Logran los siracusanos nueva victoria naval contra los atenienses y
procuran encerrarlos en el puerto donde estaban.
Habiendo los siracusanos sabido el consejo y deliberación de los
atenienses, y que querían levantar el cerco, estaban más animosos y
dispuestos a combatirles, porque si deseaban emprender la retirada
ocultamente, bien daban a entender que se sentían más flacos de fuerzas
por mar y por tierra.
No querían además dar lugar a que, partidos de allí, fuesen a parar
a algún lugar de Sicilia de donde les pudiesen hacer más daño que no
donde estaban. Por esta causa determinaron obligarles a pelear por mar
tan pronto como viesen que les podía ser ventajoso, mandaron embarcar
toda su gente y estuvieron quietos por algunos días.
Cuando llegó el tiempo que les pareció oportuno, enviaron primero
una parte de la gente de guerra hacia los fuertes y muros de los
atenienses, contra los cuales salieron al encuentro por varios
portillos algunos atenienses de a pie y de a caballo, aunque eran
pocos en número, por lo cual fácilmente les rechazaron y cogieron
algunos hombres de a pie y cerca de setenta de a caballo atenienses,
como también algunos de los aliados, y hecho esto se retiraron los
siracusanos.
Al día siguiente acudieron a dar sobre ellos por mar con setenta y
siete naves, y por tierra atacaron también los muros y fuertes.
Los atenienses salieron al mar con ochenta y seis barcos puestos en
orden de batalla, cuya extrema derecha tenía Eurimedonte, el cual,
empeñado el combate, procuró cercar las naves de los enemigos, y para
esto se extendió hacia tierra, con lo cual los siracusanos tuvieron
más espacio para embestir a las otras naves atenienses, que quedaron
en medio desamparadas de la ayuda y socorro de Eurimedonte, y les
dieron caza y pusieron en huida. Después se revolvieron sobre la nave
de Eurimedonte que estaba encerrada en lo más hondo del seno del
puerto y la echaron a fondo con el mismo Eurimedonte y todos los otros
que estaban dentro. Hecho esto dieron caza a las otras naves y las
siguieron hasta tierra.
Viendo esto Gilipo y que los barcos de los enemigos habían ya pasado
la empalizada que tenían hecha en el mar, y también el lugar donde él
tenía su ejército a orilla de la mar para batir a los que bajasen a
tierra, y para que los siracusanos pudiesen más a su salvo detener las
naves de los atenienses, y observando que los suyos tenían ganada la
parte de tierra, fue con algunas de sus tropas a la boca del puerto
para ayudar a los siracusanos, mas los tirrenos, que por acaso les
cupo la guarda de aquella estancia por los atenienses, les salieron al
encuentro, y al principio los rechazaron y pusieron en huida y les
dieron caza hasta el lago llamado Lisimelia, mas poco después acudió
una banda de los siracusanos y de sus aliados para socorrerles.
Por la otra parte los atenienses salieron de su campamento muy
apresurados, así para ayudar a los suyos como para salvar sus naves,
y allí hubo un gran combate, en el cual finalmente los atenienses
alcanzaron la victoria, mataron gran número de los contrarios y
salvaron muchos de sus barcos, aunque todavía quedaron diez y ocho en
poder de los enemigos, y los que estaban dentro de ellos todos muertos.
Queriendo los siracusanos quemar las naves que quedaban de los
enemigos, llenaron un barco viejo de leña seca y otros materiales y
lo lanzaron contra las naves contrarias, teniendo el viento próspero
que lo llevaba hacia aquella parte. Pero los atenienses se apresuraron
tanto en apagar el fuego y rechazar el barco que escaparon de aquel
peligro.
De esta batalla naval, una parte y otra levantaron trofeo en señal de
victoria; los siracusanos, por la presa que habían hecho de las naves,
y también por la gente que habían cogido y muerto al principio delante
de los muros y parapetos de los atenienses, y los atenienses, porque
los tirrenos habían rechazado la gente de infantería hasta el lago,
y tras ellos los otros aliados de los atenienses habían deshecho una
banda de los siracusanos cuando los llevaban de vencida por el mar.
Viendo los atenienses que los siracusanos, amedrentados al principio
por el socorro que había traído Demóstenes, consiguieron después una
tan gran victoria contra ellos, cobraron miedo y espanto y perdieron
corazón, porque les sucedió muy al contrario de lo que pensaban,
siendo vencidos en mar por menos número de barcos que ellos tenían, y
estaban muy tristes y arrepentidos los más de aquel ejército de haber
emprendido la guerra contra Siracusa, que se gobernaba por los mismos
estatutos y de la misma suerte y manera que la de Atenas, y cuyos
habitantes eran muy poderosos así de barcos de guerra como de gente
de a pie y de a caballo, y también porque perdían la esperanza de
tener alguna inteligencia con los de dentro para tramar nuevos tratos
por odio que tuviesen a los que tenían mando y gobierno, ni menos de
poderlos vencer fácilmente por estar tan bien provistos de todos los
aprestos de guerra como ellos.
Por esta razón estaban no solamente tristes y pensativos, pero también
muy cuidadosos sobre el resultado de la guerra. Y habían perdido más
ánimo, porque se veían vencidos en donde menos esperaban, es decir, en
el mar.
Los siracusanos por su parte, inmediatamente después de aquella
victoria, trabajaron por cercar la estancia de las naves de los
atenienses y cerrarles la entrada, de suerte que no pudiesen salir
en adelante sin ser vistos, porque ellos no se esforzaban tanto
por salvarse, cuanto por procurar que los enemigos no se salvaran,
considerando como era la verdad que por entonces les llevaban gran
ventaja, y que si les podían vencer, así por mar como por tierra,
adquirirían gran fama y renombre en toda Grecia, lo cual no solo les
libraba de la servidumbre de los atenienses, sino también del temor de
caer en ella en adelante, porque habiendo recibido tan ruda lección
los atenienses en Sicilia, no serían en adelante tan poderosos para
sostener la guerra contra los peloponesios, y siendo los siracusanos
principio y causa de esto, admiraríanles grandemente todos los
presentes y por venir.
Y no tan solo por esta razón les parecía cosa loable y conveniente
hacer todo su deber para el fin arriba dicho, sino también porque,
realizando esto, no vencían únicamente a los atenienses, sino también
a otros muchos aliados suyos, siendo la victoria contra ellos y contra
todos los demás que habían ido en su ayuda.
Servían además de testigos a su triunfo los que habían ido en su
auxilio como caudillos de los lacedemonios y corintios, viendo que, aun
estando la ciudad en tanto aprieto, mostraba tan gran poder por mar,
porque fueron muchas las naciones que acudieron a esta ciudad, unas
para acometerla y otras para defenderla, unos para participar de los
robos y despojos no solo de aquella ciudad, sino también de toda la
isla de Sicilia, y otros por guardar y conservar sus bienes y hacienda.
Todos los que se entremetieron de una parte y de otra, no lo hicieron
por razón o afición o por parentesco que tenían unos con otros, sino
por alguna vanidad, o por el provecho y necesidad de cada cual. Y para
saber por entero quiénes fueron los que intervinieron en esta guerra de
una parte y de otra, lo diremos seguidamente.