Después de celebrar muchos consejos, deciden los atenienses levantar el
sitio de Siracusa, y al fin no lo hacen por una superstición.
Esta victoria no esperada hizo cobrar ánimo y osadía a los siracusanos
como antes, por lo cual, entendiendo que los acragantinos estaban
entre sí discordes, enviaron a Sicano con quince galeras para intentar
atraerles a su amistad y alianza.
Por otra parte, Gilipo fue por tierra a las ciudades de Sicilia para
demandarles socorro de gente, con esperanza de que con este y por la
victoria que habían alcanzado los siracusanos en Epípolas, tomarían por
fuerza los muros de los atenienses.
Entretanto los capitanes del ejército ateniense estaban con mucho
cuidado, considerando la derrota pasada y las dificultades que había en
su campo y en la armada, uno y otra con tantas necesidades, que todos
en general estaban cansados y trabajados de aquel cerco, mayormente
a causa de que en el campamento había muchas enfermedades, por dos
razones, una la estación del año, que por entonces era la más sujeta a
enfermedad, y otra por el lugar donde tenían asentado el campamento, en
sitios pantanosos y bajos, muy incómodos para estar allí de asiento.
Por estas causas, Demóstenes era de opinión que no debiesen esperar más
allí, y pues le había resultado mal la empresa de Epípolas, le parecía
mejor consejo partir que quedar, porque la mar estaba a la sazón buena
de pasar, y con los demás barcos que habían traído consigo, eran más
fuertes en mar que los enemigos.
Por otra parte, le parecía cosa más conveniente y necesaria ir a pelear
en su propia tierra, donde los enemigos se habían hecho fuertes y
habían formado una plaza, que no estar allí gastando tiempo y dinero
sobre una villa en tierras lejanas, sin esperanza de tomarla. Este era
el parecer de Demóstenes.
Nicias, aunque tenía conocidas todas estas dificultades, no lo quería
confesar públicamente en presencia de todos, ni acordar que levantasen
el cerco, temiendo que esto llegara a noticia de los enemigos. Además
tenía alguna esperanza, porque sabía mejor la situación en que estaban
las cosas de la ciudad que ninguno de sus compañeros, y consideraba que
el largo cerco resultaba en más daño de los siracusanos y más ventaja
suya, porque los enemigos gastarían sus haberes con la gran armada que
tenían sobre la mar.
También Nicias tenía sus inteligencias con algunos de la ciudad, que le
avisaban en secreto no levantase el cerco.
Por todas estas causas entretenía la cosa, y era contrario al parecer
de todos aquellos que querían levantar el sitio, esperando lo que
pudiera ocurrir, y decía públicamente que no se había de levantar el
cerco ni lo consentiría por su parte, y que sabía de cierto que si
esto hacían sin licencia del Senado de Atenas, se lo tomarían a mal.
Añadía que los que hubiesen de juzgar en Atenas si lo habían hecho
bien o mal, no serían del número de los que estaban en el campamento,
y visto los trabajos y necesidades del ejército, sino otros extraños,
que no darían fe ni crédito a lo que dijesen los soldados, sino antes
a los que les acusasen y les hiciesen cargos con hábiles argumentos,
mayormente teniendo en cuenta que los más de los soldados que allí se
hallaban y eran de opinión de partir, cuando se viesen en Atenas lo
negarían, es decir, que asegurarían no haber sido de tal parecer, sino
que los capitanes se dejaron corromper por dinero. Por tanto, aseguraba
que el que conociese la naturaleza y condiciones de los atenienses,
no querría exponerse al seguro peligro de ser condenado por vil y
cobarde, y tendría por mejor sufrir cualquier trabajo y pelear contra
los enemigos si fuese menester.
A estas razones añadía la de que los enemigos estaban en mucho peor
estado que ellos, porque hacían considerables gastos, pagando hombres
mercenarios, cogidos a sueldo, y también manteniendo tan numerosa
armada, la cual habían ya entretenido por un año entero para guardar
las villas y tierras de sus aliados. Además sufrían grandísima escasez
de vituallas y de todas las otras cosas necesarias, de tal manera, que
les sería casi imposible sostener por más tiempo aquel gasto.
Aseguraba saber por verdad que habían ya gastado más de dos mil
talentos[16], y estaban adeudados en muchos más, y si cesaban de pagar
a los soldados mercenarios perderían su crédito, porque la mayor
parte de sus fuerzas constaba de estos soldados y extranjeros, antes
que de los suyos propios y naturales, lo cual era muy al revés en
los atenienses. En estas razones se fundaba para opinar que debían
continuar el cerco y no partir de allí, como si ellos tuviesen más
necesidad de dinero que los enemigos, estando, por el contrario, mejor
provistos que ellos.
Tal fue la opinión de Nicias, teniendo por muy cierta y sabida la
necesidad en que estaban los enemigos, principalmente de dinero, y
también fundó su parecer en lo que le enviaban a decir aquellos con
quien tenía inteligencias secretas en la ciudad, a saber: que de
ninguna manera debiera partir, confiando en la armada que tenía por
entonces mucho más poderosa que cuando fue vencido antes que le llegase
el socorro.
Demóstenes perseveraba en su opinión, que era levantar el cerco y
partir para Grecia, y si fuese menester no partir de allí sin licencia
de los atenienses, debían retirarse a Tapso o a Catana, desde cuyos
lugares podrían recorrer y robar la tierra de los enemigos, y de esta
manera mantenerse y ser señores de la mar para poder ir y venir y
pelear a su salvo cuando fuese menester, y no estar allí encerrados así
por mar como por tierra.
En conclusión, no le parecía en manera alguna que debiesen estar más
allí, sino partir inmediatamente sin esperar más.
Eurimedonte era de su mismo parecer; mas por la contradicción de Nicias
la cosa se dilataba, tanto más, porque pensaban que Nicias, por tener
más conocimiento de las cosas que otro ninguno, no se decidía a esto
sin gran razón, y por tales causas la armada se quedó allí por entonces.
Gilipo y Sicano volvieron a Siracusa. Sicano sin poder acabar cosa
alguna con los acragantinos, por causa de que aun estando él en la
villa de Gela, los que seguían el partido de los siracusanos, habían
sido lanzados por los del bando contrario. Mas Gilipo, de su viaje por
las ciudades de Sicilia, trajo consigo gran número de gente de guerra
de aquella tierra, y con ellos los soldados que los peloponesios habían
enviado desde el comienzo de la primavera en las naves de carga y que
habían desembarcado en Selinunte, viniendo de las partes de Libia,
donde habían aportado en aquel viaje al partir de Grecia. Ayudados y
socorridos por los de Cirene con dos galeras y marineros, fueron en
socorro de los evesperitas contra los libios, que les hacían guerra, y
después de vencer a los libios desembarcaron en Cartago, desde donde
hay muy corto trecho hasta Sicilia, de tal manera, que en dos días y
una noche habían venido desde allí a Selinunte.
Llegado allí aquel socorro, los siracusanos se apercibieron para
acometer de nuevo a los enemigos así por mar como por tierra.
Por otra parte, los atenienses, viendo el socorro que habían recibido
los de la ciudad, y que sus cosas iban empeorando de día en día por las
enfermedades que aumentaban en el campo, estaban muy arrepentidos de no
haber antes levantado el cerco.
También Nicias no lo contradecía tanto como al principio, sino
solamente decía que se debía tener la cosa secreta. Por su parecer
se dio orden reservada por todo el campo para que se apercibiesen y
estuviesen a punto de levantar el campamento al oír la señal de la
trompeta. Pero mientras se disponía la partida ocurrió un eclipse de
luna estando llena, lo cual muchos de los atenienses tuvieron por mal
agüero, y aconsejaron por esto no partir, principalmente Nicias, que
daba gran crédito a semejantes agüeros y cosas, y decía que de ninguna
manera debían marcharse hasta pasados tres novenarios[17], porque tal
era el consejo y parecer de los astrólogos y adivinos, y por este
motivo continuaron en aquel sitio.