VII.

Victoria naval de los peloponesios contra los atenienses. -- Los

caudillos de los peloponesios, después de discutir con Tisafernes

algunas cláusulas de su alianza, van a Rodas y la hacen rebelar contra

los atenienses.

En el invierno siguiente, concluidos ya los negocios de Farnabazo

por mano de Calígito de Mégara, y de Timágoras de Cícico, pasaron

veintisiete buques del Peloponeso a Jonia, cerca del solsticio[23], al

mando del espartano Antístenes. Con él iban doce ciudadanos que los

lacedemonios enviaron a Astíoco para asistirle y ayudarle, y darle

consejo en los negocios tocantes a la guerra. Entre ellos, el más

principal era Licas, hijo de Arcesilao. Tenían orden de dar aviso a los

lacedemonios cuando llegaran a Mileto, y en todas las cosas proveer de

tal manera que todo estuviese como convenía en tal negocio. Enviarían

(si bien les parecía) los buques que habían llevado, o mayor número, o

menos, como el negocio lo exigiera, al Helesponto a Farnabazo, al mando

de Clearco, hijo de Ranfias, que iba en su compañía.

También tenían facultades, si les parecía que fuese bueno, para quitar

la gobernación y mando de la armada a Astíoco y dársela a Antístenes,

porque tenían sospecha de Astíoco por las cartas que Pedárito había

escrito contra él.

Partieron, pues, los veintisiete barcos de Malea, y hallaron junto a

Melos diez buques atenienses, de los cuales tomaron tres vacíos, que

quemaron; y temiendo que los otros, que escaparon, diesen aviso de

su llegada a los atenienses, que estaban en Samos (como sucedió), se

fueron hacia Creta.

Después de navegar bastante tiempo, llegaron al puerto de Cauno, que

está en tierra de Caria.

Pensando estar en lugar seguro, enviaron a decir a los que estaban en

Mileto, que no los fueran a buscar.

Mientras tanto los quiotas y Pedárito no cesaban de hacer instancias a

Astíoco para que fuese a socorrerlos, pues sabía que estaban cercados,

y no debía desamparar la principal ciudad de Jonia, la cual estaba

cercada por la parte de mar, y robada por la de tierra.

Decíanle además que en aquella ciudad había mayor número de esclavos

que en ninguna otra de Grecia, después de Lacedemonia, y por ser

tantos, les tenían gran miedo, y eran más ásperamente perseguidos que

en otra parte, con lo cual, estando el ejército de los atenienses junto

a la ciudad, y habiendo hecho sus fuertes, trincheras y alojamientos

en lugares seguros, muchos de los dichos esclavos huyeron, pasándose a

ellos; y como sabían la tierra, hicieron gran daño a los ciudadanos.

Con estas razones demostraban los quiotas a Astíoco que les debía

socorrer, y en cuanto pudiera, impedir que acabasen el cerco de

Delfinio, que aún no estaba concluido, porque después que lo estuviese,

los barcos de los enemigos tendrían allí más espacioso lugar para

guarecerse.

Viendo Astíoco las razones que le daban, aunque tenía resuelto no

ayudarles como se lo había dicho y afirmado al tiempo que se separó

de ellos, determinó socorrerlos. Pero avisado al mismo tiempo de la

llegada de los veintisiete barcos y de los doce consejeros a Cauno, le

pareció que sería cosa muy conveniente dejar todos los otros negocios

para ir a buscar los diez barcos, con los cuales sería dueño de la mar,

y traer los consejeros para que en completa seguridad le dijeran sus

opiniones. Prescindió, pues, de la navegación proyectada a Quíos, y fue

derecho a Cauno.

Al pasar cerca de Merópide, hizo saltar su gente en tierra y saqueó la

villa, la cual había sido arruinada por causa de un temblor de tierra

tan grande que no había memoria de otro mayor, y que no solamente

derribó los muros de la villa sino también la mayor parte de las casas.

Los ciudadanos, advirtiendo la llegada de los enemigos, huyeron, parte

de ellos a las montañas, y otra parte por los campos, de tal manera,

que los peloponesios tomaron todo lo que quisieron de aquella tierra,

llevándolo a sus barcos, excepto los hombres libres, que dejaron ir.

Desde allí fue Astíoco a Cnido, en donde al llegar, y cuando ordenaba a

su gente saltar a tierra, le avisaron los de la villa que cerca había

veinte naves atenienses al mando de Carmino, uno de los capitanes de

Atenas, que por entonces estaban en Samos, y a quien habían enviado

para espiar el paso de los veintisiete buques que iban del Peloponeso,

en busca de los cuales iba también Astíoco; y le habían dado los otros

capitanes comisión de costear el paso de Sime, de Calce, de Rodas y de

Licia, porque ya habían sido advertidos los atenienses que la armada de

los peloponesios estaba en Cauno.

Estando, pues, Astíoco avisado de esto, quiso ocultar su viaje y caminó

hacia Sime por ver si podría encontrar los dichos veinte buques. Mas

sobrevino un tiempo de aguas tan turbio y oscuro, que no los pudo

descubrir, ni menos aquella noche guiar, y tener los suyos en orden,

de tal manera, que al amanecer, los que estaban a la extrema derecha,

se hallaron a la vista de los enemigos, metidos en alta mar; y los que

estaban a la izquierda, iban aún navegando alrededor de la isla.

Cuando los atenienses los vieron, pensando que fuesen los que habían

estado en Cauno, y a los cuales iban espiando, los acometieron con

menos de veinte naves. Al llegar a ellos, al primer encuentro, echaron

a pique tres; y muchos de los otros los pusieron fuera de combate,

creyendo que tenían ya la victoria segura.

Mas viendo que había mayor número de buques de los que pensaban, y

que iban cercándoles en todas partes, comenzaron a huir; en cuya

huida perdieron seis de sus barcos, y los otros se salvaron en la

isla Teutlusa. De allí se fueron hacia Halicarnaso. Hecho esto, los

peloponesios volvieron a Cnido, y después que se unieron a los otros

veintisiete barcos que estaban en Cauno, fueron todos juntos a Sime,

donde alzaron un trofeo, y después volvieron a Cnido.

Los atenienses que estaban en Samos, al saber el combate ocurrido en

Sime, fueron con todo su poder hacia esta parte; y viendo que los

peloponesios que estaban en Cnido no se atrevían a acometerles, ni

siquiera a dejarse ver, tomaron todas las barcas y otros aparejos para

navegar que hallaron en Sime, y después volvieron a Samos.

En el camino saquearon la villa de Lórima que está en tierra firme.

Los peloponesios, habiendo juntado en Cnido toda su armada, hicieron

reparar y componer lo que era menester, y entretanto los doce

consejeros con Tisafernes fueron a buscarles allí, y hablaron de las

cosas pasadas; consultando entre sí si había algo de lo pasado que no

fuese bueno; y la manera de continuar la guerra con la mayor ventaja

posible para el bien y provecho, así de los peloponesios como del rey.

Licas sostuvo que los artículos de la alianza no habían sido

convenientemente hechos, pues decía no era justo que todas las tierras

que el rey o sus predecesores habían poseído, volvieran a su poder;

porque para ello sería menester que todas las islas, los locros y la

tierra de Tesalia y de Beocia quedaran nuevamente en su dominio; y que

los lacedemonios, por el mismo caso, en lugar de poner a los otros

griegos en libertad, los pusieran bajo la servidumbre de los medos,

por lo cual deducía que era necesario hacer nuevos artículos, o dejar

de todo punto su alianza; y que para obtener esto, no era menester que

Tisafernes pagase más sueldos.

Al oír Tisafernes esta proposición, quedó muy triste y despechado, y se

fue muy enojado y lleno de cólera contra los peloponesios, los cuales,

después de su partida, siendo llamados por algunos de los principales

de Rodas, fueron hacia allá pensando que con aquella ciudad ganarían

gran número de gente de guerra y buques, y que mediante su ayuda y la

de sus aliados, hallarían cantidad de dinero para sustentar su armada.

Partieron, pues, aquel invierno de Cnido con noventa y cuatro naves,

y arribaron cerca de Camiro, que está en la isla de Rodas, por lo

cual los de la ciudad y tierra, que no sabían nada de lo que se había

tratado, se asustaron de tal manera que muchos huyeron, dejando la

ciudad por no estar cercada de muros; mas los lacedemonios enviaron

por ellos y reunieron a todos, como también a los de Lindo y Yaliso,

persuadiéndoles para que dejasen la alianza y amistad de los atenienses.

Por esta causa la ciudad de Rodas se rebeló, y tomó el partido de los

peloponesios.

Un poco antes habían sido advertidos los atenienses que estaban en

Samos de que esta armada se encontraba ya en camino de Rodas, y

partieron todos juntos, esperando socorrerla y conservarla antes de que

se rebelase. Mas al llegar a la vista de sus enemigos, conociendo que

era ya tarde, se retiraron a Calce, y de allí a Samos.

Después que los peloponesios se fueron de Rodas, los atenienses

tuvieron con los rodios muchas escaramuzas y encuentros, y en su

compañía iban los de Samos, de Calce y de Cos.

Los peloponesios sacaron a la orilla, en el puerto de la ciudad, sus

naves, y estuvieron allí ochenta días sin hacer ningún acto de guerra;

durante cuyo tiempo cobraron treinta y dos talentos de los rodios.

Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2) · 第 64 / 76 题