Siendo Alcibíades sospechoso a los lacedemonios, persuade a Tisafernes
para que rompa la alianza con los peloponesios y la haga con los
atenienses. -- Los atenienses envían embajadores a Tisafernes para
ajustarla.
Durante este tiempo, y antes de la rebelión de Rodas, después de la
muerte de Calcideo y de la batalla junto a Mileto, los lacedemonios
tuvieron gran sospecha de Alcibíades, de tal manera, que escribieron a
Astíoco le matase, porque era enemigo de Agis, su rey, y en lo demás
tenido por hombre de poca fe. Advertido de esto Alcibíades se unió
a Tisafernes, con el cual había hablado de cuanto sabía contra los
peloponesios, diciéndole todo lo que pasaba entre ellos; y siendo causa
de que este disminuyera el sueldo que pagaba a los soldados, y que, en
lugar de una dracma ática que les daba cada día, les diese tres óbolos,
y no más, y aun estos muchas veces no se los pagaba, por consejo del
mismo Alcibíades, diciendo que los atenienses entendían mejor lo
referente a la mar que ellos, y no pagaban a sus marineros y pilotos
sino este sueldo, que él no quería dar más; y no lo hacía, tanto por
ahorrar dinero ni por falta que tuviese de él, cuanto por no darles
ocasión a gastarlo mal y emplearlo en malos usos, haciéndose cobardes
y afeminados, pues lo demás de lo que les era necesario para sustentar
a los marineros lo gastarían en cosas superfluas, con lo que llegarían
a ser más cobardes y muelles. Añadía que lo que les suprimía de la
paga por algún tiempo, lo hacía para que no tuviesen intención de irse
y dejar los barcos, si no les debían nada, lo cual no osarían hacer
cuando sintiesen que les detenían alguna parte de su sueldo.
Para poder persuadir de esto a los peloponesios, había sobornado
Tisafernes, por consejo de Alcibíades, a todos los pilotos de los
buques y a todos los capitanes de las villas por dinero, excepto al
capitán de los siracusanos, Hermócrates: el único que resistía a todo
esto cuanto podía, en nombre de todos los confederados.
El mismo Alcibíades vencía con razones, hablando a nombre de Tisafernes
a las ciudades que pedían dinero para guardarse y defenderse. A los
de Quíos decía que debían tener vergüenza de pedir dinero, atento
que ellos eran los más ricos de toda Grecia y habían sido puestos en
libertad, y librados de la sujeción de los atenienses, mediante el
favor y ayuda de los peloponesios, no siendo justo demandar a las otras
ciudades que pusieran en peligro sus ciudadanos y sus haciendas y
dineros, por conservar la libertad de dicha ciudad.
En cuanto a las otras ciudades que se habían rebelado contra los
atenienses, aseguraba que tenían gran culpa en no querer pagar para
la defensa de su libertad lo que acostumbraban a dar a los atenienses
de impuesto y subsidio. Y aun decía más: que Tisafernes tenía razón
en ahorrar el dinero de aquella manera para sustentar los gastos de
guerra, a lo menos hasta que recibiese nuevas de si el rey quería
que el sueldo fuese pagado por entero o no; y si se lo mandaba pagar
por entero, hacerlo así, no habiendo por tanto falta de su parte,
prometiendo recompensar a las ciudades a cada una, según su estado y
calidad.
Además, Alcibíades aconsejaba a Tisafernes que procurase no poner fin a
la guerra, y que no hiciese venir los buques que estaban dispuestos en
Fenicia, ni tampoco los que había hecho armar en Grecia para juntarlos
con los del Peloponeso, porque, haciendo esto, los peloponesios serían
señores de la mar y de la tierra, siéndole más provechoso que los
entretuviese siempre en diferencias y guerras, porque por esta vía
siempre quedaba en su mano y poder excitar una parte contra la otra y
vengarse de la que le hubiese ofendido. Pero si permitía que una de las
partes fuese vencida y que la otra tuviese señorío en la mar y en la
tierra, no hallaría quien le ayudase contra ella, si le quería hacer
mal, y sería menester que él mismo, en tal caso, con grande daño y con
muy gran gasto, se expusiese solo al peligro, que más valía con poca
costa entretenerlas en diferencias, y de esta manera mantener su estado
con toda seguridad.
De esta suerte daba a entender a Tisafernes, que la alianza de
los atenienses sería mucho más provechosa al rey que la de los
lacedemonios, porque los atenienses no procuraban dominar por la
tierra; y su intención y manera de proceder en la guerra era mucho
más provechosa para el rey que la de los otros, por causa de que,
siendo sus aliados, sojuzgarían por mar y reducirían gran parte de
los griegos a su servidumbre, y los que habría en tierra, habitantes
en las provincias del rey, quedarían vasallos de este, es decir, lo
contrario de lo que pretendían los lacedemonios, quienes deseaban poner
a todos los griegos en libertad, porque no era de creer que ellos, que
procuraban librar a los griegos de la servidumbre de otros griegos,
quisiesen permitir que quedaran en la de los bárbaros. Por eso harían
lo necesario para poner en libertad a todos los que antes no lo habían
estado y que por entonces eran súbditos del rey.
Aconsejábale, pues, que dejase destruir y debilitarse unos a otros,
porque después que los atenienses hubiesen perdido gran parte de sus
fuerzas, los peloponesios tendrían tan pocas, que fácilmente los
echaría de Grecia.
Con estas persuasiones se avenía fácilmente Tisafernes con Alcibíades,
y conocía muy bien que este decía verdad, porque lo podía comprender y
conocer, por las cosas que cada día acontecían.
Siguiendo su consejo, pagó primeramente el sueldo a los peloponesios,
mas no les permitía que hiciesen la guerra, diciéndoles que era
necesario esperar los buques de los de Fenicia, que no tardarían en ir,
y hacía esto, cuando los veía muy preparados y revueltos a combatir. De
tal manera esterilizó la empresa y debilitó esta armada, que era muy
hermosa y grande, haciéndola inútil.
En otras ocasiones se declaraba más abiertamente con palabras, diciendo
que de mala gana hacía la guerra en compañía de los aliados: lo
manifestaba así por persuasión de Alcibíades, el cual juzgaba ser esto
lo más acertado y lo aconsejaba tanto al rey como a Tisafernes, cuando
se hallaba a solas con ellos.
Inspiraba esta conducta de Alcibíades principalmente el deseo que
tenía de volver a su tierra, lo cual esperaba alcanzar algún día, si
no quedaba del todo destruida, con tanto más motivo, si llegaba a
saberse que tenía grande amistad con Tisafernes, como se supo, porque
cuando los soldados atenienses que estaban en Samos entendieron su
familiaridad con Tisafernes, y que había ya tenido manera de hablar con
los más principales de Atenas y de exponer la conveniencia de que le
llamaran a los que tenían más autoridad en la ciudad, advirtiéndoles
que quería reducir la gobernación de ella a oligarquía, que es el mando
de corto número de hombres buenos, y haciéndoles entender que, por esta
vía, Tisafernes estrecharía más la amistad con él, la mayor parte de
los capitanes y pilotos de los barcos, y los otros más principales que
estaban en la armada, que sin excitaciones ajenas aborrecían el mando
popular llamado democracia, celebraron consejo, y después que el asunto
fue discutido en el campamento, al poco tiempo se divulgó en la ciudad
de Atenas.
Además de esto convinieron los que estaban en Samos, que algunos
de ellos fuesen a Alcibíades para tratar con él sobre este hecho,
como lo hicieron; el cual les prometió primero que los haría amigos
de Tisafernes, y después del rey con tal de que ellos mudasen la
democracia, que es gobernación popular, y la redujesen a oligarquía,
que es el mando y gobierno de pocos hombres buenos, como arriba se ha
dicho. Aseguraba que de esta manera el rey tendría mayor confianza en
ellos.
Los que fueron enviados ante él se lo concedieron fácilmente, porque
les parecía que de esta manera los atenienses podrían alcanzar la
victoria en esta guerra, como también porque ellos mismos, que eran los
principales de la ciudad, esperaban que el gobierno vendría a caer en
sus manos cuanto antes y porque muchas veces eran perseguidos por la
gente popular.
De vuelta a Samos, después que comunicaron y persuadieron de la cosa a
los que estaban en el campo, se fueron a Atenas y mostraron al pueblo
cómo llamando a Alcibíades, y poniendo el gobierno en las manos de
pocos buenos, a saber, de los más principales de la ciudad, tendrían
al rey de su parte, y les proveería de dinero para pagar su gente en
aquella guerra.
El pueblo al principio no condescendió; pero por el gasto que tenían
con la guerra y con el pago de las tropas, creyendo que el rey las
pagaría, aunque de mala gana, se vieron obligados a consentirlo.
A esto ayudaban mucho los que eran apasionados por el cambio, tanto por
el amor que tenían a Alcibíades, como por su provecho particular.
También daban a entender al pueblo todo lo que Alcibíades les había
dicho muy detalladamente sobre grandes y seguros proyectos.
Mas Frínico, que aún era capitán de los atenienses, no hallaba cosa
buena que cuadrase a sus propósitos y le parecía que Alcibíades, en
la situación en que se encontraba, no deseaba más la gobernación de
los principales, que el estado popular, siendo únicamente su propósito
amotinar la ciudad, esperando que por alguna de las partes sería
llamado y restituido en su estado: lo cual Frínico quería impedir de
todas maneras, tanto por su particular provecho, como por evitar la
división que habría en la ciudad.
Además no comprendía por qué el rey se quería apartar de la amistad
de los peloponesios para aliarse con los atenienses; viendo que los
peloponesios eran ya tan prácticos en la mar y de tanto poder como los
atenienses, y tenían muchas ciudades en las tierras del rey; porque de
juntarse con los atenienses, de quienes apenas se podría fiar, no le
había de suceder sino grandes gastos y trabajos, siéndole más fácil y
conveniente conservar la amistad con los peloponesios que en ninguna
cosa le habían ofendido.
Por otra parte, aseguraba saber que las otras ciudades, cuando
entendiesen que la gobernación de la democracia de Atenas era
transferida del pueblo a poco número de hombres buenos, y que también
por el mismo caso habían ellos de vivir de la misma manera, los que
estuvieran ya rebelados, no por eso volverían a la amistad y obediencia
de los atenienses; y los que no lo hubiesen hecho, no dejarían de
hacerlo, porque esperando recobrar su libertad, si los peloponesios
conseguían la victoria, no escogerían estar en la sujeción de los
atenienses, de cualquier manera que su estado se gobernase, ora fuese
por el mando del pueblo o por el de los principales ciudadanos.
Por otra parte, los que eran tenidos por nobles y por más principales,
consideraban que no tendrían menos trabajo estando la gobernación
en mano de pocos que cuando estaba en las de todo el pueblo; porque
también serían maltratados por los aficionados a tomar dádivas y
a corromperse, inventores de cosas malas por hacer su provecho
particular, temiendo que en el nuevo estado y bajo la autoridad de los
que tendrían este gobierno, pudieran ser los ciudadanos castigados
hasta con la pena de muerte, sin oír sus descargos, y sin el recurso de
apelar al pueblo, el cual castigaba tales violencias.
Esta era la opinión de las otras ciudades sujetas a obediencia de los
atenienses, las cuales lo habían conocido por experiencia; de todo lo
cual decía Frínico estar bien informado, y por esta causa no hallaba
cosa conveniente que cuadrase a lo que Alcibíades había propuesto.
No obstante todo esto, los que al principio fueron de opinión
contraria, no dejaron de perseverar en ella, y ordenaron enviar
comisionados a Atenas, entre los cuales fue Pisandro para proponer al
pueblo la restitución de Alcibíades en su anterior estado, y quitar la
democracia, es a saber, del estado popular.
Supo esto Frínico, y conociendo la manera como los mensajeros habían
de proponer la restitución de Alcibíades en su estado, y dudando que
el pueblo lo hiciese, y si lo hiciese que le pudiera sobrevenir algún
daño por la resistencia que había hecho a aquel proyecto, teniendo
Alcibíades la principal autoridad, acordó usar de un ardid, y fue
enviar secretamente uno de sus criados a Astíoco, capitán de la armada
de los peloponesios, que estaba aún en Mileto, al cual avisó por
carta de muchas cosas, y entre otras de como Alcibíades dañaba todos
los negocios de los peloponesios y trataba de hacer la alianza entre
Tisafernes y los atenienses. En la carta añadía que debían perdonarle
de lo que aconsejaba y advertía, por ser cosa grandemente perjudicial a
su ciudad y patria; pero que lo hacía para dañar a su enemigo.
Astíoco no hizo caso de la carta porque ya no tenía poder para castigar
a Alcibíades, puesto que no dependía de él; pero fue donde estaban
Tisafernes y Alcibíades, en la ciudad de Magnesia, y les certificó lo
que le habían escrito de Samos, denunciando a Frínico para congraciarse
con Tisafernes, por su provecho particular, como se sospechaba, y por
lo mismo no exigía con apremio la paga de los soldados que dilataba
Tisafernes.
Alcibíades tomó la carta de Frínico y la envió a los caudillos que
estaban en Samos, requiriéndoles y aconsejándoles que mataran a Frínico.
Avisado este, y viendo el peligro en que estaba, escribió otra vez
a Astíoco, quejándose de él por haber descubierto y dado la carta
a sus enemigos y proponiéndole otro partido, que era poner en su
poder todo el ejército que estaba en Samos, para que matase a todos,
dándole medios harto fáciles a causa de que la villa no tenía muro,
y se excusaba otra vez con él, diciendo que no por hacer esto o cosa
semejante le habían de tener por malo, pues lo hacía por evitar el
peligro en que estaba su vida, persiguiendo a sus mortales enemigos.
Este proyecto hízolo saber también Astíoco a Tisafernes y a Alcibíades,
por lo cual, avisado Frínico, suponiendo que en seguida enviaría
Alcibíades noticias a Samos sobre este asunto, se presentó a los
otros capitanes y les dijo cómo le habían advertido que los enemigos,
considerando que la ciudad no tenía muro, y que el puerto era tan
pequeño, que apenas cabían en él sus barcos, habían concertado atacar
el campamento, por lo cual era de opinión que debían inmediatamente
con gran diligencia construir los muros alrededor de la villa; y en lo
restante hacer buenas centinelas, y grandes guardias: añadiendo que por
la autoridad que tenía sobre ellos, como jefe, les ordenaba a hacerlo
así. Y lo hicieron de buena gana, tanto por evitar el peligro que les
amenazaba, como también para poder guardar la ciudad, y conservarla en
lo porvenir.
Poco después llegaron las cartas de Alcibíades a los otros capitanes
de la armada, dándoles aviso de lo que trataba Frínico, y de cómo les
quería entregar a los enemigos, los cuales no tardarían mucho en ir a
acometerles. Mas los capitanes y los otros que lo escucharon, dieron
a ello poca fe, antes juzgaban que lo que escribía era por enojo,
y que calumniaba a Frínico, suponiendo que tenía inteligencia con
los enemigos, de cuyos proyectos Alcibíades estaba bien informado,
anunciándolos con seguridad de acierto; por esta causa, las cartas de
Alcibíades no dañaron a Frínico, antes encubrieron lo que este había
escrito a Astíoco.
No por eso cesó Alcibíades de persuadir a Tisafernes para que hiciese
amistad con los atenienses, a lo cual con mucha facilidad accedió este,
porque ya le inspiraban temor los lacedemonios, por ser más poderosos
en la mar que los atenienses.
No cesaba, pues, Alcibíades de ganar autoridad con Tisafernes, para que
le diese crédito y fe; y mucho más después que entendió la diferencia
que había habido entre los embajadores lacedemonios en Cnido, a causa
de los artículos de la alianza hecha por Terímenes; diferencia
ocurrida antes que los peloponesios fueran a Rodas.
Aun antes de esto había Alcibíades hablado a Tisafernes de lo que
arriba hemos dicho, dándole a entender que los lacedemonios procuraban
poner todas las ciudades griegas en libertad. Sobrevino después el
discurso de Licas, a los reunidos en Cnido, donde dijo que no se debía
aceptar, ni mantener, ni guardar el artículo del tratado de alianza,
en que se decía que el rey debía ser puesto en posesión de todas las
ciudades que él y sus predecesores habían dominado; discurso que
confirmaba la opinión de Alcibíades, el cual, como hombre que pretendía
grandes cosas, procuraba por todas las vías posibles mostrarse
aficionado a Tisafernes.
En este tiempo, los mensajeros enviados con Pisandro por los
atenienses que estaban en Samos, a la ciudad de Atenas, al llegar
allí, propusieron al pueblo lo que se les había encargado, tocando
sumariamente los puntos más principales, con especialidad el de que,
haciendo lo que les demandaban, podrían tener al rey de su parte, y
con su auxilio alcanzar la victoria contra los peloponesios. Siendo
lo que pedían, como antes se dijo, llamar a Alcibíades, y cambiar la
forma de gobierno del pueblo, se opusieron los de la ciudad con grande
instancia, tanto por la afición que tenían al régimen popular como
por la enemistad con Alcibíades, y decían que sería cosa exorbitante
restablecer en su primera autoridad al que había violado las leyes,
contra el cual los Eumólpidas y los Cérices[24] que pronunciaban
las cosas sagradas habían llevado el testimonio de la corruptela y
violación de sus ceremonias, y reconociéndose culpado Alcibíades se
desterró voluntariamente. Añadían que después los ciudadanos se habían
obligado por sus votos y ruegos a todas las iras y execraciones de los
dioses si le volvían a llamar.
Viendo Pisandro la multitud de los que le contradecían, iba donde
estaba la mayor parte de ellos, tomándoles por las manos a los unos
y a los otros, preguntándoles si tenían alguna esperanza de victoria
contra los peloponesios por otra vía, puesto que poseían tan numerosa
armada como ellos, y gran número de las ciudades de Grecia en su
alianza. Además, el rey y Tisafernes les proveían de dinero, mientras
los atenienses no lo tenían ya ni podían esperar tenerlo, sino de
parte del rey. Todos a quienes preguntaba le respondían que no veían
otro remedio. Entonces él les replicó que esto no se podía hacer si no
reformaban el gobierno y estado de la ciudad, y lo entregaban a corto
número de hombres buenos, cosa que el rey deseaba para estar más seguro
de la ciudad.
Por estas razones persuasivas de Pisandro, el pueblo, que al principio
había hallado la mudanza de estado y gobernación cosa extraña,
entendiendo, por lo que proponía Pisandro, que no había otro remedio de
salvar el señorío de la ciudad, unos por temor, y otros por esperanza,
accedieron a que la gobernación fuese reducida a mando de pocos
ciudadanos buenos.
Hízose el decreto por el cual el pueblo dio encargo y comisión a
Pisandro, en compañía de otros diez ciudadanos, de presentarse a
Tisafernes y Alcibíades para hablar y acordar con ellos todo lo tocante
a esto en la manera que les pareciese ser más útil para la ciudad.
Por el mismo decreto Frínico, y su compañero Escirónides, fueron
privados del mando por causa de Pisandro, que les acusó. En lugar de
ellos fueron elegidos Diomedonte y León, enviados a la armada.
La acusación de Pisandro contra Frínico consistía en que había
entregado y sido traidor a Amorges, y que le parecía no era suficiente
para guiar las cosas que se habían de tratar con Alcibíades.
Pisandro organizó el régimen y gobierno como estaba antes que el
régimen popular fuese establecido, así tocante a las cosas de justicia
como a los que habían de administrarla, e hizo tanto, que el pueblo
todo junto consintió en quitar la democracia, que es el régimen popular.
En lo demás proveyó en todo lo que le pareció ser necesario para el
estado de las cosas presentes, y se embarcó con sus diez compañeros
para buscar a Tisafernes.