VI.

Cercada la ciudad de Quíos por los atenienses, Astíoco, general de la

armada de los peloponesios, no quiere socorrerla. -- Segundo tratado de

confederación y alianza con Tisafernes.

Al comienzo del invierno, Tisafernes, después de abastecer muy bien la

villa de Yaso, fue a Mileto, y pagó a los soldados que estaban en las

naves, según había prometido a los lacedemonios, dando a cada soldado a

razón de una dracma ática[21] por paga, y declaró allí que, hasta saber

la voluntad del rey, no daría en adelante más de tres óbolos[22].

Hermócrates, capitán de los siracusanos, no quiso contentarse con

esta paga, aunque Terímenes, como no era capitán de aquella armada,

y solamente tenía encargo de llevarla a Astíoco, no hizo mucha

instancia en esto. Y, en efecto, a ruego de Hermócrates se concertó con

Tisafernes que la paga en adelante fuese mayor de tres óbolos en toda

la armada, excepto en cinco barcos, conviniéndose que de cincuenta y

cinco naves que había, cincuenta cobraran paga entera, y los cinco a

razón de tres óbolos.

En este invierno, a los atenienses que estaban en Samos, les llegó

una nueva armada de treinta y cinco buques al mando de Carmino,

Estrombíquides y Euctemón. Y habiendo además sacado otros trirremes,

así de Quíos como de otros lugares, determinaron repartir entre ellos

aquellas fuerzas; y que una parte de las tripulaciones fuese a asaltar

a Mileto, y las gentes de a pie fuesen por mar a Quíos. Para ejecutar

esta determinación, Estrombíquides, Onomacles y Euctemón, que tenían

encargo de ir con treinta naves y parte de los soldados que habían ido

a Mileto, fueron hacia Quíos, que les cupo en suerte, y los otros, sus

compañeros, que habían quedado en Samos, partieron con sesenta y cuatro

buques hacia Mileto. Advertido de esto Astíoco, que había ido a Quíos

para tomar informes de los sospechosos de crimen, cesó de ejecutar lo

que se había propuesto; pero sabiendo que Terímenes iba a llegar con

gran número de naves y que las condiciones de la alianza se cumplían

mal, tomó diez buques peloponesios y otros tantos de los de Quíos, y

con ellos fue, y de pasada pensó conquistar la ciudad de Ptéleo, más no

pudo y pasó a Clazómenas.

Allí envió a decir a los que estaban por los atenienses que le

entregasen la ciudad, y que se fuesen a Dafnunte. Lo mismo les mandó

Tamos, embajador de Jonia; mas no lo quisieron hacer; visto lo cual por

Astíoco les dio un asalto, y pensó tomar la ciudad fácilmente, porque

ninguna muralla tenía, mas no pudo, y partió.

A los pocos días de navegación le sorprendió un viento tan grande que

dispersó los buques, de manera que él vino a tomar puerto a Focea,

y de allí a Cime, y las otras aportaron a las islas allí cercanas

a Clazómenas, a Maratusa, a Pele, a Drimusa, donde hallaron muchos

víveres y abastecimientos que los clazomenios habían reunido en ellas.

Detuviéronse allí ocho días, en los cuales gastaron una parte de lo que

hallaron, y el resto lo cargaron en sus naves y partieron para Focea y

Cime en busca de Astíoco.

Estando allí fueron los embajadores de los lesbios a tratar con Astíoco

de entregarle aquella isla, a lo cual muy fácilmente otorgó. Pero como

viese que los de Corinto y otros confederados no lo querían consentir,

a causa del inconveniente que antes les había ocurrido en dicha isla,

partió derecho a Quíos, donde todos los buques se le rindieron.

Finalmente, otra vez fueron dispersados por las tempestades y el

viento los echó a diversos lugares, donde fue a hallarlos Pedárito, que

había quedado en Eritras, quien trajo después por tierra a Mileto la

gente de a pie que tenía, que eran unos quinientos hombres; los cuales

procedían de las tripulaciones de los cinco barcos de Calcideo, que los

dejó allí con equipos y armas.

Después que estos llegaron, volvieron a ir a Astíoco algunos lesbios,

ofreciendo otra vez entregar la ciudad y la isla; lo cual comunicó a

Pedárito y a los quiotas, diciéndoles que esto no podía dejar de servir

y aprovechar para su empresa; que si la cosa en efecto se realizaba,

los peloponesios tendrían más amigos, y si no, resultaría gran daño

para los atenienses. Mas como viese que no querían consentir, y que

el mismo Pedárito se negaba a darle los buques de los de Quíos, tomó

consigo los cinco trirremes corintios y uno de Mégara, además de los

suyos que de Laconia había traído, volvió a Mileto, donde tenía el

principal cargo, y muy enojado dijo a los de Quíos que no esperasen de

él ayuda alguna en ninguna ocasión en que pudiera dársela.

Después fue a tomar puerto a Córico, donde se detuvo algunos días.

Entretanto la armada de los atenienses partió de Samos, fue a Quíos y

se colocó al pie de un cerro que estaba entre el puerto y ellos, de tal

manera que los que estaban en el puerto no lo advirtieron, ni tampoco

los atenienses sabían lo que los otros hacían.

Mientras esto sucedía, Astíoco supo por cartas de Pedárito que algunos

eritreos habían sido presos en Samos y después libertados por los

atenienses y enviados a Eritras para hacer que su ciudad se rebelase.

Inmediatamente se hizo a la vela para volver allá, y no faltó mucho

para que cayese en manos de los atenienses. Mas al fin llegó en salvo,

y halló a Pedárito que también había ido por la misma causa. Ambos

hicieron gran pesquisa sobre aquel caso, y cogieron a muchos que eran

tenidos por sospechosos. Pero informados de que en aquel hecho ninguna

cosa mala había habido, sino que se había realizado por el bien de la

ciudad, les dieron libertad y se volvieron el uno a Quíos y el otro a

Mileto.

Durante esto los buques atenienses que pasaban de Córico a Argino

encontraron tres naves largas de los de Quíos, y al verlas las

siguieron, y comenzaron a darles caza hasta su puerto, a donde

con grandísimo trabajo se salvaron a causa de la tormenta que les

sobrevino. Tres barcos de los atenienses que los siguieron hasta dentro

del puerto se anegaron y perecieron con todos los que dentro iban. Los

otros buques se retiraron a un puerto que está junto a Mimante, llamado

Fenicunte, y de allí fueron a Lesbos, a donde se rehicieron con nuevas

fuerzas y aprestos.

En este mismo invierno el lacedemonio Hipócrates, con diez barcos de

Turios, al mando de Dorieo, hijo de Diágoras, uno de los tres capitanes

de la armada, y con otros dos, uno de Laconia y otro de Siracusa,

pasó del Peloponeso a Cnido, cuya ciudad estaba ya rebelada contra

Tisafernes.

Cuando los de Mileto supieron la llegada de aquella armada, enviaron la

mitad de sus buques para guardar la ciudad de Cnido, y para custodiar

algunas barcas que iban de Egipto cargadas de gente, que mandaba

Tisafernes, ordenaron que fuesen los barcos que estaban en la playa de

Triopio, que es una roca en el cabo de la región de Cnido, sobre la

cual hay un templo de Apolo.

Sabido esto por los atenienses, que estaban en Samos, capturaron los

buques estacionados en Triopio, que eran seis, aunque las tripulaciones

se salvaron en tierra, y de allí fueron a Cnido. Faltó poco para que

los atenienses la tomasen al llegar, porque ninguna muralla tenía.

Pero los de dentro se defendieron, y los lanzaron de allí. No por eso

dejaron de acometerles al otro día, aunque no hicieron más efecto que

el primero, porque las gentes que en la villa estaban habían empleado

toda la noche en reparar sus fosos, y la de los barcos que se habían

salvado en Triopio, aquella misma noche fueron allí. Viendo los

atenienses que ninguna cosa podían hacer regresaron a Samos.

En este tiempo fue Astíoco a Mileto, y halló su armada muy bien

aparejada de todo lo necesario, porque los peloponesios proveían muy

bien la paga de la gente de armas; los cuales además ganaron mucho

dinero en el saco que en Yaso hicieron. Por otra parte los milesios

estaban preparados a hacer todo lo posible.

Pero porque la última alianza que Calcideo había hecho con Tisafernes,

parecía a los peloponesios poco equitativa y más provechosa a

Tisafernes que a ellos, la renovaron y reformaron, conviniéndola

Terímenes de la manera siguiente:

«Artículos, conciertos y tratados de amistad entre los lacedemonios y

sus confederados y amigos de una parte, y el rey Darío y sus hijos, y

Tisafernes, de la otra.

»Primeramente todas las ciudades, provincias, tierras y señoríos que

al presente pertenecen al rey Darío, y que fueron de su padre y de sus

predecesores, le quedan libres, de suerte que los lacedemonios ni sus

amigos confederados puedan ir a ellas para hacer guerra ni daño alguno,

ni tampoco puedan imponer tributo de ninguna clase.

»Ni el rey Darío ni ninguno de todos sus súbditos podrán igualmente

hacer daño, ni pedir ni cobrar tributo en las tierras de los

lacedemonios y sus confederados.

»En lo demás, si algunas de las partes pretende algo de la otra, deberá

serle otorgado; de igual modo, la que hubiere recibido algún beneficio,

estará obligada a gratificar a la otra, cuando para tal cosa sea

requerida.

»Ítem, que la guerra que han comenzado contra los atenienses se acabe

comúnmente por las dichas partes; y que sin voluntad de la una, no la

pueda dejar la otra.

»Ítem, que toda la gente de guerra que se reclute en la tierra del

rey por su orden, sea pagada de su dinero. Y que si algunas ciudades

confederadas invadieran algunas de las provincias del rey, las otras

se lo prohibirán e impedirán con todo su poder. Por el contrario, si

alguno de los vasallos del rey, o alguno de sus súbditos, fuera a tomar

y ocupar alguna de las ciudades confederadas o su tierra, el rey los

estorbará y prohibirá con todo su poder.»

Después de haber tratado todo esto Terímenes, entregó sus barcos a

Astíoco, se fue y nunca más le vieron.

Encontrándose las cosas en este estado, los atenienses que habían

ido de Lesbos contra Quíos, teniéndola sitiada por mar y por tierra,

determinaron cercar de muro muy grueso el puerto de Delfinio, que era

un lugar muy fuerte por tierra, y tenía un puerto asaz seguro, no

estando muy lejos de Quíos. Esto aumentó el temor de los de Quíos,

muy asustados ya por las grandes pérdidas y daños que habían sufrido

a causa de la guerra y también porque entre ellos reinaba alguna

discordia, y se hallaban muy fatigados y trabajados por otros casos

fortuitos que les habían ocurrido, como el de que Pedárito hubiera

muerto al jonio Tideo con toda su gente por sospechar que tenía

inteligencias con los atenienses; por razón de lo cual, los ciudadanos

que quedaban reducidos a muy pequeño número, no se fiaban unos de

otros, y les parecía que ni ellos ni los soldados extranjeros que

había traído Pedárito, eran bastantes para acometer a sus enemigos.

Determinaron, pues, enviar mensajeros a Astíoco, que estaba en Mileto,

suplicándole les socorriese; y porque no lo quiso hacer, Pedárito

escribió a los lacedemonios cartas contra él, diciendo que obraba en

daño de la república.

De esta suerte tenían los atenienses cercada la ciudad de Quíos, y sus

buques, guarecidos en Samos, iban diariamente a acometer a los de sus

enemigos en Mileto. Pero viendo que no querían salir del puerto, se

volvían.

Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2) · 第 63 / 76 题