Mientras Demóstenes y Eurimedonte están en camino para reforzar a los
atenienses que sitian Siracusa, los siracusanos libran una batalla
naval contra los atenienses.
Después que los de Turios se confederaron con los atenienses, según
antes se ha dicho, Demóstenes y Eurimedonte escogieron setecientos
soldados bien armados y trescientos tiradores, y los hicieron embarcar
mandándoles que fuesen derechamente a tierra de Crotona, y cuando
pasaron revista a su gente, junto al río Síbaris, los llevaron por
tierra de Turios hacia Crotona; pero al llegar al río Hilias vinieron
a ellos mensajeros de los crotoniatas y les dijeron que sus señores no
querían que pasasen por su tierra, por lo cual tomaron su camino hacia
la mar, río abajo. Cuando llegaron al cabo, que está frente adonde el
río entra en la mar, asentaron allí su campo, y sus naves fueron allí a
aportar.
Embarcados todos, navegaron a lo largo de aquella costa, teniendo
negociaciones y tratos con todas las villas y lugares que estaban en
ella, excepto la ciudad de Locros; y finalmente llegaron al lugar de
Petra, que está en tierra de Regio.
Durante este tiempo, los siracusanos, advertidos de la venida,
determinaron tentar de nuevo su fortuna en combate naval; pusieron en
orden gran número de gente de a pie por tierra, y también mandaron
aparejar muchas naves de otra suerte que hicieron en el primer combate,
porque en él habían aprendido, y entendiendo la falta cometida
entonces, y remediada ahora, tenían esperanza cierta de alcanzar la
victoria.
Habían acortado las puntas de proa a fin de que estuviesen más firmes
y recias, y reforzado y armado los lados de sus trirremes con grandes
trozos de maderos de seis codos de largo, así por dentro como por
fuera, de la misma suerte que los corintios habían hecho con sus naves
cuando combatieron contra los atenienses en Naupacto. Parecíales que
con esta reforma, acometiendo a las naves de los atenienses, que tenían
las proas más largas y delgadas para no embestir por la punta, sino por
los lados, evitando que tropezaran las proas, sus trirremes serían tan
buenos o mejores que los otros.
Tenían además en cuenta que combatiendo dentro del gran puerto con
gran número de naves, no habría espacio ni lugar para ir cercando a la
redonda, sino que convendría ir a afrontarse cara a cara, por lo cual
siendo las puntas de sus trirremes más fuertes y mejor herradas que las
otras, las tropezarían más fácilmente y a su salvo, y por este medio
esperaban que aquello mismo que había sido causa en el primer combate
de su pérdida, por la ignorancia de sus marineros, para combatir
de otra manera que de frente, atacando de proa, les daría ahora la
victoria.
Los atenienses por su parte no podrían retirar sus naves a su voluntad
para después revolver sobre las de los enemigos, como habían hecho la
vez pasada, sino que por necesidad las habían de retirar hacia la parte
de la tierra, y allí no tendrían gran espacio para hacerlo, cuanto más
que hallarían el ejército de los siracusanos a punto y bastante para
hacerles daño y socorrer a los suyos.
Además, hallándose los atenienses en lugar tan estrecho, se estorbarían
unos a otros, lo cual les había dañado en gran manera en todos sus
combates navales, porque no se podían retirar tan a su salvo como
los siracusanos, que tenían el puerto pequeño y también la boca del
gran puerto ocupada, y por este medio la retirada por alta mar, y los
atenienses poseían el gran puerto que era muy espacioso, y a Plemirio,
que estaba frente a la boca del gran puerto.
Así trazaron los siracusanos sus cosas con buena esperanza de victoria
por las razones arriba dichas, y la pusieron por obra de esta manera.
Gilipo, poco antes del combate, sacó fuera de la ciudad su gente de a
pie, muy cerca del muro de los atenienses por la parte de la ciudad.
Por otro lado todos aquellos que estaban en el Olimpieo, así de a
caballo como de a pie, armados a la ligera y tiradores, fueron también
hacia aquel muro por las dos partes, y poco después salieron las naves
de los siracusanos, tanto las suyas propias como las de los aliados.
Cuando los atenienses vieron salir la armada de los enemigos, quedaron
muy turbados, porque como poco antes hubiesen visto solamente la gente
de a pie ir hacia la muralla, no pensaban que les acometerían además
por otras partes.
Replegáronse, pues, y se pusieron en orden de batalla, unos sobre el
muro, otros delante y los otros aparte para apoyar a la gente de a
caballo y tiradores armados a la ligera; las tripulaciones dentro de
sus trirremes, y otras fuerzas a la entrada del gran puerto y a lo
largo de la marina para poder socorrer las naves.
Cuando sus barcos estuvieron listos, que serían hasta sesenta y
cinco, vinieron a dar en los de los contrarios, que serían ochenta, y
combatieron todo aquel día una armada contra la otra, sin que pudiesen
hacer cosa de gran importancia de una parte ni de otra, excepto que
los siracusanos echaron a pique una nave o dos de los enemigos, y
llegada la noche se separaron y retiraron cada uno a su estancia. Lo
mismo hicieron los de la ciudad que habían ido contra el muro de los
atenienses.
Al día siguiente los siracusanos no presentaron batalla ni mostraron
que lo querían hacer, y por esta causa Nicias, que había visto que el
día anterior fueron iguales, sospechando que los contrarios quisiesen
volver otra vez a tentar fortuna, mandó a los patrones y capitanes
que reparasen los trirremes que habían sido maltratados, y sacar las
naves que había hecho encerrar en un seno del gran puerto cercado de
estacas para mayor seguridad, y que las sacaran a alta mar, apartadas
una de otra por espacio equivalente a una fanega de tierra, a fin de
que si, combatiendo alguno de sus trirremes, se viese en aprieto,
pudiera guarecerse junto a estas naves de carga. En estos trabajos y
otros semejantes invirtieron los atenienses todo aquel día y la noche
siguiente.
Al otro día por la mañana los siracusanos salieron por mar y por
tierra, de la misma suerte que habían salido dos días antes, excepto
que fueron a mejor hora, y así combatieron durante la mayor parte del
día, de igual manera que habían hecho en el combate precedente, sin que
se conociese ventaja de una parte ni de otra.
Entonces el corintio Aristón, que era el mejor piloto que había en
toda la armada de los siracusanos, persuadió a los otros capitanes de
las naves que enviasen a toda prisa alguna parte de su gente dentro
de la ciudad y que él haría lo mismo para ordenar que todos los que
tuviesen vituallas dispuestas las trajesen a vender a la orilla
del mar a fin de que en seguida comiesen los suyos, volvieran a
embarcarse inmediatamente y fuesen a dar sobre los enemigos que estaban
desapercibidos.
Hecho así en poco rato, trajeron gran abundancia a la orilla de la mar,
y todos a paso quedo se retiraron a comer.
Viendo esto los atenienses, y creyendo que se retiraban como vencidos,
ellos también se retiraron y saltaron en tierra, unos para comer y
otros para otras ocupaciones, sin pensamiento que aquel día hubiese
nuevo combate por mar. Pero al poco rato vinieron los siracusanos,
que ya habían comido, a dar sobre ellos de repente, cosa que perturbó
mucho a los atenienses y trabajaron por reembarcarse lo más pronto
que pudieron con bullicio y desorden, muchos de ellos antes de probar
bocado, saliendo frente a los enemigos.
Cuando estuvieron a la vista y bien cerca unos de otros, se pararon los
de una parte y de la otra, meditando cómo podrían cada cual acometer al
enemigo con ventaja. Mas los atenienses, teniendo por deshonra que los
enemigos los sobrepujasen en labor y trabajo, dieron los primeros señal
de batalla y embistieron a los enemigos, que los recibieron con las
puntas de sus proas que estaban bien armadas y reforzadas, según tenían
determinado, de tal manera, que destrozaron gran parte, rompiéndoles
las puntas de sus remos, y desde las gavias herían con piedras y otros
tiros a muchos de los enemigos que estaban dentro de sus naves.
Pero mucho mayor daño les hacían los barcos ligeros de los siracusanos,
que los acometían por todas partes con golpes y tiros, de suerte que
los atenienses fueron forzados a huir, y con ayuda de sus barcos se
retiraron a su estancia, porque los siracusanos no se atrevieron a
seguirles más adelante de los buques colocados según antes se dijo,
a causa de tener estos las entenas levantadas muy altas con los
delfines[15] de plomo que pendían de ellas, de suerte que sus trirremes
no los podían abordar sin peligro de ser destrozados, según sucedió a
dos de ellos que se atrevieron a embestir a estos barcos, uno de los
cuales fue cogido con todos los que iban dentro.
Finalmente, siete naves de los atenienses fueron echadas a fondo, otras
muchas destrozadas, y gran número de los suyos muertos o prisioneros,
por razón de cuya victoria los siracusanos levantaron trofeo en señal
de triunfo, teniendo para sí que en adelante serían más fuertes que
los atenienses por mar y que vencerían al ejército, por lo cual se
prepararon para acometerles otra vez.