Cercando los atenienses la ciudad de Mileto, libran batalla contra
los peloponesios, en la cual cada contendiente alcanza en cierto modo
la victoria. -- Sabiendo los atenienses que iba socorro a la ciudad,
levantan el cerco y se retiran. -- Los lacedemonios toman Yaso. Dentro
de ella estaba Amorges, que se había rebelado contra el rey Darío, y lo
entregan al lugarteniente de este rey.
Casi al fin de este mismo verano, mil quinientos hombres bien armados,
atenienses, y mil argivos, la mitad bien armados y la mitad a la
ligera, y otros tantos de sus amigos y aliados, juntamente con cuarenta
y ocho naves, aunque había entre ellas algunas barcas para llevar
gente, siendo capitanes Frínico, Onomacles y Escirónides, partieron
de Atenas y pasaron por Samos, y de allí fueron a poner su campamento
junto a Mileto.
Contra ellos salieron ochocientos hombres de la ciudad, bien armados;
también los que Calcideo había traído, y cierto número de soldados
que Tisafernes tenía, que por acaso se halló en este negocio.
Acudieron a la batalla, en la cual los argivos, situados en la extrema
derecha, estaban más esparcidos y desviados de lo que era menester,
como si quisieran cercar a los enemigos, no mirando que los jonios
se encontraban a punto para esperar su ímpetu, y por ello fueron
derrotados y puestos en huida, muriendo unos trescientos.
Los atenienses, que formaban la otra ala, habiendo rechazado al
empezar la batalla a los peloponesios y bárbaros, juntamente con la
otra gente del campo, no combatieron contra los milesios, los cuales,
después de dispersar a los argivos, se habían retirado a la ciudad,
y como hubiesen ganado la victoria, habían puesto sus tropas junto a
los muros, antes de ver que la otra ala de su ejército estaba vencida.
En esta batalla, pues, los jonios de entrambas alas alcanzaron la
victoria contra los dorios; es a saber: los atenienses contra los
peloponesios, y los milesios contra los argivos.
Después de la batalla, los atenienses levantaron trofeo de victoria y
determinaron cercar de muros la ciudad por el lado de tierra, porque
la mayor parte hacia la mar estaba cercada, teniendo por cierto que si
tomaban aquella ciudad, las otras fácilmente vendrían a su obediencia.
Pero aquel mismo día por la tarde tuvieron noticia de que iban
contra ellos cincuenta y cinco barcos, así de Sicilia como de los
peloponesios, que llegaron muy pronto. Y así era la verdad; porque los
siracusanos, a persuasión de Hermócrates, por quebrantar del todo las
fuerzas de los atenienses, habían determinado enviar socorro a los
peloponesios, y les mandaron veinte barcos de los suyos y dos de los
selinuntios, los cuales se habían reunido con los de los peloponesios,
que eran veintitrés. Fue encargado el lacedemonio Terímenes de
llevarlos todos a Astíoco, almirante y capitán general de toda la
armada, y primeramente vinieron a tomar puerto a Leros, que es una isla
situada frente a Mileto.
Creyendo que los atenienses estaban sobre la ciudad de Mileto, fueron
al golfo de Yaso para saber más pronto lo que se hacía en Mileto, y
estando allí supieron la batalla librada junto a Mileto por Alcibíades,
que se halló en ella, de parte de los milesios y de Tisafernes, el cual
les dio a entender que si no querían dejar perder toda la Jonia y lo
más que quedaba, era necesario que acudiesen a socorrer la ciudad de
Mileto antes que fuese cercada de muros, y que sería gran daño esperar
a que fortificaran el cerco.
Por estas razones determinaron partir al otro día por la mañana para ir
a socorrer la ciudad. Mas sabiendo Frínico la llegada de esta armada,
aunque sus amigos y compañeros querían esperar para combatir, respondió
que nunca consentiría ni permitiría a otros, si pudiese, que aquello
se hiciese, diciéndoles y persuadiéndoles que antes del combate era
necesario saber primero qué cantidad de barcos tenían los enemigos, y
cuántos eran menester para combatirlos. Además, era necesario espacio y
tiempo para ponerse en orden de batalla, según convenía; añadiendo, que
nunca se tuvo por vergüenza ni por cobardía no quererse aventurar ni
exponer a peligro cuando no es menester, por lo cual no era vergonzoso
para los atenienses retirarse con su armada por algún tiempo. Antes
sería mayor vergüenza que aconteciese ser vencidos de cualquier manera
que fuese, y además de la vergüenza, la ciudad de Atenas y su estado
quedarían en gran peligro. Considerando las grandes pérdidas que habían
sufrido en poco tiempo, dijo que no se debía aventurar todo en una
batalla, aunque estuviese segura la victoria y dispuestas todas las
cosas necesarias para alcanzarla. Con mayor motivo no estándolo, ni
siendo la batalla necesaria. Por todo lo cual, su opinión y parecer
era embarcar en sus naves toda la gente, y juntamente con ella las
municiones, bagajes y bastimentos, solamente lo que habían llevado, y
dejar lo que habían ganado a los enemigos, por no cargar demasiado sus
barcos. Hecho esto, retirarse con la mayor diligencia que pudiesen a
Samos, y allí, después de haber reunido sus buques, ir a buscar a los
enemigos y acometerles con ventaja.
Este parecer fue por todos aprobado, así en esto como en otras muchas
cosas que después fueron encargadas a Frínico, siendo siempre elogiado
como hombre prudente y sabio.
De esta manera los atenienses, sin acabar su empresa, partieron de
Mileto, a la hora de vísperas, y llegados a Samos, los argivos que con
ellos estaban, de pesar porque habían sido vencidos, volvieron a sus
casas.
Los peloponesios, siguiendo su determinación, partieron a la mañana
siguiente, para ir a buscar los atenienses a Mileto, y cuando llegaron
supieron la partida de los enemigos. Permanecieron allí un día, tomaron
las naves de los Quíos que Calcideo había llevado, y deliberaron sobre
volver a Tiquiusa para cargar de nuevo su bagaje, que habían dejado
allí cuando partieron.
Cuando llegaron encontraron a Tisafernes y sus gentes de a pie, quien
les aconsejó que fuesen a Yaso, donde estaba Amorges, hijo del
bastardo Pisutnes y enemigo y rebelde del rey Darío.
Satisfizo a los peloponesios el consejo, y se dirigieron a Yaso con tan
gran diligencia que Amorges no supo su llegada; antes cuando los vio
venir derechos al puerto pensó que fuesen barcos de Atenas, por cuyo
error tomaron el puerto.
Cuando vieron que eran peloponesios, los que en la villa estaban
comenzaron a defenderse valientemente; mas no pudieron resistir al
poder de los enemigos, especialmente de los siracusanos, que fueron los
que mejor lo hicieron en este día.
En esta villa fue preso Amorges por los peloponesios, los cuales le
entregaron a Tisafernes, para que, si quería, le enviase al rey, su
señor.
El saco de la villa fue dado a los soldados, los cuales hallaron muchos
bienes, y especialmente plata, porque había estado largo tiempo en paz
y en prosperidad.
Los soldados que Amorges tenía allí, los recibieron los peloponesios
a sueldo, y los repartieron en sus compañías, porque había muchos del
Peloponeso; y las otras gentes que hallaron en la villa, como también
la misma villa, las entregaron los lacedemonios a Tisafernes, pagando
cada prisionero cien estateros dáricos[20].
Hecho esto, volvieron a Mileto, y desde allí enviaron a Pedárito, hijo
de León, que los lacedemonios habían mandado de gobernador a Quíos, a
Eritras por tierra, con los soldados que de Amorges habían adquirido.
En Mileto dejaron por capitán a Filipo, y en esto se pasó el verano.