Llegan Demóstenes y Eurimedonte al campamento de los atenienses. --
Atacan de noche los parapetos de los siracusanos junto a Epípolas y son
rechazados con grandes pérdidas.
Mientras esto acontecía, Demóstenes y Eurimedonte llegaron al
campamento de los atenienses con setenta y tres naves de las suyas
y de las de sus aliados, y en las cuales traían cerca de cinco mil
combatientes, parte de los de sus pueblos y parte de sus aliados, y con
ellos venían otros muchos de los bárbaros tiradores y flecheros, así
griegos como extranjeros.
Mucho alarmó esto a los siracusanos, porque no veían medio de poder
rechazar tan gran ejército, considerando que si los atenienses,
cercados en Decelia, poseían medios para enviar socorro tan grande como
el primer ejército, no les podrían resistir en adelante. Tenían además
en cuenta que el ejército ateniense, maltratado por ellos, cobraba
fuerzas con la venida del nuevo socorro.
Cuando Demóstenes llegó al campamento, comenzó a dar orden para poner
en ejecución su empresa y probar sus fuerzas lo más pronto que pudiese
por no caer en el mismo error en que antes había caído Nicias, el cual,
aunque al principio llegó con tanta estima y reputación, que puso temor
y espanto a todos los de Sicilia, por no dirigirse inmediatamente
contra Siracusa y gastar mucho tiempo en detenerse en Catana, perdió
toda su fama, y Gilipo, a causa de esta tardanza, tuvo tiempo para
llevar del Peloponeso el socorro que condujo a Siracusa antes que
el otro llegase; socorro que ni aun los mismos siracusanos hubieran
demandado si Nicias les sitiara inmediatamente que llegó, pues creían
que eran harto bastantes y poderosos para defender su ciudad contra las
fuerzas solas de este caudillo.
Considerando todo esto Demóstenes, y también que los enemigos cobrarían
temor y espanto por su venida, quiso el mismo día que llegó mostrar sus
bríos a los contrarios.
Viendo que el muro fuerte que los siracusanos habían hecho al través
del otro de los atenienses para estorbarles que lo acabaran, era flaco
y sencillo, y tal que fácilmente le podría derrocar el que ganase a
Epípolas, y que en los parapetos que allí habían hecho no tenían mucha
gente de defensa que pudiese resistir a sus fuerzas, se apresuró a
acometerles, esperando que en breve tiempo vería el fin de aquella
guerra, porque tenía propósito o de tomar a Siracusa por fuerza de
armas o volver con toda aquella armada a su tierra sin más trabajo
para los atenienses, así los que allí estaban en el sitio como los que
habían quedado en la ciudad.
Con esta intención los atenienses entraron en las tierras de los
siracusanos. Primeramente recorrieron los campos de Anapo y robaron los
lugares por tierra con la infantería, y por la mar con la armada, según
habían hecho al principio y porque no osaban acudir contra ellos los
siracusanos por mar ni por tierra, excepto los de a caballo y algunos
tiradores y flecheros que salían del Olimpieo.
Después pareció a Demóstenes buen consejo atacar los fuertes y
parapetos de los enemigos con sus pertrechos y máquinas de guerra. Mas
cuando estaban ya las máquinas cerca de los parapetos, los siracusanos
pusieron fuego y todos los que acometían fueron rechazados, por lo cual
Demóstenes mandó retirar su gente, no pareciéndole acertado perder allí
más tiempo en balde, sino antes ir a acometer a Epípolas, de lo que
persuadió fácilmente a Nicias y a los otros capitanes sus compañeros,
mas esto no se podía hacer de día sin que fuesen vistos por los
enemigos.
Para realizar esta empresa ordenó que cada soldado hiciese provisión de
vituallas para cinco días, y además hizo llamar a todos los canteros y
carpinteros que había en el campo y otros muchos obreros y oficiales
para que tuviesen piedra y otros materiales necesarios para construir
fuertes y parapetos, y con esto gran copia de dardos y demás armas
arrojadizas, con intención de hacer un fuerte junto a Epípolas para
combatir desde allí, y tomar este si pudiese.
Hecho así, al empezar la noche, Demóstenes, Eurimedonte y Menandro,
caminaron con la mayor parte del ejército hacia Epípolas, dejando
la guarda de los muros a Nicias, y cuando llegaron a la roca que
está junto al lugar llamado Euríelo, antes que las centinelas de los
siracusanos que estaban en el primer muro lo sintiesen, tomaron este
muro a los enemigos y mataron algunos de aquellos que estaban de
guardia; de los demás, la mayor parte se salvaron y avisaron la llegada
de los enemigos a la tercera guardia que allí estaba, que era de los
siracusanos, de los otros sicilianos y de los aliados. Principalmente
los seiscientos siracusanos que guardaban aquella parte de Epípolas,
se defendieron valientemente, siendo lanzados por Demóstenes y los
atenienses que los siguieron hasta las otras guardias para que no
tuvieran tiempo de rehacerse ni a los otros de defenderse, con
tanta presteza y diligencia que tomaron los parapetos y baluartes y
seguidamente comenzaron a derrocarlos desde lo alto.
Entonces los siracusanos y Gilipo, viendo la osadía de los atenienses,
que habían ido a acometer su fuerte de noche, salieron de sus estancias
donde estaban de guardia y cargaron sobre ellos, mas al principio
fueron rechazados.
Quisieron después los atenienses marchar adelante y sin orden, como
gente que ya tenía alcanzada la victoria, y también porque sospechaban
que si no se apresuraban a ejecutar su empresa y a derrocar los muros
y parapetos, los enemigos tendrían tiempo para volverse a juntar.
Trabajaban, pues, lo más que podían en romper y derrocar los muros,
mas antes de rechazar a todos los enemigos resistiéronles primeramente
los tebanos que sostuvieron su ímpetu, y después los otros, de tal
manera, que fueron dispersados y puestos en huida, en cuya derrota
hubo gran desorden y pérdida, y muchos males y dificultades que no se
podían ver por ser de noche, porque aun de las cosas que se hacen de
día no se puede tener certidumbre de la verdad por los que en la pelea
se hallan, que apenas puede contar cada uno lo que se ha hecho donde él
está o cerca de él, por lo cual querer saber detalladamente todo lo que
sucede en un encuentro de noche entre dos grandes ejércitos, es cosa
imposible, y aunque había luna clara aquella noche, empero la claridad
no era tan grande que se pudiese bien conocer uno a otro aunque se
viesen las personas, ni juzgar cuál era amigo o enemigo, cuanto más
reuniéndose gran número en poco trecho, así de una parte como de la
otra.
Rechazados los atenienses por una parte y separados de los otros que
seguían su primera victoria, unos subían sobre los fuertes y reparos de
los siracusanos, y otros iban en socorro de los suyos sin saber dónde
habían de ir, porque estando los primeros de huida y siendo el ruido
grande, no podían entenderse unos a otros ni comprender lo que habían
de hacer.
Los siracusanos por la parte que iban victoriosos daban grandes voces,
mandando los capitanes lo que habían de hacer, porque de otro modo no
se podían entender a causa de la oscuridad de la noche, y asimismo
cuando lanzaban a los enemigos que encontraban, prorrumpían en muchos y
grandes gritos.
De la otra parte los atenienses buscaban a los suyos, y porque iban
de huida sospechaban que todos los que encontraban eran enemigos,
no teniendo otro medio para reconocerse sino el apellido, de manera
que preguntándose unos a otros hacían mucho ruido, produciendo gran
perturbación y dándose a conocer con sus voces a los enemigos, los
cuales, porque alcanzaban la victoria y no estaban turbados como los
atenienses, se conocían mejor.
Además, si algunos de los siracusanos se hallaban en poco número entre
muchos atenienses, nombraban los apellidos de estos y por tal medio se
escapaban, lo cual no podían hacer los atenienses, porque sus enemigos
no respondían al apellido, y donde quiera que se hallaban más flacos de
fuerza eran muertos o perdidos.
Había también otra cosa que les turbaba en gran manera, y era el son de
las bocinas y las canciones que cantaban para dar la señal, porque así
los enemigos como los que estaban de parte de los atenienses, es decir,
los argivos y corcirenses y todos los otros dorios, tocaban y cantaban
de una misma manera, por lo cual todas cuantas veces esto se hacía, los
atenienses no sabían de qué parte venía el son ni a qué propósito.
Tan grande llegó a ser el desorden, que cuando se encontraban unos a
otros se herían amigos con amigos, ciudadanos con ciudadanos, antes que
se pudiesen conocer, y los que iban huyendo no sabían qué camino tomar,
ocurriendo que muchos se despeñaron de sitios altos, donde morían a
manos de los enemigos, a causa de que el lugar de Epípolas está muy
alto y tiene pocos senderos y caminos, y estos muy estrechos, de manera
que era cosa muy difícil seguirlos, mayormente yendo de huida, aunque
algunos de ellos se escapaban y salían a lo llano, y estos eran los que
habían estado al principio del cerco, porque conocían la localidad y
así se salvaban y volvían a su campo; pero los recién venidos que, en
su mayor número, no sabían los caminos, salieron errantes, y viéndoles
u oyéndoles por el campo, la gente de a caballo de los enemigos, fueron
todos muertos.
Al día siguiente, los siracusanos levantaron dos trofeos en señal
de victoria, uno a la entrada de Epípolas, y otro en el lugar donde
los tebanos habían hecho la primera resistencia, y los atenienses,
otorgándoles la victoria, les demandaron los muertos para enterrarlos,
que fueron muchos. Pero se hallaron más número de arneses que de
cuerpos muertos, porque aquellos que huían de noche por las rocas y
peñas, siendo forzados a saltar de lo alto a lo bajo, en muchas partes
arrojaban las armas por poder huir más fácilmente, y de esta manera se
salvaron muchos.