Victoria naval de los peloponesios contra los atenienses. -- Los
caudillos de los peloponesios, después de discutir con Tisafernes
algunas cláusulas de su alianza, van a Rodas y la hacen rebelar contra
los atenienses.
En el invierno siguiente, concluidos ya los negocios de Farnabazo
por mano de Calígito de Mégara, y de Timágoras de Cícico, pasaron
veintisiete buques del Peloponeso a Jonia, cerca del solsticio[23], al
mando del espartano Antístenes. Con él iban doce ciudadanos que los
lacedemonios enviaron a Astíoco para asistirle y ayudarle, y darle
consejo en los negocios tocantes a la guerra. Entre ellos, el más
principal era Licas, hijo de Arcesilao. Tenían orden de dar aviso a los
lacedemonios cuando llegaran a Mileto, y en todas las cosas proveer de
tal manera que todo estuviese como convenía en tal negocio. Enviarían
(si bien les parecía) los buques que habían llevado, o mayor número, o
menos, como el negocio lo exigiera, al Helesponto a Farnabazo, al mando
de Clearco, hijo de Ranfias, que iba en su compañía.
También tenían facultades, si les parecía que fuese bueno, para quitar
la gobernación y mando de la armada a Astíoco y dársela a Antístenes,
porque tenían sospecha de Astíoco por las cartas que Pedárito había
escrito contra él.
Partieron, pues, los veintisiete barcos de Malea, y hallaron junto a
Melos diez buques atenienses, de los cuales tomaron tres vacíos, que
quemaron; y temiendo que los otros, que escaparon, diesen aviso de
su llegada a los atenienses, que estaban en Samos (como sucedió), se
fueron hacia Creta.
Después de navegar bastante tiempo, llegaron al puerto de Cauno, que
está en tierra de Caria.
Pensando estar en lugar seguro, enviaron a decir a los que estaban en
Mileto, que no los fueran a buscar.
Mientras tanto los quiotas y Pedárito no cesaban de hacer instancias a
Astíoco para que fuese a socorrerlos, pues sabía que estaban cercados,
y no debía desamparar la principal ciudad de Jonia, la cual estaba
cercada por la parte de mar, y robada por la de tierra.
Decíanle además que en aquella ciudad había mayor número de esclavos
que en ninguna otra de Grecia, después de Lacedemonia, y por ser
tantos, les tenían gran miedo, y eran más ásperamente perseguidos que
en otra parte, con lo cual, estando el ejército de los atenienses junto
a la ciudad, y habiendo hecho sus fuertes, trincheras y alojamientos
en lugares seguros, muchos de los dichos esclavos huyeron, pasándose a
ellos; y como sabían la tierra, hicieron gran daño a los ciudadanos.
Con estas razones demostraban los quiotas a Astíoco que les debía
socorrer, y en cuanto pudiera, impedir que acabasen el cerco de
Delfinio, que aún no estaba concluido, porque después que lo estuviese,
los barcos de los enemigos tendrían allí más espacioso lugar para
guarecerse.
Viendo Astíoco las razones que le daban, aunque tenía resuelto no
ayudarles como se lo había dicho y afirmado al tiempo que se separó
de ellos, determinó socorrerlos. Pero avisado al mismo tiempo de la
llegada de los veintisiete barcos y de los doce consejeros a Cauno, le
pareció que sería cosa muy conveniente dejar todos los otros negocios
para ir a buscar los diez barcos, con los cuales sería dueño de la mar,
y traer los consejeros para que en completa seguridad le dijeran sus
opiniones. Prescindió, pues, de la navegación proyectada a Quíos, y fue
derecho a Cauno.
Al pasar cerca de Merópide, hizo saltar su gente en tierra y saqueó la
villa, la cual había sido arruinada por causa de un temblor de tierra
tan grande que no había memoria de otro mayor, y que no solamente
derribó los muros de la villa sino también la mayor parte de las casas.
Los ciudadanos, advirtiendo la llegada de los enemigos, huyeron, parte
de ellos a las montañas, y otra parte por los campos, de tal manera,
que los peloponesios tomaron todo lo que quisieron de aquella tierra,
llevándolo a sus barcos, excepto los hombres libres, que dejaron ir.
Desde allí fue Astíoco a Cnido, en donde al llegar, y cuando ordenaba a
su gente saltar a tierra, le avisaron los de la villa que cerca había
veinte naves atenienses al mando de Carmino, uno de los capitanes de
Atenas, que por entonces estaban en Samos, y a quien habían enviado
para espiar el paso de los veintisiete buques que iban del Peloponeso,
en busca de los cuales iba también Astíoco; y le habían dado los otros
capitanes comisión de costear el paso de Sime, de Calce, de Rodas y de
Licia, porque ya habían sido advertidos los atenienses que la armada de
los peloponesios estaba en Cauno.
Estando, pues, Astíoco avisado de esto, quiso ocultar su viaje y caminó
hacia Sime por ver si podría encontrar los dichos veinte buques. Mas
sobrevino un tiempo de aguas tan turbio y oscuro, que no los pudo
descubrir, ni menos aquella noche guiar, y tener los suyos en orden,
de tal manera, que al amanecer, los que estaban a la extrema derecha,
se hallaron a la vista de los enemigos, metidos en alta mar; y los que
estaban a la izquierda, iban aún navegando alrededor de la isla.
Cuando los atenienses los vieron, pensando que fuesen los que habían
estado en Cauno, y a los cuales iban espiando, los acometieron con
menos de veinte naves. Al llegar a ellos, al primer encuentro, echaron
a pique tres; y muchos de los otros los pusieron fuera de combate,
creyendo que tenían ya la victoria segura.
Mas viendo que había mayor número de buques de los que pensaban, y
que iban cercándoles en todas partes, comenzaron a huir; en cuya
huida perdieron seis de sus barcos, y los otros se salvaron en la
isla Teutlusa. De allí se fueron hacia Halicarnaso. Hecho esto, los
peloponesios volvieron a Cnido, y después que se unieron a los otros
veintisiete barcos que estaban en Cauno, fueron todos juntos a Sime,
donde alzaron un trofeo, y después volvieron a Cnido.
Los atenienses que estaban en Samos, al saber el combate ocurrido en
Sime, fueron con todo su poder hacia esta parte; y viendo que los
peloponesios que estaban en Cnido no se atrevían a acometerles, ni
siquiera a dejarse ver, tomaron todas las barcas y otros aparejos para
navegar que hallaron en Sime, y después volvieron a Samos.
En el camino saquearon la villa de Lórima que está en tierra firme.
Los peloponesios, habiendo juntado en Cnido toda su armada, hicieron
reparar y componer lo que era menester, y entretanto los doce
consejeros con Tisafernes fueron a buscarles allí, y hablaron de las
cosas pasadas; consultando entre sí si había algo de lo pasado que no
fuese bueno; y la manera de continuar la guerra con la mayor ventaja
posible para el bien y provecho, así de los peloponesios como del rey.
Licas sostuvo que los artículos de la alianza no habían sido
convenientemente hechos, pues decía no era justo que todas las tierras
que el rey o sus predecesores habían poseído, volvieran a su poder;
porque para ello sería menester que todas las islas, los locros y la
tierra de Tesalia y de Beocia quedaran nuevamente en su dominio; y que
los lacedemonios, por el mismo caso, en lugar de poner a los otros
griegos en libertad, los pusieran bajo la servidumbre de los medos,
por lo cual deducía que era necesario hacer nuevos artículos, o dejar
de todo punto su alianza; y que para obtener esto, no era menester que
Tisafernes pagase más sueldos.
Al oír Tisafernes esta proposición, quedó muy triste y despechado, y se
fue muy enojado y lleno de cólera contra los peloponesios, los cuales,
después de su partida, siendo llamados por algunos de los principales
de Rodas, fueron hacia allá pensando que con aquella ciudad ganarían
gran número de gente de guerra y buques, y que mediante su ayuda y la
de sus aliados, hallarían cantidad de dinero para sustentar su armada.
Partieron, pues, aquel invierno de Cnido con noventa y cuatro naves,
y arribaron cerca de Camiro, que está en la isla de Rodas, por lo
cual los de la ciudad y tierra, que no sabían nada de lo que se había
tratado, se asustaron de tal manera que muchos huyeron, dejando la
ciudad por no estar cercada de muros; mas los lacedemonios enviaron
por ellos y reunieron a todos, como también a los de Lindo y Yaliso,
persuadiéndoles para que dejasen la alianza y amistad de los atenienses.
Por esta causa la ciudad de Rodas se rebeló, y tomó el partido de los
peloponesios.
Un poco antes habían sido advertidos los atenienses que estaban en
Samos de que esta armada se encontraba ya en camino de Rodas, y
partieron todos juntos, esperando socorrerla y conservarla antes de que
se rebelase. Mas al llegar a la vista de sus enemigos, conociendo que
era ya tarde, se retiraron a Calce, y de allí a Samos.
Después que los peloponesios se fueron de Rodas, los atenienses
tuvieron con los rodios muchas escaramuzas y encuentros, y en su
compañía iban los de Samos, de Calce y de Cos.
Los peloponesios sacaron a la orilla, en el puerto de la ciudad, sus
naves, y estuvieron allí ochenta días sin hacer ningún acto de guerra;
durante cuyo tiempo cobraron treinta y dos talentos de los rodios.