IX.

Después de celebrar muchos consejos, deciden los atenienses levantar el

sitio de Siracusa, y al fin no lo hacen por una superstición.

Esta victoria no esperada hizo cobrar ánimo y osadía a los siracusanos

como antes, por lo cual, entendiendo que los acragantinos estaban

entre sí discordes, enviaron a Sicano con quince galeras para intentar

atraerles a su amistad y alianza.

Por otra parte, Gilipo fue por tierra a las ciudades de Sicilia para

demandarles socorro de gente, con esperanza de que con este y por la

victoria que habían alcanzado los siracusanos en Epípolas, tomarían por

fuerza los muros de los atenienses.

Entretanto los capitanes del ejército ateniense estaban con mucho

cuidado, considerando la derrota pasada y las dificultades que había en

su campo y en la armada, uno y otra con tantas necesidades, que todos

en general estaban cansados y trabajados de aquel cerco, mayormente

a causa de que en el campamento había muchas enfermedades, por dos

razones, una la estación del año, que por entonces era la más sujeta a

enfermedad, y otra por el lugar donde tenían asentado el campamento, en

sitios pantanosos y bajos, muy incómodos para estar allí de asiento.

Por estas causas, Demóstenes era de opinión que no debiesen esperar más

allí, y pues le había resultado mal la empresa de Epípolas, le parecía

mejor consejo partir que quedar, porque la mar estaba a la sazón buena

de pasar, y con los demás barcos que habían traído consigo, eran más

fuertes en mar que los enemigos.

Por otra parte, le parecía cosa más conveniente y necesaria ir a pelear

en su propia tierra, donde los enemigos se habían hecho fuertes y

habían formado una plaza, que no estar allí gastando tiempo y dinero

sobre una villa en tierras lejanas, sin esperanza de tomarla. Este era

el parecer de Demóstenes.

Nicias, aunque tenía conocidas todas estas dificultades, no lo quería

confesar públicamente en presencia de todos, ni acordar que levantasen

el cerco, temiendo que esto llegara a noticia de los enemigos. Además

tenía alguna esperanza, porque sabía mejor la situación en que estaban

las cosas de la ciudad que ninguno de sus compañeros, y consideraba que

el largo cerco resultaba en más daño de los siracusanos y más ventaja

suya, porque los enemigos gastarían sus haberes con la gran armada que

tenían sobre la mar.

También Nicias tenía sus inteligencias con algunos de la ciudad, que le

avisaban en secreto no levantase el cerco.

Por todas estas causas entretenía la cosa, y era contrario al parecer

de todos aquellos que querían levantar el sitio, esperando lo que

pudiera ocurrir, y decía públicamente que no se había de levantar el

cerco ni lo consentiría por su parte, y que sabía de cierto que si

esto hacían sin licencia del Senado de Atenas, se lo tomarían a mal.

Añadía que los que hubiesen de juzgar en Atenas si lo habían hecho

bien o mal, no serían del número de los que estaban en el campamento,

y visto los trabajos y necesidades del ejército, sino otros extraños,

que no darían fe ni crédito a lo que dijesen los soldados, sino antes

a los que les acusasen y les hiciesen cargos con hábiles argumentos,

mayormente teniendo en cuenta que los más de los soldados que allí se

hallaban y eran de opinión de partir, cuando se viesen en Atenas lo

negarían, es decir, que asegurarían no haber sido de tal parecer, sino

que los capitanes se dejaron corromper por dinero. Por tanto, aseguraba

que el que conociese la naturaleza y condiciones de los atenienses,

no querría exponerse al seguro peligro de ser condenado por vil y

cobarde, y tendría por mejor sufrir cualquier trabajo y pelear contra

los enemigos si fuese menester.

A estas razones añadía la de que los enemigos estaban en mucho peor

estado que ellos, porque hacían considerables gastos, pagando hombres

mercenarios, cogidos a sueldo, y también manteniendo tan numerosa

armada, la cual habían ya entretenido por un año entero para guardar

las villas y tierras de sus aliados. Además sufrían grandísima escasez

de vituallas y de todas las otras cosas necesarias, de tal manera, que

les sería casi imposible sostener por más tiempo aquel gasto.

Aseguraba saber por verdad que habían ya gastado más de dos mil

talentos[16], y estaban adeudados en muchos más, y si cesaban de pagar

a los soldados mercenarios perderían su crédito, porque la mayor

parte de sus fuerzas constaba de estos soldados y extranjeros, antes

que de los suyos propios y naturales, lo cual era muy al revés en

los atenienses. En estas razones se fundaba para opinar que debían

continuar el cerco y no partir de allí, como si ellos tuviesen más

necesidad de dinero que los enemigos, estando, por el contrario, mejor

provistos que ellos.

Tal fue la opinión de Nicias, teniendo por muy cierta y sabida la

necesidad en que estaban los enemigos, principalmente de dinero, y

también fundó su parecer en lo que le enviaban a decir aquellos con

quien tenía inteligencias secretas en la ciudad, a saber: que de

ninguna manera debiera partir, confiando en la armada que tenía por

entonces mucho más poderosa que cuando fue vencido antes que le llegase

el socorro.

Demóstenes perseveraba en su opinión, que era levantar el cerco y

partir para Grecia, y si fuese menester no partir de allí sin licencia

de los atenienses, debían retirarse a Tapso o a Catana, desde cuyos

lugares podrían recorrer y robar la tierra de los enemigos, y de esta

manera mantenerse y ser señores de la mar para poder ir y venir y

pelear a su salvo cuando fuese menester, y no estar allí encerrados así

por mar como por tierra.

En conclusión, no le parecía en manera alguna que debiesen estar más

allí, sino partir inmediatamente sin esperar más.

Eurimedonte era de su mismo parecer; mas por la contradicción de Nicias

la cosa se dilataba, tanto más, porque pensaban que Nicias, por tener

más conocimiento de las cosas que otro ninguno, no se decidía a esto

sin gran razón, y por tales causas la armada se quedó allí por entonces.

Gilipo y Sicano volvieron a Siracusa. Sicano sin poder acabar cosa

alguna con los acragantinos, por causa de que aun estando él en la

villa de Gela, los que seguían el partido de los siracusanos, habían

sido lanzados por los del bando contrario. Mas Gilipo, de su viaje por

las ciudades de Sicilia, trajo consigo gran número de gente de guerra

de aquella tierra, y con ellos los soldados que los peloponesios habían

enviado desde el comienzo de la primavera en las naves de carga y que

habían desembarcado en Selinunte, viniendo de las partes de Libia,

donde habían aportado en aquel viaje al partir de Grecia. Ayudados y

socorridos por los de Cirene con dos galeras y marineros, fueron en

socorro de los evesperitas contra los libios, que les hacían guerra, y

después de vencer a los libios desembarcaron en Cartago, desde donde

hay muy corto trecho hasta Sicilia, de tal manera, que en dos días y

una noche habían venido desde allí a Selinunte.

Llegado allí aquel socorro, los siracusanos se apercibieron para

acometer de nuevo a los enemigos así por mar como por tierra.

Por otra parte, los atenienses, viendo el socorro que habían recibido

los de la ciudad, y que sus cosas iban empeorando de día en día por las

enfermedades que aumentaban en el campo, estaban muy arrepentidos de no

haber antes levantado el cerco.

También Nicias no lo contradecía tanto como al principio, sino

solamente decía que se debía tener la cosa secreta. Por su parecer

se dio orden reservada por todo el campo para que se apercibiesen y

estuviesen a punto de levantar el campamento al oír la señal de la

trompeta. Pero mientras se disponía la partida ocurrió un eclipse de

luna estando llena, lo cual muchos de los atenienses tuvieron por mal

agüero, y aconsejaron por esto no partir, principalmente Nicias, que

daba gran crédito a semejantes agüeros y cosas, y decía que de ninguna

manera debían marcharse hasta pasados tres novenarios[17], porque tal

era el consejo y parecer de los astrólogos y adivinos, y por este

motivo continuaron en aquel sitio.

Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2) · 第 49 / 76 题