímpetu contra Astíoco, el cual se libró de ellos metiéndose en un
templo cercano, y de esta manera se salvó. Después, al salir de allí,
le prendieron.
Además de esto los milesios atacaron un castillo o baluarte que
Tisafernes había hecho allí, el cual tomaron echando a las gentes que
él había puesto de guarda, cosa que fue muy agradable a los otros
aliados, y también a los siracusanos.
A Licas le pesó, diciendo que los milesios y los otros que estaban bajo
el mando del rey, debían obedecer y complacer a Tisafernes en las cosas
que eran razonables, hasta que los negocios de la guerra estuvieran en
mejor orden. Por esta opinión y por otras muchas pruebas semejantes,
los milesios concibieron tan grande indignación contra él, que habiendo
después muerto de enfermedad, no quisieron consentir que su cuerpo
fuese enterrado en el lugar que los lacedemonios, que allí estaban,
habían ordenado.
Durante estas alteraciones, y estando en tales diferencias las gentes
de armas, Tisafernes y Astíoco, llegó a Mileto Míndaro, nombrado
general de la armada por los lacedemonios en lugar de Astíoco, quien,
después que dejó su cargo a Míndaro, volvió a Lacedemonia; y con él
envió Tisafernes, por embajador, uno de sus familiares natural de
Caria, llamado Gaulites, que sabía bien hablar las dos lenguas, griega
y persa, así para quejarse del ultraje que los milesios habían hecho
a él y a su gente como también para excusarse de lo que él sabía que
le acusaban, habiendo enviado mensajeros a Lacedemonia sobre esto, con
los cuales fue Hermócrates. Este afirmaba que Tisafernes y Alcibíades
estaban de acuerdo para destruir el poder de los peloponesios, porque
tenía de mucho tiempo atrás grande enemistad con Tisafernes, a causa
de la paga, y también porque, al llegar a Mileto los otros tres
caudillos de los buques siracusanos a saber, Pótamis, Miscón y Demarco,
Tisafernes le había hecho cargos en presencia de ellos y en malos
términos de muchas cosas, y, entre otras, la de que el rencor que tenía
contra él era porque no quiso darle cierta suma de dinero que le había
pedido.
Por esta causa se fueron Astíoco y los mensajeros de los milesios y
Hermócrates, de Mileto a Lacedemonia.
Alcibíades volvió, de donde estaba Tisafernes, a Samos, donde también
llegaron mensajeros de Delos, que los cuatrocientos gobernadores de
Atenas habían enviado allí para aplacar y apaciguar a los que estaban
en Samos.
Mas al principio, siendo por ellos reunido el pueblo, los hombres de
armas hicieron instancia para que no les diesen audiencia, antes con
grandes voces aseguraban que debían hacer pedazos a tales hombres,
pues querían destruir el régimen popular. A pesar de esto y después de
muchas palabras, con gran dificultad les oyeron en silencio.
Estos mostraron cómo la mudanza de régimen que había sido hecha,
no era en manera alguna para abatimiento de la ciudad, como daban a
entender; antes para su salvación y a fin de que no cayese en poder
de los enemigos, los cuales ya habían ido hasta junto a los muros de
Atenas. Por esto se había creído necesario elegir los cuatrocientos,
para ordenar la defensa, y los demás negocios de la ciudad con los
otros cinco mil, los cuales eran todos participantes en la resolución
de toda clase de asuntos; añadieron que no era verdad lo que Quéreas
aseguró, por envidia, de que habían desterrado y maltratado a los
hijos, parientes y amigos de los que estaban fuera, pues al contrario,
les dejaban todos sus bienes y casas, y en la misma libertad que
gozaban antes.
Después de estas disculpas y demostraciones, queriendo pasar adelante,
se lo impidieron los atenienses que allí estaban, a los cuales parecía
mal lo que decían, y comenzaron a expresar muchas y diversas opiniones.
El mayor número era de parecer que debían ir por mar al Pireo.
En esta discordia Alcibíades se mostró tanto o más amigo de la patria
que otro alguno. Porque viendo que los atenienses que estaban allí
querían ir contra los de Atenas, y conociendo que si aquello se
realizaba ocasionaría que los enemigos tomasen toda la tierra de
Jonia y del Helesponto, no lo quiso permitir, antes lo contradijo
con más vigor y energía que ningún otro, y por su autoridad impidió
esta navegación e hizo callar a los que habían dado voces contra los
mensajeros públicamente.
Después les ordenó volver a Atenas con esta respuesta: que en lo que
toca a los cinco mil hombres que se habían nombrado para ayuda de la
gobernación de la ciudad, no era de opinión que les privasen de estas
facultades, mas los cuatrocientos quería que se suprimiesen y que
fuese restablecido el Consejo de quinientos en la forma que estaba
antes. Y en lo tocante a lo que había sido hecho por los cuatrocientos,
de disminuir los gastos de la ciudad para atender a la paga de los
hombres de armas, lo hallaba muy bueno, y les exhortaba proveyesen
bien en los otros negocios de la ciudad y que no permitieran cayese
en poder de los enemigos; dándoles buena esperanza de aplacar las
diferencias, quedando la ciudad en su ser, sin que viniesen a las armas
unos contra otros, para lo cual era necesario que todos tuviesen gran
prudencia, porque si llegaban a la lucha los que estaban en la ciudad
contra los que estaban en Samos, cualquiera de ellos que alcanzara la
victoria no encontraría ya persona con quien hacer tratos o conciertos.
En esto llegaron embajadores de parte de los argivos, que ofrecieron
a los atenienses que allí estaban, ayuda y socorro contra los
cuatrocientos, para la defensa del régimen popular, a los cuales
Alcibíades agradeció mucho sus buenos ofrecimientos, y después
de haberles preguntado a ruego de quién iban con esta embajada y
respondido ellos que de nadie, les despidió amablemente.
Y a la verdad, no habían sido requeridos para ir. Pero enviados algunos
de los marinos del trirreme _Páralos_ por los cuatrocientos en un buque
de guerra, para ver lo que se hacía en Eubea y también para llevar tres
embajadores que estos cuatrocientos enviaban a Lacedemonia, y que eran
Lespodias, Aristofonte y Melesias, los tripulantes, cuando llegaron a
Argos, entregaron los embajadores presos a los argivos, acusándoles
de que habían sido los principales autores y cómplices para quitar el
régimen popular en Atenas, y después no volvieron a Atenas, sino que
embarcaron a los embajadores de los argivos y los llevaron en su buque
a Samos.
En ese mismo verano, Tisafernes, conociendo que los peloponesios tenían
mala opinión de él por algunas causas, entre ellas la restitución de
Alcibíades, y porque presumían tomaba el partido de los atenienses
para disculparse ante ellos de esta sospecha, se preparó a recibir a
los barcos fenicios que habían de ir; y para salirles al encuentro,
pues estaban en el puerto de Aspendo, mandó a Licas que fuese con él.
Mientras hacía el viaje, dejó por su lugarteniente a Tamos, uno de sus
capitanes, al cual dio encargo, según decía, de pagar el sueldo a los
marineros peloponesios.
Creyose después que no había ido a Aspendo con el referido objeto,
porque no hizo ir las naves, siendo cierto que entonces había allí
ciento quince todas aparejadas. Y aunque no se supiese en verdad la
causa de este viaje, porque no ordenó que se unieran a los peloponesios
aquellos barcos, no dejaron de formarse diversos juicios.
Unos presumían que hizo aquello por entretener los negocios de los
peloponesios, con esperanza de su vuelta, porque Tamos, al cual había
dejado para reemplazarle, no pagó mejor que él lo había hecho, sino
peor. Otros juzgaron que había ido a cobrar el dinero necesario para
pagar el sueldo de los fenicios al enviarlos. Otros presumían que
su objeto era borrar la mala opinión que los peloponesios tenían de
él, mostrándoles que deseaba sinceramente ayudarles, pues iba por la
armada, la cual ya se sabía que estaba aparejada.
Cuanto a mí, tengo por muy cierto, y la cosa es muy evidente, que no
quiso llevar los barcos, sino que lo fingió en este viaje, para que,
esperando su venida, los negocios de los griegos llegaran a la mayor
confusión, y no dando ayuda a ninguna de ambas partes, sino faltando
a entrambas, quedasen iguales y débiles. Porque es muy claro, que si
quisiera unirse de buena voluntad con los lacedemonios, estos hubieran
entonces alcanzado la victoria, pues en aquella sazón estaban tan
poderosos por mar como los atenienses.
La excusa que dio de no haber llevado los barcos, puso de manifiesto su
malicia y engaño, pues dijo que era porque los fenicios no habían dado
el número de buques que les había pedido a nombre del rey; de creer
es que hubiera satisfecho a este, conseguir el mismo objeto con menor
número y a menos coste.
Cualquiera que fuese su intención, los peloponesios enviaron por su
parte dos trirremes con él cuando fue al lugar de Aspendo, de los
cuales era caudillo un lacedemonio llamado Filipo.
Al saber Alcibíades la ida de Tisafernes, tomó trece trirremes de los
que estaban en Samos, y se fue hacia aquella parte, haciendo entender
a los atenienses de Samos que su ida aprovecharía en grande manera,
porque haría tanto que la armada que estaba en Aspendo vendría en
socorro, o no iría en ayuda de los lacedemonios, y se los aseguraba
conociendo, como era de creer, los deseos de Tisafernes por la larga
comunicación que había tenido con él, que eran no enviar la armada a
los peloponesios.
También lo decía con la intención de hacer al mismo Tisafernes más
sospechoso a los peloponesios, a fin de que después fuese obligado a
ponerse de parte de los atenienses; fue, pues, hacia donde estaba,
manteniéndose siempre en alta mar, hacia la parte de Fasélide y de
Cauno.