VII.

Mientras Demóstenes y Eurimedonte están en camino para reforzar a los

atenienses que sitian Siracusa, los siracusanos libran una batalla

naval contra los atenienses.

Después que los de Turios se confederaron con los atenienses, según

antes se ha dicho, Demóstenes y Eurimedonte escogieron setecientos

soldados bien armados y trescientos tiradores, y los hicieron embarcar

mandándoles que fuesen derechamente a tierra de Crotona, y cuando

pasaron revista a su gente, junto al río Síbaris, los llevaron por

tierra de Turios hacia Crotona; pero al llegar al río Hilias vinieron

a ellos mensajeros de los crotoniatas y les dijeron que sus señores no

querían que pasasen por su tierra, por lo cual tomaron su camino hacia

la mar, río abajo. Cuando llegaron al cabo, que está frente adonde el

río entra en la mar, asentaron allí su campo, y sus naves fueron allí a

aportar.

Embarcados todos, navegaron a lo largo de aquella costa, teniendo

negociaciones y tratos con todas las villas y lugares que estaban en

ella, excepto la ciudad de Locros; y finalmente llegaron al lugar de

Petra, que está en tierra de Regio.

Durante este tiempo, los siracusanos, advertidos de la venida,

determinaron tentar de nuevo su fortuna en combate naval; pusieron en

orden gran número de gente de a pie por tierra, y también mandaron

aparejar muchas naves de otra suerte que hicieron en el primer combate,

porque en él habían aprendido, y entendiendo la falta cometida

entonces, y remediada ahora, tenían esperanza cierta de alcanzar la

victoria.

Habían acortado las puntas de proa a fin de que estuviesen más firmes

y recias, y reforzado y armado los lados de sus trirremes con grandes

trozos de maderos de seis codos de largo, así por dentro como por

fuera, de la misma suerte que los corintios habían hecho con sus naves

cuando combatieron contra los atenienses en Naupacto. Parecíales que

con esta reforma, acometiendo a las naves de los atenienses, que tenían

las proas más largas y delgadas para no embestir por la punta, sino por

los lados, evitando que tropezaran las proas, sus trirremes serían tan

buenos o mejores que los otros.

Tenían además en cuenta que combatiendo dentro del gran puerto con

gran número de naves, no habría espacio ni lugar para ir cercando a la

redonda, sino que convendría ir a afrontarse cara a cara, por lo cual

siendo las puntas de sus trirremes más fuertes y mejor herradas que las

otras, las tropezarían más fácilmente y a su salvo, y por este medio

esperaban que aquello mismo que había sido causa en el primer combate

de su pérdida, por la ignorancia de sus marineros, para combatir

de otra manera que de frente, atacando de proa, les daría ahora la

victoria.

Los atenienses por su parte no podrían retirar sus naves a su voluntad

para después revolver sobre las de los enemigos, como habían hecho la

vez pasada, sino que por necesidad las habían de retirar hacia la parte

de la tierra, y allí no tendrían gran espacio para hacerlo, cuanto más

que hallarían el ejército de los siracusanos a punto y bastante para

hacerles daño y socorrer a los suyos.

Además, hallándose los atenienses en lugar tan estrecho, se estorbarían

unos a otros, lo cual les había dañado en gran manera en todos sus

combates navales, porque no se podían retirar tan a su salvo como

los siracusanos, que tenían el puerto pequeño y también la boca del

gran puerto ocupada, y por este medio la retirada por alta mar, y los

atenienses poseían el gran puerto que era muy espacioso, y a Plemirio,

que estaba frente a la boca del gran puerto.

Así trazaron los siracusanos sus cosas con buena esperanza de victoria

por las razones arriba dichas, y la pusieron por obra de esta manera.

Gilipo, poco antes del combate, sacó fuera de la ciudad su gente de a

pie, muy cerca del muro de los atenienses por la parte de la ciudad.

Por otro lado todos aquellos que estaban en el Olimpieo, así de a

caballo como de a pie, armados a la ligera y tiradores, fueron también

hacia aquel muro por las dos partes, y poco después salieron las naves

de los siracusanos, tanto las suyas propias como las de los aliados.

Cuando los atenienses vieron salir la armada de los enemigos, quedaron

muy turbados, porque como poco antes hubiesen visto solamente la gente

de a pie ir hacia la muralla, no pensaban que les acometerían además

por otras partes.

Replegáronse, pues, y se pusieron en orden de batalla, unos sobre el

muro, otros delante y los otros aparte para apoyar a la gente de a

caballo y tiradores armados a la ligera; las tripulaciones dentro de

sus trirremes, y otras fuerzas a la entrada del gran puerto y a lo

largo de la marina para poder socorrer las naves.

Cuando sus barcos estuvieron listos, que serían hasta sesenta y

cinco, vinieron a dar en los de los contrarios, que serían ochenta, y

combatieron todo aquel día una armada contra la otra, sin que pudiesen

hacer cosa de gran importancia de una parte ni de otra, excepto que

los siracusanos echaron a pique una nave o dos de los enemigos, y

llegada la noche se separaron y retiraron cada uno a su estancia. Lo

mismo hicieron los de la ciudad que habían ido contra el muro de los

atenienses.

Al día siguiente los siracusanos no presentaron batalla ni mostraron

que lo querían hacer, y por esta causa Nicias, que había visto que el

día anterior fueron iguales, sospechando que los contrarios quisiesen

volver otra vez a tentar fortuna, mandó a los patrones y capitanes

que reparasen los trirremes que habían sido maltratados, y sacar las

naves que había hecho encerrar en un seno del gran puerto cercado de

estacas para mayor seguridad, y que las sacaran a alta mar, apartadas

una de otra por espacio equivalente a una fanega de tierra, a fin de

que si, combatiendo alguno de sus trirremes, se viese en aprieto,

pudiera guarecerse junto a estas naves de carga. En estos trabajos y

otros semejantes invirtieron los atenienses todo aquel día y la noche

siguiente.

Al otro día por la mañana los siracusanos salieron por mar y por

tierra, de la misma suerte que habían salido dos días antes, excepto

que fueron a mejor hora, y así combatieron durante la mayor parte del

día, de igual manera que habían hecho en el combate precedente, sin que

se conociese ventaja de una parte ni de otra.

Entonces el corintio Aristón, que era el mejor piloto que había en

toda la armada de los siracusanos, persuadió a los otros capitanes de

las naves que enviasen a toda prisa alguna parte de su gente dentro

de la ciudad y que él haría lo mismo para ordenar que todos los que

tuviesen vituallas dispuestas las trajesen a vender a la orilla

del mar a fin de que en seguida comiesen los suyos, volvieran a

embarcarse inmediatamente y fuesen a dar sobre los enemigos que estaban

desapercibidos.

Hecho así en poco rato, trajeron gran abundancia a la orilla de la mar,

y todos a paso quedo se retiraron a comer.

Viendo esto los atenienses, y creyendo que se retiraban como vencidos,

ellos también se retiraron y saltaron en tierra, unos para comer y

otros para otras ocupaciones, sin pensamiento que aquel día hubiese

nuevo combate por mar. Pero al poco rato vinieron los siracusanos,

que ya habían comido, a dar sobre ellos de repente, cosa que perturbó

mucho a los atenienses y trabajaron por reembarcarse lo más pronto

que pudieron con bullicio y desorden, muchos de ellos antes de probar

bocado, saliendo frente a los enemigos.

Cuando estuvieron a la vista y bien cerca unos de otros, se pararon los

de una parte y de la otra, meditando cómo podrían cada cual acometer al

enemigo con ventaja. Mas los atenienses, teniendo por deshonra que los

enemigos los sobrepujasen en labor y trabajo, dieron los primeros señal

de batalla y embistieron a los enemigos, que los recibieron con las

puntas de sus proas que estaban bien armadas y reforzadas, según tenían

determinado, de tal manera, que destrozaron gran parte, rompiéndoles

las puntas de sus remos, y desde las gavias herían con piedras y otros

tiros a muchos de los enemigos que estaban dentro de sus naves.

Pero mucho mayor daño les hacían los barcos ligeros de los siracusanos,

que los acometían por todas partes con golpes y tiros, de suerte que

los atenienses fueron forzados a huir, y con ayuda de sus barcos se

retiraron a su estancia, porque los siracusanos no se atrevieron a

seguirles más adelante de los buques colocados según antes se dijo,

a causa de tener estos las entenas levantadas muy altas con los

delfines[15] de plomo que pendían de ellas, de suerte que sus trirremes

no los podían abordar sin peligro de ser destrozados, según sucedió a

dos de ellos que se atrevieron a embestir a estos barcos, uno de los

cuales fue cogido con todos los que iban dentro.

Finalmente, siete naves de los atenienses fueron echadas a fondo, otras

muchas destrozadas, y gran número de los suyos muertos o prisioneros,

por razón de cuya victoria los siracusanos levantaron trofeo en señal

de triunfo, teniendo para sí que en adelante serían más fuertes que

los atenienses por mar y que vencerían al ejército, por lo cual se

prepararon para acometerles otra vez.

Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2) · 第 47 / 76 题